Archivo de la Categoría “Narrativa hispanoamericana contemporánea”
Entre los invitados a la Primera Semana Internacional de Novela Histórica, celebrada del siete al diez de mayo en el marco de la feria del libro de Valladolid, me encontré con Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, España, 1960) al que me une una vieja y estrecha amistad y con quien tuve el placer de compartir una mesa redonda el sábado 9 por la noche.
Alfonso es también un apasionado del siglo de oro español; ha publicado dos hermosas novelas sobre el tema, Ladrones de Tinta (Ediciones B, 2004) y El Gabinete de las Maravillas (Ediciones B, 2006) cada una ganadora de un premio Espartaco de novela histórica. El sábado ambos nos divertimos en grande, espero que nuestro auditorio también, tomando partido entre bromas y veras él por Cervantes y yo por Lope de Vega en las desavenencias que ambos sostuvieron durante sus vidas en aquel maravilloso y agitado siglo XVII.
Sin embargo, la más reciente novela de Alfonso, Las Caras del Tigre, publicada hace pocas semanas por Seix Barral, ocurre en pleno siglo XX y nada tiene que ver con la historia. Es un relato apasionante que anuda una intriga casi policiaca al origen de la especie humana y del que, sin traicionar los pormenores, ofrezco con la conformidad del autor uno de los primeros capítulos a los lectores de Los Convidados.
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Lauren Mendinueta publicó hace unos días en su blog Inventario un post que no he podido resistir la tentación de transcribir, tanto por la injusticia cometida por un homónimo, que además comparte el mismo rango militar, del célebre y entrañable personaje de Gabriel García Márquez como por la belleza del poema de Ignacio Urdaneta de Brigard, su víctima. Con el consentimiento expreso de Lauren lo reproduzco ahora para los lectores de Los Convidados. Abajo, una foto de Ignacio Escobar Urdaneta, después el texto de Lauren y luego el poema ya mencionado.
CUANDO EL CORONEL AURELIANO BUENDÍA MATÓ A IGNACIO URDANETA DE BRIGARD yo ni siquiera había nacido. Sin embargo la historia de esta infamia no deja de darme vueltas en la cabeza. Demasiada sangre ha corrido sobre Colombia, demasiadas vidas se han perdido por nada en un país que merece una mejor suerte. No crean que estoy hablando de un hecho literario sacado de las páginas de Cien Años de Soledad. En absoluto. La coincidencia en el nombre y el rango de los militares es apenas un hecho anecdótico y desafortunado.
Ignacio Escobar Urdaneta nació en Bogotá en 1943. Según datos recopilados por él mismo, sus ascendientes se remontaban a Teresa de Ávila y Calderón de la Barca. Hijo de una familia acomodada, pasó buena parte de su juventud en España. Era un joven rebelde y contestatario que vivía en confrontación con la clase social a la que pertenecía. Simpatizante del Bloque Socialista, pronto llamó la atención del gobierno represor de Misael Pastrana Borrero. El 23 de abril de 1974, a la salida de una corrida de toros en Zipaquirá, fue capturado por las fuerzas secretas del gobierno. Esa misma noche fue asesinado por el coronel Aureliano Buendía. Casi parece una broma de mal gusto que el nombre de su verdugo sea el de un personaje de la literatura y que su muerte haya coincidido con el aniversario de la de Miguel de Cervantes.
Estéticamente hizo parte de la Generación Desencantada, movimiento literario colombiano que surgió en los años 70, y al que también pertenecen Giovanni Quessep, María Mercedes Carranza, José Manuel Arango y Raúl Gómez Jattin, por mencionar sólo algunos nombres. El poema que publico a continuación apareció en el último número de la revista de poesía Alquitrave que dirige en Colombia el poeta Harold Alvarado Tenorio.
Ignacio Escobar Urdaneta tenía apenas 31 años aquel fatídico 23 de abril de 1974. Su muerte fue injusta, cruel, inútil y nos privó de mucho.
