<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Los Convidados &#187; Autores mexicanos</title>
	<atom:link href="http://losconvidados.com/tag/autores-mexicanos/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://losconvidados.com</link>
	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
	<lastBuildDate>Tue, 08 May 2012 13:50:11 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.3.2</generator>
		<item>
		<title>Noela Duarte, Ovejero y La Comedia Salvaje</title>
		<link>http://losconvidados.com/noela-duarte-ovejero-y-la-comedia-salvaje/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/noela-duarte-ovejero-y-la-comedia-salvaje/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 16:39:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[traductores]]></category>
		<category><![CDATA[Alfaguara]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[autores españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Derniers Nouvelles de Noela Duarte]]></category>
		<category><![CDATA[José Manuel Fajardo]]></category>
		<category><![CDATA[José Ovejero]]></category>
		<category><![CDATA[La Comedia Salvaje]]></category>
		<category><![CDATA[Moisson Rouge]]></category>
		<category><![CDATA[Noela Duarte]]></category>
		<category><![CDATA[Primeras Noticias de Noela Duarte]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=1117</guid>
		<description><![CDATA[El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 165px; height: 250px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Noela-Duarte.jpg?t=1256227878" alt="Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabia" />El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de <em>Primeras Noticias de Noela Duarte</em> (<em>Dernieres nouvelles de Noela Duarte</em>, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, <em>La Comedia Salvaje</em>, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1117"></span><br />
</span></p>
<p style="text-align: center;">LA COMEDIA SALVAJE (fragmento)</p>
<p>Sólo entonces descubrieron que quizá el perro no había escapado por algo que hubiera hecho Benjamín. De no muy lejos, al parecer del zaguán, llegaba el sonido amortiguado de pasos, un rozar de ropas, comentarios hechos en voz muy baja, algún ruido metálico de hebillas o de armas.<br />
Desde luego, estaban armados: fueron asomando uno a uno hasta sumar cinco, con las caras pintadas de tizne y verde, ramas y hojarasca entretejidas en las redecillas que cubrían sus cascos y entremetidas en correajes, ojales y presillas, uniformes con incontables y abultados bolsillos, granadas bamboleándose en pechos, perneras y cinturas, fusiles apuntados hacia la pareja más boquiabierta que asustada. Se quedaron en el quicio de lo que una vez fue una puerta de doble hoja. De aspecto feroz pero de gesto reverente. El único movimiento durante un rato fue el de las pestañas. Cinco estatuas vegetales; las Ménades convertidas por Liceo en árboles, pero en macho.<br />
-¿Son los Reyes Magos? -preguntó Julia a Benjamín al oído.<br />
-Los Reyes Magos eran tres, uno de ellos negro.<br />
-Dos pueden ser pajes, Y como vienen pintados no se distingue bien el color.<br />
Los cinco se fueron adentrando a pasos breves, con tanta parsimonia que de verdad parecía que se iban a arrodillar y adorar a la pareja.<br />
-¡Qué mina más hermosa! -exclamó uno.<br />
-¿Por qué dice que esto es una mina? -susurró Julia.<br />
-Otro loco, como el perro.<br />
-O es ruso, porque habla raro.<br />
-¿Son de verdad? ¿Puedo tocar? -preguntó un segundo tiznado acercándose a palpar los cabellos de Julia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 228px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/retrato4.jpg?t=1256228280" alt="retrato4.jpg picture by antoniosarabia" />-Aguas; pueden estar armados -dijo un tercero.<br />
-¿Qué es eso de aguas? Hablá español. Además, qué van a estar armados. ¿Viste la cara de pelotudo de éste? ¿Y la cara de ángel de ella?<br />
-Como me siga manoseando le pego una cuchillada -volvió a susurrar Julia.<br />
-Somos amigos -respondió Benjamín.<br />
-Si fuesen enemigos no estarían tan juntos -respondió el cuarto soldado.<br />
-Perdonen a este boludo -dijo el primero-, es que es chileno.<br />
-Bueno, ¿pero quiénes son estos dos? -preguntó el único que llevaba bigote y que recordaba vagamente al daguerrotipo de un revolucionario.<br />
-Yo soy Benjamín, ella Julia.<br />
-Pues mucho gusto, mi cuate, pero si no me dices algo más te saco el mole a plomazos.<br />
-Estate tranquilo, que ellos lo están. Estos no son combatientes, son población civil. Vengan, siéntense todos -dijo el que parecía el comandante porque todos se dirigían a él y él a todos, aunque ninguno llevaba galones ni insignias de mando.<br />
Vistos de cerca, los recién llegados no parecían tan bien pertrechados como en el momento de su aparición. Los cascos eran de minero, forrados con redecillas de mujer. Los uniformes, monos de mecánico teñidos de verde. Y las caras pintadas, con los colores corridos por el sudor, daban más lástima que miedo. Se quitaron cascos y correajes y dejaron sus armas en el suelo.<br />
-Ustedes no son españoles -dijo Benjamín.<br />
-Mejor, porque son los españoles los que están requetejodiendo su país -dijo el que había tocado el pelo a Julia.<br />
-Somos el Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano -dijo el del bigote.<br />
-¿Ustedes solos?<br />
-¿Y para qué más? Yo soy argentino -dijo el que había hablado en primer lugar-. Aunque ellos no.<br />
-Yo soy mexicano.<br />
-Yo chileno.<br />
-Yo colombiano.<br />
El quinto no hizo intención de abrir al boca. Se estaba quitando las botas sin prestar atención a la conversación. El argentino le dio una palmada en la espalda.<br />
-¡Che, nos estamos presentando! Perdónenlo. Es mudo. Y paraguayo. Las desgracias nunca vienen solas -aclaró el argentino.<br />
-¿Y puede un mudo ir a la guerra? -se asombró Julia.<br />
-Si fuera sordo o ciego, no, pero a quién le molesta que sea mudo -explicó el chileno.<br />
-Además -dijo el argentino-, ¿a quién le importa lo que diga un paraguayo? Ser paraguayo es como ser belga. Los belgas participaron en la Gran Guerra, ¿y se enteró alguien? Un paraguayo mudo es una tautología, porque aunque no lo esté nadie lo escucha.<br />
-¿Y qué hacen en esta guerra? -preguntó Julia.<br />
Todos interrumpieron un momento lo que estaban haciendo porque a sus espaldas había sonado un ruido.<br />
-Ése debe de ser el cubano. Se nos perdió hace un rato. Se pierde tres veces por día -explicó el argentino.<br />
Al cabo de unos momentos entró en la habitación otro hombre, con uniforme similar al de sus compañeros, negro sin necesidad de pinturas, que llegaba arrastrando un fusil por la correa.<br />
-¿Dónde ustedes se habían metido? Coño, media hora los llevo buscando -Y se dejó caer derrotado contra un trozo de colchón. Entonces descubrió a Julia y Benjamín;  consultó a sus compañeros con la mirada.<br />
-Dos gachupines -dijo el mexicano.<br />
-Dos gallegos -explicó el argentino.<br />
-Yo soy vasco.<br />
-Por eso es que sos gallego.<br />
-Les preguntaba qué hacen en esta guerra.<br />
El paraguayo echó unos trozos de madera al fuego y se puso a soplar para avivarlo. Los demás intercambiaron miradas como quienes comparten un secreto que no se deciden a revelar. Fue el mexicano quien tomó la palabra:<br />
-Yo recién estuve en París. No chinguen, eso sí que es una capital. Y Londres, híjole, Londres es de poca madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/portadacomedia3-5.jpg?t=1256228470" alt="portadacomedia3-5.jpg picture by antoniosarabia" />Los seis hispanoamericanos se volvieron hacia Julia y Benjamín; parecían querer descubrir en ellos el efecto de esas palabras, pero ambos estaban esperando la continuación de la historia.<br />
-Las culturas indígenas -dijo el colombiano- también estaban en decadencia cuando llegaron los conquistadores.<br />
-Un puñao de gallegos muertos de hambre -dijo el cubano.<br />
-Les voy a decir la verdad, yo me embarqué en Buenos Aires porque quería ayudar a los republicanos; en el barco me encontré con todos éstos, y bueno, las noches a bordo son largas, uno bebe, habla pavadas.<br />
-Bueno, el que hablaba era él, ya saben cómo son los argentinos -dijo el chileno.<br />
-No seás boludo, ahí hablábamos todos menos el paraguayo. Discutimos si lo que realmente necesita este país es que triunfe la República. Claro, ya sé lo que me van a decir, mejor la República que los fascistas, eso es verdad, pero ya digo, no teníamos nada que hacer, y nos pusimos a discutir si no había otras posibilidades, nada mejor para resolver el conflicto, que no es nuevo, che, que lo llevan arrastrando más de un siglo.<br />
-Y llegamos a la conclusión -dijo el mexicano que llevaba rato queriendo meter baza- de que a España se la está llevando la chingada. Miren París, miren Londres, y comparen con Madrid o Barcelona. Acá hay que hacer algo, pero algo radical, no es nada más que ganen unos u otros. Hay que ir más lejos.<br />
-Otros que quieren salvar a España. ¿Por qué todo el mundo quiere salvar a España?<br />
-No, señorita -dijo el colombiano-, no hemos venido a salvarla, sino a conquistarla.<br />
-Eso es lo que les estaba platicando -dijo el mexicano-. Que vinimos a conquistar España.<br />
-Vosotros seis solos -dijo Benjamín.<br />
-¿Y cuántos eran los conquistadores cuando cruzaron el Atlántico? Comparada con América, España es una cancha de fútbol- dijo el colombiano.<br />
-Yo seré el presidente provisorio. Hasta que redactemos una constitución -dijo el argentino.<br />
-Nos aprovecharemos de las luchas internas; ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien.<br />
-Modernizaremos el país, igual que hicieron los españoles allá. Porque está que se cae de viejo, basta verles las caras. Miren a sus políticos, que parecen conservados en naftalina.<br />
-Ahora ya está todo dicho. Hemos quemado las naves.<br />
-Los seis de la fama, somos.<br />
-Órale, y vamos a crear un nuevo imperio. ¿Cómo la ven?<br />
Se habían puesto a hablar tan deprisa, sin esperar siquiera que el anterior hubiera terminado la frase, que parecía que habían ensayado aquel discurso coral para aturdirlos, y tanto lo consiguieron que Julia y Benjamín casi ni sabían quién decía qué, esforzándose en digerir cada nuevo mensaje, en asimilar esa decadencia y ese retraso del que hablaban los libertadores, incapaces de insistir en sus objeciones o dudas. Sólo después de esa última pregunta se quedaron los recién llegados un momento en silencio, esperando la respuesta, sus miradas oscilando de Benjamín a Julia.<br />
-Pero no es lo mismo. España es un país civilizado -dijo Benjamín-. Un país civilizado no se conquista así como así.<br />
Todos sacudieron la cabeza simultáneamente. Parecían haber dado por descontado que escucharían una respuesta equivocada.<br />
-Tierra de indios.<br />
-Las catedrales son sus pirámides; allí hacen sacrificios y hablan con los dioses, pero se los está comiendo la jungla.<br />
-¿Ya fueron por los pueblos de acá? Jíbaros y lacandones. Les falta no más el taparrabos.<br />
-Civilizados, dice. Y duermen con las ovejas y los chanchos.<br />
-Y se los comen los piojos.<br />
-Se creen que no hay selva porque no ven los árboles, pero es lo mismo. Este país es una selva en barbecho.<br />
-Idólatras que sacan al santo en procesión para que llueva.<br />
-Y se sangran a fuetazos porque creen que eso es lo que le gusta a su dios.<br />
-Civilizados, pero están a los tiros desde hace más de cien años.<br />
-Puros pendejos, no se matan más porque son bien güeyes; si supiesen hacerlo mejor ya no quedaría ni uno vivo.<br />
-Este país lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia delante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo.<br />
-Y ésos somos nosotros. Vinimos a sacarlos del atraso.<br />
-Dentro de poco en los pueblos nos recibirán con reverencias.<br />
-Nos traerán los frutos de la tierra para agasajarnos.<br />
-Nos ofrecerán a sus hijas para que las desfloremos.<br />
-Bien hermosas son las minas de acá, eso hay que reconocerlo.<br />
-Nos saludarán como a libertadores, porque eso es lo que somos, libertadores, igualito que Bolívar. Vamos a conseguir la independencia de este país.<br />
Por fin pudo intervenir Benjamín en el magnífico coro de las empresas futuras.<br />
-¡Pero España ya es independiente!<br />
Los latinoamericanos sonrieron condescendientes. El argentino puso en el hombro de Benjamín una mano paternal. Su voz sonó cargada de comprensión, apaciguadora, lenitiva.<br />
-¿Cómo va a ser independiente si lleva siglos ocupada por los españoles? Está igual que estábamos nosotros hace poco más de un siglo.<br />
-No entiendo&#8230;<br />
-Claro, pibe, a nosotros también nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que llevábamos el yugo al cuello. Porque cuando nacés en un país oprimido te parece que la vida es así y tiene que ser así, pero un día te levantás y te preguntás ¿pero por qué tengo que aguantar yo esta mierda? ¿Por qué no echo al mar a estos chupasangres?<br />
-Y si conseguimos expulsarlos de toda América también podremos echarlos de España.<br />
-Imaginate, qué gran país sería éste si lo liberamos de los españoles. Mirá Argentina cómo se puso a crecer en cuanto se fueron. Aquello era pasto y pura indiada y fijate ahora, un país moderno, que progresa, que cambia. ¿Me explico?<br />
-Nnnn, nnnn, nnnn.<br />
-A ver, que el paraguayo quiere decir algo.<br />
-Bueno, ya lo dirá mañana, que se nos está haciendo tarde y tenemos por delante un trayecto muy largo. Acuérdense de que este fin de semana nos toca conquistar Cuenca -dijo el argentino-. A ver, el turno de guardias: paraguayo, vos las dos primeras horas; las dos siguientes el cubano; luego voy yo; las últimas para vos, chileno. El mexicano y el colombiano hoy se salvan.<br />
Aunque todos habían ido poniendo mala cara según les anunciaba su turno, nadie rechistó. Mientras los demás se acomodaban para dormir, el argentino sacó un mapa y se puso a examinarlo a la luz ya mortecina de la lumbre. La pintura seguía derritiéndose sobre su cara y dibujaba también allí un mapa, éste de un territorio imaginario, del imperio informe de sus sueños.<br />
A Benjamín se le cerraron enseguida los ojos; cuando los volvió a abrir escuchó un sonido que enseguida le transportó de regreso a las noches en el dormitorio colectivo del internado. Comprobó con alivio que Julia estaba dormida. Pero él no pudo volver a dormirse hasta que el colombiano emitió un gemido y dejó de agitarse la manta bajo la que yacía.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/noela-duarte-ovejero-y-la-comedia-salvaje/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>8</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Un cuento de Antonio Sarabia</title>
		<link>http://losconvidados.com/un-cuento-de-antonio-sarabia/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/un-cuento-de-antonio-sarabia/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 06 Apr 2009 01:12:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios en español]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura mexicana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=695</guid>
