Óscar Collazos, el alcanfor y el bolero
Escrito por: Antonio Sarabia en Literatura hispanoamericana
Otro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue Óscar Collazos (BahÃa Solano, Colombia, 1942). El autor de Adiós, Europa, adiós, cartagenero por adopción después de los largos años de voluntario exilio en ParÃs, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su inolvidable Jimena, son los guÃas más eficaces y entendidos para explorar los subrepticios rincones y las Ãntimas maravillas de la hermosa ciudad.
Romántico incurable, enamorado del bolero, Collazos nos envió el ensayo que reproducimos más abajo, señal incontestable de su paso por la cuna de ese género musical: la Cuba de Ernesto Lecuona y José Antonio Méndez. Creo que Óscar estará de acuerdo en que este post sirva también de homenaje al mexicano Gabriel Ruiz (Guadalajara, 1908-1999), compositor de Usted, Despierta y Amor, amor, amor, quien cumplirÃa años este 18 de marzo. Gracias, Óscar, Jimena, por su colaboración. Desde Los Convidados va un abrazo a los dos.
EROS Y BOLEROS
¿Por qué hay boleros que permanecen en la sensibilidad popular, saltan de una generación a otra y no pierden su vigencia? ¿Qué nombran, de qué hablan para que el tiempo no haga mella en sus letras? ¿Por qué se vuelven clásicos e intemporales? ¿Por qué han durado más que muchos libros, mucho más que la vida de la generación que los escuchó y bailó por vez primera? ¿Se “leen” AgustÃn Lara y José Antonio Méndez más que los poetas que tuvieron apenas una celebridad de época?
La “alta cultura” lo desdeña pero tal vez no haya “intelectual” que no tenga un bolero en su inventario de amores. El bolero habla de una “trivialidad” con palabras a menudo triviales, frases elementales que nos recuerdan que el mundo de los sentimientos se balancea entre la grandeza dramática del amor y la cursilerÃa que lo nombra. Más que a los sentimientos, la “alta cultura” le teme a la “cursilerÃa” melodramática con que se expresan. Siguen viviendo porque el hombre es también un animal de trivialidades y cursilerÃas ocultas e innombrables. El hombre es un animal que baila ilusiones y decepciones.
Walter BenjamÃn escribió el primer gran ensayo sobre el kitsch. Esa es la cursilerÃa, esa la horterada que el bolero asume sin culpabilidad: la naturaleza de sus letras acepta que si hay una “concepción del mundo” en el género, nada le impide revolcarse en el estercolero de los sentimientos. El bolerista hace el ridÃculo con sus frases hechas y se encoge de hombros, repite los lugares comunes que la poesÃa evita, pero la poesÃa se cuela por los intersticios de un gran talento, como en AgustÃn Lara, José Antonio Méndez, Bola de Nieve, Maria Greever o Armando Manzanero. Kitsch de vocación popular, el bolero no reclama lugar alguno en la high culture.
En el bolero se expresa la sensibilidad de millones de seres. Carlos Monsiváis, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Fuentes, GarcÃa Márquez, Julio Cortázar, Manuel Puig, todos ellos tienen en sus obras una ventaba abierta por donde asoma el bolero. “La guaracha del Macho Camacho”, del puertorriqueño LuÃs Rafael Sánchez, se parece a un bolero que altera el ritmo de sus compases. Pedro Almodóvar no pudo resistir la tentación de introducir el bolero en sus grandes pelÃculas postbuñuelianas. Las “pasiones extremas” de sus filmes exigen que se canten también boleros. ¿Cuplés, chotÃs madrileños, boleros? Una familia de géneros afines festeja en la misma mesa. En su casa de Cuenca, en la Calle de San Pedro, Antonio Saura se curaba durante los veranos de sus melancolÃas cubanas escuchando boleros de Omara Portuondo y Bola de Nieve.
