Posts Tagged “Álvaro Mutis”

Este jueves 16 de octubre Los Convidados cumplen un año de su presencia en la red. Esto nos induce a una pequeña celebración. Además de la obligada botella de Burdeos (en este momento me encuentro de viaje en una gira por Francia, estoy escribiendo estas líneas sobre el traqueteo de un TGV) que me beberé esta noche a la salud de todos ustedes, se me ocurre que la mejor manera de festejarlo es hacer una entrada (o dos, o tres, según lo que encuentre más adelante) con los poemas que más he disfrutado transcribir durante estos primeros doce meses de vida. Vamos a ver… Los primeros versos del blog correspondieron, no podía ser de otro modo, a la pluma de Lauren Mendinueta. Aquí está el que he elegido de aquella entrada:

 

De Lauren Mendinueta, octubre 25/07

LA FELICIDAD
La felicidad, como tantas otras cosas,
depende de los reflujos de la mente.
Pero ese vaivén de la memoria lo gobierna el azar,
y por fatalidad he vivido dando rodeos
acercándome quizás, sin alcanzar lo memorable,
una y otra vez cayendo en lo peor de lo vivido.
¿Acaso la felicidad está en lo más próximo,
en lo que no es memoria sino llana realidad?
LauMendinueta.jpg picture by antoniosarabiaSi es así no hay esperanza
pues para llegar a lo más cercano
hay que transitar por el camino más largo,
que dicho sea de paso, es el más difícil.
La felicidad, como un legítimo tesoro,
espera en el fondo
de lo ríos más caudalosos de la memoria.
Sólo en esos acuosos mantos existe con pureza.
Aunque en tierras cotidianas contemos con réplicas exactas
dispuestas en vitrinas a precios caprichosos.
Si alguno codicia las auténticas joyas
tiene que sumergirse en innumerables aguas,
sortear atroces peligros, arriesgarse.
Pero que entienda de antemano
que los tesoros verdaderos no son hallazgos de la voluntad.
Yo prefiero abandonarme al azar,
tal vez un día aparezca ahogada en buenas aguas.

Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977)

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OspinayAS.jpg picture by antoniosarabiaWilliam Ospina (Padua, Colombia, 1954) y yo somos amigos, hermanos, si ese lazo existe fuera de la consanguineidad, desde hace más de quince años. Un verso suyo, del poema Lope de Aguirre, ”Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles, / a combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada”, tituló una novela mía El Cielo a Dentelladas. Cuando nos conocimos yo apenas empezaba a publicar y William, a pesar de ser bastante más joven que yo, ya era reconocido como uno de los más brillantes exponentes de la nueva poesía hispanoamericana. Me lo presentó Álvaro Mutis en una feria del libro de Guadalajara, México, y nuestra conversación de aquella noche se prolongó muchas horas después de que Álvaro se hubo retirado, hasta ya bien entrada la mañana. No ha sido la única de nuestras charlas que ha visto nacer el sol. Y no es sólo porque a veces pase el tiempo sin vernos y luego tengamos mucho que contarnos. William es uno de los mejores conversadores que conozco. No sé de nadie que se sepa más poemas de memoria y que los traiga a cuento cuando vienen tan al caso. Además de su cultivada inteligencia, de su asombrosa sensibilidad poética y de su visionaria imaginación, su talento para versificar llega a extremos prodigiosos.
En una ocasión, hace ya varios años, nos encontramos una mañana en la feria del libro de Madrid. A mediodía nos sentamos, acompañados de nuestra mutua y querida amiga la editora colombiana Ana Cristina Mejía, ante una botella de Ribera del Duero y una hilera de tapas en una las muchas tabernas que bordean el parque de El Retiro. William me entregó entonces un libro que me había traído de Bogotá. Se trataba de Veinte Sonetos de su tocayo William Shakespeare que recién había él traducido y que le acababa de publicar la revista Número. Cuando se disponía a poner la dedicatoria yo detuve su mano con una broma: “Willie, le dije, ese es un libro de sonetos, ahí no cabe más que un soneto“. Él me miró sin decir palabra, dejó la pluma de lado, pensativo, apuró un nuevo trago de vino y ante mi azoro tomó otra vez el libro y escribió:

Yo sé bien que te había prometido
Antonio, en estas líneas un soneto,
no sé por qué razón ni con qué objeto
ni sé si esto se verá cumplido.

Pero estoy intentándolo, el sentido
es menos importante a nuestro objeto
que la monotonía del sonido
para salir, cual Lope, del aprieto.