		<description><![CDATA[HIGADO DE GANSO . Mi amigo Salim no es especialmente masoquista. Nunca, entre sus contadas perversiones, ha practicado la de experimentar placer a través de la humillación o del dolor. Por eso le perturba esa oscura debilidad que le atrae una y otra vez hacia ese pretencioso y bien iluminado establecimiento de su vecindario parisino [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>HIGADO DE GANSO</strong></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Mi amigo Salim no es especialmente masoquista. Nunca, entre sus contadas perversiones, ha practicado la de experimentar placer a través de la humillación o del dolor. Por eso le perturba esa oscura debilidad que le atrae una y otra vez hacia ese pretencioso y bien iluminado establecimiento de su vecindario parisino donde lo tratan siempre mal. Salim es colombiano, de origen libanés, y vive en Francia porque a sí se dan hoy las cosas en el mundo, donde los descendientes de antiguos emigrados se convierten a su vez en emigrantes, como si un ancestral precepto nómada les mantuviera en perpetuo movimiento. Mi amigo es un alma de Dios, pero se diría que el tinte moreno de su piel o su peculiar semblante entre árabe y sudaca, pusieran en marcha todas las señales de alerta del local. La dueña es una mujer alta, enjuta y hosca, de ojos pequeños y juntos, que desde que él aparece en el umbral del negocio lo persigue de lejos con su mirar desconfiado. En alguna ocasión lo acompañé a comprar pimienta verde, el aderezo imprescindible de sus pechugas de pato, y me constan los esfuerzos de la ceñuda mujer por no abandonar su puesto junto a la caja registradora para vigilarlo mejor. Él se introduce con algo de vergüenza por entre los bien provistos y ordenados anaqueles procurando mantenerse siempre al alcance de su vista, no vaya a pensar que se está robando algo. No hay que hacer cosas buenas que parezcan malas, me recomendó aquella vez recordando el apocado refrán que otros igual de timoratos, aunque más viejos que él, le inculcaron en la infancia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 271px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/DSC07676.jpg?t=1238979575" alt="DSC07676.jpg picture by antoniosarabia" />A mí, el distrito donde vive me resulta insoportable, pero Salim tuvo que avenirse a él porque está cerca del liceo donde da clases de español. Lo mejor que pudo alquilar con su exiguo salario de enseñante es una buhardilla, en realidad un cuartucho de sirvientas con su ruinosa cocinita, en un elegante edificio de cantera frente a su tienda predilecta. Se la subalquila, a espaldas del verdadero propietario, el rico inquilino de uno de los departamentos de abajo.<br />
Su vecindario no es como otros distritos de París en los que se respiran aires menos turbios. Ahí la gente es brusca y altanera. Incluso se diría que sus habitantes comparten un vago aire familiar. Como si el barrio fuera un suburbio aparte y a través de quién sabe cuántos ancestrales matrimonios entre vecinos los genes hereditarios les hubieran marcado el semblante y el carácter con el mismo acre sedimento. Ciertos rasgos se habrían vuelto entonces dominantes y terminado por imponer su sañuda ley en todas las fisonomías: el mentón levantado, las comisuras de los labios arqueadas hacia abajo, en una mueca de disgusto, los ojos ariscos, posando desde lo alto una mirada indiferente hacia las cosas, cuando no fría y lejana hacia sus semejantes.<br />
Mi amigo vive, a su pesar, entre ellos. Y a su pesar compra a menudo en ese expendio de la esquina, donde nadie aprecia su presencia. Ahí gasta casi todo su salario porque a Salim le encanta cocinar, tiene dotes para ello, y no es de los que titubean en hacerlo para sí mismos cuando se encuentran a solas. Le ayuda a matar el tiempo, me dice, a distraerse. Por eso le fascina el olor y la limpieza del sitio, la disposición de frascos y paquetes. Las etiquetas de las botellas impecablemente alineadas en los estantes. Los soberbios vinos, con las grandes cosechas de Borgoña y de Burdeos. Las hileras de fina latería en las que se pueden encontrar desde trufas perigurdinas hasta huitlacoches mexicanos. La esmerada selección de los productos naturales, su frescura y pulcritud. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen, me dice arrobado, los mejores espárragos que ha comido en su vida.<br />
<span id="more-695"></span>Pero al acercarse a pagar se enfrenta a un oscuro sentimiento de rechazo. Como si su dinero tuviera menos valor que el de otros clientes. Cada vez que se detiene ante la caja le asalta la oscura impresión de que la dueña le va a requerir su habitual bolsa de mano para revisar el contenido. Esos pensamientos negativos, que de algún modo se translucen en su rostro, deben de haber contribuido al vergonzoso incidente que me he propuesto relatarles.<br />
Una tarde, Salim bajó a buscar setas y aceite para preparar un rodaballo que se había prometido a sí mismo como cena. Un elegante cartel, a la entrada del local, anunciaba el producto del mes: unos hígados de ganso, en semiconserva, orgullosamente colocados sobre la parte más alta de una de las estanterías del fondo, bien a la vista de todos. Salim había reparado en ellos desde unos días antes, porque le habría gustado servir uno a sus amigos, en rebanadas, como abrebocas, con un poco de pan tostado todavía caliente y una copita de Sauternes. La promoción, observó al pasar, había tenido éxito. Ya nada más quedaba un pomo en la repisa. Se acercó a fisgonear el precio de aquel postrer ejemplar de la gastronomía del sudoeste. Como sospechaba, la cifra en la etiqueta lo ponía fuera del alcance de su bolsillo. Observó que la dueña le espiaba a distancia y sintió vergüenza al reponer el frasco en su lugar. Hubiera querido ser capaz de pagárselo, llevarlo sin fijarse en el costo, para demostrarle que él no era menos que los otros compradores.<br />
Al volverse casi choca con otro cliente que curioseaba, como él, entre los estantes. Salim reconoció a su casero y se hizo a un lado excusándose con una sonrisa de saludo, pero aquel volvió rápidamente el rostro hacia otra parte como si no lo hubiese visto. Su actitud hirió la susceptibilidad de mi amigo quien, pasada la extrañeza, optó por no darle importancia al asunto. Al alejarse, le observó de reojo detenerse también ante el apetecido hígado de ganso y levantarlo para verificar su precio.<br />
Salim terminó de hacer sus compras y se encaminó hacia la caja registradora. Su arrendador era el único otro cliente a esa hora de la tarde, había llegado a pagar antes que él y mi amigo hizo fila a sus espaldas. El encuentro anterior le había servido de escarmiento, por lo que se guardó muy bien de dirigirle la palabra. Sin embargo, se sorprendió al comprobar que, entre la mercancía que el hombre depositaba sobre el mostrador, no estaba el hígado de ganso. Volvió maquinalmente la vista hacia el sitio donde lo acababa de ver y notó que tampoco se encontraba ahí. De paso comprobó que, en efecto, no había nadie más en el local. Al principio no comprendió lo que pasaba. Luego, una sospecha horrorosa le cruzó por la mente.<br />
Cuando le llegó el turno colocó, algo tembloroso, sus setas y otras nimias compras ante la propietaria para que le hiciera la cuenta. No se le escapó el gesto de triunfo de la mujer al contemplarlas. Sintió su áspera mirada aletear por encima de su hombro rumbo a un punto situado más allá de ambos. No necesitó acompañarla con los ojos para comprender que buscaba con la vista el hígado de ganso. Se estremeció, incómodo. Aquel vago temor que experimentaba siempre al pasar frente a la caja se tornó de sopetón una realidad inapelable: la mujer le pidió mirar lo que llevaba en la bolsa. Más asustado que ofendido, Salim se la alargó sin replicar. Cuando ella no encontró lo que buscaba, su rostro se tornó aún más sombrío y amenazador. Salim, paralizado por el estupor, no hallaba qué decir, cómo reaccionar. ¿Por qué no registrará al otro?, pensó desesperado, ¿por qué no se le ocurriría a la mujer que acaso el hígado faltante lo llevaba en alguna parte el hombre que, delante de ellos, acomodaba imperturbable sus adquisiciones en la bolsa del mandado, como si no se percatara de nada? Salim le dirigió una mirada de auxilio. Su casero ni parpadeó, dio las buenas tardes a la dueña del establecimiento y, justo antes de salir, se volvió por fin hacia mi amigo moviendo la cabeza con disgusto, en actitud de franca reprobación. Salim sintió que se le helaba la sangre en las venas. La mujer, sin quitarle los ojos de encima, levantó el auricular del teléfono y llamó a la policía.<br />
Una patrulla, la sirena abierta, la luz azul y anaranjada girando enloquecida sobre el techo, se detuvo instantes después a la puerta del local. Dos policías descendieron mientras algunos viandantes asomaban la cabeza, curiosos. Salim nunca había sentido tanta vergüenza en su vida. Ni siquiera al llegar al país, cuando en la aduana del aeropuerto inspeccionaron, uno a uno, todos los objetos que llevaba en su maleta y luego le desnudaron en un anexo para examinar su indumentaria y revisarle las suelas de los zapatos.<br />
Los uniformados que acudieron se habían educado, sin ninguna duda, en la misma escuela de aquellos agentes aduanales porque se comportaron de la misma manera. Le pidieron sus papeles. Los verificaron concienzudamente, registrándolos en un pequeño ordenador que traían en su vehículo. Le hurgaron después entre la ropa y hasta lo llevaron a la trastienda para bajarle los pantalones. Luego le devolvieron sus documentos y se retiraron encogiéndose de hombros. La mujer no se disculpó. Bajó la cabeza derrotada, aunque no convencida, y antes de darle la espalda le hizo seña de marcharse. Salim se fue abochornado, tanto que olvidó las setas y el aceite de oliva que había ido a comprar para la cena. De todos modos esa noche no tuvo ánimos para cocinarse el rodaballo. De hecho pasaron varios días antes de que se decidiera a salir a la calle.<br />
Salim no es un hombre rencoroso y ni la humillación ni el escarnio han logrado alejarlo de la tienda de marras. Yo digo que él mismo debe poseer un inmenso hígado de ganso que le permite tolerar esas cosas. Él me responde que sólo la muerte no perdona y que su cocina no sería la misma si comprara en otro sitio. La propietaria no se ha atrevido a negarle la entrada pero le mira con más desconfianza y le trata con más desprecio que nunca. Eso no detiene a Salim que vuelve, vuelve siempre, con un oscuro sentimiento de culpa. Con la sensación de que realiza algo reprobable pero no puede impedírselo. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen los mejores espárragos que ha comido en su vida.</p>
<p>Antonio Sarabia</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/un-cuento-de-antonio-sarabia/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Recordando a Osvaldo Soriano</title>
		<link>http://losconvidados.com/recordando-a-osvaldo-soriano/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/recordando-a-osvaldo-soriano/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 25 Jan 2009 13:12:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios en español]]></category>
		<category><![CDATA[El Mundo]]></category>
		<category><![CDATA[Kafka]]></category>
		<category><![CDATA[Luis Sepúlveda]]></category>
		<category><![CDATA[Macintosh]]></category>
		<category><![CDATA[Mempo Giardinelli]]></category>
		<category><![CDATA[Osvaldo Soriano]]></category>
		<category><![CDATA[Público]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=422</guid>
		<description><![CDATA[Osvaldo Soriano (Mar del Plata, Argentina 1943-1997) nació en enero de 1943 y murió, también en el mes de enero, cincuenta y cuatro años más tarde dejando como herencia algunas de las novelas más originales y sorprendentes de la literatura argentina del siglo XX. La nota luctuosa que transcribo más abajo, Un Adiós a Soriano, fue [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 226px; height: 268px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano2.jpg?t=1231083410" alt="soriano2.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Osvaldo Soriano (Mar del Plata, Argentina 1943-1997) nació en enero de 1943 y murió, también en el mes de enero, cincuenta y cuatro años más tarde dejando como herencia algunas de las novelas más originales y sorprendentes de la literatura argentina del siglo XX. La nota luctuosa que transcribo más abajo, <em>Un Adiós a Soriano</em>, fue escrita por mí hace once años y publicada en el periódico El Mundo, de Madrid, España y en El Público, de Guadalajara, México un par de días después de su muerte,  ocurrida el 29 de enero en su natal Buenos Aires. Aparte del texto, que reproduzco ahora como un homenaje al Gran Gordo, el lector de Los Convidados encontrará un cuento de Soriano titulado <em>Mecánicos</em>. Una breve pero formidable muestra del talento literario puesto al servicio del humor y la pasión por la vida.</p>
<p>Aclaro que las ideas expresadas en mi artículo de hace once años sobre las computadores Macintosh, tan queridas e imprescindibles tanto para Osvaldo como para mí, han sido felizmente desmentidas por el tiempo.</p>
<p>UN ADIOS A SORIANO<br />
Por Antonio Sarabia</p>
<p>No se puede decir que Osvaldo Soriano fuera muy leído en México. Esas cortapisas misteriosas de la industria editorial, que restringen la distribución de la obra de un autor más allá de sus fronteras nacionales, impidieron que el común de los lectores apreciara en este país el socarrón humor porteño del Gran Gordo. El jueves por la mañana, advertido desde la víspera por un fax de Luis Sepúlveda y un correo electrónico de Mempo Giardinelli, busqué inútilmente una mención luctuosa en los periódicos, algo que me ayudara a comprender lo incomprensible. No hubo nada, ni siquiera una nota marginal sobre su muerte. Sentí que Osvaldo se extinguía discretamente, dejándonos solos, tristes, solitarios y finales, atragantados por esa rabia sorda que nos empaña los ojos sin resignarse a aceptar lo irremediable. Mempo propone que, en venganza, entre todos puteemos a la muerte. Al menos esta vez lo tendrá bien merecido. Si alguien hará falta, por su talento y originalidad, en las letras hispanoamericanas, es Osvaldo Soriano.</p>
<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 202px; height: 179px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano1.jpg?t=1231083604" alt="soriano1.jpg picture by antoniosarabia" /></span>No me puedo jactar, aunque me encantaría, de que fuésemos íntimos amigos. Compartimos, eso sí, multitud de camaradas, agente literario, editores en América Latina y el mismo cuestionable amor por los ordenadores Macintosh, esas postergadas computadoras en una de las cuales desovillo trabajosamente estas líneas, que desde nuevas huelen a piezas de museo. Nada más natural entonces que nos conociéramos, primero por teléfono en la ciudad de Buenos Aires y más tarde en persona en el festival francés de San Maló. Supe entonces, aunque su hipocondría era proverbial, que en verdad había estado muy enfermo, perdido peso, al grado de convertirse para la bulliciosa banda de compinches que asistían al legendario puerto pirata en el ex Gordo Soriano. Yo lo creí restablecido. No sospeché, ni por asomo, la mancha asesina extendiéndose en su pulmón de antiguo fumador, mancha que él conocía y callaba, y que al final fue la causa indirecta de su muerte. Recuerdo su sonrisa divertida, la blancura de su piel, la manera cansada de acariciarse la calva y la barba que tanto me recordaban a mi abuelo a pesar de que Osvaldo era apenas un par de años mayor que yo. Conversamos de las cosas de costumbre, esos asuntos milagreros que entre los escritores tienen la particularidad de parecer siempre apasionantes y novedosos. Hablamos de su pasada colaboración con Cortázar, de nuestra literatura y la de nuestros amigos, de sus proyectos. Una mañana intercambiamos direcciones electrónicas y no paró de darme consejos de informática.<br />
