Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947) vivió ocho años de exilio en México a finales de los setentas y principios de los ochentas, durante la dictadura militar que por esas fechas tiranizó a su país. Yo no lo conocí en esa época. Nos encontramos por primera vez en la feria del libro de Frankfurt, allá por el 92, pocos meses antes de que se le concediera el premio Rómulo Gallegos 1993 por El Santo Oficio de la Memoria. Nos vimos otra vez en Buenos Aires poco tiempo después y desde entonces nos frecuentamos en esa multitud de lugares en donde nos hace coincidir la vida y nuestro a ratos errabundo quehacer literario. Nos hicimos amigos desde el primer día y lo seguimos siendo hasta ahora. Ese entrañable compinchinato, si se puede llamar así, nos ha llevado a integrar una pareja casi imbatible al dominó como han podido bien constatar muchas veces los colegas que se nos han enfrentado. En el billar la cosa no son tan claras pero vamos mejorando.


Lo que sí es muy claro es que Mempo posee una voz única dentro de la moderna literatura Argentina. Sus artículos y ensayos pueden leerse en diarios y revistas de todo el mundo, y sus cuentos y novelas están traducidos a más de una docena de idiomas. Dueño de una prosa señera, precisa, plena de emociones y matices, la claridad, la profundidad y el humor, convierten cada texto suyo en una experiencia memorable. Como muestra, dejemos que él mismo nos hable de su último libro y luego leamos algunos fragmentos del mismo. El tema: los sueños.
Preliminar

Partiendo de la observación de Joseph Addison de que el alma humana cuando sueña es a la vez el teatro, los actores y el auditorio, y con su oportuno añadido de que es también el autor de la fábula que está viendo, Jorge Luis Borges desarrolló en un prólogo memorable su deliciosa teoría de los sueños.
De ahí que, con el mayor respeto hacia el maestro, yo confieso y delato ad límine el atrevimiento que es esta colección.
Pero de inmediato reclamo no sólo un derecho literario sino también la indulgencia de los lectores y lectoras que se asomen a estos ejercicios, provenientes todos de una intensa, proficua actividad onírica, favorecida, conjeturo, por la fertilidad tropical de las siestas en el Chaco y en Corrientes.
Escribo este libro desde hace más de treinta años: los sueños que aquí transcribo se acumularon en mi taller de costuras literarias. Acaso esa práctica me autorice a establecer que los sueños son la principal fuente de la literatura. No la única —y todas las bibliotecas del mundo lo prueban— pero sí es la veta más rica, original e independiente para la creación literaria. La literatura es inconcebible sin los sueños. La escritura en la vigilia responde a todo tipo de estímulos, pero ninguno más vigoroso que las fábulas que soñamos.
La ingeniería aparentemente inútil que es construir algo que no es para que sea; construirlo desde la pura ilusión que fue durante algún instante imprecisable, y levantar el leve edificio con la única finalidad, acaso, y solamente, de que provoque una emoción, convoque una nostalgia o despierte identificaciones mediante la invención de un mundo ficcional, me parece, si no loable, al menos indigno de condena. Y si por tales propósitos y cualidades este arte se asemeja a la poesía, enhorabuena.
Dos puntualizaciones finales: una es que quisiera que este libro sea leído como lo que simplemente es: una colección de artefactos literarios que salieron indemnes de las brutalidades de la realidad en la que este redactor ha vivido. La otra, confesar que el orden de estos textos no es tal, ni el índice una propuesta de lectura. Prefiero y sugiero que cada quien lea este libro como le venga en gana, abriéndolo al azar en cualquier página, cerrándolo de igual modo, sin orden ni lógica. Como sucede con los sueños.

MG. Buenos Aires, México, Paso de la Patria, Resistencia, 1980-2008.

