Juan Marsé, un bien merecido Cervantes
Escrito por: Antonio Sarabia en Literatura hispanoamericanaA Juan Marsé (Barcelona, 1933) lo he tratado poco y lo veo aún menos. Estuvimos convidados a cenar alguna vez en la misma casa en Barcelona y luego paseamos juntos por los meandros de la feria del libro de Guadalajara al concedérsele el premio Juan Rulfo allá por 1997. En esos contados encuentros la persona vino a reafirmar en mà la admiración que ya se habÃa ganado el novelista. Como les decÃa, tengo tiempo de no verlo, pero le sigo la pista con ese afecto lejano que nos inspiran aquellos con quienes sentimos tener algo en común. Por eso leà con especial beneplácito este jueves 27 de noviembre que se le habÃa otorgado el premio Cervantes 2008.
Juan Marsé nace como Juan Faneca Roca el 8 de enero de 1933 en la ciudad de Barcelona, España. Su madre fallece en el parto dejando a su padre, taxista de profesión, solo con el recién nacido y una hija apenas un poco mayor. DÃas después, el auto de su padre es abordado por una joven pareja que se lamenta en voz alta de su incapacidad de procrear. Apenas unas semanas más tarde, el pequeño Juan será cobijado en el hogar de aquel matrimonio cuyo apellido se ha hecho ahora famoso gracias al talento de su hijo adoptivo.
Pero de pequeño Juan Marsé no prometÃa demasiado. Estudió durante la infancia en el Colegio del Divino Maestro, aunque su absoluto desinterés por la escuela le hizo abandonar las aulas a los trece años de edad para desempeñarse como aprendiz de joyero, oficio que llegarÃa a dominar al tiempo que desarrollaba una temprana inquietud literaria que, años más tarde, le llevarÃa a ganar el premio Sésamo de cuentos en 1959 y a quedar finalista del premio Biblioteca Breve en 1960 con su primera novela Encerrados con un solo Juguete.
Ese mismo año, 1960, decide instalarse en ParÃs donde se ganará la vida dando clases de español, traduciendo lo que puede y, finalmente, como mozo de laboratorio en el departamento de bioquÃmica celular del Instituto Pasteur. A su vuelta a España participa de nueva cuenta en el premio Biblioteca Breve, estamos en 1965, y esta vez lo gana con la novela Últimas tardes con Teresa.
En 1974 obtiene también, en México, el Premio Internacional de Novela con Si te dicen que caÃ, considerada como una de las obras más brillantes de la narrativa española de la post guerra y, en 1978, recibe el Premio Planeta con La Muchacha de las bragas de oro.
Para este blog, dada la estrechez del espacio, hemos seleccionado dos breves ensayos suyos. En el primero, como reflexión a una entrevista que le pide una estudiante de literatura, nos hace una apasionada alocución sobre la felicidad de leer per se. El segundo es una simpática rememoración de aquel verano en ParÃs cuando consiguió emplearse como mozo de laboratorio.
Felicidades a Juan Marsé por este nuevo y justo reconocimiento. Va un gran abrazo desde Los Convidados.
LA ISLA DEL LIBRO Y EL TESORO DE LEER
Veo sentada ante mÃ, en casa, a la joven estudiante de robustas rodillas y nervioso bolÃgrafo que me visita para anotar en su cuaderno gravÃsimos datos sobre mis novelas con destino a su tesina; la veo parpadear, confusa, ante mis delgadas respuestas (que no encajan en su vasto y complicado plan de estudios: le digo, por ejemplo, que el Pijoaparte jamás se propuso desenmascarar a la burguesÃa catalana, sino simplemente enamorar a Teresa), la veo cotejar notas, alterar esquemas, rectificar planteamientos, desorientada, y yo, algo entristecido, me pregunto quién la ha desorientado, cuándo y cómo ha perdido esa muchacha el placer de leer. Afirma que la novela le gustó, pero se nota que no lo pasó bien leyéndola, y lo que es peor, ya no considera importante el pasárselo bien leyendo novelas. Entonces, ¿quién o quiénes le quitaron a esa chica el deseo de disfrutar con un libro, dejándole sólo la obligación de aprender? ¿Aprender qué, además? ¿SociologÃa, semiótica y semiologÃa, estructuralismo, sentido y forma, relaciones metalingüÃsticas, perspectiva exógena y estructura interna?
Por un breve instante, horribles fantasmas de posibles tesinas pasadas y futuras desfilan por mi mente con extravagantes tÃtulos: El significado de los toros y de la humilde patata en la poesÃa de Miguel Hernández – Estructura, calor y sabor de las magdalenas en la obra de Proust – El Pijoaparte hijo natural semiótico de Henry James, con permiso de Félix de Azúa – Los silencios de Moby Dick y su relación metalingüÃstica con la pata de palo de John Silver y con el mezcal y los barrancos de la prosa de Malcolm Lowry – Madame Flaubert soy yo, dijo Federico GarcÃa Lorca.
