Posts Tagged “autores espa√Īoles”

Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabiaEl mi√©rcoles catorce de octubre estuve en Par√≠s invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparici√≥n en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el t√≠tulo en franc√©s), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos Jos√© Ovejero, Jos√© Manuel Fajardo y este servidor. En la celebraci√≥n estuvieron, desde luego, tambi√©n presentes los otros dos autores. Jos√© Ovejero ten√≠a una doble raz√≥n para estar feliz: adem√°s de Noela en Francia, acaba de aparecer en Espa√Īa, con el sello de Alfaguara, su m√°s reciente novela, La Comedia Salvaje, una estramb√≥tica, alucinante y dram√°tica farsa ambientada en la guerra civil espa√Īola que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la tr√°gica realidad inherente a todas las guerras. No resist√≠ la tentaci√≥n de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un cap√≠tulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envi√≥, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, Jos√©, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.

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A Juan Mars√© (Barcelona, 1933) lo he tratado poco y lo veo a√ļn menos. Estuvimos convidados a cenar alguna vez en la misma casa en Barcelona y luego paseamos juntos por los meandros de la feria del libro de Guadalajara al conced√©rsele el premio Juan Rulfo all√° por 1997. En esos contados encuentros la persona vino a reafirmar en m√≠ la admiraci√≥n que ya se hab√≠a ganado el novelista. Como les dec√≠a, tengo tiempo de no verlo, pero le sigo la pista con ese afecto lejano que nos inspiran aquellos con quienes sentimos tener algo en com√ļn. Por eso le√≠ con especial benepl√°cito este jueves 27 de noviembre que se le hab√≠a otorgado el premio Cervantes 2008.
Juan_Marse1.jpg picture by antoniosarabiaJuan Mars√© nace como Juan Faneca Roca el 8 de enero de 1933 en la ciudad de Barcelona, Espa√Īa. Su madre fallece en el parto dejando a su padre, taxista de profesi√≥n, solo con el reci√©n nacido y una hija apenas un poco mayor. D√≠as despu√©s, el auto de su padre es abordado por una joven pareja que se lamenta en voz alta de su incapacidad de procrear. Apenas unas semanas m√°s tarde, el peque√Īo Juan ser√° cobijado en el hogar de aquel matrimonio cuyo apellido se ha hecho ahora famoso gracias al talento de su hijo adoptivo.
Pero de peque√Īo Juan Mars√© no promet√≠a demasiado. Estudi√≥ durante la infancia en el Colegio del Divino Maestro, aunque su absoluto desinter√©s por la escuela le hizo abandonar las aulas a los trece a√Īos de edad para desempe√Īarse como aprendiz de joyero, oficio que llegar√≠a a dominar al tiempo que desarrollaba una temprana inquietud literaria que, a√Īos m√°s tarde, le llevar√≠a a ganar el premio S√©samo de cuentos en 1959 y a quedar finalista del premio Biblioteca Breve en 1960 con su primera novela Encerrados con un solo Juguete.
Ese mismo a√Īo, 1960, decide instalarse en Par√≠s donde se ganar√° la vida dando clases de espa√Īol, traduciendo lo que puede y, finalmente, como mozo de laboratorio en el departamento de bioqu√≠mica celular del Instituto Pasteur. A su vuelta a Espa√Īa participa de nueva cuenta en el premio Biblioteca Breve, estamos en 1965, y esta vez lo gana con la novela¬†√öltimas tardes con Teresa.
En 1974 obtiene tambi√©n, en M√©xico, el Premio Internacional de Novela con Si te dicen que ca√≠, considerada como una de las obras m√°s brillantes de la narrativa espa√Īola de la post guerra y, en 1978, recibe el Premio Planeta con La Muchacha de las bragas de oro.
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Paco Ignacio Taibo I (Gij√≥n, 1924 – M√©xico, D.F., 2008), padre de nuestro querido amigo Paco Ignacio Taibo II falleci√≥ poco antes de las nueve de la ma√Īana del pasado jueves 13 de noviembre en la ciudad de M√©xico a los 84 a√Īos de edad v√≠ctima de una neumon√≠a.
PITI1-1.jpg picture by antoniosarabia“El jefe”, como se le llamaba afectuosamente, lleg√≥ a M√©xico a fines de los a√Īos cincuenta en compa√Ī√≠a de su esposa Maricarmen y de su hijo mayor, el peque√Īo Paco Ignacio, entonces de nueve a√Īos de edad. Los otros dos hijos del matrimonio, Benito y Carlos, nacer√≠an posteriormente en M√©xico.
Fundador de la secci√≥n cultural de El Universal, el diario m√°s antiguo de M√©xico, ejerci√≥ con extraordinaria soltura, talento, humor, inteligencia y lucidez tanto el periodismo como la narrativa o el ensayo. Entre sus amigos se contaron muchos de los grandes nombres de la literatura como Le√≥n Felipe, Pedro Garfias, √Āngel Gonz√°lez y Gabriel Garc√≠a M√°rquez, y del espect√°culo como Luis Bu√Īuel, Mar√≠a F√©lix, Agust√≠n Lara o Joan Manuel Serrat. En el 2006 se le concedi√≥ la Gran Cruz del M√©rito Civil, en Espa√Īa y, en 2008, el Premio nacional de periodismo, en M√©xico. Una calle de Gij√≥n lleva su nombre.
De sus columnas en la parte inferior izquierda de su p√°gina en El Universal, a la que con su fino humor hab√≠a titulado Esquina Baja, en alusi√≥n al “¬°esquina, bajan!” que usaban los usuarios y conductores de autob√ļs en la ciudad de M√©xico para pedir o anunciar una parada, hemos rescatado estas cuatro vi√Īetas como homenaje a un hombre que fue modelo de generosidad y honradez profesional e intelectual para cuantos le conocimos. Descanse en paz.

