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	<title>Los Convidados &#187; Antonio Sarabia</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los nietos de la Malinche</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Apr 2011 17:01:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya muchos años, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorrí las márgenes del río San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pasé bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descendí hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la península de la Gaspesia. Durante esas mágicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alejé una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cordón umbilical que me unía con México en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que leía y releía sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprendí casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que leí.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 225px; height: 347px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ellaberinto3.jpg?t=1301933924" alt="" />Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, diré que el autor me pareció un chingón. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los más célebres capítulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percibí a Octavio Paz como un chingón no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces sólo le había leído chingonerías. Es verdad que el mero chingón es, en cierto modo, el macho cabrío mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, más próximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiración, alguien con quien desearíamos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el chingón, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabrón cuya única forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al prójimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultaría un sondeo de opinión en el que se preguntara públicamente, así, con todas sus letras, quiénes de nuestros presidentes han sido unos chingones y quiénes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al país fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¿dónde estaría Cárdenas, dónde Salinas de Gortari?- sólo me resta asentar que la oficiosa historia de México registra a Juárez como un chingón y a Porfirio Díaz como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del capítulo citado, Paz hace una apología de Cuauhtémoc, el trágico héroe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. “El joven abuelo” era un chingón mientras que Cortés, al estárselo chingando, quemándole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 214px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cuahutemoc1-1.jpg?t=1301936403" alt="" />Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es <em>como</em> la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.</p>
<p>A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.</p>
<p>Estas disquisiciones sobre la acepción de una palabra que ha hecho fluir ríos de tinta en las letras mexicanas pueden parecer más bien frívolas pero de la aclaración de su justo significado, del cómo y el por qué se empezó a utilizar en México muchos años atrás, puede surgir también una concepción un tanto diferente del papel desempeñado por el sexo femenino durante la Conquista.</p>
<p>La percepción de la mujer indígena como un ser débil e indefenso, una encarnación de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Bretaña, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Católica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuestión estriba entonces en averiguar si las compañeras de los caballeros águilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coetáneas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si así fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¿qué tan válido es equiparar la fascinación y la seducción a la violación y, sobre todo, el hacerla funcionar nada más del hombre hacia la mujer sin mencionar que también se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar más de una batalla amorosa. Colón se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras recién descubiertas. Muchos de los marinos españoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a más no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espléndidas. Las Casas piensa que “podían ser miradas y loadas en España por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran” y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolomé en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.</p>
<p>Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro amó a la hermana de Atahualpa, doña Inés Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso Pérez Maite decidió santificar su unión con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quería como esposa, e igual sucedió con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Martínez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se unió a Doña María de Chacabuco.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 291px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche5.jpg?t=1301934302" alt="" />En lo que respecta al carácter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompañando a Francisco de Orellana en la infructuosa búsqueda del mítico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las márgenes de un río inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedará para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de indígenas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ahí mismo, a cualquier varón que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, valía por el de diez guerreros indios.</p>
<p>Más cerca de nosotros, acá en Tlatelolco, las mujeres también incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores españoles increpándolos con frases oprobiosas y diciéndoles: “¿Nomás estáis ahí parados?&#8230; ¿No os da vergüenza? ¡No habrá mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!&#8230;” Y llegado el momento ponen el ejemplo colocándose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremangándose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.</p>
<p>En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de México se puede percibir ese mismo espíritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonición: “Si tu marido fuere necio, sé tú discreta; si yerra en la administración de la hacienda, adviértele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, encárgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.”</p>
<p>No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista tenía algún rol destacado en la economía o la política del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padecían un destino harto común: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el maíz y tejiendo. “El panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece más bien sombrío, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro “La Femme au temps des Conquistadores”, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los españoles parece indicar que no es exagerado”.</p>
<p>Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusión entre los españoles y las indígenas, como si éstas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrecía la presencia de éstos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de García Merás, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.</p>
<p>Anayansi, la amante india de Vasco Núñez de Balboa, una mujer a quien sus contemporáneos no vacilan en calificar de bellísima, salva la vida del conquistador poniéndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentaría contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervención de alguna indígena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche3.jpg?t=1301934670" alt="" />La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es doña Marina, incontestable encarnación de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cortés y se convirtiera en cómplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles, pero entre más se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de víctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cortés comprendió pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfección el maya y el náhuatl. Ella había sido adjudicada en un principio a Hernández de Portocarrero pero Cortés se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confiándole una misión importantísima de la que jamás regresaría. Acto seguido se apropia de doña Marina introduciéndola en su intimidad y en su recámara. Ella se convierte en “su lengua” según la propia expresión de Cortés y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de México habría resultado imposible.</p>
<p>Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiración de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Creyéndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hipócritas frases diplomáticas que se escuchan a su alrededor. Más le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al oído, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participación. La matanza tendrá lugar esa misma noche o, a más tardar, al día siguiente. Doña Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cortés de la conjura.</p>
<p>No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se construían en los territorios conquistados. Negarlo sería como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cuántas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauhtémoc y sus capitanes demandan a Cortés la devolución de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, éste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. “Dioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal Díaz del Castillo en el capítulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan solícitos que las hallaron, y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían, y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya preñadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cortés expresamente mandó que las diesen”.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche4.jpg?t=1301934841" alt="" />Así, las más encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se alían con él, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sueños. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza cósmica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.</p>
<p>Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo indígena. No lo es. Tampoco se trata de un intento más en el inútil empeño emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta época de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende más a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violación sino de una entrega.</p>
<p>Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.</p>
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		<title>Noela Duarte, Ovejero y La Comedia Salvaje</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 16:39:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 165px; height: 250px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Noela-Duarte.jpg?t=1256227878" alt="Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabia" />El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de <em>Primeras Noticias de Noela Duarte</em> (<em>Dernieres nouvelles de Noela Duarte</em>, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, <em>La Comedia Salvaje</em>, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1117"></span><br />
</span></p>
<p style="text-align: center;">LA COMEDIA SALVAJE (fragmento)</p>
<p>Sólo entonces descubrieron que quizá el perro no había escapado por algo que hubiera hecho Benjamín. De no muy lejos, al parecer del zaguán, llegaba el sonido amortiguado de pasos, un rozar de ropas, comentarios hechos en voz muy baja, algún ruido metálico de hebillas o de armas.<br />
Desde luego, estaban armados: fueron asomando uno a uno hasta sumar cinco, con las caras pintadas de tizne y verde, ramas y hojarasca entretejidas en las redecillas que cubrían sus cascos y entremetidas en correajes, ojales y presillas, uniformes con incontables y abultados bolsillos, granadas bamboleándose en pechos, perneras y cinturas, fusiles apuntados hacia la pareja más boquiabierta que asustada. Se quedaron en el quicio de lo que una vez fue una puerta de doble hoja. De aspecto feroz pero de gesto reverente. El único movimiento durante un rato fue el de las pestañas. Cinco estatuas vegetales; las Ménades convertidas por Liceo en árboles, pero en macho.<br />
-¿Son los Reyes Magos? -preguntó Julia a Benjamín al oído.<br />
-Los Reyes Magos eran tres, uno de ellos negro.<br />
-Dos pueden ser pajes, Y como vienen pintados no se distingue bien el color.<br />
Los cinco se fueron adentrando a pasos breves, con tanta parsimonia que de verdad parecía que se iban a arrodillar y adorar a la pareja.<br />
-¡Qué mina más hermosa! -exclamó uno.<br />
-¿Por qué dice que esto es una mina? -susurró Julia.<br />
-Otro loco, como el perro.<br />
-O es ruso, porque habla raro.<br />
-¿Son de verdad? ¿Puedo tocar? -preguntó un segundo tiznado acercándose a palpar los cabellos de Julia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 228px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/retrato4.jpg?t=1256228280" alt="retrato4.jpg picture by antoniosarabia" />-Aguas; pueden estar armados -dijo un tercero.<br />
-¿Qué es eso de aguas? Hablá español. Además, qué van a estar armados. ¿Viste la cara de pelotudo de éste? ¿Y la cara de ángel de ella?<br />
-Como me siga manoseando le pego una cuchillada -volvió a susurrar Julia.<br />
-Somos amigos -respondió Benjamín.<br />
-Si fuesen enemigos no estarían tan juntos -respondió el cuarto soldado.<br />
-Perdonen a este boludo -dijo el primero-, es que es chileno.<br />
-Bueno, ¿pero quiénes son estos dos? -preguntó el único que llevaba bigote y que recordaba vagamente al daguerrotipo de un revolucionario.<br />
-Yo soy Benjamín, ella Julia.<br />
-Pues mucho gusto, mi cuate, pero si no me dices algo más te saco el mole a plomazos.<br />
-Estate tranquilo, que ellos lo están. Estos no son combatientes, son población civil. Vengan, siéntense todos -dijo el que parecía el comandante porque todos se dirigían a él y él a todos, aunque ninguno llevaba galones ni insignias de mando.<br />
Vistos de cerca, los recién llegados no parecían tan bien pertrechados como en el momento de su aparición. Los cascos eran de minero, forrados con redecillas de mujer. Los uniformes, monos de mecánico teñidos de verde. Y las caras pintadas, con los colores corridos por el sudor, daban más lástima que miedo. Se quitaron cascos y correajes y dejaron sus armas en el suelo.<br />
-Ustedes no son españoles -dijo Benjamín.<br />
-Mejor, porque son los españoles los que están requetejodiendo su país -dijo el que había tocado el pelo a Julia.<br />
-Somos el Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano -dijo el del bigote.<br />
-¿Ustedes solos?<br />
-¿Y para qué más? Yo soy argentino -dijo el que había hablado en primer lugar-. Aunque ellos no.<br />
-Yo soy mexicano.<br />
-Yo chileno.<br />
-Yo colombiano.<br />
El quinto no hizo intención de abrir al boca. Se estaba quitando las botas sin prestar atención a la conversación. El argentino le dio una palmada en la espalda.<br />
-¡Che, nos estamos presentando! Perdónenlo. Es mudo. Y paraguayo. Las desgracias nunca vienen solas -aclaró el argentino.<br />
-¿Y puede un mudo ir a la guerra? -se asombró Julia.<br />
-Si fuera sordo o ciego, no, pero a quién le molesta que sea mudo -explicó el chileno.<br />
-Además -dijo el argentino-, ¿a quién le importa lo que diga un paraguayo? Ser paraguayo es como ser belga. Los belgas participaron en la Gran Guerra, ¿y se enteró alguien? Un paraguayo mudo es una tautología, porque aunque no lo esté nadie lo escucha.<br />
-¿Y qué hacen en esta guerra? -preguntó Julia.<br />
Todos interrumpieron un momento lo que estaban haciendo porque a sus espaldas había sonado un ruido.<br />
-Ése debe de ser el cubano. Se nos perdió hace un rato. Se pierde tres veces por día -explicó el argentino.<br />
Al cabo de unos momentos entró en la habitación otro hombre, con uniforme similar al de sus compañeros, negro sin necesidad de pinturas, que llegaba arrastrando un fusil por la correa.<br />
-¿Dónde ustedes se habían metido? Coño, media hora los llevo buscando -Y se dejó caer derrotado contra un trozo de colchón. Entonces descubrió a Julia y Benjamín;  consultó a sus compañeros con la mirada.<br />
-Dos gachupines -dijo el mexicano.<br />
-Dos gallegos -explicó el argentino.<br />
-Yo soy vasco.<br />
-Por eso es que sos gallego.<br />
-Les preguntaba qué hacen en esta guerra.<br />
El paraguayo echó unos trozos de madera al fuego y se puso a soplar para avivarlo. Los demás intercambiaron miradas como quienes comparten un secreto que no se deciden a revelar. Fue el mexicano quien tomó la palabra:<br />
