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	<title>Los Convidados &#187; Autores argentinos</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2009 11:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes. Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Osorio_6741.jpg?t=1248002148" alt="Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabia" />Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: <em>es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos</em>, nos dice en su carta. <em>En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres)  un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman &#8220;un vero e proprio esercito di  accaniti lettori&#8221;. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que &#8220;ganaron&#8221; porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante.  Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en  esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 206px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezione2.jpg?t=1248002737" alt="Lezione2.jpg picture by antoniosarabia" />Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-1048"></span>.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
DEL CAPÍTULO SIETE</p>
<p>Estuvo a punto de no traer su portátil, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende  piensa que de algún modo intuía lo que está pasando en este momento: esas mariposas en el estómago, esa excitación ante la pantalla  esperando que él plasme sus imágenes, que él vaya sacando la historia que quiere contar en su película. Las yemas de los dedos y esa caricia enérgica a cada letra, las letras anudándose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de imágenes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir dónde empezar la historia. ¿Por los mayores? ¿Por el personaje central, en los años veinte? ¿O por los contemporáneos, ellos mismos, Ana y él?<br />
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO UNO</p>
<p>No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.<br />
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DOS</p>
<p>Hernán avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inmóvil unos segundos, concentrándose, la mano cálida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocación que su compañera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atrás y esos voleos para lucirse.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/P1010001.jpg?t=1248003041" alt="P1010001.jpg picture by antoniosarabia" />Se lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: Más importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompaña, ella es quien excita la imaginación. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atrás, la Ñata intima a esas quebradas que cortan el aliento.<br />
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.<br />
&#8211;¿Querés bailar con él, Joaquina? &#8211;pregunta Hernán con tono calmo.<br />
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.<br />
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.<br />
&#8211;Y vos también, Joaquina, te vas. Y para siempre.<br />
Una lástima, una gran pérdida, pero no es Hernán quien va a decirle a Mamita cómo manejar su casa. Se lo advirtió a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca más aceptará una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hernán, y no me ponga esa carucha, no, cómo se va a ir, con tanta mujer hermosa deseándolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la Ñata, no es bonita pero quién mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el trío.<br />
&#8211;¿Bailamos, preciosa?<br />
Mr. O&#8217;Gorman, el inglés con quien Hernán debería negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. Andá con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le había advertido su hermano César. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Debería haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la Ñata difícil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.<br />
Hernán sacó el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la mañana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le había dicho su padre. ¿Cien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo único que tenía claro era que tanto los mínimos como los máximos que podía obtener en esa negociación eran cifras siderales, lo había pensado anoche cuando compró a Mamita las latas para entregar a las mujeres: había una enorme desproporción entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¿Cuántas veces podría girar en la pista con Joaquina y con la Ñata con una sola de las vacas que quería comprar el inglés? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cuántas exactamente, pero lo disimularía ante O&#8217;Gorman, era una primera conversación. Sólo de pensar que tendría que tener otras, el agobio lo ganó.<br />
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.<br />
Ese abrazo soy yo, Tango, así de simple como lo sentías vos, Hernán, en aquellos tiempos. Pasaron años debatiendo sobre mis orígenes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo único importante, lo que me funda, es ese abrazo. (&#8230;)</p>
<p>Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.<br />
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.<br />
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus códigos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos querían parecerse a los compadritos, pero vos sabías que no era cuestión de vestirse de negro, ni de ponerse un pañuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirigían a esos criollos de piernas ágiles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin más provocación que la de tu cuerpo bailando, vos habías logrado un lugar de admiración y respeto.<br />
&#8211;No nos vas a fallar esta noche, Hernán.<br />
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezioneditango.jpg?t=1248003353" alt="Lezioneditango.jpg picture by antoniosarabia" />Los muros de la sala de música, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo, agudas y susurrantes, y sorprenden a Hernán cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y espía por la puerta entreabierta. Su hermana, Inés, gira y extiende la mano a una chica.</p>
<p>&#8211;Así, ¿ves? hacelo vos ahora.<br />
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda imán. Pero si es&#8230; ¡Asunción! ¿Cuándo ha ganado ese cuerpo y estatura? &#8211;se asombra Hernán&#8211;. Y en un salto, ahí está, tomándole la mano para que dé la media vuelta en la mazurca: Girá ahora, muy bien.<br />
&#8211;Idiota, nos asustaste &#8211;protesta Inés. .<br />
¿Bailando a esas horas? ¿Han bebido tanto como él? En ese caso, están preparadas para una experiencia que jamás olvidarán: les enseñará una danza nueva.<br />
Probablemente Hernán ha bebido más de la cuenta, pero no es la única razón por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunción &#8211;ojazos como moscardones, la sorpresa arrebatándole las mejillas&#8211; por la cintura. Es ella, su cuerpo ávido, quien lo impulsa.<br />
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la lámpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sofá y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habrían de pasar muchos años antes de que me aceptaran en casas como aquélla, pero esa noche de 1897, con vos, Hernán, con tu silbido orgulloso, entré con toda naturalidad.<br />
Inés tararea la melodía y gira. Asunción, elástica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hernán dibuja en su espalda. Estás preciosa, le susurra al oído. Y ella: que es el vestido de Inés, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa «marca» &#8211;explica&#8211; que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atrás, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que él la recupere haciéndola girar otra vez hacia él. Estás hecha para el tango. El brazo de Hernán, firme, sosteniéndola, aproximándola a él en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (&#8230;)</p>
<p>Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.<br />
Mirame Hernán, dice Inés, pero difícil desprenderse de la sugestión de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que él le propone, como si llevaran años bailando, como si fuera la Tero o la Ñata, pero es Asunción, por eso él no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desearía, no, sólo la mira, brillante y dócil a sus marcas. Tan ensimismado está que no percibe que Inés ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunción quien lo despierta, desprendiéndose con brusquedad de su abrazo porque ahí, frente a Inés, están sus padres, seguramente más sorprendidos que ellos mismos.<br />
&#8211;Pe&#8230; pero qué es esto&#8230; ¿Cómo se atreven? &#8211;dice su padre&#8211;. Cómo te atreves, Hernán, a traer esa música y a&#8230; &#8211;señala sin mirar hacia donde Asunción ha ido a refugiarse, junto a Inés&#8211; Esa música indecente.<br />
&#8211;No sabía que la conocía, padre.<br />
&#8211;Insolente &#8211;una furia frenada, la voz baja y los ojos achicándose, como si pudiera así apuntar con precisión a Hernán.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEl CAPÍTULO TRES</p>
<p>Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.<br />
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arpía&#8211;   le estaban embarrando el terreno. Escupió con bronca: en cualquier momento hacía los petates y se volvía a Montevideo, a esa altura otras muertes habrían tapado la que debía. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relamió de gusto. Esa tarde adornaría la pieza con algún cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero tenía esos detalles.<br />
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con él, como ella le pedía. Nunca le dijo que se había mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dejó provisoriamente en lo de Talón, aunque ahí poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Tenía que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo tenía harto, debería buscar nueva mercadería. Si la pudiera convencer a Asunción, la chinita de San Nicolás, pero aún estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como debía. Estaba seguro &#8211;si algo conocía el Oriental eran las mujeres&#8211; la arpía de de que Asunción sería una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apretó contra el árbol lo puso al palo. Hacía tiempo que no le tenía tantas ganas a una hembra. Ella diciéndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprendía rápido a enredarse con la suya, que lamía su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abría paso hacia el pecho de Asunción. Fue la calentura, una calentura de aquéllas, la que la llevó a apartarlo, él ahí boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que están a unos metros del portón, que si la pescan ahí, la matan. Entonces si fuera en otro lado&#8230; ella misma se lo dio a entender.<br />
