Posts Tagged “√Ālvaro Mutis”

Este jueves 16 de octubre Los Convidados cumplen un a√Īo de su presencia en la red. Esto nos induce a una peque√Īa celebraci√≥n. Adem√°s de la obligada botella de Burdeos (en este momento me encuentro de viaje en una gira por Francia, estoy escribiendo estas l√≠neas sobre el traqueteo de un TGV) que me beber√© esta noche a la salud de todos ustedes, se me ocurre que la mejor manera de festejarlo es hacer una entrada (o dos, o tres, seg√ļn lo que encuentre m√°s adelante) con los poemas que m√°s he disfrutado transcribir durante estos primeros doce meses de vida. Vamos a ver… Los primeros versos del blog correspondieron, no pod√≠a ser de otro modo, a la pluma de Lauren Mendinueta. Aqu√≠ est√° el que he elegido de aquella entrada:

 

De Lauren Mendinueta, octubre 25/07

LA FELICIDAD
La felicidad, como tantas otras cosas,
depende de los reflujos de la mente.
Pero ese vaivén de la memoria lo gobierna el azar,
y por fatalidad he vivido dando rodeos
acerc√°ndome quiz√°s, sin alcanzar lo memorable,
una y otra vez cayendo en lo peor de lo vivido.
¬ŅAcaso la felicidad est√° en lo m√°s pr√≥ximo,
en lo que no es memoria sino llana realidad?
LauMendinueta.jpg picture by antoniosarabiaSi es así no hay esperanza
pues para llegar a lo m√°s cercano
hay que transitar por el camino m√°s largo,
que dicho sea de paso, es el más difícil.
La felicidad, como un legítimo tesoro,
espera en el fondo
de lo ríos más caudalosos de la memoria.
Sólo en esos acuosos mantos existe con pureza.
Aunque en tierras cotidianas contemos con réplicas exactas
dispuestas en vitrinas a precios caprichosos.
Si alguno codicia las auténticas joyas
tiene que sumergirse en innumerables aguas,
sortear atroces peligros, arriesgarse.
Pero que entienda de antemano
que los tesoros verdaderos no son hallazgos de la voluntad.
Yo prefiero abandonarme al azar,
tal vez un día aparezca ahogada en buenas aguas.

Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977)

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OspinayAS.jpg picture by antoniosarabiaWilliam Ospina (Padua, Colombia, 1954) y yo somos amigos, hermanos, si ese lazo existe fuera de la consanguineidad, desde hace m√°s de quince a√Īos. Un verso suyo, del poema Lope de Aguirre, ‚ÄĚDonde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles, / a combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada‚ÄĚ, titul√≥ una novela m√≠a El Cielo a Dentelladas.¬†Cuando nos conocimos yo apenas empezaba a publicar y William, a pesar de ser bastante m√°s joven que yo, ya era reconocido como uno de los m√°s brillantes exponentes de la nueva poes√≠a hispanoamericana. Me lo present√≥ √Ālvaro Mutis en una feria del libro de Guadalajara, M√©xico, y nuestra conversaci√≥n de aquella noche se prolong√≥ muchas horas despu√©s de que √Ālvaro se hubo retirado, hasta ya bien entrada la ma√Īana. No ha sido la √ļnica de nuestras charlas que ha visto nacer el sol. Y no es s√≥lo porque a veces pase el tiempo sin vernos y luego tengamos mucho que contarnos. William es uno de los mejores conversadores que conozco. No s√© de nadie que se sepa m√°s poemas de memoria y que los traiga a cuento cuando vienen tan al caso. Adem√°s de su cultivada inteligencia, de su asombrosa sensibilidad po√©tica y de su visionaria imaginaci√≥n, su talento para versificar llega a extremos prodigiosos.
En una ocasi√≥n, hace ya varios a√Īos, nos encontramos una ma√Īana en la feria del libro de Madrid.¬†A mediod√≠a nos sentamos, acompa√Īados de nuestra mutua y querida amiga la editora colombiana Ana Cristina Mej√≠a, ante una botella de Ribera del Duero y una hilera de tapas en una las muchas tabernas que bordean el parque de El Retiro. William me entreg√≥ entonces un libro que me hab√≠a tra√≠do de Bogot√°. Se trataba de Veinte Sonetos de su tocayo William Shakespeare que reci√©n hab√≠a √©l traducido y que le acababa de publicar la revista N√ļmero. Cuando se dispon√≠a a poner la dedicatoria yo detuve su mano con una broma: ‚ÄúWillie, le dije, ese es un libro de sonetos, ah√≠ no cabe m√°s que un soneto‚Äú. √Čl me mir√≥ sin decir palabra, dej√≥ la pluma de lado, pensativo, apur√≥ un nuevo trago de vino y ante mi azoro tom√≥ otra vez el libro y escribi√≥:

Yo sé bien que te había prometido
Antonio, en estas líneas un soneto,
no sé por qué razón ni con qué objeto
ni sé si esto se verá cumplido.

Pero estoy intent√°ndolo, el sentido
es menos importante a nuestro objeto
que la monotonía del sonido
para salir, cual Lope, del aprieto.

A estas alturas la cosa ya esta seria
pero como tu vas para la feria
bajo el sol madrile√Īo tan radiante

sé que harás de mis yerros poco caso;
la versión es morosa, vacilante,
y no ser√° de Shakespeare el fracaso.

Sarabia_Ospina_01.jpg picture by antoniosarabiaHace unos d√≠as, durante mi noche lisboeta, ya muy entrada la tarde en Bogot√°, le envi√© un email para decirle que deseaba tenerlo esta semana en Los Convidados y que me gustar√≠a mucho compartir aquella an√©cdota y el soneto madrile√Īo con los lectores del blog. Aunque el poema era m√≠o, √©l me lo hab√≠a obsequiado y la √ļnica versi√≥n escrita est√° en mi propia biblioteca, era consciente de que se trataba de un texto in√©dito suyo y no me atrev√≠a a usarlo sin su expreso consentimiento. Al abrir mi buz√≥n la ma√Īana siguiente en Lisboa, la madrugada en Bogot√°, me encontr√© con su respuesta:

Sólo un soneto, Antonio, no es suficiente. Creo
que hay que esforzarse un poco, y aquí lo estoy haciendo.
Pero el soneto in√ļtil que en esta tarde emprendo
es m√°s falaz, sin duda, m√°s endeble y m√°s feo.

No obtendrá de tu pluma ni hermenéutica loa
ni la ilímite fama que va a tientas buscando,
porque para las rimas ya no hay dónde ni cuándo,
ni en Bogot√°, ni en Soacha, ni en Sintra, ni en Lisboa.

Pasó el tiempo de Byron. Es la edad de la prosa.
Se va despetalando ya la lírica rosa
y cada vez el verso cae m√°s hondo y m√°s bajo.

Aunque tal vez… quien sabe… puede ser que m√°s tarde,
en Portugal, y a c√°ntaros, la musa nos aguarde
y nos abra la aurora del corazón de un Tajo.

william_ospina_grande.jpg picture by antoniosarabiaHoy, domingo dos de marzo, cumple William cincuenta y cuatro a√Īos.¬†No tengo para ofrecerle sino estos recuerdos en los que va impl√≠cito el testimonio de mi admiraci√≥n y afecto. En esta terraza que mira al Tajo levanto una copa de ese Ribera del Duero que tanto aprecia y brindo porque viva muchos a√Īos m√°s, aunque me mueva tambi√©n el ego√≠sta pensamiento de que as√≠ continuar√° llenando este planeta de versos tan inolvidables como los que aqu√≠ transcribo. Felicidades, querido amigo, salud, y que nos veamos pronto.

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EL AMOR DE LOS HIJOS DEL √ĀGUILA

En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del pájaro.
En la hoja del remo ya est√°, invisible, el agua.
En torno del hocico del venado ya tiemblan invisibles las ondas del estanque.
En mis labios ya est√°n, invisibles, tus labios

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LA LUNA DEL DRAG√ďN

Habl√°bamos de los dones de la tiniebla,
de los amores muertos,
cuando se perfiló por el Oeste
el oro espeso de la media luna.
‚ÄúMira, es la luna del Drag√≥n‚Äú ‚Äďme dijiste.
Y los dos la miramos
como si algo terrible pesara sobre el mundo.

El hemisferio gris parecía lleno
de hondos presentimientos.
No había una estrella sobre el mar en calma
de humaredas y torres.