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Hace mucho tiempo que deseaba publicar una entrada sobre Rosa Montero (Madrid, 1951) no s√≥lo porque es alguien muy cercano, √≠ntimo y querido, a quien profeso un afecto entra√Īable de amigo, sino porque la admiro profundamente como escritora y como persona. Es una mujer honesta y sincera a carta cabal, como hay pocas, que tiene las ideas muy claras y sabe sostenerlas en todos los terrenos. Su sensibilidad literaria y humana la hacen poner siempre la pluma al lado de las causas m√°s nobles y altruistas. Le tengo tal familiaridad y confianza que es una de las pocas personas de las que abuso envi√°ndole mis manuscritos antes de publicar, porque s√© que de ella obtendr√© una opini√≥n leal y desinteresada de quien conoce el oficio y no vacilar√° en indicarme, con infinito tacto y perspicacia, lo que considere errores y aciertos. Cenamos hace un par de semanas con motivo de la feria del libro en Madrid, donde ella presentaba su m√°s reciente novela, Instrucciones para Salvar el Mundo (Alfaguara 2008) y le ped√≠ esta colaboraci√≥n para Los Convidados. Se trata de un texto suyo que me conmovi√≥ particularmente cuando lo le√≠ porque narra una an√©cdota muy personal sobre la que yo le hab√≠a o√≠do hablar muchas veces y que nunca pens√© que pudiera poner por escrito. Lo hizo, y de manera magistral como es su costumbre. Lo tomo, con el expreso consentimiento de la autora, de su libro Lo Mejor de Rosa Montero, (Espejo de Tinta, Espa√Īa 2005). Aqu√≠ est√°, para ustedes.

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Siempre he dicho que lo m√°s valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los espec√≠menes m√°s nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, d√≠scola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qu√© tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo com√ļn en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo m√°s refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.

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No es fácil hacerse de amigos en este mundo virtual en el que uno bucea a veces como en las aguas de un opaco océano para encontrar uno que otro individuo estimable en medio de la variedad de inmundicias que va dejando la resaca humana. Blogueros y otras especies que sólo persiguen influencia, celebridad o poder. Y fallidos don juanes que utilizan su blog como anzuelo para sorprender mujeres que serían incapaces de conquistar de otro modo.
Pero cuando topamos con alguien real allá en el fondo, nos damos cuenta de que no es necesario verse cara a cara con una persona para intuir cómo es y congeniar espontáneamente con ella. Eso me ha sucedido con Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1966). Sólo nos hemos encontrado en la red pero, a mí en lo particular, los bien escogidos textos que publica en su blog, El Baile de los Silenos, y los contados correos electrónicos que he intercambiado con él me bastan para desear su simpatía y amistad.