Mi profesor de religión en un colegio de bachillerato de la ciudad colombiana de Buenaventura, donde el bolero era uno de los puentes trazados entre la represión y el deseo, tuvo la desafortunada ocurrencia de recomendar que cada vez que fuéramos a un baile tuviéramos la precaución de introducir en la pretina del pantalón o, si resultaba más cómodo, entre los calzoncillos, una discreta bolsita con alcanfor. Asà evitarÃamos la tentación de caer en el pecado de lujuria, por supuesto en el pecado que el bolero siempre ha estimulado, como ha estimulado también las nostalgias por el amor perdido o el amor imposible, por la rabia viril de no haber sido correspondidos, por el júbilo de haber sido aceptados o el irremediable encabronamiento que produce la traición. Entre Novia mÃa y Perfidia se dibuja la lÃnea que va de la exaltación jubilosa al resentimiento de haber perdido.
La recomendación del padre Gómez, un seminarista de los Andes donde quizá nunca se habÃan bailado boleros, pretendÃa conseguir que el cuerpo no respondiera a lo que manda la mente, porque el bolero es, ante todo, una orden que la mente y el corazón dirigen al cuerpo o a esa parte del cuerpo que encoge el corazón de emoción y estira, por acción milagrosa, el músculo pecaminoso que el sacerdote querÃa adormecer con bolitas de alcanfor. Con el bolero y no con la Iglesia, Sancho, habÃamos topado. La “lectura pecaminosa” que se hacÃa del bolero prolongaba el Index con que la Iglesia hizo durante siglos la clasificación de los libros entre buenos y malos, permitidos y prohibidos. Que yo sepa, no hay boleros prohibidos por ninguna autoridad. Lo que se teme es el efecto que produce en quien lo baila.
Desde entonces pensé que el bolero tenÃa un enemigo alcanforado en la iglesia y luego en la pretina, un enemigo mucho más peligroso que la “alta cultura”, desdeñosa de todo aquello que se hace popular; que éste, el enemigo, como no podÃa toparse con la iglesia misma, se topaba con el deseo artificialmente adormecido. Con el alcanfor habÃa topado el bolero, mi bien amado caballero, replicarÃa al iluso don Quijote su escudero, presa del deseo encarcelado de una Dulcinea bailada.
No todos seguÃamos tal consejo en aquellas fiestas del atardecer, guateques y pachangas en los que después de haber bailado a la Sonora Matancera, a Lucho Bermúdez, a Pacho Galán, a Ismael Rivera y a la Billo´s Caracas Boy, alguien apagaba las luces y nos alistábamos para el ritual ordenado por Miltinho, Aldemar Dutra, Armando Manzanero, Lucho Gatica, Leo Marini o Daniel Santos, lanzados a los brazos de aquellas vÃrgenes de medianoche, reacias a perder la virginidad pero dispuestas- algunas, no todas- a que el lugar de la virginidad o de la vergüenza fuera visitado en las puertas de los tejidos femeninos al uso, asà fuera en la epidermis, única profundidad posible en el bolero de esas noches. Lo que era superficie en el baile, se convertÃa en profundidad del pensamiento.
No hay “Perfidia” que detenga a quien baila el bolero, no hay Ingratas que interrumpan la cadencia. Contigo aprendo, Contigo aprendÃ. Cuando escuchamos que solamente una vez amé en la vida, aceptamos la mentira porque pronto, en la próxima tanda, tal vez alguien nos cante en rabiosas palabras el bolero sobre el clavo que saca otro clavo, porque el bolero es generosidad cuando los amores son felices y rencor cantado en labios de los desgraciados. El Somos novios de Manzanero habla de “un cariño limpio y puro” pero, ay, “como todos procuramos el momento más oscuro.” Es cuando escuchar difiere de bailar. El bailarÃn de boleros no se detiene en el sentido sino en el ritmo. Novios o amantes, extraños en la noche de la pareja, bailan.
Queja adolorida y orgullo salvador, el bolero recuerda, sin que los bailarines lo sepan, el acierto filosófico de la ranchera: “A veces me ando cayendo y el orgullo me levanta.” Pero sordo al clamor de la letra, lo que se levanta es otro orgullo, los que se humedecen son otros ojos. En algún conocido y a veces vilipendiado lugar del cuerpo se ha entablado el diálogo del deseo que el bolero propicia, que el alcanfor del padre Gómez condena como se condenan al olvido blusas, faldas y camisas.