Nadie dijo: “Es la luz que hace al Dragón visible“.
Nadie dijo: “Es la casa donde el Dragón habita“.
Nadie dijo: “Es la luna que ampara a los dragones“.

Miramos simplemente el cuerno rojo,
la sobrehumana forma que doblega al cielo,
y pensamos acaso en los terrores
de la culpa y la fiebre.

‚ÄúS√≥lo es la Luna del Drag√≥n ‚Äďme dijiste.
Pero algo negro ascendió de mi infancia
y di gracias a Dios de no estar solo.

Seguimos en silencio
mientras las nubes negras cercaban en la hondura
aquel objeto de alta magia y belleza

-“Tal vez el nombre viene de las baladas celtas“.
-‚ÄúYo no s√© por qu√© pesa y aflige como un sue√Īo‚Äú.

Era la Luna del Dragón, y nadie
parecía comprenderlo.
Iban las multitudes bulliciosas, urgentes,
atentas s√≥lo a su peque√Īo misterio,
mientras sobre las hondas avenidas
un oro atroz vertía su inmortal influjo,
y algo terrible y bello batía sus alas rojas
como un polvo impalpable sobre las tristes tierras.

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LOPE DE AGUIRRE

Yo vine a la conquista de la selva, y la selva me ha conquistado.
Aparto con las manos los enormes ramajes,
Miro a solas las encendidas flores con forma de p√°jaros,
La extrema contorsión de la serpiente herida
Que las nubes parecen reflejar en el cielo.

Nada es piedad aquí, nada es dulzura.
¬ŅSi son crueles los monjes en los penumbrosos claustros de Espa√Īa,
Si son degolladores los reyes y envenenadoras las reinas
En sus artísticos salones llenos de lienzos y de lámparas,
Si son perversos los obispos y lascivos los papas
En la nube de m√°rmol de sus tronos romanos,
Si son despiadados los clérigos, que leyeron a Homero y a Séneca,
Si son salvajes los capitanes que comen la carne cocida,
Salpicada de jerez y de orégano,
Si bajo Europa entera a√ļllan las mazmorras,
Cómo puedo ser manso en estas tierras,
Ce√Īido por las selvas impracticables,
Lejos de esos palacios tapizados por la letra y la m√ļsica?

He decidido ser un tigre.
La selva invade el alma como un vino.
Aquí no hay bien ni mal sino el zarpazo,
La rauda flecha del halcón hacia la comadreja de aguas,
El estupor del conejo salvaje ante el bostezo de la enorme serpiente,
El salto de la hormiga roja escapando un instante de las fauces de la salamandra,
La innumerable y cíclica y recíproca voracidad
De la gran selva de oscuros dioses que se alimenta de sí misma como un dragón de fiebre.

El rey est√° muy lejos, gobernando sus yermos de Castilla,
Sus puertos que miran al √Āfrica, sus chambelanes obsequiosos,
Sus espejos prietos de cortesanos, sus olivares retorcidos como doctrinas,
Su orgullo salpicado de galeones, sus panoplias marchitas (en cada daga sangre de un viejo amigo)
Y la tierra gime de leones espa√Īoles desde el r√≠o Sacramento hasta los arrozales de Manila,
Desde las charcas f√©tidas del infierno hasta las √ļltimas plumas de los √°ngeles.
El rey es rey del mundo, pero la selva es mía,
Y ese ojeroso príncipe de piel de cera y manos puntiagudas
No podría avanzar con sus tacones de nácar por estos riscos de tristeza
Donde la carne pierde toda esperanza;
No podría aventar con sus abanicos de pavo real
En los h√ļmedos aires a estos mosquitos rojos que prodigan la fiebre,
No hundiría jamás sus tobillos lechosos
En los pantanos infestados de dientes.

Déjame a mí el palacio de estos atardeceres de tormento que se parecen a mi alma,
Donde bestiales tropas me adoran de miedo,
Donde debo mirarlos como un buitre para que no me maten,
Donde los √ļltimos √°ngeles de mi infancia se descomponen en las ci√©nagas tibias,
Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles,
A combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada.

Selva monumental, aire de flechas s√ļbitas,
Humaredas que traen olor de extra√Īas carnes,
Ancianos indios extasiados de ojos amarillos
Que miran como reyes o santos las vacías regiones del cielo;
Y diente de jaguar para la suerte,
Y montones de rojas semillas maceradas que me harán fértil,
Y los senos oscuros que penden como frutos,
Y la rana que se hunde en su reflejo, y bóvedas de frondas meciéndose en el agua.