A estas alturas la cosa ya esta seria
pero como tu vas para la feria
bajo el sol madrileño tan radiante

sé que harás de mis yerros poco caso;
la versión es morosa, vacilante,
y no será de Shakespeare el fracaso.

Sarabia_Ospina_01.jpg picture by antoniosarabiaHace unos días, durante mi noche lisboeta, ya muy entrada la tarde en Bogotá, le envié un email para decirle que deseaba tenerlo esta semana en Los Convidados y que me gustaría mucho compartir aquella anécdota y el soneto madrileño con los lectores del blog. Aunque el poema era mío, él me lo había obsequiado y la única versión escrita está en mi propia biblioteca, era consciente de que se trataba de un texto inédito suyo y no me atrevía a usarlo sin su expreso consentimiento. Al abrir mi buzón la mañana siguiente en Lisboa, la madrugada en Bogotá, me encontré con su respuesta:

Sólo un soneto, Antonio, no es suficiente. Creo
que hay que esforzarse un poco, y aquí lo estoy haciendo.
Pero el soneto inútil que en esta tarde emprendo
es más falaz, sin duda, más endeble y más feo.

No obtendrá de tu pluma ni hermenéutica loa
ni la ilímite fama que va a tientas buscando,
porque para las rimas ya no hay dónde ni cuándo,
ni en Bogotá, ni en Soacha, ni en Sintra, ni en Lisboa.

Pasó el tiempo de Byron. Es la edad de la prosa.
Se va despetalando ya la lírica rosa
y cada vez el verso cae más hondo y más bajo.

Aunque tal vez… quien sabe… puede ser que más tarde,
en Portugal, y a cántaros, la musa nos aguarde
y nos abra la aurora del corazón de un Tajo.

william_ospina_grande.jpg picture by antoniosarabiaHoy, domingo dos de marzo, cumple William cincuenta y cuatro años. No tengo para ofrecerle sino estos recuerdos en los que va implícito el testimonio de mi admiración y afecto. En esta terraza que mira al Tajo levanto una copa de ese Ribera del Duero que tanto aprecia y brindo porque viva muchos años más, aunque me mueva también el egoísta pensamiento de que así continuará llenando este planeta de versos tan inolvidables como los que aquí transcribo. Felicidades, querido amigo, salud, y que nos veamos pronto.

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EL AMOR DE LOS HIJOS DEL ÁGUILA

En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del pájaro.
En la hoja del remo ya está, invisible, el agua.
En torno del hocico del venado ya tiemblan invisibles las ondas del estanque.
En mis labios ya están, invisibles, tus labios

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LA LUNA DEL DRAGÓN

Hablábamos de los dones de la tiniebla,
de los amores muertos,
cuando se perfiló por el Oeste
el oro espeso de la media luna.
“Mira, es la luna del Dragón“ –me dijiste.
Y los dos la miramos
como si algo terrible pesara sobre el mundo.

El hemisferio gris parecía lleno
de hondos presentimientos.
No había una estrella sobre el mar en calma
de humaredas y torres.

Nadie dijo: “Es la luz que hace al Dragón visible“.
Nadie dijo: “Es la casa donde el Dragón habita“.
Nadie dijo: “Es la luna que ampara a los dragones“.

Miramos simplemente el cuerno rojo,
la sobrehumana forma que doblega al cielo,
y pensamos acaso en los terrores
de la culpa y la fiebre.

“Sólo es la Luna del Dragón –me dijiste.
Pero algo negro ascendió de mi infancia
y di gracias a Dios de no estar solo.

Seguimos en silencio
mientras las nubes negras cercaban en la hondura
aquel objeto de alta magia y belleza

-“Tal vez el nombre viene de las baladas celtas“.
-“Yo no sé por qué pesa y aflige como un sueño“.

Era la Luna del Dragón, y nadie
parecía comprenderlo.
Iban las multitudes bulliciosas, urgentes,
atentas sólo a su pequeño misterio,
mientras sobre las hondas avenidas
un oro atroz vertía su inmortal influjo,
y algo terrible y bello batía sus alas rojas
como un polvo impalpable sobre las tristes tierras.

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LOPE DE AGUIRRE

Yo vine a la conquista de la selva, y la selva me ha conquistado.
Aparto con las manos los enormes ramajes,
Miro a solas las encendidas flores con forma de pájaros,
La extrema contorsión de la serpiente herida
Que las nubes parecen reflejar en el cielo.