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El pasado lunes 12 de mayo se clausuró el XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón con la entrega del premio de traductores Claude Couffon a mi buen amigo Pino Caccuci. Pino, además de un gran traductor, es un excelente escritor italiano a quien muy pronto tendremos de convidado en este blog.
El Sal√≥n transcurri√≥ durante toda la semana en ese ambiente de convivialidad y buen humor que saben propiciar sus organizadores Carmen Y√°√Īez y Luis Sep√ļlveda. Fue un enorme placer el reencontrarse con los viejos amigos al tiempo que se creaban nuevos lazos de fraternidad con otros, como con el mexicano Daniel Pupko, el salamantino Eloy Santos, el argentino Lucas Chiappe, el italiano Alberto Masala y, last but not least, el guatemalteco Eduardo Halfon y su bella esposa Luc√≠a con quienes nos habr√≠a gustado departir m√°s tiempo, pero de los que nos separamos sabiendo que habr√° nuevas oportunidades de vernos en un futuro pr√≥ximo.

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Sara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, Espa√Īa, 1980), una bella andaluza de veintiocho a√Īos de edad residente en Par√≠s fue declarada a mediados de la semana pasada la ganadora del Premio Internacional de Poes√≠a Mart√≠n Garc√≠a Ramos 2008.
Espero no pecar de indiscreto si les cuento que, al igual que el a√Īo pasado, el concurso estuvo extremadamente disputado debido a la renovada calidad de los competidores. Mi intimidad con Lauren Mendinueta, ganadora del certamen en el 2007, y la amistad con que ahora me honra Francisco Torrecillas, director del evento, me permitieron, sin tener ninguna vela en el entierro, lanzar una ojeada curiosa sobre los manuscritos participantes conforme se acumulaban sobre el escritorio de Lauren. Por una de esas coincidencias de la suerte, el poemario que m√°s atrajo mi atenci√≥n desde un principio, el marcado con el n√ļmero treinta y cuatro, result√≥ al final el vencedor. Sin embargo, estoy seguro de que no fue una decisi√≥n f√°cil ni para la media docena de jurados ni para Jon Juaristi, quien tiene a su cargo la ingrata tarea de poner orden en el caos y pronunciar el veredicto definitivo. Otros j√≥venes demostraron en sus trabajos un talento po√©tico de ning√ļn modo inferior al de la triunfadora pero el poemario de √©sta, titulado
De Ida y Vuelta poseía además de su alta calidad literaria una unidad, una fuerza temática, que le hacía sobresalir por encima de los otros.
De Ida y Vuelta se compone de dos partes: El Trayecto y El Viaje. La primera la constituyen veintiocho poemas, cada uno titulado con el nombre de una estación de la línea seis del metro de París que parte de Nation hacia la Etoile. Sara Herrera Peralta transforma ese cotidiano periplo subterráneo en un hermoso y desconsolado monólogo en el que el metro parece abandonar su itinerario habitual para adentrarse en un insólito, perplejo, oscuro, agobiante, pero siempre poético y a fin de cuentas esperanzador recorrido por las profundidades del alma.
La segunda parte, El Viaje, consiste en otros veinte poemas cada uno podr√≠amos decir que ‚Äúetiquetado‚ÄĚ con la graf√≠a, muchas veces arcana, con la que las compa√Ī√≠as a√©reas rotulan tanto en los billetes de avi√≥n como en las etiquetas del equipaje, el origen o el destino de sus vuelos. El √ļltimo poema, de alg√ļn modo la meta del viaje, est√° marcado como LIS, el c√≥digo que se le da a Lisboa. El que yo lo haya le√≠do con el Tajo ancho y azul fluyendo inagotable un poco m√°s all√° de mi ventana, no deja de parecerme curioso.
Desconozco los nombres reales de los dem√°s finalistas, pero quiero mencionar algunos otros poemarios que me llamaron particularmente la atenci√≥n. Si cualquiera de los autores de Los Pies del Horizonte, No Sabes Nada del Viento, El Libro a Contraluz o Sin T√≠tulo ni Contenido, llegan a leer estas l√≠neas y desean aparecer como Convidados en este blog junto con algunos de sus poemas, me sentir√© muy honrado poni√©ndolo a su disposici√≥n. Por favor, escr√≠banme. Si alguno est√°, adem√°s, interesado en que le eche una mano para conseguir editor en Espa√Īa, tambi√©n lo har√© con much√≠simo gusto. Por otra parte, si prefieren que sus versos permanezcan in√©ditos para mantener as√≠ la posibilidad y el derecho de participar en otros concursos lo entiendo muy bien y les deseo suerte en ello. No se rindan. Estuvieron muy cerca de llevarse el Garc√≠a Ramos este a√Īo. Ya les tocar√° ganar alg√ļn otro muy pronto.
Mientras tanto, gracias a la gentileza de Paco Torrecillas quien me ha permitido reproducir en este blog algunos de los poemas de la obra ganadora, les ofrezco seis que corresponden a un fragmento del trayecto en el metro parisino. Enhorabuena, Sara, que el Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008 sea sólo uno de los primeros en una larga carrera de éxitos.

