Guillermo Fadanelli, la conversación y la vagancia
Escrito por: Antonio Sarabia en Literatura hispanoamericana, Narrativa hispanoamericana contemporáneaConocí a Guillermo Fadanelli (México, D.F., 1960) hace varios años, durante una Feria del Libro de Guadalajara, y no lo había vuelto a ver sino hasta este octubre pasado cuando la revista Belles Latinas nos invitó a realizar una larga y a ratos fatigosa gira por Francia. Compartimos un par de mesas redondas, una de ellas muy divertida en el Instituto México de París, y pasamos largas horas charlando en donde mejor se podía, incluyendo una vez su habitación de hotel en Lyon cuando la madrugada nos cerró todos los bares de los alrededores.
Contra lo que pueda pensarse por su aspecto exterior y sus maneras a veces huidizas y hoscas, Guillermo es un personaje tímido y sensible además de un fino y brillante prosista que utiliza con humor, talento y lucidez la provocación para sacudir de la cabeza del lector las telarañas del pensamiento anquilosado y obligarle a mirar con ojos nuevos algunas de las propuestas características de la contracultura contemporánea.
Fundador de la revista Moho y del Movimiento cerebrista, Guillermo ha escrito un puñado de novelas entre las que destacan La Otra Cara de Rock Hudson, con la que ganó el premio IMPAC/CONARTE en 1998, Lodo con la que obtuvo también el Premio Nacional de Narrativa Colima 2002 y Educar a los topos, publicada en el 2007.
Guillermo ha tenido la gentileza de enviar, en exclusiva para Los Convidados, este ensayo inédito que formará parte de un trabajo mayor titulado Elogio a la Vagancia. El tema, la conversación, no podía venir más al caso porque nos parece continuar así, de manera vicaria, la que dejamos pendiente en Francia. Si me permite aplicarle a él las palabras con que se refiere a Spinoza en el texto que presentamos “Spinoza, uno de los filósofos más extravagantes que han existido jamás -es decir: más serios- …” yo diría que él mismo, dentro de esa extravagancia tan típicamente fadanelliana, es uno de los escritores más inteligentes y serios que conozco. Muchas gracias, Guillermo, por la amistad y la colaboración. Hasta la próxima.
VERACRUZ
(de la conversación y la vagancia)
En el accidentado transcurso de mi vida he conocido personas tan distintas entre sí como podrían serlo un molusco y un ave del paraíso; en ocasiones, sentado en la mesa de un bar y rodeado de amistades, he tenido la sensación de que me encuentro conversando con seres de otro planeta: sus experiencias, sus gustos etílicos, su singular concepción de la vida o su extraña manera de habitar el mundo me desconciertan profundamente. Si me pusiera pesado y a cada uno de ellos le preguntara acerca de la humanidad -es decir, si existe algo así como los valores humanos- obtendría respuestas de lo más abigarradas. Se me respondería que vivimos en una época posthumana o que el humanismo es un concepto burgués, e incluso que las diferencias entre las más diversas culturas que sobreviven en el planeta hacen impensable una locura clásica como el humanismo. Quizás el más cuerdo de todos levantaría los hombros de forma displicente y cambiaría de tema. Y yo no me sentiría para nada ofendido.
Recuerdo que hace casi una década, cuando viajaba con rumbo a Veracruz, la tierra donde nació mi madre, viví un modesto incidente que se aparece en mi mente cuando menos lo espero. El calor derretía los cristales de la ventana, y el olor marítimo se colaba dentro del modesto autobús de pasajeros, como si una ola nos hubiera tomado a todos por sorpresa dejando su aroma a sal y corales prehistóricos. Después de mirar el paisaje durante casi todo el camino decidí abrir una voluminosa novela de Norman Mailer que había comenzado días atrás. En eso estaba cuando me percaté de que una niña de escasos diez años me miraba con una atención desoladora. Sentí su mirada de venado recorrer mi rostro desde el asiento posterior. De la atención desoladora pasó a escudriñar mi libro como si sospechara que dentro de él había algo más que letras. Acaso era probable que aquel hombre ensimismado en la lectura llevara una televisión oculta en el libro. Cuando la madre vio a su hija casi encima de mí la reprimió, le dijo que me dejara estudiar en paz: “El señor está estudiando, no lo molestes.” Puesto que ninguno de los cuarenta pasajeros leía se me debió ver como a un estudioso repasando las lecciones para la clase siguiente, un esforzado profesor camino a su salón de clases: un hombre de estudios. Me di cuenta entonces que para muchas personas leer es lo mismo que estudiar, dar dirección a la lectura y obtener beneficios de ella. En una sociedad tan pobre como la mexicana leer por placer o leer nada más para ver qué se encuentra uno en el camino parece un despilfarro inmerecido: si leemos debe ser para progresar o ser mejores, para escapar de la miseria e intentar atenuar el sufrimiento de quienes deben trabajar sin descanso para estar vivos. Lo contrario parece un acto arrogante que la comunidad no tiene por qué perdonar; acaso quien practica el dandismo intelectual o la vagancia libresca no se ha percatado de que no está sólo en el mundo y que los dos únicos actos de soledad que le serán permitidos son su nacimiento y su muerte. En verdad lo siento, pero entre esos dos actos dedicaré mis días a leer novelas inútiles: y que el mundo se venga abajo (donde ha vivido siempre).