El jueves por la tarde nuestro común editor en la Argentina me proporcionó algunos detalles de su muerte. Le habían extirpado, con éxito, el tumor, y fue una infección pulmonar postoperatoria la que le empujó hacia la tumba. El viernes apareció, por fin, en los periódicos locales, una breve reseña del entierro en Buenos Aires. Pero el Gordo jamás se irá totalmente. Nos dejó, en un puñado de novelas sorprendentes, el corrosivo ingenio de su prosa y el trazo alucinado y alucinante de sus historias. Este seis de enero, Día de Reyes, acababa de cumplir cincuenta y cuatro años. Gracias, Osvaldo, por tu obra. No habrá más penas ni olvido, hasta siempre, descansa en paz.</p>
<p><span id="more-422"></span></p>
<p>MECÁNICOS<br />
Por Osvaldo Soriano</p>
<p>Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.</p>
<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 168px; height: 301px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano3.jpg?t=1231083861" alt="soriano3.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.   Yo no le hice caso pero él se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían.   A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tiré en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.  Sos un cabeza hueca -me decía.   Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.   Me miró y dijo: &#8220;Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés&#8221;. Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezó a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles.   Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba &#8220;¡Carajo, qué mal trabajan los franceses!&#8221; y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis:   -Doce- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles. Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.   Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio. Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración.   Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las vergüenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida. Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes.   Andá -me dijo-. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvás de los bailes y las guardias.   Ese año hice más de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para él su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/recordando-a-osvaldo-soriano/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>3</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Guillermo Fadanelli, la conversación y la vagancia</title>
		<link>http://losconvidados.com/guillermo-fadanelli-la-conversacion-y-la-vagancia/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/guillermo-fadanelli-la-conversacion-y-la-vagancia/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 07 Dec 2008 14:06:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Guillermo Fadanelli]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=332</guid>
		<description><![CDATA[Conocí a Guillermo Fadanelli (México, D.F., 1960) hace varios años, durante una Feria del Libro de Guadalajara, y no lo había vuelto a ver sino hasta este octubre pasado cuando la revista Belles Latinas nos invitó a realizar una larga y a ratos fatigosa gira por Francia. Compartimos un par de mesas redondas, una de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Conocí a Guillermo Fadanelli (México, D.F., 1960) hace varios años, durante una Feria del Libro de Guadalajara, y no lo había vuelto a ver sino hasta este octubre pasado cuando la revista Belles Latinas nos invitó a realizar una larga y a ratos fatigosa gira por Francia. Compartimos un par de mesas redondas, una de ellas muy divertida en el Instituto México de París, y pasamos largas horas charlando en donde mejor se podía, incluyendo una vez su habitación de hotel en Lyon cuando la madrugada nos cerró todos los bares de los alrededores.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 248px; height: 302px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/fadanelli3.jpg?t=1228573210" alt="fadanelli3.jpg picture by antoniosarabia" />Contra lo que pueda pensarse por su aspecto exterior y sus maneras a veces huidizas y hoscas, Guillermo es un personaje tímido y sensible además de un fino y brillante prosista que utiliza con humor, talento y lucidez la provocación para sacudir de la cabeza del lector las telarañas del pensamiento anquilosado y obligarle a mirar con ojos nuevos algunas de las propuestas características de la contracultura contemporánea.<br />
Fundador de la revista <em>Moho</em> y del <em>Movimiento cerebrista</em>, Guillermo ha escrito un puñado de novelas entre las que destacan <em>La Otra Cara de Rock Hudson</em>, con la que ganó el premio IMPAC/CONARTE en 1998, <em>Lodo</em> con la que obtuvo también el Premio Nacional de Narrativa Colima 2002 y <em>Educar a los topos</em>, publicada en el 2007.<br />
Guillermo ha tenido la gentileza de enviar, en exclusiva para Los Convidados, este ensayo inédito que formará parte de un trabajo mayor titulado <em>Elogio a la Vagancia</em>. El tema, la conversación, no podía venir más al caso porque nos parece continuar así, de manera vicaria, la que dejamos pendiente en Francia. Si me permite aplicarle a él las palabras con que se refiere a Spinoza en el texto que presentamos &#8220;Spinoza, uno de los filósofos más extravagantes que han existido jamás -es decir: más serios- &#8230;&#8221; yo diría que él mismo, dentro de esa extravagancia tan típicamente fadanelliana, es uno de los escritores más inteligentes y serios que conozco. Muchas gracias, Guillermo, por la amistad y la colaboración. Hasta la próxima.</p>
<p><span id="more-332"></span></p>
<p>VERACRUZ<br />
(de la conversación y la vagancia)</p>
<p>En el accidentado transcurso de mi vida he conocido personas tan distintas entre sí como podrían serlo un molusco y un ave del paraíso; en ocasiones, sentado en la mesa de un bar y rodeado de amistades, he tenido la sensación de que me encuentro conversando con seres de otro planeta: sus experiencias, sus gustos etílicos, su singular concepción de la vida o su extraña manera de habitar el mundo me desconciertan profundamente. Si me pusiera pesado y a cada uno de ellos le preguntara acerca de la humanidad -es decir, si existe algo así como los <em>valores humanos</em>- obtendría respuestas de lo más abigarradas. Se me respondería que vivimos en una época posthumana o que el humanismo es un concepto burgués, e incluso que las diferencias entre las más diversas culturas que sobreviven en el planeta hacen impensable una locura clásica como el humanismo. Quizás el más cuerdo de todos levantaría los hombros de forma displicente y cambiaría de tema. Y yo no me sentiría para nada ofendido.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 248px; height: 338px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Fadanelli2.jpg?t=1228573434" alt="Fadanelli2.jpg picture by antoniosarabia" />Recuerdo que hace casi una década, cuando viajaba con rumbo a Veracruz, la tierra donde nació mi madre, viví un modesto incidente que se aparece en mi mente cuando menos lo espero. El calor derretía los cristales de la ventana, y el olor marítimo se colaba dentro del modesto autobús de pasajeros, como si una ola nos hubiera tomado a todos por sorpresa dejando su aroma a sal y corales prehistóricos. Después de mirar el paisaje durante casi todo el camino decidí abrir una voluminosa novela de Norman Mailer que había comenzado días atrás. En eso estaba cuando me percaté de que una niña de escasos diez años me miraba con una atención desoladora. Sentí su mirada de venado recorrer mi rostro desde el asiento posterior. De la atención desoladora pasó a escudriñar mi libro como si sospechara que dentro de él había algo más que letras. Acaso era probable que aquel hombre ensimismado en la lectura llevara una televisión oculta en el libro. Cuando la madre vio a su hija casi encima de mí la reprimió, le dijo que me dejara estudiar en paz: &#8220;El señor está estudiando, no lo molestes.&#8221; Puesto que ninguno de los cuarenta pasajeros leía se me debió ver como a un estudioso repasando las lecciones para la clase siguiente, un esforzado profesor camino a su salón de clases: un hombre de estudios. Me di cuenta entonces que para muchas personas leer es lo mismo que estudiar, dar dirección a la lectura y obtener beneficios de ella. En una sociedad tan pobre como la mexicana leer por placer o leer nada más para ver qué se encuentra uno en el camino parece un despilfarro inmerecido: si leemos debe ser para progresar o ser mejores, para escapar de la miseria e intentar atenuar el sufrimiento de quienes deben trabajar sin descanso para estar vivos. Lo contrario parece un acto arrogante que la comunidad no tiene por qué perdonar; acaso quien practica el dandismo intelectual o la vagancia libresca no se ha percatado de que no está sólo en el mundo y que los dos únicos actos de soledad que le serán permitidos son su nacimiento y su muerte. En verdad lo siento, pero entre esos dos actos dedicaré mis días a leer novelas inútiles: y que el mundo se venga abajo (donde ha vivido siempre).<br />
En una animada conversación, el filósofo Richar Rorty comentaba que la literatura estimula más nuestra imaginación moral que la filosofía, y lo hace porque no elabora principios ni sistemas para comprender las necesidades humanas, por el contrario, carece de un destino concreto. Si uno desea ahondar en la naturaleza del sufrimiento no parece indispensable acudir a los filósofos morales profesionales, en todo caso lo primero que se hace es sufrir y después leer a Dostoiewski o a Stendhal. Ahora bien, cuando leo <em>El Jugador</em> no lo estudio en el sentido de volverme un observador minucioso que va en busca de un saber provechoso, lo leo con el deseo de abandonarlo cuando me sea aburrido o cuando me despierte antipatía, o simplemente cuando me canse su lectura: nada más lejano a la conquista de una montaña, o a la proeza de un deportista -aunque conocemos novelones cuya lectura demanda de un esfuerzo desmedido, como el de escalar tres montañas en un mismo día. Eso es nada menos lo que quiero decir: se lee para acabar cuanto antes con el paseo. He comenzado a leer esa novela sin esperanza de terminarla; soy conciente de que no se me ha obligado a hacerlo, así que entre más pronto llegue la decepción podré tocar cuanto antes otra puerta. Y hago mías las palabras finales de Dostoiewski en <em>El jugador</em>: &#8220;¡Mañana, con toda seguridad, se habrá acabado todo!&#8221; Sé que la ansiedad no es preludio de la sabiduría, pero al menos me consuela imaginarme que la sabiduría tiene una miríada de rostros y no sólo el de la contemplación, la mesura, la templanza o demás ideales estoicos. La caminata da certidumbre al pensamiento, conocemos en la marcha, observamos el mundo porque podemos movernos en sentido contrario al movimiento del planeta, aunque al mismo tiempo estemos plenamente referidos a él. Spinoza, uno de los filósofos más extravagantes que han existido jamás -es decir: más serios- sostenía que entre más activo estuviera el cuerpo más aguda se volvería la mente. El conocer es un vagar, pero no de la mente sino de un todo consciente que desde un cuerpo se pone en movimiento para cumplir un recorrido que en buena parte es impredecible (saber qué porcentaje de la mente ocupa esa <em>buena parte</em> es por ahora una disputa entre biólogos y filósofos). Cansados de construir sistemas donde todas las piezas poseen una función, de luchar contra un sujeto histórico, aburridos de filosofías que aspiren a darnos noticias del <em>todo</em>, de referir el mundo a la telaraña lingüística, de inventar deconstrucciones y rebeliones, algunos filósofos han puesto los ojos en la conversación como un medio de conocimiento discreto (así lo apuntaba enérgicamente John Dewey cuando reclamaba que  no necesitamos una <em>teoría del todo</em>). &#8220;En el lenguaje se representa a sí mismo el mundo&#8221;, escribe Gadamer en su famoso libro <em>Verdad y método</em>: famoso, es cierto, pero no tanto como un jugador de futbol. Lo cierto es que desde Gadamer hasta filósofos analíticos convertidos al relativismo como Richard Rorty descubren la esencia de la filosofía en la conversación. Y qué es una conversación más que vagancia por los nebulosos caminos del lenguaje.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/guillermo-fadanelli-la-conversacion-y-la-vagancia/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Murió Paco Ignacio Taibo I, descanse en paz.</title>
		<link>http://losconvidados.com/murio-paco-ignacio-taibo-i-descanse-en-paz/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/murio-paco-ignacio-taibo-i-descanse-en-paz/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 16 Nov 2008 21:47:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[autores españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Paco Ignacio Taibo I]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=281</guid>
		<description><![CDATA[Paco Ignacio Taibo I (Gijón, 1924 &#8211; México, D.F., 2008), padre de nuestro querido amigo Paco Ignacio Taibo II falleció poco antes de las nueve de la mañana del pasado jueves 13 de noviembre en la ciudad de México a los 84 años de edad víctima de una neumonía. &#8220;El jefe&#8221;, como se le llamaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Paco Ignacio Taibo I (Gijón, 1924 &#8211; México, D.F., 2008), padre de nuestro querido amigo Paco Ignacio Taibo II falleció poco antes de las nueve de la mañana del pasado jueves 13 de noviembre en la ciudad de México a los 84 años de edad víctima de una neumonía.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 230px; height: 249px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/PITI1-1.jpg?t=1226871916" alt="PITI1-1.jpg picture by antoniosarabia" />&#8220;El jefe&#8221;, como se le llamaba afectuosamente, llegó a México a fines de los años cincuenta en compañía de su esposa Maricarmen y de su hijo mayor, el pequeño Paco Ignacio, entonces de nueve años de edad. Los otros dos hijos del matrimonio, Benito y Carlos, nacerían posteriormente en México.<br />
