Daniel Mordzinski, fotógrafo entre escritores (2)
Escrito por: Antonio Sarabia en FotografÃa, Literatura hispanoamericana
“AhÃ, entre una copa y otra, me contó Mordzinski un episodio de su infancia, del cual nunca me habÃa hablado antes, en el que tal vez esté implÃcito el germen de su vocación de fotógrafo. Ocurrió en su nativa Buenos Aires cuando tenÃa unos seis años de edad. Su padre le habÃa llevado a un espectáculo para niños y, en la función, se sorteaba una camarita fotográfica. Una de esas instamatic de plástico, sin controles de luz, ni de velocidad, ni de distancia, de las que ahora regalan con la suscripción al periódico, en las que no hay mas que mirar por el objetivo y oprimir el obturador, pero que a él le pareció magnÃfica. Después de un breve preámbulo en el que el presentador quiso, sin mucho éxito, ganarse la voluntad del auditorio, dio comienzo a la rifa y el hombre extrajo sin tardanza el número premiado: el catorce, anunció de viva voz. Mordzinski niño brincó en el asiento. Recordaba a la perfección su número, todavÃa lo recuerda ahora: el catorce. Se lo requirió a su padre urgiéndolo con una emoción contenida, llena de infantiles expectativas, nosotros tenemos el catorce, papá, dámelo, le dijo, y el padre empezó a registrarse los bolsillos. Al cabo de un instante que al crÃo pareció eterno encontró un boleto único: el trece. Ese es uno, le reclamó su hijo, pero tenemos dos, el otro es el catorce, yo lo vi, dónde lo pusiste, búscalo. El padre volvió a hurgar inútilmente entre sus ropas, no sabÃa dónde estaba el otro boleto, sólo tenÃa ese. El niño se puso en pie mostrándolo desesperado, era el trece, cierto, pero era también la prueba irrefutable de que ellos también poseÃan el catorce aunque su papá no lo hallara, por eso nadie más reclamaba el regalo. El catorce era de ellos pero lo habÃan extraviado. El animador, un hijo de puta según lo recuerda mi amigo, ignoró la suprema lógica de aquel mocoso que para entonces estaba al borde de las lágrimas. Si nadie tenÃa el catorce habrÃa que sacar otro número, dijo. No, no, suplicó Mordzinski niño, por favor, el catorce era suyo y por lo tanto el premio, la camarita de mierda que él veÃa entonces como un tesoro que se le iba de entre las manos, le pertenecÃa también.
El presentador sacó un nuevo papelillo y la instamatic se la llevó algún otro pequeño cuyo padre conservaba bien guardados sus boletos en el bolsillo. Mordzinski lloró toda la tarde y ya ni la actuación del mago, ni la de los payasos que animaron el resto de la función fueron capaces de consolarlo. TodavÃa esa noche en Colima, al contarlo, en su rostro se reflejaba el disgusto y la frustración producidas por aquel lejano episodio. Miré la imprescindible Leica, siempre pendiente de su cuello, la diminuta Contax de titanio y lente Zeiss metida en un estuche prendido al cinturón, la voluminosa valija con la Canon y la infinita variedad de filtros y objetivos que siempre trae en ella. Me pregunté cuántas más tendrÃa que comprar aún para sustituir aquella Kodak de juguete de la que se le habÃa privado en los irrecuperables años de la infancia.
(Tomado de El Refugio del Fuego, Ediciones B, 2003)

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                                                             Luis Sepúlveda y su esposa Carmen Yáñez

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