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	<title>Los Convidados &#187; Siglo de Oro</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>El Fénix de los Ingenios una noche de fiebre</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Nov 2008 16:37:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo de Oro]]></category>
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		<description><![CDATA[Este martes 25 de noviembre se conmemora el natalicio de Lope de Vega (Madrid, España, 1562-1635) uno de los grandes genios de la literatura española y, sin lugar a dudas, el poeta más celebrado de su tiempo. Junto con Cervantes, Góngora, Quevedo, Mateo Alemán, Ruiz de Alarcón, Villamediana, Tirso, Calderón, Gracián y tantos otros, compone [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este martes 25 de noviembre se conmemora el natalicio de Lope de Vega (Madrid,  España, 1562-1635) uno de los grandes genios de la literatura española y, sin lugar a dudas, el poeta más celebrado de su tiempo. Junto con Cervantes, Góngora, Quevedo, Mateo Alemán, Ruiz de Alarcón, Villamediana, Tirso, Calderón, Gracián y tantos otros, compone el llamado barroco español. <em>Una forma de vida, de ser, de vivir, de creer y hasta de hablar</em>, afirma Antonio Carreño en su prólogo a las Rimas humanas y otros versos (Crítica, 1998), <em>comprendida bajo el más pretencioso término de Siglo de Oro</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 334px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/lope-de-vega.jpg?t=1227452230" alt="lope-de-vega.jpg picture by antoniosarabia" />Hijo de un diestro bordador de casullas y frontales que llegó a coser para la reina, la vida de Lope transcurre en plena España de los Austrias, desde el reinado de Felipe II hasta el de Felipe IV. Sobre su educación no hay datos precisos aunque el mismo Lope dedica una de sus comedias <em>al muy ilustrísimo señor don Íñigo de Mendoza, catedrático de la universidad de Alcalá cuando yo estudiaba en ella</em> y hace también otra ambigua referencia a su posible paso por Salamanaca.<br />
En su juventud fue soldado y actor (<em>cuando fue representante / primeras damas hacía</em>, cuenta Quevedo con su acostumbrada mala leche) antes de entrar como secretario al servicio de algunas casas nobles como la del obispo de Cartagena, la del marqués de Malpica, la del duque de Alba, la del conde de Lemos y, posteriormente, con una lastimosa servidumbre que mantendría hasta el final de su vida, la del duque de Sessa.<br />
Pero cuando aún era joven y comenzaba a destacar escribiendo versos y comedias, encontró musa e inspiración en la calle de Lavapiés, donde vivía la actriz Elena Osorio hasta que el padre de ésta, Jerónimo Velázquez, un astuto empresario teatral, prefirió para su hija la fortuna de otro a los libretos de Lope: <em>dejas un pobre muy rico, </em>le escribió Lope chasqueado,<em> y un rico muy pobre escoges, / pues las riquezas del cuerpo / a las del alma antepones.</em></p>
<p><em></em><span id="more-291"></span><br />
A principios de 1588 se le destierra de Madrid debido al escándalo causado por hacer públicos sus frustrados amoríos con Elena Osorio <em>una dama se vende a quien la quiera / en almoneda está ¿quieren comprarla?</em>&#8230; Tenía entonces veinticinco años y ya era el dramaturgo más célebre de España. <em>Monstruo de la naturaleza</em>, le llamó admirado el propio Cervantes, reconociéndolo dueño único de la monarquía cómica.<br />
El exilio abarcó su matrimonio con Isabel de Urbina, unas temporadas en Valencia, Toledo y Alba de Tormes. El nacimiento de sus hijitas Teodora y Antonia, ambas muertas en la edad primera, y el deceso de su esposa a consecuencia del malparto de Teodora, en la primavera de 1595.  Matrimonio y destierro duraron siete años.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 298px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/velazquez2.jpg?t=1227451901" alt="velazquez2.jpg picture by antoniosarabia" />Poco después de su regreso a Madrid, la muerte de doña Catalina de Saboya, a fines de 1597, cerró las puertas de los teatros y, a partir del 2 de mayo del 98, una cédula real prohibió las representaciones de comedias. Las vacas flacas le obligaron a contraer segundas nupcias. Para eso sedujo, por interés, a Juana de Guardo, la hija de un acaudalado carnicero de Madrid. Esa boda le hizo blanco de todas las pullas, ironías y murmuraciones de la corte, incluyendo el inevitable malicioso soneto de Góngora, aquel que comenzaba <em>a ti Lope de Vega, el elocuente, / repentino poeta acelerado; / morador de las fuentes del mercado / sustentado con sangre de inocente</em>&#8230; Juana trajo como dote veintidós mil reales de plata doble y fue una magnífica esposa. Dulce, abnegada, comprensiva. Lo aceptó conociendo sus torrenciales amores con la hermosa comedianta Micaela de Luján, a quien Lope dedicaría algunos de sus más bellos poemas de amor, y nunca le dirigió un reproche, una queja, una protesta.<br />
Cuando se abrieron de nuevo las puertas de los teatros, el 17 de abril de 1599, Lope tuvo una época de abundante producción escénica que le llevó a la cumbre de la fama. Su celebridad traspasó entonces las fronteras de España. La muerte vino a poner punto final a este período de su vida: Juana y Micaela murieron. Los hijos de Juana, exceptuando a la pequeña Feliciana, no sobrevivieron a su madre, y de los siete que procreó con su amante sólo le quedaron dos: Marcela y Lopillo.<br />
A la muerte Juana, el 13 de agosto de 1613, Lope tomó una repentina e imprevisible resolución. Estaba lejos de ser joven. Había sobrevivido a dos matrimonios y rebasado los cincuenta. Una edad en la que los hombres de su generación que aún tenían vida comenzaban a preocuparse por la muerte. Él creyó que el sacerdocio le traería alguna respuesta a sus interrogaciones, sosiego a sus inquietudes y cobijo espiritual que lo amparara hasta el fin de sus días. <em>Yo me muero de amor -que no sabía, / aunque diestro en amar cosas del suelo-; / que no pensaba yo que amor del cielo / con tal rigor las almas encendía.</em><br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 295px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/velazquez_4.jpg?t=1227452093" alt="velazquez_4.jpg picture by antoniosarabia" />Tomó los hábitos sin conseguir enfriar su sangre ardiente y apasionada y así entró en la última y definitiva fase de su existencia al enamorarse sin remedio, ya siendo sacerdote, de una hermosa joven de la corte, Marta de Nevares, a quien alude en cartas y poemas con el bello sobrenombre de <em>Amarilis</em>. Ése es también el título de una novela mía que narra esta última aventura de su vida y que saldrá publicada este próximo mes de enero en la colección Verticales de Bolsillo de la editorial Belaqva. De ahí, como un homenaje en este aniversario de su nacimiento, he extraído un capítulo en el que Lope, durante un intempestivo viaje a Valencia en el verano de 1616, cae enfermo de calenturas. Así, en medio de los trastornos producidos por la fiebre, hace un delirante balance de su vida. La vida de un hombre, de un poeta único, para quien parece haber sido especialmente escrita aquella frase de Terencio: <em>Homo sum: nihil humanum alienum a me puto</em>.</p>