No sólo el alcanfor, dirán ustedes con razón, es enemigo del regocijo. Contra la razón placentera del bolero, que no razón pura pues de su impureza se hace su sinrazón estética; contra esa razón conspiran el miedo femenino y la torpeza masculina, la moral del inconsciente, el brazo que a manera de palanca se nos instala en el hombro, el centro neurálgico y femenino que traza una lÃnea cóncava o convexa, según se mire ese gesto, movimiento de un centro que huye de otro centro pero que se compensa con la dádiva de las extremidades superiores entregadas al bolero. De lo que se deduce que en el bolero hay dos partes que pugnan por entregarse, que todo se reduce a extremidades inferiores y superiores que no pueden ni quieren encontrar la sÃntesis en la entrega total y entera. De lo que se deduce que de la cintura para arriba el bolero es menos pecaminoso que de la cintura hacia abajo, que el rechazo al abrazo es a medias, cuando hay rechazo, cuando deja de haber entrega. Cuando la entrega es a medias, mejor dicho, entrega sin entrega, sólo exudación y lágrimas.
En la dialéctica del bolero, la tesis es una propuesta del cuerpo, la antÃtesis el rechazo y la sÃntesis aquello que jamás imaginarÃa Herr Hegel: un cambio estratégico de pareja en la siguiente pieza. O tanda, para evitar el doble sentido de quienes me escuchan o leen, porque pieza no es la canción que viene sino la recámara que se desea como estación final de la fiesta.
De allà la definición que se ha dado al bolero: antesala del amor. Pero se requieren algunas precisiones. Entre el sofá de la sala y el lecho de la recámara hay un trecho que el bolero abrevia. Porque, a veces, del bolero al lecho hay mucho trecho, dirán ustedes, como dirán también que es más corto el trecho que conduce del bolero al sofá de la sala que a la antecámara y al lecho. En este galimatÃas, todo lo decide la estrechez o amplitud de la pareja que nos sigue el paso o que se devuelve, en el umbral de la puerta, como se devuelve todo prisionero del miedo.
No faltarÃa más. El bolero es una consulta, una encuesta, un sondeo de opinión. Cuando se baila un bolero se está preguntando a la pareja y la respuesta suele ser inmediata. Un considerable porcentaje de la población que baila boleros responde con un SI al cuestionario del deseo; un nada desdeñable porcentaje responde con un No desconsolador y una franja preocupante No responde porque no sabe de lo que va el asunto, caballero.
En esto reside el carácter democrático del bolero: es consulta antes que imposición. Nadie saca a bailar un bolero a la brava, ni el marido celoso ni el guapo del barrio, que si es celoso, se sienta y llora. El bolero es búsqueda de consenso entre parejas.
Quien haya recorrido conscientemente el camino que va de sala de baile a la sala de su casa, sabrá que lo que en el primer escenario es recato puede volverse deliciosa desvergüenza en el segundo. Aconsejable no bailar un bolero desnudo: derivarÃa a un coito de pie. Se los dice quien lo ha intentado y ha fracasado en el intento. La acrobacia del amor es más horizontal que vertical.
Sartre escribió sobre “el ser y la nada.” “El hombre es una pasión inútil”- nos repitió con tozudez francesa. Quienes escribieron los boleros que nuestra memoria no olvida, no dejaron de recordarnos que el bolero es un diálogo entre el ser y el todo. En el bolero, ni el hombre ni la mujer son una pasión inútil. De no haber sido alemán, Schopenhauer se hubiera aventurado en la escritura de un tratado sobre “el amor, las mujeres y el bolero”, género que sólo habla de la muerte del amor deseado, porque la otra muerte es apenas una amenaza de suicidio que únicamente se cumple en la letra. El “no puedo vivir sin ti” del bolero es un no puedo vivir sin ti mientras te olvido. El bolero es una forma de poligamia agazapada. Amar a dos mujeres a la vez -recuerda la voz aguda de Antonio MachÃn cantando el bolero de la bigamia masculina. Morir en tus brazos es una manera de decir: quiero morir en tu lecho. Muero porque no muero, se repite el bailarÃn de boleros.
