Conoc√≠ a Juan Jos√© Arreola (Zapotl√°n el Grande, M√©xico, 1918-2001) hace m√°s de cuarenta a√Īos. Yo era a la saz√≥n estudiante de Ciencias de la Comunicaci√≥n en la Universidad Iberoamericana, all√° en la ciudad de M√©xico, y Arreola vino a darnos una conferencia que se titulaba Estoy Escribiendo un Libro. No me acuerdo de qu√© libro se trataba, los a√Īos no pasan en vano, ni si Arreola lleg√≥ a publicarlo o no. Tal vez se refer√≠a a Palindroma, aparecido en 1971, cuatro largos a√Īos despu√©s de aquella charla, aunque, conoci√©ndolo, no se puede descartar el que en aquel momento no estuviera escribiendo nada y que el t√≠tulo le hubiese venido a la cabeza s√≥lo para despertar el inter√©s del p√ļblico.

El caso es que mis compa√Īeros, qui√©n sabe porqu√© perversas razones, me eligieron a m√≠ para subir al podio con el escritor invitado y articular unas cuantas palabras a manera de presentaci√≥n. Recuerdo, eso s√≠, que llen√© varias cuartillas con lo que entonces era mi mejor prosa y las pul√≠ y repul√≠ hasta que las consider√© a la altura de la admiraci√≥n que me causaba y todav√≠a me causa, la precisi√≥n milim√©trica del lenguaje Arreoliano. Por fortuna para m√≠, pero sobre todo para ustedes porque as√≠ no corren el riesgo de que ceda a la tentaci√≥n de endilg√°rselas de nuevo en este blog, esas p√°ginas se han perdido para siempre. Fueron a parar en el olvido como tantos conocimientos in√ļtiles, tantas aventuras, desvelos y amor√≠os como nos acompa√Īaron al final de la adolescencia. Esta ma√Īana, sin embargo, mientras emborronaba estas l√≠neas, una frase de aquel primer texto me vino m√°gicamente a la memoria. Una frase con la que durante aquella otra tarde en la universidad intent√© compendiar el deslumbramiento que me produc√≠a la excelencia de su estilo narrativo. Comparaba la perfecci√≥n de su palabra con los astros que brillaban en el cielo y dec√≠a, textualmente, que sus im√°genes eran ‚Äúfulgores herrados con fuego en el anca de la noche‚ÄĚ. Pido perd√≥n por traer a colaci√≥n esta pomposa met√°fora, esta cita tan poco citable. No debo culpar a mi devoci√≥n por Arreola sino a mi exaltada prosa juvenil de tama√Īa atrocidad, pero he querido repetirla para de alg√ļn modo enlazar estas palabras con aquellas, y recordar a Arreola como lo vi aquella tarde sentado junto a m√≠ en el estrado, escuchando mi texto con amable condescendencia, y luego tomando la palabra √©l mismo para deslumbrarnos con su profundo conocimiento del oficio de escritor y hacernos re√≠r con su punzante sentido del humor, su locuacidad, sus an√©cdotas y la relaci√≥n detallada de sus fobias y padecimientos, reales e inventados. Arreola se consideraba a s√≠ mismo un juglar, hizo teatro en su juventud, pis√≥ las tablas de la Comedie Francaise como esclavo desnudo en la galera de Antonio y Cleopatra, y pienso que, en cierto modo, sigui√≥ siendo actor toda su vida. Pero yo no lo sab√≠a entonces y tampoco estaba preparado para ello, por eso algunas de sus actitudes en el estrado me desconcertaron terriblemente. Pod√≠a de pronto dejar de dirigirse al auditorio, volverse hacia m√≠ e, ignorando mi embarazo, continuar la charla como si estuvi√©ramos solos en el caf√© de la esquina, absortos en una conversaci√≥n privada y el p√ļblico no se encontrara presente. Se quedaba as√≠ minutos que a m√≠ me parec√≠an eternos, de perfil a los oyentes, enfrascado en un soliloquio inveros√≠mil. Nada de eso import√≥ a mis