Tartamudeo

Sueño que me he vuelto tartamudo. Pero grave. Intento explicarle a alguien que acaso eso se relaciona con que mi hija sufrió un accidente y, mientras se reponía, tartamudeó durante un largo tiempo. En las brumas del sueño el pediatra, quizás la fonoaudióloga, procuran tranquilizarme. Yo desespero por explicarles que la dislalia que padezco es la peor: es la intermitencia escritural que tanto puede dañar a un escritor. Pienso, y quiero decirlo bien pero no lo consigo, en algo así como ese tartamudeo del lenguaje argentino que dice Piglia que descubrió en el Diario argentino de Gombrowicz, acerca de Macedonio, y que lo llena, dice Piglia que dice Gombrowicz, “de una extraña exaltaciónâ€.
Mi tartamudeo consiste en una especie de fraseo interno de las palabras que no pronuncio. Las pienso como con un golpeteo rítmico, una acentuación seriada, algo así, no recuerdo cómo lo dice Piglia en Formas breves, que obviamente estoy citando de memoria, pero lo dice más o menos así, seguro que lo dice, o lo escribe, ya sabemos que en los sueños todo se exagera.
Ese fraseo es una cadencia, una serie interna. A veces damos rodeos hasta encontrar la palabra justa, la que define todo de un saque, aunque para ello hemos dado mil vueltas buscándola.
—Así es esto del lenguaje argentino, ché, tómese algo —me dice una voz que reconozco, y cuando giro veo que es un personaje el que habla: La Maga o Renzi, o Tomatis, quién sabe, o el cónsul de Soriano. Quien sea, alza una copa para brindar en el aire, en la oscuridad brumosa, y me dice salú y me pasa un vaso grandote. Me sorprende el sonido de los pedazos de hielo cayendo en el whisky, es un sonido intenso, como de campanas de catedral cuyo tan-tan me arranca del sueño.
Despierto y el tartamudeo no es mío ni de nadie, persona o personaje: es el repique de las cánulas de madera de los carrillones del jardín. Está soplando un Norte fuerte y en cualquier momento se desata una tormenta.

Odiosa nostalgia de Moscú

Durante el viaje el dolor de cabeza es constante, y a ello contribuye un tipo que se llama Nikolai, contratado por la organización para mostrarme la belleza de un paisaje que yo mismo voy viendo y que, por cierto, conozco bien desde Tolstoi, Dostoievsky y Chejov, por lo menos.
Estamos todavía en las afueras de Moscú, en un tren que nos lleva a San Petersburgo y yo empiezo a pensar cuál será el mejor modo de eliminar a Nikolai. Es la clase de persona que no para de hablar, subraya todo lo obvio e innecesario y se ríe cuando no corresponde, en fin, un plomazo al que maltraté ya un par de veces y pedí que mañana no se le ocurra aparecer antes del mediodía.
El sueño no es gran cosa, quizás porque es otoño todavía y aún no hay nieve. Tampoco damas con perritos, jugadores compulsivos ni sirvientas atontadas, de manera que el sueño deriva lenta, pavorosamente hacia una mediocridad argumental que me avergüenza.
Lo peor es que, al despertarme, siento una odiosa nostalgia de Rusia, país que sin embargo jamás he visitado.

El sueño angustioso de Canetti

Era un caballo magnífico que pasaba por el medio de la calle. Sin montura, salvaje y desenfrenado, impactaba su trote marcial, brioso, todo energía y poder. En el sueño el escritor lo miraba, fascinado y perplejo, desde su ventana. Lo evaluaba con preocupación, porque era una fuerza desbocada, en apariencia incontenible, una especie de loca marea de músculos y aceros que salpicaba de chispas el pavimento, que después de la lluvia brillaba como inundado de minúsculas estrellas. La preocupación que sentía estaba relacionada con la idea de la devastación que toda fuerza desbordada implica. Ese caballo desatado y sin destino, esas chispas, ese fuego interno, intenso, calcinante, no autorizaban la ironía ni alentaban intentos poéticos. Lo que se desplazaba ante sus ojos, capaz incluso de una belleza fría, metálica, era esa fuerza que llamamos bruta, siempre fascinante pero ominosa y letal.
Aquella mañana de 1939 Elías Canetti se despertó con la boca seca y una odiosa ansiedad que le inundaba el alma. Un rato después, cuando lo llamaron para avisarle que los tanques alemanes habían cruzado la frontera polaca, hizo lo único que podía hacer para intentar el imposible sosiego de esa angustia perfecta que sentía: se puso a escribir.

Aurora en el D.F.

