Noviembre en el año Uno Caña, una cápsula de la conquista de México
Escrito por: Antonio Sarabia en Literatura hispanoamericana, Narrativa hispanoamericana contemporánea
Un día 8 de noviembre igual que ayer, solo que en 1519, el año Uno Caña según el calendario azteca, Hernán Cortés se detuvo a contemplar, estupefacto, la capital del imperio mexicano en el centro de una extensa laguna. “Una ciudad tan grande, escribe más tarde el mismo conquistador, como Sevilla o Córdoba”, “que parecía cosa de encantamiento, añade su subalterno Bernal Díaz del Castillo, de las que se cuentan en el libro de Amadís”, tan imponente, “por las grandes torres y templos y edificios que tenían dentro del agua, todos de calicanto”, que algunos de los soldados llegan incluso a preguntarse si lo que ven no es un sueño. No lo es, aunque aquella señorial urbe casi tres veces mayor que Venecia y, como ella, surcada de canales y puentes, así lo parezca a la mayoría de los sorprendidos españoles habituados a las toscas aldeas de Andalucía, Extremadura o Castilla.
Más adelante, en lo que es hoy la calzada de Iztapalapa, los jinetes españoles, las lanzas levantadas en alto, los pendones ondeando al viento, se topan con el propio emperador Moctezuma que ha salido a su encuentro. El monarca deja atrás su silla de oro junto con los suntuosos estandartes de plumas y águilas y demás distintivos de su altísimo rango. Se acerca bajo un rico palio, transportado en andas por varios caciques indígenas: los soberanos de Texcoco, Tacuba, Coyoacán e Iztapalapa que acompañan y sirven a su señor. Un criado arroja flores ante ellos y otro va extiendiendo una esterilla a su paso para que no se ensucien los pies. A ambos lados de la calzada, el pueblo desde sus piraguas les rinde homenaje. Las mujeres llevan ofrendas de flores en sus canoas mientras los músicos acompañan el suceso haciendo ulular sus caracoles, tocando las sonajas y tañendo el teponaztli. Moctezuma da la bienvenida a Cortés. El año Uno Caña es tradicionalmente fatal para los grandes señores, la fecha que, según el calendario azteca, anuncia el fin de un ciclo de cincuenta y dos años y el principio de otro. Un ciclo cuyo inicio se ha visto ensombrecido por terribles presagios. La llegada de esos seres inexplicables a quienes los augures identifican como emisarios del dios Quetzalcóatl es apenas uno de ellos. Moctezuma hizo cuanto pudo por mantenerlos lejos pero todas sus argucias fracasaron: las emboscadas tendidas por sus aliados, las quejas y amenazas de sus embajadores, los ricos presentes a manera de soborno, no hicieron más que despertar la curiosidad y la codicia de los intrusos, “porque cuanto más oro les enviara diciéndoles que se fuesen, fuera como fue mayor cebo para que fueran, como fueron, a sacárselo de las entrañas”, apunta con acierto Las Casas en su “Historia de las Indias”.
Así, aquel martes 8 de noviembre de 1519, el mencionado y fatídico Uno Caña, después de haber intercambiado dos bellísimos camarones de oro “tan largos como un geme” por un collar de cuentas de vidrio, Moctezuma precede la entrada de Cortés a la gran Tenochtitlán por la calzada de Iztapalapa, una de las cuatro que cruzan el lago, únicos vinculos de la tierra firme con la capital del imperio. Pasan sobre algunos puentes levadizos que, al igual que a las otras, la cortan a trechos. Moctezuma elige el antiguo palacio de los emperadores aztecas, muy cerca de la plaza mayor, para alojar a Cortés y a sus hombres. Ahí vivíó él antes de construirse una morada mejor. Y ahí, sin que nadie lo sepa, oculta tras un falso muro el tesoro de su padre, el difunto Axayácatl.
A ninguno de los recién llegados escapa lo frágil de su situación, una tropa de aventureros aislados en el centro de una metrópoli insólita y rodeados de indios hostiles. Cortés desconfía de las intenciones de la nobleza azteca, cuyos príncipes no aprueban el servilismo de su monarca. Por consejo de sus capitanes, decide secuestrar a Moctezuma, mantenerlo vigilado y usarlo como rehén. El emperador se somete. Continúa creyendo que a los recién llegados les envía Qutzalcoatl a reclamar sus antiguos dominios y está dispuesto a entregárselos. Cortés lo encarga a la guarnición de la plaza mientras sale al encuentro de Pánfilo de Narváez, enviado de Diego Velásquez, gobernador de Cuba, que viene en camino con mil cuatrocientos soldados y la orden de prenderlo. Cortés sorprende a Narváez en la oscuridad, lo apresa, y recluta para su causa al ejército que lo acompaña. A su regreso a Tenochtitlán encuentra a los indígenas soliviantados porque la rapacidad de Pedro de Alvarado, su lugarteniente, propició una matanza en el templo mayor. La ciudad parece desierta, el mercado, vacío. Nadie sale a darles la bienvenida. Mientras cabalgan a su cuartel en el palacio de Axayácatl, a sus espaldas se bloquean las calzadas y se levantan los puentes. La gran Tenochtitlan se convierte en una inmensa ratonera.
