NOCHE 655
Schehrezada dijo:
“… Cuando hubo franqueado el último arco, llegó al final de la avenida; y ante él, al pie de los peldaños de mármol lavado que conducÃan a la morada, vió a una joven que debÃa tener más de catorce años de edad, pero que indudablemente no habÃa cumplido los quince años. Y estaba tendida en una alfombra de terciopelo y apoyada en cojines. Y la rodeaban y estaban a sus órdenes otras cuatro jóvenes. Y era hermosa y blanca como la luna, con cejas puras y tan delicadas cual un arco formado con almizcle precioso, con ojos grandes y negros cargados de exterminios y asesinatos, con una boca de coral tan pequeña como una nuez moscada y con un mentón que decÃa perfectamente: “¡Heme aquÃ!” Y sin disputa habrÃa abrasado de amor con tantos encantos a los corazones más frÃos y más endurecidos.
Asà es que el hermoso AnÃs se adelantó hacia la bella joven, se inclinó hasta el suelo, se llevó la mano al corazón, a los labios y a la frente, y dijo: “La zalema contigo, ¡oh soberana de las puras!” Pero ella le contestó: “¿Cómo te atreviste ¡oh joven impertinente! a entrar en paraje prohibido y que no te pertenece?” El contestó: “¡Oh mi señora! ¡la culpa no es mÃa, sino tuya y de este jardÃn! ¡Por la puerta entreabierta he visto este jardÃn con sus parterres de flores, sus jazmines, sus mirtos y sus violetas, y he visto que todo el jardÃn con sus parterres y sus flores se inclinaba ante la luna de belleza que se sentaba aquà mismo donde te hallas tú! ¡Y mi alma no pudo resistir al deseo que la impulsaba a venir a inclinarse y rendir homenaje con las flores y los pájaros!”
La joven se echó a reÃr, y le dijo: “¿Cómo te llamas?” Dijo él: “Tu esclavo AnÃs, ¡oh mi señora!” Dijo ella: “¡Me gustas infinitamente, ya AnÃs! ¡Ven a sentarte a mi lado!”
Le hizo, pues, sentarse al lado suyo, y le dijo: “¡Ya AnÃs! ¡tengo ganas de distraerme un poco! ¡Sabes jugar al ajedrez?” Dijo él: “¡SÃ, por cierto!” Y ella hizo señas a una de las jóvenes, quien al punto les llevó un tablero de ébano y marfil con cantoneras de oro, y los peones del ajedrez eran rojos y blancos y estaban tallados en rubÃes los peones rojos y tallados en cristal de roca los peones blancos. Y le preguntó ella: “¿Quieres los rojos o los blancos?” El contestó: “¡Por Alah, ¡oh mi señora! que he de coger los blancos, porque los rojos tienen el color de las gacelas, y por esa semejanza y por muchas otras más, se amoldan a ti perfectamente!” Ella dijo: “¡Puede ser!” Y se puso a arreglar los peones.
Y empezó el juego.
Pero AnÃs, que prestaba más atención a los encantos de su contrincante que a los peones del ajedrez, se sentÃa arrebatado hasta el éxtasis por la belleza de las manos de ella, que parecÃanle semejantes a la pasta de almendra, y por la elegancia y la finura de sus dedos, comparables al alcanfor blanco. Y acabó por exclamar: “¿Cómo voy a poder ¡oh mi señora! jugar sin peligro contra unos dedos asÃ?” Pero le contestó ella embebida en su juego: “¡Jaque al rey! ¡Jaque al rey, ya AnÃs! ¡Has perdido!”
Luego, como viera que AnÃs no prestaba atención al juego, le dijo: “¡Para que estés más atento al juego, AnÃs, vamos a jugar en cada partida una apuesta de cien dinares!”
El contestó: “¡Bueno!” Y arregló los peones. Y por su parte, la joven, que tenÃa por nombre Zein Al-Mawassif, se quitó en aquel momento el velo de seda que le cubrÃa los cabellos y apareció cual una resplandeciente columna de luz. Y AnÃs, que no lograba separar sus miradas de su contrincante, continuaba sin darse cuenta de lo que hacÃa: tan pronto cogÃa peones rojos en vez de peones blancos, como los movÃa atravesados, de modo que perdió seguidas cinco partidas de cien dinares cada una. Y le dijo Zein Al-Mawassif: “Ya veo que no estás más atento que antes. ¡Juguemos una apuesta más fuerte! ¡A mil dinares la partida!” Pero AnÃs, a pesar de la suma empeñada, no se condujo mejor; y perdió la partida.