<p>LOPE SE DESCUBRE BAÑADO EN SUDOR. Siente los cabellos mojados y revueltos mientras va adquiriendo, poco a poco, una noción imprecisa de sus miembros febriles entre las sábanas empapadas. Se percibe de manera vaga e indefinible, como si la superficie de su cuerpo, su piel ardiente y húmeda, fuera algo lejano y ajeno flotando en una región apartada de su ser. No sabe si sus ojos están abiertos o cerrados. Si la noche se le ha venido encima envolviéndolo de pies a cabeza, cegándole como una negra mortaja, o si al fin sus ojos enfermos han perdido la vista por completo. Aunque ciego lo ha estado siempre, se dice, aun viendo a plena luz. ¿Estará, entonces, muerto? No, a los cadáveres no los agitan semejantes estremecimientos, no los concibe padeciendo escalofríos. Su frente va quemando, al pasar, sus pensamientos. Delira. En su desvío confunde esta escapada a Valencia con aquel viaje a Toledo, dos años antes, cuando estaba por ordenarse de presbítero. Revive sus antiguas crisis, el anhelo de reorientar su existencia y sacudirse, al mismo tiempo, el dolor por la esposa muerta, la amante muerta, los hijos muertos. Él, que no bebe, se embriaga con la esperanza de la renovación. Se halla de nuevo a punto de recibir las órdenes, el pecho inflamado de intenciones piadosas. Está alojado en casa de su gran amiga, la cómica Jerónima de Burgos, doña Gerarda, como gusta llamarla él. Se sobresalta al encontrarla en su desvarío. Su presencia intangible le hiere como un aguijonazo y se aferra a la almohada impregnada de transpiración. La célebre actriz le escucha entre divertida y burlona, sin tomar para nada en serio sus nuevas inquietudes, sus deseos de entregarse a Dios. Le mira con la incredulidad retratada en sus hermosas facciones. Lope gesticula en la oscuridad, intenta convencerla utilizando un juego de palabras: ordenarse, le dice, para ordenar el desorden en que ha transcurrido su vida. Ella responde con exquisita coquetería, Lope abraza la almohada, hunde el rostro en el sebo maloliente de sus propias secreciones, siente de nuevo a su alcance aquella carne codiciada, le causan vértigo esos ojos que le invitan a remover los residuos de su antigua pasión, a buscar alguna pavesa ardiente bajo la leve capa de cenizas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 213px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/PortadaAmarilis.jpg?t=1227458683" alt="PortadaAmarilis.jpg picture by antoniosarabia" />Se hace el desentendido. Con los ojos cerrados ¿abiertos? los párpados húmedos, ve transformarse el semblante de doña Gerarda en el del severo rostro del obispo De Troya. A Lope le ha gustado el apellido. Sólo un Troya, se dice, puede ordenarle a él, hombre de tantos incendios. El obispo le riñe por su desenvoltura y sus maneras cortesanas, por sus atusadas barbas y bigotes, tan contrarias a la condición que está a punto de alcanzar. Le manda rasurarse para la ceremonia. Lope se siente humillado y ofendido. Desde adolescente no había vuelto a mirar su rostro imberbe y ahora, frente al espejo, lo encuentra ridículo. Piensa con desesperación en lo que dirán de él en la corte cuando se presente rapado. Lope se crispa en la oscuridad y vuelve a encontrar el rostro de Jerónima de Burgos esforzándose en contener la risa. Así, sin barba y con faldas, dice ella al verlo, sus amigos poetas lo confundirán con la vieja criada, Catalina, en la casa de Madrid. Incapaz ya de dominarse, la mujer estalla en carcajadas irresistibles. Lope la encuentra más hermosa que nunca con el rostro encendido y los ojos brillantes. Más deseable también. En su interior le bullen la furia y el deseo y se arroja de pronto sobre ella para desahogar, en ese cuerpo sorprendido, todavía convulsionado por la risa, contento de someterse a sus deseos, tantas semanas de abstinencia y frustración. Lope se estremece, los sueños le tiran de los cordones retorciendo en el lecho su marioneta rezumante. Se mira de madrugada, lanzado de la cama de la actriz, y ve ocupar su lugar junto a la cómica al anciano don Tomasino, al que sustituye un regidor y después un representante, y a todos los va despachando ella, con el mismo gusto que a él, por turnos, y no se levanta sino hasta después de mediodía para reunirse otra vez con el poeta porque tanto ajetreo le ha despertado el apetito y es hora de comer. Así que eso es ordenarse, piensa Lope consumido por la fiebre. Entrar unos momentos en la iglesia, tirarse boca abajo, con las manos extendidas, frente al altar, escuchar unos cuantos latinajos, y salir de la casa del Señor para seguir siendo el mismo. Igual al estiércol de la tierra, reacio a la nieve que lo cubre y que derrite incapaz de disimular su apariencia. Se da cuenta de que no hay piedad en su corazón para los pretendientes de Jerónima de Burgos, quienes malgastan en ella su amor, su tiempo y su dinero, ni repugnancia hacia la vida lujuriosa y promiscua de la actriz, ni arrepentimiento por haber reincidido en sus antiguas relaciones con ella. Cuando se trae harto el cuerpo, se dice recordando su juventud, da menos pena el alma.<br />
Jerónima, Doña Gerarda, <em>la del buen nombre</em>, llega a apodarla él en su siguiente carta a Sessa recordando una confidencia del duque: su amante, a quien han dado el poético sobrenombre de Jacinta, se llama también, en realidad, Jerónima. La irrupción del almirante de Nápoles acapara ahora la febril fantasía del enfermo que se revuelve exhausto, jadeando entre las sábanas, sin poder escapar a sus pesadillas. ¿Hasta cuándo durará ese calor, esa transpiración insoportable? Siente la lengua y el paladar llenos de ampollas. El duque está, como de costumbre, celoso. Envía al recién ordenado sacerdote una larga misiva saturada de reproches y reconvenciones. Se queja de soledad y lo acusa de demorar su regreso a Madrid entretenido por sus aventuras con la Burgos. Lope vuelve a redactar, en sueños, las cartas que escribió dos años antes, para excusar su tardanza y tratar de contentar a Sessa. Unas las acompaña con obsequios, todas con reiteradas afirmaciones de amor y fidelidad. Hace prometer a Jerónima que tendrá hacia su excelencia, cuando lo vea, la misma buena disposición que ha mostrado hacia él durante la estancia en Toledo. Llega al extremo de hacerse acompañar por ella en el viaje de regreso a Madrid. La cómica se detiene en la corte el tiempo suficiente para presentar sus respetos al duque, en privado, y recibir de él algunas mercedes. Lope siente que se sofoca, le duele la garganta. Su cuerpo parece por fin haberse vaciado de líquidos. Su cerebro, sus entrañas, son dos brazas ardientes. Tiene dificultad en comprender los siguientes acontecimientos. ¿Qué habrá pasado entre el duque y la bella comedianta? Ninguno de los dos le vuelve a mencionar el encuentro. Doña Gerarda decide volverse bruscamente a Toledo, y lo hace sin dar a Lope más explicación de su partida que un compromiso inaplazable con Alonso de Riquelme para representar una comedia. Ni siquiera acepta quedarse al bautizo de la pequeña Feliciana, hija de Lope y de su fallecida esposa, Juana de Guardo, a quien había prometido apadrinar junto con el duque de Sessa. Lope abre la boca y el aliento quema sus labios resecos como un hálito de fuego. El Fénix se consume en su propio incendio. No a la manera del ave mitológica, sino como un magro dragón moribundo que no resurgirá de sus cenizas.<br />