De todos modos, de poder llevársela a la cama a conseguir que trabajara para él había un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversión a futuro. Todavía debería amasarla mucho más. Que le gustaba mucho pero que aún no tenía un buen trabajo, sólo eso le decía por ahora. Asunción virgencita pero una brasa a punto de encender, le había soltado lo del casamiento la tarde que la invitó al circo y él le siguió el juego, ¿por qué no? Para cada mina un verso era su lema.<br />
En cuanto probara el dulce &#8211;y faltaba muy poco&#8211; sería como con las otras: haría todo lo que él quisiera para no privarse de ese placer que él sabía dar a las mujeres.<br />
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.<br />
Una idea renovadora te pedía tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de María, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del salón, decorado por un pintor italiano, se te ocurrió aquella otra, disparatada, como te diría César, espléndida, según Inés.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DIEZ</p>
<p>Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entró al café Royal. La débil luz de las lámparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurecía aún más esas caras toscas, monótonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Bebían, hablaban, reían, fumaban, chillaban, apiñados en torno a mesas tambaleantes. Qué asco le daban. ¿Cómo podían atraerle a Carlota esas gentes? Buscó su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, buscó su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.<br />
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.<br />
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.<br />
&#8211;¿Los conoces? &#8211;lo sorprendió Gonzalo, y antes de que inventara una excusa&#8211; es Bernstein, el alemán del fuelle.<br />
&#8211;Lo escuché en algún lugar &#8211;mintió.<br />
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.<br />
&#8211;Bernstein, aquí, un admirador suyo, Vicente Ponce.<br />
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.<br />
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclamándolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todavía estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¿Bühl? No escuchó su nombre por el zumbido de las imágenes de Carlota extendida en el pasto, cuando cayó del caballo, escondiéndose entre las sábanas para que él la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inmóvil, absurdo, permaneció allí, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente inventó una sonrisa y se despidió.<br />
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.<br />
&#8211;Te venís inmediatamente conmigo.<br />
&#8211;¿Quién es este tipo, Carlota?<br />
&#8211;Un amigo de la madre de esta niña &#8211;cortó, autoritario.<br />
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.<br />
La discusión no duró ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ningún lado, antes sí, pero él no quiso ¿recordaba? Y ahora era ella la que no quería, ella la que tenía inconvenientes, y si insistía en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¿cómo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como él? Vicente no quería escuchar una palabra más. La tomó del brazo con fuerza y pretendió arrastrarla, pero no llegó a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alemán lo dejó tirado en el suelo.<br />
El odio que Vicente sentía cuando se levantó lo convenció de que podía enfrentarse con el alemán y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trató de interponerse, pero él, o quizás el mismo alemán, la apartó. Y pronto fue otro puño, Vicente, como un muñeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres pegándose entre sí, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alemán buscándolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebró en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponiéndose: basta, basta, déjenlo.<br />
Cuando abrió los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se podía incorporar. Lo ayudó a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanzó a ver a ese grupo que se mantenía a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidió. Lo acompañó hasta la calle y caminó a su lado.<br />
&#8211;¿No quiere un médico, don? Puedo acompañarlo a la asistencia pública.<br />
El dolor era punzante. No, estaba bien, quería su coche. No estaba en condiciones de conducir, él mismo lo iba a acompañar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.</p>
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		<title>Elsa Osorio, por fin en Los Convidados</title>
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		<pubDate>Sat, 23 May 2009 10:39:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Encontrarse con Elsa Osorio (Buenos Aires, Argentina, 1952) cuando el azar, ese ir y venir por aquí y por allá inherente a nuestro quehacer literario, nos permite coincidir en alguna parte del mundo es una felicidad muy grande. Elsa es una mujer dulce, inteligente, curiosa, bien informada, con quien es un placer compartir desde una charla de café [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Encontrarse con Elsa Osorio (Buenos Aires, Argentina, 1952) <img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 213px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/dedmordzinzkyquaiesdeseine.jpg?t=1243074290" alt="dedmordzinzkyquaiesdeseine.jpg picture by antoniosarabia" />cuando el azar, ese ir y venir por aquí y por allá inherente a nuestro quehacer literario, nos permite coincidir en alguna parte del mundo es una felicidad muy grande. Elsa es una mujer dulce, inteligente, curiosa, bien informada, con quien es un placer compartir desde una charla de café hasta una mesa redonda. Eso acaba de suceder en el XII Salón del Libro Iberoamericano de Gijón donde pasamos algunas muy agradables jornadas juntos. Elsa es una ávida lectora de Los Convidados, &#8220;los domingos por la tarde en Buenos aires, me dice, antes de meterme en la cama&#8221;, y ya hemos publicado comentarios suyos en una que otra entrada. Hoy la tenemos por fin entre nosotros participando con un excelente relato de su libro <em>Callejón con Salida</em>, que ofrece con muchísimo gusto a los lectores de Los Convidados.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;"><span id="more-840"></span>.</span><span style="color: #ffffff;"><br />
</span> SU PEQUEÑO Y SÓRDIDO REINO</p>
<p>Aún le dura la agitación cuando cierra la puerta y se apoya contra ella para recobrar el aliento. Está exhausta por la tensión que le produce caminar bordeando el edificio, esperando la oportunidad de entrar cuando nadie pase por la puerta mientras revuelve en su bolso buscando el llavero, y ese terrible momento en que teme haberse equivocado de llave, que no sea ésa la de abajo, introducirla lo más rápido posible y observar con alivio como gira sin dificultad, atravesar el hall de entrada rogando que el ascensor esté en la planta baja y no deba esperarlo, expuesta al peligro de que alguien entre al edificio, o baje por el ascensor, y la descubra, y ya subiendo, que por favor nadie abra la puerta del ascensor y la sorprenda a ella ahí, tan donde no debe, cruzar el palier a grandes pasos, sin darle el gusto de curiosear a quienquiera que viva en el noveno &#8220;A&#8221; porque la llave ya está preparada para que gire en seguida y la puerta se abra y cierre de inmediato dejándola por fin a salvo. ¿A salvo sólo de las miradas de los otros? ¿O también de todo ese espacio que se extiende detrás de la puerta del noveno &#8220;B&#8221;?<br />
Pero si así, apoyada contra la madera de la puerta, está a salvo, por qué, cuando la agitación va disminuyendo su ritmo, esa ígnea delicia del miedo reptando por su columna hasta ganar el cuello y estallar para expandirse voluptuosamente hacia el cuerpo todo que comienza a vibrar, ahora que camina a tientas hacia la ventana, a temblar, cuando iza la correa de la persiana como en el colegio la bandera, porque ella, la mejor, pero atrás, cuánta violencia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 205px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/NT139Callejonconsalida.jpg?t=1243074591" alt="NT139Callejonconsalida.jpg picture by antoniosarabia" />El sol avanza sobre su cuerpo, lo entibia y estará iluminando ya lo que aún no ve porque el miedo hace estragos en sus músculos, tensándolos como cuerdas. Gira con exagerada morosidad demorando el instante en que se enfrentará con ese espectáculo al que el sol no perdona detalle, ni siquiera las manchas del parquet que se cuelan con insolencia entre las más dispares superficies.<br />
Es siempre una sorpresa, ya que antes de irse (cumpliendo minuciosamente con las reglas que no sabe quién prescribió) deja caer la sombra sin encender la luz, y por lo tanto, las formas con que juega quedan donde fueron a refugiarse en la oscuridad, en su inútil intento de abolir las discrepancias, entonces ella cierra la persiana y camina hacia la puerta para repetir el rito de la entrada, pero al revés, introduciendo leves variantes.<br />
No conoce esta última imagen que ha forjado antes de irse, embellecida y distorsionada por el paso del tiempo. El té, por ejemplo, que estaba caliente y líquido cuando lo volcó, es una mancha amarillenta, seca y fría sobre ese libro abierto de páginas de papel biblia. Puede imaginar ese chorrear del té en lágrimas sobre las apretadas hojas. Se aventura, en un gesto de coraje, y reconoce el libro llorado: uno de los tomos de Las Mil y Una Noches, y recuerda cuando su papá se lo regaló, hace ya tantos años, la caricia que le hacía antes de dormir al cuero de su lomo, y cuántas tardes, cuántas noches de esa delicia.<br />
«Por suerte no es de Diana», se dice. Y si fuera qué, ¿acaso pensó que debía resguardar por lo menos lo de Diana? No, entonces ¿por qué ahora? Quizás porque acaba de entrar y aún las sogas tironean con fuerza a quien ella es afuera del departamento, la responsable, la discreta, como le había dicho su amiga aquella tarde, antes de emprender el largo viaje. Diana no quería alquilar el departamento porque no sabía cuándo volvería -ni si volvería- y prestárselo a alguien, no sé, imaginarme a cualquiera hurgando mis papeles, encontrando algo inconveniente, o simplemente íntimo, sentándose en mis almohadones, no me gusta. Y ella se había reído.<br />
-Si te lo quedaras vos, que sos tan discreta, yo estaría tranquila. Quedátelo, dale.<br />
-¿Yo? ¿Y para qué lo quiero? Tengo mi casa, mi estudio.<br />
-Para nada. Para descansar, para hacer un alto, para estar sola -había sonreído Diana, guiñándole el ojo-. No viene mal de vez en cuando.<br />
