Entre el erotismo y la pornografÃa, igual a un péndulo que oscilara entre el espÃritu y el cuerpo por lo que podrÃamos llamar las gradaciones de lo explÃcito, se mece la imaginación. Me refiero aquà al espÃritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está hecho de sugerencias y apela a nuestra fantasÃa.
Nos interesa lo que oculta, no lo que descubre. La pornografÃa, por el contrario, no aspira a sÃmbolos representativos. Se recrea a sà misma en la exhibición del aparato reproductor. Para el sexo puro y duro no hace falta la imaginación.
Es, entonces, esa poderosa mezcla de erotismo y fantasÃa -responsable, por ejemplo, de la lascivia despertada por el disimulo de pantorrillas y pescuezos femeninos en la era victoriana-, la que hace también crecer en nuestras mentes una multitud de Ãntimos fantasmas que nos provocan secretas inquietudes. Algunos son tan antiguos y queridos que tal vez jamás podamos deshacernos de ellos. Quizás nos escoltarán hasta la tumba. No importa, serÃa difÃcil encontrar mejores camaradas para compartir las miserias del sepulcro. ¿Cómo saber si no constituirán ahà nuestro único consuelo, nuestra inmejorable y eterna distracción?
A mÃ, muchos de esos fantasmas, nacidos del arte y la imaginación de otros, me persiguen casi desde mis primeras lecturas. Hay los despertados por Las Mil y Una Noches y los salidos del Cantar de los Cantares. PodrÃa hablar horas enteras de los que me sugirieron Bocaccio, D.H. Lawrence o Henry Miller, asà como la Lolita de Nabokov o aquel vibrante y apasionado yes de James Joyce que se extiende a través las dos páginas finales del Ulises y que en mi buena época podÃa repetir de memoria. Pero algunos son demasiado conocidos y otros pertenecen ya al dominio de la vida adulta. Hoy he elegido convidar en esta entrada a los más Ãntimos, a los menos intelectuales. A los que me asaltaron aún en plena infancia o en el inicio de la adolescencia, cuando mi lectura era más lúdica y mi edad más propicia para degustar con verdadero asombro, y bastante menos perversión, el manjar del erotismo.
Su historia, nuestra historia, mÃa y de mis fantasmas, se inicia con Mark Twain. Yo tendrÃa ocho años cuando leà Tom Sawyer por primera vez. Sin embargo, el beso que éste le da a Becky Thatcher en el vacÃo salón de clases mientras ambos mascan chicle y columpian las piernas, de puro gozo, sentados sobre los mesabancos fue, rÃanse ustedes, una de mis primeras experiencias erótico-literarias.
No tardó en asomar la cabeza Alejandro Dumas con LosTres Mosqueteros, metiendo sin más a D´Artagnan en la cama de Kitty, la doncella de Milady de Winter, para acto seguido permitirle proseguir la fogosa y lasciva visita, de noche todos los gatos son pardos, en la de su más atractiva patrona haciéndose pasar por su amante, el conde de Wardes.
Tampoco puedo olvidar a Juan de Pardaillán, el invencible héroe de Michel Zevaco, haciéndole el amor a Fausta, la diabólica, en aquel soberbio palacete italiano, ya no recuerdo si asentado en Roma, Florencia o Venecia, y despertando luego medio sofocado por lo que él creÃa la ebriedad del amor y del placer, para encontrarse conque la malvada y hermosÃsima mujer le habÃa prendido fuego al sitio con la peregrina intención de asarlo dentro.
Pero fue una vieja novela de caballerÃa, Tirante el Blanco, de Joanoto Martorell, la que instaló el mayor número de imágenes lúbricas en mi temprana adolescencia. Al leerla comprendà mejor porque su lectura habÃa hecho perder el seso a Don Quijote. Debo hacer notar aquÃ, sin embargo, que Tirante el Blanco es uno de los pocos libros que Cervantes salva de la famosa quema organizada por el cura y el barbero. ¡Válgame Dios!, dice el cura cuando, al expurgar la estanterÃa de don Alonso Quijano, ve caer el tomo a sus pies, dádmelo acá, compadre, que hago de cuenta que he hallado una mina de contento y un tesoro de pasatiempos. Luego, en vez de arrojarlo al fuego con los otros se lo cede al barbero. Llevadle a casa y leedle, le dice, veréis que es verdad cuanto de él os he dicho.