El nuevo sacerdote confía en que, quedándose él en Madrid y Jerónima en Toledo, le será más fácil adaptarse a la vida de religioso. Durante el bautizo de Felicianita renueva sus votos de perfeccionamiento espiritual. Pero el duque de Sessa no puede privarse de la complicidad y el talento de su antiguo secretario para sus conquistas amorosas, ni de su pluma para todo tipo de correspondencia erótica. Lope le había advertido, tiempo atrás, que sus confesores lo reñían cada semana por escribir esos papeles. ¿Qué dirán ahora que se ha ordenado sacerdote? Comprende que vive en pecado y trampea la manera de confesarse para poder comulgar durante la misa. Ardiendo en calentura, enterrando las uñas descuidadas en las sábanas sucias, se pone de rodillas y escucha su propia confesión el día de San Juan. El confesor se niega a darle la absolución si no hace propósito de enmienda y de poner fin a sus asuntos con Sessa. Lope, de rodillas aún, crispa las manos sudorosas como si quisiera estrujar entre ellas las cartas que escribe al duque planteándole su problema moral, eleva los brazos al cielo, se encuentra delante de Sessa que le mira implacable. Lope extiende el puñado de cartas para que las lea <em>no quisieron absolverme si no daba palabra de dejar de hacerlo</em>, le dice, <em>me aseguraron que estaba en pecado mortal</em>. Ensaya la humildad <em>no me hubiera ordenado si creyera que había de dejar de servir a vuestra excelencia en alguna cosa, mayormente en las que son tan de su gusto</em>. Recurre a la adulación: <em>si algún consuelo tengo es saber que vuestra excelencia escribe tanto mejor que yo, que no he visto en mi vida quien le iguale&#8230; Suplícole tome este trabajo por cuenta suya para que yo no llegue al altar con este escrúpulo ni tenga cada día que pleitear con los censores de mis culpas</em>. El duque permanece impasible, la larga cicatriz de su mejilla izquierda adquieren un tono violáceo. Lope lanza un gemido, el sudor se confunde con las lágrimas en su rostro húmedo; apela a los sentimientos religiosos: <em>&#8230;le vuelvo a suplicar a vuestra excelencia, por la sangre que Dios derramó en la cruz, no me mande que en esto le ofenda&#8230;</em> El duque continúa imperturbable. Lope se deja caer en el suelo, agotado, tembloroso, es más fácil ablandar al confesor, Fray Martín de San Cirilo, y aun sobornarle, dedicándole la edición de sus <em>Rimas Sacras</em>. Se revuelve en el lecho obligado a seguir escribiendo cartas, cartas, cartas, llenas de lascivia y dirigidas a Jacinta, la amante de Sessa. ¿Por qué el duque nunca habrá querido presentársela? ¿Existirá realmente? ¿Será una invención, una excusa para justificar sus caprichos y demandas? En sus alucinaciones, Lope ve a Jacinta con la cara del mulatillo adolescente que tañe y canta para el duque y escribe, escribe, escribe&#8230;<br />
Entre las cartas hay una que resplandece con letras de fuego. Le quema las manos. No ha sido escrita por él. Lope tiene la impresión de estar al borde de un precipicio; vuelve atrás en el tiempo: se acaba de ordenar en la Venerable Orden Tercera de San Francisco y la ceremonia coincide, a pocas semanas de distancia, con la quema de varios homosexuales en Madrid, algunos de los cuales, se murmura, habían pertenecido a aquella orden. Lope ya no escribe. Está de pie, en el corral de las comedias, leyendo esa especie de carta abierta que alguien ha dejado clavada en uno de los tablones del teatro. La misma que se repite y comenta en tertulias y mentideros. Va dirigida a él. No está firmada, pero todos los que ríen de la ocurrencia ven en ella la pluma de don Luis de Góngora. Lope la despedaza con furia y se queda con un trozo del papel entre las manos. No puede dejar de leer las últimas estrofas:<br />
&#8230;<em>Dícenme que terceros disolutos / cual suelen las livianas y ligeras / mujeres dar de putas en terceras, / aquestos, de terceros, dan en putos. / Si esto es verdad, aconsejarte quiero / que tu ingenio tercero y peregrino / en cosa que es tan vil no de ni tope. / Porque si das en puto de tercero/ tomando lo nefando por divino / dirán luego en Castilla, &#8220;esto es de Lope&#8221;</em>.<br />
Los asuntos de su ordenación y de sus tercerías con Sessa mezclados con la frase que todo Madrid repite para afirmar la calidad de una cosa, dan pie a Góngora para rematar el soneto. Tiembla de rabia ante el infernal ingenio del cordobés. Vuelve la cabeza y se encuentra con su rostro aguileño, severo y avinagrado, la mirada altanera e incorruptible, una ave rapaz que le persigue graznándole todos los nombres: señor Lope de Vega, señora Lopa, Lopillo, Lopico, <em>a este Lopico lo pico</em>. Lope trata de desembarazarse de la sábana, de huir hacia el borde de la cama, de alejarse de ese pájaro negro, ave de mal agüero, que le ataca con las alas extendidas&#8230; No, no, no.  Lope se lleva las manos al rostro, perlado de sudor y de lágrimas y al tocarlo, al escuchar su propio gemido apagado, recobra la conciencia en mitad de la noche. Respira hondo. Son sólo sueños, pesadillas en las que se han ido convirtiendo los recuerdos. No está en Toledo, ni en Madrid. Esto es Valencia, el año de gracia de 1616.  Se medio incorpora en el lecho. La cama, las ropas, él mismo, parecen haber sobrevivido a una gran inundación. Busca algún lugar seco de la almohada donde apoyar la cabeza e intenta descansar concentrando sus pensamientos en algún sujeto agradable. Lo primero que le viene a la mente son las serenas facciones de Marta de Nevares y su sonrisa le produce un efecto sedante. <em>Cielo humano</em>, murmura, usando a su pesar una figura de Góngora. Se estremece un instante al recordar aquel pájaro oscuro y amenazador y luego vuelve a sentirse dueño de sí. Ha pasado Lope-or, las alucinaciones producidas por la fiebre, se dice intentando esbozar una sonrisa.<br />
¿Qué estará haciendo Marta de Nevares? La imagina a esas horas en su casa de la calle del Infante, acostada junto a su marido. Por primera vez, la imagen de ese cuerpo joven y airoso, tal vez desnudo en la misma cama que Roque Hernández, tan a su alcance, tan irremediablemente sumiso a las urgencias del macho que yace junto a ella, le despiertan un sentimiento muy parecido a la envidia. No puede reprimir un ataque de celos. ¿Y el duque? ¿Habrá encontrado alguna excusa para visitarla? Es muy poco probable, piensa Lope. El es el único eslabón entre Sessa y la joven. Con él ausente al duque le será difícil inventar un pretexto para verla. Esa es la verdadera razón por la que decidió dejar Madrid.<br />
Quiere salvar a Marta del duque sin saber cómo. Salvarla a ella y salvarse él. ¿Qué hacer? ¿Cómo manejar los sentimientos que empiezan a revelarse y rebelarse en su interior? Esas dulces antiguas sensaciones que ahora le provocan pánico y dolor. No es como con la Loca, se repite, no es la entrega carnal lo que le inquieta, de esa puede uno siempre arrepentirse porque harta cuando colma los sentidos. Es la otra entrega, la que exige cuerpo y alma sin llegar a saciarse nunca, la llama en que ardieron Isabel de Urbina y Juana de Guardo y Micaela de Luján, la que se alimenta de su propio fuego y dura hasta el latido final del corazón.<br />
¿Y Lucía? ¿Habrá llegado a Valencia? Su llegada estaba prevista para principios de agosto. El cayó enfermo&#8230; ¿cuándo cayó enfermo? La calentura le ha hecho perder la cuenta de los días.<br />
Lo vence de nuevo la fatiga. Trata de quedarse dormido con la dulce imagen de Marta de Nevares en el pensamiento, y la esperanza de que venga a visitarlo en sueños. Recuerda una de sus rimas. <em>Ir y quedarse y con quedar partirse, / partir sin alma e ir con alma ajena, / oír la dulce voz de una sirena / y no poder del árbol desasirse; / arder como la vela y consumirse / haciendo torres sobre tierna arena; / caer de un cielo y ser demonio en pena / y de serlo jamás arrepentirse</em>&#8230;<br />
