Hace unos d√≠as recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedic√≥ a los autores argentinos traducidos al italiano, hab√≠a sido otorgado a la obra Final de Novela en Patagonia de nuestro querido amigo, el escritor chaque√Īo Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947).
Mempo1.jpg picture by antoniosarabiaEl Giuseppe Acerbi tiene un significado especial porque no es un premio al que puedan presentarse los autores. Lo otorga el p√ļblico. Cada a√Īo, en febrero, la ciudad de Mantua solicita a un equipo acad√©mico la selecci√≥n de cuatro t√≠tulos de la literatura de un pa√≠s y el galard√≥n es fruto de una original iniciativa de lectura comunitaria.
Mempo Giardinelli recibi√≥ la notificaci√≥n oficial el 8 de julio, en la que se consignaba textualmente que su novela Finale di Romanzo in Patagonia, de la casa editora Guanda de Mil√°n, “hab√≠a suscitado un gran consenso tanto por el argumento como por el estilo narrativo”.
13_elsa-osorio-1.jpg picture by antoniosarabiaEn Los Convidados nos apresuramos a preparar una entrada con la noticia y el tradicional fragmento de la novela ganadora cuando, apenas ayer, nos lleg√≥ una rectificaci√≥n. Resulta que por error se envi√≥ el mismo comunicado tanto a Mempo Giardinelli como a Elsa Osorio, quien tambi√©n era finalista con la novela Cielo de Tango, y durante un par de d√≠as nadie pudo entender qu√© pasaba. Finalmente lleg√≥ la aclaraci√≥n de los organizadores: el Premio Acerbi de este a√Īo a la literatura argentina corresponde a la novela Cielo de tango (Lezione di tango), de Elsa Osorio, y el Premio Acerbi a la literatura de viajes 2009 corresponde a Final de novela en Patagonia (Finale di romanzo in Patagonia), de Mempo Giardinelli.
Pues felicidades a los dos, viejos amigos y colaboradores de Los Convidados. Como ya teníamos listo el post con el texto de Mempo lo ponemos a él. La próxima semana estará Elsa con algunas páginas escogidas de Cielo de Tango. Hasta entonces.

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11. TANGO POSMENEMISTA EN COMODORO

El camino hacia el Sur no es otra cosa que esa misma larga cinta de asfalto colocada como una dura alfombra sobre la piedra. Cada tanto el coche cae en un valle; cada tanto hay que remontar una sierra modesta. Pasa uno que otro cami√≥n, alg√ļn coche, pero durante largos minutos lo √ļnico que cruza el mundo somos nosotros y el peque√Īo coche rojo en el que viajamos. A los lados, tras las alambradas se ven muy pocas ovejas y algunos espor√°dicos grupos de √Īand√ļes o de guanacos pastando. Estos √ļltimos, especialmente, impresionan por su porte entre elegante y aburrido. Como todos los cam√©lidos, tienen las patas muy delgadas y el cuello enhiesto. En la Patagonia se los ve siempre hermosos, magn√≠ficos a la distancia, con esa extra√Īa apariencia distinguida que mezcla lo aristocr√°tico y lo salvaje. Desconfiados y homof√≥bicos, huyen siempre, guiados por una impulsiva inteligencia primitiva.
Durante horas recorremos el monótono, interminable camino recto que lleva al fin del continente. Pasamos velozmente por el costado de Trelew, vemos Rawson a lo lejos, no nos tentamos con la entrada a Gaiman ni a Sarmiento, ni a los Bosques Petrificados, que decidimos visitar al regreso. Ahora seguimos nuestro camino en línea recta, como se sigue un destino inexorable.
Luego de varias horas de marcha, aburrida y plana, horas en las que no cruzamos ni un pueblo, de pronto empezamos a ver una serie de carteles a la vera del camino, como flacos escuderos del desierto que avisan que hay una poblaci√≥n cercana y que es importante. Se anuncian hoteles, restaurantes, servicios. Comodoro Rivadavia se empieza a sentir en el aire desde varios kil√≥metros antes. No es la capital de la provincia, pero es la ciudad m√°s grande e importante de Chubut, verdadera antesala de la estepa santacruce√Īa.
