Primeras Noticias de Noela Duarte
Escrito por: admin en Narrativa hispanoamericana contemporáneaSiempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común
en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.
Eso es lo que me ha sucedido con mis colegas y excelentes amigos José Manuel Fajardo (Granada, 1957) y José Ovejero (Madrid, 1958).
Los tres vislumbramos al mismo tiempo a Noela Duarte en México, en un restaurante de Tlaquepaque un pequeño pueblo cercano a Guadalajara, donde participábamos en la feria del libro, y nos la volvimos a encontrar un año después, ya no tan por azar, en el desaparecido Goldenberg de la avenida Wagram en París. Le habíamos dado cita ahí pero, la verdad, ninguno estaba muy convencido de que vendría. Ya desde entonces intuíamos que de ella se podía esperar cualquier cosa.
Sin embargo, asistió puntual a nuestra invitación, y convivió toda la velada con nosotros. Noela nos hechizaba a los tres por su belleza, su enérgica personalidad, su carisma y su fina sensibilidad. Hija de cubano y española, nacida en el norte de África, criada entre los músicos de la banda en que tocaba la guitarra su padre. Fotógrafa profesional, viajera incansable, cada uno de nosotros tenía algo propio que decir sobre ella. La tentación de ponerlo en un libro común era demasiado fuerte, y no pudimos resistirla.
Nuestra aventura duró tres largos años. Tiempo en el que nos fuimos poco a poco mostrando lo que cada uno escribía por su lado, discutiéndolo, obligándonos a encajarlo con lo que hacían los demás, en interminables, quisquillosos, obstinados, furibundos, pero siempre ocurrentes y a ratos jocosos correos. Esa vivencia fue una de las experiencias más divertidas y enriquecedoras de mi vida de escritor. No la cambiaría por nada del mundo.
Al fin el esfuerzo se concretó en el libro que ahora edita Belacqva/La Otra Orilla, Primeras Noticias de Noela Duarte.
Sale a la venta estos días en España y lo presentaremos oficialmente el jueves 12 de junio a las veinte horas en el Pabellón del Círculo de Lectores dentro del marco de la feria del Libro de Madrid. Ahí estaremos Fajardo, Ovejero y yo para conversar con la asistencia y contarle el qué, cómo, cuándo y porqué del libro.
¿Y Noela? Noela ni se inmuta. Creo que está de acuerdo con todo. Nos conoce demasiado bien como para sorprenderse de nada. Puede que hasta asome a tomar una foto.
Aquí tienen algunos fragmentos del libro para que la vayan conociendo mejor.
DE A LA GUITARRA OSWALDO DUARTE
“No, mi padre no pegó nunca a mi madre. Cuando quería hacerla llorar, cogía la guitarra y le cantaba un bolero. Entonces ella se amansaba, se sentaba en cualquier sitio con los ojos húmedos y musitaba: qué hijo de puta eres, Oswaldo. Pero seguía escuchando, incapaz de marcharse por mucha rabia que le diese, hasta que mi padre terminaba de cantar”. Confieso que me fascinan las historias de familia; por eso intento siempre que Noela me cuente cosas de cuando era niña, de cuando sus padres aún vivían juntos en Tánger, de cuando Noela, después de que su madre se fuese con otro hombre, acompañaba a su padre en las giras con la orquesta El Ritmo de Oriente por buena parte de los hoteles y garitos de Europa. Ella dice que esas cosas me interesan sólo porque soy un cotilla, y para qué se lo voy a discutir. Pero para mí las familias tienen una lógica increíble, hasta en los detalles más escabrosos: cuando leo en el periódico que un hijo ha matado a sus padres a hachazos sé que ese final lo habían trazado entre todos, cada uno contribuyendo diariamente a un desenlace que, de alguna manera, todos deseaban.
DE EL OJO QUE TE VE
Hoy ha salido del hotel más temprano que de costumbre. Eran las siete de la mañana y su cabeza ocupó el círculo de la mira telescópica con su melena corta. Llevaba gafas de sol, pero la reconocí. A estas alturas la reconocería aunque se disfrazara. Cuando se pasan tantas horas observando, cuando el mundo se reduce al círculo de una mira telescópica, uno acaba sabiendo muchas cosas de los demás. Yo sé que ella es nerviosa, que se rasca tras la oreja cuando no sabe qué hacer, que escupe al suelo los chicles que masca. También sé que sus piernas son largas y sus pechos pequeños y firmes. Porque no lleva sujetador.
