En estas últimas semanas hemos venido reflexionando en Los Convidados sobre el tema de las minificciones. Con ese motivo recopilé aquí relatos brevísimos de Borges, Bioy, Cortázar, Arreola, Huidobro y varios más. Sin embargo, ayer me di cuenta de que, sin pensarlo, había dejado fuera a otro gran maestro del género: el poeta mexicano Octavio Paz (ciudad de México, 1914-1998), premio Nobel de la Literatura el año de 1990.octavio_paz2.jpg picture by antoniosarabia Paz es más conocido por su vasta producción poética y ensayística pero, exceptuando la novela, su escritura abarca todos los demás géneros literarios. Trabajos del Poeta, de 1949, es una admirable incursión surrealista entre la prosa poética y el microrelato. Ninguno de sus espléndidos textos rebasa los treinta renglones. ¿Águila o Sol?, de 1950, continúa por el mismo camino con pasajes apenas un poco más largos. Tenemos un bello ejemplo en el titulado Dama Huasteca:

Ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volcán. En su vientre un águila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del país húmedo. Pocos la han visto. Diré su secreto: de día, es una piedra al lado del camino; de noche, un río que fluye en el costado del hombre.
Y es de otro de sus libros de esa misma época, Arenas Movedizas, del que transcribimos para ustedes este otro cuento corto, una auténtica joya que está entre nuestros favoritos de siempre.

 
EL RAMO AZUL

Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme, femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra en la palangana de peltre y humedecí la toalla. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado en una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó:

-¿Dónde va señor?
-A dar una vuelta. Hace mucho calor.
-Hum, todo está ya cerrado. Y no hay alumbrado aquí. Más le valiera quedarse.
OCTAVIOPAZ3.png picture by antoniosarabiaAlcé los hombros, musité “ahora vuelvo” y me metí en lo oscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco, desmoronado a trechos. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y a quién se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce:
-No se mueva , señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunte:
-¿Qué quieres?
-Sus ojos señor -contestó la voz suave, casi apenada.
-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.
-No tenga miedo señor. No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.
-Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
-Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules y por aquí hay pocos que los tengan.
Ptzcuaro1.jpg picture by antoniosarabia-Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
-Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
-No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
-No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma la cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
-Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente.
La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
-¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
-¡Ah, qué mañoso es usted! -respondió- A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó.
-Arrodíllese.
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso y tenso, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
-Ábralos bien -ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso.
-Pues no son azules, señor. Dispense.
Y despareció. Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me incorporé. A tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta.
Entré sin decir palabra.
Al día siguiente huí de aquel pueblo.

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9 Respuestas a “Octavio Paz, el poeta en la minificción”
  1. Antonio, es verdad que uno no se puede bañar dos veces en el mismo río y con Octavio Paz, al entrar en su río de palabras uno siempre sale renombrado.
    Gracias por recordar que la palabra no cuenta nunca mas de la cuenta.
    Un abrazo.
    Sergio Astorga

    Último post en el blog de…sergio astorga…Destiempo

  2. Extraordinarios textos de Octavio Paz. Mil gracias, Don Antonio, por traerlos. Me ciega ya la luz de la pantalla.
    Un saludo, Izaskun

    Último post en el blog de…Izaskun Legarza…¿Censores? ¡¡No, gracias!!

  3. Triana (29 comments) dice:

    Nada que decir que no esté ya dicho de Octavio Paz, solo que es una delicia
    leerte Antonio.

    El relato, fantastico.

    Un abrazo.

    Último post en el blog de…Triana…Cansancio. Oliverio Girondo

  4. Octavio Paz, el poeta en la minificción…

    Octavio Paz, el poeta en la minificción…

  5. Muy bueno Antonio, siempre es un placer encontrar nuevas textos de este estilo.

    te mando un abrazo

    Último post en el blog de…Delfín…Calidad y cantidad

  6. Hola Delfín,

    totalmente de acuerdo contigo. Gracias por tu poesía, como siempre un placer

  7. Me encanta, no es nada facil encontrar una informacion tan clara y buena en internet… ya tienes una fan.

  8. Dani (1 comments) dice:

    Me he leído el relato identificándome con el agredido, metiéndome en su papel, imaginándome que era yo la persona cual atracaban y me ha dado terror que un día te puedan atracar no queriendo dinero sino un órgano de tu cuerpo, me he quedado paralizado. El relato me ha llegado, me ha transmitido me ha hecho sentir.

    Muy bueno!

  9. rosa (1 comments) dice:

    wow genial

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