-Yo recién estuve en París. No chinguen, eso sí que es una capital. Y Londres, híjole, Londres es de poca madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/portadacomedia3-5.jpg?t=1256228470" alt="portadacomedia3-5.jpg picture by antoniosarabia" />Los seis hispanoamericanos se volvieron hacia Julia y Benjamín; parecían querer descubrir en ellos el efecto de esas palabras, pero ambos estaban esperando la continuación de la historia.<br />
-Las culturas indígenas -dijo el colombiano- también estaban en decadencia cuando llegaron los conquistadores.<br />
-Un puñao de gallegos muertos de hambre -dijo el cubano.<br />
-Les voy a decir la verdad, yo me embarqué en Buenos Aires porque quería ayudar a los republicanos; en el barco me encontré con todos éstos, y bueno, las noches a bordo son largas, uno bebe, habla pavadas.<br />
-Bueno, el que hablaba era él, ya saben cómo son los argentinos -dijo el chileno.<br />
-No seás boludo, ahí hablábamos todos menos el paraguayo. Discutimos si lo que realmente necesita este país es que triunfe la República. Claro, ya sé lo que me van a decir, mejor la República que los fascistas, eso es verdad, pero ya digo, no teníamos nada que hacer, y nos pusimos a discutir si no había otras posibilidades, nada mejor para resolver el conflicto, que no es nuevo, che, que lo llevan arrastrando más de un siglo.<br />
-Y llegamos a la conclusión -dijo el mexicano que llevaba rato queriendo meter baza- de que a España se la está llevando la chingada. Miren París, miren Londres, y comparen con Madrid o Barcelona. Acá hay que hacer algo, pero algo radical, no es nada más que ganen unos u otros. Hay que ir más lejos.<br />
-Otros que quieren salvar a España. ¿Por qué todo el mundo quiere salvar a España?<br />
-No, señorita -dijo el colombiano-, no hemos venido a salvarla, sino a conquistarla.<br />
-Eso es lo que les estaba platicando -dijo el mexicano-. Que vinimos a conquistar España.<br />
-Vosotros seis solos -dijo Benjamín.<br />
-¿Y cuántos eran los conquistadores cuando cruzaron el Atlántico? Comparada con América, España es una cancha de fútbol- dijo el colombiano.<br />
-Yo seré el presidente provisorio. Hasta que redactemos una constitución -dijo el argentino.<br />
-Nos aprovecharemos de las luchas internas; ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien.<br />
-Modernizaremos el país, igual que hicieron los españoles allá. Porque está que se cae de viejo, basta verles las caras. Miren a sus políticos, que parecen conservados en naftalina.<br />
-Ahora ya está todo dicho. Hemos quemado las naves.<br />
-Los seis de la fama, somos.<br />
-Órale, y vamos a crear un nuevo imperio. ¿Cómo la ven?<br />
Se habían puesto a hablar tan deprisa, sin esperar siquiera que el anterior hubiera terminado la frase, que parecía que habían ensayado aquel discurso coral para aturdirlos, y tanto lo consiguieron que Julia y Benjamín casi ni sabían quién decía qué, esforzándose en digerir cada nuevo mensaje, en asimilar esa decadencia y ese retraso del que hablaban los libertadores, incapaces de insistir en sus objeciones o dudas. Sólo después de esa última pregunta se quedaron los recién llegados un momento en silencio, esperando la respuesta, sus miradas oscilando de Benjamín a Julia.<br />
-Pero no es lo mismo. España es un país civilizado -dijo Benjamín-. Un país civilizado no se conquista así como así.<br />
Todos sacudieron la cabeza simultáneamente. Parecían haber dado por descontado que escucharían una respuesta equivocada.<br />
-Tierra de indios.<br />
-Las catedrales son sus pirámides; allí hacen sacrificios y hablan con los dioses, pero se los está comiendo la jungla.<br />
-¿Ya fueron por los pueblos de acá? Jíbaros y lacandones. Les falta no más el taparrabos.<br />
-Civilizados, dice. Y duermen con las ovejas y los chanchos.<br />
-Y se los comen los piojos.<br />
-Se creen que no hay selva porque no ven los árboles, pero es lo mismo. Este país es una selva en barbecho.<br />
-Idólatras que sacan al santo en procesión para que llueva.<br />
-Y se sangran a fuetazos porque creen que eso es lo que le gusta a su dios.<br />
-Civilizados, pero están a los tiros desde hace más de cien años.<br />
-Puros pendejos, no se matan más porque son bien güeyes; si supiesen hacerlo mejor ya no quedaría ni uno vivo.<br />
-Este país lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia delante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo.<br />
-Y ésos somos nosotros. Vinimos a sacarlos del atraso.<br />
-Dentro de poco en los pueblos nos recibirán con reverencias.<br />
-Nos traerán los frutos de la tierra para agasajarnos.<br />
-Nos ofrecerán a sus hijas para que las desfloremos.<br />
-Bien hermosas son las minas de acá, eso hay que reconocerlo.<br />
-Nos saludarán como a libertadores, porque eso es lo que somos, libertadores, igualito que Bolívar. Vamos a conseguir la independencia de este país.<br />
Por fin pudo intervenir Benjamín en el magnífico coro de las empresas futuras.<br />
-¡Pero España ya es independiente!<br />
Los latinoamericanos sonrieron condescendientes. El argentino puso en el hombro de Benjamín una mano paternal. Su voz sonó cargada de comprensión, apaciguadora, lenitiva.<br />
-¿Cómo va a ser independiente si lleva siglos ocupada por los españoles? Está igual que estábamos nosotros hace poco más de un siglo.<br />
-No entiendo&#8230;<br />
-Claro, pibe, a nosotros también nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que llevábamos el yugo al cuello. Porque cuando nacés en un país oprimido te parece que la vida es así y tiene que ser así, pero un día te levantás y te preguntás ¿pero por qué tengo que aguantar yo esta mierda? ¿Por qué no echo al mar a estos chupasangres?<br />
-Y si conseguimos expulsarlos de toda América también podremos echarlos de España.<br />
-Imaginate, qué gran país sería éste si lo liberamos de los españoles. Mirá Argentina cómo se puso a crecer en cuanto se fueron. Aquello era pasto y pura indiada y fijate ahora, un país moderno, que progresa, que cambia. ¿Me explico?<br />
-Nnnn, nnnn, nnnn.<br />
-A ver, que el paraguayo quiere decir algo.<br />
-Bueno, ya lo dirá mañana, que se nos está haciendo tarde y tenemos por delante un trayecto muy largo. Acuérdense de que este fin de semana nos toca conquistar Cuenca -dijo el argentino-. A ver, el turno de guardias: paraguayo, vos las dos primeras horas; las dos siguientes el cubano; luego voy yo; las últimas para vos, chileno. El mexicano y el colombiano hoy se salvan.<br />
Aunque todos habían ido poniendo mala cara según les anunciaba su turno, nadie rechistó. Mientras los demás se acomodaban para dormir, el argentino sacó un mapa y se puso a examinarlo a la luz ya mortecina de la lumbre. La pintura seguía derritiéndose sobre su cara y dibujaba también allí un mapa, éste de un territorio imaginario, del imperio informe de sus sueños.<br />
A Benjamín se le cerraron enseguida los ojos; cuando los volvió a abrir escuchó un sonido que enseguida le transportó de regreso a las noches en el dormitorio colectivo del internado. Comprobó con alivio que Julia estaba dormida. Pero él no pudo volver a dormirse hasta que el colombiano emitió un gemido y dejó de agitarse la manta bajo la que yacía.</p>
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		<title>Otra vez ante el volcán</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Aug 2009 16:45:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<category><![CDATA[Los Convidados del Volcán]]></category>
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		<description><![CDATA[Este fin de semana estuve de vuelta en la región de Colima, México, donde ocurre la trama de mi novela Los Convidados del Volcán. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme allá con mi querido amigo el editor portugués de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo leído lo que yo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 247px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/as1bis.jpg?t=1251482157" alt="as1bis.jpg picture by antoniosarabia" />Este fin de semana estuve de vuelta en la región de Colima, México, donde ocurre la trama de mi novela <em>Los Convidados del Volcán</em>. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme allá con mi querido amigo el editor portugués de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo leído lo que yo he escrito sobre el sitio ardía en deseos de conocerlo y, la segunda, refrescar mi propia memoria, empaparme una vez más del hablado y los hábitos de las gentes, además de la textura, los aromas y colores del paisaje que les rodea antes de hundirme de lleno en el texto que tengo planeado y que se encuadra de nuevo en el pueblo de Guayacán, una mágica aldea imaginaria construída con el lápiz y papel de la imaginación en lo más alto de la pendiente del volcán con el único objeto de convertirla en el espacio escénico de aquella novela.<br />
Comparto ahora con los lectores de Los Convidados algunas fotos de la jornada, tomadas por mi hermano Óscar, cuya compañía fue uno más de los placeres del viaje, y añado como estampas literarias dos fragmentos del texto de la novela original en la que se describen no sólo los detalles de la flora y la fauna sino la magia en la que viven sumergidos los pobladores de la región.</p>
<p style="text-align: center;"><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 480px; height: 166px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/PanormicaAs.jpg?t=1250094875" alt="PanormicaAs.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span id="more-1099"></span>SEGUN CUENTAN LOS CAMPESINOS del lugar, el sencillo caserío donde nació Joyita se llama Guayacán a causa de los árboles anaranjados que florecen por sus alrededores, a quienes algunos llaman también palo santo porque de su corteza se extrae cierta savia medicinal buena para curar el reumatismo y varias enfermedades de la piel. El pueblo está situado en lo más alto de la vertiente del a ratos inquieto, pero siempre inquietante, volcán que los lugareños denominan de Fuego para distinguirlo del vecino Volcán de Nieve cuya cima, la más elevada de esa parte de la sierra, endereza su sólida silueta apenas unos metros más arriba. Lo cierto es que desde la sosegada Guayacán no se divisa más que la cumbre del primero cuya mole, cercana e imponente, oculta a la vista de los moradores el picacho del Nevado. Es necesario alejarse unos kilómetros, bajar más allá de la Yerbabuena y de la hacienda de San Antonio, rumbo a Suchitlán y Comala, para ver emerger el otro pico a la zaga del Volcán de Fuego como un enorme gabán blanco que le cubriera las espaldas. Menos de una legua de distancia separa a uno de otro. Ambos se miran muy por encima de los cerros que les rodean, disparándose a lo alto como macizos fundamentos cuyas cúspides sustentaran la bóveda del cielo. Se les diría arrancando de la misma base, compartiendo una misma fragua interna, aunque uno muestre a diario el humo de la hoguera que crepita en sus entrañas y el otro parezca haberse helado para siempre. Alguna vez se les conoció con los nombres de las ciudades más populosas de sus alrededores. Al primero le nombraban de Colima y al segundo de Zapotlán. Ahora los dos han pasado a ser llamados &#8220;de Colima&#8221; a pesar de que todo el mundo está de acuerdo en que el Nevado se encuentra en su mayor parte dentro del territorio de Jalisco.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 155px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/As.jpg?t=1250095021" alt="As.jpg picture by antoniosarabia" />La cercanía del océano, aunada a la proximidad de las montañas, da cabida en apenas un palmo de terreno a la flora y a la fauna de los climas más diversos. Desde la sofocante canícula de las tierras bajas y la orilla del mar donde las enormes tortugas caguamas emergen de las olas por la noche a desovar a la luz de la luna en desoladas playas de arena blanquísima bajo cuyos mismos cocoteros se extienden costa adentro los pantanos y sus miasmas, desbordando de caimanes y de fiebres palúdicas, hasta el templado de los valles y las faldas de la sierra, o las bajas temperaturas en lo alto del Volcán de Nieve. Ahí, en esos fértiles parajes, medrando entre el calor y el frío extremos, se asientan densos bosques de altos pinos donde las ardillas sustituyen a las iguanas en los troncos de los árboles, y la caza de venados, jabalíes, conejos, pavos silvestres, chachalacas, chonchos y faisanes atrae la voracidad de implacables carniceros como el lobo, la zorra y el coyote, o de los aún más terribles gatos monteses como el leopardo, el jaguarundi y el candingo.<br />
No se alternan nada más en la pródiga comarca las palmeras y los cedros, también abundan caobas, encinos, mezquites, zapotes, tamarindos y primaveras, que guarnecen el paisaje de finales de enero con sus deslumbrantes flores amarillas precediendo en eso a las lilas de las rosamoradas y a las más violáceas de las jacarandas que se van sucediendo conforme avanza el año. A esa verbena de colores hay que añadir los menos vistosos de muchos árboles frutales como mangos, guayabos, papayos y aguacates que, junto con calabazas, jícamas, sandías, mameyes y uvas silvestres, se dan con abundancia en la región.<br />
Sólo la iglesia, al parecer semiderruida a pesar de encontrarse en perpetua construcción, y una que otra casa principal de Guayacán están hechas a base de ladrillo. Las demás fueron fabricadas con el barro de la cuesta puesto a secar al sol por los mismos campesinos y sus techos de teja roja se sostienen con vigas transversales independientes de los muros para evitar su desplome durante alguno de los frecuentes sismos que padece la comarca. La medida no es gratuita porque todavía los más viejos recuerdan la violenta erupción de principios de siglo, cuando el Volcán de Fuego pareció despertar de la larga modorra que le había adormilado durante tantísimos años. Comenzó a desperezarse, a desentumecerse, a agitar sus flancos con violentas sacudidas que levantaron grandes polvaredas a lo largo de la pendiente, antes de lanzar las primeras bocanadas de lava desbordándose ladera abajo para enterrar a su paso jirones de bosque, buena parte del campo y dos ranchos cercanos a la cima en los que perecieron decenas de cabezas de ganado. Por las noches el espectáculo era a un tiempo aterrador y magnífico. El cono resplandecía por momentos en mitad de lo oscuro, como una inmensa brasa que se avivara de pronto y, acto seguido, la marea de fuego se desbordaba luminosa por los costados hasta llegar a apagarse muchos metros más abajo. La humeante cabellera de hollín ardiente arrojó la escoria de su cauda hasta la ciudad de Guadalajara, muchos kilómetros al norte, donde los vecinos atemorizados por esa ceniza gris que amenazaba meterse en todos lados y por los estremecimientos de tierra que hasta allá llegaron a sentirse, pasaban la noche al descampado, durmiendo fuera de sus casas de puro miedo a que se les vinieran encima el techo y las paredes de sus endebles construcciones citadinas.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>LA PRIMERA VEZ que a Joyita le fue dado entrever que acaso no era como el resto de las niñas de su edad ocurrió a raíz de unas terribles calenturas que la inmovilizaron en cama muchos días constriñéndola incluso a orinar sangre y poniendo en peligro su vida.  Para entonces los senos empezaban a abultarle ya bajo la blusa rebelándose contra la talla de los estrechos vestidos infantiles. La fiebre se presentó sin previo aviso, manchándole de rojo las mejillas y originando escalofríos, como si todo el calor del Volcán de Fuego se le hubiese metido dentro. Le dolía todo el cuerpo y casi al mismo tiempo empezó a orinar sangre. El médico que vino de Comala a visitarla diagnosticó un grave caso de nefritis o de algún otro padecimiento con un nombre igual de raro y, para restringir la acción de los riñones, le prohibió beber cualquier tipo de líquido. Un trapo empapado en agua que se le pasara de cuando en cuando sobre los labios resecos debía ser suficiente para mitigar la sed de la enferma mientras se presentaba alguna mejoría. Entretanto le prescribió la consabida dosis de antibióticos y, prometiendo volver pronto, se dio prisa en despedirse para regresar a su casa antes de que cayera la noche.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 240px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/yerbabuena_volcano_night.jpg?t=1250095310" alt="yerbabuena_volcano_night.jpg picture by antoniosarabia" />Una de esas madrugadas, al despertar empapada en sudor, debatiéndose entre los desvaríos de la sed agravada por la fiebre, Joyita se encontró con un hombre elegantemente vestido que la observaba con fijeza desde el pie de la cama. No tenía idea clara de la hora pero esa inesperada presencia le produjo una inquietud indefinible. Intentó durante un rato convencerse, en medio del delirio, de que se trataba de otro médico a quien se habría llamado de urgencia para examinar su caso. Pronto tuvo que desechar la idea: el sorprendente visitante no daba trazas de querer dirigirle la palabra, mucho menos de interesarse en sus dolencias. Por otro lado, la criada a quien esa noche le tocaba vigilarla dormía profundamente en el sofá, actitud impensable de su parte si un doctor estuviese en casa a verla. Por si esto fuera poco, el hombre vestía de una manera desusada, con una irreprochable elegancia pasada de moda. El bigote atusado y la negra barba de chivo le hicieron recordar los atildados petimetres que había visto fotografiados en el álbum de la abuela. Sin saber por qué la invadió un temor supersticioso que ante el persistente silencio del recién llegado fue aumentando gradualmente hasta convertirse en pánico. Se subió primero la cobija a la altura de los ojos y se cubrió luego la cabeza para ya ni ver ni ser vista. Así pasó quién sabe cuánto tiempo, inmóvil, sin osar descubrirse para verificar si el chocante personaje continuaba aún ahí, hasta que la calentura y la fatiga pudieron más que la aprensión y, a pesar de su invencible desconfianza hacia el extraño visitante, se quedó profundamente dormida.<br />