Patagonia3.jpg picture by antoniosarabiaEs la ciudad donde vivi√≥ David Aracena (1914-1987), uno de los cuentistas m√°s interesantes de la regi√≥n. La misma del filme “Mundo Gr√ļa”, de Pablo Trapero. Tiene unos 125.000 habitantes y ha sido por d√©cadas la cabecera de YPF y el mayor centro petrolero nacional. Tambi√©n centro de corrupci√≥n e ineficiencia, hoy languidece industrialmente, como todo lo que la globalizaci√≥n se llev√≥.
Esa noche hemos decidido regalarnos un tradicional cordero patag√≥nico, y escogemos una parrilla de muy buen ver, en la zona portuaria. Nos sirven trozos asados, ensaladas y vino, y empezamos a sentirnos reconciliados con el viaje, el cansancio, el sue√Īo que avanza porque ma√Īana nos espera un tir√≥n largo: intentaremos llegar hasta R√≠o Gallegos en una sola etapa.
A los postres, y como hemos estado d√°ndole charla y alabado reiteradamente sus dotes de asador, el parrillero abandona las brasas donde toda la noche ha estado trozando y asando corderos y se acerca a nuestra mesa. Chupado de carnes, de cuerpo largo y flaco, canoso y arrugado, escucha nuestros √ļltimos elogios a la delicia que prepar√≥ pero sin darles mucha importancia. Enjuto y disf√≥nico, este hombre que aparenta muchos m√°s a√Īos que los escasos cincuenta que declara, tiene muchas ganas de hablar. T√≠pico joven de los ‚Äė70, acaso ex montonero o militante de las juventudes peronistas, o quiz√° de pasado anarquista pero seguramente disconforme y rebelde, ahora se lo ve completamente manso y m√°s bien triste. Fuma un Imparciales tras otro y tose cada tanto.
-Ah, si yo les contara mi historia -amenaza después de saludar y pedir permiso para charlar, evidentemente saliéndose de la vaina por contarla.
Un suave “adelante” lo embala. Pone primera y se lanza:
-Yo vine hace ya varios a√Īos, y la verdad es que el motivo fue que me dej√≥ mi mujer. Me la sopl√≥ un amigo, caray, uno de toda la vida. Incre√≠ble, ¬Ņno? Y a ella no s√© qu√© le pas√≥, aunque hoy la entiendo: yo no la ten√≠a bien y la pobreza es canalla, amigo… Pero lo peor son los a√Īos que llevo sin ver a los pibes. Tres, y eso es lo que m√°s me duele. Ni nos escribimos. Se pusieron del lado de la vieja, y uno, experto perdedor de altura, se la tuvo que bancar. Algun d√≠a van a entender. Espero, aunque no estoy tan seguro. Bueno, no estoy seguro de nada, ni de mi nombre, que en este caso es irrelevante. Puede llamarme Lito, si quiere, total…
En la historia de Lito se cruzan la impreparaci√≥n de una clase media que se imagin√≥ eterna y satisfecha para siempre, los sue√Īos desmesurados de una generaci√≥n idealista, la decadencia de un pa√≠s de indolentes y la crisis de un mundo que cambia valores por efectos. Lo miro hablar y me recuerda al Gordo Villanueva, un amigo de la infancia que en el Chaco siempre se mantuvo al margen de la pol√≠tica, tuvo un par de empresas de escasa fortuna, toc√≥ la guitarra y cant√≥ los mismos temas toda su vida, y ahora vende hamburguesas y es servicial y bueno como un pan pero tiene encima una tristeza tan grande que espanta.
Lito termina su soliloquio -en realidad un tango patagónico- y acaba hablando de la península. Es que la gente en la Patagonia tiene una intensa necesidad de hablar. De sus vidas, de su ambiente, de lo que hacen. Tienen una insaciable, perentoria necesidad de ser escuchados. Y casi siempre se ven compelidos a justificar su presencia allí, como si cada uno debiera delinear el espacio que ocupa en la inmensidad:
Patagonia4.jpg picture by antoniosarabia-La Patagonia es una c√°rcel abierta -define Lito-: uno est√° en libertad pero no se puede mover. Yo me quisiera ir cuanto antes, pero, no s√© por qu√©, me voy quedando. Digo que me voy, pero me quedo. Y me hago mucha mala sangre porque ac√° la gente no quiere laburar. Disculpe si suena reaccionario, pero es as√≠. Duermen la siesta si es verano, porque hace calor; y duermen la siesta si es invierno, porque hace fr√≠o. Nadie trabaja en serio, y entonces yo me siento un idiota y no veo la hora de irme… A Mar del Plata, aunque dicen que ahora tambi√©n all√° est√° brava la cosa, ¬Ņno?