Diego de Ordaz intenta romper el cerco. En el primer embate, pierde dieciocho hombres y, herido él mismo, se ve obligado a retroceder ante los escuadrones indios que le cierran el paso. Además de destruir puentes y amontonar obstáculos para entorpecer las maniobras de los jinetes, los mexicas han ocupado las azoteas y desde ahí acribillan a los invasores con una granizada de piedras, varas y flechas.
Moctezuma se ofrece, según Cortés, a mediar. Se le obliga, según Díaz del Castillo. El hecho es que sale a un balcón a calmar a la gente. Su perorata llamando al orden no es escuchada. El pueblo se considera, con justa razón, traicionado, y ya no lo reconoce como su emperador. Ha elegido a su hermano Cuitláhuac, señor de Iztapalapa, para sustituirlo y muestra a Moctezuma su abierto repudio arrojándole piedras. Una de ellas, al acertarle en la sien, le causará la muerte pocos días después.
Los españoles se atrincheran en su palacio ahora convertido en bastión. Ahí, durante los trabajos de construcción de una pequeña capilla cristiana donde desean oír misa y orar, descubren la falsa pared y tras ella el fabuloso tesoro de Axayácatl. Deciden fundirlo en pequeños lingotes que faciliten su reparto y transporte. Así se destruyen las obras maestras de la orfebrería y el arte azteca, herencia de los antiguos emperadores al infeliz Moctezuma.
Cortés se da prisa en organizar el incendio de las azoteas vecinas y de la cercana pirámide de Yopilco, con el objeto de controlar las alturas desde donde los guerreros mexicas les bombardean sin descanso con pedruzcos, lanzas y dardos. A pesar de eso, la situación se deteriora cada día más hasta que, el treinta de junio de 1520, un soldado de nombre Blas Botello, con cierta fama de nigromante, predice que, de no intentar esa misma noche una escapada, ninguno saldrá con vida de ahí. Sus camaradas le creen. Un aguacero providencial ahuyenta a los indios que vigilan desde las azoteas y apaga los braseros que conservaban encendidos para espiar a sus enemigos. Eso permite a los españoles huir durante la noche. Toman la salida más corta, rumbo a Tacuba, pero no tardan en ser sorprendidos. Centenares de canoas aparecen de improviso en ambos lados de la calzada, acosándolos con proyectiles desde el agua mientras tropeles de guerreros les dan caza por tierra. Los españoles transportan plataformas de madera que han fabricado para tenderlas sobre los puentes destruidos, pero las improvisadas pasarelas se desbaratan en la refriega. Los cargadores tlaxcaltecas y no pocos españoles caen al agua y se ahogan al intentar el cruce. Los cadáveres de hombres y de bestias, junto con los fardos que acarreaban, atiborran las acequias. El oro de Moctezuma se hunde en el barro junto con sus portadores. Quienes vienen detrás pasan por encima de aquellos inesperados puentes para ganar la salida. Cortés logra franquear el último paso pero los escuadrones indios atajan su retaguardia y la obligan a batirse de vuelta a la ciudad. A Cortés se le llenan los ojos de lágrimas cuando, al hacer un alto en Popotla, se da cuenta de que detrás de Alvarado, último en saltar sobre los cuerpos y bultos y caballos ahogados en el paso de Petlacalco, ya no viene nadie. Ha perdido la mayor parte de sus fuerzas junto con las de sus aliados tlaxcaltecas, más el oro, las joyas, buena parte de las monturas y toda la artillería.
Los españoles lloran su derrota, “la noche triste”, a la sombra de un centenario ahuehuete del pueblo de Tacuba, pero se retiran dejando un cómplice dentro de la ciudad. Un aliado invisible ante quien los mexicas no tienen defensas: el germen de la viruela, una afección hasta entonces desconocida en el altiplano de México. “Tos, granos ardientes que queman”, dicen los cronistas indios. La epidemia diezma a la población. Cuitláhuac, el nuevo emperador, héroe de la derrota castellana, es una de sus víctimas. En su lugar es electo el joven señor de Tlatelolco, Cuauhtémoc, el Águila que Desciende.