compa√Īeros, quienes no necesitaban m√°s que de su presencia para alcanzar el Nirvana. Lo aplaudieron a rabiar y la charla result√≥ un √©xito. Al estrecharnos la mano durante la despedida, Arreola me invit√≥ a participar en los talleres de literatura que por aquellos tiempos dirig√≠a, creo que en el bosque de Chapultepec. Nunca asist√≠. Tal vez hice mal, pero ya desde esa √©poca experimentaba un profundo escepticismo por los talleres literarios. Fue una l√°stima porque no volv√≠ a ver a Arreola hasta que me top√© con √©l por casualidad en una tienda de m√ļsica de la ciudad de Guadalajara treinta a√Īos m√°s tarde. Desde luego no le mencion√© que ya nos hab√≠amos conocido antes. Hubiera resultado in√ļtil. El no habr√≠a recordado aquella noche inolvidable de mi lejana juventud. De todos modos me acerqu√© a presentarme, como si nunca le hubiera visto antes, y √©l convers√≥ de buen grado en franc√©s con mi hijo, entonces de ocho a√Īos, mientras yo iba al estacionamiento a sacar del auto un ejemplar de mi √ļltima novela, y obsequi√°rsela.
Hay un oficio que no figura en la numerosa lista de los ejercidos por Arreola y que podr√≠a describirlo de cuerpo entero: el de orfebre. Se ha dicho que fue aprendiz de encuadernaci√≥n y tipograf√≠a desde los doce a√Īos, que trabaj√≥ en una papeler√≠a, en un molino de caf√©, en un caj√≥n de ropa y en una tienda de abarrotes. Fue pe√≥n en los campos, pastor, vendedor ambulante y ayud√≥ a su familia en un expendio de tepache, esa bebida mexicana ligeramente alcoh√≥lica que se extrae de la fermentaci√≥n de la pi√Īa. Fue tambi√©n cobrador, locutor de radio y panadero. Estudi√≥ teatro, decidido a hacerse actor, aunque el oficio que m√°s cuadraba con sus inclinaciones literarias era el de orfebre. Arreola gustaba afirmar que proced√≠a en l√≠nea recta de dos antiqu√≠simos linajes: herrero por parte de su madre y carpintero a t√≠tulo paterno. De all√≠, seg√ļn √©l, su pasi√≥n artesanal por el lenguaje. Me atrevo a disentir y a reiterar: Arreola no es un artesano del lenguaje, es un orfebre.
El orfebre graba, pule, talla incansable su trabajo del mismo modo que Arreola construía sus frases, ajustaba sus palabras, en cada texto aspirando a la perfección. Una perfección que se da a pesar de que él mismo no creía en ella, prefiriéndose verse como un artesano o un juglar y no tanto como un artista.
Porque para Arreola la belleza era et√©rea, intangible, inasequible. √Čl mismo lo afirma en varios de sus escritos. En El Lay de Arist√≥teles, por ejemplo, nos describe al sabio en su jard√≠n contemplando extasiado la armon√≠a, o sea el fundamento de la belleza, dice as√≠:
La musa armon√≠a danza frente a √©l, haciendo y deshaciendo su friso inacabable, su laberinto de formas fugitivas donde la raz√≥n humana se extrav√≠a. De pronto, con agilidad imprevista, Arist√≥teles se echa en pos de la mujer, que huye, casi alada, y se pierde en el boscaje…
Vuelve el fil√≥sofo a la celda extenuado y vergonzoso. Apoya la cabeza en sus manos y llora en silencio… Cuando mira de nuevo a la ventana la musa reanuda su danza interrumpida. Bruscamente, Arist√≥teles decide escribir un tratado que destruya la danza de armon√≠a, descomponi√©ndola en todas sus actitudes y en todos sus ritmos…
Durante el tiempo que tard√≥ en componerlo, la musa danzaba para √©l. Al escribir el √ļltimo verso, la visi√≥n se deshizo y el alma del fil√≥sofo repos√≥ para siempre, libre del agudo aguij√≥n de la belleza.

