El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte
Escrito por: Antonio Sarabia en Literatura argentina, Literatura hispanoamericana, Narrativa hispanoamericana contemporáneaLa semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.
Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos, nos dice en su carta. En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres) un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman “un vero e proprio esercito di accaniti lettori”. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que “ganaron” porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante. Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso.
Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.
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DEL CAPÍTULO SIETE
Estuvo a punto de no traer su portátil, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende piensa que de algún modo intuía lo que está pasando en este momento: esas mariposas en el estómago, esa excitación ante la pantalla esperando que él plasme sus imágenes, que él vaya sacando la historia que quiere contar en su película. Las yemas de los dedos y esa caricia enérgica a cada letra, las letras anudándose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de imágenes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir dónde empezar la historia. ¿Por los mayores? ¿Por el personaje central, en los años veinte? ¿O por los contemporáneos, ellos mismos, Ana y él?
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.
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DEL CAPÍTULO UNO
No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.
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DEL CAPÍTULO DOS
Hernán avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inmóvil unos segundos, concentrándose, la mano cálida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocación que su compañera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atrás y esos voleos para lucirse.
Se lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: Más importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompaña, ella es quien excita la imaginación. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atrás, la Ñata intima a esas quebradas que cortan el aliento.
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.
–¿Querés bailar con él, Joaquina? –pregunta Hernán con tono calmo.
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.
–Y vos también, Joaquina, te vas. Y para siempre.
Una lástima, una gran pérdida, pero no es Hernán quien va a decirle a Mamita cómo manejar su casa. Se lo advirtió a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca más aceptará una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hernán, y no me ponga esa carucha, no, cómo se va a ir, con tanta mujer hermosa deseándolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la Ñata, no es bonita pero quién mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el trío.
–¿Bailamos, preciosa?
Mr. O’Gorman, el inglés con quien Hernán debería negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. Andá con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le había advertido su hermano César. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Debería haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la Ñata difícil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.
Hernán sacó el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la mañana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le había dicho su padre. ¿Cien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo único que tenía claro era que tanto los mínimos como los máximos que podía obtener en esa negociación eran cifras siderales, lo había pensado anoche cuando compró a Mamita las latas para entregar a las mujeres: había una enorme desproporción entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¿Cuántas veces podría girar en la pista con Joaquina y con la Ñata con una sola de las vacas que quería comprar el inglés? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cuántas exactamente, pero lo disimularía ante O’Gorman, era una primera conversación. Sólo de pensar que tendría que tener otras, el agobio lo ganó.
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.
Ese abrazo soy yo, Tango, así de simple como lo sentías vos, Hernán, en aquellos tiempos. Pasaron años debatiendo sobre mis orígenes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo único importante, lo que me funda, es ese abrazo. (…)
Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus códigos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos querían parecerse a los compadritos, pero vos sabías que no era cuestión de vestirse de negro, ni de ponerse un pañuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirigían a esos criollos de piernas ágiles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin más provocación que la de tu cuerpo bailando, vos habías logrado un lugar de admiración y respeto.
–No nos vas a fallar esta noche, Hernán.
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.
Los muros de la sala de música, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo, agudas y susurrantes, y sorprenden a Hernán cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y espía por la puerta entreabierta. Su hermana, Inés, gira y extiende la mano a una chica.
–Así, ¿ves? hacelo vos ahora.
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda imán. Pero si es… ¡Asunción! ¿Cuándo ha ganado ese cuerpo y estatura? –se asombra Hernán–. Y en un salto, ahí está, tomándole la mano para que dé la media vuelta en la mazurca: Girá ahora, muy bien.
–Idiota, nos asustaste –protesta Inés. .
¿Bailando a esas horas? ¿Han bebido tanto como él? En ese caso, están preparadas para una experiencia que jamás olvidarán: les enseñará una danza nueva.
Probablemente Hernán ha bebido más de la cuenta, pero no es la única razón por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunción –ojazos como moscardones, la sorpresa arrebatándole las mejillas– por la cintura. Es ella, su cuerpo ávido, quien lo impulsa.
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la lámpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sofá y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habrían de pasar muchos años antes de que me aceptaran en casas como aquélla, pero esa noche de 1897, con vos, Hernán, con tu silbido orgulloso, entré con toda naturalidad.
Inés tararea la melodía y gira. Asunción, elástica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hernán dibuja en su espalda. Estás preciosa, le susurra al oído. Y ella: que es el vestido de Inés, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa «marca» –explica– que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atrás, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que él la recupere haciéndola girar otra vez hacia él. Estás hecha para el tango. El brazo de Hernán, firme, sosteniéndola, aproximándola a él en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (…)
Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.