A la mañana siguiente se dio prisa en preguntar a la familia quién había sido el atildado sujeto que estuvo a verla a tan altas horas de la noche y por qué nadie más había estado presente durante la visita. Al terminar el relato sus parientas se quedaron mirando unas a otras a los ojos sin disimular su extrañeza. Nadie había venido por la noche. &#8220;Soñaste&#8221;, aventuró la madre, a lo que Joyita replicó que no, que se encontraba bien despierta, que le había dado mucho miedo. La abuela interrumpió el conciliábulo con una explicación diferente: de niña oyó a menudo hablar de un aparecido con las mismísimas señas del que les describía Joyita. Le apodaban El Catrín y se dejaba ver nada más en los lugares donde había un tesoro enterrado. La anciana se dirigió entonces muy seria a su atemorizada nietecilla:<br />
-Sonsácale el escondrijo del oro -le encomendó con un susurro bajo-. Cuando se aparezca de nuevo no lo sueltes hasta saber a ciencia cierta dónde está enterrado el dinero.<br />
El Catrín ya no se presentó la noche siguiente impidiendo a la preocupada Joyita formularle la perentoria demanda de la abuela pero el receso dio tiempo a la familia para ir atando los cabos de sus propias conjeturas: la casa, se murmuraba, fue propiedad años atrás de un hacendado de notoria avaricia a quien se le encontró al morir bastante menos dinero del que se le suponía. En el pueblo se dedujo que lo habría soterrado en algún rincón del cerro, pero no faltó quien adujera que bien podía haberlo escondido dentro de la misma casa. La aparición del Catrín, con su reconocida aureola de indicador de riquezas ocultas, daba una cierta validez a esta última hipótesis. Tal vez la Divina Providencia, se dijeron todas, compadecida de los apuros de la familia y de los padecimientos de Joyita, se decidía a reembolsarles al fin lo mucho que habían invertido en su bienestar y con ello compensaba la desaparición de aquel padre bueno-para-nada que la había arrojado irresponsablemente al mundo para morirse casi al mismo tiempo abandonándola así a la incierta caridad de sus parientes. Dios, en su infinita bondad, estaba ahora a punto de restituirles tantas plegarias y desvelos. Alrededor de la niña enferma se organizó entonces una vasta red de exploración. Las tías abandonaron por un tiempo las labores cotidianas para unirse a las pesquisas. Mientras Joyita desvariaba de sed abandonada en su lecho de enferma, las demás mujeres de la casa se dedicaron a pegar la oreja a las paredes y arrastrarse por el piso dándoles ligeros golpeteos a ver si detectaban algún hueco donde pudiera ocultarse un tesoro. Una vecina de confianza, a quien se puso rápidamente al tanto del asunto pidiéndole absoluta discreción, se presentó con un péndulo. Su llegada causó enorme revuelo entre las buscadoras. Empezaron a seguirse unas a otras por todos los rincones de la finca en pos de la brillante peonza de metal que oscilaba caprichosa al extremo de un cordel. Cuando los movimientos perpendiculares se iban transformando en titubeantes giros que cobraban cada vez mayor impulso y amplitud la familia entera entraba en un estado de excitación muy cercano al frenesí. Entonces perforaban paredes, removían losetas o excavaban creyendo por fin haber hallado alguna cosa. La vivienda quedó llena de hoyancos pero nadie encontró nada. Años más tarde, cuando Joyita bien repuesta de aquella infantil enfermedad que la puso a las puertas de la muerte se había mudado a vivir con su madrina al jacal que ella tenía a unos pasos del puesto del mercado, unos albañiles que vinieron a hacer ciertas urgentes reparaciones en la casa se toparon, al decir de los vecinos, con una olla llena de oro empotrada dentro de uno de los muros que se habían de renovar. El rumor tomó visos de cierto porque, agregan las consejas, el patrón partió de improviso a Colima sin demandar un centavo por el trabajo hasta entonces realizado ni presentarse jamás a terminarlo. Poco tiempo después inició en aquella ciudad un lucrativo negocio de venta y reparación de bicicletas cuyo financiamiento nadie supo explicarse con certeza.</p>
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		<title>Enric López Tuzet, el librero poeta.</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Jul 2009 17:30:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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		<category><![CDATA[Bruno Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Enric López Tuzet]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura Española]]></category>
		<category><![CDATA[Nueva poesía española]]></category>
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		<description><![CDATA[Pasé toda la semana pasada con mi hijo, Bruno, en Sitges. Él fue a seguir ahí un breve curso de cine y yo a acompañarlo unos días antes de la larga separación del verano. Esta pequeña localidad de la costa catalana, con sus doradas playas atestadas de bañistas, sus pintorescas callejuelas, sus elegantes vías peatonales, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Sitges2.jpg?t=1246813489" alt="Sitges2.jpg picture by antoniosarabia" />Pasé toda la semana pasada con mi hijo, Bruno, en Sitges. Él fue a seguir ahí un breve curso de cine y yo a acompañarlo unos días antes de la larga separación del verano. Esta pequeña localidad de la costa catalana, con sus doradas playas atestadas de bañistas, sus pintorescas callejuelas, sus elegantes vías peatonales, sus pequeños restaurantes y cafés frente al mar, forma parte de la elite de sitios turísticos que bordean el mediterráneo y tiene mucho en común con sus pares en Italia o en Grecia.<br />
Mientras Bruno asistía a sus cursos por la mañana yo me quedaba escribiendo en el hotel o, cuando me apetecía estirar un rato las piernas, me dedicaba a explorar los alrededores en busca de un sitio agradable donde podríamos después almorzar. Durante una de esas largas caminatas descubrí una limpia y bien aprovisionada librería atendida por un joven empleado, calculé que no llegaba a los treinta, que sabía bien de qué trataba el oficio. No tenía en su catálogo lo que yo andaba buscando pero me ofreció lecturas alternativas y me recomendó varias novedades interesantes que había leído él mismo. Fue una grata sorpresa. La mayor parte de las librerías son hoy atendidas por un personal que, como decía Mendel, el entrañable bibliófilo del cuento de Zweig, deberían acarrear piedras en lugar de andar metidos en libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 239px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Sitges-1.jpg?t=1246813762" alt="Sitges-1.jpg picture by antoniosarabia" />A poco rato de conversar con el culto librero descubrí que se llamaba Enric López Tuset (Tarragona, 1983) que él mismo escribe poesía y que ha colaborado con ella en algunos números de la revista <em>Salina</em>. Actualmente, prepara un volumen de sus poemas en catalán.<br />
Como una de las finalidades de Los Convidados es el dar a conocer nuevos autores mezclándolos con los de nombre ya consagrado, ofrecemos aquí a los lectores algunos poemas de Enric, traducidos por él mismo al castellano. Ojalá les sorprendan a ustedes como me sorprendieron a mí cuando me los dio a leer aquella mañana en la librería de Sitges.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1009"></span><br />
</span></p>
<p>EN LAS AFUERAS DEL ALMA</p>
<p>Desde aquí el principio, donde la boca muere antes que el llanto,<br />
pero no es mi sitio, lo sé, es mi deuda:<br />
es sólo un estigma del tiempo que empieza a sonar,<br />
una estancia donde el verbo es una verdad imaginada -otro tiempo-.<br />
Otro tiempo en el cristal, en la angustia, en las garras de la ceniza:<br />
y cada día muero un poco más en las afueras del alma.</p>
<p>La paloma temblaba allí condenada por la definición misma del vacío:<br />
inmensidad, gloria, mensaje, tu casa, la puerta, la sonrisa, amar.<br />
Sobre el césped mi noche: ¿estuviste sola?<br />
Estuviste sola y todo te pareció tan natural,<br />
te pareció que resbalaba la niebla en mi figura diluida<br />
con su nombre, con su lenguaje, con sus espacios, con su belleza -contra el hueso-,<br />
y tú dijiste que todo estaba vacío, que le faltaba espacio, belleza&#8230;<br />
Su lenguaje no lo entendías.<br />
Así volví a conocer la inconstancia de estas viejas costumbre.</p>
<p>A veces me sorprendía en la mesa<br />
calibrando un dibujo, mi víctima,<br />
nuestra víctima ahora mismo sin vida, recogiendo cenizas a mi lado.<br />
En las afueras del alma, la tristeza se olvida con sinceridad.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>ARMONÍA</p>
<p>Todos heredamos algo de armonía,<br />
algo virgen que aún no hemos visto,<br />
algo de ese amor que preocupa al niño.<br />
Desde aquí, inmediatamente, la certeza se comprueba,<br />
la alegría se tuerce, y la soledad se respira portadora del cuerpo.</p>
<p>Todos tenemos alcance<br />
para saber de la cronología del guijarro,<br />
para encontrar convicción bajo un castaño inundado de frutos.<br />
Lo hermoso bajo el continuo cielo,<br />
la sangre en el prodigio:<br />
en la mujer que me acerca sus brazos.<br />
En tus brazos empiezo,<br />
en ellos heredo quietud más que nunca,<br />
en ellos constato inocentes espacios y muero.<br />
Muero porque no nos queda nada más que amar,<br />
eres mi milagro en vilo, ternura tan sólo,<br />
así de exacta eres.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">..</span></p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 221px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Enric1.jpg?t=1246814553" alt="Enric1.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>EPIFANÍA DE LA HERIDA</p>
<p>Eres dulce como antaño,<br />
con los ojos entrenados por el amanecer.<br />
Lado a lado el mar se repliega en tu voz,<br />
cruje de vida.<br />
¡Cómo me gustaría verte de nuevo asumida por la luz!<br />
remoto milagro, larga palabra de la tarde.</p>
<p>Tus manos pronuncian mi cintura<br />
por clara, por profunda.<br />
Tan dorada es nuestra ropa tendida en la cama.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>PRIMAVERA</p>
<p>Estás ahí, eres la espera de un nocturno,<br />
y algo ha bebido de la silueta de un sueño.</p>
<p>Tal vez no quieras que esta noche canten los grillos<br />
ni que las estrellas la hagan perfecta, sólo el azul,<br />
el celeste de unas sábanas y algo de vino para cuando el gallo despierte<br />
y susurre que aún la luz no es tuya.</p>
<p>Y no te sabes orientar, el balcón es enorme,<br />
lo que admiras es enorme, hay poco vacío entre las entrañas.</p>
<p>Y al atardecer, mientras las rosas agolpan fuerzas,<br />
deseas que me despierte.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>PRÓLOGO</p>
<p>Vamos a suplicar ahora que estoy más cerca del presente,<br />
no nos han vencido, y la nieve nos hace ver que muerde.</p>
<p>Me recosté hace un rato. Recostarme para buscar<br />
tu atención en la necesidad del humo<br />
y tu imagen en la de un calidoscopio.<br />
Siempre me sorprende el verte ahí.</p>
<p>Vamos a suplicar ahora, en los dominios de la sensatez,<br />
que llueva un poco, y que algo haga callar a los árboles.</p>
<p>Me recosté hace un rato. Recostarme para necesitar<br />
de la ventana, de que me mojen las gotas la camisa,<br />
y oler de ti en la humedad de la tarde.<br />
Siempre gasto todos los olores antes de cenar.</p>
<p>Vamos a suplicar, ahora, a Dios<br />
que beba un poco del océano y que me enseñe a andar.</p>
<p>Me levanté hace un rato<br />
y mis piernas aún sentían tu carne en el trigal,<br />
mis manos estaban aún húmedas de tierra&#8230; Mi cuerpo,<br />
el cuerpo entero era un rastro de mañana,<br />
sólo el silencio, sólo el dolor celeste de volverte a ver.<br />
Espero la ceguera.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>POEMA</p>
<p>Mientras mi mano recoge ciénagas del otro lado<br />
mis ojos planean irse.<br />
Se irán cuando el loto alcance la nube,<br />
cuando esos valles de adobe vistan algo más que tiempo y agoten los susurros.<br />
Se irán hacia la sombra de un sauce que proteja el padecer la tierra.</p>
<p>Mis ojos partirán y partirá, con ellos, el agua hacia el filo de una arista,<br />
ambos buscando los aullidos que han caído entre la roca.<br />
Ahora, aquí, lejos de la memoria estoy más cerca del loto.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>CUANDO EMPECÉ A CAER</p>
<p>Cuando empecé a caer<br />
nuevos sacramentos se inventaron para mí.<br />
Entonces, amé el tuétano que soporta al viento:<br />
me enseño a partir desde los ojos hacia sentidos presentes.</p>
<p>Caí y no supe de alabanzas ni de incertidumbre,<br />
aún menos de las concesiones del infierno en un silencio caduco.<br />
Sólo mantener el orden del fuego, del animal que nunca existió,<br />
mantener tanta lluvia bajo mi pecho extinto,<br />
y no supe acercar mi cuerpo hacia tanta espera.</p>
<p>Vivir en la caída, por útil que parezca,<br />
no me dejó perpetuarme, condenado, en la suavidad.<br />
Sólo avanzar el océano a la indiferencia.<br />
Acercar mi mano al hueso, al valle,<br />
al sueño colmado de ausencia y lluvia:<br />
fue acercar este alud de fuego<br />
a la misericordia y al miedo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>ÁNIMA</p>
<p>Del mismo modo, a media noche, brota el mar soñoliento<br />
como te evoco a ti, como en ti desato ahora mi torpe alma.<br />
Después me parecerá que todo se ha vendido, que todo yace delicado<br />
en un banquete de cercanías incluso cuando no te vi llegar.</p>
<p>Si quiere, lo trágico puede arrancar de las estrellas su sombra,<br />
su desarraigo inmortal hacia la profundidad,<br />
donde las estancias velarán en silencio esperanzas prolongadas.<br />
Si pudiera permitírmelo remontaría al frío,<br />
a las mil llagas de la rosa caída<br />
y no sentiría la agitación de las horas, el arduo vacío de la posibilidad.<br />
Sería formidable poder vivir del amor, llegar a casa,<br />
contestar a cierta pregunta sin oler el humor de la tensión:<br />
puro amor, puro abismo que llora la verdad.<br />
El término sabe la verdad, el camino sabe la verdad, ¿qué verdad?<br />
¿Cuánto bosque ha de morir para que nada termine?</p>
<p>Buscamos la claridad cuando la pasión se apaga encadenada,<br />
cuando entregamos en un cesto el nombre del cordero muerto.<br />
Justamente es aquí donde dieron fruto las voces, la rudeza del peso,<br />
el conjunto del secreto.</p>
<p>Son horas de beber lo intangible<br />
y sólo me aventuro a un tilo cruzado por un halcón ausente,<br />
a las notas que durmieron sin dar respuesta.<br />
Es poco exhaustivo para el vértigo, para el pánico,<br />
pero le sirve al amor propio,<br />
le sirve al deslumbramiento para arremeter contra nada.</p>
<p>El milagro una sola vez, la existencia una sola vez;<br />
los dedos mueren en solitario.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>El ajedrez en la literatura</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jun 2009 09:33:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía hispanoamericana contemporánea]]></category>
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		<description><![CDATA[El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 211px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chess1.jpg?t=1245515561" alt="chess1.jpg picture by antoniosarabia" />El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago Gamboa, íbamos por las noches al acogedor bar del hotel Ritz, el Hemingway, donde entonces había instalada una mesita de ajedrez para entretener a los parroquianos. Ahí jugamos multitud de partidas mientras yo paladeaba unos whiskies y él cierta bebida exótica, de la que he olvidado el nombre, con la que nuestro cantinero había ganado un certamen internacional en Shanghai. No voy a decir el resultado de nuestros encuentros para no avergonzar a Gamboa, pero cada nueva noche, mientras acomodábamos las piezas para la primera partida, Santiago, con oportuna mala memoria, repetía una frase que se ha hecho célebre entre los dos: &#8220;¿cómo quedamos la última vez&#8230; dos a uno, verdad?&#8221;.</p>