Entonces le dijo ella: “¡Juguemos todo tu oro contra todo el mÃo!” Aceptó él, y perdió. Entonces se jugó sus tiendas, sus casas, sus jardines y sus esclavos, y los perdió unos tras de otros. Y ya no le quedó nada entre las manos.
Entonces Zein Al-Mawassif se encaró con él y le dijo: “Eres un insensato, AnÃs. Y no quiero que tengas que arrepentirte de haber entrado en mi jardÃn y de haber entablado amistad conmigo. ¡Te devuelvo, pues, cuanto perdiste! ¡Levántate, AnÃs, y vete en paz por donde viniste!” Pero AnÃs contestó: “¡No, por Alah, ¡oh soberana mÃa! que no me apena lo más mÃnimo lo que perdÃ! Y si mi vida me pides, te perteneceré al instante. ¡Pero, por favor, no me obligues a abandonarte!”
Ella dijo: “¡Puesto que no quieres recuperar lo que has perdido, ve, al menos, en busca del kadà y de los testigos, y tráeles aquà para que extiendan una donación en regla de los bienes que te he ganado!” Y fué AnÃs a buscar al kadà y a los testigos. Y el kadÃ, aunque estuvo a punto de que se le cayera el cálamo de entre los dedos al ver la belleza de Zein Al-Mawassif, redactó el acta de donación e hizo poner en ella sus sellos a los dos testigos.
Luego se marchó…
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y calló discreta
.
NOCHE 656
Ella dijo:
“… Y el kadÃ, aunque estuvo a punto de que se le cayera el cálamo de entre los dedos al ver la belleza de Zein Al-Mawassif, redactó el acta de donación e hizo poner en ella sus sellos a los dos testigos.
Luego se marchó.
Entonces Zein Al-Mawassif se encaró con AnÃs y le dijo, riendo: “Ahora puedes marcharte, AnÃs. ¡Ya no nos conocemos!” Dijo él: “¡Oh soberana mÃa! ¿vas a dejarme partir sin la satisfacción del deseo?” Ella dijo: “¡Con mucho gusto accederé a lo que quieres, AnÃs; pero todavÃa me queda que pedirte algo! ¡Aun tendrás que traerme cuatro vejigas de almizcle puro, cuatro onzas de ámbar gris, cuatro mil piezas de brocado de oro de la mejor calidad y cuatro mulas enjaezadas!” Dijo él: “Por encima de mi cabeza, ¡oh mi señora!”
Ella preguntó: “¿Cómo te arreglarás para proporcionármelas, si ya no posees nada?” Dijo él: “¡Alah proveerá! Tengo amigos que me prestarán todo el dinero que me haga falta”. Ella dijo: “Entonces date prisa a traerme lo que te he pedido”. Y AnÃs, sin dudar que sus amigos fuesen en su ayuda, salió para ir a buscarlos.
Entonces Zein Al-Mawassif dijo a una de sus mujeres, que se llamaba Hubub: “Sal detrás de él, ¡oh Hubub! y espÃale. Y cuando veas que todos los amigos de que habló se niegan a ir en su ayuda y le rechazan con un pretexto o con otro, te acercarás a él, y le dirás: “¡Oh amo mÃo, AnÃs! mi ama Zein Al-Mawassif me envÃa a ti para decirte que quiere verte al instante!” Y le traerás contigo, y le introducirás en la sala de recepción. ¡Y entonces sucederá lo que suceda!”
Y Hubub contestó con el oÃdo y la obediencia, y se apresuró a salir detrás de AnÃs y a seguir sus pasos.
En cuanto a Zein Al-Mawassif, entró en su casa y empezó por ir al hammam para tomar un baño. Y después del baño, sus doncellas le prodigaron los cuidados que requiere un tocado extraordinario; luego depilaron lo que tenÃan que depilar, frotaron lo que tenÃan que frotar; alargaron lo que tenÃan que alargar y oprimieron lo que tenÃan que oprimir. Luego la vistieron con un traje bordado de oro fino, y le pusieron en la cabeza una lámina de plata para que sirviera de sostén a una rica diadema de perlas que por detrás se hacÃa un nudo cuyos dos cabos, adornados cada uno con un rubà del tamaño de un huevo de paloma, le caÃan por los hombros deslumbradores cual la plata virgen. Luego acabaron de trenzar sus hermosos cabellos negros, perfumados de almizcle y de ámbar, en veinticuatro trenzas que le arrastraban hasta los pies. Y cuando terminaron de adornarla, y quedó semejante a una recién casada, se echaron a sus plantas, y le dijeron con voz temblorosa de admiración: “¡Alah te conserve en tu esplendor, ¡oh ama nuestra Zein Al-Mawassif! y aleje de ti por siempre la mirada de los envidiosos, y te preserve del mal de ojo!” Y mientras ella ensayaba en la habitación un modo gallardo de andar, no cesaron de hacerle mil y mil cumplimientos desde el fondo de su alma.
