Posts Tagged “Adolfo Bioy Casares”

En estas √ļltimas semanas hemos venido reflexionando en Los Convidados sobre el tema de las minificciones. Con ese motivo recopil√© aqu√≠ relatos brev√≠simos de Borges, Bioy, Cort√°zar, Arreola, Huidobro y varios m√°s. Sin embargo, ayer me di cuenta de que, sin pensarlo, hab√≠a dejado fuera a otro gran maestro del g√©nero: el poeta mexicano Octavio Paz (ciudad de M√©xico, 1914-1998), premio Nobel de la Literatura el a√Īo de 1990.octavio_paz2.jpg picture by antoniosarabia¬†Paz es m√°s conocido por su vasta producci√≥n po√©tica y ensay√≠stica pero, exceptuando la novela, su escritura abarca todos los dem√°s g√©neros literarios. Trabajos del Poeta, de 1949, es una admirable incursi√≥n surrealista entre la prosa po√©tica y el microrelato. Ninguno de sus espl√©ndidos textos rebasa los treinta renglones. ¬Ņ√Āguila o Sol?, de 1950, contin√ļa por el mismo camino con pasajes apenas un poco m√°s largos. Tenemos un bello ejemplo en el titulado Dama Huasteca:

Ronda por las orillas, desnuda, saludable, reci√©n salida del ba√Īo, reci√©n nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volc√°n. En su vientre un √°guila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del pa√≠s h√ļmedo. Pocos la han visto. Dir√© su secreto: de d√≠a, es una piedra al lado del camino; de noche, un r√≠o que fluye en el costado del hombre.
Y es de otro de sus libros de esa misma época, Arenas Movedizas, del que transcribimos para ustedes este otro cuento corto, una auténtica joya que está entre nuestros favoritos de siempre.

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Delf√≠n Beccar y Alejandro Gelaz, dos j√≥venes partidarios de las iniciativas propias y la buena literatura, est√°n ganando cada vez m√°s adeptos entre los asiduos a la Red con una original ocurrencia: crearon un blog, Minificciones, en el que d√≠a a d√≠a van dando cuenta de las mejores muestras del g√©nero corto en la literatura universal. Desde su propio trabajo hasta el celeb√©rrimo “Cuando despert√≥ el dinosaurio todav√≠a estaba all√≠” de Monterroso, reputado como el relato m√°s breve de la lengua castellana. Cuatro palabras m√°s conciso, aunque no por eso m√°s bello, del que a continuaci√≥n rese√Īaremos de Borges. Junto a ese rel√°mpago Borgiano tenemos microtextos de Bioy, Huidobro, Cocteau, otro de Monterroso, uno muy famoso de Chuang-Tzu y, para terminar, una peque√Īa joya de mi paisano Arreola.

Cada cuento viene acompa√Īado de una bella ilustraci√≥n alusiva al tema o al autor. Al permitirnos el uso de las Minificciones, Delf√≠n y Alejandro tuvieron la amabilidad de enviarnos las im√°genes correspondientes con lo que los lectores de Los Convidados tendr√°n una idea m√°s cabal de su trabajo. Lee el resto de esta entrada »