A mà me pareció curioso que un cura lo recomendara con tanta liberalidad. Aparte de que Tirante el Blanco es un héroe capaz de sujetar por las muñecas en la cama a Ricomana, la infanta de Sicilia, para que su amigo, el prÃncipe Felipe, pueda aprovecharse de ella, cosa que por cierto el inexperto joven no consigue, contiene muchas otras escenas memorables que habrÃan estado muy lejos de recibir la aprobación de los curas que yo conocÃa, mis maestros jesuitas de entonces, si hubiera tenido la torpe ocurrencia de solicitárselas.
En cierta ocasión, por ejemplo, Tirante el Blanco visita a la hija del emperador de Grecia, la princesa Carmesina, en sus aposentos. Como las ventanas están cerradas, y hace calor en la habitación, ella anda medio desabrochada y se le alcanzan a ver los pechos, dos manzanas del paraÃso, dice el autor, que parecÃan cristalinas. Tirante posa los ojos en ellas y queda tan trastornado que literalmente equivoca la puerta para salir de la habitación.
En otro momento, su simpática cómplice, la esclava Placer de mi Vida, doncella de confianza de la misma Carmesina, lo introduce subrepticiamente en la habitación de la princesa y lo mete dentro de un baúl del vestidor, de modo que Tirante puede espiar a su adorada mientras ésta se desnuda y se baña. Acto seguido, pide a su ama permiso para acostarse con ella cosa, por lo visto, bastante común en la época. Cuando la joven está dormida, Placer de mi Vida saca a Tirante del escondite y lo mete también en la cama, escondiéndolo con su propio cuerpo, luego toma ella misma la mano de Tirante y la pone sobre los pechos de Carmesina. Tirante palpa los senos, el vientre y más abajo, especifica Martorel. Entonces la princesa se despierta y dice:
-Válgame Dios, cómo eres enojosa, ¿no puedes dejarme dormir?
Responde Placer de mi Vida:
-¡Oh! ¡Cómo soy doncella de mal sufrimiento! SalÃs ahora del baño y tenéis las carnes lisas y gentiles. Deléitome en tocarlas.
-Toca donde quieras, dice la princesa, pero no pongas la mano tan abajo.
Carmesina se adormila y Tirante es quien toca donde quiere. Yo, desde luego, imaginaba que ponÃa la mano bien abajo. Asà transcurre una hora. Cuando los dos conspiradores sienten que la princesa se ha dormido, la esclava se hace a un lado y Tirante decide pasar a actividades mayores, pero Carmesina se despierta exclamando:
-¿Qué malaventura haces que no quieres dejarme dormir esta noche? ¿Eres tornada loca que deseas intentar lo que va contra natura? Pero, añade el autor dejándonos maliciar el cómo, a poco rato ella conoció que era más que mujer, y no quiso consentir, antes comenzó a dar de gritos. Al escucharlos acuden los criados y, abreviando el final, les diré que Tirante tiene que huir descolgándose por una ventana sin ser visto, pero la cuerda es demasiado corta, le faltan doce varas para llegar al suelo, y el héroe se ve obligado a dejarse caer, rompiéndose una pierna en el porrazo.
Cuando por fin se recupera decide irse a combatir en el mar. La mala suerte hace que su nave se vaya a pique y él naufraga en el norte de Africa. Allá, sin manera de tornar al imperio griego y a su querida y aún virgen Carmesina, corre un sinfÃn de aventuras que lo llevan a conquistar, él solo, casi medio continente.
