Posts Tagged “Antonio Sarabia”

Hace ya muchos a√Īos, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorr√≠ las m√°rgenes del r√≠o San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pas√© bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descend√≠ hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la pen√≠nsula de la Gaspesia. Durante esas m√°gicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alej√© una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cord√≥n umbilical que me un√≠a con M√©xico en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que le√≠a y rele√≠a sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprend√≠ casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que le√≠.

Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, dir√© que el autor me pareci√≥ un ching√≥n. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los m√°s c√©lebres cap√≠tulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percib√≠ a Octavio Paz como un ching√≥n no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces s√≥lo le hab√≠a le√≠do chingoner√≠as. Es verdad que el mero ching√≥n es, en cierto modo, el macho cabr√≠o mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, m√°s pr√≥ximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiraci√≥n, alguien con quien desear√≠amos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el ching√≥n, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabr√≥n cuya √ļnica forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al pr√≥jimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultar√≠a un sondeo de opini√≥n en el que se preguntara p√ļblicamente, as√≠, con todas sus letras, qui√©nes de nuestros presidentes han sido unos chingones y qui√©nes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al pa√≠s fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¬Ņd√≥nde estar√≠a C√°rdenas, d√≥nde Salinas de Gortari?- s√≥lo me resta asentar que la oficiosa historia de M√©xico registra a Ju√°rez como un ching√≥n y a Porfirio D√≠az como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del cap√≠tulo citado, Paz hace una apolog√≠a de Cuauht√©moc, el tr√°gico h√©roe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. ‚ÄúEl joven abuelo‚ÄĚ era un ching√≥n mientras que Cort√©s, al est√°rselo chingando, quem√°ndole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.

Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es como la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.

A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.

Estas disquisiciones sobre la acepci√≥n de una palabra que ha hecho fluir r√≠os de tinta en las letras mexicanas pueden parecer m√°s bien fr√≠volas pero de la aclaraci√≥n de su justo significado, del c√≥mo y el por qu√© se empez√≥ a utilizar en M√©xico muchos a√Īos atr√°s, puede surgir tambi√©n una concepci√≥n un tanto diferente del papel desempe√Īado por el sexo femenino durante la Conquista.

La percepci√≥n de la mujer ind√≠gena como un ser d√©bil e indefenso, una encarnaci√≥n de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Breta√Īa, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Cat√≥lica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuesti√≥n estriba entonces en averiguar si las compa√Īeras de los caballeros √°guilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coet√°neas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si as√≠ fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¬Ņqu√© tan v√°lido es equiparar la fascinaci√≥n y la seducci√≥n a la violaci√≥n y, sobre todo, el hacerla funcionar nada m√°s del hombre hacia la mujer sin mencionar que tambi√©n se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar m√°s de una batalla amorosa. Col√≥n se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras reci√©n descubiertas. Muchos de los marinos espa√Īoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a m√°s no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espl√©ndidas. Las Casas piensa que ‚Äúpod√≠an ser miradas y loadas en Espa√Īa por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran‚ÄĚ y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolom√© en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.

Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro am√≥ a la hermana de Atahualpa, do√Īa In√©s Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso P√©rez Maite decidi√≥ santificar su uni√≥n con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quer√≠a como esposa, e igual sucedi√≥ con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Mart√≠nez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se uni√≥ a Do√Īa Mar√≠a de Chacabuco.

En lo que respecta al car√°cter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompa√Īando a Francisco de Orellana en la infructuosa b√ļsqueda del m√≠tico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las m√°rgenes de un r√≠o inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedar√° para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de ind√≠genas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ah√≠ mismo, a cualquier var√≥n que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, val√≠a por el de diez guerreros indios.

M√°s cerca de nosotros, ac√° en Tlatelolco, las mujeres tambi√©n incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores espa√Īoles increp√°ndolos con frases oprobiosas y dici√©ndoles: ‚Äú¬ŅNom√°s est√°is ah√≠ parados?… ¬ŅNo os da verg√ľenza? ¬°No habr√° mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!…‚ÄĚ Y llegado el momento ponen el ejemplo coloc√°ndose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremang√°ndose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.