Entretanto, volvió la joven Hubub con el hermoso AnÃs, al que se llevó cuando sus amigos le rechazaron negándose a ir en su ayuda. Y le introdujo a la sala en donde se hallaba su ama Zein Al-Mawassif.
Cuando el hermoso AnÃs advirtió a Zein Al-Mawassif en todo el esplendor de su belleza, se detuvo deslumbrado, y se preguntó: “¿Pero es ella, o una de las recién casadas que sólo se ven en el paraÃso?” Y Zein Al-Mawassif, satisfecha del efecto producido en AnÃs, fué a él sonriendo, le cogió de la mano y le condujo hasta el diván amplio y bajo que se sentaba ella, y le hizo sentarse al lado suyo. Luego ordenó por señas a sus mujeres que llevaran una mesa grande y baja, hecha de un solo trozo de plata, y en la cual habÃa grabados estos versos gastronómicos:
¡Hunde las cucharas en las salseras grandes, y regocija tus ojos y regocija tu corazón con todas estas especies admirables y variadas!
¡Guisados y cochifritos, asados y cocidos, confituras y helados, fritadas y compotas al aire libre o al horno!
¡Oh codornices! ¡oh pollos! ¡oh capones! ¡oh enternecedores! ¡os adoro!
¡Y vosotros, corderos cebados durante tanto tiempo con alfónsigos, y ahora rellenos de uvas en esta bandeja, ¡oh excelencias!
¡Aunque no tenéis alas como las codornices y los pollos y los capones, me gustáis mucho!
¡En cuanto a ti, ¡oh kabab a la parrilla! que Alah te bendiga! ¡Jamás me verá tu color dorado decirle que no!
¡Y a ti, ensalada de verdolaga, que en esta escudilla bebes el alma misma de los olivos, te pertenece mi espÃritu, ¡oh amiga mÃa!
¡A la vista de esta pareja de pescados asentados en el fondo del plato sobre menta fresca, te estremeces de placer en mi pecho, ¡oh corazón mÃo!
¡Y tú, bienhadada boca mÃa, cállate y sueña con comer estas delicias de las que por siempre hablarán los anales!
Entonces las doncellas les sirvieron los manjares perfumados. Y ambos comieron juntos hasta la saciedad y se endulzaron. Y les llevaron los frascos de vino, y bebieron ambos en la misma copa. Y Zein Al-Mawassif se inclinó hacia AnÃs, y le dijo: “¡He aquà que hemos comido juntos el pan y la sal, y ya eres mi huésped! No creas, pues, que voy a quedarme ahora con la menor cosa de lo que te ha pertenecido. ¡Asà es que, quieras o no, te devuelvo cuanto te he ganado!” Y AnÃs no tuvo más remedio que aceptar como regalo los bienes que le habÃan pertenecido. Y se arrojó a los pies de la joven, y le expresó su gratitud. Pero ella le levantó, y le dijo: “Si verdaderamente, AnÃs, quieres agradecerme este don, no tienes más que seguirme a mi lecho. ¡Y allà me probarás positivamente si eres un buen jugador de ajedrez…
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
.
NOCHE 657
Ella dijo:
“… no tienes más que seguirme a mi lecho. ¡Y allà me probarás positivamente si eres un buen jugador de ajedrez!” Y saltando sobre ambos pies, contestó AnÃs: “¡Por Alah, ¡oh mi señora! que en el lecho vas a ver cómo el rey blanco supera a todos los jinetes!” Y diciendo estas palabras, la cogió en brazos, y cargado con aquella luna, corrió a la alcoba, cuya puerta hubo de abrirle la servidora Hubub. Y allà jugó con la joven una partida de ajedrez siguiendo todas las reglas de un arte consumado, e hizo que la sucediese una segunda partida y una tercera partida, y asà sucesivamente hasta la partida decimoquinta, haciendo portarse tan valientemente al rey en todos los asaltos, que la joven, maravillada y sin alientos, hubo de darse por vencida, y exclamó: “Triunfaste, ¡oh padre de las lanzas y de los jinetes!” Luego añadió: “¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi señor! di al rey que descanse!” Y se levantó riendo y puso fin por aquella noche a las partidas de ajedrez.
