Sara Herrera Peralta gana el Martín García Ramos
Escrito por: admin en Poesía hispanoamericana contemporáneaSara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, España, 1980), una bella andaluza de veintiocho años de edad residente en París fue declarada a mediados de la semana pasada la ganadora del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008.
Espero no pecar de indiscreto si les cuento que, al igual que el año pasado, el concurso estuvo extremadamente disputado debido a la renovada calidad de los competidores. Mi intimidad con Lauren Mendinueta, ganadora del certamen en el 2007, y la amistad con que ahora me honra Francisco Torrecillas, director del evento, me permitieron, sin tener ninguna vela en el entierro, lanzar una ojeada curiosa sobre los manuscritos participantes conforme se acumulaban sobre el escritorio de Lauren. Por una de esas coincidencias de la suerte, el poemario que más atrajo mi atención desde un principio, el marcado con el número treinta y cuatro, resultó al final el vencedor. Sin embargo, estoy seguro de que no fue una decisión fácil ni para la media docena de jurados ni para Jon Juaristi, quien tiene a su cargo la ingrata tarea de poner orden en el caos y pronunciar el veredicto definitivo. Otros jóvenes demostraron en sus trabajos un talento poético de ningún modo inferior al de la triunfadora pero el poemario de ésta, titulado 
De Ida y Vuelta poseía además de su alta calidad literaria una unidad, una fuerza temática, que le hacía sobresalir por encima de los otros.
De Ida y Vuelta se compone de dos partes: El Trayecto y El Viaje. La primera la constituyen veintiocho poemas, cada uno titulado con el nombre de una estación de la línea seis del metro de París que parte de Nation hacia la Etoile. Sara Herrera Peralta transforma ese cotidiano periplo subterráneo en un hermoso y desconsolado monólogo en el que el metro parece abandonar su itinerario habitual para adentrarse en un insólito, perplejo, oscuro, agobiante, pero siempre poético y a fin de cuentas esperanzador recorrido por las profundidades del alma.
La segunda parte, El Viaje, consiste en otros veinte poemas cada uno podríamos decir que “etiquetado” con la grafía, muchas veces arcana, con la que las compañías aéreas rotulan tanto en los billetes de avión como en las etiquetas del equipaje, el origen o el destino de sus vuelos. El último poema, de algún modo la meta del viaje, está marcado como LIS, el código que se le da a Lisboa. El que yo lo haya leído con el Tajo ancho y azul fluyendo inagotable un poco más allá de mi ventana, no deja de parecerme curioso.
Desconozco los nombres reales de los demás finalistas, pero quiero mencionar algunos otros poemarios que me llamaron particularmente la atención. Si cualquiera de los autores de Los Pies del Horizonte, No Sabes Nada del Viento, El Libro a Contraluz o Sin Título ni Contenido, llegan a leer estas líneas y desean aparecer como Convidados en este blog junto con algunos de sus poemas, me sentiré muy honrado poniéndolo a su disposición. Por favor, escríbanme. Si alguno está, además, interesado en que le eche una mano para conseguir editor en España, también lo haré con muchísimo gusto. Por otra parte, si prefieren que sus versos permanezcan inéditos para mantener así la posibilidad y el derecho de participar en otros concursos lo entiendo muy bien y les deseo suerte en ello. No se rindan. Estuvieron muy cerca de llevarse el García Ramos este año. Ya les tocará ganar algún otro muy pronto.
Mientras tanto, gracias a la gentileza de Paco Torrecillas quien me ha permitido reproducir en este blog algunos de los poemas de la obra ganadora, les ofrezco seis que corresponden a un fragmento del trayecto en el metro parisino. Enhorabuena, Sara, que el Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008 sea sólo uno de los primeros en una larga carrera de éxitos.
[6. BERCY]
Desesperados buscando una mayoría suficiente. Esperar el turno. Nuestro turno.
El cielo estará nuboso y se producirán chubascos. Borrascas fuertes.
La muchacha del oeste es una niña con trenzas. Los pies colgando.
La vida pasa a un ritmo ilegítimo y ella sonríe:
la infancia es humilde e ignorante, destapa al vagabundo.
Madre, no veas en mí el llanto de los ángeles ni las hojas esparcidas del otoño.
Los rebaños se hicieron para otros: yo quise ser más fuerte.
Y alza la cabeza y abre sus ojos como quien observa el mundo
con coraje y alegría.
La niña desciende la mirada
[y sus ojos se vuelven transparentes].
Quién será ella, dentro de unos años,
en otras paradas, en otros santuarios, en otros precipicios.
En un segundo la luz se apodera de los inocentes.