En una animada conversación, el filósofo Richar Rorty comentaba que la literatura estimula más nuestra imaginación moral que la filosofía, y lo hace porque no elabora principios ni sistemas para comprender las necesidades humanas, por el contrario, carece de un destino concreto. Si uno desea ahondar en la naturaleza del sufrimiento no parece indispensable acudir a los filósofos morales profesionales, en todo caso lo primero que se hace es sufrir y después leer a Dostoiewski o a Stendhal. Ahora bien, cuando leo El Jugador no lo estudio en el sentido de volverme un observador minucioso que va en busca de un saber provechoso, lo leo con el deseo de abandonarlo cuando me sea aburrido o cuando me despierte antipatía, o simplemente cuando me canse su lectura: nada más lejano a la conquista de una montaña, o a la proeza de un deportista -aunque conocemos novelones cuya lectura demanda de un esfuerzo desmedido, como el de escalar tres montañas en un mismo día. Eso es nada menos lo que quiero decir: se lee para acabar cuanto antes con el paseo. He comenzado a leer esa novela sin esperanza de terminarla; soy conciente de que no se me ha obligado a hacerlo, así que entre más pronto llegue la decepción podré tocar cuanto antes otra puerta. Y hago mías las palabras finales de Dostoiewski en El jugador: “¡Mañana, con toda seguridad, se habrá acabado todo!” Sé que la ansiedad no es preludio de la sabiduría, pero al menos me consuela imaginarme que la sabiduría tiene una miríada de rostros y no sólo el de la contemplación, la mesura, la templanza o demás ideales estoicos. La caminata da certidumbre al pensamiento, conocemos en la marcha, observamos el mundo porque podemos movernos en sentido contrario al movimiento del planeta, aunque al mismo tiempo estemos plenamente referidos a él. Spinoza, uno de los filósofos más extravagantes que han existido jamás -es decir: más serios- sostenía que entre más activo estuviera el cuerpo más aguda se volvería la mente. El conocer es un vagar, pero no de la mente sino de un todo consciente que desde un cuerpo se pone en movimiento para cumplir un recorrido que en buena parte es impredecible (saber qué porcentaje de la mente ocupa esa buena parte es por ahora una disputa entre biólogos y filósofos). Cansados de construir sistemas donde todas las piezas poseen una función, de luchar contra un sujeto histórico, aburridos de filosofías que aspiren a darnos noticias del todo, de referir el mundo a la telaraña lingüística, de inventar deconstrucciones y rebeliones, algunos filósofos han puesto los ojos en la conversación como un medio de conocimiento discreto (así lo apuntaba enérgicamente John Dewey cuando reclamaba que no necesitamos una teoría del todo). “En el lenguaje se representa a sí mismo el mundo”, escribe Gadamer en su famoso libro Verdad y método: famoso, es cierto, pero no tanto como un jugador de futbol. Lo cierto es que desde Gadamer hasta filósofos analíticos convertidos al relativismo como Richard Rorty descubren la esencia de la filosofía en la conversación. Y qué es una conversación más que vagancia por los nebulosos caminos del lenguaje.

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Interesantísimo ensayo, estimado Antonio. Mientras espero por el todo acabo de concluir que debo seguir conversando. (No conozco la obra de Fadanelli y empiezo a sentirme profundamente inculta. Buscaré).
Gracias.
Izaskun
Último post en el blog de…Izaskun Legarza…PLÁTANO
quisiera saver si avivdo en puebla mex o tiene familia
Sin duda un buen ensayo, sigo casi de cerca a Guillermo, pero me gustaría saber un poco más de su trayectoria literaria…pro la infomación mil gracias Antonio.
estoy estudiando derecho y lo unico q m salva d no levantarme en medio de una clase y gritar ¡maestro metase su exito por donde le quepa!
es leer palabras d contracultura q me regala este escritor.
seguramente esto no lo va a leer él, pero igual gracias Guillermo Fadanelli