Entonces, nadando con alma y cuerpo en el océano de las delicias, reposaron un momento en brazos uno de otro. Y Zein Al-Mawassif dijo a AnÃs: “Llegó la hora del descanso bien ganado, ¡oh invencible AnÃs! ¡Pero, para juzgar mejor todavÃa de tu valer, deseo saber por ti si en el arte de los versos eres tan excelente como en el juego de ajedrez! ¿PodrÃas, pues, ordenar rÃtmicamente los diversos episodios de nuestro encuentro y de nuestro juego, de manera que se nos quedaran bien en la memoria?” Y contestó AnÃs: “La cosa es muy sencilla para mÃ, ¡oh señora mÃa!” Y se sentó en la cama perfumada, y mientras Zein Al-Mawassif le pasaba el brazo por el cuello y le acariciaba dulcemente, improvisó él esta oda sublime:
¡Levantaos para escuchar la historia de una joven de catorce años y un cuarto de año, a quien encontré en un paraÃso, y era más bella que las lunas en el cielo de Alah!
¡Como una gacela, se balanceaba en el jardÃn y las ramas flexibles de los árboles se inclinaban hacia ella, y la cantaban los pájaros! ¡Y aparecÃ, y le dije; “¡La zalema contigo, ¡oh sedosa de mejillas, oh soberana! ¡Dime, para que lo sepa, el nombre de aquella cuyas miradas me vuelven loco!”
¡Con acento más dulce que el tintineo de las perlas en la copa, me dijo: “¿No darás con mi nombre tú solo? ¿Tan ocultas están mis cualidades, que no puede mi rostro reflejarlas a tu vista?
¡Contesté: “¡No, por cierto! ¡No, por cierto! ¿Sin duda te llamas Ornamento de las Cualidades? ¡Dame una limosna, ¡oh Ornamento de las Cualidades!
¡Y en cambio, ¡oh joven! aquà tienes almizcle, aquà tienes ámbar, aquà tienes perlas, aquà tienes oro y alhajas y todas las gemas y sedas!”
¡Entonces brilló en sus dientes jóvenes el relámpago de su sonrisa, y me dijo: “¡Heme aquÃ, pues! Heme aquÃ, ¡oh caros ojos mÃos!”
¡Éxtasis de mi alma, ¡oh su cintura desceñida! ¡oh su camisa descubierta! ¡oh su carne al desnudo! ¡oh diamantes! ¡Satisfacción de mis deseos! ¡Emanaciones suyas, que eran perfumes al besar! ¡Olor de piel suprema calor de regazo! ¡Oh frescura, mil besos!
¡Si la hubieseis visto, censores que me impugnáis! ¡Escuchad! ¡Os cantaré toda mi embriaguez, y quizás comprendáis!
¡Su inmensa cabellera, color de noche, se despliega triunfal sobre la blancura de su espalda hasta llegar al suelo! ¡Y las rosas de sus mejillas incendiarias alumbrarÃan el infierno!
¡Un arco precioso son sus cejas puras; matan sus párpados, cargados de flechas; y es un alfanje cada una de sus miradas!
¡Su boca es un frasco de vino añejo; su saliva es agua de fuente; sus dientes son un collar de perlas acabadas de coger del mar!
¡Su cuello, cual el cuello del antÃlope, es elegante y está tallado admirablemente; su pecho es una losa de mármol sobre la que descansan dos copas invertidas!
¡Su vientre tiene un hoyo que embalsama con los perfumes más ricos; y debajo, enfrontando mi espera, gordo y rollizo, alto como un trono de rey, asentado entre dos columnas de gloria, está aquel que es la locura de los más cuerdos!
¡Por unos lados liso y por otros barbudo, es tan sensible, que se encabrita como un mulo en cuanto se le toca!
¡Tiene los ojos rojos, tiene los labios carnosos y dulces, tiene el hocico fresco y encantador!
¡Si te aproximas a él con valentÃa, le encontrarás caliente, sólido, resuelto y suntuoso, sin temer las fatigas, ni los asaltos, ni las batallas!
¡Asà eres, ¡oh Zein Al-Mawassif! completa de encantos y de cortesÃa! ¡Y por eso no olvidaré las delicias de nuestras noches, ni la hermosura de nuestros amores!
Al oÃr esta oda improvisada en honor suyo, Zein Al-Mawassif se sintió transportada de placer y se expansionó hasta el lÃmite de la expansión…
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.



Entradas (RSS)
Que belleza Antonio, cuantos buenos ratos he pasado con esos maravillosos cuentos.
El verano me pide vivir fuera de esta ventana y apenas dedico unos minutos al dÃa a esta maquinita para ver el correo, esta tarde he decidido hacer una visita a mis amigos virtuales y dejarles un abrazo, uno muy fuerte para tÃ.
Triana
Gracias, Triana, por compartir conmigo una parte de tus preciosios minutos asomada a esta ventana de paisaje virtual. Que sigas disfrutando de tus vacaciones. Un gran beso.
Me gustan mucho los cuentos que escribes, la verdad que estos son los que mas me gustan