<p>Otros muchos autores, desde Omar Khayam a Borges y de T.S. Eliot a Nabokov o Arreola, han sentido la misma pasión por el ajedrez. El autor de Lolita, quien elevaba el juego al rango de poesía, hasta se entretenía componiendo mates en dos o tres movimientos. La semana pasada, leyendo a Pessoa o, mejor dicho, a su eterónimo Ricardo Reis, me encontré con un hermoso poema relativo al juego y me distraje traduciéndolo. Por cierto, tuve un problema que tal vez algún lector portugués me ayude a dislucidar. Fue en el verso que dice <em>E o de marfim peão mais avançado / pronto a comprar a torre, </em>¿Qué significa en portugués, en términos ajedrecísticos<em> comprar a torre? </em>Yo tuve la opción de traducir<em> listo a tomar la torre, </em>pero pensé, mala intución tal vez, que como era el peón más avanzado estaba a punto de llegar a la última hilera y<em> convertirse en torre.</em><em><span style="font-style: normal;"> Cualquier aclaración al respecto será más que bienvenida. S</span><span style="font-style: normal;">e me ocurre publicar la traducción ahora junto con un poco conocido texto de Arreola, a quien se le podía considerar un verdadero fanático del juego-ciencia, y los dos poemas inolvidables de Borges que se refieren al juego. Se admiten aportaciones y sugerencias para ampliar la página.</span></em><span id="more-961"></span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>LOS JUGADORES DE AJEDREZ<br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
Oí contar que otrora, cuando Persia<br />
tenía no sé qué guerra<br />
mientras la invasión ardía en la ciudad<br />
y las mujeres gritaban<br />
dos jugadores de ajedrez jugaban<br />
su juego continuo.</p>
<p>A la sombra del amplio árbol escrutaban<br />
el antiguo tablero<br />
y, al lado de cada uno, esperando sus<br />
momentos más holgados<br />
cuando había movido la pieza, y ahora<br />
le tocaba al adversario<br />
una jarra de vino refrescaba<br />
frugalmente su sed.</p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #ffffff;">&#8230;</span><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 480px; height: 366px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chessarabs-2.jpg?t=1245518192" alt="Chessarabs-2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Ardían casas, se saqueaban<br />
las arcas y los nichos,<br />
violadas, las mujeres eran puestas<br />
contra muros caídos,<br />
traspasadas por lanzas, las criaturas<br />
eran sangre en las calles&#8230;<br />
Mas donde estaban, cerca la ciudad<br />
y lejos su ruido,<br />
los jugadores de ajedrez jugaban<br />
el juego de ajedrez.</p>
<p>Aunque en los mensajes del infértil viento<br />
les viniesen los gritos<br />
y, al reflexionar, supiesen en su alma<br />
que en verdad a las mujeres<br />
y a las tiernas hijas se violaban<br />
en la contigua distancia,<br />
y aunque en el momento en que pensaban<br />
una sombra ligera<br />
les cruzase la frente, ajena y vaga,<br />
pronto a sus ojos calmos<br />
retornaba su confianza atenta<br />
con el tablero viejo.</p>
<p>Cuando el rey de marfil está en peligro<br />
¿qué importan la carne y los huesos<br />
de las hermanas, las madres o los niños?<br />
Cuando la torre no cubre<br />
la retirada de la reina blanca,<br />
poco importa el saqueo.<br />
Y cuando la mano confiada pone en jaque<br />
al rey del adversario,<br />
poco pesa en el alma que allá lejos<br />
estén muriendo hijos.</p>
<p>Aunque de repente, sobre el muro,<br />
asome la sañuda cara<br />
de un guerrero invasor y en breve deba<br />
en sangre ahí caer<br />
el jugador genuino de ajedrez,<br />
el momento antes de ese<br />
(concentrado en el cálculo de un lance<br />
que hará horas después)<br />
sigue entregado al juego predilecto<br />
de los muy indiferentes.</p>
<p style="text-align: center;"><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 400px; height: 318px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chess4-1.jpg?t=1245519325" alt="Chess4-1.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Caigan ciudades, sufran pueblos, cese<br />
la libertad y la vida.<br />
Los haberes tranquilos y heredados<br />
ardan y se despojen,<br />
más cuando la guerra interrumpa las partidas<br />
esté el rey sin jaque<br />
o el blanco peón más avanzado<br />
listo a volverse torre.</p>
<p>Mis hermanos en amar a Epicuro<br />
y en entenderlo más<br />
de acuerdo a nosotros mismos que a él<br />
en la historia aprendamos<br />
de los calmos jugadores de ajedrez<br />
cómo pasar la vida.</p>
<p>Todo lo que es serio poco importe<br />
lo grave poco pese<br />
y el natural impulso del instinto<br />
que ceda al gozo inútil<br />
(a la sombra tranquila de los árboles)<br />
de jugar un buen juego.</p>
<p>Lo que sacamos de esta vida inútil<br />
da lo mismo si es<br />
gloria, fama, amor, ciencia o vida,<br />
como si fuese apenas<br />
la memoria de ganar la partida<br />
a un jugador mejor.</p>
<p>La gloria pesa como grueso fardo,<br />
la fama como fiebre,<br />
el amor cansa porque es serio y busca,<br />
la ciencia nunca encuentra,<br />
y la vida pasa y duele porque sabe&#8230;<br />
El juego de ajedrez<br />
prende el alma toda y, perdida, poco<br />
pesa, pues no es nada.</p>
<p>¡Ah! bajo las sombras que sin querer nos aman<br />
con un jarro de vino<br />
al lado, sólo atentos a la inútil tarea<br />
del juego de ajedrez<br />
Aunque el juego sea apenas sueño<br />
y no haya compañero<br />
imitemos los persas de esta historia,<br />
y mientras allá afuera<br />
cerca o lejos, la guerra patria y vida<br />
nos llaman, toleremos<br />
que nos llamen en vano, cada uno<br />
bajo sombras amigas<br />
soñemos, él los compañeros, y el ajedrez<br />
su indiferencia.</p>
<p>Ricardo Reis</p>
<p>(traducción Antonio Sarabia)</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p style="text-align: center;">EL REY NEGRO</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ChessMagritte.jpg?t=1245516048" alt="ChessMagritte.jpg picture by antoniosarabia" />Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó la última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.  Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental&#8230;  Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja&#8230; Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después&#8230;  Ahora estoy solo y vago inútil de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice: Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas, por lo menos, han sido realizadas por ambas partes sin que haya tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.  El caballo blanco salta de un lado a otro sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.  Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: el mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar.  La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el Triángulo de Deletang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno caballo rey y uno y dos torre. Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetivos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para que seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Legal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?  Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.  Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de honor. Dedicaré los días que me queden de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.</p>
<p>Juan José Arreola</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>AJEDREZ</p>
<p>1<br />
En su grave rincón, los jugadores<br />
rigen las lentas piezas. El tablero<br />
los demora hasta el alba en su severo<br />
ámbito en que se odian dos colores.</p>
<p>Adentro irradian mágicos rigores<br />
las formas: torre homérica, ligero<br />
caballo, armada reina, rey postrero,<br />
oblicuo alfil y peones agresores.</p>
<p>Cuando los jugadores se hayan ido,<br />
cuando el tiempo los haya consumido,<br />
ciertamente no habrá cesado el rito.</p>
<p>En el Oriente se encendió esta guerra<br />
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.<br />
Como el otro, este juego es infinito.</p>
<p style="text-align: left;"><span style="color: #ffffff;">..</span><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 472px; height: 199px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chess61.jpg?t=1245516755" alt="Chess61.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
2<br />
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada<br />
reina, torre directa y peón ladino<br />
sobre lo negro y blanco del camino<br />
buscan y libran su batalla armada.</p>
<p style="text-align: left;">No saben que la mano señalada<br />
del jugador gobierna su destino,<br />
no saben que un rigor adamantino<br />
sujeta su albedrío y su jornada.</p>
<p>También el jugador es prisionero<br />
(la sentencia es de Omar) de otro tablero<br />
de negras noches y blancos días.</p>
<p>Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.<br />
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza<br />
de polvo y tiempo y sueño y agonías?</p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">P.S. Antes de montar esta entrada, escribí a Santiago Gamboa preguntándole si recordaba el nombre de aquella pócima extraña que con tanto deleite consumía en el Hemingway. Acabo de recibir su respuesta:</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Querido Antonio, no solo no la he olvidado (perdona, no tengo tildes, estoy en el aeropuerto de Bangkok) sino que hace poco me tome uno: es el Singapur Sling. Collins, el tenderman del Ritz, que es norteamericano, habia ganado el concurso bianual de Singapur Sling que por lo general ganaba siempre el Hotel Raffles de Singapur, donde fue inventado.</em><em></em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Un abrazo y otro muy fuerte a Lauren,</em><em></em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Santiago</em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Queda, pues, hecha la aclaración. Tanto en el nombre de la bebida como en el del sitio en que ganó el certamen: Singapur y no Shanghai como yo dije antes. Evidentemente, al enviarme su email, Santiago no había leído aún Los Convidados de esta semana y por eso no hay referencia a los resultados de nuestras partidas de ajedrez. Ahí me toca a mí hacer la corrección. No es cierto que vayamos dos a uno como siempre recuerda Santiago. En nuestra amistad siempre ha habido un empate.</span></p>
<p><!--EndFragment--></div>
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		<title>Vos andá al arco, Néstor Ponce</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Jun 2009 08:49:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura argentina]]></category>
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		<category><![CDATA[Una vaca ya pronto serás]]></category>
		<category><![CDATA[Universidad de Rennes]]></category>

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		<description><![CDATA[Además de mi amigo, y de vivir en Rennes, donde enseña lenguas y civilizaciones hispanoamericanas en la universidad, Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) es mi entrañable contacto en Francia: forma el eje del polígono Argentina, México, Francia, Portugal, Colombia que me provee, sólo Dios y él saben cómo, de los elementos necesarios para preparar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 281px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Nstor.jpg?t=1244646440" alt="Nstor.jpg picture by antoniosarabia" />Además de mi amigo, y de vivir en Rennes, donde enseña lenguas y civilizaciones hispanoamericanas en la universidad, Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) es mi entrañable contacto en Francia: forma el eje del polígono Argentina, México, Francia, Portugal, Colombia que me provee, sólo Dios y él saben cómo, de los elementos necesarios para preparar una deliciosa salsa mexicana de chile chipotle en Lisboa. Cosa de aderezar bien la comida y atenuar, al menos gastronómicamente, las <em>saudades</em> que asaltan a veces aun a la vista del Tajo.<br />
Estos días recibí noticias suyas. En su correo anuncia que acaba de publicar un libro de ensayos sobre el sufrido país donde consigue los chipotles: México. Se titula <em>Mexique. Conflits, rêves et miroirs.</em> Me dice también, felicidades, que la edición cubana de <em>Una vaca ya pronto serás</em> (Premio Internacional de Novela Siglo XXI en el 2006) aparecerá en Arte y Literatura el próximo mes de octubre. Junto con las buenas noticias envió para Los Convidados un relato con una breve introducción que contiene, no todo es felicidad, una mala noticia. Me apresuro a reproducir más abajo ambos textos. En la introducción hace referencia a una entrada aparecida en este mismo blog el dos de noviembre del 2008: <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/">Amistad y traición a la Néstor Ponce</a>. Gracias, Néstor, por la cooperación, la literatura y la amistad.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>En octubre de 2008, después de una cena que compartimos en Rennes con Rita Godet y Maria Valéria Rezende, Antonio Sarabia me propuso que le enviara un relato corto para que lo colgara en su hermosa página &#8220;Los Convidados&#8221;. Pocas semanas más tarde, salía allí mi cuento <em>El día del amigo</em>. Entre tanto, el corazón me había andado dando unos sobresaltos y tuve que anular un viaje a México. Pero la página de Antonio me permitió hacer un paseo virtual y encontrarme  con los mensajes de muchos amigos  que andan por el vasto mundo. Entre ellos estaba uno de los protagonistas de mi relato, Marcelo Rocha, el Negro para  los amigos. Allí dejó un mensaje que todavía pueden leer.<br />
Nos conocimos en el Colegio Nacional de La Plata, en 1969. Estábamos en la misma división y compartimos muchas cosas juntos, pero curiosamente, pocas actividades nos reunieron: al Negro no le gustaba el rugby, no jugaba a la bocheta en el Bar Rivadavia de la calle 50 -calle donde transcurre el relato-, no iba a los partidos de fútbol, no le gustaban las carreras de caballos ni la literatura. Sin embargo, tocamos en el mismo grupo de rock -al que como su nombre, Lapsus, se lo llevó la historia- y compusimos con Eduardo Vega  una canción, &#8220;Sólo gente&#8221;, de la que recuerdo parte de la letra y los tonos en mi bemol-fa-sol que le acomodó el Negro.<br />
Después se nos vino encima esa parte de la Historia narrada en <em>El día del amigo</em> y varios de los amigos del Colegio Nacional nos desperdigamos por el  mundo. Muchos otros murieron bajo la dictadura. El Negro se quedó en La Plata y se recibió de arquitecto. Nos carteamos, pero era de poco escribir. Nos hablamos por teléfono. Y sobre todo nos encontramos para comer y charlar durante horas, cada vez que regresaba a Argentina. En agosto del año pasado compartimos una larga y divertida comida en familia, en un restaurante en Gonnet, con Silvia y su hija, Agus. En diciembre mantuvimos una charla telefónica y le conté en detalle mi problema cardíaco. Parecía como sorprendido de que nos pudieran pasar esas cosas. Nos repetimos eso de que no importa envejecer, sino que haya gente que todavía siga naciendo.<br />
El domingo 29 de marzo sonó mi celular.<br />
A doce mil kilómetros de distancia, la voz pastosa y triste de Santiago me anunciaba que el Negro acababa de fallecer.<br />
Se me ocurre que, en cierto modo, algo del Marcelo Rocha jovial, buena onda y buen amigo, quedó en ese cuentito. Ahora, cuando lo releo, y cuando releo su mensaje, me digo que para él, la amistad siempre fue algo verdadero.</p>
<p><span id="more-907"></span></p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 480px; height: 299px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Azote-2.jpg?t=1244565734" alt="Azote-2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>VOS ANDÁ AL ARCO</p>
<p>Los entrenamientos eran los martes y los jueves y los sábados teníamos partido. Los domingos y los lunes eran una tortura, esperando ponerme la camiseta e ir a acariciar a la pelota. Igual, yo nunca jugaba. Cuando daban la lista del equipo y de los suplentes, si había veinte jugadores, yo era el número veintiuno. Mi hermano tenía más suerte y si el match era más fácil, entraba seguro.<br />
Hasta que un día construyeron una urbanización en el barrio, pavimentaron las calles de tierra y llegaron un montón de otros pibes, tantos, que al cabo de un mes ya podíamos presentar tres equipos. Me puse recontento, porque al fin iba a poder jugar y expresar mis innatas cualidades, pero el día del primer torneo, cuando el entrenador dio el equipo, me dí cuenta que no sabía en qué puesto ponerme, hasta que al final transó :<br />
-Vos, che, Carlito&#8217;, andá al arco.<br />
¡Mirá que ponerme a mí en el arco ! ¡A mí que era el rey del remate de voleo a media distancia ! ¡El as de la media chilena! ¡El mago de la bicicleta! ¡Qué desperdicio !<br />
Mi hermano se dio cuenta y como que vino a consolarme, no te calentés, Carlito&#8217;. Pero yo veía que el universo se pintaba de rojo, era un toro furioso capaz de embestir todo a cornadas y dejar babeando a las víctimas.<br />