Y volvemos, siempre, a comenzar.
[8. CHEVALERET]
Hay parámetros decimonónicos en cada barandilla.
Responden a las necesidades de los viejos, a veces de los niños.
Nos sostienen bajo el techo.
Un sostén para las almas, son grises como el humo.
A veces, sobre las tierras quemadas del vagón de metro
se despiertan las voces de los inconscientes.
Cuánta juventud con cargo, qué infinita extensión del futuro.
Bricolaje inventado:
el debate es siempre el mismo. La segunda jornada. La liga de fútbol.
Monótonas, erguidas: siempre ahí.
El sostén, la presencia. Da igual en qué tarea,
no importa en qué memoria. Hay componentes estáticos que brillan a nuestro alrededor,
cubiertos de grasa, para permanecer aunque el tiempo pase,
aunque la vida se agilice, aunque sigamos este túnel
que nos lleva
desesperadamente
a ninguna parte.
[16. EDGAR QUINET]
Los dos. Cogidos de la mano. Intuyendo los vértigos venideros,
los congeladores vacíos, las tardes de supermercado, las noches de cine,
la rutina afrodisíaca.
Siempre hay una puerta que se abre. Otra que se encaja.
Y en el andén, mientras todos permanecemos,
ellos se separan y se vuelven los extremos del reloj. Puntuales. Modestos. Amables.
No existe el fuego donde no hay deseo. Ni estímulos primarios.
Ni compromiso estudiado. Ni intención de nada.
La mitad visible y la invisible se separan. Los amantes.
Ellos, que creyeron contar el uno con el otro,
han destrozado todas las sábanas, todos los perfumes, todas las flores.
Y han ido a parar al fondo del océano.
Han contado minutos.
Son precipicios enfrentados.
Ya son andén. Ya son distancia.
Ya no son nada.
[17. GARE MONTPARNASSE]
Qué vanidad maldita la de los escarabajos que suben por las ventanas.
La lejanía del mar, ésa fue la primera culpa que sentí al pisar las calles
y recorrer todos los vagones en dirección oblicua.
Saber que donde estemos podremos recordar
es el consuelo de los expatriados.
La voz no queda lejos de cualquier rincón
del mundo:
la ciudad no habría sido ésta,
ni sus figuras, ni sus autores.
Yo llegué sin tiempo limitado,
me acostumbré a sortear todos los vientos, las ráfagas, las malas rachas.
Y ahora me ven recorrer aceras, pasar por el cielo y por la tierra,
como una figura pequeña, sin olfato, ciega, que cree haber purificado
el aire con la fuerza del miedo
y la memoria.
[18. PASTEUR]
La determinación es guardar en la cabeza
nuestros orígenes.
Que nos sintamos salvajes en este vagón civilizado no es culpa de los otros.
Remover lo intocable, mezclar lo improbable con la suerte,
fue siempre nuestra obligación.
Y Edo quedó lejos.
Hay que aprender a no creer todo lo que parece ser.
Ser es más aún que estar vivo,
y vivir es nuestro único milagro.
[28. CHARLES DE GAULLE-ÉTOILE]
Qué hemos guardado en los rostros durante el trayecto.
Qué vejez se apresuró y qué tintes cubrieron las almas de bienvenidas.
Hemos oído hablar de perdedores, hemos contraído los huesos y los músculos
para prepararnos. Y después llegaron los silbidos y la velocidad.
El vagón conoce la fiebre de los vagabundos
y los granos del adolescente.
Quién nos sostendrá en las calles. Quién hablará de insignias, de la vida corriente,
de los pájaros inventados, de los animales impuros.
Éstos son los símbolos y ésta la luz.
Las lenguas extranjeras sobrevivirán a nuestra marcha. Se derrumbarán las sombras.
Y nosotros, que creímos que también en la humedad conviven la palabra y la saliva,
pensaremos en los árboles extinguidos y en los muertos.
Hacemos números. Cargamos la maleta. Mencionan la palabra misericordia
y yo, que no hablo de agonía, que sé que no es éste el último vértigo ni el último miedo,
que no oculto mi rostro, veo la luz al final del túnel.
Los raíles y los andenes se parecen a mi vida buscando una lámina inconfesable.
Los cielos nos protegerán.
Hay quien dijo que queda la luz, siempre, allá donde vayamos.
Yo creo en todo eso.
Y más, allá, aún.


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Gracias a Ed J.L. hasta Venezuela, por la felicitación y sus palabras. Un abrazo. Sara.
Desde Málaga,ENHORABUENA SARA!. Que lo disfrutes mucho!!Un abrazo fuerte. Mª Jose