Contra mí mismo peleo, defiéndame Dios de mí, se dice antes de quedar profundamente dormido.</p>
<p>Antonio Sarabia</p>
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		<title>Don Miguel de Cervantes en Amarilis</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Sep 2008 00:33:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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<p class="MsoNormal">Un veintinueve de septiembre como este nació, hace cuatrocientos sesenta y un años, don Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 &#8211; Madrid, 1616). Además del espacio de este blog me harían falta otros muchos para bosquejar apenas lo que don Miguel significa para mí como modelo de ser humano, y para la literatura universal como fundador de la narrativa moderna. La mejor manera de combinar ambas cosas, y rendirle homenaje, es reproducir una breve semblanza novelístico-biográfica suya, si existe el término, extraída de mi novela <em>Amarilis</em>, que Belacqva publicará en Verticales de bolsillo a partir del próximo mes de enero.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Cervantes1.jpg?t=1222643328" alt="Cervantes1.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
El texto se inspira en el hecho de que don Miguel de Cervantes Saavedra habitó los últimos años de su vida la calle de León, que en justicia debería llamarse ahora de Cervantes, casi esquina con la entonces de Francos donde Lope de Vega residía y que, por esa razón, debería llamarse hoy de Lope de Vega y no de Cervantes. Ambos debieron coincidir a menudo en el vecindario, como hacen en la novela don Miguel y los hijos de Lope. Y ya que estamos en ello, hay que añadir que la imprecisión y arbitrariedad de la nueva toponimia del barrio no es su única injusticia: casi frente a la aún en pie casa de Lope de Vega, donde se ha instalado su museo, sale una callecita que va de la primitiva calle de Francos (actual Cervantes) al convento de las monjas Trinitarias en la antigua de Cantarranas (ahora de Lope de Vega) donde, como veremos en el texto, fue enterrado el autor de El Quijote. En esa breve calle, aún llamada del Niño Jesús, hay una placa alusiva que señala el domicilio de don Francisco de Quevedo y Villegas sin hacer ninguna mención a don Luis de Góngora y Argote, quien vivió también en ese mismo lugar desde su llegada a Madrid, a finales de abril de 1617, hasta su regreso a Córdoba, enfermo, desilusionado y empobrecido, diez años más tarde. Se marchó porque Quevedo, quien le odiaba, tuvo la maligna idea de comprar la casa para darse el infame placer de lanzarlo a la calle. Y luego le divertía contar que <em>para perfumarla / y desengongorarla / de vapores tan crasos / quemó como pastillas Garcilazos</em>.</p>
<p class="MsoNormal"><span id="more-115"></span><!--more--></p>
<p class="MsoNormal">Volviendo a don Miguel de Cervantes, el hecho de que viviera sus últimos días &#8220;a la vuelta&#8221;, diríamos en México, de la casa de Lope de Vega, da pie, como explicaba al principio, a sus esporádicos encuentros con Marcela y Lopillo y al afecto y admiración que despierta en el hijo menor del Fénix de los Ingenios. Una admiración que no es sino una réplica de la que le profesa este autor, opinaría Flaubert, pero que juega un papel importante en la vida del personaje y se mantiene invariable hasta el final de la novela. Aquí está, es el primer capítulo de la parte tercera, <em>El despertar a quien duerme</em>.</p>
<p><img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Quijote1.png?t=1222646122" alt="Quijote1.png picture by antoniosarabia" />A la pequeña hija de Lope de Vega, Marcela del Carpio, le mortifica tener que visitar a Marta de Nevares en su domicilio de la calle del Infante. Es cierto que experimenta una afectuosa devoción por la joven protegida de su padre y que ambas casas están apenas separadas por unos doscientos pasos, pero a Marcela el camino le parece largo y lóbrego. La estrechez de la calle donde Marta vive, y la altura de la exigua docena de casas que la componen, la vuelve tenebrosa, húmeda, sombría, inaccesible al menor rayo de sol.<br />
A ella lo que le encantaría es detenerse, como en otras felices ocasiones, a mitad del camino; justo al final de la calle de Francos, donde hace esquina con la calle del León, en la morada de aquel viejo soldado, inválido de la mano izquierda, que tantas veces le había obsequiado refrescos y golosinas antes de morir varios meses atrás.<br />
Ella y su hermano Lopillo lo conocieron por casualidad, un día como otros tantos en que vagaban sin rumbo por el vecindario. Él estaba a la puerta de su casa y los invitó a pasar. Los hijos de Micaéla de Luján, observó con una sonrisa afable, como si los recordara de tiempo atrás. Les contó que había sido amigo de su padre en una época en que también a él le dio por surtir con sus escritos los corrales de comedias, y hasta estuvieron medio emparentados a través de doña Isabel de Urbina, la dama con quien su padre contrajo primeras nupcias muchos años antes de que ellos nacieran. Pero donde llegaba Lope de Vega no cabía nadie más, les confesó con genuina admiración, sin sombra de resentimiento. Todos los farsantes y cómicos del reino se disputaban sus escritos; no querían saber de nada que no viniera de las manos mismas del Fénix de los ingenios. Él decidió entonces dedicar su pluma a otros menesteres, donde no entrara en competencia con aquella tempestad creadora, con aquel monstruo de la naturaleza, como le llamó una vez en un encendido encomio, y se puso a escribir novelas. Fue el primero en hacerlo en castellano, porque las que hasta entonces existían en nuestra lengua eran traducciones de algún otro idioma. Ahí, en esa labor, Dios, con su infinita bondad, le concedió el renombre y el prestigio que antes le había negado en las comedias.<br />
A partir de aquella primera mañana, Marcela y Lopillo comenzaron a frecuentar al anciano baldado en su plácida y aseada vivienda, sin saber que serían los compañeros de sus últimos días. Una vez le mencionaron el nombre a su padre y éste, al oírlo, respondió con un despectivo enarcamiento de cejas. No tenía ningún interés en Miguel de Cervantes Saavedra. A ellos, en cambio, les encantaba escuchar sus historias. Ella se estremecía de placer con las divertidas aventuras de aquel caballero loco, protagonista de uno de sus libros, que recorría los llanos de la Mancha acompañado de un ocurrente labrador que le servía de escudero. El desdichado orate embestía molinos de viento que tomaba por gigantes y socorría fregonas que imaginaba princesas en desgracia. Lopillo, en cambio, se interesaba más por los hechos de armas y la historia. Seguía fascinado la detallada relación de batallas navales en un mar que aún no le era dado conocer. El buen viejo les contó una vez que, habiendo sido soldado en su juventud, participó en la más gloriosa expedición militar de la Armada Invencible y hasta había sido cautivo de los moros.<br />
