Un veintinueve de septiembre como este naci√≥, hace cuatrocientos sesenta y un a√Īos, don Miguel de Cervantes Saavedra (Alcal√° de Henares, 1547 – Madrid, 1616). Adem√°s del espacio de este blog me har√≠an falta otros muchos para bosquejar apenas lo que don Miguel significa para m√≠ como modelo de ser humano, y para la literatura universal como fundador de la narrativa moderna. La mejor manera de combinar ambas cosas, y rendirle homenaje, es reproducir una breve semblanza novel√≠stico-biogr√°fica suya, si existe el t√©rmino, extra√≠da de mi novela Amarilis, que Belacqva publicar√° en Verticales de bolsillo a partir del pr√≥ximo mes de enero.Cervantes1.jpg picture by antoniosarabia
El texto se inspira en el hecho de que don Miguel de Cervantes Saavedra habit√≥ los √ļltimos a√Īos de su vida la calle de Le√≥n, que en justicia deber√≠a llamarse ahora de Cervantes, casi esquina con la entonces de Francos donde Lope de Vega resid√≠a y que, por esa raz√≥n, deber√≠a llamarse hoy de Lope de Vega y no de Cervantes. Ambos debieron coincidir a menudo en el vecindario, como hacen en la novela don Miguel y los hijos de Lope. Y ya que estamos en ello, hay que a√Īadir que la imprecisi√≥n y arbitrariedad de la nueva toponimia del barrio¬†no es su √ļnica injusticia: casi frente a la a√ļn en pie casa de Lope de Vega, donde se ha instalado su museo, sale una callecita que va de la primitiva calle de Francos (actual Cervantes) al convento de las monjas Trinitarias en la antigua de Cantarranas (ahora de Lope de Vega) donde, como veremos en el texto, fue enterrado el autor de El Quijote. En esa breve calle, a√ļn llamada del Ni√Īo Jes√ļs, hay una placa alusiva que se√Īala el domicilio de don Francisco de Quevedo y Villegas sin hacer ninguna menci√≥n a don Luis de G√≥ngora y Argote, quien vivi√≥¬†tambi√©n¬†en ese mismo lugar desde su llegada a Madrid, a finales de abril de 1617, hasta su regreso a C√≥rdoba, enfermo, desilusionado y empobrecido, diez a√Īos m√°s tarde. Se march√≥ porque Quevedo, quien le odiaba, tuvo la maligna idea de comprar la casa para darse el infame placer de lanzarlo a la calle. Y luego le divert√≠a contar que para perfumarla / y desengongorarla / de vapores tan crasos / quem√≥ como pastillas Garcilazos.

Volviendo a don Miguel de Cervantes, el hecho de que viviera sus √ļltimos d√≠as “a la vuelta”, dir√≠amos en M√©xico, de la casa de Lope de Vega, da pie, como explicaba al principio, a sus espor√°dicos encuentros con Marcela y Lopillo y al afecto y admiraci√≥n que despierta en el hijo menor del F√©nix de los Ingenios. Una admiraci√≥n que no es sino una r√©plica de la que le profesa este autor, opinar√≠a Flaubert, pero que juega un papel importante en la vida del personaje y se mantiene invariable hasta el final de la novela. Aqu√≠ est√°, es el primer cap√≠tulo de la parte tercera, El despertar a quien duerme.

