El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón es algo más que un evento en donde se reúnen algunos de los nombres más famosos en la literatura de este y aquel lado del Atlántico. Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada año con impaciencia y nostalgia. El Instituto Jovellanos, ese noble, vetusto y tradicional sitio de reunión, está como hecho a la medida para salvaguardar los afectos, simpatías, correspondencias y complicidades con los que el oficio nos ha ligado a todos a través de los años. Ahí me encuentro siempre con algunos de mis mejores amigos. Ahí conocí hace algún tiempo a Lauren Mendinueta, la poetisa colombiana que con el tiempo llegaría a ser mi pareja.
Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda (aquí en una foto tomada por Daniel Mordzinski) son los generosos anfitriones de esta gran fiesta entrañablemente compartida con los lectores de dentro y fuera de Gijón que, durante una semana completa, disfrutan de charlas, conferencias, lecturas de poesía, talleres literarios para adultos (el organizado por Graciela Litvak), o para jóvenes (el dirigido por Lauren Mendinueta), además de las presentaciones de algunas de las últimas novedades aparecidas en las vitrinas de las librerías tanto españolas como latinoamericanas. Este año, el undécimo de su existencia, el Salón del Libro Iberoamericano se centrará en un homenaje a Salvador Allende, a cien años de su nacimiento, y en la exploración de las relaciones entre literatura y medio ambiente. Con este tema, “La Tierra Somos Todos”, me gustaría compartir con los lectores de Los Convidados una colaboración personal escrita especialmente para la revista Literastur que circulará durante el evento.

UN SABIO JUDÍO DEL SIGLO XIV Y LA HIPÓTESIS DE GAIA.