Ella se alzó de hombros, pero ya en aquel momento (y no podía ni sospecharlo) sintió un repentino entusiasmo, una ventana abierta. Aceptó pagar los gastos e ir de cuando en cuando para repasar o para&#8230; &#8220;Para nada&#8221;, le había dicho Diana.<br />
No recuerda cuándo fue por primera vez sin la excusa de pagar alguna cuenta o limpiar un poco, ni cuándo se preparó el primer té, ni cuándo fue dejando algunos libros y una resma de hojas, y algunos cuadernos, el cepillo y su perfume. Recuerda sí aquella tarde en que se le pasó la hora de ir al dentista y no encendió la luz, ni arregló nada porque el jueves o viernes se daría una vuelta y ordenaría todo. Pero el viernes se dijo que faltaba tanto tiempo para que Diana volviera -si es que volvía- que bien podría hacerse otro té, sin lavar las tazas usadas, y abrió otro libro y se olvidó una carpeta.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 266px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Elsa1.jpg?t=1243074803" alt="Elsa1.jpg picture by antoniosarabia" />Fue ese mismo día, o quizás otro, el que echó de menos sus diccionarios, tenía tantos (siempre le gustaron los diccionarios), por qué no dejar algunos allí y después de consultarlos, tirarlos de cualquier forma, total, ya pondría orden la próxima semana.<br />
Debe haber pasado bastante tiempo desde aquella tarde porque los puchos y los papeles arrugados han desbordado del cesto y se dejan ver sobre el piso, mezclándose con el polvo. Es increíble la cantidad de tierra que puede acumularse en un pequeño departamento, que permanece siempre cerrado, cuando ella no está ahí. ¡Es una ciudad tan sucia Buenos Aires! Y hay quienes dicen que están limpiando no sólo la ciudad, el país entero. Ella puede dar fe, ahora que está mirando el suelo, que entra mucho polvo, tanto que ya no le importa pisar todo con los zapatos, hasta esa costilla mordida que adhiere su grasa a la suela y da unos toques sutiles a ese extraño tapiz que ha ido configurándose, casi sin que ella se de cuenta de su magnitud.<br />
Se coloca en un rincón y lo observa. Ni en la mejor galería de tapices del mundo se podría conseguir uno así, tan variado en colorido y textura y con ese movimiento que los distintos tamaños y formas de libros, almohadones, sillas caídas, frascos, espejos y latas abolladas le dan, convirtiendo el tapiz en una escultura. Es lamentable que sólo pueda gozar de él con la vista.<br />
Se descalza (guarda los zapatos y las medias perfectamente dobladas en el cuarto de Diana) y siente en los pies desnudos el placer de esa obra de arte que ella ha creado, permitiendo a la tierra y a los objetos combinarse al azar. Una maravillosa obra de arte que no podría exponerse en ningún museo, en ninguna galería que la inmovilizara, una obra mutante que va inventándose y recreándose sin cesar bajo sus pies, una obra creada y gozada sólo por ella.<br />
La pisa y la pisa, entusiasmándose con las superficies escabrosas, como la de la lata que amenaza lastimarle la piel y que ella arroja al otro extremo del tapiz, ahora el delicioso cosquillear del papel arrugándose en la planta de su pie derecho, mientras su pie izquierdo se hunde en una colina de ceniza.<br />
Recoge una hoja grande que reconoce como la primera página de un contrato que quién sabe cómo fue a parar ahí; con ella envuelve una esponja, todos los puchos de ese sector, la costilla mordida, y con fuerza, arroja el bollo contra la pared. El miedo da un salto y pega la oreja al muro tratando de descubrir un posible testigo de su violento quebranto, pero nada, ese ruido fue sordo y nadie más que ella sabe lo que acaba de hacer.<br />
Va hasta la cocina, encuentra café preparado, seguramente hace varios días por el color arratonado y desparejo, y con él riega la ceniza que cede fácilmente de la pared.<br />
Es una lástima que su mirada se agote y se abisme en esa imagen que el sol ilumina ahora más apagadamente, generando una belleza nueva, quisiera sentirla en todo el cuerpo, pero no puede acostarse así, vestida como está, sobre todo eso y salir después a la calle desordenada y sucia, con el enorme riesgo que eso conlleva en los tiempos que se viven. Siempre, de algún modo, el afuera logra inmiscuirse para tironearla como hace detrás de la puerta. Por esa razón está allí, para aflojar las sogas en ese paréntesis, para unirse y que poco a poco la tranquilidad la invada.<br />
¿Tranquilidad? Difícil ceñir a una palabra esa sensación tan singular que ella siente, ese bienestar donde corcovea el pánico, ese placer de hacer arte con lo que hay, esa adhesión repulsiva a una hipérbole de desorden en la que se regodea.<br />
Ahora se le precipita la imagen de las corbatas de su papá, colgadas todas a la misma distancia, y los cuellos de las camisas, uno para un lado, el siguiente para el otro y una línea perfecta entre ellos, y el parquet reluciente que su mamá cuidaba con esmero: ni una sola mancha. Y recuerda el disgusto de su papá cuando la veía estudiar a ella, su hija menor, con los papeles cruzados unos sobre otros, y los libros sobre la alfombra. Ella trató de explicarle que, aunque él no lo percibiera, allí había un orden, el suyo, que no lo llamara «tu terrible desorden», sólo por no cumplir con pautas ajenas. Ella ha pasado la vida cuidando el orden hasta la locura, la misma de adentro pero desde el borde, un borde de contornos ebrios. Con el tiempo llegó a acostumbrarse, a tal punto que ahora parece suyo, pero no se engaña, ese orden no es más que una fidelidad a su papá -en verdad la fidelidad mayor es el verdadero orden, el interno- que de todos modos ya no importa porque él ha muerto y ya no hay nada que demostrar. «Para nada», le dijo Diana cuando le dejó el departamento. Nada. Y el que nada no se ahoga. ¿Cómo no se le ocurrió antes? Nadar.<br />
Nadar porque en el agua los límites se borronean. Desde afuera se percibe un orden de líneas diáfanas, nítidas, tranquilizantes, pero basta sumergirse para penetrar en ese otro orden misterioso de contornos amiboideos y enigmáticos matices. En el borde se nada. Nada para demostrar. Para nada. Nada para. Pero no puede permitirse nadar en su obra con la misma ropa con que enfrenta el mundo de afuera, las huellas, ineludiblemente, la delatarían. Con deliberada morosidad se desviste y extiende la ropa sobre la cama de Diana.<br />
Ahora sí puede sentir en todo el cuerpo esa tierra que ha entrado por la ventana y rodar libremente sobre las manchas del parquet y los papeles rotos, y zambullirse en los diccionarios, tener un contacto directo con las palabras escritas en esas hojas que no lee, que toca, toca con su vientre y ese crisparse del papel con su movimiento la exalta, las palabras adhiriéndose y bailando sobre su piel, mientras su mano acaricia la superficie rugosa de una cáscara de mandarina, y en su hombro, el irreprochable roce de un diario viejo o quién sabe qué porque ha cerrado los ojos para jugar a adivinar la identidad de los misteriosos seres que habitan ese mar: plato, libro, llavero, papeles, semillas. No puede descubrir el origen de la adiposidad que embadurna su muslo derecho, pero ya no le importa porque ha cambiado el juego por otro: extender el brazo, sujetar lo que la mano alcance, revolearlo y dejarlo caer donde la fuerza de su impulso lo lleve, y esta copa que tira con violencia se revela en un alarde de destellos y sonidos agudos al trisarse contra la pared, ella no había previsto este resplandor en el juego, ni tampoco los gritos de los cristales saltando a cualquier lugar, y quizás, más tarde, lastimándola. No. Debe impedir que su sangre roja y viva violente el tono de su obra. Nunca sangre allí dentro.<br />
El miedo vuelve a ganarla, llega en olas, como el mar, y ella las barrena una a una hasta vencerlo. Se reconoce el cuerpo con sus manos, y al llegar a los ojos, los frota del maquillaje que ella usa para hacer frente a la otra selva, la de afuera.<br />
Busca en su bolso el sobre de los cosméticos y se pinta, con gruesos trazos, pestañas larguísimas en sus muslos. Con las sombras logra un efecto sorprendente al cruzarlas sobre su cara y su cuello. Se dibuja rayos de negro sol en su vientre, y con el rouge, grandes labios rodeando el pubis. Vacía el sobre tirando los cosméticos hacia un lado y el otro para integrarlos a los seres que habitan su tapiz-mar. Saca libros de la biblioteca y se acuesta sobre ellos. Silvina Ocampo se le incrusta en la espalda, Manuel Puig le hace cosquillas en las piernas, Gombrowitz se le hunde en los riñones, Cortázar se cuela entre sus piernas, Walsh le duele en el pecho, Fuentes se adhiere a su cintura, Drumond de Andrade le roza la nuca, y repta sobre Bataille o Rimbaud. Entonces comprende que nunca ha leído más que con los ojos y que así, como ahora lo hace, es salvaje el placer del texto, tal vez Barthes mismo sea el que le atraviesa el pecho. Bracea siguiendo el flujo de la marea, se sumerge y vuelve a asomar la cabeza. El trapo y una vieja máquina de escribir se enlazan buscando en el polvo el punto exacto y fatal de encuentro con las hojas muertas de vaya a saber qué libro, qué obra, qué texto, qué placer que les concede la ilusión de moldearse a sí mismos hasta componer ese cuerpo único, poderoso, perfecto, completo.<br />
Ella los socorre con este balde de agua que derrama sobre el tapiz. Las superficies se diluyen. Se deja lamer por la humedad del papel. Aspira el perfume de inmundicias enredándose y mareándola. Avanza al compás de una música secreta, que ahora sabe que es la suya, la que debe desoír afuera. El tapiz la acompaña en un derroche de perfectos roces, de caricias, hasta llegar al centro donde todo se ha confundido, amalgamando sus formas y texturas para recibirla. Ella se entrega, se hace una con su obra, perdiendo los límites del cuerpo, extendiéndolos al infinito en el tiempo y el espacio. Se aturde en el goce fulminante de ese remolino donde su tapiz y ella crean y son creados vertiginosamente.<br />
Y entonces la paz, como una lluvia fina y lenta, expurgándolos, diferenciándolos. El tapiz la mece al ritmo suave de la música. Ella se deja estar allí, disfrutando de esa armonía, de ese orden por fin suyo.<br />
Debe haber pasado bastante tiempo porque la sombra ha ganado ya el departamento, cuando ella abre los ojos y se levanta.<br />
En el baño se ducha, se seca, se cepilla el pelo, se viste. Cuelga su bolso del hombro y antes de cerrar la persiana, contempla su pequeño y sórdido reino con mugrienta ternura. Cierra la puerta para correr a atender todo el afuera, esas sogas que intentarán despedazarla, pero con más fuerza para resistir el tironeo, más sólida, más limpia.</p>