Marcela recuerda las mejillas encendidas de su hermano y su mirada extraviada en aquel horizonte azul y humo al que lo acercaban las palabras del antiguo soldado. Caída Nicosia y sitiada Famagusta, último baluarte de la cristiandad en la isla de Chipre, la flota turca se había adueñado del mar Jónico. Sus navíos asolaban las costas de Italia, aterrorizando a sus moradores con frecuentes desembarcos. Los infieles arrasaban con pueblos y aldeas tomando como botín a sus habitantes. Miles de mujeres, hombres y niños, eran cargados de cadenas y vendidos como esclavos. Los más fuertes terminaban remando en las galeras, las mujeres y los niños distrayendo a los bajás en sus harems.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/lepanto5.jpg?t=1222644691" alt="lepanto5.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
Indignados por tan tristes acontecimientos, los reyes de la cristiandad, persuadidos por su santidad el papa Pío Quinto, formaron una alianza para combatir al turco. Reunieron entre todos una armada de más de doscientas galeras, reforzada con media docena de galeones de alto bordo, que pusieron bajo el mando de don Juan de Austria, hijo natural de Carlos Quinto y medio hermano de su majestad Felipe Segundo, a quien Dios tenga en su gloria. Al enterarse de los preparativos cristianos, la flota turca se replegó hacia el golfo de Patras, echando anclas en las tranquilas aguas del puerto de Lepanto. Hasta ahí fue a buscarla ese rayo de la guerra, Don Juan de Austria, quien no temía desafiar a la fiera en su cubil.<br />
El hombre cerraba los ojos como para recordar mejor, y describir a Lopillo, las galeras cristianas alineadas en la rada de Mesina antes de la batalla, los cánticos solemnes durante la santa misa, y la figura del nuncio Papal enhiesto en lo alto de un bergantín, bendiciéndoles al salir de la bahía. Al niño le brillaban los ojos al imaginar, recuerda su hermana, los pabellones venecianos, genoveses, malteses, españoles y austríacos ondeando al aire en las puntas de los mástiles, mientras la flota cristiana se desplazaba por las azules aguas del golfo de Tarento, atravesando luego entre las verdes colinas del estrecho de Otranto y haciendo un alto en Corfú para informarse del paradero y la potencia de la armada turca: aquellos evasivos trescientos barcos de guerra musulmanes, orgullo de los astilleros del Bósforo, los Dardanelos y el Mar Negro.<br />
Durante su siguiente escala, anclados por la tarde frente a la isla de Cefalonia, los cristianos recibieron las desgraciadas nuevas sobre la caída de Famagusta. Todos los defensores de la plaza habían sido pasados a cuchillo y a su gobernador lo despellejaron vivo. Supieron además que los infieles estaban al tanto de los movimientos de la flota que se acercaba, conocían sus efectivos y se preparaban para un combate decisivo. Todos los guerreros integrantes de las guarniciones costeras habían sido retirados de sus fortines para congregarse a bordo de la armada Otomana.<br />
Al amanecer del domingo 7 de octubre de 1571 aparecieron las primeras velas turcas. Venían saliendo de Lepanto, viento en popa, desplegándose por toda la bahía. Una galera turca disparó un lejano cañonazo en son de reto y la nave capitana respondió aceptando el desafío. Don Juan de Austria hizo maniobrar sus veleros de manera que la flota de reserva quedara oculta a la vista del enemigo, y comenzó a recorrer las hileras de bajeles a bordo de una rápida fragata arengando a sus soldados y prometiendo la libertad a sus galeotes si ganaban la batalla. De vuelta en la nave capitana hizo enarbolar un enorme crucifijo junto al estandarte de la liga al tiempo que todos se postraban de rodillas para recibir la absolución de sus pecados y la indulgencia plenaria de los enviados del Papa.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lepanto2.jpg?t=1222645158" alt="Lepanto2.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
Al filo del mediodía, cuando las dos flotas se encontraron por fin a tiro de cañón, el redoblar de cajas y tambores y los alaridos de los guerreros animándose al combate llenaban el ambiente con un estrépito ensordecedor. Los turcos atacaron primero, tratando de introducir sus ligeras embarcaciones entre las más pesadas que don Juan había colocado en primera línea de batalla. Los certeros cañonazos españoles causaban enormes bajas en el centro de la escuadra musulmana mientras en el flanco izquierdo Agostino Barbariego hacía maniobrar las galeras venecianas para encajonar el ala enemiga entre sus cañones y los bancos de arena de la costa. El ala derecha, en cambio, empezó a ceder ante el empuje de Uluj Alí, virrey de Argel. Los malteses luchaban en inferioridad numérica contra los corsarios berberiscos hasta que el almirante genovés Juan Andrea Doria, que se había mantenido algo alejado de la lucha, se acercó comandando los refuerzos.<br />
El anciano hizo una pausa, sonriendo bondadoso ante los ojos embobados de Lopillo. ¿Y él? preguntó el niño; ¿él? continuó la voz grave, él iba en la Marquesa, una nave capitaneada por el valeroso Don Francisco de San Pedro. Al aproximarse se dieron cuenta de que el barco insignia de los Malteses sucumbía ante el vigor de los enemigos de la cruz y acudieron en su ayuda. El tronar de los cañones y el fragor de las culebrinas se aunaba a los zumbidos de las flechas, al seco estrépito de los arcabuces y a los alaridos de odio, dolor y rabia de los combatientes. El olor a humo y pólvora se mezclaba con el del mar y la sangre para enardecer los sentidos. Él era entonces más joven, poseía la audacia, la temeridad, que sólo es posible desplegar en esa primera juventud. Tal vez por eso le habían confiado el mando de una compañía de doce hombres. A pesar de encontrarse enfermo con fiebres altísimas, se levantó del lecho para subir a cubierta y ponerse al frente de sus soldados. Quería darles ejemplo de valor abordando primero a los infieles. Cuando los tuvieron a su alcance saltó espada en mano a la galera musulmana para batirse con los moros. ¿Qué pasó después? Él sólo recuerda el final de la lucha. Se ve a sí mismo lleno de heridas, con dos arcabuzazos en el pecho y el brazo izquierdo para siempre inutilizado, teñido de rojo de pies a cabeza, convertido él mismo en una enorme mancha de sangre en la que la propia se confundía con la de sus enemigos.<br />
Ya no alcanzó a ver a la nave capitana asaltando la galera real de los infieles ni a los tercios españoles acuchillarse con los jenízaros que la defendían; no vio al generalísimo turco caer herido de un arcabuzazo ni al humilde galeote a quien habían quitado esa mañana los grilletes erguirse como ángel vengador sobre su cuerpo indefenso y cortarle la cabeza. Escuchó en cambio el atronador alarido de victoria que siguió al suceso y contempló arriarse el pabellón del profeta del bajel que acaudillaba a los infieles.<br />
El propio don Juan de Austria lo felicitó después de la batalla y le aumentó la paga a cuatro ducados. A partir de aquel momento el mundo pareció sonreírle. Fue más tarde, cuando volvía lleno de ilusiones a su patria, bordeando la costa de Francia, que le salieron al paso dos galeotas de piratas turcos, lo tomaron prisionero y lo vendieron como esclavo en Argel.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cervantes4-1.jpg?t=1222644958" alt="cervantes4-1.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
¿Cuánto tiempo duró cautivo de los moros? preguntó Lopillo con los enormes ojos abiertos, ansiosos, apenados, interrogantes, recogiendo el casual encogimiento de hombros con el que el anciano quiso restar importancia a su desventura. Varios años. Varios siglos más bien, replicó el niño, que conocía de oídas los trabajos y tormentos que los infieles imponen a sus prisioneros. ¿Hizo algún intento de escapar? Muchos, respondió el viejo sin poder evitar un relámpago de orgullo que iluminó un instante sus cansadas facciones, pero fue capturado una y otra vez hasta que una orden religiosa, la de la Santísima Trinidad, apiadándose de sus miserias, pagó el rescate que los infieles exigían para ponerlo en libertad.<br />