Se sienta, confianzudo. Ya no quedan clientes en el restaurante, uno de los tantos que se abrieron en los a√Īos de bonanza petrolera en Comodoro. Como casi todos, tiene un nombre que evoca ballenas, orcas, ping√ľinos o lobos marinos. Fuma otro pucho, melanc√≥lico, acepta el caf√© con que lo invitamos y narra la historia de la mujer que lo tiene as√≠. Un tango, ni m√°s ni menos, aunque en plan fant√°stico.
-Mina brava, Alma Delia -declara-. Ya era rara desde el nombre, como esos de las telenovelas venezolanas de ahora, ¬Ņvio? Primero nos sali√≥ a todos con que se embaraz√≥ virgen. As√≠ como lo oye. Era de una familia muy religiosa, t√≠pica de clase media baja, bien chupacirios. Y le creyeron a la chica, c√≥mo no, si ella juraba y rejuraba que no hab√≠a tenido relaciones con el novio, o sea yo. Entonces la abuela, como al pasar, dijo que habr√≠a sido el Esp√≠ritu Santo. Nadie supo si lo dijo en serio o en broma, la vieja, pero todos se engancharon con la fantas√≠a. Incluso este servidor. Porque yo no la hab√≠a tocado, digamos, en lo sexual. Uno que otro beso de zagu√°n, como se hac√≠a antes, un franeleo de cocina y nada m√°s. Yo era pibe y habr√© sido gil, tambi√©n, pero el caso es que la quer√≠a. Y me cas√© con ella y viera c√≥mo lo quise al pibe, fuera hijo del Esp√≠ritu Santo o de Magoya. Despu√©s vinieron dos m√°s y yo creo que fuimos felices. Un tiempo, digo, o a lo mejor fue todo pura ilusi√≥n. Qui√©n sabe. Hasta que vino la noche.
Carraspea, chupa el cigarrillo hasta que la brasita arde como una culpa y concluye:
-Y la noche, mi amigo, tiene nombres: el de Alma Delia en brazos de un traidor; y el del Turco hijo de su madre que prometió Revolución Productiva pero rifó el país y pudrió la moral.
En ese momento entra un grupo de japoneses. Son como veinte y llegan como llegan ellos: llenos de c√°maras y sonrisas. Un gu√≠a que los trae de qui√©n sabe d√≥nde ruega que se les prepare algo de comer. Lito se hace rogar unos segundos y luego declara que no hay m√°s cordero por esa noche, salvo unos restos que, si les gusta, se los escabecha en segundos… Y enseguida se dirige a la cocina donde ordena minutas y ensaladas. Cuando regresa junto a nosotros, que nos aprestamos a salir, nos gui√Īa un ojo, juguet√≥n, y dice:
-La Argentina es un pa√≠s maravilloso, viejo. Ni gente como nosotros seremos capaces de echarlo a perder del todo. ¬ŅNo ve que ac√° siempre se inventa algo de comer?
Salimos a la calle y andamos bajo el viento fr√≠o que viene de la bah√≠a. Algunas luces se reflejan arriba, sobre Comodoro, que a esa hora es un interrogante negro. Pensando en Lito, o como se llame, me viene a la memoria una frase maravillosa de El√≠as Canetti en El suplicio de las moscas: “Aunque esta vida fuese a√ļn m√°s humillante, tampoco renunciar√≠a a ella”.
Fernando me pregunta cu√°l creo yo que podr√≠a ser la m√°s fuerte representaci√≥n po√©tica de la noche. Coincidimos en escoger la met√°fora de Borges: “la un√°nime noche”. Con un solo adjetivo la define inmensa, eterna y absoluta.
S√© que esa noche so√Īar√© algo que ya so√Ī√© otras veces.

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16- 45 A√ĎOS NO ES NADA

Seguimos viaje y el paisaje vuelve a ser, como siempre, solamente piedra, viento, nada. Lo que empieza a impresionar, por estos rumbos, es el tama√Īo de la monoton√≠a. Muchos cientos, casi dos mil kil√≥metros lineales y todo es igual: √°rido, ondulado, inmensurable.