[6. BERCY]

Desesperados buscando una mayoría suficiente. Esperar el turno. Nuestro turno.

El cielo estar√° nuboso y se producir√°n chubascos. Borrascas fuertes.
La muchacha del oeste es una ni√Īa con trenzas. Los pies colgando.
La vida pasa a un ritmo ilegítimo y ella sonríe:

la infancia es humilde e ignorante, destapa al vagabundo.

Madre, no veas en m√≠ el llanto de los √°ngeles ni las hojas esparcidas del oto√Īo.
Los reba√Īos se hicieron para otros: yo quise ser m√°s fuerte.

Y alza la cabeza y abre sus ojos como quien observa el mundo
con coraje y alegría.

La ni√Īa desciende la mirada

[y sus ojos se vuelven transparentes].

Qui√©n ser√° ella, dentro de unos a√Īos,
en otras paradas, en otros santuarios, en otros precipicios.

En un segundo la luz se apodera de los inocentes.

Y volvemos, siempre, a comenzar.

[8. CHEVALERET]

Hay parámetros decimonónicos en cada barandilla.
Responden a las necesidades de los viejos, a veces de los ni√Īos.

Nos sostienen bajo el techo.

Un sostén para las almas, son grises como el humo.
A veces, sobre las tierras quemadas del vagón de metro
se despiertan las voces de los inconscientes.

Cuánta juventud con cargo, qué infinita extensión del futuro.
Bricolaje inventado:
el debate es siempre el mismo. La segunda jornada. La liga de f√ļtbol.
Monótonas, erguidas: siempre ahí.

El sostén, la presencia. Da igual en qué tarea,
no importa en qué memoria. Hay componentes estáticos que brillan a nuestro alrededor,
cubiertos de grasa, para permanecer aunque el tiempo pase,
aunque la vida se agilice, aunque sigamos este t√ļnel
que nos lleva
desesperadamente
a ninguna parte.

[16. EDGAR QUINET]

Los dos. Cogidos de la mano. Intuyendo los vértigos venideros,
los congeladores vacíos, las tardes de supermercado, las noches de cine,
la rutina afrodisíaca.

Siempre hay una puerta que se abre. Otra que se encaja.
Y en el andén, mientras todos permanecemos,
ellos se separan y se vuelven los extremos del reloj. Puntuales. Modestos. Amables.

No existe el fuego donde no hay deseo. Ni estímulos primarios.
Ni compromiso estudiado. Ni intención de nada.

La mitad visible y la invisible se separan. Los amantes.
Ellos, que creyeron contar el uno con el otro,
han destrozado todas las s√°banas, todos los perfumes, todas las flores.

Y han ido a parar al fondo del océano.
Han contado minutos.
Son precipicios enfrentados.

Ya son andén. Ya son distancia.
Ya no son nada.

[17. GARE MONTPARNASSE]

Qué vanidad maldita la de los escarabajos que suben por las ventanas.

La lejanía del mar, ésa fue la primera culpa que sentí al pisar las calles
y recorrer todos los vagones en dirección oblicua.

Saber que donde estemos podremos recordar
es el consuelo de los expatriados.

La voz no queda lejos de cualquier rincón
del mundo:

la ciudad no habría sido ésta,
ni sus figuras, ni sus autores.

Yo llegué sin tiempo limitado,
me acostumbré a sortear todos los vientos, las ráfagas, las malas rachas.