A pesar de la fama que les dijo haber alcanzado en vida no tuvo mucha compañía a la hora de su muerte. Marcela y su hermano siguieron a distancia el magro cortejo fúnebre, sin acercarse demasiado por temor a las severas barbas y espejuelos de los contados asistentes. La esposa y la sobrina del noble viejo, enlutadas y llorosas, encabezaban la procesión. No tuvieron que caminar mucho para llegar al vecino convento de las monjas Trinitarias donde las buenas hermanas acogieron los restos del anciano para darles sepultura. Lopillo, recuerda Marcela, marchó todo el tiempo con el rostro bajo y los ojos llorosos. Luego se quedó prendido a las rejas de la entrada hasta que salió el último de los asistentes. Al volver a casa aprovechó la primera ocasión que se le presentó para hacer rabiar a su padre, cosa que éste le hizo pagar con la consabida azotaína. Él la aguantó a pie firme, con los labios apretados y los ojos secos, chispeantes de soberbia. En ese momento, Marcela tuvo por primera vez la intuición de que lo que más irritaba a su hermano era la sotana de su padre. Él hubiera preferido ser el hijo de un soldado, de un héroe de la guerra como el que acababa de acompañar a la tumba.</p>
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		<title>El humor en el Siglo de Oro (II)</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jan 2008 14:58:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Podría iniciar esta entrada como Antoine de Saint Exupéry su novela Piloto de Guerra: Sin duda sueño. Estoy en la escuela. Tengo quince años. Resuelvo con paciencia mi problema de geometría. Sólo que yo no me recuerdo de quince años sino de doce, y no me veo tampoco resolviendo un problema de geometría, para los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Podría iniciar esta entrada como Antoine de Saint Exupéry su novela Piloto de Guerra: <span style="font-style:italic;">Sin duda sueño. Estoy en la escuela. Tengo quince años. Resuelvo con paciencia mi problema de geometría</span>. Sólo que yo no me recuerdo de quince años sino de doce, y no me veo tampoco resolviendo un problema de geometría, para los que además nunca tuve paciencia alguna, sino ante el borroso rostro de un profesor del que he olvidado el nombre. Sospecho que ni siquiera enseña literatura aunque, no sé por qué motivo, nos habla de un personaje del que yo aún no sabía nada: don Francisco de Quevedo y Villegas, poeta de una época para mí entonces oscura y remota: el siglo XVII. Por otra confusa razón que tampoco recuerdo ahora, el rey -entonces yo los imaginaba sentados en su trono al dirigirse a sus súbditos- intenta burlarse de él. Le dice que se murmura por ahí que es capaz de componer versos al instante y le exige una demostración. Don Francisco responde con sencillez: “Majestad, deme pie”. El monarca medita unos momentos. En vez de aportar la rima requerida, levanta una pierna ante las risas de sus cortesanos y extiende hacia Quevedo su fina zapatilla de cuero. El poeta, medio cojo, se inclina para rodear con un brazo el pie del monarca y le dice:<br /><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R5YFOSMdt_I/AAAAAAAAAO4/ZXaETUO5JxE/s1600-h/1981-1200-francisco-quevedo.jpg" rel="lightbox[17]"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R5YFOSMdt_I/AAAAAAAAAO4/ZXaETUO5JxE/s200/1981-1200-francisco-quevedo.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5158316166159906802" /></a><br />En esta humilde postura<br />parece ser, oh señor,<br />que yo soy el herrador<br />y vos la cabalgadura.</p>
<p>Nunca olvidé ni los versos ni la anécdota. ¿De dónde los habrá sacado aquel mágico maestro de mi infancia? Porque en todo lo que he leído después sobre el Siglo de Oro Español, y tarde cinco años estudiándolo a fondo para escribir mi novela Amarilis, nunca encontré la anécdota ni los versos atribuidos a Quevedo. Ahora me parece poco plausible que un rey tan ceremonioso como Felipe IV se hubiese prestado a ese tipo de chanzas con sus cortesanos y menos verosímil aún que cualquiera de ellos, aunque se tratara del mismísimo Quevedo, se atreviera a faltarle al respeto. Sin embargo aquella historia bastó para encandilarme. Mi amor por el siglo de oro nació, pues, y fue creciendo como una catedral alta y tortuosa, apoyada sobre una piedra falsa. Pero me impulsó a explorar poco después el teatro de la época. Las comedias de Tirso de Molina, por ejemplo, las leí, las devoré, en la biblioteca de la escuela como si fueran teveos.<br />No tardé mucho en toparme de nuevo con Quevedo. Tampoco recuerdo en dónde leí otra de sus pullas, ésta dirigida a un tal doctor don Juan Pérez de Montalbán, de quien ahora sé fue discípulo y amigo de Lope de Vega, al quien al morir éste dedicó una apología, la Fama Póstuma. A Quevedo no debe de haberle simpatizado mucho porque le escribió:</p>
<p>El doctor tú te lo pones,<br />el Montalbán no lo tienes,<br />con que, quitándote el “don”,<br />vienes a quedar… Juan Pérez</p>
<p>De aquellos días de infancia recuerdo también otra -que me suena a siglo de oro aunque tampoco he visto escrita y desconozco al autor- que oí decir a mi padre ante una efigie de San Martín de Tours que, a caballo, rasga su capa para compartirla con un mendigo que está muriendo de frío.<br /><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R5YGuiMduCI/AAAAAAAAAPQ/CF3uveDf5zw/s1600-h/SanMartinDeTours.jpg" rel="lightbox[17]"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R5YGuiMduCI/AAAAAAAAAPQ/CF3uveDf5zw/s200/SanMartinDeTours.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5158317819722315810" /></a><br />Yo no soy como aquel santo<br />que dio media capa a un pobre,<br />toma de mi amor el manto<br />y si te sobra… que sobre.</p>
<p>Con Quevedo aprendí a gozar también el humor de su archienemigo, don Luis de Góngora y Argote, más fino y punzante pero igualmente implacable:</p>
<p>A don Diego del Rincón,<br />cojo, ciego y corcovado,<br />un hábito el Rey le ha dado<br />con encomienda en León.<br />Bien le vino al andaluz<br />que en tal Rincón, cosa es clara<br />que cualquiera se meara<br />si no le viera la cruz.</p>
<p>Esta otra, también de Góngora, se refiere a un fiasco íntimo. Las malas lenguas de la época sugerían que narraba el primer intento hecho por Felipe IV para consumar el matrimonio con su esposa doña Isabel de Borbón, recién desempacada de Francia.</p>
<p>Con Marfisa en la estacada<br />entrastes tan mal guarnido<br />que su escudo, aunque hendido,<br />no lo rajó vuestra espada.<br />Qué mucho, si levantada<br />no se vio en trance tan crudo,<br />ni vuestra vergüenza pudo<br />cuatro lágrimas llorar,<br />siquiera para dejar<br />de orín tomado el escudo.</p>
<p>Merecen también una mención sus riñas con Lope de Vega, de quien Góngora copiaba los romances moriscos cambiado los versos para burlarse de ellos. Por ejemplo, Lope concibe un personaje heroico, el moro Azarque, y le hace dirigirse a sus vasallos cuando está a punto de partir para la guerra:<br /><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R5YGEiMduBI/AAAAAAAAAPI/O2uhW8wDvKY/s1600-h/10ctos-lope-vega.jpg" rel="lightbox[17]"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R5YGEiMduBI/AAAAAAAAAPI/O2uhW8wDvKY/s200/10ctos-lope-vega.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5158317098167810066" /></a><br />Ensíllenme el potro rucio<br />del alcalde de los Vélez, <br />denme la adarga de Fez<br />y la jacerina fuerte, <br />una lanza con dos hierros, <br />entrambos de agudo temple, <br />aquel acerado casco<br />con el morado bonete…</p>