Quijote1.png picture by antoniosarabiaA la peque√Īa hija de Lope de Vega, Marcela del Carpio, le mortifica tener que visitar a Marta de Nevares en su domicilio de la calle del Infante. Es cierto que experimenta una afectuosa devoci√≥n por la joven protegida de su padre y que ambas casas est√°n apenas separadas por unos doscientos pasos, pero a Marcela el camino le parece largo y l√≥brego. La estrechez de la calle donde Marta vive, y la altura de la exigua docena de casas que la componen, la vuelve tenebrosa, h√ļmeda, sombr√≠a, inaccesible al menor rayo de sol.
A ella lo que le encantaría es detenerse, como en otras felices ocasiones, a mitad del camino; justo al final de la calle de Francos, donde hace esquina con la calle del León, en la morada de aquel viejo soldado, inválido de la mano izquierda, que tantas veces le había obsequiado refrescos y golosinas antes de morir varios meses atrás.
Ella y su hermano Lopillo lo conocieron por casualidad, un d√≠a como otros tantos en que vagaban sin rumbo por el vecindario. √Čl estaba a la puerta de su casa y los invit√≥ a pasar. Los hijos de Mica√©la de Luj√°n, observ√≥ con una sonrisa afable, como si los recordara de tiempo atr√°s. Les cont√≥ que hab√≠a sido amigo de su padre en una √©poca en que tambi√©n a √©l le dio por surtir con sus escritos los corrales de comedias, y hasta estuvieron medio emparentados a trav√©s de do√Īa Isabel de Urbina, la dama con quien su padre contrajo primeras nupcias muchos a√Īos antes de que ellos nacieran. Pero donde llegaba Lope de Vega no cab√≠a nadie m√°s, les confes√≥ con genuina admiraci√≥n, sin sombra de resentimiento. Todos los farsantes y c√≥micos del reino se disputaban sus escritos; no quer√≠an saber de nada que no viniera de las manos mismas del F√©nix de los ingenios. √Čl decidi√≥ entonces dedicar su pluma a otros menesteres, donde no entrara en competencia con aquella tempestad creadora, con aquel monstruo de la naturaleza, como le llam√≥ una vez en un encendido encomio, y se puso a escribir novelas. Fue el primero en hacerlo en castellano, porque las que hasta entonces exist√≠an en nuestra lengua eran traducciones de alg√ļn otro idioma. Ah√≠, en esa labor, Dios, con su infinita bondad, le concedi√≥ el renombre y el prestigio que antes le hab√≠a negado en las comedias.
A partir de aquella primera ma√Īana, Marcela y Lopillo comenzaron a frecuentar al anciano baldado en su pl√°cida y aseada vivienda, sin saber que ser√≠an los compa√Īeros de sus √ļltimos d√≠as. Una vez le mencionaron el nombre a su padre y √©ste, al o√≠rlo, respondi√≥ con un despectivo enarcamiento de cejas. No ten√≠a ning√ļn inter√©s en Miguel de Cervantes Saavedra. A ellos, en cambio, les encantaba escuchar sus historias. Ella se estremec√≠a de placer con las divertidas aventuras de aquel caballero loco, protagonista de uno de sus libros, que recorr√≠a los llanos de la Mancha acompa√Īado de un ocurrente labrador que le serv√≠a de escudero. El desdichado orate embest√≠a molinos de viento que tomaba por gigantes y socorr√≠a fregonas que imaginaba princesas en desgracia. Lopillo, en cambio, se interesaba m√°s por los hechos de armas y la historia. Segu√≠a fascinado la detallada relaci√≥n de batallas navales en un mar que a√ļn no le era dado conocer. El buen viejo les cont√≥ una vez que, habiendo sido soldado en su juventud, particip√≥ en la m√°s gloriosa expedici√≥n militar de la Armada Invencible y hasta hab√≠a sido cautivo de los moros.
Marcela recuerda las mejillas encendidas de su hermano y su mirada extraviada en aquel horizonte azul y humo al que lo acercaban las palabras del antiguo soldado. Ca√≠da Nicosia y sitiada Famagusta, √ļltimo baluarte de la cristiandad en la isla de Chipre, la flota turca se hab√≠a adue√Īado del mar J√≥nico. Sus nav√≠os asolaban las costas de Italia, aterrorizando a sus moradores con frecuentes desembarcos. Los infieles arrasaban con pueblos y aldeas tomando como bot√≠n a sus habitantes. Miles de mujeres, hombres y ni√Īos, eran cargados de cadenas y vendidos como esclavos. Los m√°s fuertes terminaban remando en las galeras, las mujeres y los ni√Īos distrayendo a los baj√°s en sus harems.lepanto5.jpg picture by antoniosarabia
Indignados por tan tristes acontecimientos, los reyes de la cristiandad, persuadidos por su santidad el papa Pío Quinto, formaron una alianza para combatir al turco. Reunieron entre todos una armada de más de doscientas galeras, reforzada con media docena de galeones de alto bordo, que pusieron bajo el mando de don Juan de Austria, hijo natural de Carlos Quinto y medio hermano de su majestad Felipe Segundo, a quien Dios tenga en su gloria. Al enterarse de los preparativos cristianos, la flota turca se replegó hacia el golfo de Patras, echando anclas en las tranquilas aguas del puerto de Lepanto. Hasta ahí fue a buscarla ese rayo de la guerra, Don Juan de Austria, quien no temía desafiar a la fiera en su cubil.
El hombre cerraba los ojos como para recordar mejor, y describir a Lopillo, las galeras cristianas alineadas en la rada de Mesina antes de la batalla, los c√°nticos solemnes durante la santa misa, y la figura del nuncio Papal enhiesto en lo alto de un bergant√≠n, bendici√©ndoles al salir de la bah√≠a. Al ni√Īo le brillaban los ojos al imaginar, recuerda su hermana, los pabellones venecianos, genoveses, malteses, espa√Īoles y austr√≠acos ondeando al aire en las puntas de los m√°stiles, mientras la flota cristiana se desplazaba por las azules aguas del golfo de Tarento, atravesando luego entre las verdes colinas del estrecho de Otranto y haciendo un alto en Corf√ļ para informarse del paradero y la potencia de la armada turca: aquellos evasivos trescientos barcos de guerra musulmanes, orgullo de los astilleros del B√≥sforo, los Dardanelos y el Mar Negro.
Durante su siguiente escala, anclados por la tarde frente a la isla de Cefalonia, los cristianos recibieron las desgraciadas nuevas sobre la caída de Famagusta. Todos los defensores de la plaza habían sido pasados a cuchillo y a su gobernador lo despellejaron vivo. Supieron además que los infieles estaban al tanto de los movimientos de la flota que se acercaba, conocían sus efectivos y se preparaban para un combate decisivo. Todos los guerreros integrantes de las guarniciones costeras habían sido retirados de sus fortines para congregarse a bordo de la armada Otomana.