Descendemos gritando por los ríos violentos en barcazas pesadas de odio;
Sé que al darles la espalda, estos hombres me miran como perros,
Sé que estoy afilando el cuchillo que pasarán por mi garganta.

Hemos dejado un rastro de cadáveres desde las sierras de Mérida,
Por los llanos resecos, por las enloquecidas serranías,
Un rastro de caseríos en llamas, alaridos de madres ya sin destino,
Rostros atónitos debajo del agua que un remo empuja hacia el fondo,
Pero qué puedo hacer si la selva me ha trastornado,
Me reveló las bestias que habitaban mi carne,
Si sólo sé mandar y codiciar todo lo que pueda ser mío
Y aquí cada ramaje se opone a mis designios;
Qué puedo hacer sino amasar el oro de estos pueblos brutales,
Y ser el rey de sangre de estas tardes de l√°stima,
Y poner al tuc√°n de pico extravagante sobre mi hombro,
Y coronar de flores como incendios mi cabeza aturdida,
Y declarar la guerra a las escuadras imperiales que cubren los océanos,
Con esta voz que grita en la selva y que jam√°s los alcanza,
Y ser el rey de ultrajes de estos soldados rencorosos
Hasta que sus cuchillos se apiaden.

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FRANZ KAFKA

Padre, le digo, dame tres granos de cebada para despertar al‚Ä® durmiente.
Pero mi padre no responde:
es un enorme jinete de bronce, alto sobre colinas y sinagogas.
Madre, le digo, aparta tanta niebla,
muéstrame un rostro dulce, del que broten palabras ingenuas.
Pero ella se ha perdido por los callejones de piedra
y sólo encuentro en el espejo sus ojos inmensos.
Abuelo, digo entonces, ya no luches m√°s con el √°ngel,
ven a contarme historias junto al fuego, mientras se hiela el Elba.
Pero el viejo me mira con ojos ausentes, y comprendo
que no es éste mi abuelo sino un viejo gitano que quiere venderme
 un recuerdo.
Hermana, bella hermana, le digo,
toma mi mano que est√° oscuro en esta casa inmensa.
Pero a mi lado pasa una condesa polaca monumental y arrogante
y se escucha un violín, y se cierra una puerta.
Hermano, digo, qué bello cabalgas sobre el potro de madera y
 de laca,
¬Ņhacia d√≥nde nos llevan estas tardes inciertas?
Pero él es sólo una imagen, una gris fotografía en mis manos,
y a lo lejos, atroces, los ca√Īones resuenan.
Goethe, le digo, cántame una canción romana,
haz que yo sienta en mi corazón esta antigua tristeza.
Pero la tumba calla y sobre ella vuelan grises palomas
y no puedo abrir este libro porque sus p√°ginas son de ceniza.
Milena, digo luego, tal vez t√ļ puedas finalmente salvarme,
dime que soy de carne y de sangre, que esto que me atenaza es un deseo
Pero ella se afantasma entre miles de seres escu√°lidos
y apenas si percibo dos llamas que se apagan muy lejos.

¬ŅEntonces es delirio todo esto? ¬ŅA qui√©n puedo llamar que me‚Ä® salve?
Su reino es de este mundo. Todos est√°n aceptados y absueltos.
Son demasiado humanos, son demasiado justos,
y yo no logro hablarles con mi estruendo de élitros.
y no aprendí a cruzar las puertas,
y no sé defenderme.
Si ves dos grises ojos de gato en la gótica noche de Praga
comprender√°s que temo morir si me duermo.
Si oyes una canción en la gótica noche de Praga
comprenderás que intento saber dónde me encuentro.
Si oyes un corazón en la gótica noche de Praga
comprender√°s qui√©n sostiene todo este sue√Īo.