Mirame Hernán, dice Inés, pero difícil desprenderse de la sugestión de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que él le propone, como si llevaran años bailando, como si fuera la Tero o la Ñata, pero es Asunción, por eso él no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desearía, no, sólo la mira, brillante y dócil a sus marcas. Tan ensimismado está que no percibe que Inés ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunción quien lo despierta, desprendiéndose con brusquedad de su abrazo porque ahí, frente a Inés, están sus padres, seguramente más sorprendidos que ellos mismos.
–Pe… pero qué es esto… ¿Cómo se atreven? –dice su padre–. Cómo te atreves, Hernán, a traer esa música y a… –señala sin mirar hacia donde Asunción ha ido a refugiarse, junto a Inés– Esa música indecente.
–No sabía que la conocía, padre.
–Insolente –una furia frenada, la voz baja y los ojos achicándose, como si pudiera así apuntar con precisión a Hernán.
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DEl CAPÍTULO TRES
Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arpía– le estaban embarrando el terreno. Escupió con bronca: en cualquier momento hacía los petates y se volvía a Montevideo, a esa altura otras muertes habrían tapado la que debía. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relamió de gusto. Esa tarde adornaría la pieza con algún cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero tenía esos detalles.
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con él, como ella le pedía. Nunca le dijo que se había mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dejó provisoriamente en lo de Talón, aunque ahí poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Tenía que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo tenía harto, debería buscar nueva mercadería. Si la pudiera convencer a Asunción, la chinita de San Nicolás, pero aún estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como debía. Estaba seguro –si algo conocía el Oriental eran las mujeres– la arpía de de que Asunción sería una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apretó contra el árbol lo puso al palo. Hacía tiempo que no le tenía tantas ganas a una hembra. Ella diciéndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprendía rápido a enredarse con la suya, que lamía su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abría paso hacia el pecho de Asunción. Fue la calentura, una calentura de aquéllas, la que la llevó a apartarlo, él ahí boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que están a unos metros del portón, que si la pescan ahí, la matan. Entonces si fuera en otro lado… ella misma se lo dio a entender.
De todos modos, de poder llevársela a la cama a conseguir que trabajara para él había un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversión a futuro. Todavía debería amasarla mucho más. Que le gustaba mucho pero que aún no tenía un buen trabajo, sólo eso le decía por ahora. Asunción virgencita pero una brasa a punto de encender, le había soltado lo del casamiento la tarde que la invitó al circo y él le siguió el juego, ¿por qué no? Para cada mina un verso era su lema.
En cuanto probara el dulce –y faltaba muy poco– sería como con las otras: haría todo lo que él quisiera para no privarse de ese placer que él sabía dar a las mujeres.
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.
Una idea renovadora te pedía tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de María, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del salón, decorado por un pintor italiano, se te ocurrió aquella otra, disparatada, como te diría César, espléndida, según Inés.
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DEL CAPÍTULO DIEZ
Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entró al café Royal. La débil luz de las lámparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurecía aún más esas caras toscas, monótonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Bebían, hablaban, reían, fumaban, chillaban, apiñados en torno a mesas tambaleantes. Qué asco le daban. ¿Cómo podían atraerle a Carlota esas gentes? Buscó su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, buscó su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.
–¿Los conoces? –lo sorprendió Gonzalo, y antes de que inventara una excusa– es Bernstein, el alemán del fuelle.
–Lo escuché en algún lugar –mintió.
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.
–Bernstein, aquí, un admirador suyo, Vicente Ponce.
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclamándolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todavía estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¿Bühl? No escuchó su nombre por el zumbido de las imágenes de Carlota extendida en el pasto, cuando cayó del caballo, escondiéndose entre las sábanas para que él la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inmóvil, absurdo, permaneció allí, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente inventó una sonrisa y se despidió.
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.
–Te venís inmediatamente conmigo.
–¿Quién es este tipo, Carlota?
–Un amigo de la madre de esta niña –cortó, autoritario.
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.
La discusión no duró ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ningún lado, antes sí, pero él no quiso ¿recordaba? Y ahora era ella la que no quería, ella la que tenía inconvenientes, y si insistía en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¿cómo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como él? Vicente no quería escuchar una palabra más. La tomó del brazo con fuerza y pretendió arrastrarla, pero no llegó a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alemán lo dejó tirado en el suelo.
El odio que Vicente sentía cuando se levantó lo convenció de que podía enfrentarse con el alemán y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trató de interponerse, pero él, o quizás el mismo alemán, la apartó. Y pronto fue otro puño, Vicente, como un muñeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres pegándose entre sí, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alemán buscándolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebró en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponiéndose: basta, basta, déjenlo.
Cuando abrió los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se podía incorporar. Lo ayudó a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanzó a ver a ese grupo que se mantenía a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidió. Lo acompañó hasta la calle y caminó a su lado.
–¿No quiere un médico, don? Puedo acompañarlo a la asistencia pública.
El dolor era punzante. No, estaba bien, quería su coche. No estaba en condiciones de conducir, él mismo lo iba a acompañar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.



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