Al amanecer del domingo 7 de octubre de 1571 aparecieron las primeras velas turcas. Ven√≠an saliendo de Lepanto, viento en popa, despleg√°ndose por toda la bah√≠a. Una galera turca dispar√≥ un lejano ca√Īonazo en son de reto y la nave capitana respondi√≥ aceptando el desaf√≠o. Don Juan de Austria hizo maniobrar sus veleros de manera que la flota de reserva quedara oculta a la vista del enemigo, y comenz√≥ a recorrer las hileras de bajeles a bordo de una r√°pida fragata arengando a sus soldados y prometiendo la libertad a sus galeotes si ganaban la batalla. De vuelta en la nave capitana hizo enarbolar un enorme crucifijo junto al estandarte de la liga al tiempo que todos se postraban de rodillas para recibir la absoluci√≥n de sus pecados y la indulgencia plenaria de los enviados del Papa.Lepanto2.jpg picture by antoniosarabia
Al filo del mediod√≠a, cuando las dos flotas se encontraron por fin a tiro de ca√Ī√≥n, el redoblar de cajas y tambores y los alaridos de los guerreros anim√°ndose al combate llenaban el ambiente con un estr√©pito ensordecedor. Los turcos atacaron primero, tratando de introducir sus ligeras embarcaciones entre las m√°s pesadas que don Juan hab√≠a colocado en primera l√≠nea de batalla. Los certeros ca√Īonazos espa√Īoles causaban enormes bajas en el centro de la escuadra musulmana mientras en el flanco izquierdo Agostino Barbariego hac√≠a maniobrar las galeras venecianas para encajonar el ala enemiga entre sus ca√Īones y los bancos de arena de la costa. El ala derecha, en cambio, empez√≥ a ceder ante el empuje de Uluj Al√≠, virrey de Argel. Los malteses luchaban en inferioridad num√©rica contra los corsarios berberiscos hasta que el almirante genov√©s Juan Andrea Doria, que se hab√≠a mantenido algo alejado de la lucha, se acerc√≥ comandando los refuerzos.
El anciano hizo una pausa, sonriendo bondadoso ante los ojos embobados de Lopillo. ¬ŅY √©l? pregunt√≥ el ni√Īo; ¬Ņ√©l? continu√≥ la voz grave, √©l iba en la Marquesa, una nave capitaneada por el valeroso Don Francisco de San Pedro. Al aproximarse se dieron cuenta de que el barco insignia de los Malteses sucumb√≠a ante el vigor de los enemigos de la cruz y acudieron en su ayuda. El tronar de los ca√Īones y el fragor de las culebrinas se aunaba a los zumbidos de las flechas, al seco estr√©pito de los arcabuces y a los alaridos de odio, dolor y rabia de los combatientes. El olor a humo y p√≥lvora se mezclaba con el del mar y la sangre para enardecer los sentidos. √Čl era entonces m√°s joven, pose√≠a la audacia, la temeridad, que s√≥lo es posible desplegar en esa primera juventud. Tal vez por eso le hab√≠an confiado el mando de una compa√Ī√≠a de doce hombres. A pesar de encontrarse enfermo con fiebres alt√≠simas, se levant√≥ del lecho para subir a cubierta y ponerse al frente de sus soldados. Quer√≠a darles ejemplo de valor abordando primero a los infieles. Cuando los tuvieron a su alcance salt√≥ espada en mano a la galera musulmana para batirse con los moros. ¬ŅQu√© pas√≥ despu√©s? √Čl s√≥lo recuerda el final de la lucha. Se ve a s√≠ mismo lleno de heridas, con dos arcabuzazos en el pecho y el brazo izquierdo para siempre inutilizado, te√Īido de rojo de pies a cabeza, convertido √©l mismo en una enorme mancha de sangre en la que la propia se confund√≠a con la de sus enemigos.
Ya no alcanz√≥ a ver a la nave capitana asaltando la galera real de los infieles ni a los tercios espa√Īoles acuchillarse con los jen√≠zaros que la defend√≠an; no vio al general√≠simo turco caer herido de un arcabuzazo ni al humilde galeote a quien hab√≠an quitado esa ma√Īana los grilletes erguirse como √°ngel vengador sobre su cuerpo indefenso y cortarle la cabeza. Escuch√≥ en cambio el atronador alarido de victoria que sigui√≥ al suceso y contempl√≥ arriarse el pabell√≥n del profeta del bajel que acaudillaba a los infieles.
El propio don Juan de Austria lo felicitó después de la batalla y le aumentó la paga a cuatro ducados. A partir de aquel momento el mundo pareció sonreírle. Fue más tarde, cuando volvía lleno de ilusiones a su patria, bordeando la costa de Francia, que le salieron al paso dos galeotas de piratas turcos, lo tomaron prisionero y lo vendieron como esclavo en Argel.cervantes4-1.jpg picture by antoniosarabia
¬ŅCu√°nto tiempo dur√≥ cautivo de los moros? pregunt√≥ Lopillo con los enormes ojos abiertos, ansiosos, apenados, interrogantes, recogiendo el casual encogimiento de hombros con el que el anciano quiso restar importancia a su desventura. Varios a√Īos. Varios siglos m√°s bien, replic√≥ el ni√Īo, que conoc√≠a de o√≠das los trabajos y tormentos que los infieles imponen a sus prisioneros. ¬ŅHizo alg√ļn intento de escapar? Muchos, respondi√≥ el viejo sin poder evitar un rel√°mpago de orgullo que ilumin√≥ un instante sus cansadas facciones, pero fue capturado una y otra vez hasta que una orden religiosa, la de la Sant√≠sima Trinidad, apiad√°ndose de sus miserias, pag√≥ el rescate que los infieles exig√≠an para ponerlo en libertad.
A pesar de la fama que les dijo haber alcanzado en vida no tuvo mucha compa√Ī√≠a a la hora de su muerte. Marcela y su hermano siguieron a distancia el magro cortejo f√ļnebre, sin acercarse demasiado por temor a las severas barbas y espejuelos de los contados asistentes. La esposa y la sobrina del noble viejo, enlutadas y llorosas, encabezaban la procesi√≥n. No tuvieron que caminar mucho para llegar al vecino convento de las monjas Trinitarias donde las buenas hermanas acogieron los restos del anciano para darles sepultura. Lopillo, recuerda Marcela, march√≥ todo el tiempo con el rostro bajo y los ojos llorosos. Luego se qued√≥ prendido a las rejas de la entrada hasta que sali√≥ el √ļltimo de los asistentes. Al volver a casa aprovech√≥ la primera ocasi√≥n que se le present√≥ para hacer rabiar a su padre, cosa que √©ste le hizo pagar con la consabida azota√≠na. √Čl la aguant√≥ a pie firme, con los labios apretados y los ojos secos, chispeantes de soberbia. En ese momento, Marcela tuvo por primera vez la intuici√≥n de que lo que m√°s irritaba a su hermano era la sotana de su padre. √Čl hubiera preferido ser el hijo de un soldado, de un h√©roe de la guerra como el que acababa de acompa√Īar a la tumba.