Y ahora me ven recorrer aceras, pasar por el cielo y por la tierra,
como una figura peque√Īa, sin olfato, ciega, que cree haber purificado
el aire con la fuerza del miedo
y la memoria.

[18. PASTEUR]

La determinación es guardar en la cabeza
nuestros orígenes.

Que nos sintamos salvajes en este vagón civilizado no es culpa de los otros.
Remover lo intocable, mezclar lo improbable con la suerte,
fue siempre nuestra obligación.

Y Edo quedó lejos.

Hay que aprender a no creer todo lo que parece ser.
Ser es m√°s a√ļn que estar vivo,
y vivir es nuestro √ļnico milagro.

[28. CHARLES DE GAULLE-√ČTOILE]

Qué hemos guardado en los rostros durante el trayecto.
Qué vejez se apresuró y qué tintes cubrieron las almas de bienvenidas.

Hemos o√≠do hablar de perdedores, hemos contra√≠do los huesos y los m√ļsculos
para prepararnos. Y después llegaron los silbidos y la velocidad.

El vagón conoce la fiebre de los vagabundos
y los granos del adolescente.

Quién nos sostendrá en las calles. Quién hablará de insignias, de la vida corriente,
de los p√°jaros inventados, de los animales impuros.

√Čstos son los s√≠mbolos y √©sta la luz.

Las lenguas extranjeras sobrevivir√°n a nuestra marcha. Se derrumbar√°n las sombras.
Y nosotros, que creímos que también en la humedad conviven la palabra y la saliva,
pensaremos en los √°rboles extinguidos y en los muertos.

Hacemos n√ļmeros. Cargamos la maleta. Mencionan la palabra misericordia
y yo, que no hablo de agon√≠a, que s√© que no es √©ste el √ļltimo v√©rtigo ni el √ļltimo miedo,
que no oculto mi rostro, veo la luz al final del t√ļnel.

Los raíles y los andenes se parecen a mi vida buscando una lámina inconfesable.
Los cielos nos proteger√°n.

Hay quien dijo que queda la luz, siempre, all√° donde vayamos.

Yo creo en todo eso.
Y m√°s, all√°, a√ļn.

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Antonio Penad√©s (Valencia, Espa√Īa, 1970) tard√≥ diez a√Īos en escribir su primer libro pero no podr√° arrepentirse del resultado. Esa √ļnica obra le ha convertido en uno de los nombres de referencia cuando de novela hist√≥rica se trata. Nos conocimos hace ya casi tres a√Īos, al coincidir en una feria del libro en Frankfurt. √Čl acababa de publicar su ahora c√©lebre El Hombre de Esparta, y yo iba a medio camino en lo que m√°s tarde ser√≠a Troya al Atardecer. La Grecia Cl√°sica, tema de ambos libros, y la procedencia de los protagonistas, su Is√≥maco de Atenas y mi Timalco de Esparta, pudieron haber dado origen a una guerra del Peloponeso privada en el bar del hotel Frankfurterhoff, pero no fue as√≠. Por fortuna, a nuestros personajes los separan casi mil a√Īos de historia y a nosotros nos acercaron mil momentos de charla cordial y sustanciosa. Nuestras cenas con Luis Miguel Palomares, quien hizo de generoso anfitri√≥n, y Alejandro Noguera son memorables. Despu√©s de aquel encuentro en Frankfurt nos hemos perdido algo de vista, situaci√≥n pasajera que planeamos remediar a la mayor brevedad posible. Por lo pronto, Antonio tiene planeado venir a Lisboa en julio, invitado por el ICAN 2008, a un congreso sobre novela antigua. Mientras tanto, encerrado en su estudio de Valencia, explora infatigable la parte occidental de Turqu√≠a siguiendo con la memoria, despu√©s de haberla recorrido en persona, la ruta de Jerjes durante su invasi√≥n a Grecia all√° por el 500 a.c., tema de su pr√≥xima novela. A pesar de la ardua investigaci√≥n y el trabajo que esto significa, ha tenido la gentileza de enviar a este blog un texto in√©dito sobre su percepci√≥n del quehacer literario. Muchas gracias, tocayo, por tu colaboraci√≥n. Un abrazo y ac√° te esperamos en julio.