Fundador de la sección cultural de <em>El Universal</em>, el diario más antiguo de México, ejerció con extraordinaria soltura, talento, humor, inteligencia y lucidez tanto el periodismo como la narrativa o el ensayo. Entre sus amigos se contaron muchos de los grandes nombres de la literatura como León Felipe, Pedro Garfias, Ángel González y Gabriel García Márquez, y del espectáculo como Luis Buñuel, María Félix, Agustín Lara o Joan Manuel Serrat. En el 2006 se le concedió la Gran Cruz del Mérito Civil, en España y, en 2008, el Premio nacional de periodismo, en México. Una calle de Gijón lleva su nombre.<br />
De sus columnas en la parte inferior izquierda de su página en <em>El Universal</em>, a la que con su fino humor había titulado <em>Esquina Baja</em>, en alusión al &#8220;¡esquina, bajan!&#8221; que usaban los usuarios y conductores de autobús en la ciudad de México para pedir o anunciar una parada, hemos rescatado estas cuatro viñetas como homenaje a un hombre que fue modelo de generosidad y honradez profesional e intelectual para cuantos le conocimos. Descanse en paz.</p>
<p><span id="more-281"></span></p>
<p><em>TODOS SOMOS JOTOS</em> (Diciembre 20 del 2006)<br />
Como bien saben todos ustedes, en los últimos días se ha librado una dura batalla en la Cámara de Diputados para sacar adelante el Presupuesto de Egresos de este gobierno que apenas empieza. Ante la amenaza de un posible recorte que afectaría sustancialmente a la cultura, hubo grandes movilizaciones y cientos de personas vinculadas con el arte y la cultura nos manifestamos acremente ante la posibilidad de que hubiera cada vez menos dinero para este sector.<br />
Finalmente sucedió lo que todos nos temíamos. La tijera cumplió con su cometido y nos enfrentaremos a un presupuesto que si bien no fue cortado a rape, sí sufrió lo suficiente para que el sector tenga una fisonomía completamente diferente.<br />
Pero aquí viene la parte más inquietante del asunto.<br />
Parece ser que un diputado por Tamaulipas, apellidado Bernal, dijo lo suficientemente alto como para ser oído, mientras se discutían los presupuestos, esta joya lexicográfica: &#8220;¿Para que darle dinero a esa bola de jotos?&#8221;.<br />
Y yo, desde esta Esquina Baja, quisiera decirle al señor Bernal que el dinero que queremos la bola de jotos es para que nuestras zonas arqueológicas sigan abiertas y cuidadas, para que los programas de fomento a la lectura no se detengan, para que la música y la danza puedan ser escuchadas, vistas y disfrutadas por un número mayor de gente cada día, para que la poesía, la novela, el teatro florezcan, para que nuestros museos presenten mejores exposiciones. En resumen, para que la cultura siga siendo sinónimo de identidad, de soberanía, de raíces inquebrantables.<br />
También quiero recordarle al señor Bernal que la bola de jotos a la que se refiere, produce por varios conceptos ligados a la cultura, 6.7 por ciento del Producto Interno Bruto; cifra que está sólo por debajo de lo que logran el petróleo y las reservas que los emigrantes ingresan al país. Por lo tanto, somos una fuerza productiva ejemplar, y no sólo eso; sin duda, también combativa. Somos el único sector de la sociedad que hasta ahora ha salido a la calle a pelear contra los recortes y lo seguiremos haciendo cada vez que sea necesario.<br />
En cuanto a su lamentable exabrupto, que a mí, personalmente, me lleva a risa, si no revistiera la gravedad que conlleva en su intención, habría que decir que en estos tiempos de equidad de géneros, tan aparentemente lejanos a otros donde se quemaban libros en las plazas y se descalificaba, por miedo e ignorancia, al que pensara, actuara o quisiera a otro de manera diferente, sólo puedo decir que todos somos jotos; yo, mis hijos, cientos de mis amigos y amigas y miles de muchachos que salieron a la calle para hacer de éste, un país mejor, más justo, más noble, con una mayor capacidad para que todos puedan acceder libremente la cultura.<br />
Alguien me propuso que le regaláramos al señor Bernal un libro para sensibilizarlo. No vale la pena, me enteré por fuentes confiables que ya tiene uno.</p>
<p> </p>
<p><em>LOS LIBROS BUSCAN A LOS NIÑOS</em> (enero 5 del 2004)<br />
En el camellón de Álvaro Obregón en la colonia Roma, la mayor oferta de libros especializados es aquella que busca en sus posibles clientes a los niños.<br />
Y son los niños los que observan con más atención y más tiempo los cuentos que se ofrecen día a día.<br />
Hemos venido aprendiendo, desde que nos acercamos por primera vez a un libro de cuentos, que en estas historias que parecen ingenuas y que en ocasiones no lo son tanto, se centra la clave para comenzar a entender el mundo.<br />
Los tres cerditos, si bien se leen, son un mensaje acucioso que va entrañando en nosotros una idea de la justicia y de los infractores.<br />
También son libros ejemplares aun aquellos que parecen ingenuos y que no intentan mostrarnos los verdaderos peligros que acechan al hombre.<br />
Una lectura atenta y cuidadosa de las viejas historias está lejos de ser aquella interpretación piadosa a la que se le confiaban los consejos más oportunos para el adulto.<br />
Los libros de cuentos han sido celosamente custodiados por los periódicos de diaria lectura, y no hay nada más que nos pueda enseñar de la vida actual que el comportamiento de las grandes potencias, de las grandes fábricas de armas, de los robos y de los desfalcos.<br />
Tarde o temprano, el niño lector tendrá que asociar las noticias de la vida diaria con los viejos cuentos que la realidad pone al día.<br />
El lobo vestido de ancianita acecha desde el fondo de la anécdota para enfrentarnos a las historias más crueles de la vida.<br />
No importa que los libros de los niños estén dibujados por artistas dados a los bellos colores y a los personajes chistosos.<br />
No importa que todo se disfrace de sonrisas, tarde o temprano el lector que va madurando se sorprende ante el mensaje oculto y va abandonando su niñez.<br />
La guerra de Irak se irá convirtiendo en una lección sangrante y dolorosa.<br />
Los cuentos infantiles, aunque sean leídos por ancianas dulces y cansadas, serán una lección que adquiere su verdadera importancia, cuando el hombre madura y se hace sensible a la realidad.<br />
Los tres cerditos a estas alturas son gigantes que amenazan con comernos a todos</p>
<p> </p>
<p><em>NACIMIENTO IMPOSIBLE</em> (noviembre 8 del 2005)<br />
Cientos de veces, amigos y enemigos, me pidieron que les contara cómo había conocido a Agustín Lara. Yo mismo de narrar cada acontecimiento lo fui olvidando a fuerza de inventarlo.<br />
Un día mi amigo Eulalio Ferrer me pidió que escribiera una serie de encuentros con el llamado Flaco de Oro que a su vez sirvieran para un programa de televisión.<br />
Acudí a una cita con Agustín, en su casa, y él apareció bajando una interminable escalera forrada de tela roja. Yo comencé a adelantar mi mano para saludarle; pero Agustín inició otro nuevo desplazamiento desviándose de mi camino y avanzando hacia un monumental mueble bar.<br />
El tal mueble era como una biblioteca colmada de botellas de todo tipo; las últimas tocaban el techo.<br />
Llegó al bar, tomó dos copas y las llenó de coñac; colocó las copas entre los dedos centrales de la mano derecha, sosteniendo la palma de la mano en dirección al suelo.<br />
Así avanzó hacia mí y me ofreció en silencio las dos copas; yo tomé una, brindé, también, en silencio y a las 12 de la mañana expuse mi estómago a un brandy que estaba entre el fuego y la lija.<br />
Entonces Lara entrecerró los ojos y afirmó: &#8220;Me han dicho que usted es un caballero español.<br />
La connotación que yo siempre he dado a los caballeros españoles tiene mucho de cursi y de petulante. Jamás había pensado que tenía algo en común con el caballero español, extraño a todos mis intereses políticos y sociales. Ser nombrado caballero español al pie de una escalera alfombrada de rojo, tomando brandy a mediodía y de pie frente al inmenso bar de madera, resultaba por lo menos extraño.<br />
Sonreí y volví a tomar un trago. Luego creo que tuve que toser.<br />
El trato entre caballeros no duró mucho; a los pocos días nos hablábamos de tú y él bajaba las escaleras quejándose de un fuerte dolor en los riñones.<br />
Fue el mío un trabajo muy pintoresco. Agustín Lara afirmaba que todas sus canciones habían sido inspiradas por una mujer; esa mujer era su musa y la musa tenía casi siempre unas caderas grandes y una cintura estrecha.<br />
Pasado el tiempo llegué a conocer a casi todas sus musas y a bromear sobre ese personaje a quien debemos las más singulares canciones.<br />
Bien sé que entre mis inventos yo podría haber inventado un descenso por tan singulares escaleras, pero por una vez en mi vida quiero ser realista y auténtico.<br />
Lo único que yo podría añadir, hoy, es que Agustín Lara al bajar las escaleras de su casa tenía la majestuosidad de Jean Cocteau.<br />
Así conocí a Agustín Lara, más o menos, no lo he olvidado. Sigo queriendo su recuerdo.</p>
<p> </p>
<p>Finalmente, el mismo día de su muerte sólo que tres años antes, en el 2005, y con motivo del Día de los Muertos que en México se celebra el 2 de noviembre, Paco Ignacio Taibo I escribió una bellísima nota sobre una de las festividades más sorprendentes y representativas de la cultura mexicana.</p>
<p><em>COMERSE A LA MUERTE</em> (noviembre 13 del 2005)<br />
Nadie estableció jamás las fórmulas para honrar a los que se fueron; nadie dijo qué flores han de cosecharse, qué cantos han de elegirse y qué oraciones debemos pronunciar.<br />
Todo ha llegado a la aldea a través de una tradición constante, pero transparente, y ni siquiera los propios curas, que siguen fielmente todo el laborioso trabajo, saben por qué en ciertos lugares la calaca ríe y en otros la calaca llora.<br />
Estas son las grandes tradiciones que llaman a cientos de cumplimientos reiterativos y que la niña que hoy corre entre las tumbas del camposanto repetirá cuando los dolores reumáticos le impidan correr.<br />
El hecho que nadie recuerde la vez primera que recortó el rostro de una calaca en un papel de china no impedirá que los nietos hereden esa misma calaca, ese mismo papel de china y esas mismas tijeras.<br />
En los pueblos más apartados la comunidad entera es fiel al llamado del más allá.<br />
A pesar de que a través de la televisión se insiste en mostrarnos otro tipo de reverencias extranjeras, otras danzas distintas, otra música nueva, la tradición se impone y seremos fieles a una herencia que no queremos olvidar.<br />
Si algún día descubrimos que se ha dejado de hablar de ofrendas y de cantos nos asombraríamos ante el hecho de que la tradición se manifiesta surgiendo de sí misma como quien nace de su propia sombra, de referencias que ignoramos de dónde partieron y por qué han llegado a nosotros.<br />
No hay en el mundo un cementerio que se parezca a un cementerio mexicano en estos días de celebración.<br />
La novia, tomando la calavera de azúcar, le pide al marchante que ponga en la frente el nombre del amado.<br />
Comerse a la muerte es una forma, durante estos días, de decirle al mundo que aún estamos vivos.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/murio-paco-ignacio-taibo-i-descanse-en-paz/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>5</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Noviembre en el año Uno Caña, una cápsula de la conquista de México</title>
		<link>http://losconvidados.com/noviembre-en-el-ano-uno-cana-una-capsula-de-la-conquista-de-mexico/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/noviembre-en-el-ano-uno-cana-una-capsula-de-la-conquista-de-mexico/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 09 Nov 2008 16:48:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=264</guid>
		<description><![CDATA[Un día 8 de noviembre igual que ayer, solo que en 1519, el año Uno Caña según el calendario azteca, Hernán Cortés se detuvo a contemplar, estupefacto, la capital del imperio mexicano en el centro de una extensa laguna. &#8220;Una ciudad tan grande, escribe más tarde el mismo conquistador, como Sevilla o Córdoba&#8221;, &#8220;que parecía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullImage" onmouseover="if(isMouseOver(this,event,300))togglePhotoActionsMenu('show',true);" onmouseout="if(!isMouseOver(this,event,300))togglePhotoActionsMenu('hide',true);" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Tenochtitlan4.jpg?t=1226247704" alt="Tenochtitlan4.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Un día 8 de noviembre igual que ayer, solo que en 1519, el año Uno Caña según el calendario azteca, Hernán Cortés se detuvo a contemplar, estupefacto, la capital del imperio mexicano en el centro de una extensa laguna. &#8220;Una ciudad tan grande, escribe más tarde el mismo conquistador, como Sevilla o Córdoba&#8221;, &#8220;que parecía cosa de encantamiento, añade su subalterno Bernal Díaz del Castillo, de las que se cuentan en el libro de Amadís&#8221;, tan imponente, &#8220;por las grandes torres y templos y edificios que tenían dentro del agua, todos de calicanto&#8221;, que algunos de los soldados llegan incluso a preguntarse si lo que ven no es un sueño. No lo es, aunque aquella señorial urbe casi tres veces mayor que Venecia y, como ella, surcada de canales y puentes, así lo parezca a la mayoría de los sorprendidos españoles habituados a las toscas aldeas de Andalucía, Extremadura o Castilla.<br />
<span id="more-264"></span>Más adelante, en lo que es hoy la calzada de Iztapalapa, los jinetes españoles, las lanzas levantadas en alto, los pendones ondeando al viento, se topan con el propio emperador Moctezuma que ha salido a su encuentro. El monarca deja atrás su silla de oro junto con los suntuosos estandartes de plumas y águilas y demás distintivos de su altísimo rango. Se acerca bajo un rico palio, transportado en andas por varios caciques indígenas: los soberanos de Texcoco, Tacuba, Coyoacán e Iztapalapa que acompañan y sirven a su señor. Un criado arroja flores ante ellos y otro va extiendiendo una esterilla a su paso para que no se ensucien los pies. A ambos lados de la calzada, el pueblo desde sus piraguas les rinde homenaje. Las mujeres llevan ofrendas de flores en sus canoas mientras los músicos acompañan el suceso haciendo ulular sus caracoles, tocando las sonajas y tañendo el teponaztli. Moctezuma da la bienvenida a Cortés. El año Uno Caña es tradicionalmente fatal para los grandes señores, la fecha que, según el calendario azteca, anuncia el fin de un ciclo de cincuenta y dos años y el principio de otro. Un ciclo cuyo inicio se ha visto ensombrecido por terribles presagios. La llegada de esos seres inexplicables a quienes los augures identifican como emisarios del dios Quetzalcóatl es apenas uno de ellos. Moctezuma hizo cuanto pudo por mantenerlos lejos pero todas sus argucias fracasaron: las emboscadas tendidas por sus aliados, las quejas y amenazas de sus embajadores, los ricos presentes a manera de soborno, no hicieron más que despertar la curiosidad y la codicia de los intrusos, &#8220;porque cuanto más oro les enviara diciéndoles que se fuesen, fuera como fue mayor cebo para que fueran, como fueron, a sacárselo de las entrañas&#8221;, apunta con acierto Las Casas en su &#8220;Historia de las Indias&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 218px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/tenochtitlan6-1.jpg?t=1226248170" alt="tenochtitlan6-1.jpg picture by antoniosarabia" />Así, aquel martes 8 de noviembre de 1519, el mencionado y fatídico Uno Caña, después de haber intercambiado dos bellísimos camarones de oro &#8220;tan largos como un geme&#8221; por un collar de cuentas de vidrio, Moctezuma precede la entrada de Cortés a la gran Tenochtitlán por la calzada de Iztapalapa, una de las cuatro que cruzan el lago, únicos vinculos de la tierra firme con la capital del imperio. Pasan sobre algunos puentes levadizos que, al igual que a las otras, la cortan a trechos. Moctezuma elige el antiguo palacio de los emperadores aztecas, muy cerca de la plaza mayor, para alojar a Cortés y a sus hombres. Ahí vivíó él antes de construirse una morada mejor. Y ahí, sin que nadie lo sepa, oculta tras un falso muro el tesoro de su padre, el difunto Axayácatl.<br />