<p>Góngora pone a un villano en la misma situación:</p>
<p>Ensíllenme el asno rucio <br />del alcalde Antón Llorente, <br />denme un tapador de corcho <br />y el gabán de paño verde, <br />el lanzón en cuyo hierro <br />se han orinado los meses <br />el casco de calabaza<br />y el vizcaíno machete… </p>
<p>Y en la parte en la que el héroe se despide de su amada, Lope dice:</p>
<p>Acuérdate de mis ojos <br />que muchas lágrimas vierten <br />¡a fe que lágrimas suyas<br />pocas moras las merecen! </p>
<p>Y el villano de Góngora no se queda atrás:</p>
<p>Acuérdate de mis ojos <br />que están, cuando estoy ausente, <br />encima de la nariz<br />y debajo de la frente…</p>
<p>Al mismo Góngora se debe esta décima en la que hace mofa de las tercerías de Lope de Vega para con su amo, el duque de Sessa y de la voz popular que señala siempre lo mejor con la frase “es de Lope”.<br /><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R5YFjCMduAI/AAAAAAAAAPA/dp02N_i5kv8/s1600-h/25ctos-luis-gongora.jpg" rel="lightbox[17]"><img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R5YFjCMduAI/AAAAAAAAAPA/dp02N_i5kv8/s200/25ctos-luis-gongora.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5158316522642192386" /></a><br />Dícenme que terceros disolutos<br />cual suelen las livianas y ligeras <br />mujeres dar de putas en terceras,<br />aquestos, de terceros, dan en putos. <br />Si esto es verdad, aconsejarte quiero <br />que tu ingenio tercero y peregrino<br />en cosa que es tan vil no de ni tope. <br />Porque si das en puto de tercero <br />tomando lo nefando por divino <br />dirán luego en Castilla, &#8220;esto es de Lope&#8221;.</p>
<p>De Lope siempre me ha gustado esta octavilla. No resisto el incluirla, aunque pueda traerme alguna que otra protesta de las lectoras: </p>
<p>Hablando cierta persona<br />de los zapatos decía<br />que era bien hacerlos grandes<br />a las mujeres muy finas,<br />porque chicos hacen callos<br />y las damas resentían<br />que las hiciesen callar<br />aunque fuese solo un día.</p>
<p>Para terminar, lo que podría ser un epitafio burlesco para don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias. Acusado por Felipe III de utilizar su cargo público para enriquecerse, el marqués hizo gala de valor y entereza al ser decapitado en la Plaza Mayor. Está escrito por el conde de Villamediana</p>
<p>Aquí yace Calderón.<br />Pasajero, el paso ten,<br />Que en hurtar y en morir bien<br />Se parece al buen ladrón.</p>
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		<title>El humor en el Siglo de Oro</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Jan 2008 20:26:00 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[A principios del siglo XVII, haciéndose pasar por un caballero portugués de visita en la corte de España, Lope de Vega escribió una larga misiva a Don Luis de Góngora, quien a la sazón residía en Córdoba, avisándole que en Madrid acababa de hacerse público cierto desafortunado librillo que se le atribuía. Le aconsejaba darse [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A principios del siglo XVII, haciéndose pasar por un caballero portugués de visita en la corte de España, Lope de Vega escribió una larga misiva a Don Luis de Góngora, quien a la sazón residía en Córdoba, avisándole que en Madrid acababa de hacerse público cierto desafortunado librillo que se le atribuía. Le aconsejaba darse prisa en deshacer el malentendido porque la obra era tan mala que su fama de poeta no podría menos que sufrir ante tamaño infundio. El libro, que Lope mencionaba como “un cuaderno de versos desiguales y consonancias erráticas”, era en realidad la cumbre del culteranismo, <span style="font-style:italic;">Soledades</span>, a la que don Luis de Góngora consideraba con justa razón su obra maestra. Lope, fingiendo que nada sabía, continuaba su implacable crítica disfrazándola de buenas intenciones. No podía creer que semejantes tonterías se publicaran en su nombre, pero en el caso de que el libro fuera en verdad suyo le apenaba desengañarlo. No fuera suceder lo que con aquel loco de la bahía de Lisboa que se consideraba propietario de cuanto barco atracaba en el puerto. Su hermano, preocupado, hizo cuanto pudo por curarlo. Cuando al fin lo logró, el antiguo demente no sólo no le mostró agradecimiento, sino que no se lo perdonó jamás porque por su culpa había perdido todos aquellos barcos que le pertenecieron estando loco.<br />
Esta carta, modelo de humor, ironía y mala leche, es un espejo en el que se refleja ese ingenio burlón y pendenciero que tanto cultivaron, y que tanto envanecía, a los poetas del Siglo de Oro español.<br />
Si Lope de Vega era capaz de llegar a tan elaborados sarcasmos contra don Luis de Góngora, estaba bien correspondido por el malicioso cordobés que lo hacía el blanco preferido de sus sátiras.</p>
<p>Dicen que ha hecho Lopico<br />
contra mi versos adversos,<br />
mas si yo vuelvo mi pico<br />
con el pico de mis versos<br />
a ese Lopico lo-pico.</p>
<p>Cuando, poco después de recibir aquella carta, <a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fRjCMdt8I/AAAAAAAAAOg/wL9rx2zXVUk/s1600-h/G%C3%B3ngora.jpg" rel="lightbox[16]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5154318698363598786" style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fRjCMdt8I/AAAAAAAAAOg/wL9rx2zXVUk/s200/G%C3%B3ngora.jpg" border="0" alt="" /></a>Góngora se mudó a Madrid para ejercer el cargo de capellán de su majestad, se fue a vivir a la callecita del Santo Niño Jesús, a unos cuantos pasos de la casa que Lope habitaba en la calle de Francos. Éste llevaba años ordenado sacerdote pero su vida amorosa transcurría sin recato entre los brazos de las grandes actrices de la época y los de su última musa, Marta de Nevares Santoyo, la dulce Amarilis. Eso dio pie a que el poeta cordobés escribiera sin faltar mucho a la verdad:</p>
<p>Cura que en la vecindad<br />
Vive con desenvoltura<br />
¿para qué llamarle cura<br />
si es la misma enfermedad?</p>
<p>Se ha dicho que hubo en realidad dos Góngoras: uno, ángel de luz, y el otro, ángel de tinieblas. Nadie ha calculado todavía, con un estudio profundo y riguroso, el daño y el provecho que el racionero cordobés hizo a la literatura castellana. Hoy, tratamos aquí sólo de su veta luminosa y popular. Hace unos meses cayó en mis manos un volumen de nuevos poemas atribuidos a él. De ahí entresacamos esta pequeña joya:</p>
<p>Mata a todos cuantos cura<br />
el médico Filiberto,<br />
y si alguno no se ha muerto<br />
es que le ha errado a la cura.</p>
<p>Y, hablando de médicos, viene al caso otro autor, andaluz también, aunque éste no de Córdoba sino de Sevilla y bastante menos conocido que Góngora: el doctor don Juan Salinas de Castro, excelente poeta, del que hemos recogido un epigrama dedicado a un fraile viejo, deshonesto y falto de dientes:</p>
<p>Vuestra dentadura poca<br />
dice vuestra mucha edad,<br />
y es la primera verdad<br />
que sale de vuestra boca.</p>