¡Maldición, estamos rodeados! Asà es imposible leer, hay que saber demasiadas cosas, hay que amueblar la mente de bidets teóricos, hay que ser experto en demasiadas chorradas -le digo a la desilusionada estudiante de graves rodillas y afanoso bolÃgrafo. Se han empeñado ellos, los malditos tambores de las cátedras y de los institutos, los avinagrados columnistas de diarios de provincias, los rastreadores de estilos y figuras de la alfombra, los rebuznos de la crÃtica trascendente y los cuarenta años de incultura franquista, en convertir la lectura de un libro en cualquier cosa menos en un placer, un acto libre y espontáneo, una aventura personal con la imaginación. ¿Quieres un consejo? Tira por la borda ese cuaderno y ese bolÃgrafo y ponte a leer, sobre estas rodillas sojuzgadas de estudiante aplicada, y con ojos infantiles a ser posible, renovada la capacidad de asombro, el sentido de la vida y la imaginación penetrante, otra vez, La isla del tesoro. Callarán los bobos tambores eruditos y recobrarás el tesoro de leer.
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AYUDANTE DE LABORATORIO
Cierro los ojos. Intento rescatar, entre la vorágine de 66 veranos vividos, el peor verano de mi vida. Casi no conservo recuerdos de los cuatro o cinco primeros, lamentablemente. Pero estoy totalmente seguro de que mi peor verano no se cuenta entre ellos. Cierro los ojos para ver si entre ese cegador laberinto de veranos distingo el más penoso, el que se torció, y para mi sorpresa, la primera pulsión de aquel negrÃsimo estÃo me llega a través de los sentidos. De repente, me invade una ola de calor sofocante y pegajoso, un calor más próximo y real que cualquiera de los recuerdos que arrastra el sofoco reconocido. Sin ninguna duda estoy en ParÃs, en julio de 1961. Vivo en un hotelucho de pomposo nombre, en el 19 de la Rue du Pont-Neuf, Hotel Duc de Bourgogne, enfrente de Les Halles, el vientre de ParÃs hoy convertido en delirante galimatÃas comercial.
Todos los dÃas cruzo el legendario puente y almuerzo en algún restaurante barato del barrio latino o en el self-service del Foyer des Etudiants, o simplemente me compro un cucurucho de patatas fritas. El verano en ParÃs está resultando una pesadilla a ambos lados del Sena, pero estoy dispuesto a aguantar como sea en espera de un golpe de suerte. Malvivo con algunos francos que me gano dando clases de español a la bellÃsima Teresa Casadesus, hija del pianista Robert Casadesus (ella me inspirará el tÃtulo de la novela que ya tengo en mente, Últimas tardes con Teresa) y también al poeta Pierre Emmanuel, que gentilmente se deja enseñar para echarme una mano: Emmanuel habla español casi a la perfección. El poeta preside el llamado Congrès pour la Liberté de la Culture en el 104 del Boulevard Hausmann, organismo que, por recomendación de Josep Mª Castellet y Carlos Barral, me otorgó una bolsa de viaje de 1.000 nuevos francos para visitar ParÃs. Pero la bolsa se vació enseguida. Ahora busco un trabajo con horario regular que me deje tiempo libre para escribir. Busco y busco, pero no encuentro. Frecuento la LibrerÃa Española de Soriano, en Rue de Seine, donde a menudo contertulian Tuñón de Lara, Juan Goytisolo, los pintores DÃaz y Ortega, Corrales Egea, Manolo Ballesteros, mi amigo Antonio Pérez, etc.
Algunas noches ceno en casa de Monique Lange y Juan Goytisolo, pero más frecuentemente me dejo caer por casa de MarÃa y Alejo LluhansÃ, un joven y animoso matrimonio de Girona, casi siempre en compañÃa de Antonio Pérez y Enric Marqués, el pintor, también de Girona. Rue des Canettes 16, entre Saint Germain des Près y la Place Saint Sulpice. Formidable su ayuda, y su compañÃa, pero el tiempo pasa y sigo sin encontrar trabajo. Me angustia la idea de verme obligado a rendirme y tener que regresar a Barcelona. Alejo o Antonio, no recuerdo cuál de los dos, me aconseja acercarme al Instituto Pasteur, 25 Rue du Docteur Roux. Al parecer, allà siempre hay trabajo para desesperados como yo. En efecto, necesitan un garçon de laboratoire. Me recibe el jefe de personal y seguidamente me envÃa al mismÃsimo Jacques Monod, el eminente biólogo, para que me examine y apruebe mi ingreso, o no lo apruebe… Entro en su despacho de la planta baja del Instituto con el alma en vilo. Monod, que dirige el departamento de Biochimie Celulaire, es futuro premio Nobel y autor de un libro, El azar y la necesidad, que años después la casualidad querrá que en España lo publique mi propio editor, Carlos Barral.