En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de M√©xico se puede percibir ese mismo esp√≠ritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonici√≥n: ‚ÄúSi tu marido fuere necio, s√© t√ļ discreta; si yerra en la administraci√≥n de la hacienda, advi√©rtele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, enc√°rgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.‚ÄĚ

No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista ten√≠a alg√ļn rol destacado en la econom√≠a o la pol√≠tica del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padec√≠an un destino harto com√ļn: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el ma√≠z y tejiendo. ‚ÄúEl panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece m√°s bien sombr√≠o, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro ‚ÄúLa Femme au temps des Conquistadores‚ÄĚ, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los espa√Īoles parece indicar que no es exagerado‚ÄĚ.

Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusi√≥n entre los espa√Īoles y las ind√≠genas, como si √©stas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrec√≠a la presencia de √©stos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de Garc√≠a Mer√°s, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.

Anayansi, la amante india de Vasco N√ļ√Īez de Balboa, una mujer a quien sus contempor√°neos no vacilan en calificar de bell√≠sima, salva la vida del conquistador poni√©ndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentar√≠a contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro N√ļ√Īez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervenci√≥n de alguna ind√≠gena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.

La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es do√Īa Marina, incontestable encarnaci√≥n de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cort√©s y se convirtiera en c√≥mplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los espa√Īoles, pero entre m√°s se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de v√≠ctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cort√©s comprendi√≥ pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfecci√≥n el maya y el n√°huatl. Ella hab√≠a sido adjudicada en un principio a Hern√°ndez de Portocarrero pero Cort√©s se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confi√°ndole una misi√≥n important√≠sima de la que jam√°s regresar√≠a. Acto seguido se apropia de do√Īa Marina introduci√©ndola en su intimidad y en su rec√°mara. Ella se convierte en ‚Äúsu lengua‚ÄĚ seg√ļn la propia expresi√≥n de Cort√©s y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de M√©xico habr√≠a resultado imposible.

Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiraci√≥n de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Crey√©ndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hip√≥critas frases diplom√°ticas que se escuchan a su alrededor. M√°s le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al o√≠do, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participaci√≥n. La matanza tendr√° lugar esa misma noche o, a m√°s tardar, al d√≠a siguiente. Do√Īa Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cort√©s de la conjura.

No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se constru√≠an en los territorios conquistados. Negarlo ser√≠a como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cu√°ntas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauht√©moc y sus capitanes demandan a Cort√©s la devoluci√≥n de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, √©ste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. ‚ÄúDioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal D√≠az del Castillo en el cap√≠tulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se quer√≠an volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan sol√≠citos que las hallaron, y hab√≠a muchas mujeres que no se quer√≠an ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escond√≠an, y otras dec√≠an que no quer√≠an volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya pre√Īadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cort√©s expresamente mand√≥ que las diesen‚ÄĚ.

As√≠, las m√°s encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se al√≠an con √©l, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sue√Īos. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza c√≥smica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.

Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo ind√≠gena. No lo es. Tampoco se trata de un intento m√°s en el in√ļtil empe√Īo emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta √©poca de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende m√°s a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violaci√≥n sino de una entrega.

Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.

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Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabiaEl mi√©rcoles catorce de octubre estuve en Par√≠s invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparici√≥n en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el t√≠tulo en franc√©s), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos Jos√© Ovejero, Jos√© Manuel Fajardo y este servidor. En la celebraci√≥n estuvieron, desde luego, tambi√©n presentes los otros dos autores. Jos√© Ovejero ten√≠a una doble raz√≥n para estar feliz: adem√°s de Noela en Francia, acaba de aparecer en Espa√Īa, con el sello de Alfaguara, su m√°s reciente novela, La Comedia Salvaje, una estramb√≥tica, alucinante y dram√°tica farsa ambientada en la guerra civil espa√Īola que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la tr√°gica realidad inherente a todas las guerras. No resist√≠ la tentaci√≥n de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un cap√≠tulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envi√≥, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, Jos√©, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.