A ninguno de los recién llegados escapa lo frágil de su situación, una tropa de aventureros aislados en el centro de una metrópoli insólita y rodeados de indios hostiles. Cortés desconfía de las intenciones de la nobleza azteca, cuyos príncipes no aprueban el servilismo de su monarca. Por consejo de sus capitanes, decide secuestrar a Moctezuma, mantenerlo vigilado y usarlo como rehén. El emperador se somete. Continúa creyendo que a los recién llegados les envía Qutzalcoatl a reclamar sus antiguos dominios y está dispuesto a entregárselos. Cortés lo encarga a la guarnición de la plaza mientras sale al encuentro de Pánfilo de Narváez, enviado de Diego Velásquez, gobernador de Cuba, que viene en camino con mil cuatrocientos soldados y la orden de prenderlo. Cortés sorprende a Narváez en la oscuridad, lo apresa, y recluta para su causa al ejército que lo acompaña. A su regreso a Tenochtitlán encuentra a los indígenas soliviantados porque la rapacidad de Pedro de Alvarado, su lugarteniente, propició una matanza en el templo mayor. La ciudad parece desierta, el mercado, vacío. Nadie sale a darles la bienvenida. Mientras cabalgan a su cuartel en el palacio de Axayácatl, a sus espaldas se bloquean las calzadas y se levantan los puentes. La gran Tenochtitlan se convierte en una inmensa ratonera.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 276px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaConquista9-1.jpg?t=1226248456" alt="LaConquista9-1.jpg picture by antoniosarabia" />Diego de Ordaz intenta romper el cerco. En el primer embate, pierde dieciocho hombres y, herido él mismo, se ve obligado a retroceder ante los escuadrones indios que le cierran el paso. Además de destruir puentes y amontonar obstáculos para entorpecer las maniobras de los jinetes, los mexicas han ocupado las azoteas y desde ahí acribillan a los invasores con una granizada de piedras, varas y flechas.<br />
Moctezuma se ofrece, según Cortés, a mediar. Se le obliga, según Díaz del Castillo. El hecho es que sale a un balcón a calmar a la gente. Su perorata llamando al orden no es escuchada. El pueblo se considera, con justa razón, traicionado, y ya no lo reconoce como su emperador. Ha elegido a su hermano Cuitláhuac, señor de Iztapalapa, para sustituirlo y muestra a Moctezuma su abierto repudio arrojándole piedras. Una de ellas, al acertarle en la sien, le causará la muerte pocos días después.<br />
Los españoles se atrincheran en su palacio ahora convertido en bastión. Ahí, durante los trabajos de construcción de una pequeña capilla cristiana donde desean oír misa y orar, descubren la falsa pared y tras ella el fabuloso tesoro de Axayácatl. Deciden fundirlo en pequeños lingotes que faciliten su reparto y transporte. Así se destruyen las obras maestras de la orfebrería y el arte azteca, herencia de los antiguos emperadores al infeliz Moctezuma.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 195px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ConquistadeMxico5.jpg?t=1226248839" alt="ConquistadeMxico5.jpg picture by antoniosarabia" />Cortés se da prisa en organizar el incendio de las azoteas vecinas y de la cercana pirámide de Yopilco, con el objeto de controlar las alturas desde donde los guerreros mexicas les bombardean sin descanso con pedruzcos, lanzas y dardos. A pesar de eso, la situación se deteriora cada día más hasta que, el treinta de junio de 1520, un soldado de nombre Blas Botello, con cierta fama de nigromante, predice que, de no intentar esa misma noche una escapada, ninguno saldrá con vida de ahí. Sus camaradas le creen. Un aguacero providencial ahuyenta a los indios que vigilan desde las azoteas y apaga los braseros que conservaban encendidos para espiar a sus enemigos. Eso permite a los españoles huir durante la noche. Toman la salida más corta, rumbo a Tacuba, pero no tardan en ser sorprendidos. Centenares de canoas aparecen de improviso en ambos lados de la calzada, acosándolos con proyectiles desde el agua mientras tropeles de guerreros les dan caza por tierra. Los españoles transportan plataformas de madera que han fabricado para tenderlas sobre los puentes destruidos, pero las improvisadas pasarelas se desbaratan en la refriega. Los cargadores tlaxcaltecas y no pocos españoles caen al agua y se ahogan al intentar el cruce. Los cadáveres de hombres y de bestias, junto con los fardos que acarreaban, atiborran las acequias. El oro de Moctezuma se hunde en el barro junto con sus portadores. Quienes vienen detrás pasan por encima de aquellos inesperados puentes para ganar la salida. Cortés logra franquear el último paso pero los escuadrones indios atajan su retaguardia y la obligan a batirse de vuelta a la ciudad. A Cortés se le llenan los ojos de lágrimas cuando, al hacer un alto en Popotla, se da cuenta de que detrás de Alvarado, último en saltar sobre los cuerpos y bultos y caballos ahogados en el paso de Petlacalco, ya no viene nadie. Ha perdido la mayor parte de sus fuerzas junto con las de sus aliados tlaxcaltecas, más el oro, las joyas, buena parte de las monturas y toda la artillería.<br />
Los españoles lloran su derrota, &#8220;la noche triste&#8221;, a la sombra de un centenario ahuehuete del pueblo de Tacuba, pero se retiran dejando un cómplice dentro de la ciudad. Un aliado invisible ante quien los mexicas no tienen defensas: el germen de la viruela, una afección hasta entonces desconocida en el altiplano de México. &#8220;Tos, granos ardientes que queman&#8221;, dicen los cronistas indios. La epidemia diezma a la población. Cuitláhuac, el nuevo emperador, héroe de la derrota castellana, es una de sus víctimas. En su lugar es electo el joven señor de Tlatelolco, Cuauhtémoc, el Águila que Desciende.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 208px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ConquistadeMxico3.jpg?t=1226248688" alt="ConquistadeMxico3.jpg picture by antoniosarabia" />Mientras a los aztecas los consume la enfermedad, los españoles restañan sus heridas, obtienen suministros, se hacen de refuerzos, celebran alianzas con las tribus de los alrededores, y vuelven al ataque catorce meses después. Entran por la calzada del Tepeyac, más tarde rebautizada de Guadalupe. Se ha dicho que la conquista de México fue obra de los indios y, la independencia, de los españoles, refiriéndose particularmente a las tribus tlaxcaltecas que se unieron a Cortés para deshacerse de sus opresores mexicas, y a los criollos que conspirarían dos siglos más tarde, aprovechando la situación política en España, para liberarse del yugo peninsular. Hay un punto de verdad en la idea.<br />
Los conquistadores entran en Tenochtitlán y se libran sangrientos combates. Cortés ha hecho construir una docena de bergantines para reforzar el ataque desde el agua y combatir las piraguas. Los mexicas defienden el templo mayor. Disparan sus dardos desde lo alto mientras abajo tiene lugar una carnicería. En el suelo hay cuerpos desmembrados, y piernas y brazos y cabezas cercenadas. Los filos de obsidiana no son rival para el cortante acero toledano. Sobre todo porque los caballeros águila y jaguar no buscan matar a sus oponentes sino conducirlos vivos al sacrificio. Esta arraigada costumbre salvaría de la muerte a multitud de españoles, entre ellos, varias veces, al propio Cortés.<br />
Las milicias de Cortés terminan por apoderarse del templo mayor de Tenochtitlán pero sufren un serio revés al intentar hacer lo mismo con el de Tlatelolco. Una acequia mal cegada les corta la retirada durante un contrataque mexica. Los aztecas capturan una cincuentena de españoles mientras los demás huyen en desorden. Los sobrevivientes contemplarán, desde lejos, con los cabellos erizados, &#8220;los cuerpos desnudos y blancos&#8221; de sus compañeros de armas siendo inmolados por los sacerdotes aztecas en lo más alto de la pirámide. Entre el estruendo de los atabales y el lamento de cuernos y caracoles, llegará hasta ellos el olor a humo del copal. A los prisioneros, narra Cortés, &#8220;los sacrificaron y abrieron por los pechos y les sacaron los corazones para ofrecer a los ídolos&#8221;. Sus cabezas serán luego exhibidas junto con las de sus cabalgaduras en un Tzompantli, una de las armazones donde habitualmente se ensartaban los cráneos de los sacrificados.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 238px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/conquistadeMxico1.gif?t=1226249069" alt="conquistadeMxico1.gif picture by antoniosarabia" />Días después, Alvarado organiza una carga de caballería y ocupa la plaza del mercado. Los jinetes persiguen a los indios que huyen y los alancean por la espalda. Uno de sus capitanes, Gutierre de Badajoz, rodeado de soldados que lo protegen disparando mosquetes, trepa las escalinatas de la pirámide de Tlatelolco y, en el mismo lugar donde habían muerto sus camaradas, planta el estandarte español. Es el preludio del fin de la resistencia azteca que, al negarse a rendirse, se verá aniquilada. Muertos sus maridos, las mujeres toman las insignias de guerra, las armas y el lugar de los caídos y, arremangándose los faldellines por encima de las piernas, son las últimas en batirse contra el enemigo. Cuando Cuauhtémoc es capturado sólo quedan &#8220;los montones de muertos, que no había persona que en otra cosa pudiese poner los pies&#8221;, resumirá Cortés a Carlos V. Tampoco quedaba gran cosa de la ciudad en pie. El imperio del quinto sol, el sol de movimiento, había llegado a su término ilustrando con su extinción un poema del rey-poeta de Texcoco, Netzahualcoyotl:</p>
<p>&#8220;¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?<br />
No para siempre en la tierra:<br />
sólo un poco aquí.<br />
Aunque sea jade se quiebra,<br />
aunque sea oro se destruye,<br />
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.<br />
No para siempre en la tierra:<br />
tan sólo un poco aquí&#8221;.</p>
<p>Antonio Sarabia</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/noviembre-en-el-ano-uno-cana-una-capsula-de-la-conquista-de-mexico/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>5</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El Arte de la Minificción</title>
		<link>http://losconvidados.com/el-arte-de-la-minificcion/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/el-arte-de-la-minificcion/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 22 Aug 2008 22:16:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Adolfo Bioy Casares]]></category>
		<category><![CDATA[Augusto Monterroso]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
		<category><![CDATA[Autores chilenos]]></category>
		<category><![CDATA[Autores chinos]]></category>
		<category><![CDATA[Autores franceses]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Chuang-Tzu]]></category>
		<category><![CDATA[Jean Cocteau]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Luis Borges]]></category>
		<category><![CDATA[Juan José Arreola]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Vicente Huidobro]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=60</guid>
		<description><![CDATA[Delfín Beccar y Alejandro Gelaz, dos jóvenes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, están ganando cada vez más adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, Minificciones, en el que día a día van dando cuenta de las mejores muestras del género corto en la literatura [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal">Delfín Beccar y Alejandro Gelaz, dos jóvenes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, están ganando cada vez más adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em>, en el que día a día van dando cuenta de las mejores muestras del género corto en la literatura universal. Desde su propio trabajo hasta el celebérrimo &#8220;Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí&#8221; de Monterroso, reputado como el relato más breve de la lengua castellana. Cuatro palabras más conciso, aunque no por eso más bello, del que a continuación reseñaremos de Borges. Junto a ese relámpago Borgiano tenemos microtextos de Bioy, Huidobro, Cocteau, otro de Monterroso, uno muy famoso de Chuang-Tzu y, para terminar, una pequeña joya de mi paisano Arreola.</p>
<p>Cada cuento viene acompañado de una bella ilustración alusiva al tema o al autor. Al permitirnos el uso de las <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em>, Delfín y Alejandro tuvieron la amabilidad de enviarnos las imágenes correspondientes con lo que los lectores de <em>Los Convidados</em> tendrán una idea más cabal de su trabajo.<span id="more-60"></span></p>
<p>Con la idea de compartir lectura y escritura, <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em> proponen otras áreas del blog en las que pueden participar sus visitantes, ya sea con escritos propios o, incluso, archivos audiovisuales. Están inaugurando, además, un concurso de microrelatos al mes. El ganador podrá ver su texto publicado en el blog, con su nombre completo y la ilustración adecuada, al lado de los consagrados.</p>
<p>Quiero felicitar a Delfín y Alejandro por este esfuerzo común. Es un honor tenerlos esta semana entre <em>Los Convidados</em>. Les deseamos suerte en el blog, en el concurso de minicuentos, y en su incipiente vida de escritores. Comienzo con un par de muestras de su propio quehacer literario para que ustedes vean también lo que, en este ámbito, ambos son capaces de hacer.</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/delfin.jpg?t=1219361346" alt="delfin.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>LABERINTO</p>
<p>La mujer lo mira agonizar. Él, sumido en una espantoso sueño, recorre los largos  pasillos de una oscura mazmorra. Detrás de cada puerta aparecen distintos escenarios,  una cadena de círculos infernales. Sin un Virgilio que lo guíe por ese submundo corre desesperado buscando una salida. A lo lejos, en medio de la bruma, puede ver como la única luz que existe se apaga.  Ella vierte amargas lágrimas&#8230; su marido acaba de expirar.  Él, a oscuras intenta buscar la salida de aquella prisión.</p>
<p>Delfín Beccar Varela</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Alejandro.jpg?t=1219361431" alt="Alejandro.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>REVERBERA EL RUEDO</p>
<p>El sol de la tarde templa la arena, el clavel, el mantón, el tendido.</p>