El tema de literatura y medio ambiente me permite compartir con los lectores de esta revista, y con los participantes del XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón, un pensamiento que puede parecer absurdo a unos y difícil de aceptar a otros, pero que a mí me ha inquietado desde la adolescencia y que, aunque nunca me había atrevido a expresarlo con esta franqueza, se transparenta en buena parte de mi literatura. Está implícito en El Cielo a Dentelladas, y Los Convidados del Volcán no es más que una vasta parábola del mismo concepto, pero donde se resume mejor y más explícitamente es en una escena de mi primera novela escrita, la que se publicaría en América como Banda de Moebius y más tarde en España como El Retorno del Paladín. En ella, Samuel, el médico judío del sultán de Granada, explica al principal protagonista del libro el verdadero sentido de los millares de astros que se observan en lo alto. Le dice que son esferas perfectas, de diferentes tamaños y coloraciones. Algunos como el sol son enormes piedras de fuego, brasas ardientes más grandes que los reinos de Granada y Castilla juntos. Y concluye: la Tierra, según lo demostraron los experimentos de Erastótenes hace mil años, es redonda y forma parte de la misma colectividad de estrellas y planetas que se mueven en el cielo.
Y ahí mismo, sin que yo hubiera entonces leído a Lovelock o a Vernadsky, sin conocer ni una sola palabra sobre la teoría de Gaia, que define a la Tierra como un organismo vivo, aquel sabio judío de mi invención se suelta el pelo afirmando que las estrellas se encienden y se apagan, nacen y mueren. Los planetas florecen y se secan, nacen y mueren también: machos y hembras celestiales que se acercan y se alejan eternamente teniendo como campo de reposo el espacio infinito… Ellos son los verdaderos habitantes del universo. Forman familias, sociedades, naciones enteras que se desplazan por el firmamento en busca de su propia tierra prometida. Son los ángeles y arcángeles, las verdaderas criaturas de Dios, el pueblo elegido. ¿Qué somos nosotros comparados con esos admirables moradores del cosmos? No somos nada: piojos que nos arrastramos sobre una cabeza celeste, parásitos que infestamos el cuerpo de un dios. Somos su enfermedad, somos su lepra, somos su mal, el mal que tal vez le conduzca a la muerte.
Después de aquellos primeros intuitivos alegatos, y evitando caer en antropomorfismos para niños, me he venido enterando de que, en efecto, hay científicos serios que coinciden en la actualidad con mi sabio judío del siglo XIV y que, para investigar sobre la posible existencia de vida en otros rincones del universo, se vieron obligados a puntualizar primero en qué consistía estar vivo. Al determinar esos parámetros se dieron cuenta, con no poca sorpresa, de que nuestro planeta, como tal, satisfacía todos los requisitos con que intentaron cuantificar el evento. Ese puntito azul pálido, como alguna vez llamó Carl Sagán a la Tierra, es en realidad un ser vivo suspendido en un soplo de luz como si el sol lo sostuviera en la mano. Un ente frágil, en realidad, desde el punto de vista cósmico, que utiliza la energía solar para mantener su propio equilibrio biológico, químico y térmico. Sí, la Tierra respira y transpira, como pensaba el viejo Samuel. En lo que ya no estoy de acuerdo con la tesis del sabio judío –yo era entonces mucho más joven e ignoraba ciertas cosas cuando puse aquellas subversivas palabras en su boca- es en que los seres que pueblan la superficie del planeta sean un accidente externo al mismo como “piojos que se arrastran sobre una cabeza celeste” o “parásistos que infestan el cuerpo de un dios”. No, muy al contrario, lo que nosotros llamamos vida está íntimamente relacionada con la constitución del planeta mismo, forma parte de su propia estructura y ejecuta funciones orgánicas de importancia primordial sin las cuales le sería imposible existir. Eso naturalmente incluye, tal vez más que a ninguna otra, a la especie inteligente que la habita. Alterar una simple preposición al punto de vista que tradicionalmente se nos ha inculcado sobre nosotros mismos podría generar un cambio radical en nuestra visión de la historia y el destino del género humano: el hombre no es la más evolucionada de las manifestaciones de la vida en la tierra sino la más evolucionada de las manifestaciones de la vida de la tierra.
Desde luego que nadie es eterno y que nuestra existencia como astro, aunque se mida en millones y millones de años es también perecedera. Y aquí me es imposible no citar a Pessoa refiriéndose al dueño del expendio de frente su casa que está a punto de sonreírle bajo el letrero de la tabaquería: Él morirá y yo moriré. / Él dejará el letrero, yo dejaré versos. / En cierto momento morirá el letrero también, y los versos también. / Después de algún tiempo morirá la calle donde estaba el letrero, / y la lengua en que fueron escritos los versos. / Morirá más tarde el rotante planeta en que todo esto se dio. / En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente / continuará haciendo cosas como versos y viviendo bajo cosas como letreros…
Eso ya lo precisaba asimismo Samuel, aunque de una manera más burda, en su apasionado discurso al héroe de El Retorno del Paladín. Lo que no decía es que aquellos que hacemos “cosas como versos” y vivimos “bajo cosas como letreros” personificamos la consciencia del planeta, somos hasta donde sabemos la única manifestación de su vida pensante, y aún tenemos mucho que reflexionar sobre cómo prolongar al máximo nuestra existencia en el cosmos y qué vamos a hacer con ella. Para eso estamos obligados a pesar y sopesar con responsabilidad e inteligencia, como hacía el sabio judío en su laboratorio, lo que erigimos cada día con lo que él llamaba la materia misma del universo: polvo, tierra, fuego, líquidos, gases, minerales, la sustancia viva de la que están hechas las estrellas y los planetas: la sagrada carne de los dioses.
Antonio Sarabia

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Una Respuesta a “El Salón del Libro Hispanoamericano, del 7 al 12 de mayo, la undécima edición.”
  1. Antonio Serrano Cueto (15 comments) dice:

    ¡Qué lejana aquella certeza de Juan Ramón Jiménez al escribir!:

    Y yo me iré, y seguirán los pájaros cantando…

    Nadie hablaba entonces de cambio climático. Saludos.

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