Patagonia2.jpg picture by antoniosarabiaEl paisaje se corresponde con este viento inclemente que de pronto sacude al cochecito, que en un segundo lo contrar√≠a todo, que dificulta el crecimiento de los √°rboles y de la vegetaci√≥n y que incluso seca en el acto la lluvia que cae, cuando cae. Porque la lluvia patag√≥nica es como un capricho, un raro empe√Īo atl√°ntico o andino, seg√ļn de d√≥nde venga, que inexorablemente terminar√° sometido por el viento. No se ve a nadie, ni un gaucho, ni un reba√Īito de ovejas, ni un casco de estancia. Todo en el paisaje es esa brutal inmensidad gris, y todo es piedra, viento, nada.
Despu√©s de varias horas paramos en Puerto San Juli√°n. Es un pueblo simp√°tico, m√°s armonioso que Caleta Olivia y un poco m√°s limpio. Desandamos toda la larga avenida principal y llegamos a la r√≠a, que es preciosa, para almorzar mirando las gaviotas. Hay all√≠ un par de viejos barcos sobre la costa, colocados a modo de monumentos hist√≥ricos, de cuando este pueblo ten√≠a una industria pesquera en desarrollo. Aqu√≠ hubo una planta frigor√≠fica de la empresa Swift, que fue instalada en 1909 para enviar carne ovina en latas a Inglaterra y Europa. Lleg√≥ a faenar unos 240.000 animales por a√Īo y fue clausurada en 1963, o sea -podr√≠a pensarse- en los amaneceres de la globalizaci√≥n. Estos barquitos est√°n pintados uno de amarillo y el otro de azul, ambos colores muy estridentes, como si el pintor hubiese sido un hincha fan√°tico de Boca Juniors. O un nacionalista sueco. Frente al Club de Pescadores y donde empieza la costanera, el sitio ser√≠a muy agradable si no fuera que lo echa a perder, como a todo en la Patagonia, el viento. Es un condenado viento que no deja nada quieto, tiene la tenacidad de los necios y para colmo es ant√°rticamente fr√≠o. Nos lo bancamos porque es el mediod√≠a y hemos decidido obsequiarnos un picnic disfrutando del paisaje de gaviotas y de patos que vuelan en gordas bandadas sobre la r√≠a.
De pronto se nos acerca un hombre mayor, elegantemente vestido, con una formidable c√°mara fotogr√°fica. A m√≠ se me hace vagamente conocido, como si en otros tiempos, en alg√ļn lugar o en otra vida, lo hubiese visto. Nos pregunta si no ha venido el lanchero. No, no tenemos ni la menor idea. El hombre menea la cabeza, de cabellos blancos tupidos, y dice que lo va a esperar igual. Nos mira comer y lo invitamos con un poco de pan y pat√©. √Čl niega con la cabeza y agradece, de lo m√°s formal, pero no se va. “Z√°s, me digo interiormente, otro que no puede contener sus ganas de hablar”. As√≠ que le tiro de la lengua apenas un poquito, casi profesionalmente, y el hombre se derrama:
-Hace 45 a√Īos que me fui de este pueblo -dice- y nunca m√°s volv√≠. Hasta ahora. Y estoy tan impresionado que no lo puedo creer. Llegu√© hace dos d√≠as y no hago otra cosa que caminar. Ahora quer√≠a dar un paseo por la r√≠a pero el lanchero no aparece. ¬ŅSeguro que ustedes no lo vieron?
Le juramos que no. El hombre recorre la costanera con la vista. Parece desolado, pero ya no puede parar:
-Mi vieja era de Salta y mi viejo de Buenos Aires. √Čramos muy pobres y yo apenas hice la primaria, y encima incompleta. Y despu√©s un d√≠a me sub√≠ a un barco y me fui a ver c√≥mo era el mundo, y no me importaba nada de nada porque sent√≠a que detr√°s de m√≠ no quedaba nada…
Sólo entonces advierto que habla un castellano medio duro, como desgastado. Y aunque su rostro se me hace conocido, no consigo ubicarlo en mi memoria. El hombre me pregunta si acaso yo lo recuerdo. Entonces exprimo quién sabe qué neurona y creo descubrirlo.
-Usted -le digo lentamente, tanteando para no ofender- es uno de aquellos marineros argentinos que se quedaron varados en Hamburgo hace un mont√≥n de a√Īos, ¬Ņverdad?
-Me recuerda -afirma con la cabeza, contento como un chico, y se le iluminan los ojos.