Total, que en vez de ponerme la camiseta albirroja, me pasaron una amarilla y encima gastada, con los codos rotos. El arquero del equipo dos se compadeció y me prestó los guantes, tomá, Mogolito, a ver si agarrás alguna. Cuando me llamó así me cabree todavía más, vos nunca dejés que te digan mogólico, vos sos trisómico, ¿entendés?, me repetía mi mamá. Yo la oía sin oírla, me iba al fondo de casa y apoyaba los labios en la pared, pensaba que me destornillaba la cabeza, que era independiente del resto del cuerpo, chupando el revoque de la pared, la pintura que mi padre aplicaba con paciencia para luchar contra los hongos y la humedad. &#8220;Vivimos en un pozo&#8221;, gruñía mi viejo, &#8220;y ya tenemos el agua hasta el cuello&#8221;, y pasaba y repasaba el pincel con un cigarrillo en la comisura, entrecerrando el ojo que le picaba por el humo del tabaco que se consumía, espiral de bruma.<br />
-Le voy a decir a mi hermano que me llamaste así, vas a ver.<br />
Mirá como tiemblo, me dijo el arquero y me mostró las manos. Ahí me di cuenta que los guantes no me iban a servir: mis manos eran muy grandes, casi el doble de las suyas, mucho más que la normal. Yo no era normal. Venía a ser trisómico, y por eso no era un buen jugador, en los partidos me distraía, pensaba que estaba en el fondo de casa, con los labios pegados al revoque de la pared, dando vueltas como un destornillador, me distraía y quedaba en posición fuera de juego, o le erraba a la pelota, o cuando llegaba a mis pies quería pisarla, amasarla, sacudirla y se me escabullía, o el marcador rival me la quitaba y los otros jugadores del equipo pasaban corriendo a mi lado con los dientes apretados, mirá que sos boludo, mogolito.<br />
-Vos, che, Carlito&#8217;, andá al arco- me había dicho el entrenador.<br />
Otras veces, en medio del partido, con las manos en los bolsillos, me empezaba a contar el partido como si lo transmitieran por la radio, el Víctor Hugo Morales, esto ya se terminó Pezzotta, Estudiantes es campeón, Estudiantes con los jugadores arrodillados, con los brazos al cielo agradeciendo a la hinchada, en el mano a mano con Boca, con un golazo de Carlito&#8217;, Estudiantes es campeón en una de las mayores epopeyas de la historia del fútbol argentino, es Estudiantes que una noche resurgió de las cenizas y la empató al Gremio de Porto Alegre con siete jugadores, y un golazo de Carlito&#8217; luego de un pase en profundidad de la Brujita Verón, que con diez hombres en la cancha revirtió el uno a tres contra Platense ¡¡¡¡¡¡y se coronó campeón frente a Racing una semana después!!!!!!<br />
-Vos, che, andá al arco.<br />
Entramos a la cancha y cuando me puse en la portería oí atrás mío el temblequeo de una voz, mirá pobrecito, el arquero es mogólico. Me dí vuelta hasta encontrar la cara del infeliz que había hablado:<br />
-Mogólico la concha de tu madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 188px; height: 540px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Azote-1.jpg?t=1244566608" alt="Azote-1.jpg picture by antoniosarabia" />No me volvieron a joder en todo el partido. Dominamos de punta a punta y toqué la pelota una vez, cuando me la acercó un defensor para que despejara. Ganamos siete a cero y un pibe nuevo, medio chueco y gambeteador, metió cinco goles. Le decían el Cortito Micheli, porque era peticito y panzón, pero entrador como ninguno. Cuando el árbitro silbó el final lo fui a felicitar y me pegó un golpecito en la nuca guiñándome un ojo, muy bien Carlito&#8217;, hoy las atajás todas, ojo eh, bien concentrado, que no se te escape ni una.<br />
Yo me fui pensando que si el Cortito me había pedido eso tenía que responderle, que yo bien concentrado, todo el partido. Después no sé qué pasó, porque las cosas se sucedieron rápido y el entrenador me miraba medio raro. Durante la mañana ganamos tres partidos más y pasamos a octavos de final. El equipo dos había sido eliminado en la ronda anterior y el uno se clasificó cagando, con un gol en el último segundo y el desempate a penales. En el segundo partido, me acordé de lo que me dijo el Cortito y cuando venían las acciones bravas del equipo adverso me contaba una transmisión, me repetía en la cabeza avanza por el flanco izquierdo el internacional brasilero Ronaldinho, se para, amaga, mete un caño, ingresa en el área adversa, ¡viene el gol viene el gol! ¡patea! ¡Magistral Carlito&#8217; rechazando la pelota! ¡Un pájaro Carlito&#8217; volando e impidiendo la conversión del tanto! Mientras más me contaba el partido, más atajaba, y los defensores se relojeaban entre sí diciendo éste se destapó por fin. Un pibe nuevo de la urbanización, puro mate, el Cabezón Mercer se llamaba, defensor central medio tronco, me habló por primera vez, era muy tímido: buenísimo Carlito&#8217;, te estás pasando&#8230;<br />
A mí los elogios me resbalaban, yo concentrado y a atajar. En los octavos hice proezas, el entrenador ya no me junaba fulero, sonreía y me decía que sí con los labios apretados y frunciendo el mentón, en la cara de los contrarios se leía la incertidumbre, la imposibilidad. El contrario era el equipo que venía de ganar cuatro campeonatos seguidos, nuestro gran enemigo, el verdugo del team número uno de nuestro club, y resulta que ahora no podían con el equipo tres. Íbamos cero a cero cuando desde el mediocampo partió un pase en profundidad y el centrodelantero, goleador máximo cada año, copa en mano y foto en el suplemento de El Día dedicado a los infantiles, encaró hacia el área para definir. Esta es la mía, me dije, y oí la voz del Víctor Hugo Morales, tremendo servicio del Mono Poce, hondísimo, y viene el gol viene el gol viene el gol&#8230; Nooooooooooooooooooooo, magistral atajada de Carlito&#8217; que fue a buscar esa pelota como se busca un sueño, la acarició con la yema de los dedos para elevarla por sobre el travesaño, nooooooooooooooooooooooooo, no fue gol, fue un ave que planea en la distancia para gritar la impotencia de no poder marcarrrrrrrrrrrrrrrrrr&#8230; El suelo era duro y cuando caí me crujieron los huesitos del codo, pero había sacado la pelota y seguíamos cero a cero. Se me saltaban las lágrimas del dolor, pero no dije ni mu y me dirigí a los defensores, concentrados muchachos, concentrados que viene el córner.<br />
-Buenísimo, Carlito&#8217;- chifló el entrenador desde la mitad de la cancha.<br />
Cuando patearon el saque de esquina pensé rechazar con los puños, la pelota venía suavecita y planeando, un platito que flotaba indolente en el aire, pero en lugar de eso la bajé con la palma de la mano en el área y la fui a buscar para pegarle con el empeine en dirección del Cortito. Ni corto ni perezoso el pibe picó y se la llevó jugueteando de taquito y con el pecho. Un defensor desesperado se tiró en un resbalón aparatoso, que mucho tenía de final y de bronca. El Cortito enganchó para adentro y cuando el balón pegó el segundo pique lo sacudió con un derechazo furibundo que hizo temblar la red. Después hicimos circular la pelota, cada contragolpe nuestro era medio gol, y cuando el árbitro pitó el final el entrenador vino a felicitarme.<br />
-Grande Carlito&#8217;, sin vos no ganábamo&#8217;&#8230;<br />
El cuarto de final nos tocó con el equipo uno. El entrenador pasó más tiempo con ellos que con nosotros, que nos quedamos esperando en el pasillo del vestuario. Al cabo de quince minutos abrió la puerta y los hizo salir. Después entramos nosotros. No nos pidió que nos dejáramos ganar, pero más o menos lo que quedó en claro era que no teníamos ninguna chance, que los otros nos iban a reventar. Pero en lugar de eso resultó un partido aburrido, una cadena en la mitad de la cancha, los defensores en marca hombre a hombre, sin jugadas de peligro. El desempate fue a penales, en serie de a cinco. Quedamos cuatro a cuatro, y cuando llegó el turno del último no tuve necesidad de contarme el partido, no, porque tenía adentro de la cabeza al Víctor Hugo Morales, zumbaba la hinchada detrás de su voz, dale campeón dale campeón dale león, avanza el impecable mediocampista Lucho González, pelota bajo el brazo, andar seguro y firme, imperturbable, convencido de marcar, posa la pelota sin ni siquiera mirar hacia el arco, ¡qué clase!, ¡qué jugador!, se viene el gol, se viene el quinto penal convertido, toma carrera Lucho González, saca un bombazo y gggg&#8230; ¡nooooooooooooooo! ¡un artista estropeó una obra maestraaaaaaaaaaaaa! ¡qué atajada de Carlitos! ¡se impregnó en el espacio como una metáfora, como un esférico con mucho efecto, como un destornillador se envolvió en el aire y desvió ese cañonaaaaaaaazoooooooooooooo!<br />
El Cortito Micheli era el encargado del último penal y lo convirtió con clase, a contrapié, el pobre arquero contrario mordió el polvo, el polvo arrugado de la derrota, de la impotencia, y los jugadores corrieron desaforados hacia mí me abrazaron me abrazaron, vi la imagen de mi papá como una foto movida, llorando al borde de la cancha, sin animarse a entrar, él que me quería tanto, papá. El entrenador paró la fiesta, pero estaba emocionado, perlas en los ojos, tranquilos muchachos, tranquilos, grande Carlito&#8217;, y me acarició el cuello y me sentí como un perro fiel, feliz, feliz. Como si me hubiera acariciado papá. Como perro con dos colas. Cuando mi viejo no me hablaba, me ponía mal, no era conmigo, nada que ver con vos, me decía mamá, problemas del trabajo, de dinero, preocupaciones, Carlito&#8217;, si supieras, y me abrazaba la vieja, y suspiraba, ahí, en el fondo de casa, donde yo le daba a la pelota y mi hermano decía pará Carlito&#8217;, no seas boludo, que vas a arrancar los brotes de las flores con tanta patada contra los canteros.<br />
Después nos metimos otra vez en el vestuario. Nunca lo había visto así al director técnico, una abeja picando miel, a los saltos, hablándonos a todos, a cada uno, escribiendo en el pizarrón la táctica, cuidado con el atacante de la derecha, desborda rápido y a cubrir el centro, y si no, engancha para adentro y busca al diez. El diez era Maradona. Yo me llamaba Carlito&#8217; e iba a jugar contra Maradona.<br />
La final era un plomazo, nada que ver con las semifinales, que ganamos cuatro a cero. Yo atajé un penal, me sentía una palomita voladora, una nube flotando en el espacio sideral, las paraba todas. Pero en la final no pasaba nada, mucho miedo, demasiado pase lateral, el temor a la victoria. En el banco, el entrenador saltaba de impotencia, se comía las uñas, se incorporaba y daba instrucciones, vos a la derecha Cortito, buscá la profundidá, Cabezón, nada de pelotazos, cuidar la transmisión. Y ya íbamos derecho a los penales, quedaban unos segundos, cuando Mercer me hizo un pase para atrás, yo no tenía más que reventarla porque el árbitro iba a pitar el final del match y a los penales, momento mágico en el que Carlito&#8217; iba a lucirse y a mostrar su clase internacional, esto no va para más Pezzotta, Estudiantes es campeón con Carlito&#8217; y una actuación sensacional, mágicaaaaaaa y de repente no sé lo que paso, me empecé a acordar del fondo de casa, cuando me ponía a chupar el revoque de la pared desconchada, girando, rotando como un ventilador y venía la pelota, venía rodando como un caramelo deslavado, no tenía más que pararla bajo mi pie y mandar un pelotazo para llegar a los penales, íbamos cero a cero, se definía a penales, y el esférico rodaba como yo pegado a la pared y al revoque, la que daba vueltas era la pared y no yo, y venía la pelota y levanté la pierna para detenerla, pero la levanté mucho, la elevé como para hacerla girar como una escafandra en órbita alrededor del espacio y la pelota siguió de largo, pasó bajo mi pie, lentamente, no podía llegar a atravesar la línea y como en otra foto movida vi al entrenador que se agarraba la cabeza, y a Mercer que tenía un hueco negro de asombro en lugar de la boca, y así rasguñando el polvo la pelota entró al arco, pasó la línea y entonces escuché el grito de gol, golgolgolgol de los jugadores rivales. Después volví al fondo de casa, a seguir chupando la pared.</p>
<p>Néstor Ponce</p>
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		<title>Un cuento inédito de Julio Cortázar</title>
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		<pubDate>Mon, 04 May 2009 10:26:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La editorial Alfaguara acaba de publicar Papeles Inesperados, un compendio de once relatos, tres historias de cronopios y un capítulo desconocido del Libro de Manuel, junto con varias autoentrevistas, poemas, ensayos, prólogos, discursos y otros textos inéditos de Julio Cortázar. La publicación plantea, es cierto, el problema moral de qué tan lícito es el dar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 248px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/julio2.jpg?t=1241431820" alt="julio2.jpg picture by antoniosarabia" />La editorial Alfaguara acaba de publicar <em>Papeles Inesperados</em>, un compendio de once relatos, tres historias de cronopios y un capítulo desconocido del Libro de Manuel, junto con varias autoentrevistas, poemas, ensayos, prólogos, discursos y otros textos inéditos de Julio Cortázar. La publicación plantea, es cierto, el problema moral de qué tan lícito es el dar a conocer escritos que el propio autor desestimó en vida. A mí en lo personal, y supongo que a muchos de mis colegas, me aterra la perspectiva de que alguna vez se lean borradores que yo no encuentro a punto y que he dejado cocinando para futuras revisiones en el disco duro de mi ordenador o, ya impresos, en lo más hondo de un cajón. Sin embargo Cortázar es Cortázar y para sus admiradores, entre quienes me cuento, cualquier de sus textos tiene un interés especial que tal vez él mismo nunca previó. Por eso, y esperando contar con el tácito perdón y la venia del Gran Julio, me apresuro a compartir con los lectores de Los Convidados uno de los cuentos reciéntemente aparecidos.<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 212px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/IMAGEN-5122208-1jpg.jpg?t=1241431545" alt="IMAGEN-5122208-1jpg.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-792"></span></span><br />
LA DAGA Y EL LYS</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
El correo salido ayer de tarde con la venia del duque habrá presentado al Ejecutor una somera relación de los hechos acontecidos en la noche del viernes veintiuno del mes que corre.<br />
Dicha relación, dictada por mí al secretario Dellablanca, atendía a someter a la atención del Ejecutor los hechos inmediatos y las providencias de primera hora.<br />
A tres días del suceso, vueltos los espíritus a una más ponderada vigilancia de sus ánimos y humores, fuerza es rendir debida cuenta de las muchas reflexiones, enredadas conjeturas y ansias de verdad que por todo ello corre.<br />
El Ejecutor ha de encontrar en lo que sigue debida memoria de hechos y legítimo ejercicio del razonar sobre la sustancia de los mismos, que traen alterada la corte del duque y abren los oídos de la plebe a los más sediciosos rumores.<br />
El Ejecutor no ignora en su saber que el difunto agente Felipe Romero, natural de Cuna de Metán, de diecinueve años, soltero, de estatura mediana, nariz recta, boca de labios finos, barbilla regular, cejas negras, ojos azules, cabello rubio rizado, barba afeitada, me asistía en la delicada tarea para la cual el Ejecutor tuvo a bien designarme.<br />
La discreción de la camarera Carolina allanó las dificultades para que el agente Romero fuese admitido en calidad de paje en la cámara de mi señora la duquesa; tres meses y una semana precedió en este oficio a la muerte, habiendo ganado confianza y estima de sus señores, y aprovechado de ella sin mengua para adentrar en los engañosos silencios de palacio donde la historia crece envuelta en terciopelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 360px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/julio-cortazar1.jpg?t=1241432182" alt="julio-cortazar1.jpg picture by antoniosarabia" />Así, el informe elevado al Ejecutor en quince de mayo, conteniendo el pliego de consignas de los que conspiran contra Palacio, procedía tanto de la diligencia y afán del agente Romero, sagazmente ayudado por la camarera Carolina, como de mis propios barruntos que el Ejecutor ha tenido la bondad de alabar en otras oportunidades. De los agentes asignados a la misión a mi cargo, el difunto Romero sobresalía por méritos propios, que su extremada juventud recataba a ojos que miden saber por arrugas o truecan respeto por historiales. Su donaire le valía volteo de llaves y abandono de recelos; así mi señora la duquesa hubo de agraciarlo gentilmente con encargos y diligencias, cediendo en él labores que atañían a otros criados de su cámara, más remisos o desabridos.<br />
De cada una de aquellas mercedes (que tales son las órdenes en labios de mi señora la duquesa) hubo el agente Romero de extraer provecho para la investigación, allegándome noticias y presunciones que el Ejecutor recibió en su día, oportunamente cernidas y glosadas.<br />
Los hechos de la noche del viernes los conoce el Ejecutor en sustancia. Hallóse el cuerpo de Felipe Romero en la galería cubierta que conduce, viniendo de la poterna norte, a las salas de armas y cámaras del duque.<br />
Cupo a la camarera Carolina el descubrirlo, con lo que perdió los sentidos y desplomóse sobre la sangre brotada de la garganta del finado. Digo finado, aunque ciertas revelaciones que el Ejecutor considerará más luego, permiten suponer una agonía prolongada, una muerte llena de delicadeza como cuadraba al ser en la que se ejercía.<br />