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as1bis.jpg picture by antoniosarabiaEste fin de semana estuve de vuelta en la regi√≥n de Colima, M√©xico, donde ocurre la trama de mi novela Los Convidados del Volc√°n. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme all√° con mi querido amigo el editor portugu√©s de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo le√≠do lo que yo he escrito sobre el sitio ard√≠a en deseos de conocerlo y, la segunda, refrescar mi propia memoria, empaparme una vez m√°s del hablado y los h√°bitos de las gentes, adem√°s de la textura, los aromas y colores del paisaje que les rodea antes de hundirme de lleno en el texto que tengo planeado y que se encuadra de nuevo en el pueblo de Guayac√°n, una m√°gica aldea imaginaria constru√≠da con el l√°piz y papel de la imaginaci√≥n en lo m√°s alto de la pendiente del volc√°n con el √ļnico objeto de convertirla en el espacio esc√©nico de aquella novela.
Comparto ahora con los lectores de Los Convidados algunas fotos de la jornada, tomadas por mi hermano √ďscar, cuya compa√Ī√≠a fue uno m√°s de los placeres del viaje, y a√Īado como estampas literarias dos fragmentos del texto de la novela original en la que se describen no s√≥lo los detalles de la flora y la fauna sino la magia en la que viven sumergidos los pobladores de la regi√≥n.

PanormicaAs.jpg picture by antoniosarabia

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Sitges2.jpg picture by antoniosarabiaPas√© toda la semana pasada con mi hijo, Bruno, en Sitges. √Čl fue a seguir ah√≠ un breve curso de cine y yo a acompa√Īarlo unos d√≠as antes de la larga separaci√≥n del verano. Esta peque√Īa localidad de la costa catalana, con sus doradas playas atestadas de ba√Īistas, sus pintorescas callejuelas, sus elegantes v√≠as peatonales, sus peque√Īos restaurantes y caf√©s frente al mar, forma parte de la elite de sitios tur√≠sticos que bordean el mediterr√°neo y tiene mucho en com√ļn con sus pares en Italia o en Grecia.
Mientras Bruno asist√≠a a sus cursos por la ma√Īana yo me quedaba escribiendo en el hotel o, cuando me apetec√≠a estirar un rato las piernas, me dedicaba a explorar los alrededores en busca de un sitio agradable donde podr√≠amos despu√©s almorzar. Durante una de esas largas caminatas descubr√≠ una limpia y bien aprovisionada librer√≠a atendida por un joven empleado, calcul√© que no llegaba a los treinta, que sab√≠a bien de qu√© trataba el oficio. No ten√≠a en su cat√°logo lo que yo andaba buscando pero me ofreci√≥ lecturas alternativas y me recomend√≥ varias novedades interesantes que hab√≠a le√≠do √©l mismo. Fue una grata sorpresa. La mayor parte de las librer√≠as son hoy atendidas por un personal que, como dec√≠a Mendel, el entra√Īable bibli√≥filo del cuento de Zweig, deber√≠an acarrear piedras en lugar de andar metidos en libros.
Sitges-1.jpg picture by antoniosarabiaA poco rato de conversar con el culto librero descubr√≠ que se llamaba Enric L√≥pez Tuset (Tarragona, 1983) que √©l mismo escribe poes√≠a y que ha colaborado con ella en algunos n√ļmeros de la revista Salina. Actualmente, prepara un volumen de sus poemas en catal√°n.
Como una de las finalidades de Los Convidados es el dar a conocer nuevos autores mezcl√°ndolos con los de nombre ya consagrado, ofrecemos aqu√≠ a los lectores algunos poemas de Enric, traducidos por √©l mismo al castellano. Ojal√° les sorprendan¬†a ustedes¬†como me sorprendieron a m√≠ cuando me los dio a leer aquella ma√Īana en la librer√≠a de Sitges.

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chess1.jpg picture by antoniosarabiaEl ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el domin√≥, no desde√Īa cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida.¬†Durante los a√Īos en que coincid√≠ en Par√≠s con el colombiano Santiago Gamboa, √≠bamos por las noches al¬†acogedor bar del hotel Ritz, el¬†Hemingway, donde entonces hab√≠a instalada una mesita de ajedrez para entretener a los parroquianos. Ah√≠ jugamos multitud de partidas mientras yo paladeaba unos whiskies y √©l cierta bebida ex√≥tica, de la que he olvidado el nombre, con la que nuestro cantinero hab√≠a ganado un certamen internacional en Shanghai. No voy a decir el resultado de nuestros encuentros para no avergonzar a Gamboa, pero cada nueva noche, mientras acomod√°bamos las piezas para la primera partida, Santiago, con oportuna mala memoria, repet√≠a una frase que se ha hecho c√©lebre entre los dos: “¬Ņc√≥mo quedamos la √ļltima vez… dos a uno, verdad?”.