En este sueño se me aparece Carlitos Sosa y me dice: “che, pibe, esa mina no te conviene”. Lo dice mientras Aurora anda por ahí, envuelta en un tapado de piel blanco. Cuando ella se acerca a mí, la figura de Carlitos se esfuma por un instante y luego reaparece, como si viniera caminando desde muy lejos, desde el fondo de algo profundo, y entonces es Aurora la que se esfuma.
También se escucha una risa y es la risa de Francini, Enrique Mario Francini, y se oye una guitarra, que para mí es la guitarra de Betinotti, pero ejecutando un allegro de Haendel en vez de una milonga. Entonces vuelve Aurora y se va Carlitos, y después vuelve y se va ella, y así, como en un juego de sustituciones, hasta que empiezo a desesperarme y me largo a manotear el aire como para retenerlos a los dos, que parece que discuten pero enseguida se van y me dejan solo.
Aunque sé que es un sueño, me largo a llorar y todo se torna amarillo, resplandeciente como si el sol estuviese a tres metros de altura, enceguecedor. Y del que de repente emerge una pareja bailando un tango, pero es un tango sólo por la coreografía porque la música que se escucha sigue siendo el allegro de Haendel.
Yo los llamo —¡Aurora!, ¡Carlitos!— pero no me oyen y el amarillo se diluye como en un fundido cinematográfico, y entonces la veo a ella envuelta en una túnica incolora, acaso blanca, transparente. Se silencia la música, el escenario se transforma en la avenida Patriotismo, de México Distrito Federal y yo ando por ahí montado en una vaca, galopando. A los costados no hay ni gente ni edificios, sólo trigales y un lago en el que bebemos la vaca y yo y algunos poetas que andan por ahí. Distingo a Chumacero, a Pellicer, a Marco Antonio Campos. Y a Octavio Paz perorando quién sabe para quién. Cuando vuelvo mis ojos a la vaca ya no hay vaca sino que ahí está Aurora, y entendeme, le digo, no lo tomes a mal, y ella sonríe con su belleza serena intacta a pesar de la casi segura muerte, y empezamos un juego erótico, un manoseo más sugerido que concreto que me asombra porque Aurora tiene cuatro tetas, y aunque soy consciente de que se trata de un sueño, lo grotesco de la escena me resulta chocante. Aurora me habla ahora con voz imperativa, que lo cuestiona todo y hasta duda del sueño y me propone una realidad metafísica. Entonces, repentinamente, me levanto de sobre la vaca, que para mí es Aurora, porque irrumpe en el sueño un fauno con cara de bruja de gárgola y colita de elefante, para matarme con un enorme cuchillo porque, me acusa, yo no sé un carajo de la concepción de la estética de Hegel, y lo menos grosero que profiere es que yo soy un hijo de la grandísima puta.
En ese momento se encienden miles de reflectores, todos los vatios del mundo, y el mundo vuelve a ser amarillo, de una amarillez que encandila primero, y luego enceguece, hasta que el escenario muta nuevamente para transformarse en un horizonte interminable, infinito, desprovisto de objetos, mobiliarios, distractores, y en el que no existe otro personaje que vos, Aurora, le digo a Aurora, y apenas sopla una brisa que en silencio mece la cabellera y también, muy suavemente, la túnica de Aurora.¬
Entonces me acerco a ella, la abrazo y, justo cuando me parece que vamos a copular amorosamente, me despierto.
Siento una sostenida taquicardia mientras abro los ojos, sofocado como cuando me falta el aire. Los sueños siempre se interrumpen en lo mejor, digo en voz alta. Y añado para mí que lo que pasa es que siempre miro todo con los exclusivos criterios de la realidad: lo que existe, es. Lo que se sueña, lo que se fantasea, no puede ser.
En el baño me seco la cara y miro en el espejo mi ceño fruncido y mi cara de loco. Me pregunto a quién le cuento todo esto.

La vez que Darwin pensó en suicidarse

Una noche de 1869 Charles Darwin soñó que toda la fuente del saber estaba en el catolicismo anglicano, y que la vida efectivamente había sido creada y no era producto de la evolución ni de la selección natural de las especies. Soñó que a medida que avanzaba en sus descubrimientos y perfeccionaba sus teorías, su positivismo exacerbaba el conflicto con su fe. Supo, en la penumbra onírica, que el horror que todo eso provocaba en su familia sólo desencadenaría infelicidad, acaso una tragedia. La pesadilla se hizo más horrenda cuando se vio a sí mismo comulgando en la Basílica de San Pedro, en Roma, de la mano del mismísimo Pío IX, ese Papa cuyo ministerio parecía interminable y que por esos días decretaba la infalibilidad pontificia. Sobrevolaba la escena, disfrazado de ángel, el Arzobispo de Canterbury, condenándolo.
Hacia el final del sueño, Darwin consideraba la idea del suicidio. Pero, y así lo escribió posteriormente, al despertar advirtió que su mayordomo, originario de un lejano país del hemisferio sur, tenía una irrefutable cara de mono.