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		<title>Recordando a Osvaldo Soriano</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jan 2009 13:12:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 226px; height: 268px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano2.jpg?t=1231083410" alt="soriano2.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Osvaldo Soriano (Mar del Plata, Argentina 1943-1997) nació en enero de 1943 y murió, también en el mes de enero, cincuenta y cuatro años más tarde dejando como herencia algunas de las novelas más originales y sorprendentes de la literatura argentina del siglo XX. La nota luctuosa que transcribo más abajo, <em>Un Adiós a Soriano</em>, fue escrita por mí hace once años y publicada en el periódico El Mundo, de Madrid, España y en El Público, de Guadalajara, México un par de días después de su muerte,  ocurrida el 29 de enero en su natal Buenos Aires. Aparte del texto, que reproduzco ahora como un homenaje al Gran Gordo, el lector de Los Convidados encontrará un cuento de Soriano titulado <em>Mecánicos</em>. Una breve pero formidable muestra del talento literario puesto al servicio del humor y la pasión por la vida.</p>
<p>Aclaro que las ideas expresadas en mi artículo de hace once años sobre las computadores Macintosh, tan queridas e imprescindibles tanto para Osvaldo como para mí, han sido felizmente desmentidas por el tiempo.</p>
<p>UN ADIOS A SORIANO<br />
Por Antonio Sarabia</p>
<p>No se puede decir que Osvaldo Soriano fuera muy leído en México. Esas cortapisas misteriosas de la industria editorial, que restringen la distribución de la obra de un autor más allá de sus fronteras nacionales, impidieron que el común de los lectores apreciara en este país el socarrón humor porteño del Gran Gordo. El jueves por la mañana, advertido desde la víspera por un fax de Luis Sepúlveda y un correo electrónico de Mempo Giardinelli, busqué inútilmente una mención luctuosa en los periódicos, algo que me ayudara a comprender lo incomprensible. No hubo nada, ni siquiera una nota marginal sobre su muerte. Sentí que Osvaldo se extinguía discretamente, dejándonos solos, tristes, solitarios y finales, atragantados por esa rabia sorda que nos empaña los ojos sin resignarse a aceptar lo irremediable. Mempo propone que, en venganza, entre todos puteemos a la muerte. Al menos esta vez lo tendrá bien merecido. Si alguien hará falta, por su talento y originalidad, en las letras hispanoamericanas, es Osvaldo Soriano.</p>
<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 202px; height: 179px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano1.jpg?t=1231083604" alt="soriano1.jpg picture by antoniosarabia" /></span>No me puedo jactar, aunque me encantaría, de que fuésemos íntimos amigos. Compartimos, eso sí, multitud de camaradas, agente literario, editores en América Latina y el mismo cuestionable amor por los ordenadores Macintosh, esas postergadas computadoras en una de las cuales desovillo trabajosamente estas líneas, que desde nuevas huelen a piezas de museo. Nada más natural entonces que nos conociéramos, primero por teléfono en la ciudad de Buenos Aires y más tarde en persona en el festival francés de San Maló. Supe entonces, aunque su hipocondría era proverbial, que en verdad había estado muy enfermo, perdido peso, al grado de convertirse para la bulliciosa banda de compinches que asistían al legendario puerto pirata en el ex Gordo Soriano. Yo lo creí restablecido. No sospeché, ni por asomo, la mancha asesina extendiéndose en su pulmón de antiguo fumador, mancha que él conocía y callaba, y que al final fue la causa indirecta de su muerte. Recuerdo su sonrisa divertida, la blancura de su piel, la manera cansada de acariciarse la calva y la barba que tanto me recordaban a mi abuelo a pesar de que Osvaldo era apenas un par de años mayor que yo. Conversamos de las cosas de costumbre, esos asuntos milagreros que entre los escritores tienen la particularidad de parecer siempre apasionantes y novedosos. Hablamos de su pasada colaboración con Cortázar, de nuestra literatura y la de nuestros amigos, de sus proyectos. Una mañana intercambiamos direcciones electrónicas y no paró de darme consejos de informática.<br />
El jueves por la tarde nuestro común editor en la Argentina me proporcionó algunos detalles de su muerte. Le habían extirpado, con éxito, el tumor, y fue una infección pulmonar postoperatoria la que le empujó hacia la tumba. El viernes apareció, por fin, en los periódicos locales, una breve reseña del entierro en Buenos Aires. Pero el Gordo jamás se irá totalmente. Nos dejó, en un puñado de novelas sorprendentes, el corrosivo ingenio de su prosa y el trazo alucinado y alucinante de sus historias. Este seis de enero, Día de Reyes, acababa de cumplir cincuenta y cuatro años. Gracias, Osvaldo, por tu obra. No habrá más penas ni olvido, hasta siempre, descansa en paz.</p>
<p><span id="more-422"></span></p>
<p>MECÁNICOS<br />
Por Osvaldo Soriano</p>
<p>Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.</p>
<p><span style="line-height: 26px;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 168px; height: 301px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/soriano3.jpg?t=1231083861" alt="soriano3.jpg picture by antoniosarabia" /></span>Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.   Yo no le hice caso pero él se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían.   A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tiré en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.  Sos un cabeza hueca -me decía.   Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.   Me miró y dijo: &#8220;Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés&#8221;. Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezó a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles.   Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba &#8220;¡Carajo, qué mal trabajan los franceses!&#8221; y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis:   -Doce- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles. Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.   Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio. Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración.   Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las vergüenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida. Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes.   Andá -me dijo-. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvás de los bailes y las guardias.   Ese año hice más de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para él su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.</p>
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		<title>Un Regalo de Reyes Magos (de Manuel Mujica Lainez)</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Jan 2009 12:23:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires 1910-1984) gustaba escribir sus apellidos así, sin acentos. De esa manera aparecen en la mayor parte de los libros que publicó en vida, y de esa manera los transcribimos hoy aquí, en Los Convidados, para respetar su voluntad. Mujica Lainez nació y fue educado en el ambiente culto e intelectual [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires 1910-1984) gustaba escribir sus apellidos así, sin acentos. De esa manera aparecen en la mayor parte de los libros que publicó en vida, y de esa manera los transcribimos hoy aquí, en Los Convidados, para respetar su voluntad.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 312px; height: 395px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ManuelMujicaLainez1.jpg?t=1231001358" alt="ManuelMujicaLainez1.jpg picture by antoniosarabia" />Mujica Lainez nació y fue educado en el ambiente culto e intelectual de las antiguas familias españolas radicadas en Argentina desde mediados del siglo XVIII.  Él mismo era de ilustres y aristocráticos orígenes. Descendía por la línea paterna de Juan Garay, fundador de Buenos Aires.<br />
Hizo estudios en Francia e Inglaterra. Su primera novela, <em>Louis XVII</em>, está escrita en francés y dedicada a su padre. Ingresó en la Facultad de Derecho de su natal Buenos Aires sólo para abandonarla un par de años más tarde y colocarse como redactor en el diario La Nación, empleo en el que llegaría a jubilarse. En 1935 viajó de Río de Janeiro a Berlín en el Graf Zeppelin. En 1936 contrajo matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo, y ese mismo año publicó su primer libro <em>Glosas Castellanas</em>, un conjunto de ensayos en buena parte dedicados a Cervantes y al Quijote.<br />
En 1955 obtuvo el Gran Premio de Honor de la SADE por su novela <em>La Casa</em>. En 1956 fue elegido miembro de la Academia Argentina de Letras y, en 1959, académico de Bellas Artes. En 1963 recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela <em>Bomarzo</em>. En 1982, el gobierno de Francia le concedió la Legión de Honor. A las pocas semanas de su muerte, ocurrida en la ciudad de Córdoba, Argentina, en 1984, fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires. Su obra ha sido traducida a más de quince idiomas.<br />
La prosa de Manuel Mujica Lainez es fluida, culta y algo preciosista. De su segundo libro de relatos, <em>Misteriosa Buenos Aires</em>, hemos tomado este hermoso cuento, literalmente un regalo de Reyes Magos para nuestros lectores, en el que el autor aprovecha al máximo su talento descriptivo y su vasta experiencia como crítico de arte. El texto se inspira en <em>La Adoración de los Magos</em>, óleo sobre tela de Pedro Pablo Rubens, que se exhibe en el Museo del Prado y que reproducimos más abajo, dentro del cuerpo mismo del relato.</p>
<p><span id="more-401"></span></p>
<p>LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS</p>
<p style="text-align: left;">Hace buen rato que el pequeño sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del alba -el alba del día de los Reyes- titubea en 1as ventanas y luego, lentamente, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.<br />
Cristóbal lustra las vetas del gran facistol y alinea con trabajo 1os libros de coro casi tan voluminosos como él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.<br />
De tantas cosas bellas y curiosas como exhibe el templo, ninguna le atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 430px; height: 299px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Rubens_adoracion-2.jpg?t=1231002261" alt="Rubens_adoracion-2.jpg picture by antoniosarabia" />El enorme lienzo cubre la ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.<br />
Cristóbal las ha visto moverse en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.<br />
Pronto hará tres años que el tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas, testimoniándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de Santa Clara.<br />
El sordomudo, que es apenas un adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor, afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle. Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las manti1las de les devotas. Mañana no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.<br />