Nada es piedad aquí, nada es dulzura.
¿Si son crueles los monjes en los penumbrosos claustros de España,
Si son degolladores los reyes y envenenadoras las reinas
En sus artísticos salones llenos de lienzos y de lámparas,
Si son perversos los obispos y lascivos los papas
En la nube de mármol de sus tronos romanos,
Si son despiadados los clérigos, que leyeron a Homero y a Séneca,
Si son salvajes los capitanes que comen la carne cocida,
Salpicada de jerez y de orégano,
Si bajo Europa entera aúllan las mazmorras,
Cómo puedo ser manso en estas tierras,
Ceñido por las selvas impracticables,
Lejos de esos palacios tapizados por la letra y la música?

He decidido ser un tigre.
La selva invade el alma como un vino.
Aquí no hay bien ni mal sino el zarpazo,
La rauda flecha del halcón hacia la comadreja de aguas,
El estupor del conejo salvaje ante el bostezo de la enorme serpiente,
El salto de la hormiga roja escapando un instante de las fauces de la salamandra,
La innumerable y cíclica y recíproca voracidad
De la gran selva de oscuros dioses que se alimenta de sí misma como un dragón de fiebre.

El rey está muy lejos, gobernando sus yermos de Castilla,
Sus puertos que miran al África, sus chambelanes obsequiosos,
Sus espejos prietos de cortesanos, sus olivares retorcidos como doctrinas,
Su orgullo salpicado de galeones, sus panoplias marchitas (en cada daga sangre de un viejo amigo)
Y la tierra gime de leones españoles desde el río Sacramento hasta los arrozales de Manila,
Desde las charcas fétidas del infierno hasta las últimas plumas de los ángeles.
El rey es rey del mundo, pero la selva es mía,
Y ese ojeroso príncipe de piel de cera y manos puntiagudas
No podría avanzar con sus tacones de nácar por estos riscos de tristeza
Donde la carne pierde toda esperanza;
No podría aventar con sus abanicos de pavo real
En los húmedos aires a estos mosquitos rojos que prodigan la fiebre,
No hundiría jamás sus tobillos lechosos
En los pantanos infestados de dientes.

Déjame a mí el palacio de estos atardeceres de tormento que se parecen a mi alma,
Donde bestiales tropas me adoran de miedo,
Donde debo mirarlos como un buitre para que no me maten,
Donde los últimos ángeles de mi infancia se descomponen en las ciénagas tibias,
Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles,
A combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada.

Selva monumental, aire de flechas súbitas,
Humaredas que traen olor de extrañas carnes,
Ancianos indios extasiados de ojos amarillos
Que miran como reyes o santos las vacías regiones del cielo;
Y diente de jaguar para la suerte,
Y montones de rojas semillas maceradas que me harán fértil,
Y los senos oscuros que penden como frutos,
Y la rana que se hunde en su reflejo, y bóvedas de frondas meciéndose en el agua.

Descendemos gritando por los ríos violentos en barcazas pesadas de odio;
Sé que al darles la espalda, estos hombres me miran como perros,
Sé que estoy afilando el cuchillo que pasarán por mi garganta.

Hemos dejado un rastro de cadáveres desde las sierras de Mérida,
Por los llanos resecos, por las enloquecidas serranías,
Un rastro de caseríos en llamas, alaridos de madres ya sin destino,
Rostros atónitos debajo del agua que un remo empuja hacia el fondo,
Pero qué puedo hacer si la selva me ha trastornado,
Me reveló las bestias que habitaban mi carne,
Si sólo sé mandar y codiciar todo lo que pueda ser mío
Y aquí cada ramaje se opone a mis designios;
Qué puedo hacer sino amasar el oro de estos pueblos brutales,
Y ser el rey de sangre de estas tardes de lástima,
Y poner al tucán de pico extravagante sobre mi hombro,
Y coronar de flores como incendios mi cabeza aturdida,
Y declarar la guerra a las escuadras imperiales que cubren los océanos,
Con esta voz que grita en la selva y que jamás los alcanza,
Y ser el rey de ultrajes de estos soldados rencorosos
Hasta que sus cuchillos se apiaden.