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Mi amistad con el gran fot√≥grafo argentino afincado en Par√≠s Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) data de hace casi quince a√Īos y nos hemos acompa√Īado por tantos rincones de √©ste y de aquel lado del Atl√°ntico que su est√©ril recuento desafiar√≠a nuestra memoria conjunta. Esa larga complicidad nos llev√≥ a plasmar en un libro com√ļn, El Refugio del Fuego, nuestras correr√≠as por la ladera del volc√°n de Colima, en M√©xico, a fines de los a√Īos noventas y principios del 2000.
Daniel se ha forjado una brillante carrera como fot√≥grafo profesional. Adem√°s de colaborar en los m√°s importantes peri√≥dicos y semanarios europeos, lleva una docena de libros publicados y las exposiciones de su trabajos se han venido realizando, cito de memoria s√≥lo de las que me he enterado, en distintas ciudades de M√©xico, Colombia, Argentina, Portugal, Espa√Īa, Francia y Rusia.
Dado que este es un blog literario, Daniel ha tenido la bondad de corresponder a mi invitación enviándonos las fotos de algunos de sus poetas preferidos.

Comenzamos con una espectacular e in√©dita de quien alguna vez asegur√≥ que ‚Äúcitar es citarse‚ÄĚ, Jorge Luis Borges (‚ÄúEl hoy fugaz es leve y es eterno / otro cielo no busques / ni otro infierno‚ÄĚ). Tal vez al enfrentar rodeado de autores la lente de su joven paisano, el poeta razonara que, si citar es citarse, fotografiar debe por fuerza ser fotografiarse.

Porque Mordzinski capta en aquellos que retrata algo muy hondo de s√≠ mismo. Como si su c√°mara accionara un mecanismo de diapasones que hicieran vibrar al mismo tiempo y en la misma frecuencia a las personas en ambos lados del objetivo. Es √©l entonces, Mordzinski, quien se recarga al ropero atestado de libros de Olga Orozco (‚Äúcomo aquellas que saben que la vida es ausencia amordazada, / y el silencio una boca cosida que simula olvido‚ÄĚ).

Es √©l quien busca en el mapa los verdes tigres del mar y no William Ospina (‚Äúnadie sino yo los ha visto. A nadie he contado que existen. / Volver√≠an a decir que estoy loco, que mi madre muri√≥ en un asilo, / que mi padre era un borracho sin remedio‚ÄĚ).

Y nos observa a trav√©s de la ventana por donde asoma Roberto Juarroz (‚Äúdebemos conseguir que el texto que leemos / nos lea. / Debemos conseguir que la m√ļsica que escuchamos / nos oiga. / Debemos conseguir que aquello que amamos / parezca por lo menos amarnos‚ÄĚ).

√Čl se esconde tras el hermoso y pensativo perfil de Lauren Mendinueta (‚Äú¬Ņc√≥mo interpretar las se√Īales / si los clavos son tan de este mundo?‚ÄĚ).

Es suya esa sonrisa entre ir√≥nica y tierna que apenas curva los labios de Carmen Y√°√Īez (‚Äúas√≠ comenz√≥ la escritura el mudo. / Llov√≠a a c√°ntaros. / De la tierra surgieron los seres / y hablaban por √©l‚ÄĚ).

Contempla al ni√Īo sentado en la pelota con los ojos de Mario Benedetti (‚Äúte dejo frente al mar / descifr√°ndote sola / sin mi pregunta a ciegas / sin mi respuesta rota‚ÄĚ)

y nos mira recostado en el sof√° donde yace Gonzalo Rojas (‚Äú¬Ņqu√© se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte?‚ÄĚ).

Es el propio rostro de Daniel el que se refleja ante el espejo al que se mira Chantal Maillard (‚Äúdoy un paso y despierto al agua / a punto de ser agua, / se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto / de ser negra‚Ķ‚ÄĚ)

y, en esa playa de Saint Mal√≥, son √©l y Maqrol el gaviero quienes comparten la apariencia de √Ālvaro Mutis (‚Äúa la vuelta de la esquina / te seguir√° esperando / ese que nunca fuiste, ese que se muri√≥ / de tanto ser t√ļ mismo lo que eres‚ÄĚ).

Es otra vez Daniel Mordzinski quien acompa√Īa los pasos de la ni√Īa por la escalinata y no Blanca Varela (‚Äúdigamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera‚ÄĚ)

y podemos ver su sombra recortada a contraluz en el balc√≥n de Antonio Gamoneda (‚Äúllevo colgados de mi coraz√≥n / los ojos de una perra y, m√°s abajo / una carta de madre campesina‚ÄĚ).