Ya empezó la primera misa El capellán abre los brazos. y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende hacia las bóvedas la fragancia del incienso.<br />
Cristóbal entrecierra los ojos. Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye, acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo, algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla. Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.<br />
Y abajo el sacerdote se doblega sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el relato de la Epifanía.<br />
Son unas voces, unos cuchicheos desatados a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así, aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas en su interior.<br />
Se ha aferrado a los balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba la estrella divina.<br />
-Et apertis thesaurus suis -canturrea el capellán- obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham.<br />
Una presión física más fuerte que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse con el gran tapiz.<br />
Entonces en el paño se alza el Rey mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes, el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula, el buey y el perro se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre. Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como subterránea música.<br />
Delante del Niño a quien los brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el polvo de las caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo, sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro, un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.<br />
Una vez más queda desierto el espacio frente a la Santa Familia.<br />
En el altar, el sacerdote reza el segundo Evangelio.<br />
Y cuando Cristóbal supone que ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado. Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.<br />
Las voces apagadas, indecisas, crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese mundo milagroso vibra y espejea en torno del Niño.<br />
Entonces la Madre se vuelve hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.<br />
Cristóbal escala con mil penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y que le ayuda a izarse para que pose los labios en 1os pies de Jesús. Como no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los tesoros.<br />
Y cuando, de un salto peligroso, el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude con tenue estremecimiento.<br />
Cristóbal recoge el plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que transforma todo, para siempre.</p>
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		<title>Amistad y traición a la Néstor Ponce</title>
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		<pubDate>Sun, 02 Nov 2008 14:53:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
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		<description><![CDATA[Me crucé con Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) durante una reciente conferencia a la que fui invitado por la Universidad de Rennes, en Francia, donde él ocupa la cátedra de profesor de lenguas y civilizaciones hispanoamericanas. Radicado en Europa desde 1979, Néstor es autor de un libro de poesía, Sur (1982) y de varios de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me crucé con Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) durante una reciente conferencia a la que fui invitado por la Universidad de Rennes, en Francia, donde él ocupa la cátedra de profesor de lenguas y civilizaciones hispanoamericanas. <img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 267px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/NstorPonce9.jpg?t=1225636994" alt="NstorPonce9.jpg picture by antoniosarabia" />Radicado en Europa desde 1979, Néstor es autor de un libro de poesía, <em>Sur</em> (1982) y de varios de ficción entre los que se encuentran <em>La bestia de las diagonales</em> (1998), <em>Hijos Nuestros</em> (2004), <em>Perdidos por ahí</em> (2004) y <em>Azote</em> (2008), así como de una <em>Antología de la Novela Negra y Policiaca de América Latina</em> (2005). Su quehacer literario ha sido galardonado tanto en su país natal, Argentina, con el Premio del Fondo Nacional de las Artes en 1998 por <em>El Intérprete</em>, como en México con el Premio Internacional de Novela Siglo XXI en el 2006 por <em>Una vaca ya pronto serás</em>. Ahora está de viaje precisamente allá, en esa descomunal maraña urbana que constituye el Distrito Federal, y hasta allá le va a buscar este saludo y nuestro agradecimiento por el breve y hermoso relato que tuvo a bien enviarnos para <em>Los Convidados</em>. Mucha suerte, y que no se le olviden los Chipotles.</p>
<p> <span id="more-220"></span><br />
EL DÍA DEL AMIGO</p>
<p>Los paraguas bailaban como hongos ondulantes por la Plaza San Martín cuando sonó el teléfono y el Negro atendió y me dijo tapando el auricular, che, es la vieja de Alberto Bertini, ¿te acordás?, y yo como que me sobresalté, porque era viernes y desde hacía una semana con sus días y sus noches, las gotas seguían repicando monótonas en el pavimento aceitoso de la avenida siete, bajo los focos amarillos, patinaban en las ramas peladas de los plátanos. El Negro levantó las cejas y bajó las comisuras, che, que lo parió, quién hubiera dicho, porque era la primera vez que un pescado gordo -familia de un Juez- nos hablaba al despacho, la primera luego de dos años que había colgado el diploma de abogado y veintitrés meses que decidimos -con mi socio el Negro Rocha &#8211; poner todos los ahorros de nuestros padres en el alquiler de este departamento que daba a la Plaza para instalar un escritorio. Estamos destinados a grandes cosas, me había dicho mi socio una madrugada solemne, cuando nos quemábamos las pestañas estudiando las materias de primer año y siete años después las grandes cosas tardaban en llegar, caracoleaban en los impases, seguíamos siendo un par de muertos de hambre con diploma, que vegetaban con asuntos que los compañeros de promoción mejor relacionados nos tiraban con lástima porque veníamos de una familia de pobretones y habíamos depositado todas nuestras esperanzas en el hipódromo y en un tío de Rocha, que estaba de suboficial del ejército, pero ni siquiera así emergíamos, porque en las carreras no acertábamos ni una, y mirá que en el despacho nos la pasábamos comparando los pronósticos de la Palermo con las páginas de <em>turf</em> de la prensa y la audición de <em>Caballos, pasión de multitudes</em> en radio Rivadavia. Hacíamos estadísticas y el Grone llenaba las fichas que al principio estaban destinadas a los datos de los clientes con los pesos de los jockeys, los hándicaps, los resultados de los burros. El tío, en tanto, era un tipo cetrino y que fumaba sin cesar, con los bigotes en forma de nudos, amarillos de nicotina y el tono seco del que está acostumbrado al mando sin que le discutieran ni una coma. Le decían &#8220;Dos Nudos&#8221;, y se cruzaba de piernas en el mejor sillón del despacho, chupaba el cigarrillo y dirigía la vista al techo para largar como quien no quiere la cosa ustedes esperen que todo esto se organice y yo les voy a conseguir algo, ya me lo tengo bien conversado a un coronel. Encendía otro rubio, pegaba un trago de whisky, suspiraba y yo pensaba que se estaban repartiendo todos los cargos, primero los vacantes en la ciudad y luego los de las ciudades y pueblos más cercanos de la provincia y que para nosotros, ni las migas, y que encima se vaciaba media botella cada vez que venía de visita. Se lo comentaba al Negro y se chivaba, no seas boludo, vos, después vamos a comprar cajas de importado, hay que estar listos, esta gente precisa cuadros administrativos, en cualquier momento nos llaman. Yo le insistía para que el tío nos diera el teléfono del coronel, para conversarlo directamente, pero sin éxito, mientras las hojas del almanaque gordo y acartonado del Banco Provincia iban a parar al cesto de la basura y nos seguían cayendo casos de mierda, litigios de propiedades de tierra en el culo de la provincia o comerciantes corruptos o fábricas que no habían pagado la coima al inspector y se encontraban con denuncias de no respeto de las condiciones sanitarias y entre todo eso llegaba la señora de la limpieza que vaciaba con parsimonia los tachos con nuestros análisis de las carreras, abría las ventanas para ventilar el olor a <em>Jockey Club</em> del Negro, lustraba la placa dorada de la puerta, iba a la cocina a cebar mate y se quejaba de las várices que le hacían la vida imposible. Y justo entonces nos hablaba la madre del Beto Bertini. El Negro me hizo señas para que agarrara el tubo y dije hola con mi mejor voz y me respondió un chisporroteo, una garganta con mucho tabaco o mucho dolor, ¿doctor?, ¿se acuerda?, ¿usted venía a estudiar con Alberto?, chisporroteaba la línea y yo me acordaba muy bien de todo eso, del café con leche en el jardín y de las tostadas con dulce de leche y señora, le dije, puede tutearme, por favor, con Alberto íbamos a jugar al fútbol, las rodillas lastimadas y las botellas de gaseosa después de los partidos, su casa quedaba cerca del Colegio Nacional y qué gusto sentarnos en el pasto a reírnos, ver como Manolo escondía un cigarrillo encendido entre los ligustros cada vez que la mamá asomaba la cabeza para saber si precisan algo, chicos, y después Manuco le soltaba te vas a reventar los pulmones, animal, y le pedía una pitada. Y si ahora hablaba era por un caso, por algo urgente, ¿podemos vernos hoy mismo?, es por un trabajo para vos, voy a ir con un muchacho amigo, del diario. Te decían &#8220;el diario&#8221; y vos sabías que era <em>El Día</em>, el periódico de la fundación. El periodista era un tal Eduardo Navajas, que conocía de nombre porque, por las mañanas, cuando encendía la radio en el despacho -yo llegaba siempre primero, con la esperanza de encontrarme con un cliente madrugador -, oía su voz en el informativo de las nueve. Esta misma mañana había repetido, casi textualmente, una nota que publicó en el diario. Con tanta lluvia, colmo de males, el río había crecido y media Punta Lara estaba inundada. &#8220;Cunde la alarma. Cientos de evacuados&#8221;, habían titulado en primera plana. No sé por qué me imaginé a Navajas en un Citroën verde limón, yendo hacia la costa para preparar la nota, envuelto en el ronroneo del motor, con la cara cerca del parabrisas y los anteojos como culo de botella achicándole los ojos. Seguramente de chico había sido muy miope y le daba vergüenza usar anteojos, después le dolía la cabeza y los compañeros de la escuela le gritaban dale, cuatro ojos&#8230; Antes de entrar al bar, bajo la lluvia, una lluvia lenta y pesada que entristecía la tarde, me ajusté la corbata y me aplasté las sienes engominadas. El Negro siempre me cargaba por