Otros muchos autores, desde Omar Khayam a Borges y de T.S. Eliot a Nabokov o Arreola, han sentido la misma pasi√≥n por el ajedrez. El autor de Lolita, quien elevaba el juego al rango de poes√≠a, hasta se entreten√≠a componiendo mates en dos o tres movimientos. La semana pasada, leyendo a Pessoa o, mejor dicho, a su eter√≥nimo Ricardo Reis, me encontr√© con un hermoso poema relativo al juego y me distraje traduci√©ndolo. Por cierto, tuve un problema que tal vez alg√ļn lector portugu√©s me ayude a dislucidar. Fue en el verso que dice E o de marfim pe√£o mais avan√ßado / pronto a comprar a torre, ¬ŅQu√© significa en portugu√©s, en t√©rminos ajedrec√≠sticos comprar a torre? Yo tuve la opci√≥n de traducir listo a tomar la torre, pero pens√©, mala intuci√≥n tal vez, que como era el pe√≥n m√°s avanzado estaba a punto de llegar a la √ļltima hilera y convertirse en torre. Cualquier aclaraci√≥n al respecto ser√° m√°s que bienvenida. Se me ocurre publicar la traducci√≥n ahora junto con un poco conocido texto de Arreola, a quien se le pod√≠a considerar un verdadero fan√°tico del juego-ciencia, y los dos poemas inolvidables de Borges que se refieren al juego. Se admiten aportaciones y sugerencias para ampliar la p√°gina. Lee el resto de esta entrada »

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Nstor.jpg picture by antoniosarabiaAdem√°s de mi amigo, y de vivir en Rennes, donde ense√Īa lenguas y civilizaciones hispanoamericanas en la universidad, N√©stor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) es mi entra√Īable contacto en Francia: forma el eje del pol√≠gono Argentina, M√©xico, Francia, Portugal, Colombia que me provee, s√≥lo Dios y √©l saben c√≥mo, de los elementos necesarios para preparar una deliciosa salsa mexicana de chile chipotle en Lisboa. Cosa de aderezar bien la comida y atenuar, al menos gastron√≥micamente, las saudades que asaltan a veces aun a la vista del Tajo.
Estos días recibí noticias suyas. En su correo anuncia que acaba de publicar un libro de ensayos sobre el sufrido país donde consigue los chipotles: México. Se titula Mexique. Conflits, rêves et miroirs. Me dice también, felicidades, que la edición cubana de Una vaca ya pronto serás (Premio Internacional de Novela Siglo XXI en el 2006) aparecerá en Arte y Literatura el próximo mes de octubre. Junto con las buenas noticias envió para Los Convidados un relato con una breve introducción que contiene, no todo es felicidad, una mala noticia. Me apresuro a reproducir más abajo ambos textos. En la introducción hace referencia a una entrada aparecida en este mismo blog el dos de noviembre del 2008: Amistad y traición a la Néstor Ponce. Gracias, Néstor, por la cooperación, la literatura y la amistad.