<p>Sentada, observa la ceremonia en el ruedo. El cortejo comienza la dupla; los pases abanican, el lomo restriega y ensangrienta lo viril al maestro. Ella mimetiza el baile del animal en su cuerpo. El clavel vibra ahora entre los pechos y el mantón se desliza por sus muslos. La lozana comulga con el frote, la sangre y la espada que penetra e inunda el laberinto.</p>
<p>La muerte grande que ronda; y la pequeña, que aflora tensándole la cara y el bajo vientre.</p>
<p>Alejandro Gelaz</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/bioy.jpg?t=1219361489" alt="bioy.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                           LA SALVACIÓN</p>
<p>Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. &#8220;¿Cómo un ser tan ínfimo&#8221; sin duda estaba pensando el tirano &#8220;es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?&#8221;. Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. &#8220;Por humildes que sean&#8221; dijo indicando al pájaro &#8220;hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros&#8221;.</p>
<p>Adolfo Bioy Casares</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/borges.jpg?t=1219361589" alt="borges.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>BORGIANA</p>
<p>¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga? </p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/huidobro.jpg?t=1219361690" alt="huidobro.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>TRAGEDIA</p>
<p>María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.</p>
<p>Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.</p>
<p>Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.</p>
<p>Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.</p>
<p>¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?</p>
<p>Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.</p>
<p>Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.</p>
<p>Vicente Huidobro</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cocteau.jpg?t=1219361754" alt="cocteau.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                     EL GESTO DE LA MUERTE</p>
<p>Un joven jardinero persa dice a su príncipe: -¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan. El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta: -Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza? -No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.</p>
<p>Jean Cocteau</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chuang.jpg?t=1219361818" alt="chuang.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                         EL SUEÑO DE LA MARIPOSA</p>
<p>Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.</p>
<p>Chuang Tzu</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/monterroso2.jpg?t=1219361915" alt="monterroso2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                         LA TORTUGA Y AQUILES</p>
<p>Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.  En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.  En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles. </p>
<p>Augusto Monterroso</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/arreola.jpg?t=1219361964" alt="arreola.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>ARMISTICIO</p>
<p>Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala invitándonos a entrar. Se alquila paraíso en ruinas.</p>
<p>Juan José Arreola</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/el-arte-de-la-minificcion/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>6</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Premio Espartaco 2008</title>
		<link>http://losconvidados.com/premio-espartaco-2008/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/premio-espartaco-2008/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 19 Jul 2008 16:44:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Premios]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/?p=49</guid>
		<description><![CDATA[Mi novela, Troya al Atardecer, fue galardonada durante la Semana Negra de Gijón con el premio Espartaco 2008 a la mejor novela histórica publicada el año pasado. Desde este blog literario deseo dar las gracias a los organizadores de la Semana Negra, con Paco Ignacio Taibo II a la cabeza, y a los distinguidos miembros [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Mi novela, Troya al Atardecer, fue galardonada durante la Semana Negra de Gijón con el premio Espartaco 2008 a la mejor novela histórica publicada el año pasado. Desde este blog literario deseo dar las gracias a los organizadores de la Semana Negra, con Paco Ignacio Taibo II a la cabeza, y a los distinguidos miembros del jurado Alfonso Mateo-Sagasta, Juan Bolea y Fermín Goñi, quienes tuvieron a su cargo la ingrata tarea de seleccionar un ganador entre otras obras de excelente calidad escritas por colegas de reconocido prestigio como El Secreto del Oráculo, de José Angel Mañas, El Agua y la Tierra, de Julio Murillo, El Naufragio del Imperio, de Juan Esteban Constaín, Ars Magica de Nerea Riesco y El Juglar, de Rafael Marín.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Gracias también a la gente de Gijón que cada año recibe a los autores con tanto entusiasmo, generosidad, afecto y algarabía. Ojalá que la Semana Negra continúe siempre con el empuje que la ha convertido en uno de los festivales de la cultura más importantes de España.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">A continuación les ofrezco tres fragmentos de la novela premiada.<span id="more-49"></span></span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">                                                                                                       </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Llamaban al mar <em>poros, </em>“el camino”<img id="fullImage" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/laotraorilla-Troyaalatardecerult-1.jpg?t=1216484187" alt="laotraorilla-Troyaalatardecerult-1.jpg picture by Laurenblog" /> o <em>pontos</em>, “el pasaje”, y fue por ese camino, por ese pasaje, que llegaron hasta las costas de Troya. También le llamaban <em>pelagos</em>, “la inmensidad”, aunque al aproximarse sus naves lo cubrieran hasta donde alcanzaba la vista. Nunca antes se había visto una expedición tan numerosa. Alrededor de cien mil hombres de armas en más de mil doscientos navíos venidos de todos los rincones de la Hélade. Soldados valientes, capitaneados por los jefes más ilustres de su tiempo. Decididos todos a terminar rápido, a invadir y saquear la ciudad de las anchas calles, empeñados en devolver la infiel esposa a Menelao, su dueño y señor, para que se encerraran juntos en las habitaciones de su palacio y resolvieran a solas, y de una vez por todas, sus problemas conyugales. Y una vez logrado eso volver pronto a la patria, a dilapidar el botín que aquel ilustre adulterio, más la fulminante victoria en la guerra, les habrían deparado. Pero su voluntad flaqueó al encontrarse a la vista de las macizas murallas de Troya. Con razón se relataba que las había edificado el propio Poseidón, el que estremece la tierra. Todas, menos las de la parte que da al mar, obra de Éaco, antepasado del mismísimo Aquiles que ahora con ellos se presentaba a sus pies. A esas se puso sitio y, aunque habían sido erigidas por manos humanas, tampoco se tuvo mucho éxito ante ellas porque después de casi diez años de asedio aún seguían indemnes burlando la voluntad y los tozudos empeños de sus atacantes.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">                                                     </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Cuando los escudos chocaban entre sí y el familiar estrépito del metal dando al metal se confundía con el de los gritos de aliento, las amenazas y los gemidos de dolor que saturaban el ambiente, un audaz troyano se deslizó con presteza hacia el caído Menelao y, levantando con ambas manos su pesada hacha de dos filos, se dispuso a rematarlo. Timalco intuyó el terror bovino en los ojos de su rey. Todo lo que tenía que hacer, pensó, era volver la cabeza hacia otra parte un mero instante, nada más natural, con enemigos viniéndosele encima por doquier nadie podría reprochárselo, y esa noche el orgulloso amo de Esparta serviría sólo de asidero de moscas y de pitanza a los perros y a las aves de rapiña. Bien merecido lo tendría. Adiós al mundo de los vivos. Adiós a sus sueños de compartir una vez más su lecho con Helena. Adiós a sus blancos brazos y a su perfumada cabellera, adiós. Sin embargo levantó la lanza, su jabalina trazó una fulgurante línea en el aire y vino a hundirse con violencia justo bajo la clavícula del brazo erguido que se disponía a descargar el golpe mortal sobre el abatido atrida. A los ojos saltados de sorpresa y a los dedos aflojándose en el mango de madera de encino, siguió el pesado estruendo de la armadura al derrumbarse junto al rey caído. Timalco se aproximó a su soberano desenfundando la espada y cubriéndolo con el escudo de otros posibles proyectiles adversarios. Habría deseado encontrar a un hombre muerto pero, en vez de eso, se topó con su maltrecho caudillo que le miraba con agradecimiento.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">                                                                                                         </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">De los diez años de guerra aquella jornada fue, sin duda, la más cruenta. Después del combate, dánaos y troyanos pactaron una tregua para restañar sus heridas, recoger a sus muertos ayudándose de bueyes y mulas, e incinerar sus despojos. Timalco pasó buena parte de la noche ocupado con el resto de los espartanos en amortajar los cadáveres de sus compatriotas, usando para el caso sus propias túnicas rojas. Limpiaba con agua los sucios costurones de sangre, y cubría los cuerpos inertes con ramas de olivo antes de entregarlos a las enormes piras funerarias que Néstor había mandado encender para abrasar a los caídos. ¿Cuántos días más se necesitarían para recolectarlos a todos? ¿Y de qué habían servido tantas plegarias a los dioses, conjeturó una vez más Timalco, tantos ruegos para librar con vida la batalla, si la suerte de aquellos desventurados había sido sellada de antemano? En esos momentos, mirando la espesa humareda elevarse hacia los cielos, se podía creer sin dificultad lo que tanto gustaba afirmar a Tersites: que la tierra estaba demasiado poblada y que Zeus, desde lo alto del Olimpo, había decidido esa guerra para aligerarla del exceso de habitantes. Si eso era cierto, aquel penetrante tufo a carne humana en chamusquina debía resultar un grato aroma para él.</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD">Antonio Sarabia</span></p>
<p class="MsoBodyText"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p><!--EndFragment--></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/premio-espartaco-2008/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>8</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Juan José Arreola</title>
		<link>http://losconvidados.com/juan-jose-arreola/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/juan-jose-arreola/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 13 Jul 2008 19:27:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Juan José Arreola]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/juan-jose-arreola/</guid>
		<description><![CDATA[Conocí a Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, México, 1918-2001) hace más de cuarenta años. Yo era a la sazón estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana, allá en la ciudad de México, y Arreola vino a darnos una conferencia que se titulaba Estoy Escribiendo un Libro. No me acuerdo de qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Conocí a Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, México, 1918-2001) hace más de cuarenta años. Yo era a la sazón estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana, allá en la ciudad de México, y Arreola vino a darnos una conferencia que se titulaba <span style="font-style:italic;">Estoy Escribiendo un Libro</span>. No me acuerdo de qué libro se trataba, los años no pasan en vano, ni si Arreola llegó a publicarlo o no. Tal vez se refería a <span style="font-style:italic;">Palindroma</span>, aparecido en 1971, cuatro largos años después de aquella charla, aunque, conociéndolo, no se puede descartar el que en aquel momento no estuviera escribiendo nada y que el título le hubiese venido a la cabeza sólo para despertar el interés del público.</p>
<p><span id="more-41"></span></p>
<p>El caso es que mis compañeros, quién sabe porqué perversas razones, me eligieron a mí para subir al podio con el escritor invitado y articular unas cuantas palabras a manera de presentación. Recuerdo, eso sí, que llené varias cuartillas con lo que entonces era mi mejor prosa y las pulí y repulí hasta que las consideré a la altura de la admiración que me causaba y todavía me causa, la precisión milimétrica del lenguaje Arreoliano. Por fortuna para mí, pero sobre todo para ustedes porque así no corren el riesgo de que ceda a la tentación de endilgárselas de nuevo en este blog, esas páginas se han perdido para siempre. Fueron a parar en el olvido como tantos conocimientos inútiles, tantas aventuras, desvelos y amoríos como nos acompañaron al final de la adolescencia.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHphSsQvA1I/AAAAAAAAAfA/XpPMVNmKlvg/s1600-h/Arreola5.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222593691636400978" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHphSsQvA1I/AAAAAAAAAfA/XpPMVNmKlvg/s400/Arreola5.jpg" border="0" alt="" /></a> Esta mañana, sin embargo, mientras emborronaba estas líneas, una frase de aquel primer texto me vino mágicamente a la memoria. Una frase con la que durante aquella otra tarde en la universidad intenté compendiar el deslumbramiento que me producía la excelencia de su estilo narrativo. Comparaba la perfección de su palabra con los astros que brillaban en el cielo y decía, textualmente, que sus imágenes eran “fulgores herrados con fuego en el anca de la noche”. Pido perdón por traer a colación esta pomposa metáfora, esta cita tan poco citable. No debo culpar a mi devoción por Arreola sino a mi exaltada prosa juvenil de tamaña atrocidad, pero he querido repetirla para de algún modo enlazar estas palabras con aquellas, y recordar a Arreola como lo vi aquella tarde sentado junto a mí en el estrado, escuchando mi texto con amable condescendencia, y luego tomando la palabra él mismo para deslumbrarnos con su profundo conocimiento del oficio de escritor y hacernos reír con su punzante sentido del humor, su locuacidad, sus anécdotas y la relación detallada de sus fobias y padecimientos, reales e inventados. Arreola se consideraba a sí mismo un juglar, hizo teatro en su juventud, pisó las tablas de la Comedie Francaise como esclavo desnudo en la galera de Antonio y Cleopatra, y pienso que, en cierto modo, siguió siendo actor toda su vida. Pero yo no lo sabía entonces y tampoco estaba preparado para ello, por eso algunas de sus actitudes en el estrado me desconcertaron terriblemente. Podía de pronto dejar de dirigirse al auditorio, volverse hacia mí e, ignorando mi embarazo, continuar la charla como si estuviéramos solos en el café de la esquina, absortos en una conversación privada y el público no se encontrara presente. Se quedaba así minutos que a mí me parecían eternos, de perfil a los oyentes, enfrascado en un soliloquio inverosímil. Nada de eso importó a mis compañeros, quienes no necesitaban más que de su presencia para alcanzar el Nirvana. Lo aplaudieron a rabiar y la charla resultó un éxito. Al estrecharnos la mano durante la despedida, Arreola me invitó a participar en los talleres de literatura que por aquellos tiempos dirigía, creo que en el bosque de Chapultepec. Nunca asistí. Tal vez hice mal, pero ya desde esa época experimentaba un profundo escepticismo por los talleres literarios. Fue una lástima porque no volví a ver a Arreola hasta que me topé con él por casualidad en una tienda de música de la ciudad de Guadalajara treinta años más tarde. Desde luego no le mencioné que ya nos habíamos conocido antes. Hubiera resultado inútil. El no habría recordado aquella noche inolvidable de mi lejana juventud. De todos modos me acerqué a presentarme, como si nunca le hubiera visto antes, y él conversó de buen grado en francés con mi hijo, entonces de ocho años, mientras yo iba al estacionamiento a sacar del auto un ejemplar de mi última novela, y obsequiársela.<br />