La belleza se representa, pues, como una forma cambiante, inasible, fugitiva, cuya contemplación es sin duda dolorosa. Una forma que al captarse, al reproducirse de alguna manera por el creador, pierde su identidad original y desaparece.
La situación se repite de una manera casi análoga en El Discípulo, cuando el maestro lo reprende con estas palabras:
T√ļ sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagar√°s. No falta una sola l√≠nea en tu dibujo, pero sobran muchas.
Luego pide un cart√≥n a sus alumnos y, al igual que Arist√≥teles en el otro cuento, se dispone a mostrar c√≥mo se destruye la belleza. Arreola contin√ļa:
Con un lápiz de carbón trazó el bosquejo de una bella figura: el rostro de un ángel, tal vez el de una hermosa mujer. Nos dijo: “Mirad, aquí está naciendo la belleza. Estos dos huecos sombríos son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la boca. El rostro entero carece de contorno. Esta es la belleza.
Entonces el maestro gui√Īa un ojo a sus alumnos y dice acabemos con ella
Y en poco tiempo, dejando caer unas l√≠neas sobre otras, creando espacios de luz y de sombras, hizo de memoria ante mis ojos maravillados el retrato de Goia. Los mismos ojos oscuros, el mismo √≥valo de rostro, la misma imperceptible sonrisa. Cuando yo estaba m√°s embelesado, el maestro interrumpi√≥ su trabajo y comenz√≥ a re√≠r de manera extra√Īa. ‚ÄúHemos acabado con la belleza, dijo, ya no queda sino esta infame caricatura.‚ÄĚ
El maestro arroja el dibujo a fuego y el discípulo se quema las manos intentando salvarlo de las llamas. Luego, llorando silencioso, se detiene a la orilla del río a contemplar sus manos ineptas.
Así de inalcanzable es la perfección en la literatura, así es la belleza. Por si nos quedara alguna duda, Arreola lo ratifica de manera insuperable en el prólogo a Mi Confabulario:
Una √ļltima confesi√≥n melanc√≥lica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el esp√≠ritu, desde Isa√≠as a Franz Kafka. Desconf√≠o de casi toda la literatura contempor√°nea. Vivo rodeado por sombras cl√°sicas y ben√©volas que protegen mi sue√Īo de escritor. Pero tambi√©n por los j√≥venes que har√°n la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los d√≠as lo que aprend√≠ en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por otro. Lo que o√≠, un solo instante, a trav√©s de la zarza ardiente.
En el pr√≥logo a su Antolog√≠a de Juan Jos√© Arreola, Jos√© Agust√≠n menciona que, como ped√≠a Tolstoi, Arreola, al narrar su pueblo, narra el mundo. En eso es igual a Rulfo, el otro gran escritor jaliciense con quien comparte algo m√°s que la generaci√≥n y la amistad. Ambos son orfebres, ambos tallan sus frases a la pefecci√≥n, aunque haya m√°s densidad en la de Rulfo y m√°s humor en la de Arreola. Los dos vienen del mismo terru√Īo, tienen las mismas ra√≠ces y los mismos maestros. Aunque algunos cr√≠ticos desear√≠an mostrar a Rulfo como el √ļltimo eslab√≥n en la cadena de la literatura de la revoluci√≥n mexicana, la verdad es que en √©l hay mucho de Kafka y de S√≥focles y de Esquilo. En Arreola, sin embargo, es m√°s evidente la presencia de los surrealistas y los cl√°sicos.
Su curiosidad, por ejemplo, por los aparatos y sus mecanismos est√° casi siempre rodeada de una atm√≥sfera surrealista que recuerda las poleas, hilos y engranes en la pintura de Remedios Varo. En ambos se estila un parecido humor al describirlos, aunque en los de ella hay una referencia a la alquimia o a las sutiles madejas, ruedas y garruchas que enlazan al cosmos, y en los de Arreola a asuntos menos metaf√≠sicos y m√°s cerca de lo cotidiano. Podemos mencionar algunos textos, como el de Baby H.P., en la que propone utilizar a los peque√Īos como fuentes de energ√≠a, a trav√©s de un aparato que se adapta con perfecci√≥n al delicado cuerpo infantil mediante c√≥modos cinturones, pulseras y broches y los convierte en d√≠namos que revolucionar√≠an, con su consiguiente reserva de electricidad, la econom√≠a hogare√Īa. En En Verdad Os Digo, un sabio, de nombre Niklaus, propone un plan cient√≠fico para desintegrar a un camello y hacerlo pasar en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a una pantalla de televisi√≥n) organizar√° los electrones en √°tomos, los √°tomos en mol√©culas y las mol√©culas en c√©lulas, reconstruyendo inmediatamente al camello seg√ļn su esquema primitivo. El experimento es tan caro que aunque fracasara conseguir√≠a su objetivo, pues los ricos que lo financiaran quedar√≠an tan pobres que ya no tendr√≠an problema para entrar en el reino de los cielos. En De Bal√≠stica explora el funcionamiento de las antiguas catapultas romanas llev√°ndonos a la conclusi√≥n de que era m√°s eficaces para amedrentar que para aniquilar a los enemigos.
Sin embargo la más lograda, y divertida, expresión de su manía maquinista, nos la da en su cuento Anuncio, una especie de reclamo publicitario en el que se ponderan las cualidades de unas mujeres hechas de una substancia llamada Plastisex que acaban de aparecer en el mercado. He aquí unos fragmentos:
Ahora nos dirigimos a usted, dichoso o desafortunado en el amor. Le proponemos la mujer que ha so√Īado toda la vida: se maneja por medio de controles autom√°ticos y est√° hecha de materiales sint√©ticos que reproducen a voluntad las caracter√≠sticas m√°s superficiales o rec√≥nditas de la belleza femenina. Alta y delgada, menuda y redonda, rubia y morena, todas est√°n en el mercado…
Tenemos listas para ser enviadas todas las bellezas famosas del pasado y del presente, pero atendemos cualquier solicitud y fabricamos modelos especiales. Si los encantos de Madame Recamier no le bastan para olvidar a la que lo dej√≥ plantado, env√≠enos fotograf√≠as, documentos, medidas, prendas de vestir y descripciones entusiastas. Ella quedar√° a sus √≥rdenes mediante un tablero de controles no m√°s dif√≠cil de manejar que los botones de un televisor…
Nuestras Venus est√°n garantizadas para una relaci√≥n de diez a√Īos ‚Äďduraci√≥n promedio de cualquier esposa- , salvo los casos en que sean sometidas a pr√°cticas anormales de sadismo…
Un armaz√≥n de magnesio, irrompible hasta en los m√°s apasionados abrazos y finalmente dise√Īado a partir del esqueleto humano, asegura con propiedad todos los movimientos y posiciones de la Plastisex. Con un poco de pr√°ctica se puede bailar, luchar, hacer ejercicios gimn√°sticos o acrob√°ticos y producir en su cuerpo reacciones de acogida o rechazo m√°s o menos en√©rgicas. (Aunque sumisas, las Plastisex son sumamente vigorosas, ya que est√°n equipadas con un motor de medio caballo de fuerza)…
Como objeto de goce, la plastisex debe ser empleada de modo mesurado y prudente, tal como la sabidur√≠a popular aconseja respecto a nuestra compa√Īera tradicional. Normalmente utilizado, su d√©bito asegura la salud y el bienestar del hombre, cualquiera que sea su edad y complexi√≥n. Y por lo que se refiere a los gastos de inversi√≥n y mantenimiento, la Plastisex se paga ella sola. Consume tanta electricidad como un refrigerador, se puede enchufar en cualquier contacto dom√©stico y, equipada con sus m√°s valiosos aditamentos, pronto resulta mucho m√°s econ√≥mica que una esposa com√ļn y corriente. Es inerte o activa, locuaz o silenciosa a voluntad, y se puede guardar en el closet.