ese tic, parece que fueras a pedir matrimonio, che. Ahí me encontré con que Navajas no usaba anteojos, llevaba el pelo largo y una barba de tres días que le daba una sombra azul al rostro y que destacaba la profundidad de unos ojos hechos para hablar con cierto fanatismo. Había colgado una cartera de cuero gastado en el respaldo de la silla y yo me crucé de piernas frente a él, seguro en mi traje azul y los zapatos, como siempre, muy brillantes. Me gustaba hablar con las piernas cruzadas, que me escucharan, pero el saludo de la madre de Alberto al entrar me sorprendió, la gente no nos miraba, pero yo sentía que paraban las orejas, atentos, la vieja me había abrazado, querido, tanto tiempo, tanto tiempo, qué alegría, qué bien se te ve, me dijo con su aliento a tabaco, acompañando las palabras con un ademán elegante, con una clase que no podían desmentir las ojeras violáceas y el cansancio de los movimientos. Más allá de la vitrina del bar, la lluvia no era ingrata, se hacía más bien torpe, ciega, con mala leche. Se pegoteaba al aire pesado y se quedaba ahí, observándonos. Me acordé de una de las historias boludas que inventaba Alberto, un día se le ocurrió que podía guardar una gota de lluvia en el bolsillo y plantarla en el fondo de su casa. Iba a salir un arbolito lleno de lágrimas, decía que se iba a poner abajo las noches de calor, con la boca abierta, para refrescar la tristeza&#8230; Manuco le decía calláte, pará con esas pavadas, y le pedía un rubio a Manolo. Estás al tanto por Alberto, ¿no?, me despertó la mamá. Le contesté que no, medio confuso, y me contó que lo habían secuestrado los parapoliciales hacía tres meses. Se habían llevado también al padre, a la hermana y al cuñado. No se sabía nada y a mí como que me entró miedo, sentía un frío azul que se me derramaba en el pecho, afuera sonó una sirena y los coches se echaron a ambos lados, hacia el cordón de las veredas, para franquear un paso en el medio de la calle 50. Un patrullero cruzó a mil, las armas colgando de las ventanillas, el faro rezongando destellos como puñetazos violáceos contra los edificios. La gente levantaba la vista como viendo llover, en las entradas de las galerías, los adolescentes hablaban a los gritos y se empujaban. Pero cuando caía la noche -y con el cielo cubierto no había transición: la oscuridad se desmoronaba, achicharrada y ronca -, la ciudad se vaciaba con el cubrefuego. Entonces sólo se oían las sirenas, los ladridos de los perros, algunos tiroteos. Pasó hace tres meses, volvió a decir la señora, la madre del que había sido mi mejor amigo, y anoche se llevaron a una de las madres de los desaparecidos. Se armó un silencio duro, crocante, y yo miré hacia la lluvia y Navajas dijo de repente, desconcertante, que ni te imaginás cómo está Punta Lara, con agua hasta la cintura y entre tanto los patrulleros que seguían pasando y por ahí hasta vimos un camión del ejército que se iría para un operativo del que al día siguiente no saldría nada en la prensa. Fue Navajas el que lo dijo, porque yo con eso no me meto, de esto, no sale ni minga mañana. La mamá de Alberto asintió y habló de los tiempos bravos y de las madres que manifestaban y Navajas leyó mi cara de desconcierto y la interrumpió para preguntarme si estaba al tanto. Yo ni idea, y el periodista me explicó que el movimiento había empezado en Buenos Aires, y que luego se extendió a Rosario, a Córdoba, a Paraná, a La Plata, las madres de los desaparecidos se reunían todos los jueves a las doce, con un pañuelo blanco y giraban en silencio alrededor de la plaza de la casa de gobierno, vueltas y vueltas, durante una hora, sin decir nada, ni una palabra, ni un grito, nada, y yo pensaba, pucha, desde que alquilamos el despacho, a unos metros de la casa de gobierno y ni nos enteramos, y por ahí solté, por decir algo, pobre Alberto, señora, no sabía nada. Hablé y me quedé huérfano en medio de la sala, como si se hubieran interrumpido las voces mientras la gente seguía gesticulando, el mozo pasaba con los pocillos de café y las teteras y las <em>Cocas</em>, voceaba los pedidos, y la madre no te preocupes, querido, no es nada, y me acarició el antebrazo. La vieja de Alberto seguía removiendo cielo y tierra desde el secuestro y entre trámite y trámite se había conectado con otros familiares. La gente se reúne, se organiza, es la resistencia, concluyó Navajas. ¿Y yo en todo esto? Precisaban un abogado para que las asesorara, consejos jurídicos, presentar <em>habeas corpus</em> para la señora que habían secuestrado. Me crucé y descrucé de piernas y adelanté la cara, me temblaba el estómago y se me ocurrió pedir un café para cambiar de tema, que no se notara, por Dios, que no se me notara la emoción. Esta noche nos reunimos, querido, van a venir dos monjas de la capital que cooperan con las madres de Buenos Aires, me dijo la mamá de Alberto, mi querido amigo, casi como el hermano que no tuve, las noches estudiando y mirando el cielo, fumando con los codos en la ventana, y los exámenes de diciembre, y las clases de inglés y de historia. La entrevista duró todavía unos minutos y salí con la dirección de la reunión bien guardada en un rincón de la memoria, la garganta reseca y ganas de llorar, pero en lugar de volver al despacho me levanté el cuello del piloto y caminé con las manos en los bolsillos bajo los techados de los negocios y me metí en la galería. En la cafetería pedí un whisky doble y encendí un <em>Dunhill</em>. Pegué dos sorbos rápidos, para calmar los saltos en el pecho y pedí el teléfono en la barra: pregunté por el suboficial y esperé un momento, cuando lo oí, enérgico, seco, le dije que quería una cita urgente con el coronel, que tenía un dato importantísimo sobre la subversión, algo gordo para esta misma noche, pero por teléfono no puedo decirle nada, entiéndame bien.<br />
Antes de salir me ajusté la corbata y me apreté las sienes engominadas. Por suerte había dejado de llover.</p>
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		<title>El Arte de la Minificción</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Aug 2008 22:16:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Delfín Beccar y Alejandro Gelaz, dos jóvenes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, están ganando cada vez más adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, Minificciones, en el que día a día van dando cuenta de las mejores muestras del género corto en la literatura [...]]]></description>
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<p class="MsoNormal">Delfín Beccar y Alejandro Gelaz, dos jóvenes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, están ganando cada vez más adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em>, en el que día a día van dando cuenta de las mejores muestras del género corto en la literatura universal. Desde su propio trabajo hasta el celebérrimo &#8220;Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí&#8221; de Monterroso, reputado como el relato más breve de la lengua castellana. Cuatro palabras más conciso, aunque no por eso más bello, del que a continuación reseñaremos de Borges. Junto a ese relámpago Borgiano tenemos microtextos de Bioy, Huidobro, Cocteau, otro de Monterroso, uno muy famoso de Chuang-Tzu y, para terminar, una pequeña joya de mi paisano Arreola.</p>
<p>Cada cuento viene acompañado de una bella ilustración alusiva al tema o al autor. Al permitirnos el uso de las <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em>, Delfín y Alejandro tuvieron la amabilidad de enviarnos las imágenes correspondientes con lo que los lectores de <em>Los Convidados</em> tendrán una idea más cabal de su trabajo.<span id="more-60"></span></p>
<p>Con la idea de compartir lectura y escritura, <em><a onclick="window.open('http://minificciones.com.ar/','','');return false;" href="http://minificciones.com.ar/">Minificciones</a></em> proponen otras áreas del blog en las que pueden participar sus visitantes, ya sea con escritos propios o, incluso, archivos audiovisuales. Están inaugurando, además, un concurso de microrelatos al mes. El ganador podrá ver su texto publicado en el blog, con su nombre completo y la ilustración adecuada, al lado de los consagrados.</p>
<p>Quiero felicitar a Delfín y Alejandro por este esfuerzo común. Es un honor tenerlos esta semana entre <em>Los Convidados</em>. Les deseamos suerte en el blog, en el concurso de minicuentos, y en su incipiente vida de escritores. Comienzo con un par de muestras de su propio quehacer literario para que ustedes vean también lo que, en este ámbito, ambos son capaces de hacer.</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/delfin.jpg?t=1219361346" alt="delfin.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>LABERINTO</p>
<p>La mujer lo mira agonizar. Él, sumido en una espantoso sueño, recorre los largos  pasillos de una oscura mazmorra. Detrás de cada puerta aparecen distintos escenarios,  una cadena de círculos infernales. Sin un Virgilio que lo guíe por ese submundo corre desesperado buscando una salida. A lo lejos, en medio de la bruma, puede ver como la única luz que existe se apaga.  Ella vierte amargas lágrimas&#8230; su marido acaba de expirar.  Él, a oscuras intenta buscar la salida de aquella prisión.</p>
<p>Delfín Beccar Varela</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Alejandro.jpg?t=1219361431" alt="Alejandro.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>REVERBERA EL RUEDO</p>
<p>El sol de la tarde templa la arena, el clavel, el mantón, el tendido.</p>
<p>Sentada, observa la ceremonia en el ruedo. El cortejo comienza la dupla; los pases abanican, el lomo restriega y ensangrienta lo viril al maestro. Ella mimetiza el baile del animal en su cuerpo. El clavel vibra ahora entre los pechos y el mantón se desliza por sus muslos. La lozana comulga con el frote, la sangre y la espada que penetra e inunda el laberinto.</p>
<p>La muerte grande que ronda; y la pequeña, que aflora tensándole la cara y el bajo vientre.</p>
<p>Alejandro Gelaz</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/bioy.jpg?t=1219361489" alt="bioy.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                           LA SALVACIÓN</p>
<p>Esta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. &#8220;¿Cómo un ser tan ínfimo&#8221; sin duda estaba pensando el tirano &#8220;es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?&#8221;. Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. &#8220;Por humildes que sean&#8221; dijo indicando al pájaro &#8220;hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros&#8221;.</p>
<p>Adolfo Bioy Casares</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/borges.jpg?t=1219361589" alt="borges.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>BORGIANA</p>
<p>¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga? </p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/huidobro.jpg?t=1219361690" alt="huidobro.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>TRAGEDIA</p>