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En octubre de 2008, despu√©s de una cena que compartimos en Rennes con Rita Godet y Maria Val√©ria Rezende, Antonio Sarabia me propuso que le enviara un relato corto para que lo colgara en su hermosa p√°gina “Los Convidados”. Pocas semanas m√°s tarde, sal√≠a all√≠ mi cuento El d√≠a del amigo. Entre tanto, el coraz√≥n me hab√≠a andado dando unos sobresaltos y tuve que anular un viaje a M√©xico. Pero la p√°gina de Antonio me permiti√≥ hacer un paseo virtual y encontrarme con los mensajes de muchos amigos que andan por el vasto mundo. Entre ellos estaba uno de los protagonistas de mi relato, Marcelo Rocha, el Negro para los amigos. All√≠ dej√≥ un mensaje que todav√≠a pueden leer.
Nos conocimos en el Colegio Nacional de La Plata, en 1969. Est√°bamos en la misma divisi√≥n y compartimos muchas cosas juntos, pero curiosamente, pocas actividades nos reunieron: al Negro no le gustaba el rugby, no jugaba a la bocheta en el Bar Rivadavia de la calle 50 -calle donde transcurre el relato-, no iba a los partidos de f√ļtbol, no le gustaban las carreras de caballos ni la literatura. Sin embargo, tocamos en el mismo grupo de rock -al que como su nombre, Lapsus, se lo llev√≥ la historia- y compusimos con Eduardo Vega una canci√≥n, “S√≥lo gente”, de la que recuerdo parte de la letra y los tonos en mi bemol-fa-sol que le acomod√≥ el Negro.
Despu√©s se nos vino encima esa parte de la Historia narrada en El d√≠a del amigo y varios de los amigos del Colegio Nacional nos desperdigamos por el mundo. Muchos otros murieron bajo la dictadura. El Negro se qued√≥ en La Plata y se recibi√≥ de arquitecto. Nos carteamos, pero era de poco escribir. Nos hablamos por tel√©fono. Y sobre todo nos encontramos para comer y charlar durante horas, cada vez que regresaba a Argentina. En agosto del a√Īo pasado compartimos una larga y divertida comida en familia, en un restaurante en Gonnet, con Silvia y su hija, Agus. En diciembre mantuvimos una charla telef√≥nica y le cont√© en detalle mi problema card√≠aco. Parec√≠a como sorprendido de que nos pudieran pasar esas cosas. Nos repetimos eso de que no importa envejecer, sino que haya gente que todav√≠a siga naciendo.
El domingo 29 de marzo sonó mi celular.
A doce mil kilómetros de distancia, la voz pastosa y triste de Santiago me anunciaba que el Negro acababa de fallecer.
Se me ocurre que, en cierto modo, algo del Marcelo Rocha jovial, buena onda y buen amigo, quedó en ese cuentito. Ahora, cuando lo releo, y cuando releo su mensaje, me digo que para él, la amistad siempre fue algo verdadero.

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julio2.jpg picture by antoniosarabiaLa editorial Alfaguara acaba de publicar Papeles Inesperados, un compendio de once relatos, tres historias de cronopios y un capítulo desconocido del Libro de Manuel, junto con varias autoentrevistas, poemas, ensayos, prólogos, discursos y otros textos inéditos de Julio Cortázar. La publicación plantea, es cierto, el problema moral de qué tan lícito es el dar a conocer escritos que el propio autor desestimó en vida. A mí en lo personal, y supongo que a muchos de mis colegas, me aterra la perspectiva de que alguna vez se lean borradores que yo no encuentro a punto y que he dejado cocinando para futuras revisiones en el disco duro de mi ordenador o, ya impresos, en lo más hondo de un cajón. Sin embargo Cortázar es Cortázar y para sus admiradores, entre quienes me cuento, cualquier de sus textos tiene un interés especial que tal vez él mismo nunca previó. Por eso, y esperando contar con el tácito perdón y la venia del Gran Julio, me apresuro a compartir con los lectores de Los Convidados uno de los cuentos reciéntemente aparecidos.IMAGEN-5122208-1jpg.jpg picture by antoniosarabia

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Ayer por la noche en Albox, Almer√≠a, se entreg√≥ el Premio Internacional de Poes√≠a Mart√≠n Garc√≠a Ramos 2009 a Rub√©n D√≠ez Tocado y, como es costumbre, se present√≥ al mismo tiempo la edici√≥n impresa del libro galardonado el a√Īo anterior, De Ida y Vuelta, de la poeta andaluza radicada en Par√≠s Sara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, Espa√Īa 1980).

SARAT3.jpg picture by antoniosarabiaSara tuvo a bien invitarme a escribir el pr√≥logo de su poemario, solicitud a la que acced√≠ gustoso porque, adem√°s de la simpat√≠a personal que me inspira su autora, De Ida y Vuelta es una obra espl√©ndida que augura a Sara Herrera Peralta un relevante porvenir dentro de las letras espa√Īolas.