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O√≠ que recientemente aparecieron en M√©xico dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, M√©xico, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lop√°tegui (Porr√ļa, M√©xico, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilaci√≥n rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aqu√≠ est√° lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva seg√ļn su gusto y conveniencia.
No hab√≠a hablado antes p√ļblicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia √≠ntima, muy personal, perteneciente a una √©poca m√≠a que considero preliteraria: se di√≥ antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una raz√≥n que se har√° evidente en este art√≠culo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conoc√≠ a Elena Garro por azar, en Par√≠s, muy a finales de los a√Īos ochentas y principios de los noventas, y tuve una relaci√≥n muy particular de amistad con ella. Un d√≠a, al hacer un tr√°mite cualquiera en la embajada de M√©xico me atendi√≥ una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan pr√≥ximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el m√°s grande ensayista despu√©s de Alfonso Reyes, me apresur√© a invitarla a cenar a mi casa varios d√≠as despu√©s. Un poco antes de la hora convenida, me llam√≥ para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si pod√≠a traerla consigo. Yo no sab√≠a que hablaba de Elena Garro. Era, a√ļn lo soy, un ignorante total de la vida √≠ntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no s√© qui√©n ha vivido con qui√©n, ni cu√°ndo, ni c√≥mo, ni por qu√©, pero le dije que s√≠, que encantado, que no se preocupara, que viniera tambi√©n, etc.
As√≠ desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conoc√≠, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entr√≥ en mi departamento me pareci√≥ reconocer su cara pero tard√© un rato en identificarla. A m√≠, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me hab√≠an deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. S√≥lo sent√≠a admiraci√≥n por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus an√©cdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero a√ļn, m√≠ticos termin√≥ por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos d√≠as el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de bur√≥, peque√Īas, cuadradas, de las que aparecen a√ļn en las pantallas de las Mac m√°s recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interes√≥ en su funcionamiento. Yo me apresur√© a mostrarle las ventajas que ten√≠a como procesador de texto sobre las entonces a√ļn comunes m√°quinas de escribir y para ello abr√≠, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el cap√≠tulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira v√≠ctima de una fuerte calentura. El texto le llam√≥ la atenci√≥n y me pregunt√≥ de qui√©n era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogi√≥ sin reservas e insisti√≥ con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A ra√≠z de eso empec√© a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba a√ļn en la embajada. Yo lo prefer√≠a as√≠ y supongo que ella tambi√©n. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se ve√≠a obligada a recuperar ante ella su papel de enferma cr√≥nica, a jurar que esa era la primera taza de caf√© que se beb√≠a y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era m√≠o.
Elena se mostr√≥ en un principio entusiasmada con mi trabajo y me anim√≥ a proseguirlo pero en realidad, despu√©s de la primera visita, nos olvidamos de √©l. A m√≠ me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cort√°zar, de quien me describ√≠a la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento franc√©s del que nunca pudo desprenderse al hablar espa√Īol. De entre la cascada de an√©cdotas recuerdo particularmente una: ella era todav√≠a una jovencita, casada con Paz, muy joven tambi√©n pero ya c√©lebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a Par√≠s, me parece que procedentes de Espa√Īa cuando, asomada a la ventanilla, descubri√≥ a un grupo de intelectuales franceses que ven√≠an a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de ‚ÄúOctavio Paz‚ÄĚ. Elena sac√≥ la cabeza para prevenirlos gritando ‚Äúici, ici!‚ÄĚ (¬°aqu√≠, aqu√≠!) a lo que uno de ellos respondi√≥ ‚ÄúPas toi, mon chou, ton pere!‚ÄĚ (t√ļ no, querida, tu pap√°!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Viv√≠a en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio m√°s elegante de Par√≠s, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente ‚ÄúPaz‚ÄĚ. Nunca le o√≠ decir ni ‚ÄúOctavio‚ÄĚ, ni ‚Äúmi exmarido‚ÄĚ, ni ‚Äúese cabr√≥n‚ÄĚ, que bien podr√≠a haberlo dicho, no, siempre fue ‚ÄúPaz‚ÄĚ, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigi√©ndole fondos. En una ocasi√≥n pretendieron incluso involucrarme en su empe√Īo. Estando en su casa, marcaron el tel√©fono del poeta en M√©xico e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qu√© historia absurda. Yo me negu√© horrorizado, cosa que desat√≥ la ira de Helenita, mucho m√°s agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con ‚ÄúPaz‚ÄĚ.