Cristo Redentor

Sueño con el Cristo Redentor de Río de Janeiro. Estoy arriba, en el Corcovado, y lo miro desde sus pies. Me impresiona la expresión apacible, engañosa, que tiene esa versión del rostro de Dios. Transmite una paz que nadie en esa ciudad parece sentir. Quizás por eso la enorme mole de cemento con los brazos abiertos parece decir algo así como “y qué quieren que haga con ustedesâ€.
La paradoja, en el sueño, no se resuelve, se acentúa. El Cristo, que es Dios, de pronto da un paso, y luego otro, y otro, y desciende por la escarpada ladera, pisando la mata atlántica como Atila los campos de Francia, y destroza de un pisotón media favela Dona Marta, y en pocas zancadas cruza el Jardín Botánico, y el Hipódromo, y atraviesa la laguna y aplasta manzanas enteras, pisa automóviles, rompe todo como un King Kong enfurecido por las calles de Ipanema y de Leblón.
A su paso produce embotellamientos, suicidios en masa (miles de personas se arrojan por los balcones de los edificios más altos) y hasta desata un maremoto cuando hunde sus pies en el mar. Todo tiembla en la tierra y en las aguas mientras el Cristo Redentor se sumerge lenta, inclaudicablemente en el océano, harto, exhausto, vencido, como si le importara un bledo que el mundo entero se quede de repente sin esperanza, sin explicaciones a lo inexplicable.

Sombras

Paso varias semanas en un hospital. Anestesiado o aburrido, sueños de toda calaña me invadieron como hormigas. No sabría clasificarlos, ni siquiera retengo un argumento completo. Pero ahí está, como en las sombras, esa mujer a la que le falta un brazo y se empeña en aplaudir a Carlos Fuentes en Chapultepec y entonces golpea su muñón con la mano sana; y está aquella otra, enorme, de espaldas de luchador grecorromano, que dice que las palabras son, muchas veces, como pasos en la nieve: dejan huellas, quedan marcas, pero antes de la primavera se borran; y está esa otra muchacha, la puertorriqueña bajita y algo bizca, que me habla con voz de tan incalculable melancolía que no consigo no llorar cuando la escucho; y está también la dama de Porto que sólo pronuncia lugares comunes, y está la otra, que conozco en La Serena, Chile, en febrero del 96 y que de una mirada descompone mi falsa serenidad.
Con esta mujer, que era poeta, tuvimos sexo oral y escrito. Su recuerdo llega hasta mi lecho hospitalario con la inutilidad de los versos de Pessoa: “Mis sueños son un refugio estúpido, como un paraguas contra un rayoâ€.
En las noches de hospital las sombras son sólo sombras de otras sombras.

El pretencioso Bonfanti, el Rey y orinar en Sevilla

En el sueño platico con José Emilio Pacheco en Sevilla, mientras orinamos suavemente contra una pared de la judería, en el Barrio de San Bartolomé. Con nosotros están dos poetas: Fernando Operé y otro de cuyo nombre no quiero acordarme y aquí llamaré Bonfanti. Es una madrugada caliente, hemos bebido como esponjas y no hay polis a la vista. Los cuatro alardeamos de las dudosas punterías de nuestros pises hasta que Bonfanti suelta que la primera vez que viajó a España, cuando el peso argentino nos permitía turismo barato, en Madrid se alojó una noche en el Hotel Ritz y después de la cena se encontró en el baño nada menos que con el Rey Juan Carlos. Con el estúpido orgullo de los ignorantes, cuenta que orinaron democráticamente uno al lado del otro, y que al terminar de sacudirse, a la par, no tuvo mejor idea que saludar a Su Majestad en nombre del pueblo argentino mientras se subía el cierre de la bragueta. Por supuesto no le creemos ni una palabra, y la discusión que sigue es perfectamente olvidable.
Estoy de acuerdo en que éste es un sueño inútil, si no fuera que una noche de 1998 los mismos cuatro sí orinamos una pared en Sevilla, bajo un cartel pintado que rezaba: “Por favor no orinen aquíâ€. Por eso mismo lo hicimos, como cuatro viejos muchachos traviesos y al amparo de estos versos de Pacheco:
Una gota de lluvia temblaba en la enredadera.
Toda la noche estaba en esa humedad sombría
que de repente
iluminó la luna.

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3 Respuestas a “La Vida Onírica de Mempo Giardinelli”
  1. muchadela torre (1 comments) dice:

    Fascinante tu escrito Acostumbrada a blogs cortos me costó ponerme dentro de tantas letras… pero rápidamente me fui adaptando.

    Te dejo un abrazo desde este lado de la luna

  2. mi despertar (1 comments) dice:

    Aquí va mi blog
    Abrazos nuevamente

  3. No es nada facil encontrar tan buena información en internet… ya tienes una fan.

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