El libro es un bello y muy bien cuidado volumen que publica la editorial Difácil, de Valladolid, bajo la dirección de César Sáenz.

Saludo, pues, la aparici√≥n en las librer√≠as espa√Īolas del poemario ganador del VII Premio Internacional de Poes√≠a Mart√≠n Garc√≠a Ramos, De Ida y Vuelta, publicando el pr√≥logo que le escrib√≠ junto a tres poemas del mismo.

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PR√ďLOGO

La √©pica de Gilgamesh menciona un pasaje subterr√°neo que une las cimas de dos cumbres gemelas: las de las monta√Īas que limitan el poniente y el oriente en los dos extremos del mundo. Ese es el oscuro sendero que el sol recorre durante la noche para volver a su punto de partida. El h√©roe, abatido por la idea de la muerte, se empe√Īa en tomarlo y despu√©s de recorrerlo dos veces, de Ida y Vuelta durante doce etapas dobles, reaparece en la superficie y emerge ante la aurora. Ha seguido la senda que lleva de la muerte al renacimiento, de la √°rida y cerrada lobreguez a la fuente de la vida, del √ļtero marchito y agotado a la resurrecci√≥n.
Imagen1.png picture by antoniosarabiaUna vez cre√≠ que la vida estaba muerta dice Sara Herrera Peralta en el verso que abre el poemario y, al igual que el h√©roe de la antigua √©pica, desciende -me adentr√© en el t√ļnel escaleras abajo- para cumplir el mismo antiguo ritual inici√°tico en el subsuelo urbano. Las tablas de arcilla que marcan el recorrido de Gilgamesh se convierten en otros tantos carteles que se√Īalan los nombres de las paradas en la l√≠nea seis del metro de Par√≠s. De Nation a Charles de Gaulle-√Čtoile. La ruta que Sara recorre De Ida y Vuelta, ese mirar l√ļcido y condolido con el que observa cuanto le rodea, es el hilo conductor que la llevar√° a la salida y, al alcanzarla, a la iluminaci√≥n. Sus vivencias dan cuenta de un periplo m√°s moderno que el de Gilgamesh pero no menos arquet√≠pico. Su testimonio no corrompe el s√≠mbolo, lo actualiza.
Su poemario no es una suma de poemas aislados sino un aut√©ntico “libro de poes√≠a”, con una unidad tem√°tica particular en el que los versos germinan de un mismo ensimismado desasosiego para obedecer a una cohesi√≥n y a una l√≥gica internas que los unen y que, al leerse como un todo, confieren al lector el punto de vista que le permite abarcar la experiencia completa.
Porque sus reflexiones caen, fluidas, naturales y certeras sobre la hoja de papel con tonalidades en las que se advierten cadencias de la gran poes√≠a iberoamericana, de Paz, Parra y Pizarnik, entreveradas con la de algunos poetas de su nativa tierra andaluza. Al leerla pienso en Cernuda, en Altolaguirre, en Moreno Villa, quienes en alg√ļn momento de sus vidas se nutrieron en tierra americana. Y es ah√≠, en ese terreno inasequible para el com√ļn de los mortales en el que la sobriedad y la elegancia en el lenguaje se dan cita con la inteligencia, el sentimiento y la intuici√≥n, donde nace la poes√≠a de Sara Herrera Peralta. Su voz puede ser joven pero, a sus veintinueve a√Īos, posee un acento maduro y resuelto que despunta con personalidad propia entre los dem√°s miembros espa√Īoles de su generaci√≥n: Carlos Contreras Elvira, Mart√≠n L√≥pez Vega, √Ālvaro Tato, Fruela Fern√°ndez y Elena Medel.
Es conveniente mencionar que Sara, como muchos de los autores que presiento en su obra, escribe y en parte se ha formado literariamente fuera de su patria. La coincidencia, entre otros, con los Paz, Pizarnik, Cernuda, Altolaguirre o Moreno Villa mencionados anteriormente no puede ser más clara. De ese exilio físico y espiritual nace el mirar embelesado y perplejo que induce a apreciar con azorados ojos ajenos lo que para los demás no pasa de ser ordinario y trivial.
En la segunda parte del poemario Sara abandona el submundo parisino y se eleva por los aires. La maleta de Hiroshima fue mi excusa para un ticket de ida y vuelta, apunta. Los t√≠tulos de estos otros poemas corresponden a los r√≥tulos que las compa√Ī√≠as a√©reas fijan en el equipaje de sus pasajeros para indicar el origen y destino de sus vuelos. Cada transitoria etiqueta sobre la valija equivale a una estaci√≥n del Metro. El viaje, el desconsolado mon√≥logo, contin√ļa. Madura nuevas consideraciones en distintas esferas sobrevolando el trayecto anterior como a la superficie de un espejo. Lleva, dice la misma Sara, la civilizaci√≥n escondida en los bolsillos. Y al final del camino, en una celebraci√≥n que se repite, encuentra como postrer consuelo la esperanza.
Con la obtención del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008, esta joven poeta jerezana prosigue la afortunada tradición de brillantes ganadores iniciada por Carlos Contreras Elvira en el 2006 y continuada por la colombiana Lauren Mendinueta en el 2007. Si el ahora se le presenta a Sara Herrera Peralta así de espléndido sólo nos queda fabular sobre lo que le depara el futuro.
Antonio Sarabia