Su amor por los libros, como objetos, nace no solo de su vocación literaria sino de su antiguo oficio de tipógrafo y encuadernador. En In Memoriam nos describe un lujoso ejemplar en cuarto mayor con pastas de cuero repujado, tenue de olor a tinta recién impresa en fino papel de Holanda.
Su pasi√≥n por el ajedrez se trasluce en sus constantes referencias al juego. En La Vida Privada, por ejemplo, el marido cornudo se entretiene con Gilberto, el amante de Teresa, su esposa, jugando al ajedrez. Una piedra lanzada por alg√ļn vecino iracundo viene a romper una ventana y cae sobre el tablero derribando las piezas. Teresa casi se desmaya y Gilberto palidece intensamente, el marido narrador no lamenta demasiado el suceso ya que, confiesa a los lectores, mi rey se hallaba en una situaci√≥n bastante precaria, despu√©s de una serie de jaques que presagiaban un mate inexorable.
Hay una carta de Julio Cort√°zar a Juan Jos√© Arreola en la que le menciona el primero agradece sus cuentos y menciona el El Prodigios Miligramo. Cuando la le√≠, la fascinaci√≥n que el Prodigioso Miligramo ejerce sobre el resto del hormiguero recuerda la fascinaci√≥n que El Gran Tornillo ejerce sobre el vecindario en la Rayuela de Cort√°zar. En el fondo, la idea es la misma. No quise, a prop√≥sito, mirar las fechas para dislucidar qui√©n influy√≥ en qui√©n. Me encanta que quede as√≠, en esa fraterna complicidad que une a todos los escritores del mundo, m√°s all√° de las distancias, los idiomas y las est√ļpidas fronteras.
Imposible concluir esta entrada sin mencionar algunos de los premios recibidos por Arreola en su brillante carrera de escritor. Obtuvo en 1953 el premio Jalisco de literatura; en 1963, el Villaurrutia por su novela La Feria; en 1977, el premio nacional de periodismo; en 79, el premio nacional de linguística y literatura; en 87, el premio de la Universidad Nacional Autónoma de México y, en 92, el premio Juan Rulfo.
Sin embargo, lejos de envanecerse con estas victorias, Juan José Arreola dice:
Dondequiera que haya un duelo estaré de parte del que cae, ya se trate de héroes o rufianes.
Estoy atado por el cuello a la teoría de esclavos esculpidos en la más antigua de las estelas. Soy el guerrero moribundo bajo el carro de Asurbanipal, y el hueso calcinado en los hornos de Dachau.