Hay un oficio que no figura en la numerosa lista de los ejercidos por Arreola y que podría describirlo de cuerpo entero: el de orfebre. Se ha dicho que fue aprendiz de encuadernación y tipografía desde los doce años, que trabajó en una papelería, en un molino de café, en un cajón de ropa y en una tienda de abarrotes. Fue peón en los campos, pastor, vendedor ambulante y ayudó a su familia en un expendio de tepache, esa bebida mexicana ligeramente alcohólica que se extrae de la fermentación de la piña. Fue también cobrador, locutor de radio y panadero. Estudió teatro, decidido a hacerse actor, aunque el oficio que más cuadraba con sus inclinaciones literarias era el de orfebre. Arreola gustaba afirmar que procedía en línea recta de dos antiquísimos linajes: herrero por parte de su madre y carpintero a título paterno. De allí, según él, su pasión artesanal por el lenguaje. Me atrevo a disentir y a reiterar: Arreola no es un artesano del lenguaje, es un orfebre.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdCeERi2I/AAAAAAAAAeo/xFKW-8yERo4/s1600-h/Arreola+1.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222589014901623650" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdCeERi2I/AAAAAAAAAeo/xFKW-8yERo4/s320/Arreola+1.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
El orfebre graba, pule, talla incansable su trabajo del mismo modo que Arreola construía sus frases, ajustaba sus palabras, en cada texto aspirando a la perfección. Una perfección que se da a pesar de que él mismo no creía en ella, prefiriéndose verse como un artesano o un juglar y no tanto como un artista.<br />
Porque para Arreola la belleza era etérea, intangible, inasequible. Él mismo lo afirma en varios de sus escritos. En <span style="font-style:italic;">El Lay de Aristóteles</span>, por ejemplo, nos describe al sabio en su jardín contemplando extasiado la armonía, o sea el fundamento de la belleza, dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">La musa armonía danza frente a él, haciendo y deshaciendo su friso inacabable, su laberinto de formas fugitivas donde la razón humana se extravía. De pronto, con agilidad imprevista, Aristóteles se echa en pos de la mujer, que huye, casi alada, y se pierde en el boscaje&#8230;<br />
Vuelve el filósofo a la celda extenuado y vergonzoso. Apoya la cabeza en sus manos y llora en silencio&#8230; Cuando mira de nuevo a la ventana la musa reanuda su danza interrumpida. Bruscamente, Aristóteles decide escribir un tratado que destruya la danza de armonía, descomponiéndola en todas sus actitudes y en todos sus ritmos&#8230;<br />
Durante el tiempo que tardó en componerlo, la musa danzaba para él. Al escribir el último verso, la visión se deshizo y el alma del filósofo reposó para siempre, libre del agudo aguijón de la belleza.</span><br />
La belleza se representa, pues, como una forma cambiante, inasible, fugitiva, cuya contemplación es sin duda dolorosa. Una forma que al captarse, al reproducirse de alguna manera por el creador, pierde su identidad original y desaparece.<br />
La situación se repite de una manera casi análoga en <span style="font-style:italic;">El Discípulo</span>, cuando el maestro lo reprende con estas palabras:<br />
<span style="font-style:italic;">Tú sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta una sola línea en tu dibujo, pero sobran muchas.</span><br />
Luego pide un cartón a sus alumnos y, al igual que Aristóteles en el otro cuento, se dispone a mostrar cómo se destruye la belleza. Arreola continúa:<br />
<span style="font-style:italic;">Con un lápiz de carbón trazó el bosquejo de una bella figura: el rostro de un ángel, tal vez el de una hermosa mujer. Nos dijo: “Mirad, aquí está naciendo la belleza. Estos dos huecos sombríos son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la boca. El rostro entero carece de contorno. Esta es la belleza.</span><br />
Entonces el maestro guiña un ojo a sus alumnos y dice <span style="font-style:italic;">acabemos con ella</span><br />
<span style="font-style:italic;">Y en poco tiempo, dejando caer unas líneas sobre otras, creando espacios de luz y de sombras, hizo de memoria ante mis ojos maravillados el retrato de Goia. Los mismos ojos oscuros, el mismo óvalo de rostro, la misma imperceptible sonrisa. Cuando yo estaba más embelesado, el maestro interrumpió su trabajo y comenzó a reír de manera extraña. “Hemos acabado con la belleza, dijo, ya no queda sino esta infame caricatura.”</span><br />
El maestro arroja el dibujo a fuego y el discípulo se quema las manos intentando salvarlo de las llamas. Luego, llorando silencioso, se detiene a la orilla del río a contemplar sus manos ineptas.<br />
Así de inalcanzable es la perfección en la literatura, así es la belleza. Por si nos quedara alguna duda, Arreola lo ratifica de manera insuperable en el prólogo a <span style="font-style:italic;">Mi Confabulario</span>:<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdeOFRSAI/AAAAAAAAAew/2EXWcHvw-wE/s1600-h/Arreola+4.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222589491647170562" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdeOFRSAI/AAAAAAAAAew/2EXWcHvw-wE/s320/Arreola+4.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
<span style="font-style:italic;">Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.</span><br />
En el prólogo a su <span style="font-style:italic;">Antología de Juan José Arreola</span>, José Agustín menciona que, como pedía Tolstoi, Arreola, al narrar su pueblo, narra el mundo. En eso es igual a Rulfo, el otro gran escritor jaliciense con quien comparte algo más que la generación y la amistad. Ambos son orfebres, ambos tallan sus frases a la pefección, aunque haya más densidad en la de Rulfo y más humor en la de Arreola. Los dos vienen del mismo terruño, tienen las mismas raíces y los mismos maestros. Aunque algunos críticos desearían mostrar a Rulfo como el último eslabón en la cadena de la literatura de la revolución mexicana, la verdad es que en él hay mucho de Kafka y de Sófocles y de Esquilo. En Arreola, sin embargo, es más evidente la presencia de los surrealistas y los clásicos.<br />
Su curiosidad, por ejemplo, por los aparatos y sus mecanismos está casi siempre rodeada de una atmósfera surrealista que recuerda las poleas, hilos y engranes en la pintura de Remedios Varo. En ambos se estila un parecido humor al describirlos, aunque en los de ella hay una referencia a la alquimia o a las sutiles madejas, ruedas y garruchas que enlazan al cosmos, y en los de Arreola a asuntos menos metafísicos y más cerca de lo cotidiano. Podemos mencionar algunos textos, como el de <span style="font-style:italic;">Baby H.P.</span>, en la que propone utilizar a los pequeños como fuentes de energía, <span style="font-style:italic;">a través de un aparato que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil mediante cómodos cinturones, pulseras y broches</span> y los convierte en dínamos que revolucionarían, con su consiguiente reserva de electricidad, la economía hogareña. En <span style="font-style:italic;">En Verdad Os Digo</span>, un sabio, de nombre Niklaus, propone un plan científico para desintegrar a un camello <span style="font-style:italic;">y hacerlo pasar en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a una pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente al camello según su esquema primitivo.</span> El experimento es tan caro que aunque fracasara conseguiría su objetivo, pues los ricos que lo financiaran quedarían tan pobres que ya no tendrían problema para entrar en el reino de los cielos. En <span style="font-style:italic;">De Balística</span> explora el funcionamiento de las antiguas catapultas romanas llevándonos a la conclusión de que era más eficaces para amedrentar que para aniquilar a los enemigos.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpeCOGS6mI/AAAAAAAAAe4/2bWjOh0g0po/s1600-h/arreola+3.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222590110126762594" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpeCOGS6mI/AAAAAAAAAe4/2bWjOh0g0po/s320/arreola+3.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Sin embargo la más lograda, y divertida, expresión de su manía maquinista, nos la da en su cuento <span style="font-style:italic;">Anuncio</span>, una especie de reclamo publicitario en el que se ponderan las cualidades de unas mujeres hechas de una substancia llamada Plastisex que acaban de aparecer en el mercado. He aquí unos fragmentos:<br />
<span style="font-style:italic;">Ahora nos dirigimos a usted, dichoso o desafortunado en el amor. Le proponemos la mujer que ha soñado toda la vida: se maneja por medio de controles automáticos y está hecha de materiales sintéticos que reproducen a voluntad las características más superficiales o recónditas de la belleza femenina. Alta y delgada, menuda y redonda, rubia y morena, todas están en el mercado&#8230;<br />
Tenemos listas para ser enviadas todas las bellezas famosas del pasado y del presente, pero atendemos cualquier solicitud y fabricamos modelos especiales. Si los encantos de Madame Recamier no le bastan para olvidar a la que lo dejó plantado, envíenos fotografías, documentos, medidas, prendas de vestir y descripciones entusiastas. Ella quedará a sus órdenes mediante un tablero de controles no más difícil de manejar que los botones de un televisor&#8230;<br />
Nuestras Venus están garantizadas para una relación de diez años –duración promedio de cualquier esposa- , salvo los casos en que sean sometidas a prácticas anormales de sadismo&#8230;<br />
Un armazón de magnesio, irrompible hasta en los más apasionados abrazos y finalmente diseñado a partir del esqueleto humano, asegura con propiedad todos los movimientos y posiciones de la Plastisex. Con un poco de práctica se puede bailar, luchar, hacer ejercicios gimnásticos o acrobáticos y producir en su cuerpo reacciones de acogida o rechazo más o menos enérgicas. (Aunque sumisas, las Plastisex son sumamente vigorosas, ya que están equipadas con un motor de medio caballo de fuerza)&#8230;<br />
Como objeto de goce, la plastisex debe ser empleada de modo mesurado y prudente, tal como la sabiduría popular aconseja respecto a nuestra compañera tradicional. Normalmente utilizado, su débito asegura la salud y el bienestar del hombre, cualquiera que sea su edad y complexión. Y por lo que se refiere a los gastos de inversión y mantenimiento, la Plastisex se paga ella sola. Consume tanta electricidad como un refrigerador, se puede enchufar en cualquier contacto doméstico y, equipada con sus más valiosos aditamentos, pronto resulta mucho más económica que una esposa común y corriente. Es inerte o activa, locuaz o silenciosa a voluntad, y se puede guardar en el closet.</span><br />
Su amor por los libros, como objetos, nace no solo de su vocación literaria sino de su antiguo oficio de tipógrafo y encuadernador. En <span style="font-style:italic;">In Memoriam</span> nos describe <span style="font-style:italic;">un lujoso ejemplar en cuarto mayor con pastas de cuero repujado, tenue de olor a tinta recién impresa en fino papel de Holanda.</span><br />
Su pasión por el ajedrez se trasluce en sus constantes referencias al juego.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpb5ZPoYCI/AAAAAAAAAeY/caT6aizv3Jc/s1600-h/Arreola+2.gif" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222587759476629538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpb5ZPoYCI/AAAAAAAAAeY/caT6aizv3Jc/s320/Arreola+2.gif" border="0" alt="" /></a> En <span style="font-style:italic;">La Vida Privada</span>, por ejemplo, el marido cornudo se entretiene con Gilberto, el amante de Teresa, su esposa, jugando al ajedrez. Una piedra lanzada por algún vecino iracundo viene a romper una ventana y cae sobre el tablero derribando las piezas. Teresa casi se desmaya y Gilberto palidece intensamente, el marido narrador no lamenta demasiado el suceso ya que, confiesa a los lectores, <span style="font-style:italic;">mi rey se hallaba en una situación bastante precaria, después de una serie de jaques que presagiaban un mate inexorable.</span><br />
Hay una carta de Julio Cortázar a Juan José Arreola en la que le menciona el primero agradece sus cuentos y menciona el <span style="font-style:italic;">El Prodigios Miligramo</span>. Cuando la leí, la fascinación que el Prodigioso Miligramo ejerce sobre el resto del hormiguero recuerda la fascinación que El Gran Tornillo ejerce sobre el vecindario en la Rayuela de Cortázar. En el fondo, la idea es la misma. No quise, a propósito, mirar las fechas para dislucidar quién influyó en quién. Me encanta que quede así, en esa fraterna complicidad que une a todos los escritores del mundo, más allá de las distancias, los idiomas y las estúpidas fronteras.<br />
Imposible concluir esta entrada sin mencionar algunos de los premios recibidos por Arreola en su brillante carrera de escritor. Obtuvo en 1953 el premio Jalisco de literatura; en 1963, el Villaurrutia por su novela La Feria; en 1977, el premio nacional de periodismo; en 79, el premio nacional de linguística y literatura; en 87, el premio de la Universidad Nacional Autónoma de México y, en 92, el premio Juan Rulfo.<br />
Sin embargo, lejos de envanecerse con estas victorias, Juan José Arreola dice:<br />
<span style="font-style:italic;">Dondequiera que haya un duelo estaré de parte del que cae, ya se trate de héroes o rufianes.<br />
Estoy atado por el cuello a la teoría de esclavos esculpidos en la más antigua de las estelas. Soy el guerrero moribundo bajo el carro de Asurbanipal, y el hueso calcinado en los hornos de Dachau.</span><br />
Y en otra parte:<br />