<p>María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.</p>
<p>Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.</p>
<p>Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.</p>
<p>Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.</p>
<p>¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?</p>
<p>Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.</p>
<p>Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.</p>
<p>Vicente Huidobro</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cocteau.jpg?t=1219361754" alt="cocteau.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                     EL GESTO DE LA MUERTE</p>
<p>Un joven jardinero persa dice a su príncipe: -¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan. El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta: -Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza? -No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.</p>
<p>Jean Cocteau</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chuang.jpg?t=1219361818" alt="chuang.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                         EL SUEÑO DE LA MARIPOSA</p>
<p>Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.</p>
<p>Chuang Tzu</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/monterroso2.jpg?t=1219361915" alt="monterroso2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>                                                         LA TORTUGA Y AQUILES</p>
<p>Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta.  En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.  En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles. </p>
<p>Augusto Monterroso</p>
<p> </p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/arreola.jpg?t=1219361964" alt="arreola.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>ARMISTICIO</p>
<p>Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala invitándonos a entrar. Se alquila paraíso en ruinas.</p>
<p>Juan José Arreola</p>
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		<title>La Vida Onírica de Mempo Giardinelli</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jun 2008 00:16:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[José Emilio Pacheco]]></category>
		<category><![CDATA[Mempo Giardinelli]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>

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		<description><![CDATA[Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947) vivió ocho años de exilio en México a finales de los setentas y principios de los ochentas, durante la dictadura militar que por esas fechas tiranizó a su país. Yo no lo conocí en esa época. Nos encontramos por primera vez en la feria del libro de Frankfurt, allá por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947) vivió ocho años de exilio en México a finales de los setentas y principios de los ochentas, durante la dictadura militar que por esas fechas tiranizó a su país. Yo no lo conocí en esa época. Nos encontramos por primera vez en la feria del libro de Frankfurt, allá por el 92, pocos meses antes de que se le concediera el premio Rómulo Gallegos 1993 por <span style="font-style:italic;">El Santo Oficio de la Memoria</span>.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWxZiUiG_I/AAAAAAAAAZE/OYWoGkCejpk/s1600-h/Foto+Mempo+1.jpg" rel="lightbox[37]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212267196018990066" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWxZiUiG_I/AAAAAAAAAZE/OYWoGkCejpk/s400/Foto+Mempo+1.jpg" border="0" alt="" /></a> Nos vimos otra vez en Buenos Aires poco tiempo después y desde entonces nos frecuentamos en esa multitud de lugares en donde nos hace coincidir la vida y nuestro a ratos errabundo quehacer literario. Nos hicimos amigos desde el primer día y lo seguimos siendo hasta ahora. Ese entrañable compinchinato, si se puede llamar así, nos ha llevado a integrar una pareja casi imbatible al dominó como han podido bien constatar muchas veces los colegas que se nos han enfrentado. En el billar la cosa no son tan claras pero vamos mejorando.</p>
<p><span id="more-37"></span><br />
Lo que sí es muy claro es que Mempo posee una voz única dentro de la moderna literatura Argentina. Sus artículos y ensayos pueden leerse en diarios y revistas de todo el mundo, y sus cuentos y novelas están traducidos a más de una docena de idiomas. Dueño de una prosa señera, precisa, plena de emociones y matices, la claridad, la profundidad y el humor, convierten cada texto suyo en una experiencia memorable. Como muestra, dejemos que él mismo nos hable de su último libro y luego leamos algunos fragmentos del mismo. El tema: los sueños.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFeSvV7kA6I/AAAAAAAAAZ0/60p2I3qfqNo/s1600-h/Pool+2.jpg" rel="lightbox[37]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"></a><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212796435743114146" style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFeSvV7kA6I/AAAAAAAAAZ0/60p2I3qfqNo/s400/Pool+2.jpg" border="0" alt="" /><br />
Preliminar</p>
<p>Partiendo de la observación de Joseph Addison de que el alma humana cuando sueña es a la vez el teatro, los actores y el auditorio, y con su oportuno añadido de que es también el autor de la fábula que está viendo, Jorge Luis Borges desarrolló en un prólogo memorable su deliciosa teoría de los sueños.<br />
De ahí que, con el mayor respeto hacia el maestro, yo confieso y delato ad límine el atrevimiento que es esta colección.<br />
Pero de inmediato reclamo no sólo un derecho literario sino también la indulgencia de los lectores y lectoras que se asomen a estos ejercicios, provenientes todos de una intensa, proficua actividad onírica, favorecida, conjeturo, por la fertilidad tropical de las siestas en el Chaco y en Corrientes.<br />
Escribo este libro desde hace más de treinta años: los sueños que aquí transcribo se acumularon en mi taller de costuras literarias. Acaso esa práctica me autorice a establecer que los sueños son la principal fuente de la literatura. No la única —y todas las bibliotecas del mundo lo prueban— pero sí es la veta más rica, original e independiente para la creación literaria. La literatura es inconcebible sin los sueños. La escritura en la vigilia responde a todo tipo de estímulos, pero ninguno más vigoroso que las fábulas que soñamos.<br />
La ingeniería aparentemente inútil que es construir algo que no es para que sea; construirlo desde la pura ilusión que fue durante algún instante imprecisable, y levantar el leve edificio con la única finalidad, acaso, y solamente, de que provoque una emoción, convoque una nostalgia o despierte identificaciones mediante la invención de un mundo ficcional, me parece, si no loable, al menos indigno de condena. Y si por tales propósitos y cualidades este arte se asemeja a la poesía, enhorabuena.<br />
Dos puntualizaciones finales: una es que quisiera que este libro sea leído como lo que simplemente es: una colección de artefactos literarios que salieron indemnes de las brutalidades de la realidad en la que este redactor ha vivido. La otra, confesar que el orden de estos textos no es tal, ni el índice una propuesta de lectura. Prefiero y sugiero que cada quien lea este libro como le venga en gana, abriéndolo al azar en cualquier página, cerrándolo de igual modo, sin orden ni lógica. Como sucede con los sueños.</p>
<p>MG. Buenos Aires, México, Paso de la Patria, Resistencia, 1980-2008.</p>
<p>Tartamudeo</p>
<p>Sueño que me he vuelto tartamudo. Pero grave. Intento explicarle a alguien que acaso eso se relaciona con que mi hija sufrió un accidente y, mientras se reponía, tartamudeó durante un largo tiempo. En las brumas del sueño el pediatra, quizás la fonoaudióloga, procuran tranquilizarme. Yo desespero por explicarles que la dislalia que padezco es la peor: es la<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWxyg875_I/AAAAAAAAAZM/fKAT-v4x_L0/s1600-h/Mempo+1.jpg" rel="lightbox[37]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212267625148311538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWxyg875_I/AAAAAAAAAZM/fKAT-v4x_L0/s400/Mempo+1.jpg" border="0" alt="" /></a> intermitencia escritural que tanto puede dañar a un escritor. Pienso, y quiero decirlo bien pero no lo consigo, en algo así como ese tartamudeo del lenguaje argentino que dice Piglia que descubrió en el <span style="font-style:italic;">Diario argentino</span> de Gombrowicz, acerca de Macedonio, y que lo llena, dice Piglia que dice Gombrowicz, “de una extraña exaltación”.<br />
Mi tartamudeo consiste en una especie de fraseo interno de las palabras que no pronuncio. Las pienso como con un golpeteo rítmico, una acentuación seriada, algo así, no recuerdo cómo lo dice Piglia en Formas breves, que obviamente estoy citando de memoria, pero lo dice más o menos así, seguro que lo dice, o lo escribe, ya sabemos que en los sueños todo se exagera.<br />
Ese fraseo es una cadencia, una serie interna. A veces damos rodeos hasta encontrar la palabra justa, la que define todo de un saque, aunque para ello hemos dado mil vueltas buscándola.<br />
—Así es esto del lenguaje argentino, ché, tómese algo —me dice una voz que reconozco, y cuando giro veo que es un personaje el que habla: La Maga o Renzi, o Tomatis, quién sabe, o el cónsul de Soriano. Quien sea, alza una copa para brindar en el aire, en la oscuridad brumosa, y me dice salú y me pasa un vaso grandote. Me sorprende el sonido de los pedazos de hielo cayendo en el whisky, es un sonido intenso, como de campanas de catedral cuyo tan-tan me arranca del sueño.<br />
Despierto y el tartamudeo no es mío ni de nadie, persona o personaje: es el repique de las cánulas de madera de los carrillones del jardín. Está soplando un Norte fuerte y en cualquier momento se desata una tormenta.</p>
<p>Odiosa nostalgia de Moscú</p>
<p>Durante el viaje el dolor de cabeza es constante, y a ello contribuye un tipo que se llama Nikolai, contratado por la organización para mostrarme la belleza de un paisaje que yo mismo voy viendo y que, por cierto, conozco bien desde Tolstoi, Dostoievsky y Chejov, por lo menos.<br />
Estamos todavía en las afueras de Moscú, en un tren que nos lleva a San Petersburgo y yo empiezo a pensar cuál será el mejor modo de eliminar a Nikolai. Es la clase de persona que no para de hablar, subraya todo lo obvio e innecesario y se ríe cuando no corresponde, en fin, un plomazo al que maltraté ya un par de veces y pedí que mañana no se le ocurra aparecer antes del mediodía.<br />
El sueño no es gran cosa, quizás porque es otoño todavía y aún no hay nieve. Tampoco damas con perritos, jugadores compulsivos ni sirvientas atontadas, de manera que el sueño deriva lenta, pavorosamente hacia una mediocridad argumental que me avergüenza.<br />