Lisonja o insulto, “esperanza inútil”, “flor de desconsuelo”, reloj que marca las insufribles horas de la espera, olvido de todo y de mÃ; inconsciencia del tiempo que pasa “estando a tu lado”, el bolero que se baila es un sentimiento que el bailarÃn acomoda a la intención implÃcita de no separarse de su pareja en la siguiente pieza. No le importa el sentido; le importa el sentir: los centros ajustados por la coincidencia de estaturas, las yemas de los dedos que recorren los vellos de la nuca, las manos que sudan, la mejilla que roza la mejilla, la firmeza de unos muslos que chocan casi accidentalmente para anunciar el posterior choque de muslos.
Hay bolero que se baila y bolero que se escucha. El bolero que se escucha remueve las fibras de la memoria afectiva. El bolero que se baila remueve las fibras de una memoria erótica selectiva. Se pueden escuchar boleros con quienes no nos gustan. Sólo se acepta bailar con quien nos gusta. Si la piedad de una mujer o la caballerosidad de un hombre permiten que se baile un bolero con quien no nos gusta, la distancia conservada entre los cuerpos tendrá la prudencia de un rito insulso. Se baila por cortesÃa. Quien acepta de verdad bailar un bolero, acepta un desafÃo.
Eros y desafÃo, el bolero traza una frontera entre lo permitido y lo prohibido. En la semiologÃa del bolero, dicho de otra manera, en las señales de tránsito que el bolero exige, el rojo manda que no se baile con quien no nos ofrece esperanzas, el amarillo que se baile con quien pueda dejarse seducir; el verde con quien, ya seducida o seducido, no hace más que prolongar el instante del júbilo. Es un pacto de sobreentendidos porque se comprende que, en el juego de la seducción, vale más, a efectos del placer, la trayectoria de la bala que el impacto del disparo.
Al erotizarlo todo- felicidad, desgracias, cataclismos del alma, traiciones, venganzas-, el bolero reclama un lugar en la lista de hechos que han contribuÃdo a la jubilosa desmoralización de las costumbres. Factor de cambio- dirÃan los sociólogos. Y es cierto: las lÃneas que traza la historia del bolero bailado se han vuelto paralelas. Han conducido a la fusión. Se dirÃa que, a veces, el bolero es la negación del movimiento. Obsérvese si no el casi imperceptible desplazamiento de la pareja en una baldosa, obsérvese si no cómo la pareja, en apariencia inmóvil, mueve el deseo a una velocidad de vértigo. Otra vez el ritual: la “ansiedad de tenerte en mis brazos/ musitando palabras de amor.”
Nacido a finales del siglo XIX, en lo mejor de sus letras se lo debe casi todo a la poesÃa modernista. Para darle el golpe de gracia al modernismo, se le torció “el cuello al cisne de engañoso plumaje.” Con sus plumas verbales renacieron el bolero y el nuevo cisne esplendoroso, esta vez sin paisajes exóticos ni extrañezas. Pero no es de las raÃces literarias del bolero de lo que hemos estado hablando. Es de esa eternidad que en el instante del deseo hace del bolero, no un género, sino un estilo de vida, una manera de cortejar, una manera de resolver el ser o el no ser del deseo. De allà que sea expectativa defraudada o feliz realización de lo que se ha esperado al bailarlo.

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oscar collazos me parese un gran escritor,obra que me gusto muchisimo fue rencor porque nos habla de la cruda realida que vimos en nuestro pais y por la cual no vemos ninguna mejoria cada dia en contramos mas desplazados y sin donde llegar,el abuso de la autorida y otras cosas mas siga asi lo felicito por sus exitos quein le escribe un simple estudiante de bachiller un cordial saludo de mi parte que este bien
Necesito contactar a Oscar Collazos para programa televisivo.
gracias.
César, lo único que yo puedo hacer es enviar copia de tu correo a Óscar Collazos para que se ponga en contacto contigo.
Buena suerte