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Lauren Mendinueta public√≥ hace unos d√≠as en su blog Inventario un post que no he podido resistir la tentaci√≥n de transcribir, tanto por la injusticia cometida por un hom√≥nimo, que adem√°s comparte el mismo rango militar, del c√©lebre y entra√Īable personaje de Gabriel Garc√≠a M√°rquez como por la belleza del poema de Ignacio Urdaneta de Brigard, su v√≠ctima. Con el consentimiento expreso de Lauren lo reproduzco ahora para los lectores de Los Convidados. Abajo, una foto de Ignacio Escobar Urdaneta, despu√©s el texto de Lauren y luego el poema ya mencionado.

IgnacioEscobar1-1.jpg picture by antoniosarabiaCUANDO EL CORONEL AURELIANO BUEND√ćA MAT√ď A IGNACIO URDANETA DE BRIGARD yo ni siquiera hab√≠a nacido. Sin embargo la historia de esta infamia no deja de darme vueltas en la cabeza. Demasiada sangre ha corrido sobre Colombia, demasiadas vidas se han perdido por nada en un pa√≠s que merece una mejor suerte. No crean que estoy hablando de un hecho literario sacado de las p√°ginas de Cien A√Īos de Soledad. En absoluto. La coincidencia en el nombre y el rango de los militares es apenas un hecho anecd√≥tico y desafortunado.
Ignacio Escobar Urdaneta naci√≥ en Bogot√° en 1943. Seg√ļn datos recopilados por √©l mismo, sus ascendientes se remontaban a Teresa de √Āvila y Calder√≥n de la Barca. Hijo de una familia acomodada, pas√≥ buena parte de su juventud en Espa√Īa. Era un joven rebelde y contestatario que viv√≠a en confrontaci√≥n con la clase social a la que pertenec√≠a. Simpatizante del Bloque Socialista, pronto llam√≥ la atenci√≥n del gobierno represor de Misael Pastrana Borrero. El 23 de abril de 1974, a la salida de una corrida de toros en Zipaquir√°, fue capturado por las fuerzas secretas del gobierno. Esa misma noche fue asesinado por el coronel Aureliano Buend√≠a. Casi parece una broma de mal gusto que el nombre de su verdugo sea el de un personaje de la literatura y que su muerte haya coincidido con el aniversario de la de Miguel de Cervantes.
Est√©ticamente hizo parte de la Generaci√≥n Desencantada, movimiento literario colombiano que surgi√≥ en los a√Īos 70, y al que tambi√©n pertenecen Giovanni Quessep, Mar√≠a Mercedes Carranza, Jos√© Manuel Arango y Ra√ļl G√≥mez Jattin, por mencionar s√≥lo algunos nombres. El poema que publico a continuaci√≥n apareci√≥ en el √ļltimo n√ļmero de la revista de poes√≠a Alquitrave que dirige en Colombia el poeta Harold Alvarado Tenorio.
Ignacio Escobar Urdaneta ten√≠a apenas 31 a√Īos aquel fat√≠dico 23 de abril de 1974. Su muerte fue injusta, cruel, in√ļtil y nos priv√≥ de mucho.