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FRANZ KAFKA

Padre, le digo, dame tres granos de cebada para despertar al
 durmiente.
Pero mi padre no responde:
es un enorme jinete de bronce, alto sobre colinas y sinagogas.
Madre, le digo, aparta tanta niebla,
muéstrame un rostro dulce, del que broten palabras ingenuas.
Pero ella se ha perdido por los callejones de piedra
y sólo encuentro en el espejo sus ojos inmensos.
Abuelo, digo entonces, ya no luches más con el ángel,
ven a contarme historias junto al fuego, mientras se hiela el Elba.
Pero el viejo me mira con ojos ausentes, y comprendo
que no es éste mi abuelo sino un viejo gitano que quiere venderme
 un recuerdo.
Hermana, bella hermana, le digo,
toma mi mano que está oscuro en esta casa inmensa.
Pero a mi lado pasa una condesa polaca monumental y arrogante
y se escucha un violín, y se cierra una puerta.
Hermano, digo, qué bello cabalgas sobre el potro de madera y
 de laca,
¿hacia dónde nos llevan estas tardes inciertas?
Pero él es sólo una imagen, una gris fotografía en mis manos,
y a lo lejos, atroces, los cañones resuenan.
Goethe, le digo, cántame una canción romana,
haz que yo sienta en mi corazón esta antigua tristeza.
Pero la tumba calla y sobre ella vuelan grises palomas
y no puedo abrir este libro porque sus páginas son de ceniza.
Milena, digo luego, tal vez tú puedas finalmente salvarme,
dime que soy de carne y de sangre, que esto que me atenaza es un deseo
Pero ella se afantasma entre miles de seres escuálidos
y apenas si percibo dos llamas que se apagan muy lejos.

¿Entonces es delirio todo esto? ¿A quién puedo llamar que me
 salve?
Su reino es de este mundo. Todos están aceptados y absueltos.
Son demasiado humanos, son demasiado justos,
y yo no logro hablarles con mi estruendo de élitros.
y no aprendí a cruzar las puertas,
y no sé defenderme.
Si ves dos grises ojos de gato en la gótica noche de Praga
comprenderás que temo morir si me duermo.
Si oyes una canción en la gótica noche de Praga
comprenderás que intento saber dónde me encuentro.
Si oyes un corazón en la gótica noche de Praga
comprenderás quién sostiene todo este sueño.

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Mi amistad con el gran fotógrafo argentino afincado en París Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) data de hace casi quince años y nos hemos acompañado por tantos rincones de éste y de aquel lado del Atlántico que su estéril recuento desafiaría nuestra memoria conjunta. Esa larga complicidad nos llevó a plasmar en un libro común, El Refugio del Fuego, nuestras correrías por la ladera del volcán de Colima, en México, a fines de los años noventas y principios del 2000.
Daniel se ha forjado una brillante carrera como fotógrafo profesional. Además de colaborar en los más importantes periódicos y semanarios europeos, lleva una docena de libros publicados y las exposiciones de su trabajos se han venido realizando, cito de memoria sólo de las que me he enterado, en distintas ciudades de México, Colombia, Argentina, Portugal, España, Francia y Rusia.
Dado que este es un blog literario, Daniel ha tenido la bondad de corresponder a mi invitación enviándonos las fotos de algunos de sus poetas preferidos.

Comenzamos con una espectacular e inédita de quien alguna vez aseguró que “citar es citarse”, Jorge Luis Borges (“El hoy fugaz es leve y es eterno / otro cielo no busques / ni otro infierno”). Tal vez al enfrentar rodeado de autores la lente de su joven paisano, el poeta razonara que, si citar es citarse, fotografiar debe por fuerza ser fotografiarse.

Porque Mordzinski capta en aquellos que retrata algo muy hondo de sí mismo. Como si su cámara accionara un mecanismo de diapasones que hicieran vibrar al mismo tiempo y en la misma frecuencia a las personas en ambos lados del objetivo. Es él entonces, Mordzinski, quien se recarga al ropero atestado de libros de Olga Orozco (“como aquellas que saben que la vida es ausencia amordazada, / y el silencio una boca cosida que simula olvido”).

Es él quien busca en el mapa los verdes tigres del mar y no William Ospina (“nadie sino yo los ha visto. A nadie he contado que existen. / Volverían a decir que estoy loco, que mi madre murió en un asilo, / que mi padre era un borracho sin remedio”).

Y nos observa a través de la ventana por donde asoma Roberto Juarroz (“debemos conseguir que el texto que leemos / nos lea. / Debemos conseguir que la música que escuchamos / nos oiga. / Debemos conseguir que aquello que amamos / parezca por lo menos amarnos”).

Él se esconde tras el hermoso y pensativo perfil de Lauren Mendinueta (“¿cómo interpretar las señales / si los clavos son tan de este mundo?”).

Es suya esa sonrisa entre irónica y tierna que apenas curva los labios de Carmen Yáñez (“así comenzó la escritura el mudo. / Llovía a cántaros. / De la tierra surgieron los seres / y hablaban por él”).