<span style="font-style:italic;">En otros tiempos yo hubiera sido un juglar, un mendigo, un narrador de cuentos y milagros. Descubro mi vocación demasiado tarde, alcanzada la madurez y a la mitad de un siglo en donde no caben ya esta clase de figuras. De todas maneras, he querido contar mi fábula a dos o tres pobres de espíritu, ofrecer mi colección de miserias a unos cuantos rezagados.</span><br />
Antonio Sarabia</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/juan-jose-arreola/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>3</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Erotismo y literatura</title>
		<link>http://losconvidados.com/erotismo-y-literatura/</link>
		<comments>http://losconvidados.com/erotismo-y-literatura/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 22 Jun 2008 23:09:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Erotismo]]></category>
		<category><![CDATA[Joanoto Martorell]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Luis Borges]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura Española]]></category>
		<category><![CDATA[Mickey Spilline]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Tirante el Blanco]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://losconvidados.com/erotismo-y-literatura/</guid>
		<description><![CDATA[Entre el erotismo y la pornografía, igual a un péndulo que oscilara entre el espíritu y el cuerpo por lo que podríamos llamar las gradaciones de lo explícito, se mece la imaginación. Me refiero aquí al espíritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Entre el erotismo y la pornografía, igual a un péndulo que oscilara entre el espíritu y el cuerpo por lo que podríamos llamar las gradaciones de lo explícito, se mece la imaginación. Me refiero aquí al espíritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está hecho de sugerencias y apela a nuestra fantasía.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF-BAT2xTxI/AAAAAAAAAb0/Py2vC-2pthQ/s1600-h/Close+up+6.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5215028735848304402" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF-BAT2xTxI/AAAAAAAAAb0/Py2vC-2pthQ/s200/Close+up+6.jpg" border="0" alt="" /></a> Nos interesa lo que oculta, no lo que descubre. La pornografía, por el contrario, no aspira a símbolos representativos. Se recrea a sí misma en la exhibición del aparato reproductor. Para el sexo puro y duro no hace falta la imaginación.</p>
<p><span id="more-38"></span><br />
Es, entonces, esa poderosa mezcla de erotismo y fantasía -responsable, por ejemplo, de la lascivia despertada por el disimulo de pantorrillas y pescuezos femeninos en la era victoriana-, la que hace también crecer en nuestras mentes una multitud de íntimos fantasmas que nos provocan secretas inquietudes. Algunos son tan antiguos y queridos que tal vez jamás podamos deshacernos de ellos. Quizás nos escoltarán hasta la tumba. No importa, sería difícil encontrar mejores camaradas para compartir las miserias del sepulcro. ¿Cómo saber si no constituirán ahí nuestro único consuelo, nuestra inmejorable y eterna distracción?<br />
A mí, muchos de esos fantasmas, nacidos del arte y la imaginación de otros, me persiguen casi desde mis primeras lecturas. Hay los despertados por <span style="font-style:italic;">Las Mil y Una Noches</span> y los salidos del <span style="font-style:italic;">Cantar de los Cantares</span>. Podría hablar horas enteras de los que me sugirieron Bocaccio, D.H. Lawrence o Henry Miller, así como la <span style="font-style:italic;">Lolita</span> de Nabokov o aquel vibrante y apasionado yes de James Joyce que se extiende a través las dos páginas finales del <span style="font-style:italic;">Ulises</span> y que en mi buena época podía repetir de memoria. Pero algunos son demasiado conocidos y otros pertenecen ya al dominio de la vida adulta. Hoy he elegido convidar en esta entrada a los más íntimos, a los menos intelectuales. A los que me asaltaron aún en plena infancia o en el inicio de la adolescencia, cuando mi lectura era más lúdica y mi edad más propicia para degustar con verdadero asombro, y bastante menos perversión, el manjar del erotismo.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7nvT6m8ZI/AAAAAAAAAbM/viSWmwFWLa8/s1600-h/Geisha.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214860218527576466" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7nvT6m8ZI/AAAAAAAAAbM/viSWmwFWLa8/s320/Geisha.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Su historia, nuestra historia, mía y de mis fantasmas, se inicia con Mark Twain. Yo tendría ocho años cuando leí <span style="font-style:italic;">Tom Sawyer</span> por primera vez. Sin embargo, el beso que éste le da a Becky Thatcher en el vacío salón de clases mientras ambos mascan chicle y columpian las piernas, de puro gozo, sentados sobre los mesabancos fue, ríanse ustedes, una de mis primeras experiencias erótico-literarias.<br />
No tardó en asomar la cabeza Alejandro Dumas con <span style="font-style:italic;">LosTres Mosqueteros</span>, metiendo sin más a D´Artagnan en la cama de Kitty, la doncella de Milady de Winter, para acto seguido permitirle proseguir la fogosa y lasciva visita, de noche todos los gatos son pardos, en la de su más atractiva patrona haciéndose pasar por su amante, el conde de Wardes.<br />
Tampoco puedo olvidar a Juan de Pardaillán, el invencible héroe de Michel Zevaco, haciéndole el amor a Fausta, la diabólica, en aquel soberbio palacete italiano, ya no recuerdo si asentado en Roma, Florencia o Venecia, y despertando luego medio sofocado por lo que él creía la ebriedad del amor y del placer, para encontrarse conque la malvada y hermosísima mujer le había prendido fuego al sitio con la peregrina intención de asarlo dentro.<br />
Pero fue una vieja novela de caballería, <span style="font-style:italic;">Tirante el Blanco</span>, de Joanoto Martorell, la que instaló el mayor número de imágenes lúbricas en mi temprana adolescencia. Al leerla comprendí mejor porque su lectura había hecho perder el seso a Don Quijote. Debo hacer notar aquí, sin embargo, que <span style="font-style:italic;">Tirante el Blanco</span> es uno de los pocos libros que Cervantes salva de la famosa quema organizada por el cura y el barbero. <span style="font-style:italic;">¡Válgame Dios!</span>, dice el cura cuando, al expurgar la estantería de don Alonso Quijano, ve caer el tomo a sus pies, <span style="font-style:italic;">dádmelo acá, compadre, que hago de cuenta que he hallado una mina de contento y un tesoro de pasatiempos</span>. Luego, en vez de arrojarlo al fuego con los otros se lo cede al barbero. <span style="font-style:italic;">Llevadle a casa y leedle</span>, le dice, <span style="font-style:italic;">veréis que es verdad cuanto de él os he dicho</span>.<br />
A mí me pareció curioso que un cura lo recomendara con tanta liberalidad. Aparte de que Tirante el Blanco es un héroe capaz de sujetar por las muñecas en la cama a Ricomana, la infanta de Sicilia, para que su amigo, el príncipe Felipe, pueda aprovecharse de ella, cosa que por cierto el inexperto joven no consigue, contiene muchas otras escenas memorables que habrían estado muy lejos de recibir la aprobación de los curas que yo conocía, mis maestros jesuitas de entonces, si hubiera tenido la torpe ocurrencia de solicitárselas.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7oFegxcEI/AAAAAAAAAbU/6ADNcWIVg6Y/s1600-h/LedaSwan.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214860599329124418" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7oFegxcEI/AAAAAAAAAbU/6ADNcWIVg6Y/s320/LedaSwan.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
En cierta ocasión, por ejemplo, Tirante el Blanco visita a la hija del emperador de Grecia, la princesa Carmesina, en sus aposentos. Como las ventanas están cerradas, y hace calor en la habitación, ella anda medio desabrochada y se le alcanzan a ver los pechos, <span style="font-style:italic;">dos manzanas del paraíso</span>, dice el autor, <span style="font-style:italic;">que parecían cristalinas</span>. Tirante posa los ojos en ellas y queda tan trastornado que literalmente equivoca la puerta para salir de la habitación.<br />
En otro momento, su simpática cómplice, la esclava Placer de mi Vida, doncella de confianza de la misma Carmesina, lo introduce subrepticiamente en la habitación de la princesa y lo mete dentro de un baúl del vestidor, de modo que Tirante puede espiar a su adorada mientras ésta se desnuda y se baña. Acto seguido, pide a su ama permiso para acostarse con ella cosa, por lo visto, bastante común en la época. Cuando la joven está dormida, Placer de mi Vida saca a Tirante del escondite y lo mete también en la cama, escondiéndolo con su propio cuerpo, luego toma ella misma la mano de Tirante y la pone sobre los pechos de Carmesina. Tirante palpa los senos, el vientre y <span style="font-style:italic;">más abajo</span>, especifica Martorel. Entonces la princesa se despierta y dice:<br />
<span style="font-style:italic;">-Válgame Dios, cómo eres enojosa, ¿no puedes dejarme dormir?</span><br />
Responde Placer de mi Vida:<br />
<span style="font-style:italic;">-¡Oh! ¡Cómo soy doncella de mal sufrimiento! Salís ahora del baño y tenéis las carnes lisas y gentiles. Deléitome en tocarlas.<br />
-Toca donde quieras</span>, dice la princesa, <span style="font-style:italic;">pero no pongas la mano tan abajo.</span><br />
Carmesina se adormila y Tirante es quien toca donde quiere. Yo, desde luego, imaginaba que ponía la mano bien abajo. Así transcurre una hora. Cuando los dos conspiradores sienten que la princesa se ha dormido, la esclava se hace a un lado y Tirante decide pasar a actividades mayores, pero Carmesina se despierta exclamando:<br />
<span style="font-style:italic;">-¿Qué malaventura haces que no quieres dejarme dormir esta noche? ¿Eres tornada loca que deseas intentar lo que va contra natura?</span> Pero, añade el autor dejándonos maliciar el cómo, <span style="font-style:italic;">a poco rato ella conoció que era más que mujer, y no quiso consentir, antes comenzó a dar de gritos</span>. Al escucharlos acuden los criados y, abreviando el final, les diré que Tirante tiene que huir descolgándose por una ventana sin ser visto, pero la cuerda es demasiado corta, le faltan doce varas para llegar al suelo, y el héroe se ve obligado a dejarse caer, rompiéndose una pierna en el porrazo.<br />
Cuando por fin se recupera decide irse a combatir en el mar. La mala suerte hace que su nave se vaya a pique y él naufraga en el norte de Africa. Allá, sin manera de tornar al imperio griego y a su querida y aún virgen Carmesina, corre un sinfín de aventuras que lo llevan a conquistar, él solo, casi medio continente.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7ogWnXYwI/AAAAAAAAAbc/Agz4CrSjfaQ/s1600-h/Samaritana.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214861061065761538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7ogWnXYwI/AAAAAAAAAbc/Agz4CrSjfaQ/s320/Samaritana.jpg" border="0" alt="" /></a> Así pasan varios años antes de que vuelva a ver a su adorada. Cuando al fin lo logra, y se queda a solas con ella, ya no desperdicia la oportunidad. Mete mano donde puede y como puede. La princesa intenta defenderse y apaciguarlo. La belleza del texto, un verdadero <span style="font-style:italic;">tour de force</span> del oficio, sorprendente en un escritor del medioevo, no consiente una sola descripción. El lector es testigo de lo que ocurre imaginando los hechos a través del monólogo y las quejas de la princesa. Dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">-Reposáos, señor, y no queráis usar de tanta fuerza, que las fuerzas de tan delicada doncella no bastan para resistir a tal caballero. No me tratéis, por vuestra gentileza, de esta manera. Las victorias de amor no con fuerza mas con mañosos halagos y dulces ingenios se alcanzan. No porfiéis, señor, no seáis cruel. No penséis que esto sea batalla contra infieles. No queráis vencer lo que está vencido de vuestro amor. Hacedme parte de vuestra valentía para que os pueda resistir. ¡Ay, señor!, ¿cómo os puede deleitar cosa forzada? ¿cómo es posible que el amor consienta que hagáis mal a la cosa amada? Deteneos, señor, por vuestra virtud y mucha nobleza. Guardad, señor, que no deben cortar las armas del amor ni ha de herir ni llagar la lanza enamorada. Tened piedad y compasión de esta sola doncella. ¡Hay, caballero falso y cruel ¡Señor Tirante, aved compasión de mí! ¡No sois vos Tirante! Triste de mí, ¿y esto es lo que yo tanto deseaba? ¡Oh esperanza de mi vida, muerto habéis a vuestra princesa!</span><br />
Otro de mis fantasmas favoritos brincó de improviso, como muñeco asomando de una caja de sorpresas, de la literatura policiaca. Lo que demuestra que los folletines aparentemente sin valor pueden ofrecernos también hallazgos extraordinarios. Se trata del final de una novela negra de Mickey Spilline, <span style="font-style:italic;">Yo, el Jurado</span>. Su héroe, el detective Mike Hammer, se ve involucrado en una aventura que recuerda la trama de El Halcón Maltés porque, en el último capítulo, la culpable del delito resulta ser la hermosa mujer a la que él ha intentado enamorar sin éxito durante toda la novela. Por algo dicen <span style="font-style:italic;">cherchez la femme</span> con tanto acierto los franceses. Apelo a mi memoria, o al fantasma que la ronda desde hace cuarenta años, para revivir esa postrera escena. Me parece que se encaran a solas en una habitación. Mike Hammer le anuncia que lo sabe todo, que la ha desenmascarado, y desenfunda su revólver, clara sustitución del falo diría Freud, para arrestarla. Ella no se inmuta. Lo mira y, sin mediar palabra, empieza a desnudarse ante él. En un strip tease lento e indolente con el que intenta seducirlo, se descubre ante quien la descubre. Hasta aquí todo parece muy banal incluso para mi aturdida sensibilidad de los quince años. Pero la sutileza genial, la que hirió mi imaginación como una espada marcándola para siempre, llega con la postrera reflexión del detective, que el autor desliza justo al caer la última prenda: <span style="font-style:italic;">era una rubia genuina</span>.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7o1dtnz_I/AAAAAAAAAbk/X952p1mKC-8/s1600-h/Sunny.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214861423748304882" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7o1dtnz_I/AAAAAAAAAbk/X952p1mKC-8/s320/Sunny.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Me gustaría cerrar esta entrada citando las dos líneas finales de un poema de Jorge Luis Borges. A muchos les parecerá el autor menos erótico que les haya tocado leer, a menos que tengan cierta narcisista predilección por los espejos o inclinaciones bestiales hacia los tigres en los laberintos. Puede que tampoco tenga que ver con el tema pero yo lo considero uno de los más grandes escritores del siglo XX, me parece justo recordarlo y no se me ocurrió mejor punto final para esta página. Dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">Tú,<br />
Que ayer eras sólo toda la hermosura,<br />
Eres también todo el amor, ahora.</span><br />
Antonio Sarabia</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://losconvidados.com/erotismo-y-literatura/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>3</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