Mientras a los aztecas los consume la enfermedad, los españoles restañan sus heridas, obtienen suministros, se hacen de refuerzos, celebran alianzas con las tribus de los alrededores, y vuelven al ataque catorce meses después. Entran por la calzada del Tepeyac, más tarde rebautizada de Guadalupe. Se ha dicho que la conquista de México fue obra de los indios y, la independencia, de los españoles, refiriéndose particularmente a las tribus tlaxcaltecas que se unieron a Cortés para deshacerse de sus opresores mexicas, y a los criollos que conspirarían dos siglos más tarde, aprovechando la situación política en España, para liberarse del yugo peninsular. Hay un punto de verdad en la idea.
Los conquistadores entran en Tenochtitlán y se libran sangrientos combates. Cortés ha hecho construir una docena de bergantines para reforzar el ataque desde el agua y combatir las piraguas. Los mexicas defienden el templo mayor. Disparan sus dardos desde lo alto mientras abajo tiene lugar una carnicería. En el suelo hay cuerpos desmembrados, y piernas y brazos y cabezas cercenadas. Los filos de obsidiana no son rival para el cortante acero toledano. Sobre todo porque los caballeros águila y jaguar no buscan matar a sus oponentes sino conducirlos vivos al sacrificio. Esta arraigada costumbre salvaría de la muerte a multitud de españoles, entre ellos, varias veces, al propio Cortés.
Las milicias de Cortés terminan por apoderarse del templo mayor de Tenochtitlán pero sufren un serio revés al intentar hacer lo mismo con el de Tlatelolco. Una acequia mal cegada les corta la retirada durante un contrataque mexica. Los aztecas capturan una cincuentena de españoles mientras los demás huyen en desorden. Los sobrevivientes contemplarán, desde lejos, con los cabellos erizados, “los cuerpos desnudos y blancos” de sus compañeros de armas siendo inmolados por los sacerdotes aztecas en lo más alto de la pirámide. Entre el estruendo de los atabales y el lamento de cuernos y caracoles, llegará hasta ellos el olor a humo del copal. A los prisioneros, narra Cortés, “los sacrificaron y abrieron por los pechos y les sacaron los corazones para ofrecer a los ídolos”. Sus cabezas serán luego exhibidas junto con las de sus cabalgaduras en un Tzompantli, una de las armazones donde habitualmente se ensartaban los cráneos de los sacrificados.
Días después, Alvarado organiza una carga de caballería y ocupa la plaza del mercado. Los jinetes persiguen a los indios que huyen y los alancean por la espalda. Uno de sus capitanes, Gutierre de Badajoz, rodeado de soldados que lo protegen disparando mosquetes, trepa las escalinatas de la pirámide de Tlatelolco y, en el mismo lugar donde habían muerto sus camaradas, planta el estandarte español. Es el preludio del fin de la resistencia azteca que, al negarse a rendirse, se verá aniquilada. Muertos sus maridos, las mujeres toman las insignias de guerra, las armas y el lugar de los caídos y, arremangándose los faldellines por encima de las piernas, son las últimas en batirse contra el enemigo. Cuando Cuauhtémoc es capturado sólo quedan “los montones de muertos, que no había persona que en otra cosa pudiese poner los pies”, resumirá Cortés a Carlos V. Tampoco quedaba gran cosa de la ciudad en pie. El imperio del quinto sol, el sol de movimiento, había llegado a su término ilustrando con su extinción un poema del rey-poeta de Texcoco, Netzahualcoyotl:
“¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea jade se quiebra,
aunque sea oro se destruye,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
tan sólo un poco aquí”.
Antonio Sarabia
Etiquetas: Antonio Sarabia, Autores mexicanos

Entradas (RSS)
Impactada por el relato que me despierta sentimientos contradictorios como no puede ser de otra forma, el 100% de mi sangre es extremeña, te felicito por el relato que es mágnifico y me ha hecho ver con todo realismo la secuencia de la narración.
Me quedo con los bellisimos versos de Netzahualcoyotl.
Un fuerte abrazo.
Último post en el blog de…Triana…Presentación de los cinco libros ganadores del Premio “Nené Losada de Poesia”
Queridísima Triana, si a ti eso te despierta sentimientos contradictorios por ser extremeña, ¿qué te puedo decir yo si fueron mis propios antepasados conquistadores, algún o algunos remotos Sarabias, los que estuvieron luchando allá contra la otra mitad de mi sangre? Llevó en mí, como la mayoría de los mexicanos de hoy, los aciertos y los errors de ambos. Tenemos tanto de vencedores como de vencidos. Eso es lo que hay que ver en el relato.