Contempla al niño sentado en la pelota con los ojos de Mario Benedetti (“te dejo frente al mar / descifrándote sola / sin mi pregunta a ciegas / sin mi respuesta rota”)

y nos mira recostado en el sofá donde yace Gonzalo Rojas (“¿qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte?”).

Es el propio rostro de Daniel el que se refleja ante el espejo al que se mira Chantal Maillard (“doy un paso y despierto al agua / a punto de ser agua, / se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto / de ser negra…”)

y, en esa playa de Saint Maló, son él y Maqrol el gaviero quienes comparten la apariencia de Álvaro Mutis (“a la vuelta de la esquina / te seguirá esperando / ese que nunca fuiste, ese que se murió / de tanto ser tú mismo lo que eres”).

Es otra vez Daniel Mordzinski quien acompaña los pasos de la niña por la escalinata y no Blanca Varela (“digamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera”)

y podemos ver su sombra recortada a contraluz en el balcón de Antonio Gamoneda (“llevo colgados de mi corazón / los ojos de una perra y, más abajo / una carta de madre campesina”).

Es de nuevo él, en México, de pie en esa esquina de la colonia Condesa donde vive el flamante ganador del premio Cervantes, Juan Gelman (“a este oficio me obligan los dolores ajenos, / las lágrimas, los pañuelos saludadores, / las promesas en medio del otoño o del fuego”),

y observa hacia una alta ventana medio oculta tras el follaje en lugar de Darío Jaramillo (“ese otro que también me habita / acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos”).

¿Pero no es ahí donde reside el arte: en expresar mejor la humanidad de otros expresando al mismo tiempo la parte más humana y mejor de nosotros mismos? Y ese claroscuro perímetro, en el que Mordzinski se mimetisa y hasta podría intercambiarse con cada uno de sus sujetos es la prueba definitiva de su talento y universalidad como artista.

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Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993. Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había aparecido en España el año anterior). Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, máximo galardón que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sepúlveda como yo lo habíamos acompañado la víspera a la ceremonia en Paris, ya no sé si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sacó Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso cálido y bonachón con el que Mutis nos arropa, simboliza para mí la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las órdenes al mérito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso más allá de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poesía, Álvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes más generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompaña en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de Álvaro en las que supuestamente debía promover algún libro suyo y él dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de algún oscuro poeta centroeuropeo del que nadie había oído hablar pero que a él le parecía admirable. Por lo que a mí respecta, me consta que en esa época hubo autores que jamás se habrían tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendación personal.
La segunda foto me es también muy querida porque Álvaro posó con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero. Fue tomada en Saint Maló también por Mordzinski -¿el mismo año?, ¿al siguiente de la de Saint Germain?, yo continúo sin barba, ayúdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ahí está de nuevo Sepúlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo éramos inseparables. Si se acuerda, y me envía alguna cosa desde su retiro gijonés, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto Álvaro Mutis aparece vestido como lo estaría Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de Álvaro Mutis porque, y en eso está el meollo del asunto, Álvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. Sólo Maqroll es capaz de escribir esa poesía lúcida, desgarrada, en la que la selva amazónica y la urbana son una y la misma. Una poesía a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusión o esperanza. Una poesía de lo mejor que se ha escrito en América durante la segunda mitad del siglo veinte.

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Esta semana tenemos entre Los Convidados a la poetisa colombiana Lauren Mendinueta (Barranquilla, 1977), ganadora del presigioso premio internacional Martín García Ramos de Almería, España. Con el poema final nos unimos al homenaje que se prepara a nuestro querido amigo Álvaro Mutis a fines de noviembre en la Feria del Libro de Guadalajara.

VISITA TURÍSTICA

Estoy en medio de una Acrópolis nunca visitada.
Aquí, señores, en Atenas,
existió cuanto el hombre creyó posible:
La civilización, decrépita hoy, pavoneándose
más espléndida que ninguna antaño.
Me estremece saber que fue diseñada noble,
astuta como Cécrope,
útil para el culto y propicia para el cuerpo
de los graciosos adolescentes griegos.
Todo esto fue antes de que yo caminara entre sus ruinas.
Me sobrecoge lo que en la Acrópolis ya no es,
y me siento aún más pequeña
perdida en mi insuperable condición humana.
Me conmueve la armonía de sus formas,
me intimida la grandeza de sus espacios,
pero lo que más me asusta es el tiempo
que como un niño la derribó a patadas.

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