Lo peor es que, al despertarme, siento una odiosa nostalgia de Rusia, país que sin embargo jamás he visitado.</p>
<p>El sueño angustioso de Canetti</p>
<p>Era un caballo magnífico que pasaba por el medio de la calle. Sin montura, salvaje y desenfrenado, impactaba su trote marcial, brioso, todo energía y poder. En el sueño el escritor lo miraba, fascinado y perplejo, desde su ventana. Lo evaluaba con preocupación, porque era una fuerza desbocada, en apariencia incontenible, una especie de loca marea de músculos y aceros que salpicaba de chispas el pavimento, que después de la lluvia brillaba como inundado de minúsculas estrellas. La preocupación que sentía estaba relacionada con la idea de la devastación que toda fuerza desbordada implica. Ese caballo desatado y sin destino, esas chispas, ese fuego interno, intenso, calcinante, no autorizaban la ironía ni alentaban intentos poéticos. Lo que se desplazaba ante sus ojos, capaz incluso de una belleza fría, metálica, era esa fuerza que llamamos bruta, siempre fascinante pero ominosa y letal.<br />
Aquella mañana de 1939 Elías Canetti se despertó con la boca seca y una odiosa ansiedad que le inundaba el alma. Un rato después, cuando lo llamaron para avisarle que los tanques alemanes habían cruzado la frontera polaca, hizo lo único que podía hacer para intentar el imposible sosiego de esa angustia perfecta que sentía: se puso a escribir.</p>
<p>Aurora en el D.F.</p>
<p>En este sueño se me aparece Carlitos Sosa y me dice: &#8220;che, pibe, esa mina no te conviene&#8221;. Lo dice mientras Aurora anda por ahí, envuelta en un tapado de piel blanco. Cuando ella se acerca a mí, la figura de Carlitos se esfuma por un instante y luego reaparece, como si viniera caminando desde muy lejos, desde el fondo de algo profundo, y entonces es Aurora la que se esfuma.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWyGK0sYgI/AAAAAAAAAZU/g_8ti--EoF0/s1600-h/mempo+2.jpg" rel="lightbox[37]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212267962805543426" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWyGK0sYgI/AAAAAAAAAZU/g_8ti--EoF0/s400/mempo+2.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
También se escucha una risa y es la risa de Francini, Enrique Mario Francini, y se oye una guitarra, que para mí es la guitarra de Betinotti, pero ejecutando un allegro de Haendel en vez de una milonga. Entonces vuelve Aurora y se va Carlitos, y después vuelve y se va ella, y así, como en un juego de sustituciones, hasta que empiezo a desesperarme y me largo a manotear el aire como para retenerlos a los dos, que parece que discuten pero enseguida se van y me dejan solo.<br />
Aunque sé que es un sueño, me largo a llorar y todo se torna amarillo, resplandeciente como si el sol estuviese a tres metros de altura, enceguecedor. Y del que de repente emerge una pareja bailando un tango, pero es un tango sólo por la coreografía porque la música que se escucha sigue siendo el allegro de Haendel.<br />
Yo los llamo —¡Aurora!, ¡Carlitos!— pero no me oyen y el amarillo se diluye como en un fundido cinematográfico, y entonces la veo a ella envuelta en una túnica incolora, acaso blanca, transparente. Se silencia la música, el escenario se transforma en la avenida Patriotismo, de México Distrito Federal y yo ando por ahí montado en una vaca, galopando. A los costados no hay ni gente ni edificios, sólo trigales y un lago en el que bebemos la vaca y yo y algunos poetas que andan por ahí. Distingo a Chumacero, a Pellicer, a Marco Antonio Campos. Y a Octavio Paz perorando quién sabe para quién. Cuando vuelvo mis ojos a la vaca ya no hay vaca sino que ahí está Aurora, y entendeme, le digo, no lo tomes a mal, y ella sonríe con su belleza serena intacta a pesar de la casi segura muerte, y empezamos un juego erótico, un manoseo más sugerido que concreto que me asombra porque Aurora tiene cuatro tetas, y aunque soy consciente de que se trata de un sueño, lo grotesco de la escena me resulta chocante. Aurora me habla ahora con voz imperativa, que lo cuestiona todo y hasta duda del sueño y me propone una realidad metafísica. Entonces, repentinamente, me levanto de sobre la vaca, que para mí es Aurora, porque irrumpe en el sueño un fauno con cara de bruja de gárgola y colita de elefante, para matarme con un enorme cuchillo porque, me acusa, yo no sé un carajo de la concepción de la estética de Hegel, y lo menos grosero que profiere es que yo soy un hijo de la grandísima puta.<br />
En ese momento se encienden miles de reflectores, todos los vatios del mundo, y el mundo vuelve a ser amarillo, de una amarillez que encandila primero, y luego enceguece, hasta que el escenario muta nuevamente para transformarse en un horizonte interminable, infinito, desprovisto de objetos, mobiliarios, distractores, y en el que no existe otro personaje que vos, Aurora, le digo a Aurora, y apenas sopla una brisa que en silencio mece la cabellera y también, muy suavemente, la túnica de Aurora.¬<br />
Entonces me acerco a ella, la abrazo y, justo cuando me parece que vamos a copular amorosamente, me despierto.<br />
Siento una sostenida taquicardia mientras abro los ojos, sofocado como cuando me falta el aire. Los sueños siempre se interrumpen en lo mejor, digo en voz alta. Y añado para mí que lo que pasa es que siempre miro todo con los exclusivos criterios de la realidad: lo que existe, es. Lo que se sueña, lo que se fantasea, no puede ser.<br />
En el baño me seco la cara y miro en el espejo mi ceño fruncido y mi cara de loco. Me pregunto a quién le cuento todo esto.</p>
<p>La vez que Darwin pensó en suicidarse</p>
<p>Una noche de 1869 Charles Darwin soñó que toda la fuente del saber estaba en el catolicismo anglicano, y que la vida efectivamente había sido creada y no era producto de la evolución ni de la selección natural de las especies. Soñó que a medida que avanzaba en sus descubrimientos y perfeccionaba sus teorías, su positivismo exacerbaba el conflicto con su fe. Supo, en la penumbra onírica, que el horror que todo eso provocaba en su familia sólo desencadenaría infelicidad, acaso una tragedia. La pesadilla se hizo más horrenda cuando se vio a sí mismo comulgando en la Basílica de San Pedro, en Roma, de la mano del mismísimo Pío IX, ese Papa cuyo ministerio parecía interminable y que por esos días decretaba la infalibilidad pontificia. Sobrevolaba la escena, disfrazado de ángel, el Arzobispo de Canterbury, condenándolo.<br />
Hacia el final del sueño, Darwin consideraba la idea del suicidio. Pero, y así lo escribió posteriormente, al despertar advirtió que su mayordomo, originario de un lejano país del hemisferio sur, tenía una irrefutable cara de mono.</p>
<p>Cristo Redentor</p>
<p>Sueño con el Cristo Redentor de Río de Janeiro. Estoy arriba, en el Corcovado, y lo miro desde sus pies. Me impresiona la expresión apacible, engañosa, que tiene esa versión del rostro de Dios. Transmite una paz que nadie en esa ciudad parece sentir. Quizás por eso la enorme mole de cemento con los brazos abiertos parece decir algo así como “y qué quieren que haga con ustedes”.<br />
La paradoja, en el sueño, no se resuelve, se acentúa. El Cristo, que es Dios, de pronto da un paso, y luego otro, y otro, y desciende por la escarpada ladera, pisando la mata atlántica como Atila los campos de Francia, y destroza de un pisotón media favela Dona Marta, y en pocas zancadas cruza el Jardín Botánico, y el Hipódromo, y atraviesa la laguna y aplasta manzanas enteras, pisa automóviles, rompe todo como un King Kong enfurecido por las calles de Ipanema y de Leblón.<br />
A su paso produce embotellamientos, suicidios en masa (miles de personas se arrojan por los balcones de los edificios más altos) y hasta desata un maremoto cuando hunde sus pies en el mar. Todo tiembla en la tierra y en las aguas mientras el Cristo Redentor se sumerge lenta, inclaudicablemente en el océano, harto, exhausto, vencido, como si le importara un bledo que el mundo entero se quede de repente sin esperanza, sin explicaciones a lo inexplicable.</p>
<p>Sombras</p>
<p>Paso varias semanas en un hospital. Anestesiado o aburrido, sueños de toda calaña me invadieron como hormigas. No sabría clasificarlos, ni siquiera retengo un argumento completo. Pero ahí está, como en las sombras, esa mujer a la que le falta un brazo y se empeña en aplaudir a Carlos Fuentes en Chapultepec y entonces golpea su muñón con la mano sana; y está aquella otra, enorme, de espaldas de luchador grecorromano, que dice que las palabras son, muchas veces, como pasos en la nieve: dejan huellas, quedan marcas, pero antes de la primavera se borran; y está esa otra muchacha, la puertorriqueña bajita y algo bizca, que me habla con voz de tan incalculable melancolía que no consigo no llorar cuando la escucho; y está también la dama de Porto que sólo pronuncia lugares comunes, y está la otra, que conozco en La Serena, Chile, en febrero del 96 y que de una mirada descompone mi falsa serenidad.<br />
Con esta mujer, que era poeta, tuvimos sexo oral y escrito. Su recuerdo llega hasta mi lecho hospitalario con la inutilidad de los versos de Pessoa: “Mis sueños son un refugio estúpido, como un paraguas contra un rayo”.<br />
En las noches de hospital las sombras son sólo sombras de otras sombras.</p>
<p>El pretencioso Bonfanti, el Rey y orinar en Sevilla</p>
<p>En el sueño platico con José Emilio Pacheco en Sevilla, mientras orinamos suavemente contra una pared de la judería, en el Barrio de San Bartolomé. Con nosotros están dos poetas: Fernando Operé y otro de cuyo nombre no quiero acordarme y aquí llamaré Bonfanti. Es una madrugada caliente, hemos bebido como esponjas y no hay polis a la vista. Los cuatro alardeamos de las dudosas punterías de nuestros pises hasta que Bonfanti suelta que la primera vez que viajó a España, cuando el peso argentino nos permitía turismo barato, en Madrid se alojó una noche en el Hotel Ritz y después de la cena se encontró en el baño nada menos que con el Rey Juan Carlos. Con el estúpido orgullo de los ignorantes, cuenta que orinaron democráticamente uno al lado del otro, y que al terminar de sacudirse, a la par, no tuvo mejor idea que saludar a Su Majestad en nombre del pueblo argentino mientras se subía el cierre de la bragueta. Por supuesto no le creemos ni una palabra, y la discusión que sigue es perfectamente olvidable.<br />
Estoy de acuerdo en que éste es un sueño inútil, si no fuera que una noche de 1998 los mismos cuatro sí orinamos una pared en Sevilla, bajo un cartel pintado que rezaba: “Por favor no orinen aquí”. Por eso mismo lo hicimos, como cuatro viejos muchachos traviesos y al amparo de estos versos de Pacheco:<br />
<span style="font-style:italic;">Una gota de lluvia temblaba en la enredadera.<br />
Toda la noche estaba en esa humedad sombría<br />
que de repente<br />
iluminó la luna.<br />
</span></p>
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