La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.
Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabiaPromet√≠ entonces que esta semana, tambi√©n seleccionados por la propia autora, tendr√≠amos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porte√Īa Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompa√Ī√≥ sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos, nos dice en su carta. En diciembre del 2007 fue el de la secci√≥n internacional del Pi√Ļ libri pi√Ļ liberi, (M√°s libros, m√°s libres) un premio de c√≠rculos de lectura activos en bibliotecas que forman “un vero e proprio esercito di accaniti lettori”. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusi√≥n sobre los libros. Un d√≠a votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que “ganaron” porque triunf√≥ la novela que votaron ellos es emocionante. Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en esas urnas, fueran ellos tambi√©n el libro. Maravilloso.
Lezione2.jpg picture by antoniosarabiaPues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el p√ļblico sea el √ļnico, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.
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DEL CAP√ćTULO SIETE

Estuvo a punto de no traer su port√°til, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende piensa que de alg√ļn modo intu√≠a lo que est√° pasando en este momento: esas mariposas en el est√≥mago, esa excitaci√≥n ante la pantalla esperando que √©l plasme sus im√°genes, que √©l vaya sacando la historia que quiere contar en su pel√≠cula. Las yemas de los dedos y esa caricia en√©rgica a cada letra, las letras anud√°ndose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de im√°genes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir d√≥nde empezar la historia. ¬ŅPor los mayores? ¬ŅPor el personaje central, en los a√Īos veinte? ¬ŅO por los contempor√°neos, ellos mismos, Ana y √©l?
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.

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DEL CAP√ćTULO UNO

No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.
Qu√© buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compa√Īero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidi√≥ ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del tel√©fono, del correo electr√≥nico, como si no existiera nada m√°s interesante que esperar el llamado de su siempre ocupad√≠simo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sinti√≥ esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le ped√≠a tango. Una ducha r√°pida y el vestido negro. Se calz√≥ las zapatillas y guard√≥ los zapatos de baile en el bolso. S√≥lo bailar pod√≠a sacarla de ese estado.

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DEL CAP√ćTULO DOS

Hern√°n avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inm√≥vil unos segundos, concentr√°ndose, la mano c√°lida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocaci√≥n que su compa√Īera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atr√°s y esos voleos para lucirse.
P1010001.jpg picture by antoniosarabiaSe lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: M√°s importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompa√Īa, ella es quien excita la imaginaci√≥n. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atr√°s, la √Ďata intima a esas quebradas que cortan el aliento.
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.
–¬ŅQuer√©s bailar con √©l, Joaquina? –pregunta Hern√°n con tono calmo.
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.
–Y vos tambi√©n, Joaquina, te vas. Y para siempre.
Una l√°stima, una gran p√©rdida, pero no es Hern√°n quien va a decirle a Mamita c√≥mo manejar su casa. Se lo advirti√≥ a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca m√°s aceptar√° una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hern√°n, y no me ponga esa carucha, no, c√≥mo se va a ir, con tanta mujer hermosa dese√°ndolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la √Ďata, no es bonita pero qui√©n mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el tr√≠o.
–¬ŅBailamos, preciosa?
Mr. O’Gorman, el ingl√©s con quien Hern√°n deber√≠a negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. And√° con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le hab√≠a advertido su hermano C√©sar. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Deber√≠a haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la √Ďata dif√≠cil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.
Hern√°n sac√≥ el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la ma√Īana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le hab√≠a dicho su padre. ¬ŅCien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo √ļnico que ten√≠a claro era que tanto los m√≠nimos como los m√°ximos que pod√≠a obtener en esa negociaci√≥n eran cifras siderales, lo hab√≠a pensado anoche cuando compr√≥ a Mamita las latas para entregar a las mujeres: hab√≠a una enorme desproporci√≥n entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¬ŅCu√°ntas veces podr√≠a girar en la pista con Joaquina y con la √Ďata con una sola de las vacas que quer√≠a comprar el ingl√©s? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cu√°ntas exactamente, pero lo disimular√≠a ante O’Gorman, era una primera conversaci√≥n. S√≥lo de pensar que tendr√≠a que tener otras, el agobio lo gan√≥.
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.
Ese abrazo soy yo, Tango, as√≠ de simple como lo sent√≠as vos, Hern√°n, en aquellos tiempos. Pasaron a√Īos debatiendo sobre mis or√≠genes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo √ļnico importante, lo que me funda, es ese abrazo. (…)

Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus c√≥digos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos quer√≠an parecerse a los compadritos, pero vos sab√≠as que no era cuesti√≥n de vestirse de negro, ni de ponerse un pa√Īuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirig√≠an a esos criollos de piernas √°giles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin m√°s provocaci√≥n que la de tu cuerpo bailando, vos hab√≠as logrado un lugar de admiraci√≥n y respeto.
–No nos vas a fallar esta noche, Hern√°n.
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.