Recobrada la camarera, alzó voces y vinieron con luces y visto fue el hecho. Yo llegué poco más tarde y era Felipe Romero el muerto. Vestía la víctima su jubón verde de paje, sus cintas bicolores, su gorro de pluma sola.<br />
Por abajo del mentón le entraba una daga fina como un áspid, de cabo con rubíes, subiendo su hilo templado a perforar la lengua y los paladares, pasándole a la caja del cerebro para acabar su carrera en el recinto mismo del pensar y el acordarse. Yacía el muerto de espaldas, encogidas de lado las piernas y en cruz los brazos, crispados los dedos hacia abajo como probando de aferrarse al suelo.<br />
Cuando le quité la daga mientras hombres le sostenían la cabeza, volcase el resto de la sangre sobre el arma y el pecho, sin faltar quien dijera que las manos se habían movido una vez.<br />
Yo reparé en lo que había que ver e hice lo que cuadraba, y ya entonces acudía el duque con la gente de dentro. Díjele que era un paje, por no nombrarle y adentrar en su inteligencia la sospecha de que me era adicto, y él ordenó que acercaran las luces y se estuvo mirando al muerto, que también lo miraba sin verlo, y me miraba.<br />
Un arquero le bajó los párpados, y el duque pidió la daga para imaginar la herida. Le respondí que arma era ya de la justicia, y dijo:<br />
&#8220;Justicia es extraña palabra, mas acaso doblemente la merezca esa hoja&#8221;. Y como yo esperara, pues del esperar tengo mucho aprendido, fijóse en la herida y musitó: &#8220;Empalado lo han&#8221;. &#8220;Señor, que por abajo se empala&#8221;, dije.<br />
Y él:<br />
&#8220;No olvide el Investigador cómo los sesos y la lengua saco son a veces de inmundicia, y una daga en ellos más justa que los palos del turco&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 282px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Julio3.jpg?t=1241433892" alt="Julio3.jpg picture by antoniosarabia" />Entonces agregó que era broma, como que lo maravillaba herida tan peregrina siendo que en muchas batallas jamás viera soldado apuñalado por la barba. Discutieron los otros, y yo aduje sin insistir que daga italiana es arma sutil, y que se va de la mano al enemigo y entra por doquiera como lluvia fina.<br />
Cuando ordenaba a un alabardero quedarse cabe el cadáver, y volvíamos a la cámara mayor del duque, oyéronse clamores en los aposentos del ala menor de palacio, se alzaron luces, y por averiguación de criados supimos que la duquesa era enterada del suceso y condolida harto.<br />
&#8220;Favor tenía el paje&#8221;, prorrumpió el duque torciendo el gesto. &#8220;Cuide el Investigador de que sea removido el muerto y ahorrada a mi mujer verle entre tanta sangre.&#8221;<br />
Prometí que lo haría apenas acabadas mis providencias, y aguardé otras palabras. Volvióse el duque a sus dados, que los alternaba con el capellán, y ensimismóse sin esfuerzo. Yo pedí dos luces y retorné junto a Felipe.<br />
Repare el Ejecutor en que la noche era sin luna y agobiada de tinieblas la galería.<br />
Pudieron matar a Felipe sin darle tiempo a ver venir el golpe, y él mismo andando por el sitio no ofrecía más blanco que una sombra entre otras. Asómbrame lo certero del golpe, allí donde un error de nada hubiera envainado la daga en el aire, alertando al atacado.<br />
El Ejecutor sabrá cuán azaroso es golpear en el magro espacio que dejan los maxilares y el nacimiento del cuello, y que apenas el asentir de la cabeza oculta. De mozo entendíame con mis hermanos en arte de montería, siendo frecuente que probáramos la vista y la suerte en herir al jabalí dándole en convenido lugar. Y porque llegué a hacerlo como me venía en gana, sé del repetido trabajo que requiere.<br />
Despedidos el alabardero y los criados, fijos los hachones a las anillas de la pared, bajéme a ver con los ojos lo que antes viera con los pulsos.<br />
Sepa el Ejecutor que esta memoria nace de la reflexión y el debate en horas sustraídas al mundo de palacio, fijo el entendimiento en la suerte del agente Romero, en los azares o conjunciones que hicieron de él un cadáver que para mí guardaba una última palabra.<br />
Sepa el Ejecutor que la palabra era un lis, trazado por su mano derecha en el mármol donde la sangre una vez más hizo de tinta para la historia.<br />
Junté la flor del duque y el lugar, los medí sin parcialidad ni favor, y vi lo que estoy diciendo. Bien que el agente Romero no fuera extraño a las cámaras del duque, su lugar estaba allende, cabe su señora y ama, y aún más de noche antes del retiro de los séquitos y los asistentes, por ser hora de últimas órdenes y disposiciones.<br />
Supo la víctima que moría, anegóse en su sangre, alcanzó a trazar el lis en la tiniebla, con el último calor de su mano derecha. Y yo lo vi el primero, como él debió esperarlo, y lo borré al bajarme para desgajar el puñal, antes que asomara el duque.<br />
Digo que muerto fue el agente Romero en cuarteles que señalan al ejecutor; atraído por aviesa orden o convite gentil, vino a los aposentos del duque y no alcanzó a llegar; supo de su matador por lumbre de estrellas o bisbiseo de venganza, y lo nombró por su nombre figurado.<br />
Dos razones tuvo el asesino para matar o hacer matar a Felipe:<br />
El favor de la duquesa, manifiesto en cacerías y juegos corteses, y la sospecha de que estaba a mi servicio reuniendo voces y señales de la conjura contra Palacio.<br />
De la primera razón dan fe los clamores de su ama y el escarnio del duque al cadáver; de la segunda cábeme el medir la fuerza por mi propia labor amenazada, mi hora que quizá por otra galería viene.<br />
A ambas junto para señalar la culpa del duque y encarecer las prontas decisiones de Palacio, al que esta sangre lejana mostrará la inminencia de un golpe más universal, la rebelión latente que este crimen emboza y fortifica.<br />
Separéme de Felipe para visitar las cámaras de la duquesa, donde las luces no cejaban; hallé a las camareras desaladas, descoloridos los pajecillos del aguamanil, caídas las piezas del juego que había jugado mi señora mientras tañían las vihuelas de la recreación.<br />
Allegóse la camarera Carolina, fingiendo mayor desánimo que las otras. Díjome que la duquesa guardaba el lecho, con luces vecinas y el cuidado de la nodriza; recordó que había jugado hasta el toque de relevo, y pedido luego licencia a su contendiente, que lo era el confiscador Ignacio, para contemplar la carta del cielo en procura de conjuraciones vaticinadas por su astrólogo.<br />
A su retorno, que lo fue sin luces por mejor ver las estrellas, quejóse de una interpuesta nube y del relente. Por no descuidar nada, mandé a la camarera fuese a reparar en su ama sin ser vista, y trájome cuenta de su olvidado semblante, su reposo en brazos de la nodriza, que con los arrullos de niñez había rescatado la sonrisa en el rostro de mi señora.<br />
Despedí a Carolina por mejor pensar, y me estuve moviendo las piezas del juego, encontrando más simple sus muchos azares que el ya acabado con su alfil caído al borde del damero.<br />
Y por alfil saqué señor, y también la fatiga y la tristeza trajéronme la imagen de los dos platicando en el patio de armas, la diestra del duque apoyada en el hombro de Felipe, condescendencia del grande que alza así al pequeño para salvarse de ocio un breve rato.<br />
También me vino al recuerdo la vuelta de las justas el día de San José, en que hirióse el duque en el brazo por desafortunado lance, y Felipe teniéndole las bridas del caballo por no dejarle sufrir.<br />
Así dado a fantasmas, alcé la daga para interrogar su forma, admirándome de pronto el escarnio del duque parado ante el muerto, debatiendo si no protegería un nombre que en su mente se alzaba, o si entendía acallar con su ceñudo continente los recuerdos ajenos donde su mano volvía a posarse en el jubón del paje o se quedaban sus ojos puestos en el cabello que de rubio devoraba el sol de las terrazas.<br />
Ardua tarea la de matar rumores; cobíjanse en las colgaduras y doseles, remontando sus figuras por detrás de los párpados; y los grandes saben de su acoso sin lástima.<br />
Así vime llevado a pasar de una reflexión a la sombra que la daga declinaba en el damero; y de mirar el juego de mi señora la duquesa, truncado por las noticias de fuera, me nació el meditar en la infrecuente herida del agente Romero, delatora acaso de una mano aplicada a labores menos graves.<br />
Y más luego, luchando en mi interior con este inmóvil alterarse de las piezas en el damero, dime a mí mismo el ejemplo de Judith y de tanta vengadora que en los pasillos del tiempo repite una y mil veces su hecho para maravilla de hombres y libros.<br />
Vi verterse una sangre en el damero, la forma de un lis bajo unos dedos arañando el mármol, y el lis es flor ducal y muestra lo que el Ejecutor ha de estar viendo conmigo. Fingió el duque, supo verdad; si cubría con su burla el brillo de pasadas justas, también protegía dolorosamente a quien de él en Felipe se vengaba; salvábase a sí mismo salvando a la homicida.<br />
Y vea el Ejecutor esto que solo se agrega: nadie muriendo de herida tal, espumando sangre con la partida lengua, podría en la tiniebla hallar consejo de sí mismo y delatar a su asesino por dibujo de lis.<br />
Bajándose a beber de esa enconada agonía, la matadora urdió los pétalos que la mirada de los otros llamaría duque. Inocente es éste, bien que encubridor involuntario.<br />
Y la duquesa debe ser prontamente arrancada de esa sonrisa que desde el sueño le alcanza la venganza cumplida.<br />
Porque tenga el Ejecutor la entera máquina de tan confuso acontecer, estuve luego en la cámara del médico donde yacía el despojo del agente Romero. A la luz de los hachones víle desnudo por primera y última vez en la alta mesa del cirujano; marchóse el médico y quedamos solos.<br />
¿Por qué habría de negarme al testimonio de quien, al menos en apariencia, supo escribir después de muerto?<br />
Junto mi rostro al rostro de Felipe, busqué en sus ojos otra vez misteriosamente abiertos la imagen de la verdad, un zodíaco de nombres en su mortecino cielo azul velado.<br />
Vi sus labios donde secábase la sangre como un sello de clausura, vanamente pregunté al mármol de su oreja donde el sonido se estrellaba y caía. Mas de tanta negación hube de atisbar en Felipe una respuesta, un afirmarse a sí mismo como respuesta, un contestar su propio cuerpo por nombre, un horrible nombre invasor y tiránico.<br />
Como si de pronto, por el puente de los rostros contiguos, pudiera él pensar con mi pensamiento, ser yo mismo en la revelación instantánea.<br />
Y oí su nombre dicho tantas veces, su nombre repetido, solamente su nombre. Apelé a la reflexión, tapándome los ojos, pero después miré la herida del mentón y me acordé del grande Áyax, de los que se matan por filo, se tiran sobre un arma.<br />
Teniéndola con ambas manos, evitado de verla por la sombra y la postura, le bastó empujar una sola vez mientras sumía la cabeza en el pecho, y el resto fue dolor y confusión agónica. Con las mismas manos que habían tenido la brida del caballo del duque a la vuelta de las justas se mató Felipe, lo sé de pronto como se sabe que el día ha llegado o que el vino del alba olía a violetas.<br />
Y digo al Ejecutor que sabiendo excuso, aunque el excusar me arrastre mañana en la caída del agente Romero.<br />
Excuso una muerte a ciegas, un darse el silencio a través de la lengua; mido, como medí junto al frío cadáver desnudo de Felipe, su abominable valor a la hora de la decisión.<br />
Creo que llevaba en la inteligencia las claves y las pruebas de la conjura del duque contra Palacio, y que no fue capaz de traicionarlo después del brillo de las justas y el prestigio de favores que imagino.<br />
Fiel hasta esa noche al Ejecutor y a mí, acosado por una división que la dura mirada de sus ojos resumía, se refugió en la muerte como el niño que era. Inocentes resultan los duques, discretos esperan de mi discreción el final de una confusa tarea que para mí dura todavía, después que cerré finalmente los ojos de Felipe, lo vestí con mi ropa de Palacio, lo puse en un féretro de ébano sin herrajes ni figuras, y al alba del domingo dejé entrar la luz y los criados que se lo llevaron a una fosa abierta en secreto.<br />
Si el Ejecutor lo manda, sabrá donde está enterrado sin nombre ni sentencia: era una criatura maligna y hermosa, es bueno quizá que haya desaparecido cuando dejaba de serme adicto.<br />
Aparte de lo informado, agrego que en la tarde del domingo me hizo llamar el duque para pedirme la daga.<br />
Esto ocurrió después que yo le había avisado que la investigación iba a cerrarse sin más por falta de pruebas materiales, y que mi informe a Palacio sostendría que el agente Romero se había suicidado.<br />
El duque volvió a pedirme la daga, que yo llevaba limpia y envainada para no dejársela a nadie. Me negué atentamente, y hasta le dije:<br />
&#8220;Cómo le voy a prestar un arma que es de la justicia&#8221;.<br />
Se puso pálido de coraje, y dijo algo como que las cosas estaban muy turbias y que él se iba a ocupar personalmente de averiguar la procedencia del arma.<br />
Cuando yo me iba, agregó:<br />
&#8220;Nunca le vi esa daga a Felipe Romero&#8221;.<br />
No sé por qué, tanta seguridad en el inventario me enfureció. Cualquiera puede saber que la daga no era de Felipe, y hasta averiguar de qué vaina salió para matarlo.<br />
No solamente el duque sabe eso; pero tampoco es obligación que un hombre se mate con su propia daga. A la daga y al lis pueden pensárseles muchos dueños.<br />
Todos sabemos herir, y todos podemos dibujar tres pétalos con sangre.<br />
Lo que creo es que el duque está empezando a mostrar lo que en la noche del viernes tapaba con su burla.<br />
Le duele Felipe, le duelo yo, nos dolemos los dos si nos miramos. Pero yo digo:<br />
¿Por qué un duque, ese hombre de reyes, se impacienta por una muerte sin importancia?<br />
Se impacienta porque esa muerte está llena de importancia, porque detrás viene la duquesa y vengo yo, sobre todo vengo yo. A mí me parece que detrás de eso vengo yo para el duque.<br />
Entonces fuerza la situación, habla de encontrar al dueño del arma para echar sospechas sobre ese pobre hombre a quien a lo mejor Felipe se la quitó en secreto para matarse.<br />
Y si el duque fuerza la situación y busca un supuesto culpable, es que quiere protegerse o proteger a la duquesa; es que ese perro está tratando de echarle el fardo a otro, y lo hace por la ramera de su mujer o por él mismo.<br />
Está claro que es culpable, que mató a Felipe, y que Felipe dibujó el lis mientras se moría, con la última fuerza de su pobre mano dibujó el lis para que yo lo viera y reclamara el castigo del duque, o de la duquesa, o de los dos, del ama de Felipe y del amo de Felipe: el castigo y la muerte de los dos inmediatamente.</p>
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		<title>De Ida y Vuelta</title>
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		<pubDate>Sun, 26 Apr 2009 12:57:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ayer por la noche en Albox, Almería, se entregó el Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2009 a Rubén Díez Tocado y, como es costumbre, se presentó al mismo tiempo la edición impresa del libro galardonado el año anterior, De Ida y Vuelta, de la poeta andaluza radicada en París Sara Herrera Peralta (Jerez [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ayer por la noche en Albox, Almería, se entregó el Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2009 a Rubén Díez Tocado y, como es costumbre, se presentó al mismo tiempo la edición impresa del libro galardonado el año anterior, <em>De Ida y Vuelta</em>, de la poeta andaluza radicada en París Sara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, España 1980).</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 238px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/SARAT3.jpg?t=1240675425" alt="SARAT3.jpg picture by antoniosarabia" />Sara tuvo a bien invitarme a escribir el prólogo de su poemario, solicitud a la que accedí gustoso porque, además de la simpatía personal que me inspira su autora, <em>De Ida y Vuelta</em> es una obra espléndida que augura a Sara Herrera Peralta un relevante porvenir dentro de las letras españolas.</p>
<p>El libro es un bello y muy bien cuidado volumen que publica la editorial Difácil, de Valladolid, bajo la dirección de César Sáenz.</p>
<p>Saludo, pues, la aparición en las librerías españolas del poemario ganador del VII Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos, <em>De Ida y Vuelta</em>, publicando el prólogo que le escribí junto a tres poemas del mismo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>PRÓLOGO</p>