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HIGADO DE GANSO

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Mi amigo Salim no es especialmente masoquista. Nunca, entre sus contadas perversiones, ha practicado la de experimentar placer a trav√©s de la humillaci√≥n o del dolor. Por eso le perturba esa oscura debilidad que le atrae una y otra vez hacia ese pretencioso y bien iluminado establecimiento de su vecindario parisino donde lo tratan siempre mal. Salim es colombiano, de origen liban√©s, y vive en Francia porque a s√≠ se dan hoy las cosas en el mundo, donde los descendientes de antiguos emigrados se convierten a su vez en emigrantes, como si un ancestral precepto n√≥mada les mantuviera en perpetuo movimiento. Mi amigo es un alma de Dios, pero se dir√≠a que el tinte moreno de su piel o su peculiar semblante entre √°rabe y sudaca, pusieran en marcha todas las se√Īales de alerta del local. La due√Īa es una mujer alta, enjuta y hosca, de ojos peque√Īos y juntos, que desde que √©l aparece en el umbral del negocio lo persigue de lejos con su mirar desconfiado. En alguna ocasi√≥n lo acompa√Ī√© a comprar pimienta verde, el aderezo imprescindible de sus pechugas de pato, y me constan los esfuerzos de la ce√Īuda mujer por no abandonar su puesto junto a la caja registradora para vigilarlo mejor. √Čl se introduce con algo de verg√ľenza por entre los bien provistos y ordenados anaqueles procurando mantenerse siempre al alcance de su vista, no vaya a pensar que se est√° robando algo. No hay que hacer cosas buenas que parezcan malas, me recomend√≥ aquella vez recordando el apocado refr√°n que otros igual de timoratos, aunque m√°s viejos que √©l, le inculcaron en la infancia.
DSC07676.jpg picture by antoniosarabiaA m√≠, el distrito donde vive me resulta insoportable, pero Salim tuvo que avenirse a √©l porque est√° cerca del liceo donde da clases de espa√Īol. Lo mejor que pudo alquilar con su exiguo salario de ense√Īante es una buhardilla, en realidad un cuartucho de sirvientas con su ruinosa cocinita, en un elegante edificio de cantera frente a su tienda predilecta. Se la subalquila, a espaldas del verdadero propietario, el rico inquilino de uno de los departamentos de abajo.
Su vecindario no es como otros distritos de Par√≠s en los que se respiran aires menos turbios. Ah√≠ la gente es brusca y altanera. Incluso se dir√≠a que sus habitantes comparten un vago aire familiar. Como si el barrio fuera un suburbio aparte y a trav√©s de qui√©n sabe cu√°ntos ancestrales matrimonios entre vecinos los genes hereditarios les hubieran marcado el semblante y el car√°cter con el mismo acre sedimento. Ciertos rasgos se habr√≠an vuelto entonces dominantes y terminado por imponer su sa√Īuda ley en todas las fisonom√≠as: el ment√≥n levantado, las comisuras de los labios arqueadas hacia abajo, en una mueca de disgusto, los ojos ariscos, posando desde lo alto una mirada indiferente hacia las cosas, cuando no fr√≠a y lejana hacia sus semejantes.
Mi amigo vive, a su pesar, entre ellos. Y a su pesar compra a menudo en ese expendio de la esquina, donde nadie aprecia su presencia. Ah√≠ gasta casi todo su salario porque a Salim le encanta cocinar, tiene dotes para ello, y no es de los que titubean en hacerlo para s√≠ mismos cuando se encuentran a solas. Le ayuda a matar el tiempo, me dice, a distraerse. Por eso le fascina el olor y la limpieza del sitio, la disposici√≥n de frascos y paquetes. Las etiquetas de las botellas impecablemente alineadas en los estantes. Los soberbios vinos, con las grandes cosechas de Borgo√Īa y de Burdeos. Las hileras de fina later√≠a en las que se pueden encontrar desde trufas perigurdinas hasta huitlacoches mexicanos. La esmerada selecci√≥n de los productos naturales, su frescura y pulcritud. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen, me dice arrobado, los mejores esp√°rragos que ha comido en su vida.
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