LA LITERATURA, ESA ARMA M√ĀGICA Y PODEROSA

La literatura es un arte que no resulta f√°cil de definir, a diferencia de otras disciplinas como la pintura o la escultura. Una posible definici√≥n de obra literaria acaso podr√≠a ser la de un texto escrito que contiene cierta carga est√©tica ‚Äďaunque no es preciso que est√© plagado de figuras ret√≥ricas, ni mucho menos‚Äď, que est√° dirigido a un p√ļblico amplio y no a un destinatario concreto ‚Äďun informe pericial o un recurso judicial no son literatura, por muy bien redactados que est√©n‚Äď y cuyo principal objetivo es gustar y conmover al lector, por encima siempre de su posible funci√≥n informativa o formativa. La literatura, en todo caso, se dirige m√°s a los sentidos que a la raz√≥n. Como sucede siempre que se propone una definici√≥n, hay escritos que se situar√≠an en una zona fronteriza ‚Äďpor ejemplo, algunos ensayos con un alto tono divulgativo‚Äď y que quedar√≠an a merced de una discusi√≥n sobre si quedan o no englobadas en este permeable concepto de obra literaria.
La grandeza de la buena literatura reside, ante todo, en su inmensa capacidad de evasi√≥n. Por medio de un conjunto de palabras bien escogidas y ordenadas, un escritor con oficio es capaz de conseguir que el lector aparque su propia identidad y que durante unas horas su mente se traslade a ese mundo que √©l ha creado en su imaginaci√≥n y que queda contenido y explicado en las p√°ginas de ese libro. Si el argumento es realmente interesante, si los personajes son atractivos y si el aspecto formal es correcto, el autor de una novela ‚Äďo de cualquier otro g√©nero de ficci√≥n‚Äď ejerce un poder sobrenatural sobre aquel que sostiene su libro en las manos. El escritor puede proponer si quiere un universo totalmente irreal, pero si los personajes que √©l ha creado se rigen por unas normas coherentes, el lector las aceptar√° tal y como son, las har√° suyas y se sumergir√° en ese mundo como si fuera uno de los protagonistas.
Este mecanismo s√≥lo entra en funcionamiento con la literatura de calidad, pero cuando lo hace refleja fielmente el poder de la palabra escrita. La capacidad de evocaci√≥n de un buen libro es tan grandiosa que nos puede conducir a universos con personajes y situaciones fascinantes. El significado de un conjunto de frases crea una conexi√≥n directa entre dos cerebros, el del lector y el del escritor, que posibilita que a trav√©s de un libro podamos ingresar en ese universo ‚Äďposible o irreal, pero siempre coherente‚Äď que la imaginaci√≥n de otra persona cre√≥. Entonces, atrapados por la trama, seremos capaces de conocer de primera mano los problemas de personajes singulares y, si nos apetece, podremos convivir con ellos durante unos d√≠as y seguirles de cerca en sus aventuras. ¬ŅQui√©n no se ha puesto en la piel de un hobbit y ha sufrido con sus situaciones de peligro mientras le√≠a El se√Īor de los anillos? ¬ŅQui√©n iba a imaginar, antes de adentrarse en el mundo de Madame Bovary, que podr√≠a compartir las inquietudes de una dama caprichosa y ambiciosa como Emma? ¬ŅY qui√©n no se ha conmovido ante las peripecias de Mowgly leyendo El libro de la selva, sin extra√Īarse lo m√°s m√≠nimo por el hecho de que el protagonista conviviera y hablara con animales salvajes? Una vez hayamos terminado la lectura, algunos personajes literarios nos acompa√Īar√°n siempre en nuestra evoluci√≥n personal y se establecer√° con ellos una relaci√≥n de alg√ļn modo parecida a la que guardamos con los mejores amigos de nuestra juventud.
Lo m√°s importante en una obra de ficci√≥n no es el universo que el autor propone, ni los personajes que pululan por √©l, ni tampoco la forma en la que el libro est√° escrito ‚Äďaunque, desde luego, si el texto est√° mal redactado todo lo anterior no valdr√° para nada‚Äď. Lo primordial en una obra literaria es siempre el argumento. La literatura es, en esencia, un veh√≠culo para trasladar a distintas personas una historia interesante, un acto intr√≠nsecamente humano que hasta la llegada de la escritura se realizaba siempre de forma oral, com√ļnmente alrededor de una mesa o junto a la chimenea.
En Grecia antigua, por ejemplo, una vez que todos los miembros de la familia hab√≠an terminado sus tareas diarias, los abuelos o los padres permit√≠an que los j√≥venes se sentaran junto a ellos para transmitirles una parte de su bagaje cultural, compuesto por mitos, leyendas, f√°bulas y todo tipo de relatos ancestrales. Si excepcionalmente recalaba alg√ļn extranjero dotado de facilidad de palabra y cargado de experiencias que contar, se le ofrec√≠a comida y alojamiento a cambio de contara sus historias ante un auditorio. Esas personas buscaban, en definitiva, lo mismo que nosotros pretendemos encontrar en las novelas que consumimos en nuestros d√≠as: esencialmente, argumentos que nos atrapen, historias que nos causen inquietud, pena, horror, alegr√≠a o intriga. Si es posible, buscaremos tambi√©n formarnos, aprender cosas nuevas acerca del contexto en que se desarrolla la trama, pero si la lectura de un libro no consigue conmovernos, lo rechazaremos sin m√°s.
Resulta impresionante pensar que los antiguos griegos inventaron todos y cada uno de los g√©neros literarios que hoy en d√≠a se siguen creando y que consumimos en cantidades industriales. A veces, cuando escuchamos que la civilizaci√≥n griega es la base de las sociedades occidentales, nos suena algo as√≠ como una afirmaci√≥n ret√≥rica, pero con ejemplos como este se aprecia mejor la magnitud del legado heleno. Efectivamente, todos los g√©neros que hoy integran la literatura ‚Äďtodos los que el hombre ha sido capaz de crear durante su historia‚Äď estaban ya vigentes en √©poca helen√≠stica. El primero que realiz√≥ una clasificaci√≥n fue Arist√≥teles, quien, en su Po√©tica, reduce los g√©neros a tres: la √©pica, la l√≠rica y el teatro. La novela no hab√≠a nacido a√ļn, aunque no tardar√≠a mucho en llegar.
Pero lo m√°s llamativo del caso es que las normas por las que se rigen cada uno de los g√©neros literarios no han podido ser modificadas desde la √©poca cl√°sica griega. La estructura de una obra de ficci√≥n, sin importar que est√© escrita en nuestros d√≠as o hace veintisiete siglos, necesita indefectiblemente tres partes bien diferenciadas: introducci√≥n, nudo y desenlace. Y por muchos experimentos que se hagan, si el autor no recurre a esa estructura b√°sica ideada por los griegos antiguos, la obra no se mantiene en pie. Asimismo, y por citar un solo ejemplo m√°s, en la ficci√≥n resulta totalmente irrelevante que lo que se narra en una obra coincida o no con la realidad; lo importante, tal y como afirmaba Arist√≥teles, es que su argumento se rija por lo plausible, por lo que ‚Äúpodr√≠a haber sucedido‚ÄĚ seg√ļn el contexto o el universo que el escritor propone.
No quer√≠a terminar este art√≠culo sin una reflexi√≥n personal que quiz√°s anime a alguien a dedicar m√°s tiempo a leer. Amo los libros por encima de todas las cosas ‚Äďrecalco la palabra ‚Äúcosas‚ÄĚ, situando aparte a las personas‚Äď, y a veces pienso que si alguien o algo me impidiera leer durante el resto de mi vida, una gran parte de mi felicidad se esfumar√≠a. Si no pudiera escribir, ni de cerca me resultar√≠a tan doloroso ‚Äďaunque tambi√©n me fastidiar√≠a mucho, claro est√°‚Äď; pero sin leer, sin recibir esas dosis peri√≥dicas de ficci√≥n y sin sumergirme en el pasado a trav√©s de los libros, para m√≠ la vida perder√≠a much√≠simo encanto.