<p>La épica de Gilgamesh menciona un pasaje subterráneo que une las cimas de dos cumbres gemelas: las de las montañas que limitan el poniente y el oriente en los dos extremos del mundo. Ese es el oscuro sendero que el sol recorre durante la noche para volver a su punto de partida. El héroe, abatido por la idea de la muerte, se empeña en tomarlo y después de recorrerlo dos veces, de Ida y Vuelta durante doce etapas dobles, reaparece en la superficie y emerge ante la aurora. Ha seguido la senda que lleva de la muerte al renacimiento, de la árida y cerrada lobreguez a la fuente de la vida, del útero marchito y agotado a la resurrección.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 214px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Imagen1.png?t=1240675294" alt="Imagen1.png picture by antoniosarabia" /><em>Una vez creí que la vida estaba muerta </em>dice Sara Herrera Peralta en el verso que abre el poemario y, al igual que el héroe de la antigua épica, desciende -<em>me adentré en el túnel escaleras abajo</em>- para cumplir el mismo antiguo ritual iniciático en el subsuelo urbano. Las tablas de arcilla que marcan el recorrido de Gilgamesh se convierten en otros tantos carteles que señalan los nombres de las paradas en la línea seis del metro de París. De <em>Nation</em> a <em>Charles de Gaulle-Étoile</em>. La ruta que Sara recorre De Ida y Vuelta, ese mirar lúcido y condolido con el que observa cuanto le rodea, es el hilo conductor que la llevará a la salida y, al alcanzarla, a la iluminación. Sus vivencias dan cuenta de un periplo más moderno que el de Gilgamesh pero no menos arquetípico. Su testimonio no corrompe el símbolo, lo actualiza.<br />
Su poemario no es una suma de poemas aislados sino un auténtico &#8220;libro de poesía&#8221;, con una unidad temática particular en el que los versos germinan de un mismo ensimismado desasosiego para obedecer a una cohesión y a una lógica internas que los unen y que, al leerse como un todo, confieren al lector el punto de vista que le permite abarcar la experiencia completa.<br />
Porque sus reflexiones caen, fluidas, naturales y certeras sobre la hoja de papel con tonalidades en las que se advierten cadencias de la gran poesía iberoamericana, de Paz, Parra y Pizarnik, entreveradas con la de algunos poetas de su nativa tierra andaluza. Al leerla pienso en Cernuda, en Altolaguirre, en Moreno Villa, quienes en algún momento de sus vidas se nutrieron en tierra americana. Y es ahí, en ese terreno inasequible para el común de los mortales en el que la sobriedad y la elegancia en el lenguaje se dan cita con la inteligencia, el sentimiento y la intuición, donde nace la poesía de Sara Herrera Peralta. Su voz puede ser joven pero, a sus veintinueve años, posee un acento maduro y resuelto que despunta con personalidad propia entre los demás miembros españoles de su generación: Carlos Contreras Elvira, Martín López Vega, Álvaro Tato, Fruela Fernández y Elena Medel.<br />
Es conveniente mencionar que Sara, como muchos de los autores que presiento en su obra, escribe y en parte se ha formado literariamente fuera de su patria. La coincidencia, entre otros, con los Paz, Pizarnik, Cernuda, Altolaguirre o Moreno Villa mencionados anteriormente no puede ser más clara. De ese exilio físico y espiritual nace el mirar embelesado y perplejo que induce a apreciar con azorados ojos ajenos lo que para los demás no pasa de ser ordinario y trivial.<br />
En la segunda parte del poemario Sara abandona el submundo parisino y se eleva por los aires. <em>La maleta de Hiroshima fue mi excusa para un ticket de ida y vuelta</em>, apunta.  Los títulos de estos otros poemas corresponden a los rótulos que las compañías aéreas fijan en el equipaje de sus pasajeros para indicar el origen y destino de sus vuelos. Cada transitoria etiqueta sobre la valija equivale a una estación del Metro. El viaje, el desconsolado monólogo, continúa. Madura nuevas consideraciones en distintas esferas sobrevolando el trayecto anterior como a la superficie de un espejo. Lleva, dice la misma Sara, <em>la civilización escondida en los bolsillos</em>. Y al final del camino, en una celebración que se repite, encuentra como postrer consuelo la esperanza.<br />
Con la obtención del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008, esta joven poeta jerezana prosigue la afortunada tradición de brillantes ganadores iniciada por Carlos Contreras Elvira en el 2006 y continuada por la colombiana Lauren Mendinueta en el 2007. Si el ahora se le presenta a Sara Herrera Peralta así de espléndido sólo nos queda fabular sobre lo que le depara el futuro.<br />
Antonio Sarabia</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-747"></span><br />
</span><a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R-5beM6cQUI/AAAAAAAAATY/yGOcudWprrY/s1600-h/images-1.jpeg" rel="lightbox[747]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5183180795570569538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R-5beM6cQUI/AAAAAAAAATY/yGOcudWprrY/s200/images-1.jpeg" border="0" alt="" /></a></p>
<p>[16. EDGAR QUINET]</p>
<p>Los dos. Cogidos de la mano. Intuyendo los vértigos venideros,<br />
los congeladores vacíos, las tardes de supermercado, las noches de cine,<br />
la rutina afrodisíaca.</p>
<p>Siempre hay una puerta que se abre. Otra que se encaja.<br />
Y en el andén, mientras todos permanecemos,<br />
ellos se separan y se vuelven los extremos del reloj. Puntuales. Modestos. Amables.</p>
<p>No existe el fuego donde no hay deseo. Ni estímulos primarios.<br />
Ni compromiso estudiado. Ni intención de nada.</p>
<p>La mitad visible y la invisible se separan. Los amantes.<br />
Ellos, que creyeron contar el uno con el otro,<br />
han destrozado todas las sábanas, todos los perfumes, todas las flores.</p>
<p>Y han ido a parar al fondo del océano.<br />
Han contado minutos.<br />
Son precipicios enfrentados.</p>
<p>Ya son andén. Ya son distancia.<br />
Ya no son nada.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>[17. GARE MONTPARNASSE]</p>
<p>Qué vanidad maldita la de los escarabajos que suben por las ventanas.</p>
<p>La lejanía del mar, ésa fue la primera culpa que sentí al pisar las calles<br />
y recorrer todos los vagones en dirección oblicua.</p>
<p>Saber que donde estemos podremos recordar<br />
es el consuelo de los expatriados.</p>
<p>La voz no queda lejos de cualquier rincón<br />
del mundo:</p>
<p>la ciudad no habría sido ésta,<br />
ni sus figuras, ni sus autores.</p>
<p>Yo llegué sin tiempo limitado,<br />
me acostumbré a sortear todos los vientos, las ráfagas, las malas rachas.</p>
<p>Y ahora me ven recorrer aceras,  pasar por el cielo y por la tierra,<br />
como una figura pequeña, sin olfato, ciega, que cree haber purificado<br />
el aire con la fuerza del miedo<br />
y la memoria.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R-5b0c6cQVI/AAAAAAAAATg/xFdToFV5FFw/s1600-h/images-3.jpeg" rel="lightbox[747]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5183181177822658898" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R-5b0c6cQVI/AAAAAAAAATg/xFdToFV5FFw/s200/images-3.jpeg" border="0" alt="" /></a></p>
<p>[28. CHARLES DE GAULLE-ÉTOILE]</p>
<p>Qué hemos guardado en los rostros durante el trayecto.<br />
Qué vejez se apresuró y qué tintes cubrieron las almas de bienvenidas.</p>
<p>Hemos oído hablar de perdedores, hemos contraído los huesos y los músculos<br />
para prepararnos. Y después llegaron los silbidos y la velocidad.</p>
<p>El vagón conoce la fiebre de los vagabundos<br />
y los granos del adolescente.</p>
<p>Quién nos sostendrá en las calles. Quién hablará de insignias, de la vida corriente,<br />
de los pájaros inventados, de los animales impuros.</p>
<p>Éstos son los símbolos y ésta la luz.</p>
<p>Las lenguas extranjeras sobrevivirán a nuestra marcha. Se derrumbarán las sombras.<br />
Y nosotros, que creímos que también en la humedad conviven la palabra y la saliva,<br />
pensaremos en los árboles extinguidos y en los muertos.</p>
<p>Hacemos números. Cargamos la maleta. Mencionan la palabra misericordia<br />
y yo, que no hablo de agonía,  que sé que no es éste el último vértigo ni el último miedo,<br />
que no oculto mi rostro, veo la luz al final del túnel.</p>
<p>Los raíles y los andenes se parecen a mi vida buscando una lámina inconfesable.<br />
Los cielos nos protegerán.</p>
<p>Hay quien dijo que queda la luz, siempre, allá donde vayamos.</p>
<p>Yo creo en todo eso.<br />
Y más, allá, aún.</p>
<p>Sara Herrrera Peralta</p>
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		<title>Cuando el coronel Aureliano Buendía mató a Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Apr 2009 13:24:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Lauren Mendinueta publicó hace unos días en su blog Inventario un post que no he podido resistir la tentación de transcribir, tanto por la injusticia cometida por un homónimo, que además comparte el mismo rango militar, del célebre y entrañable personaje de Gabriel García Márquez como por la belleza del poema de Ignacio Urdaneta de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lauren Mendinueta publicó hace unos días en su blog <a onclick="window.open('http://www.laurenmendinueta.com','','');return false;" href="http://www.laurenmendinueta.com">Inventario</a> un post que no he podido resistir la tentación de transcribir, tanto por la injusticia cometida por un homónimo, que además comparte el mismo rango militar, del célebre y entrañable personaje de Gabriel García Márquez como por la belleza del poema de Ignacio Urdaneta de Brigard, su víctima. Con el consentimiento expreso de Lauren lo reproduzco ahora para los lectores de Los Convidados. Abajo, una foto de Ignacio Escobar Urdaneta, después el texto de Lauren y luego el poema ya mencionado.</p>
<p><strong><span style="font-weight: normal;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 269px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/IgnacioEscobar1-1.jpg?t=1240577902" alt="IgnacioEscobar1-1.jpg picture by antoniosarabia" /></span>CUANDO EL CORONEL AURELIANO BUENDÍA MATÓ A IGNACIO URDANETA DE BRIGARD</strong> yo ni siquiera había nacido. Sin embargo la historia de esta infamia no deja de darme vueltas en la cabeza. Demasiada sangre ha corrido sobre Colombia, demasiadas vidas se han perdido por nada en un país que merece una mejor suerte. No crean que estoy hablando de un hecho literario sacado de las páginas de Cien Años de Soledad. En absoluto. La coincidencia en el nombre y el rango de los militares es apenas un hecho anecdótico y desafortunado.<br />
Ignacio Escobar Urdaneta nació en Bogotá en 1943. Según datos recopilados por él mismo, sus ascendientes se remontaban a Teresa de Ávila y Calderón de la Barca. Hijo de una familia acomodada, pasó buena parte de su juventud en España. Era un joven rebelde y contestatario que vivía en confrontación con la clase social a la que pertenecía. Simpatizante del Bloque Socialista, pronto llamó la atención del gobierno represor de Misael Pastrana Borrero. El 23 de abril de 1974, a la salida de una corrida de toros en Zipaquirá, fue capturado por las fuerzas secretas del gobierno. Esa misma noche fue asesinado por el coronel Aureliano Buendía. Casi parece una broma de mal gusto que el nombre de su verdugo sea el de un personaje de la literatura y que su muerte haya coincidido con el aniversario de la de Miguel de Cervantes.<br />
Estéticamente hizo parte de la Generación Desencantada, movimiento literario colombiano que surgió en los años 70, y al que también pertenecen Giovanni Quessep, María Mercedes Carranza, José Manuel Arango y Raúl Gómez Jattin, por mencionar sólo algunos nombres. El poema que publico a continuación apareció en el último número de la revista de poesía Alquitrave que dirige en Colombia el poeta Harold Alvarado Tenorio.<br />
Ignacio Escobar Urdaneta tenía apenas 31 años aquel fatídico 23 de abril de 1974. Su muerte fue injusta, cruel, inútil y nos privó de mucho.</p>
<p><span id="more-731"></span>CUADERNO DE HACER CUENTAS</p>
<p>I<br />
Las cosas son iguales a las cosas<br />
Aquello que no puede ser dicho, hay que callarlo.<br />
El ojo ve, y olvida.<br />
Pero la voz lo grita:<br />
las cosas son iguales a las cosas.<br />
El ojo las ha visto.<br />
A voz en cuello<br />
la voz las ha callado.<br />
(¿Y me volveré a ver y me diré: quién soy?)<br />
Lo que el ojo conoce de las cosas<br />
es por haberlas visto<br />
iguales a ellas mismas.<br />
(¿Y me diré otra vez: quién soy, que ya me he visto<br />
y sigo siendo yo?)<br />
El ojo ve, y olvida.<br />
El ojo no es conciencia de las cosas,<br />
ni es voz:<br />
es ojo apenas.<br />
Mudo, sordo,<br />
ojo inmóvil delante de las cosas.<br />
No sabe su sabor ni su sonido<br />
ni conoce su peso ni su fuerza<br />
ni juzga su deseo<br />
ni su sentido.<br />
El ojo ignora<br />
todo lo que es posible ignorar de las cosas.<br />
No ve lo que hay en ellas<br />
sino lo que ya sabe:<br />
y lo que sabe lo ha olvidado.<br />
Es ojo sin memoria<br />
ojo inmóvil<br />
ojo<br />
delante de las cosas.</p>
<p>El ojo es ciego<br />
en la noche del párpado.<br />
El ojo que quisiera ver las cosas,<br />
saber que las ha visto,<br />
creer que son iguales a las cosas ya vistas,<br />
no las ha visto nunca.<br />
Sólo conoce<br />
sombras<br />
en el párpado<br />
huellas<br />
en el párpado<br />
cauces<br />
en el párpado.<br />
Y así imagina el ojo mudo y sordo,<br />
el ojo quieto y ciego<br />
y que todo lo ignora,<br />
tiempos, vientos, olores, voces, fugas, silencios.<br />
(¿Quién soy, que no me veo y no me he visto?)</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 431px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/AurelianoBuenda1.jpg?t=1240319159" alt="AurelianoBuenda1.jpg picture by antoniosarabia" />II<br />
Ahora, ahora, afuera:<br />
luz de ciegos.<br />
Ojo a cántaros, ojo<br />
voraz y numeroso de los muertos.<br />
(En la memoria el golpe seco, hueco,<br />
de la luna en la piedra.<br />
En la memoria, lejos,<br />
un embudo de estruendo.<br />
Racimo, granizada,<br />
enjambre de ojos quietos.<br />
En la memoria el túnel<br />
repetido en el eco:<br />
atrás, ayer, adentro.<br />
Rastro de pasos, ecos).<br />
Ahora, ahora. Afuera:<br />
voz crecida en la voz<br />
voz igual a otras voces<br />
círculos en el círculo<br />
luz en la luz, memoria en la memoria.<br />
El alto cielo, embudo inescalable<br />
(Y el gemido<br />
de las tablas al sol, en el recuerdo).<br />
En torno, el ojo<br />
múltiple, pupulante:<br />
extático<br />
en la contemplación del arte por el arte.<br />
(Las figuras, de golpe,<br />
se desprenden del hueco de la curva,<br />
se deslizan siguiendo el arco de los pétalos<br />
cerrados como párpados.<br />
Esperan<br />
el rápido crujido de la tierra<br />
el silbido del aire en los oídos, como seda rasgada,<br />
el agrio olor del miedo<br />
metálico y espeso como el cuero.<br />
En la pupila pródiga<br />
paisaje con figuras:<br />
rígidas, fragmentadas<br />
figuras de silencio<br />
arrojadas de golpe y ahora rotas,<br />
volteadas como guantes,<br />
ingrávidas de pronto y ahora densas,<br />
inertes,<br />
rasguñadas sin fuerza<br />
por los dedos del viento).<br />
Un ojo cruel te mira<br />
(alanceado de lenguas<br />
engañado de sombras):<br />
un ojo extático<br />
en la contemplación del arte por el arte.</p>
<p>III<br />
Todo cuerpo<br />
dejado en movimiento, seguirá en movimiento.<br />
El movimiento es gobierno de sí mismo:<br />
carece<br />
del más rudimentario sentido de autocrítica.<br />
El movimiento<br />
es puro amor del movimiento<br />
ensordecido, ebrio.<br />
El movimiento<br />
baila consigo mismo, ante el espejo,<br />
(parodia del amor)<br />
la burla de la burla.<br />
El movimiento<br />
tiende a reproducirse.<br />
(Subir, subir, surcar el alto viento<br />
como si fuera necesario hundirse<br />
en la profunda cavidad del cielo.<br />
Subir sin Juicio<br />
hasta el más alto cuenco de la altura,<br />
subir con el impulso del abismo, acariciando<br />
la lisa piel del cielo,<br />
la ausente cicatriz donde se cierra el círculo<br />
y subir ya es caer:<br />
el hoyo en el espacio donde la ida se convierte en vuelta<br />
y el viaje es ya regreso.<br />
¿Para qué el movimiento<br />
si el punto de ll El movimiento<br />
no se suele plantear problemas metafísicos:<br />
todo cuerpo<br />
dejado en movimiento, seguirá en movimiento<br />
seguirá en movimiento<br />
aspirado hacia arriba por la altura,<br />
arrastrado<br />
por la atracción del vértigo,<br />
absorto, ensimismado<br />
en el delirio de los altos fondos:<br />
abrirse paso en la quietud del viento<br />
forzar<br />
los pliegues asimétricos del viento<br />
los chorros<br />
de metal en fusión, viento en el viento,<br />
rompiendo el viento, hurgando, hiriendo,<br />
penetrando la dura flor del viento<br />
hasta encontrar la sangre).<br />
Dura ley de materia<br />
que desgaja la nuez de la materia,<br />
espada<br />
que abre los labios dulces de la materia,<br />
espada<br />
tierna de luz<br />
tensa de viento.<br />
Todo cuerpo<br />
sumergido en un líquido<br />
seguirá en movimiento.</p>
<p>IV<br />
- Mira, mira: ¿qué ves?<br />
- Todo es lo mismo.<br />
- Todo es lo mismo siempre: las cosas son las cosas<br />
¿Qué ves?<br />
- Carroñas,<br />
cadáveres, torrentes<br />
de tripas y cabezas trituradas,<br />
remolinos de cuerpos<br />
y cuerpos destruidos,<br />
destrozos, sangres, muertes,<br />
caminos de la muerte.<br />
Y tú ¿quién eres tú?<br />
- Soy el espíritu<br />
que siempre engaña.<br />
Esto es aquí<br />
esto es aquí<br />
esto es aquí<br />
y ahora.<br />
Es mía<br />
la ceguera del sordo.</p>
<p>V<br />
No se conoce sino la propia voluntad. Y no es mucho:<br />
un ojo de agua<br />