Y en otra parte:
En otros tiempos yo hubiera sido un juglar, un mendigo, un narrador de cuentos y milagros. Descubro mi vocación demasiado tarde, alcanzada la madurez y a la mitad de un siglo en donde no caben ya esta clase de figuras. De todas maneras, he querido contar mi fábula a dos o tres pobres de espíritu, ofrecer mi colección de miserias a unos cuantos rezagados.
Antonio Sarabia

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3 Respuestas a “Juan Jos√© Arreola”
  1. Claudia Z√ļniga (1 comments) dice:

    Hola Antonio,
    Muchas felicidades por este blog. Mi nombre es Claudia Z√ļniga, vivo en Canad√° desde hace 6 anos.
    Debido a mi inquietud por compartir lo le√≠do, seguir aprendiendo e instruyendo y a√ļn m√°s incrementar el h√°bito por la lectura tanto personal como en una comunidad hispana en Vancouver, estoy iniciando un Club de Lectura en Espanol. Casualmente el primer autor con el que decid√≠ dar inicio fue con Juan Jos√© Arreola, a trav√©s de sus cuentos. No sabes cuanto lo disfrutamos.
    No conozco tu obra, as√≠ que quisiera en alg√ļn momento incluir algo tuyo en el programa. El grupo est√° integrado b√°sicamente por mam√°s que no tienen mucho tiempo para leer y que est√°n empezando a incorporar en sus labores diarias el h√°bito por la lectura. Podr√≠as recomendarme algo?

    Saludos
    Claudia

  2. Hola, Claudia, me alegra recibir noticias de un pa√≠s que me trae tantos recuerdos. El a√Īo de 1963, justo el anterior a mi ingreso en la Universidad Iberoamericana en el DF, pas√© algunos mese en Montreal y nunca he podido olvidar mi estancia ah√≠ y en otros pueblos y ciudades de la ribera del San Lorenzo como Quebec, Rimousky, Mont Joli y tantos otros. No s√© qu√© recomendarte para tus lectoras, ni si prefieran el cuento o la novela. De los libros m√≠os que se venden en la red me gustar√≠a que leyeran “Acu√©rdate de mis Ojos”, un libro de relatos aparecido en Ediciones B hace algunos a√Īos. Como novela, para el p√ļblico canadiense puede resultar interesante “El Cielo a Dentelladas”, publicado en la misma editorial, o “El Retorno del Palad√≠n”. Mi √ļltima novela, editada por La Otra Orilla, se titula Troya al Atardecer. Si a tus lectoras les atrae la mitolog√≠a pues pueden irse por ah√≠. El libro gan√≥ el premio Espartaco como la mejor novela hist√≥rica publicada en Espa√Īa en el 2008.
    Si en algo puedo servirte para el club de lectura, por favor avísame, estoy a tus órdenes.
    Un abrazo
    Antonio

  3. Me ha gustado mucho tu post, ya tienes una fans mas, felicidades

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