Un convidado fuera del tiempo: Alfonso Reyes
Escrito por: admin en Literatura hispanoamericanaNormalmente los homenajes se ofrecen durante alguna fecha alusiva al agasajado. Esa cifra del calendario, siempre redonda, coincide con el año de su nacimiento o de su muerte. Yo me estoy adelantando un año a los ciento veinte del nacimiento, y otro más al cincuentenario de la muerte de mi convidado de esta semana. Qué más da. Nos causa un inmenso placer que nos acompañe desde ahora y no creemos que a él le importe demasiado. Es un autor a quien jamás conocí. Murió cuando yo tenía quince años y estaba neófitamente inmerso en Verne, London, Stevenson, Dumas y Conan Doyle. Su obra, sin embargo, bien asentada en la precisión, musicalidad y transparencia de su prosa, ya no se apartó de mi pensamiento desde que llegué a la edad de leerla. Tuve presentes sus trabajos sobre el Siglo de Oro Español al escribir Amarilis y también influyó, aunque de distinta manera, en Troya al Atardecer. Se trata de don Alfonso Reyes (Monterrey, México, 1889-1959), a quien Jorge Luis Borges consideraba “el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos” y a quien dedicó una oda fúnebre, In memoriam, que remata espléndidamente así:
Al impar tributemos, al diverso / las palmas y el clamor de la victoria: / no profane mi lágrima este verso / que nuestro amor inscribe a su memoria.
Recuerdo una tarde con César Ayra, en la Capilla Alfonsina de la ciudad de Monterrey, México, hojeando alucinados los ejemplares de la biblioteca personal de Reyes para encontrarnos algunas de las obras maestras de la literatura hispanoamericana dedicadas por la mano de sus propios autores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Cazares, Victoria Ocampo, Américo Castro, Ramón Gómez de la Serna y tantos otros de los ahora monstruos sagrados que lo conocieron y admiraron. Don Alfonso es, sin duda alguna, junto con el propio Borges y Graham Green, otro de los grandes que se merecieron el premio Nobel de la literatura y nunca lo ganaron. El mismo Octavio Paz lo propuso allá por 1949. En una carta dirigida a Guillermo Ibarra, director-gerente del periódico El Universal, el 15 de agosto de aquel mismo año y de la que reproducimos sólo el final, el futuro premio Nobel mexicano decía:
Sí, tenemos algunos poetas extraordinarios, un dramaturgo, varios críticos y tres o cuatro escritores en prosa. Pero tenemos, sobre todo, un hombre para quien la literatura ha sido algo más que una vocación o un destino: una religión. Un hombre para quien el lenguaje ha sido y es todo lo que puede ser el lenguaje: sonido y signo, trazo inanimado y magia, organismo de relojería y ser vivo. Palabra, en suma. Poeta, crítico y traductor, es el literato. El minero, el artífice, el peón, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra, varia y perfecta, es historia, creación y reflexión: una literatura. ¿Debo decir el nombre de este escritor que, sin dejar de ser él mismo es por sí mismo un grupo de escritores? Es casi innecesario: todos saben que hablo de Alfonso Reyes.
El texto que vamos a presentar es un hermoso ejemplo del nacimiento de la poesía. En él, al decir del propio Reyes, el poeta “se admira de su propio don, y se enorgullece de él, al paso que le impone correctivos y normas se entusiasma a la vez que duda”.
VALMIKI Y LOS PÁJAROS
El vetusto y casi legendario autor del Ramayana paseaba un día por el campo. Ignoro lo que será el campo en la India. Lo imagino al igual de sus divinidades exorbitantes, como una masa de árboles de múltiples brazos que se aprietan unos con otros. Y bajo las bóvedas de verduras, ocultas como terribles secretos, las pagodas de hormigas. Una cargazón vital en la atmósfera propicia al éxtasis y al pánico. El contemplador queda aniquilado ante el espectáculo, y la naturaleza fácilmente lo ingiere, reivindicando a su patrimonio las virtudes minerales, vegetales y animales que hay en el hombre. Valmiki se ha olvidado de sí, admirando una pareja de pájaros cuya voz adquiría singular dulzura, porque era la estación del amor. La pareja se requebraba a su modo, tan superior al nuestro, con cantos, vuelos y danzas y sacudimientos del plumaje. Pero el principio destructor acecha las fiestas de la vida, y entre la maleza, de alguna manera indecisa, brillaban los ojos de Vichnú. Víctima de una muerte injusta, el macho se desploma de pronto, fulminado en plena esperanza. Del pecho de Valmiki brota entonces un chorro de palabras, una inesperada protesta, una queja poética. Y así nació la poesía kavya, nuevo género literario. Pero el ruido de su propia voz despierta a Valmiki. Y “¿soy yo –exclama- es posible que haya sido yo quien ha pronunciado estas divinas palabras?” El poeta ha dialogado con su astro, se ha desdoblado, ha dudado y se ha asombrado de su propio poder.

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