Es de nuevo √©l, en M√©xico, de pie en esa esquina de la colonia Condesa donde vive el flamante ganador del premio Cervantes, Juan Gelman (‚Äúa este oficio me obligan los dolores ajenos, / las l√°grimas, los pa√Īuelos saludadores, / las promesas en medio del oto√Īo o del fuego‚ÄĚ),

y observa hacia una alta ventana medio oculta tras el follaje en lugar de Dar√≠o Jaramillo (‚Äúese otro que tambi√©n me habita / acaso propietario, invasor quiz√°s o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos‚ÄĚ).

¬ŅPero no es ah√≠ donde reside el arte: en expresar mejor la humanidad de otros expresando al mismo tiempo la parte m√°s humana y mejor de nosotros mismos? Y ese claroscuro per√≠metro, en el que Mordzinski se mimetisa y hasta podr√≠a intercambiarse con cada uno de sus sujetos es la prueba definitiva de su talento y universalidad como artista.

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Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fot√≥grafo argentino Daniel Mordzinski, all√° por el a√Īo de 1993. Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela reci√©n hab√≠a aparecido en Espa√Īa el a√Īo anterior). √Ālvaro Mutis (Bogot√°, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, m√°ximo galard√≥n que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sep√ļlveda como yo lo hab√≠amos acompa√Īado la v√≠spera a la ceremonia en Paris, ya no s√© si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sac√≥ Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso c√°lido y bonach√≥n con el que Mutis nos arropa, simboliza para m√≠ la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las √≥rdenes al m√©rito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso m√°s all√° de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poes√≠a, √Ālvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes m√°s generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompa√Īa en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de √Ālvaro en las que supuestamente deb√≠a promover alg√ļn libro suyo y √©l dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de alg√ļn oscuro poeta centroeuropeo del que nadie hab√≠a o√≠do hablar pero que a √©l le parec√≠a admirable. Por lo que a m√≠ respecta, me consta que en esa √©poca hubo autores que jam√°s se habr√≠an tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendaci√≥n personal.
La segunda foto me es tambi√©n muy querida porque √Ālvaro pos√≥ con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero. Fue tomada en Saint Mal√≥ tambi√©n por Mordzinski -¬Ņel mismo a√Īo?, ¬Ņal siguiente de la de Saint Germain?, yo contin√ļo sin barba, ay√ļdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ah√≠ est√° de nuevo Sep√ļlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo √©ramos inseparables. Si se acuerda, y me env√≠a alguna cosa desde su retiro gijon√©s, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto √Ālvaro Mutis aparece vestido como lo estar√≠a Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de √Ālvaro Mutis porque, y en eso est√° el meollo del asunto, √Ālvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. S√≥lo Maqroll es capaz de escribir esa poes√≠a l√ļcida, desgarrada, en la que la selva amaz√≥nica y la urbana son una y la misma. Una poes√≠a a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusi√≥n o esperanza. Una poes√≠a de lo mejor que se ha escrito en Am√©rica durante la segunda mitad del siglo veinte.

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Esta semana tenemos entre Los Convidados a la poetisa colombiana Lauren Mendinueta (Barranquilla, 1977), ganadora del presigioso premio internacional Mart√≠n Garc√≠a Ramos de Almer√≠a, Espa√Īa. Con el poema final nos unimos al homenaje que se prepara a nuestro querido amigo √Ālvaro Mutis a fines de noviembre en la Feria del Libro de Guadalajara.

VISITA TUR√ćSTICA

Estoy en medio de una Acrópolis nunca visitada.
Aqu√≠, se√Īores, en Atenas,
existió cuanto el hombre creyó posible:
La civilización, decrépita hoy, pavoneándose
m√°s espl√©ndida que ninguna anta√Īo.
Me estremece saber que fue dise√Īada noble,
astuta como Cécrope,
√ļtil para el culto y propicia para el cuerpo
de los graciosos adolescentes griegos.
Todo esto fue antes de que yo caminara entre sus ruinas.
Me sobrecoge lo que en la Acrópolis ya no es,
y me siento a√ļn m√°s peque√Īa
perdida en mi insuperable condición humana.
Me conmueve la armonía de sus formas,
me intimida la grandeza de sus espacios,
pero lo que m√°s me asusta es el tiempo
que como un ni√Īo la derrib√≥ a patadas.

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