Un gran beso
Así es Antonio, y así lo he palpado, tu narración es aséptica y mágnifica; nos enseñaron en la escuela que nuestros conquistadores eran heroes a los que debíamos muchas de las glorias de España, nos vendieron la singular gesta, como algo de lo que nos teníamos que sentir orgullosos, llevaron la luz de la fé a aquellos “infieles”, pero en aquellos libros de historia, que nos hacían aprender, no hablaban de saqueos, ni de que cambiaban oro por espejos, ni de las enfermedades que dejaron, ni de tantas barbaridades como hicieron, pagaron una factura muy alta a cambio de su ¿civilización?. No me siento orgullosa de aquello, como española, ni de llevar sangre de conquistadores, pero al final, es la historia de la humanidad, la que hoy mas de cinco siglos despues no ha dejado de repetirse, humanos contra humanos por un poco de poder y de dinero.
Un fuerte abrazo.
Último post en el blog de…Triana…Maribel Romero.- “Como cada domingo”
Una mentira repetida mil veces se vuelve verdad, la historia la escriben los vencedores y la manipulan a su antojo, Cortés siempre engrandeció sus acciones en sus Cartas de Relación y todo lo escrito por los Cronistas tuvo que pasar el filtro de la Iglesia y la inquisición.
Europa nunca ha querido comprender a las demás culturas porque las estudia y las analiza desde sus propios criterios culturales, espirituales, económicos, sociales, religiosos y en 1519 prevalecía el fanatismo religioso en toda europa principalmente en la España medieval último país europeo en llegar las ideas renacentistas.
España sufrió 800 años de invasión Mora y nunca los Moros actuaron con tanto salvajismo en contra de los Españoles como ellos actuaron en tan solo un poco mas de 300 años de dominio en México en contra de las culturas de aquí, han intentado por todos los medios de minimizar y borrar todo vestigio de las culturas Anahuacas pero la verdad siempre sale a flote y ya esta saliendo.
Mientras exista el Mundo no cesara la fama y la gloria de Mexhico-Tenochtitlan
Pensamiento de Chimalpain, Anahuaka contemporaneo a la invasión de los afroeuropeos
Itzocelotl Miguel Hernández Romerovargas
Efrén Romero Acuña Director del Centro de Estudios Históricos de Xochimilco
Terrible omisión y descuido de los científicos y autoridades mexicanas encargadas de proteger nuestros recursos naturales y culturales, al dejar devastar Xochimilco y principalmente la chinampas que por ser antrópicas (hechas por las manos del hombre) y contar con más de 2000 años deben ser catalogadas monumentos arqueológicos y algunas aún vivas.
Las chinampas son un medio agrícola único en el orbe, la sustentabilidad es perfecta ya que rinde tres cosechas al año de productos variados y puede ser considerada la primera industria de tecnología agropecuaria, la más avanzada tecnológicamente del mundo.
Xochimilco debería ser considerado una de las maravillas del planeta y aún vivo ¡
Es increíble que las autoridades dejen construir viviendas sobre las chinampas es como! fabricar casas sobre el templo mayor o Chichen Itzá¡
Se debe considerar que estas zonas son lugares de recargas freáticas, controladores del clima, casa de especies únicas en el mundo.
Las invasiones a la chinampería por parte de grupos en el poder político y administrativo de personas que gozan de impunidad en sus actividades depredativas o quieren imponer proyectos futuristas que agreden a estos lugares, son un verdadero dolor de cabeza al no darse cuenta que podrían afectar y ya están dañando la salud de los que habitamos el valle de México .
Las miles de descargas de aguas negras de casas habitación están contaminando y matando principalmente a Xochimilco y esta agua contaminada se extrae de los posos sobre el periférico, está muy contaminada por lo que debe estar involucrada la Secretaria de Salud además de la de Medio Ambiente ,Turismo PGR,CONAGUA , CONACULTA, INHA,CENAPRED. Derechos Humanos, la UNESCO y otras más.
Podríamos ser la generación que acabe con milenios de una zona que probablemente fue la madre de una Nación productiva y sustentable, como poco a poco se ha ido demostrando con los hallazgos arqueológicos en las zonas
No quedemos como los villanos e incompetentes Salvemos Xochimilco el patrimonio cultural de la Humanidad y los humedales que son garantía de un futuro mejor.
Por cierto, asemos una referencia los Aztecas no fueron los que realizaron las chinampas como lo vemos en algunos canales de TV como History Chanel y otros; el vergel o central de producción de abastos de Mesoamérica fue la zona lacustre de la cuenca del Anáhuac, un estado que ya existía con directrices administrativas de alto rango mucho antes de su llegada.
Lo que es maravilla para muchos de afuera es apatía o desinterés para los de adentro.
Muchos informantes gastan tinta, saliva e imagen en naderías salvar estas zonas es más importante, busquemos hacer un gran grupo con todo tipo de activistas sociales y comunicadores y revertir la devastación que día a día se realiza principalmente en el Santuario Histórico Cultural de Xochimilco.