En efecto, hace unos diez a√Īos, durante una conversaci√≥n circunstancial despu√©s de una conferencia en la Academia de las Artes, de Hamburgo, se me acercaron cuatro compatriotas de hablar alemanado y me contaron una extra√Īa historia. Marineros rasos de un carguero argentino, al enterarse de un golpe de estado en Buenos Aires decidieron quedarse un tiempo en Alemania. Aquella vez, atropelladamente, entre los cuatro me contaron una historia tan triste y tan argentina como corriente: uno de ellos sab√≠a cantar tangos, otro tocaba la guitarra y un tercero el bandone√≥n, de modo que ah√≠ nom√°s armaron una especie de murguita viajera y el cuarto hac√≠a de representante. Nunca salieron de Alemania porque no ten√≠an documentos, que quedaron en el barco, y terminaron siendo trabajadores ilegales por d√©cadas, una verdadera familia. Fueron envejeciendo juntos y cuando yo los vi estaban pensando en volver, por eso hab√≠an empezado a acercarse a las actividades de los argentinos que pasaban por Hamburgo. Yo sab√≠a que m√°s o menos como la de ellos habr√≠a sido la suerte de tantos argentinos varados en Europa por diferentes circunstancias. Nadie sabe lo que le depara la vida, pero nosotros, los argentinos, ya sabemos que ese enigma suele ser uno de los disfraces que utiliza la desdicha para hacerse soportable. Y la historia de estos hombres era una de tantas. Aunque lo que m√°s me hab√≠a impresionado, aquella vez, fue una frase de esas que miden el tiempo de modo tan sencillo como impactante:
-En m√°s de treinta a√Īos nunca volvimos. Ninguno de nosotros.
Ahora, gaseosa en mano, mi curiosidad resulta vencida por el temor de preguntarle por los otros tres. Pero él se adelanta a mi interrogante.
-Soy el √ļnico que queda -dice, como sin emociones-. Por eso me dije que ya era hora. Hace 45 a√Īos que me fui y no me quer√≠a morir sin volver.
-¬ŅY ahora qu√© hace?
-Pude arreglar mis papeles y estoy jubilado. Y un poco solo.
Busca con la mirada al lanchero, que evidentemente no viene. No hay nadie m√°s que nosotros en el g√©lido mediod√≠a de Puerto San Juli√°n y a m√≠ se me hace que si nos vamos ese hombre terminar√° destruido, se va a desintegrar como un castillo de arena. Alguien deber√≠a hacer algo por √©l. Pero lo √ļnico que hacemos es silencio, mientras el tipo fotograf√≠a unos patos que pasan bajito como por no quedarse quieto y yo no me atrevo a meterme en su intimidad. Ha de ser un infierno de tristeza y no me autorizo la canallada de urgar all√≠. El hombre se da cuenta, acaso lo agradece, y entonces se desv√≠a:
-C√≥mo ha cambiado San Juli√°n… Usted no se imagina lo que era esto cuando yo era chico. Ahora por lo menos hay pavimento y esta costanera no est√° nada mal. Se ha modernizado.
-¬ŅTiene parientes aqu√≠, todav√≠a?
El hombre, distraidamente, toma una foto de la costanera con un teleobjetivo que parece un ca√Ī√≥n.
-No, ni parientes ni amigos. Ahora no conozco a nadie. 45 a√Īos es demasiado tiempo… Lo √ļnico que tengo aqu√≠ son recuerdos. Pero todos lindos. Y eso es un verdadero tesoro, ¬Ņno cree?
Por supuesto, acordamos, por supuesto. Entonces él saluda y se va caminando por la costanera. A los pocos metros se da vuelta y me grita, sonriente:
-Si quiere, un d√≠a de estos le cuento alguno, ¬Ņeh?
El viento parece haberse calmado un poco y yo s√© que esa noche voy a so√Īar un sue√Īo que ya otras veces he so√Īado. Solo y en calzoncillos, pero con mi billetera y un escapulario en la mano, camino agitado por el barrio porte√Īo de Pompeya. No s√© ad√≥nde voy ni qui√©n me persigue, pero debo huir. Arrojo la billetera a un tacho de basura, tiro el escapulario en un zagu√°n entreabierto y corro. No hay autobuses, no paran los taxis, empiezo a desesperarme y entonces me despierto.

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Una Respuesta a “El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores”
  1. Una vez mas Italia se hace eco en la entrega de unos premios en los que los ganadores son elegidos por el publico en general, podian tomar nota los premios principe de asturias, asi no podran decir que los galardonados no son del agrado de las masas.

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