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Acaba de aparecer en Paris, con el t√≠tulo de Les Vies Parall√®les, la traducci√≥n al franc√©s de Las Vidas Ajenas, obra con la que Jos√© Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en Espa√Īa la novena edici√≥n del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasi√≥n que merece celebrarse y nosotros lo hacemos tray√©ndolo como convidado a este blog.
Jos√© es otro de esos viejos amigos y compa√Īeros de andanzas en este y en aquel lado del Atl√°ntico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conduc√≠amos rumbo a la costa del Pac√≠fico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se ve√≠a la ruta. La mayor√≠a de los autos hab√≠an desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los rel√°mpagos.
Me recuerdo tambi√©n, en ese mismo viaje, qued√°ndome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sue√Īo era para √©l la segura se√Īal de que su libro me aburr√≠a. Se trataba de La A√Īoranza del H√©roe. No sab√≠a √©l que yo la consideraba, y la considero a√ļn, una de las mejores novelas que hab√≠a le√≠do en los √ļltimos a√Īos.
En otra ocasi√≥n memorable, junto con Daniel Mordzinski y Jos√© Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde naci√≥ Julio Cort√°zar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podr√≠an haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cort√°zar porque no se sabe con certeza en qu√© piso vivi√≥. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro us√≥ √©l de ni√Īo. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.
Este viaje desembocaría poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mías, se entiende, titulada Primeras Aventuras de Noela Duarte, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro Los Políticos. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironía y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habíamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por Les Vies Parallèles. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquí te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.