Lezioneditango.jpg picture by antoniosarabiaLos muros de la sala de m√ļsica, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo,¬†agudas y susurrantes, y sorprenden a Hern√°n cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y esp√≠a por la puerta entreabierta. Su hermana, In√©s, gira y extiende la mano a una chica.

–As√≠, ¬Ņves? hacelo vos ahora.
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda im√°n. Pero si es… ¬°Asunci√≥n! ¬ŅCu√°ndo ha ganado ese cuerpo y estatura? –se asombra Hern√°n–. Y en un salto, ah√≠ est√°, tom√°ndole la mano para que d√© la media vuelta en la mazurca: Gir√° ahora, muy bien.
–Idiota, nos asustaste –protesta In√©s. .
¬ŅBailando a esas horas? ¬ŅHan bebido tanto como √©l? En ese caso, est√°n preparadas para una experiencia que jam√°s olvidar√°n: les ense√Īar√° una danza nueva.
Probablemente Hern√°n ha bebido m√°s de la cuenta, pero no es la √ļnica raz√≥n por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunci√≥n –ojazos como moscardones, la sorpresa arrebat√°ndole las mejillas– por la cintura. Es ella, su cuerpo √°vido, quien lo impulsa.
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la l√°mpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sof√° y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habr√≠an de pasar muchos a√Īos antes de que me aceptaran en casas como aqu√©lla, pero esa noche de 1897, con vos, Hern√°n, con tu silbido orgulloso, entr√© con toda naturalidad.
In√©s tararea la melod√≠a y gira. Asunci√≥n, el√°stica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hern√°n dibuja en su espalda. Est√°s preciosa, le susurra al o√≠do. Y ella: que es el vestido de In√©s, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa ¬ęmarca¬Ľ –explica– que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atr√°s, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que √©l la recupere haci√©ndola girar otra vez hacia √©l. Est√°s hecha para el tango. El brazo de Hern√°n, firme, sosteni√©ndola, aproxim√°ndola a √©l en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (…)

Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.
Mirame Hern√°n, dice In√©s, pero dif√≠cil desprenderse de la sugesti√≥n de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que √©l le propone, como si llevaran a√Īos bailando, como si fuera la Tero o la √Ďata, pero es Asunci√≥n, por eso √©l no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desear√≠a, no, s√≥lo la mira, brillante y d√≥cil a sus marcas. Tan ensimismado est√° que no percibe que In√©s ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunci√≥n quien lo despierta, desprendi√©ndose con brusquedad de su abrazo porque ah√≠, frente a In√©s, est√°n sus padres, seguramente m√°s sorprendidos que ellos mismos.
–Pe… pero qu√© es esto… ¬ŅC√≥mo se atreven? –dice su padre–. C√≥mo te atreves, Hern√°n, a traer esa m√ļsica y a… –se√Īala sin mirar hacia donde Asunci√≥n ha ido a refugiarse, junto a In√©s– Esa m√ļsica indecente.
–No sab√≠a que la conoc√≠a, padre.
–Insolente –una furia frenada, la voz baja y los ojos achic√°ndose, como si pudiera as√≠ apuntar con precisi√≥n a Hern√°n.