Asà pasan varios años antes de que vuelva a ver a su adorada. Cuando al fin lo logra, y se queda a solas con ella, ya no desperdicia la oportunidad. Mete mano donde puede y como puede. La princesa intenta defenderse y apaciguarlo. La belleza del texto, un verdadero tour de force del oficio, sorprendente en un escritor del medioevo, no consiente una sola descripción. El lector es testigo de lo que ocurre imaginando los hechos a través del monólogo y las quejas de la princesa. Dice asÃ:
-Reposáos, señor, y no queráis usar de tanta fuerza, que las fuerzas de tan delicada doncella no bastan para resistir a tal caballero. No me tratéis, por vuestra gentileza, de esta manera. Las victorias de amor no con fuerza mas con mañosos halagos y dulces ingenios se alcanzan. No porfiéis, señor, no seáis cruel. No penséis que esto sea batalla contra infieles. No queráis vencer lo que está vencido de vuestro amor. Hacedme parte de vuestra valentÃa para que os pueda resistir. ¡Ay, señor!, ¿cómo os puede deleitar cosa forzada? ¿cómo es posible que el amor consienta que hagáis mal a la cosa amada? Deteneos, señor, por vuestra virtud y mucha nobleza. Guardad, señor, que no deben cortar las armas del amor ni ha de herir ni llagar la lanza enamorada. Tened piedad y compasión de esta sola doncella. ¡Hay, caballero falso y cruel ¡Señor Tirante, aved compasión de mÃ! ¡No sois vos Tirante! Triste de mÃ, ¿y esto es lo que yo tanto deseaba? ¡Oh esperanza de mi vida, muerto habéis a vuestra princesa!
Otro de mis fantasmas favoritos brincó de improviso, como muñeco asomando de una caja de sorpresas, de la literatura policiaca. Lo que demuestra que los folletines aparentemente sin valor pueden ofrecernos también hallazgos extraordinarios. Se trata del final de una novela negra de Mickey Spilline, Yo, el Jurado. Su héroe, el detective Mike Hammer, se ve involucrado en una aventura que recuerda la trama de El Halcón Maltés porque, en el último capÃtulo, la culpable del delito resulta ser la hermosa mujer a la que él ha intentado enamorar sin éxito durante toda la novela. Por algo dicen cherchez la femme con tanto acierto los franceses. Apelo a mi memoria, o al fantasma que la ronda desde hace cuarenta años, para revivir esa postrera escena. Me parece que se encaran a solas en una habitación. Mike Hammer le anuncia que lo sabe todo, que la ha desenmascarado, y desenfunda su revólver, clara sustitución del falo dirÃa Freud, para arrestarla. Ella no se inmuta. Lo mira y, sin mediar palabra, empieza a desnudarse ante él. En un strip tease lento e indolente con el que intenta seducirlo, se descubre ante quien la descubre. Hasta aquà todo parece muy banal incluso para mi aturdida sensibilidad de los quince años. Pero la sutileza genial, la que hirió mi imaginación como una espada marcándola para siempre, llega con la postrera reflexión del detective, que el autor desliza justo al caer la última prenda: era una rubia genuina.
Me gustarÃa cerrar esta entrada citando las dos lÃneas finales de un poema de Jorge Luis Borges. A muchos les parecerá el autor menos erótico que les haya tocado leer, a menos que tengan cierta narcisista predilección por los espejos o inclinaciones bestiales hacia los tigres en los laberintos. Puede que tampoco tenga que ver con el tema pero yo lo considero uno de los más grandes escritores del siglo XX, me parece justo recordarlo y no se me ocurrió mejor punto final para esta página. Dice asÃ:
Tú,
Que ayer eras sólo toda la hermosura,
Eres también todo el amor, ahora.
Antonio Sarabia


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Hermoso y sugerente (como no podÃa ser de otra manera, tratándose de erotismo) comentario, Antonio. Saludos.
La verdad es que leer esto me dejo una agradable sensacion, y mas que nada me dejo pensando.. me gusta mucho la forma en que escribes, y lo que escribes, me encanto este post. saludos!
Muy Interesante el artÃculo, gracias por la aportación. La verdad que abordas los temas de una manera que es fácil leer y encandila.