ESCENA DECIMOQUINTA

PI Me gustaría pronunciar un discurso.
PD ¬ŅAhora?
PI En este instante.
PD No te prives.
PI ¬ŅTe importa escucharlo?
PD Qué remedio.
PI Me gustaría mucho que lo escuchases.
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.
PI Gracias.
PD No hay de qué.
PI La tolerancia.
PD ¬ŅEs ese el t√≠tulo?
PI No, el tema.
PD ¬ŅY el t√≠tulo?
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…
PI Si lo supiese no necesitaría decirlo.
PD Como quieras. Te escucho.
PI ¬ŅDebemos ser tolerantes?
PD ¬ŅMe preguntas a m√≠?
PI No, es una pregunta retórica.
PD O sea, que vas a dar t√ļ la respuesta.
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.
PD Podríamos estar de acuerdo.
PI Por ahí entonces no hay justificación posible.
Pero ¬Ņes buena para la sociedad en su conjunto?
PD Huelo otra pregunta retórica.
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simult√°neamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.
PD Una clasificación muy limpia.
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situaci√≥n expuesta y fr√°gil a la sociedad de quienes van con nosotros. √Čstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.
PD No le des m√°s vueltas: dilo.
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.
PI Pero sí la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mí y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.
PD Aj√°.
PI Entonces, ¬Ņc√≥mo puede justificarse la tolerancia?
PD No me esforzaré en responder.
PI √önicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.
PD ¬ŅY es beneficiosa para el √°nimo, para la virtud del tolerante?
PI Nunca noté tales efectos.
PD Lo que equivale a una refutación empírica.
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.
PD Nos acercamos a la conclusión.
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahí tienes un buen título donde los haya.
PD Y luego dicen de la derecha.
PI No ir√°s a comparar.
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…
PI No es lo mismo.
PD A mí me lo parece.
PI Ni muchísimo menos.
PD Explica, Demóstenes.
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.
PD Sigo sin ver la diferencia.
PI La izquierda es tolerante en teor√≠a, pero su sentido pr√°ctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien com√ļn.
PD El resultado es el mismo.
PI No. Por ejemplo: t√ļ, si pudieras, prohibir√≠as una representaci√≥n blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.
PD No me importaría hacerlo.
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y ma√Īana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los dem√°s: no hay un patr√≥n inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.
PD Nada es, todo cambia.
PI Ahí le duele.
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¬Ņno prohibir√≠as si pudieses sus actuaciones?
PI Por supuesto que s√≠, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imb√©cil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibir√≠a por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en p√ļblico, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligaci√≥n moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibir√≠a al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teor√≠a, me veo obligado a ser autoritario en la pr√°ctica. Pero en contra de mi voluntad.
PD Me dejas de una pieza.
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Adem√°s, ¬Ņest√°s preparado para o√≠r una paradoja?
PD Ardo de curiosidad.
PI Siendo tolerante en teoría e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.
PD Me he perdido.
PI Está claro: me tolero a mí mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oír.
PI Yo también.

(Silencio.)

PD Ahora que lo pienso, ¬Ņse estar√°n aburriendo?
PI ¬ŅQui√©nes?

(El PD se√Īala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)

¬ŅY a qui√©n le importa?
PD No, no, a mí no.
PI Pues eso.

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