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DEl CAP√ćTULO TRES

Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arp√≠a– le estaban embarrando el terreno. Escupi√≥ con bronca: en cualquier momento hac√≠a los petates y se volv√≠a a Montevideo, a esa altura otras muertes habr√≠an tapado la que deb√≠a. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relami√≥ de gusto. Esa tarde adornar√≠a la pieza con alg√ļn cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero ten√≠a esos detalles.
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con √©l, como ella le ped√≠a. Nunca le dijo que se hab√≠a mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dej√≥ provisoriamente en lo de Tal√≥n, aunque ah√≠ poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Ten√≠a que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo ten√≠a harto, deber√≠a buscar nueva mercader√≠a. Si la pudiera convencer a Asunci√≥n, la chinita de San Nicol√°s, pero a√ļn estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como deb√≠a. Estaba seguro –si algo conoc√≠a el Oriental eran las mujeres– la arp√≠a de de que Asunci√≥n ser√≠a una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apret√≥ contra el √°rbol lo puso al palo. Hac√≠a tiempo que no le ten√≠a tantas ganas a una hembra. Ella dici√©ndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprend√≠a r√°pido a enredarse con la suya, que lam√≠a su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abr√≠a paso hacia el pecho de Asunci√≥n. Fue la calentura, una calentura de aqu√©llas, la que la llev√≥ a apartarlo, √©l ah√≠ boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que est√°n a unos metros del port√≥n, que si la pescan ah√≠, la matan. Entonces si fuera en otro lado… ella misma se lo dio a entender.
De todos modos, de poder llev√°rsela a la cama a conseguir que trabajara para √©l hab√≠a un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversi√≥n a futuro. Todav√≠a deber√≠a amasarla mucho m√°s. Que le gustaba mucho pero que a√ļn no ten√≠a un buen trabajo, s√≥lo eso le dec√≠a por ahora. Asunci√≥n virgencita pero una brasa a punto de encender, le hab√≠a soltado lo del casamiento la tarde que la invit√≥ al circo y √©l le sigui√≥ el juego, ¬Ņpor qu√© no? Para cada mina un verso era su lema.
En cuanto probara el dulce –y faltaba muy poco– ser√≠a como con las otras: har√≠a todo lo que √©l quisiera para no privarse de ese placer que √©l sab√≠a dar a las mujeres.
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.
Una idea renovadora te ped√≠a tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de Mar√≠a, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del sal√≥n, decorado por un pintor italiano, se te ocurri√≥ aquella otra, disparatada, como te dir√≠a C√©sar, espl√©ndida, seg√ļn In√©s.

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DEL CAP√ćTULO DIEZ

Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entr√≥ al caf√© Royal. La d√©bil luz de las l√°mparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurec√≠a a√ļn m√°s esas caras toscas, mon√≥tonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Beb√≠an, hablaban, re√≠an, fumaban, chillaban, api√Īados en torno a mesas tambaleantes. Qu√© asco le daban. ¬ŅC√≥mo pod√≠an atraerle a Carlota esas gentes? Busc√≥ su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, busc√≥ su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.
–¬ŅLos conoces? –lo sorprendi√≥ Gonzalo, y antes de que inventara una excusa– es Bernstein, el alem√°n del fuelle.
–Lo escuch√© en alg√ļn lugar –minti√≥.
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.
–Bernstein, aqu√≠, un admirador suyo, Vicente Ponce.
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclam√°ndolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todav√≠a estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¬ŅB√ľhl? No escuch√≥ su nombre por el zumbido de las im√°genes de Carlota extendida en el pasto, cuando cay√≥ del caballo, escondi√©ndose entre las s√°banas para que √©l la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inm√≥vil, absurdo, permaneci√≥ all√≠, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente invent√≥ una sonrisa y se despidi√≥.
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.
–Te ven√≠s inmediatamente conmigo.
–¬ŅQui√©n es este tipo, Carlota?
–Un amigo de la madre de esta ni√Īa –cort√≥, autoritario.
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.
La discusi√≥n no dur√≥ ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ning√ļn lado, antes s√≠, pero √©l no quiso ¬Ņrecordaba? Y ahora era ella la que no quer√≠a, ella la que ten√≠a inconvenientes, y si insist√≠a en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¬Ņc√≥mo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como √©l? Vicente no quer√≠a escuchar una palabra m√°s. La tom√≥ del brazo con fuerza y pretendi√≥ arrastrarla, pero no lleg√≥ a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alem√°n lo dej√≥ tirado en el suelo.
El odio que Vicente sent√≠a cuando se levant√≥ lo convenci√≥ de que pod√≠a enfrentarse con el alem√°n y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trat√≥ de interponerse, pero √©l, o quiz√°s el mismo alem√°n, la apart√≥. Y pronto fue otro pu√Īo, Vicente, como un mu√Īeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres peg√°ndose entre s√≠, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alem√°n busc√°ndolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebr√≥ en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponi√©ndose: basta, basta, d√©jenlo.
Cuando abri√≥ los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se pod√≠a incorporar. Lo ayud√≥ a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanz√≥ a ver a ese grupo que se manten√≠a a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidi√≥. Lo acompa√Ī√≥ hasta la calle y camin√≥ a su lado.
–¬ŅNo quiere un m√©dico, don? Puedo acompa√Īarlo a la asistencia p√ļblica.
El dolor era punzante. No, estaba bien, quer√≠a su coche. No estaba en condiciones de conducir, √©l mismo lo iba a acompa√Īar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.

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3 Respuestas a “El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte”
  1. Estan muy buenos mestos extratos, seguro hay alguna que leere entero. Gracias

  2. Una exposición muy Buena. Lo que dice aqui es muy interesante y todos los usuarios deberian leerlo y seguir las recomendaciones.

  3. Fragmentos mestos Son moi bos, seguramente hai alg√ļns que vou ler de novo. grazas

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