<p>Una de las características del Siglo de Oro, es que el empleo del ingenio, el arte de la palabra, no se circunscribía al círculo de los poetas conocidos. Hacer versos, signo de sofisticación, cultura y buen gusto, era oficio y placer de todos. Los nobles de la corte disputaban a Lope, Góngora, Quevedo y Ruiz de Alarcón el aplauso y reconocimiento de sus contemporáneos. El mismísimo rey, Felipe IV, se puso a escribir, con más entusiasmo que talento, una comedia. De su virrey en Nápoles, don Pedro Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos, a quien Cervantes dedicó una novela, nos ha quedado entre otros escritos una puya dirigida a Juan de Morales, el esposo de Josefa Vaca, apodada la Gallarda, una de las actrices de teatro más célebres de su época:</p>
<p>Con tanta felpa en la capa<br />
y tanta cadena de oro,<br />
el marido de la Vaca<br />
¿qué pude ser sino toro?</p>
<p>Pero entre los nobles brilló con luz intensísima y propia el Correo Mayor del rey, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana. Sin duda uno de los ingenios más mordaces y prolíficos de su tiempo. Gran amigo y protector de Góngora, con quien compartía su pasión por los juegos de naipes, no le fue a la zaga al poeta cordobés en virulencia y socarronería. Su alta cuna le permitió, además, meterse sin temor con personajes que a los otros podían parecer demasiado encumbrados. Una de sus víctimas fue don Pedro Vergel, alguacil mayor de su majestad, de quien escribió después de verlo partir plaza una tarde de toros:</p>
<p>¡Qué galán que entró Vergel<br />
con cintillo de diamantes,<br />
diamantes que fueron antes<br />
de amantes de su mujer!</p>
<p>Al marqués de Malpica, tan callado, severo y ceremonioso, su habitual solemnidad no le salvó de las burlas del malicioso Villamediana.</p>
<p>Cuando el marqués de Malpica,<br />
Caballero de la Llave,<br />
con su silencio replica,<br />
dice todo cuanto sabe.</p>
<p>Ni siquiera el confesor de su majestad, el rey Felipe IV, el piadoso y reverendo fray Cirilo de San Juan, pudo escapar a su sorna:</p>
<p>Siempre, fray Cirilo, estás<br />
cansándonos acá afuera,<br />
¡quien en tu celda estuviera<br />
para no verte jamás!</p>
<p>Las malas lenguas rumoreaban, sin embargo, que el conde de Villamediana, tan gracioso, tan avispado, tan gentil, tan galante, tan generoso con las damas, tan engreído por sus pretendidos amores con la reina Isabel de Borbón, lo que a la postre tal vez le costaría la vida, aceptaba el favor de las mujeres sin por eso desdeñar a los hombres de su entorno. Hembra o varón, se decía, a él le daba igual. A eso se debe que el príncipe de Esquilache escribiera, después de haber leído una letrilla de Villamediana:</p>
<p>Luego que el papel leí<br />
con el me quise limpiar<br />
más púsome en que dudar<br />
que era del conde, y temí.</p>
<p>A eso se refiere también en esta cuartilla don Francisco de Quevedo y Villegas: en ella crea un equívoco entre el cargo de Correo Mayor y las singulares aficiones sexuales que se atribuían a Villamediana:</p>
<p>Que a ser conde hayáis llegado<br />
tan a prisa y tan sin costa,<br />
no es mucho, si por la posta<br />
habéis, conde, caminado.</p>
<p>Don Francisco de Quevedo fue, sin lugar a dudas, el poeta satírico más violento, agudo y desvergonzado de su época. Jamás hizo concesiones a nadie por cuestiones de sexo, edad o condición: clérigos y legos, nobles y plebeyos, débiles y poderosos todos quedaron expuestos, y todos sufrieron, sus terribles ironías. <a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fUMiMdt-I/AAAAAAAAAOw/aeCvHsPV1cA/s1600-h/Quevedo.jpg" rel="lightbox[16]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5154321610351425506" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fUMiMdt-I/AAAAAAAAAOw/aeCvHsPV1cA/s200/Quevedo.jpg" border="0" alt="" /></a>Dirigió muchas de sus sátiras a Góngora, a quien detestaba. Ese odio no se limitó llamarle “capellán del rey de bastos”, “verdugo de los vocablos”, “escoba de la basura de las musas del Parnaso” y hasta “almorrana de Apolo” entre otras lindezas. Cuando Villamediana murió y Góngora, viejo y enfermo, perdido el favor real, se encontró sin un centavo, Quevedo se dio el lujo de comprar la casa de la calle del Santo Niño Jesús, donde el cordobés habitaba, para darse el mezquino placer de echarlo. Luego, dentro de la vivienda, escribió que</p>
<p>Para perfumarla<br />
y desengongorarla<br />
de vapores tan crasos<br />
quemó, como pastillas, garcilasos.</p>
<p>Perdonemos a Quevedo esa falta de caridad para con aquel otro gran poeta de su generación y recordemos, en cambio, una graciosa letrilla que nada tiene que ver con su odio por el bardo cordobés sino con un marido cornudo que, al volver a su casa y encontrar a su esposa en brazos de otro, se venga hiriendo a su rival y cortándole la nariz:</p>
<p>¿Quién te persuadió a quitar<br />
al adúltero infeliz<br />
la nariz, pues la nariz<br />
no te pudo deshonrar?<br />
Tonto ¿qué has hecho al cortar<br />
lo que sólo sabía oler?<br />
Nada perdió tu mujer<br />
en esto, si lo has notado,<br />
pues al otro le ha quedado<br />
con qué volverte a ofender.</p>
<p>Pero comenzamos esta breve recopilación con una carta de Lope de Vega y vamos a terminarla con algunos versos del mismo Lope. Éste, aunque no desdeñaba zaherir de cuando en cuando a Góngora o a Juan Ruiz de Alarcón, a quien llamaba poeta rana, rana en la figura y rana en el estrépito, dedicaba menos su humor a personajes de carne y hueso y más hacia la sociedad que le rodeaba. En este verso se burla del sitio de reunión más popular de los nobles de la corte: el Prado</p>
<p>Llego a Madrid y no conozco el Prado<br />
y no lo desconozco por olvido<br />
sino porque me consta que es pisado<br />
por muchos que debiera ser pacido.</p>
<p>En este otro, remate de un soneto, Lope, bajo el seudónimo de fray Tomé de Burguillos, intenta convencer a una campesina de que deje de hacerse la difícil y se ponga a su alcance.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fR3SMdt9I/AAAAAAAAAOo/fsFR8_anR7g/s1600-h/Lope.jpg" rel="lightbox[16]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5154319046255949778" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/R4fR3SMdt9I/AAAAAAAAAOo/fsFR8_anR7g/s200/Lope.jpg" border="0" alt="" /></a> Su argumento final es un juego de palabras en el que está de nuevo implícita la crítica hacia la comunidad en que vive e insinúa la paulatina corrupción del imperio Español. Lo utilicé como epígrafe a la primera parte de mi novela <span style="font-style:italic;">Amarilis</span>:</p>
<p>Creeme Juana, y llámate Juanilla<br />
mira que la mejor parte de España<br />
pudiendo Casta, se llamó Castilla.</p>
<p>Más fecundo y menos malévolo que los otros, el humor de Lope se refiere muy seguido a situaciones ordinarias en las que la gracia está en el comentario ingenioso, pícaro y feliz del acontecimiento mismo:</p>
<p>Al expirar la pulga dijo “¡hay, triste<br />
por tan pequeño mal dolor tan fuerte!”<br />
“Oh, pulga, dije yo, dichosa fuiste<br />
detén el alma y a Leonor advierte<br />
que me deje picar donde estuviste<br />
y cambiaré mi vida por tu muerte”.</p>
<p>“Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra”, decían sus contemporáneos. Yo, a menudo, me detengo a pensarlo y lo repito como un acto de fe. No nada más hacia Lope de Vega sino hacia todos aquellos otros poetas de su época que supieron llenar con humor e ironía tantas horas felices de mi adolescencia.</p>
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