 

 

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4 Respuestas a “Don Miguel de Cervantes en Amarilis”
  1. Antonio, te felicito por este homenaje singular. Muy bueno el capítulo que nos regalaste (dan ganas de seguir leyendo), espero que llegue por estas tierras.

    Te mando un abrazo y te agradezco esta entrada, muy enriquecedora en datos históricos y en una prosa que nos invita a imaginar de manera precisa otro capítulo en la vida de ese hombre sin igual.

    √öltimo post en el blog de…Delf√≠n…Eur√≠dice

  2. Que delicia leer estas lineas junto a mi primer caf√© de la ma√Īana.

    Gracias Antonio.

    Un abrazo.

    √öltimo post en el blog de…Triana…La Buhardilla P√≠xel. Nuevo Tutorial de PSP

  3. Simplemente Delicioso.
    Un abrazo.
    Sergio Astorga

    √öltimo post en el blog de…sergio astorga…Teotihuacan

  4. Tercera lectura del cap√≠tulo que nos brinda para agradecerle, Antonio Sarabia, tan bellas letras. En la peque√Īa librer√≠a que frecuento tengo pedida su obra publicada (no he podido acceder por ahora ni tan siquiera a Troya al atardecer) que espero disfrutar sin luz de pantalla.
    Gracias por esta semblanza,
    Izaskun

    √öltimo post en el blog de…Izaskun Legarza…LECCI√ďN DE AMOR, de Bertold Brecht

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