La verdad es que a m√≠ nunca me pidieron dinero. S√≥lo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante cr√≠tica, y no hubo ning√ļn m√©rito en ello. En aquel tiempo yo pod√≠a darme lujos as√≠ sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedi√≥ una tarde en la que Elena me llam√≥ llorando al tel√©fono, la iban a echar de su casa porque deb√≠a m√°s de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sab√≠a qu√© hacer. Me lanc√© a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los sem√°foros de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme m√°s tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acept√©. Ya habr√≠a tiempo para que me reembolsara despu√©s, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospech√°bamos que eso no ocurrir√≠a, pero no me import√≥. Hab√≠a aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acci√≥n de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la √ļnica.
Tampoco tengo muy clara la raz√≥n por la que dej√© de verla. Ni siquiera recuerdo si llegu√© a autografiarle alg√ļn ejemplar de Amarilis, la novela que pareci√≥ tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al un√≠sono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un a√Īo antes de que ella se volviera a M√©xico donde ya no le segu√≠ la pista. Por aquellos d√≠as nos ve√≠amos muy poco. Publicar en Europa me hizo a m√≠ entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se hab√≠a segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conoc√≠a bien y con la que yo empec√© a relacionarme entonces, me advirti√≥ que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me dec√≠a.
Como testimonio de aquellos d√≠as no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de M√©xico deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edici√≥n de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alem√°n que lleg√≥ en esos d√≠as y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sab√≠a qu√© hacer con el ejemplar. A m√≠ me pas√≥ lo mismo, pero como no encontr√© ning√ļn amigo alem√°n a quien d√°rselo, todav√≠a ha de andar por ah√≠.
Elena, que cre√≠a en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy l√ļcida e implacable en sus juicios est√©ticos. No repetir√© aqu√≠ sus indiscreciones y cr√≠ticas sobre nuestra literatura de la √©poca. ‚ÄúLa luz del entendimiento me hace ser muy comedido‚ÄĚ, dir√≠a el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertar√≠a la justa indignaci√≥n, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La √ļltima vez que habl√© de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, all√° por el a√Īo noventa y siete, ¬Ņo ser√≠a el noventa y ocho?, ¬Ņy por qu√© tocamos el tema?, ¬Ņlo habr√° provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios m√≠o, qu√© memoria. De lo que s√≠ estoy seguro es de que evit√© mencionarle el que ella lo consideraba el ep√≠tome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversaci√≥n en la que Bioy, que morir√≠a tambi√©n poco despu√©s, se mostr√≥ muy conmovido. Me relat√≥ sus propios recuerdos y me confes√≥ el enorme afecto que hab√≠a sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Adem√°s del libro en alem√°n conserv√© un tiempo tambi√©n, como recuerdo, aunque no s√© ya d√≥nde est√°n, las dos o tres hojas en las que me copi√≥, con paciencia infinita, las direcciones y los tel√©fonos privados y p√ļblicos de cuanto editor conoc√≠a en M√©xico para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anot√≥ otro, √©ste en Espa√Īa, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, ne√≥fito absoluto, no hab√≠a o√≠do hablar. Fue el √ļnico tel√©fono y la √ļnica direcci√≥n que finalmente us√©. Por suerte sin jam√°s mencionar que me los hab√≠a dado ella. Ahora sospecho que habr√≠a resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llam√≥ la atenci√≥n la frase que dijo mientras la transcrib√≠a: ‚Äúsi te agarra la Balcells, ya la hiciste‚ÄĚ. Pues s√≠, Elena, ‚Äúme agarr√≥ la Balcells‚ÄĚ aunque no, no ‚Äúla he hecho‚ÄĚ todav√≠a, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia

PREMIO DARDO 2008

La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio m√°s abajo, como exigen las reglas, la rese√Īa del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al confer√≠rmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada d√≠a en su empe√Īo por transmitir valores culturales, √©ticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a trav√©s su pensamiento vivo que est√° y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.

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Normalmente los homenajes se ofrecen durante alguna fecha alusiva al agasajado. Esa cifra del calendario, siempre redonda, coincide con el a√Īo de su nacimiento o de su muerte. Yo me estoy adelantando un a√Īo a los ciento veinte del nacimiento, y otro m√°s al cincuentenario de la muerte de mi convidado de esta semana. Qu√© m√°s da. Nos causa un inmenso placer que nos acompa√Īe desde ahora y no creemos que a √©l le importe demasiado. Es un autor a quien jam√°s conoc√≠. Muri√≥ cuando yo ten√≠a quince a√Īos y estaba ne√≥fitamente inmerso en Verne, London, Stevenson, Dumas y Conan Doyle. Su obra, sin embargo, bien asentada en la precisi√≥n, musicalidad y transparencia de su prosa, ya no se apart√≥ de mi pensamiento desde que llegu√© a la edad de leerla. Tuve presentes sus trabajos sobre el Siglo de Oro Espa√Īol al escribir Amarilis y tambi√©n influy√≥, aunque de distinta manera, en Troya al Atardecer. Se trata de don Alfonso Reyes (Monterrey, M√©xico, 1889-1959), a quien Jorge Luis Borges consideraba ‚Äúel mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos‚ÄĚ y a quien dedic√≥ una oda f√ļnebre, In memoriam, que remata espl√©ndidamente as√≠: Al impar tributemos, al diverso / las palmas y el clamor de la victoria: / no profane mi l√°grima este verso / que nuestro amor inscribe a su memoria.
Recuerdo una tarde con C√©sar Ayra, en la Capilla Alfonsina de la ciudad de Monterrey, M√©xico, hojeando alucinados los ejemplares de la biblioteca personal de Reyes para encontrarnos algunas de las obras maestras de la literatura hispanoamericana dedicadas por la mano de sus propios autores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Cazares, Victoria Ocampo, Am√©rico Castro, Ram√≥n G√≥mez de la Serna y tantos otros de los ahora monstruos sagrados que lo conocieron y admiraron. Don Alfonso es, sin duda alguna, junto con el propio Borges y Graham Green, otro de los grandes que se merecieron el premio Nobel de la literatura y nunca lo ganaron. El mismo Octavio Paz lo propuso all√° por 1949. En una carta dirigida a Guillermo Ibarra, director-gerente del peri√≥dico El Universal, el 15 de agosto de aquel mismo a√Īo y de la que reproducimos s√≥lo el final, el futuro premio Nobel mexicano dec√≠a:
S√≠, tenemos algunos poetas extraordinarios, un dramaturgo, varios cr√≠ticos y tres o cuatro escritores en prosa. Pero tenemos, sobre todo, un hombre para quien la literatura ha sido algo m√°s que una vocaci√≥n o un destino: una religi√≥n. Un hombre para quien el lenguaje ha sido y es todo lo que puede ser el lenguaje: sonido y signo, trazo inanimado y magia, organismo de relojer√≠a y ser vivo. Palabra, en suma. Poeta, cr√≠tico y traductor, es el literato. El minero, el art√≠fice, el pe√≥n, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra, varia y perfecta, es historia, creaci√≥n y reflexi√≥n: una literatura. ¬ŅDebo decir el nombre de este escritor que, sin dejar de ser √©l mismo es por s√≠ mismo un grupo de escritores? Es casi innecesario: todos saben que hablo de Alfonso Reyes.

El texto que vamos a presentar es un hermoso ejemplo del nacimiento de la poes√≠a. En √©l, al decir del propio Reyes, el poeta ‚Äúse admira de su propio don, y se enorgullece de √©l, al paso que le impone correctivos y normas se entusiasma a la vez que duda‚ÄĚ.

VALMIKI Y LOS P√ĀJAROS

El vetusto y casi legendario autor del Ramayana paseaba un d√≠a por el campo. Ignoro lo que ser√° el campo en la India. Lo imagino al igual de sus divinidades exorbitantes, como una masa de √°rboles de m√ļltiples brazos que se aprietan unos con otros. Y bajo las b√≥vedas de verduras, ocultas como terribles secretos, las pagodas de hormigas. Una cargaz√≥n vital en la atm√≥sfera propicia al √©xtasis y al p√°nico. El contemplador queda aniquilado ante el espect√°culo, y la naturaleza f√°cilmente lo ingiere, reivindicando a su patrimonio las virtudes minerales, vegetales y animales que hay en el hombre. Valmiki se ha olvidado de s√≠, admirando una pareja de p√°jaros cuya voz adquir√≠a singular dulzura, porque era la estaci√≥n del amor. La pareja se requebraba a su modo, tan superior al nuestro, con cantos, vuelos y danzas y sacudimientos del plumaje. Pero el principio destructor acecha las fiestas de la vida, y entre la maleza, de alguna manera indecisa, brillaban los ojos de Vichn√ļ. V√≠ctima de una muerte injusta, el macho se desploma de pronto, fulminado en plena esperanza. Del pecho de Valmiki brota entonces un chorro de palabras, una inesperada protesta, una queja po√©tica. Y as√≠ naci√≥ la poes√≠a kavya, nuevo g√©nero literario. Pero el ruido de su propia voz despierta a Valmiki. Y ‚Äú¬Ņsoy yo ‚Äďexclama- es posible que haya sido yo quien ha pronunciado estas divinas palabras?‚ÄĚ El poeta ha dialogado con su astro, se ha desdoblado, ha dudado y se ha asombrado de su propio poder.

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