latiendo gota a gota en un pozo de sombra.<br />
Un anillo de agua<br />
nacido de la noche, dibujando<br />
el perfil de la tierra, socavando<br />
la raíz de la roca,<br />
creciendo en espirales de silencio.<br />
Agua dormida, espejo de agua oscura,<br />
apenas reluciente,<br />
rezumando<br />
su claridad callada, respirando<br />
un encerrado olor en lentos círculos.<br />
Apenas martillada<br />
de heridas, florecida<br />
su pura piel por un jaspear de huida,<br />
conmovida<br />
por corrientes profundas.<br />
No se conoce sino<br />
la propia voluntad:<br />
una boca de agua,<br />
una creciente de muchas aguas juntas.<br />
Apenas se conoce la propia voluntad. Y no es nada:<br />
un río de agua,<br />
roto de luz, llagado de tiniebla.<br />
Un ojo abierto de agua.</p>
<p>VI<br />
Los deseos vienen de afuera: chocan<br />
en el plano del agua<br />
convulso, removido<br />
por turbios borbollones,<br />
estallado en rompientes.<br />
Los deseos, las ideas,<br />
caen vibrantes de arriba, se clavan:<br />
Jabalinas,<br />
flechas de plata en sombra ya revuelta.</p>
<p>El alma cree que brotan:<br />
que prolongan<br />
los dedos de la mano como nervios de luz.<br />
Vasta armazón de fuerzas disparada hacia el cielo<br />
(red atrapando el cielo<br />
que se escapa, aleteante, por entre las junturas),<br />
oscilante estructura de cañas y de cuerdas<br />
anclada en el espacio, columpiándose<br />
con su carga de pájaros feroces<br />
- torbellino<br />
de gritos y de plumas, entrechocar de picos y de garras:<br />
Peso sonoro<br />
que ensombrece la realidad del mundo.<br />
Colgado de lo alto<br />
(temblorosa la mano en el haz de tensiones contrapuestas<br />
en el caos<br />
de cables y estampidos y látigos y riendas divergentes.<br />
templadas, paralelas, cimbreantes, zigzagueantes),<br />
colgado ahora, joya<br />
chispeante en el vacío, alfiletero<br />
erizado de puntas y de lanzas,<br />
sin peso, bamboleante,<br />
como si alguien, abajo,<br />
dejara de repente de oponer resistencia,<br />
se dejara llevar al grado de los vientos,<br />
zarandear por su empuje, suspendido<br />
del inmenso armatoste (no muy claro en su rumbo<br />
y muy difícilmente maniobrable),<br />
arrastrado<br />
por un pie o una mano mordidos hasta el hueso,<br />
ahorcado como un perro.</p>
<p>VII<br />
Toda pregunta es un malentendido<br />
venido desde afuera.<br />
Así la red de errores<br />
se afloja de repente y se deshincha<br />
y el artilugio entero se viene cielo abajo con un solo crujido<br />
(engañoso entramado<br />
de palabras, de voces<br />
oídas mal: incomprensibles)<br />
como el sol en el mar, de un solo golpe,<br />
dejando un gran silencio.<br />
No la respuesta, sino el olvido.<br />
(Entonces la fatiga<br />
de desenmarañar. Es increíble<br />
cómo se enreda todo.<br />
Es increíble que aunque nunca dejemos que la tensión cayera un solo instante<br />
y aprovechamos siempre sabiamente<br />
-o eso siempre creímos-<br />
el poderío del viento abierto,<br />
encontremos ahora inexplicables<br />
nudos de tres lazadas, nudos ciegos,<br />
nudos de tejedor y marinero,<br />
nudos de ahorcado y nudos corredizos).</p>
<p>VIII<br />
Nada queda:<br />
sólo un campo de sangre<br />
encharcado de huellas.<br />
Encrucijada de pistas ilegibles<br />
que ha pisoteado todo el mundo.<br />
Silencio, roto apenas<br />
por el propio cansancio &#8211; por el sordo<br />
dolor que ya palpita en las heridas.<br />
Nada queda:<br />
la verdad, dicha, no ha dejado nada.<br />
(Evaporada al viento como un olor de sangre,<br />
fugitiva en el agua).<br />
Sólo se conoce la propia voluntad. Y no es nada.<br />
Es todo lo que hay.</p>
<p>IX<br />
El mal es sin remedio: toparnos cara a cara<br />
con la muerte.</p>
<p>(No es fácil: muchas cosas:<br />
ojos y sombras, cuerpos, la vanidad del arte,<br />
aire y agua en las manos).<br />
El mal es sin remedio.<br />
Se nace para eso:<br />
toparnos cara a cara con la muerte.<br />
Tarea de soledad &#8211; ya no rutina<br />
ni confusión, ni distracción, ni ruido.<br />
Ahora empieza la noche, dibujando<br />
con precisión las formas.<br />
Tarea de soledad, inevitable.</p>
<p>X<br />
La ética<br />
no es tema de palabras.<br />
Comienza en el momento en que concluye<br />
una vida de hombre, en que recibe<br />
punto final el caos:<br />
el sitio en donde al fin se juntan todos<br />
los hilos de la vida en un manojo<br />
(incluidos aquellos que alguna vez fueron tajados).<br />
La ética, como la metafísica,<br />
no es juego ni materia de palabras.<br />
Lo que ahora llega (y al llegar se agota)<br />
es otra cosa:<br />
el paso en donde ya no puede<br />
andar dispersa el alma.<br />
(Una vida de hombre<br />
remata en este campo ya vivido, regado de otras muertes.<br />
Aquí termina el mundo.<br />
Mala muerte, tal vez.<br />
Toda muerte es la muerte.<br />
Inútil, vana muerte:<br />
no servirá de nada,<br />
ni convencerá a nadie.<br />
Vistosa, o cruel, o igual a muchas muertes<br />
de todos los domingos.<br />
Cada muerte es la muerte).<br />
Las cosas, que antes fueron iguales a las cosas -luz en la luz, memoria en la memoria-<br />
ya no lo son: aquí no habrá más luz,<br />
aquí se acaba la memoria.</p>
<p>XI<br />
Porque se pierde siempre<br />
(porque siempre<br />
vendrá la muerte, iremos a la muerte)<br />
es necesario haber jugado.<br />
Sin esperanza.<br />
Sin cautela.<br />
Con el ojo y la mano.<br />
No se escoge la muerte: a ella se llega<br />
acorralado por la propia vida.<br />
Hay que haber escogido<br />
esa vida que empuja hacia la muerte.</p>
<p>XII<br />
Pero el fin es palabra todavía<br />
que sólo muere en el silencio.<br />
Y el hierro, todavía,<br />
sacará borbotones de rosas de la herida.<br />
(Más allá<br />
en el vapor caliente del descuartizamiento<br />
en el rumor goteante de vísceras azules<br />
y rosadas y verdes y amarillas<br />
huele a flores cortadas en el desolladero)<br />
(1974)<br />
Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard</p>
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		<title>Un cuento de Antonio Sarabia</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Apr 2009 01:12:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios]]></category>
		<category><![CDATA[Blogs literarios en español]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura mexicana]]></category>

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		<description><![CDATA[HIGADO DE GANSO . Mi amigo Salim no es especialmente masoquista. Nunca, entre sus contadas perversiones, ha practicado la de experimentar placer a través de la humillación o del dolor. Por eso le perturba esa oscura debilidad que le atrae una y otra vez hacia ese pretencioso y bien iluminado establecimiento de su vecindario parisino [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>HIGADO DE GANSO</strong></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Mi amigo Salim no es especialmente masoquista. Nunca, entre sus contadas perversiones, ha practicado la de experimentar placer a través de la humillación o del dolor. Por eso le perturba esa oscura debilidad que le atrae una y otra vez hacia ese pretencioso y bien iluminado establecimiento de su vecindario parisino donde lo tratan siempre mal. Salim es colombiano, de origen libanés, y vive en Francia porque a sí se dan hoy las cosas en el mundo, donde los descendientes de antiguos emigrados se convierten a su vez en emigrantes, como si un ancestral precepto nómada les mantuviera en perpetuo movimiento. Mi amigo es un alma de Dios, pero se diría que el tinte moreno de su piel o su peculiar semblante entre árabe y sudaca, pusieran en marcha todas las señales de alerta del local. La dueña es una mujer alta, enjuta y hosca, de ojos pequeños y juntos, que desde que él aparece en el umbral del negocio lo persigue de lejos con su mirar desconfiado. En alguna ocasión lo acompañé a comprar pimienta verde, el aderezo imprescindible de sus pechugas de pato, y me constan los esfuerzos de la ceñuda mujer por no abandonar su puesto junto a la caja registradora para vigilarlo mejor. Él se introduce con algo de vergüenza por entre los bien provistos y ordenados anaqueles procurando mantenerse siempre al alcance de su vista, no vaya a pensar que se está robando algo. No hay que hacer cosas buenas que parezcan malas, me recomendó aquella vez recordando el apocado refrán que otros igual de timoratos, aunque más viejos que él, le inculcaron en la infancia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 271px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/DSC07676.jpg?t=1238979575" alt="DSC07676.jpg picture by antoniosarabia" />A mí, el distrito donde vive me resulta insoportable, pero Salim tuvo que avenirse a él porque está cerca del liceo donde da clases de español. Lo mejor que pudo alquilar con su exiguo salario de enseñante es una buhardilla, en realidad un cuartucho de sirvientas con su ruinosa cocinita, en un elegante edificio de cantera frente a su tienda predilecta. Se la subalquila, a espaldas del verdadero propietario, el rico inquilino de uno de los departamentos de abajo.<br />
Su vecindario no es como otros distritos de París en los que se respiran aires menos turbios. Ahí la gente es brusca y altanera. Incluso se diría que sus habitantes comparten un vago aire familiar. Como si el barrio fuera un suburbio aparte y a través de quién sabe cuántos ancestrales matrimonios entre vecinos los genes hereditarios les hubieran marcado el semblante y el carácter con el mismo acre sedimento. Ciertos rasgos se habrían vuelto entonces dominantes y terminado por imponer su sañuda ley en todas las fisonomías: el mentón levantado, las comisuras de los labios arqueadas hacia abajo, en una mueca de disgusto, los ojos ariscos, posando desde lo alto una mirada indiferente hacia las cosas, cuando no fría y lejana hacia sus semejantes.<br />
Mi amigo vive, a su pesar, entre ellos. Y a su pesar compra a menudo en ese expendio de la esquina, donde nadie aprecia su presencia. Ahí gasta casi todo su salario porque a Salim le encanta cocinar, tiene dotes para ello, y no es de los que titubean en hacerlo para sí mismos cuando se encuentran a solas. Le ayuda a matar el tiempo, me dice, a distraerse. Por eso le fascina el olor y la limpieza del sitio, la disposición de frascos y paquetes. Las etiquetas de las botellas impecablemente alineadas en los estantes. Los soberbios vinos, con las grandes cosechas de Borgoña y de Burdeos. Las hileras de fina latería en las que se pueden encontrar desde trufas perigurdinas hasta huitlacoches mexicanos. La esmerada selección de los productos naturales, su frescura y pulcritud. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen, me dice arrobado, los mejores espárragos que ha comido en su vida.<br />
<span id="more-695"></span>Pero al acercarse a pagar se enfrenta a un oscuro sentimiento de rechazo. Como si su dinero tuviera menos valor que el de otros clientes. Cada vez que se detiene ante la caja le asalta la oscura impresión de que la dueña le va a requerir su habitual bolsa de mano para revisar el contenido. Esos pensamientos negativos, que de algún modo se translucen en su rostro, deben de haber contribuido al vergonzoso incidente que me he propuesto relatarles.<br />
Una tarde, Salim bajó a buscar setas y aceite para preparar un rodaballo que se había prometido a sí mismo como cena. Un elegante cartel, a la entrada del local, anunciaba el producto del mes: unos hígados de ganso, en semiconserva, orgullosamente colocados sobre la parte más alta de una de las estanterías del fondo, bien a la vista de todos. Salim había reparado en ellos desde unos días antes, porque le habría gustado servir uno a sus amigos, en rebanadas, como abrebocas, con un poco de pan tostado todavía caliente y una copita de Sauternes. La promoción, observó al pasar, había tenido éxito. Ya nada más quedaba un pomo en la repisa. Se acercó a fisgonear el precio de aquel postrer ejemplar de la gastronomía del sudoeste. Como sospechaba, la cifra en la etiqueta lo ponía fuera del alcance de su bolsillo. Observó que la dueña le espiaba a distancia y sintió vergüenza al reponer el frasco en su lugar. Hubiera querido ser capaz de pagárselo, llevarlo sin fijarse en el costo, para demostrarle que él no era menos que los otros compradores.<br />
Al volverse casi choca con otro cliente que curioseaba, como él, entre los estantes. Salim reconoció a su casero y se hizo a un lado excusándose con una sonrisa de saludo, pero aquel volvió rápidamente el rostro hacia otra parte como si no lo hubiese visto. Su actitud hirió la susceptibilidad de mi amigo quien, pasada la extrañeza, optó por no darle importancia al asunto. Al alejarse, le observó de reojo detenerse también ante el apetecido hígado de ganso y levantarlo para verificar su precio.<br />
Salim terminó de hacer sus compras y se encaminó hacia la caja registradora. Su arrendador era el único otro cliente a esa hora de la tarde, había llegado a pagar antes que él y mi amigo hizo fila a sus espaldas. El encuentro anterior le había servido de escarmiento, por lo que se guardó muy bien de dirigirle la palabra. Sin embargo, se sorprendió al comprobar que, entre la mercancía que el hombre depositaba sobre el mostrador, no estaba el hígado de ganso. Volvió maquinalmente la vista hacia el sitio donde lo acababa de ver y notó que tampoco se encontraba ahí. De paso comprobó que, en efecto, no había nadie más en el local. Al principio no comprendió lo que pasaba. Luego, una sospecha horrorosa le cruzó por la mente.<br />
Cuando le llegó el turno colocó, algo tembloroso, sus setas y otras nimias compras ante la propietaria para que le hiciera la cuenta. No se le escapó el gesto de triunfo de la mujer al contemplarlas. Sintió su áspera mirada aletear por encima de su hombro rumbo a un punto situado más allá de ambos. No necesitó acompañarla con los ojos para comprender que buscaba con la vista el hígado de ganso. Se estremeció, incómodo. Aquel vago temor que experimentaba siempre al pasar frente a la caja se tornó de sopetón una realidad inapelable: la mujer le pidió mirar lo que llevaba en la bolsa. Más asustado que ofendido, Salim se la alargó sin replicar. Cuando ella no encontró lo que buscaba, su rostro se tornó aún más sombrío y amenazador. Salim, paralizado por el estupor, no hallaba qué decir, cómo reaccionar. ¿Por qué no registrará al otro?, pensó desesperado, ¿por qué no se le ocurriría a la mujer que acaso el hígado faltante lo llevaba en alguna parte el hombre que, delante de ellos, acomodaba imperturbable sus adquisiciones en la bolsa del mandado, como si no se percatara de nada? Salim le dirigió una mirada de auxilio. Su casero ni parpadeó, dio las buenas tardes a la dueña del establecimiento y, justo antes de salir, se volvió por fin hacia mi amigo moviendo la cabeza con disgusto, en actitud de franca reprobación. Salim sintió que se le helaba la sangre en las venas. La mujer, sin quitarle los ojos de encima, levantó el auricular del teléfono y llamó a la policía.<br />
Una patrulla, la sirena abierta, la luz azul y anaranjada girando enloquecida sobre el techo, se detuvo instantes después a la puerta del local. Dos policías descendieron mientras algunos viandantes asomaban la cabeza, curiosos. Salim nunca había sentido tanta vergüenza en su vida. Ni siquiera al llegar al país, cuando en la aduana del aeropuerto inspeccionaron, uno a uno, todos los objetos que llevaba en su maleta y luego le desnudaron en un anexo para examinar su indumentaria y revisarle las suelas de los zapatos.<br />
Los uniformados que acudieron se habían educado, sin ninguna duda, en la misma escuela de aquellos agentes aduanales porque se comportaron de la misma manera. Le pidieron sus papeles. Los verificaron concienzudamente, registrándolos en un pequeño ordenador que traían en su vehículo. Le hurgaron después entre la ropa y hasta lo llevaron a la trastienda para bajarle los pantalones. Luego le devolvieron sus documentos y se retiraron encogiéndose de hombros. La mujer no se disculpó. Bajó la cabeza derrotada, aunque no convencida, y antes de darle la espalda le hizo seña de marcharse. Salim se fue abochornado, tanto que olvidó las setas y el aceite de oliva que había ido a comprar para la cena. De todos modos esa noche no tuvo ánimos para cocinarse el rodaballo. De hecho pasaron varios días antes de que se decidiera a salir a la calle.<br />
Salim no es un hombre rencoroso y ni la humillación ni el escarnio han logrado alejarlo de la tienda de marras. Yo digo que él mismo debe poseer un inmenso hígado de ganso que le permite tolerar esas cosas. Él me responde que sólo la muerte no perdona y que su cocina no sería la misma si comprara en otro sitio. La propietaria no se ha atrevido a negarle la entrada pero le mira con más desconfianza y le trata con más desprecio que nunca. Eso no detiene a Salim que vuelve, vuelve siempre, con un oscuro sentimiento de culpa. Con la sensación de que realiza algo reprobable pero no puede impedírselo. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen los mejores espárragos que ha comido en su vida.</p>
<p>Antonio Sarabia</p>
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