Eso también lo sé. He estudiado cada pliegue de su ropa. Conecto el walkman y escucho la guitarra salvaje de Jabberwocky. Esa canción me mata, pero también me ayuda a matar el tiempo mientras espero que ella regrese. La terraza parece un charco de agua. Es por el calor, que lo llena todo de espejismos. Ayer hubo mucho movimiento y la calle se cubrió de polvo y humo. Era como moverse dentro de una chimenea. Oías el silbido de las balas y las explosiones de los proyectiles, pero no veías más que resplandores entre la bruma. Hoy todo está limpio y calmo, y la música suena nítida en mis oídos. Es increíble cómo la tierra se desentiende de nosotros. Cuando la destrucción se detiene, el mundo se dedica de nuevo a lo suyo. No somos más que un paréntesis sangriento. Los pájaros vuelven a revolotear tontamente y los árboles se mecen bajo el viento. Pero los insectos continúan con sus tareas en medio de la matanza. Ayer estaba tirado en el suelo, al abrigo de un muro, y vi cómo una larga hilera de hormigas se adentraba en terreno abierto, indiferente a las carreras, a los gritos y a la lluvia de metralla. Para ellas debemos ser poco más que una tormenta. Y ni eso, porque la tormenta puede traer un diluvio que las ahogue. Nosotros sólo abrimos socavones en la tierra y, de vez en cuando, arrojamos al suelo algún despojo que se convierte de inmediato en alimento para ellas o en un nuevo obstáculo que deben salvar en su camino. Nuestra crueldad no tiene público en el universo, es una aberración privada. No somos muy diferentes de esos leones que se ven en los reportajes sobre África. Se puede aprender mucho de ellos. Yo lo hago. Permanezco al acecho, como el león en la sabana. Soy una mancha más en el paisaje. Puedo permanecer horas inmóvil. Una piedra que ve. Como uno de esos hombres estatua que salen en las películas. También yo me maquillo el rostro. Lo tizno de negro, para que no destaque en las sombras. Busco un lugar desde el que pueda controlar una buena extensión de terreno y espero. Siempre estoy esperando. Hay que saber esperar, concentrarse en una sola cosa, vaciar el cerebro de toda curiosidad, de todo interés, y limitarse a mirar. Es duro llegar a ser una piedra. El tiempo de las emociones es antes y después de la espera, pero durante ella tengo el corazón muerto. Esa es mi ventaja. No se trata tan sólo de tener reflejos y buena puntería. Lo que te hace un buen cazador es aprender a desprenderte de ti mismo para poder leer en los gestos más pequeños de la pieza a batir. El peor enemigo es la duda. La curiosidad y la duda.
DE A TRAVÉS DEL ESPEJO
Aquella noche yo tuve que permanecer encerrado en el apartamento de la avenue Foche y fue él quien ocupó mi lugar. El único sitio en el que yo no puedo sustituirlo es sobre un escenario. Ese es el altar donde sólo él, transformado en gran sacerdote, oficia ante sus fieles. En escena, como luego me enteré que sucedió aquella noche, Carlos Esquívez era algo más que el simple mortal Carlos Esquívez. Aquel hombre, con un micrófono enfrente y una guitarra en las manos se convertía en otro. Un mago que pulsaba las cuerdas como las alas de una chistera por cuyo oscuro boquete brotaban interminablemente conejos y palomas, globos de colores, cometas fulgurantes, e insospechadas legiones de demonios y ángeles. Desde luego, tú lo pudiste constatar porque estabas presente. No se conformó con subir al escenario y poner el piloto automático como me dijo que haría. El melódico y estruendoso compás de sus propias creaciones, cien veces magnificado por los altavoces, le hizo retroceder en el tiempo devolviéndole su apariencia original y tú te diste gusto fotografiándolo transfigurado bajo las candilejas. Si no fue capaz de tocar más que los viejos y consabidos temas que lo habían hecho célebre, fue porque en verdad no tenía más repertorio. Pero si sólo pudo repetir las antiguas canciones que el público conocía hasta la saciedad, lo hizo de modo que sonaran nuevas a los oídos de todos y fueran devotamente coreadas por una muchedumbre electrizada y fanática. Si Eric Clapton era dios, proclamaron los periódicos de la mañana siguiente, Carlos Esquívez era su profeta y sucesor. Sé que esa noche se vieron después del concierto. Sé que estuvieron juntos casi hasta el amanecer en una casita de las afueras, propiedad del organizador del evento. Sé que él te habló de la vacuidad de su vida y tú compartiste el dolor que te embargaba por el reciente fallecimiento de un amigo en Afganistán. Sé que se retiraron solos al amplio jardín y que él llevó consigo su guitarra acústica. Sé que te estuvo cantando al oído boleros hasta que se te soltaron las lágrimas porque te recordaban a tu niñez y a tu padre. Sé que hicieron el amor sobre la pelusa como náufragos que acabaran de sobrevivir a un cataclismo universal. Sé que te le entregaste con desesperación, con furia ciega, que lo mordiste, que lo arañaste con impaciencia febril hasta que depositó estremeciéndose de placer, en la vellosa y tibia humedad aprisionada entre tus piernas, todo lo que todavía le quedaba de amor y de música. Sé que aquella noche me rompiste el corazón.
¿Qué les parece? ¿Les gustaron estos fragmentos? Pues adelante, a leer el libro. Y, no lo olviden, los autores los invitamos a que vengan a compartir su presentación con nosotros este jueves 12 de junio, a las ocho de la noche, Primeras Noticias de Noela Duarte en el Pabellón del Círculo de Lectores, en la feria del libro de Madrid, estoy seguro de que pasarán un buen rato. Allá nos vemos. Por cierto, las fotos de los autores que aparecen en esta entrada son de Daniel Mordzinski.

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Ya tenéis una entrada para el libro en mi blog. Un abrazo.
Felicidades a los tres!! Y un gran abrazo de vuestro viejo compinche de fatigas editoriales.
Santiago
Por medio del blog de Antonio Serrano he llegado al tuyo. Los fragmentos del libro, me han parecido estupendos y esperaré llegue a México para poder leerlo. Mis felicitaciones para los tres. No sé si sea abuso pero quería pedirte permiso para reproducir el fragmento de El ojo que te ve en mi blog.
Saludos
Alba
Aunque sé que hoy estarás en Madrid y quizás no leas este mensaje, te deseo un buen día de san Antonio. Felicidades, tocayo.
Ya estoy de vuelta en Lisboa, querido amigo, todo resultó muy bien en Madrid. Gracias por tus buenos deseos y felicidades también en tu día.
Un gran abrazo
Antonio Sarabia
Antonio, muchas gracias por la autorización y el enlace. Acabo de hacer la entrada y espero sea de tu agrado.
Un gran beso
Alba