Secretamente esperanzado, confiando en que Jacques Monod -un hombre con un gran encanto personal, muy culto y de mirada inteligente, muy atractivo y seductor- me acepte sin exigir demasiados requisitos como garçon de laboratoire, una especie de chico de los recados en los laboratorios, me presto encantado a contestar a sus preguntas: ¿De dónde vengo? De Barcelona. ¿A qué me dedicaba en Barcelona? Fui operario de joyerÃa, ahora soy, o mejor, quiero ser, escritor… He publicado mi primera novela en España hace muy poco (aquÃ, el ilustre biólogo empieza a mirarme con verdadera curiosidad, y yo dirÃa que también con cierta admiración, o eso me parece) y Maurice Edgar Coindreau, el famoso introductor de William Faulkner y de John Dos Passos en Francia me la está traduciendo al francés y se publicará chez Gallimard y bla bla bla. Tan asombrado e interesante se muestra Monod, que me digo: “Ya es mÃo. Soy el nuevo garçon de laboratoire”. Sigue una larga entrevista que no hace más que aumentar mi confianza y mi euforia: el puesto es mÃo. Monod, por su parte, no acaba de entender que un joven novelista que acaba de publicar su primer libro esté tan firmemente dispuesto a trabajar de garçon. Le explico que, bueno, yo no vivo precisamente de rentas, monsieur, aquà en ParÃs no tengo trabajo, ni dinero, y mi intención es quedarme a vivir un par de años en la ciudad y aprender bien el idioma, etc. Le hablo del famoso pianista Robert Casadesus y del poeta Pierre Emmanuel, del hispanista Jean Cassou y de su hija Isabel, todos ellos buenos amigos (su asombro va en aumento, también mi convicción de que el puesto ya es mÃo) que me han ayudado amablemente hasta hoy, le digo, pero ahora quiero ganarme la vida por mi cuenta. Monsieur Monod lo comprende, es más, le parece muy bien. Finalmente decide dar por terminada la entrevista y me anuncia que va a presentarme al personal de su departamento. En el pasillo nos cruzamos con el biólogo François Jacob, que andando el tiempo será también premio Nobel y director del Pasteur. Monod me introduce en lo que parece una cocina muy amplia y llena de vapor, donde unas 30 muchachas vestidas con uniforme blanco impoluto esterilizan toda clase de cachivaches de cristal, sobre todo probetas y tubos de ensayo y jeringuillas metidas en grandes cazuelas donde hierve el agua. Nada más entrar el gran jefe Monod, las mujeres suspenden en el acto sus labores y se alinean hombro con hombro al lado de las calderas. Monod, muy ceremonioso y circunspecto, con ese ritual tan exquisitamente francés, las saluda con una elegante inclinación de cabeza. “Va a presentarme, ya está hecho”, me digo. Pero lo que sale de los labios de Monod no es exactamente lo que yo espero. Dice con su bella y parsimoniosa dicción: “Madame, je vous presente le candidat a garçon de laboratoire”. ¡¿He oÃdo bien?! ¡¿Ha dicho le candidat?! ¡El candidato! ¡De modo que después de todo, no soy más que un candidato! ¿0 no es más que otra cortesÃa verbal tÃpicamente francesa, una, digamos, licencia poética? Me hundo en una depresión que me dura hasta el dÃa que me llaman para informarme que, finalmente, el candidato catalán ha sido aceptado. Han sido siete dÃas de pesadilla, pero al octavo ya estoy trabajando en el Pasteur con Jacques Monod y François Jacob; me levanto temprano y trabajo duro, pero antes de las cinco de la tarde ya estoy libre y de vuelta al barrio latino. Me pagan 640 nuevos francos con 17 céntimos al mes, y tengo tiempo libre para leer y escribir el primer esbozo de lo que será Últimas tardes con Teresa. Es septiembre y ya no siento calor. Creo que ha terminado el peor verano de mi vida.

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Estimado Antonio, coincido en el merecimiento de este premio y, aunque no tengo el gusto de conocer a Marsé (sà el de haberlo visto conferenciar en Granada hace mucho tiempo), estoy de acuerdo en que además de buen narrador, novelista escritor o como quiera que deba decirse es una persona extraordinaria. Me alegro de que aludas a eso y te agradezco muchÃsimo los dos artÃculos que has puesto a nuestro alcance y que me parece que dan espléndida muestra del talante personal de este gran escritor que estos dÃas he visto tachado de machista… ¡sin comentarios!
Gracias, felicidades a Juan Marsé que evidentemente sigue disfrutando de la lectura y felicidades a ti por este magnÃfico blog.
Un saludo.
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Ya felicité a Juan Marsé en Trianarts el dÃa que se le concedió el Cervantes, no he seguido de forma continuada la obra de Juan Marsé, pero si he podido verlo y escucharlo en programas de debate televisivo y en alguna entrevista, y coincido contigo en la opinión de parecerme como dicen en mi tierra “buena gente”.
Un abrazo Antonio.
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