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…………………………………..José Manuel Fajardo
………………………………….SEGUNDAS PARTES
…………………………………………………….a Antonio Sarabia
Se la presentaron en la inauguración de una exposición de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y teñido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascendía, desde los muslos hasta el escote, como una invitación al pecado. Me contó que al verla casi se quedó sin aliento.
-Tenía la boca grande y sonriente- me explicó mientras su propia boca se abría en una sonrisa evocadora- y los ojos le brillaban de un modo que ni te imaginas. Y me miraba a mí. Así, directamente, como diciéndome: ¿a qué esperas?
Él no quiso esperar ni un minuto más. La invitó a tomar una copa después de la inauguración y ella dijo que sí. Acabaron subiendo las escalinatas del Café des Artistes para platicar mientras sorbían una magarita bien cargada de tequila y esperaban que les asignaran mesa. Por la ventana se veían las luces de las camionetas rancheras que circulaban por las estrechas calles amenazando con llevarse en sus parachoques la cal de las paredes. Ella le dijo que se llamaba Marieta justo en el momento en que dos conductores se enzarzaban en una agria disputa a la puerta del café, y él pensó que aquel nombre sólo podía designar a quien viviera bajo los dictados de la pasión.
-Siempre me han perdido las películas románticas- me confesaría más tarde-, esas mujeres que se entregan en cuerpo y alma y que tienen nombres que invitan a soñar. Como Ilsa o Lara, ya sabes, Casablanca, Doctor Zhivago… Es que tengo alma de atole, no lo puedo evitar.
Tantos años de vida en Guadalajara habían terminado por llenarle el habla de términos mexicanos y apenas si quedaba ya rastro alguno de su original acento español. Así, entre ni modos y órales, me vino a decir que aquella noche prometedora, tras la cena en el Café des Artistes, había terminado sin otra cosecha que un beso de despedida a la puerta de la casa donde ella vivía, eso sí, tan apasionado como si estuviesen sentados al borde mismo de la cama. Él hubiera querido ir mas allá, pero al menos era un primer paso.
Sin embargo, lo que prometía ser la obertura de un romance se convirtió en el continuo de una relación que no llevaba a ninguna parte. A veces, ella recostaba la cabeza sobre su hombro y apretaba con fuerza el brazo de él contra su pecho palpitante, sentados ante la imagen arrebolada del atardecer del Pacífico. Pero, de un modo u otro, la velada se resolvía sin ir más allá de unos besos apasionados.
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HIGADO DE GANSO
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Mi amigo Salim no es especialmente masoquista. Nunca, entre sus contadas perversiones, ha practicado la de experimentar placer a través de la humillación o del dolor. Por eso le perturba esa oscura debilidad que le atrae una y otra vez hacia ese pretencioso y bien iluminado establecimiento de su vecindario parisino donde lo tratan siempre mal. Salim es colombiano, de origen libanés, y vive en Francia porque a sí se dan hoy las cosas en el mundo, donde los descendientes de antiguos emigrados se convierten a su vez en emigrantes, como si un ancestral precepto nómada les mantuviera en perpetuo movimiento. Mi amigo es un alma de Dios, pero se diría que el tinte moreno de su piel o su peculiar semblante entre árabe y sudaca, pusieran en marcha todas las señales de alerta del local. La dueña es una mujer alta, enjuta y hosca, de ojos pequeños y juntos, que desde que él aparece en el umbral del negocio lo persigue de lejos con su mirar desconfiado. En alguna ocasión lo acompañé a comprar pimienta verde, el aderezo imprescindible de sus pechugas de pato, y me constan los esfuerzos de la ceñuda mujer por no abandonar su puesto junto a la caja registradora para vigilarlo mejor. Él se introduce con algo de vergüenza por entre los bien provistos y ordenados anaqueles procurando mantenerse siempre al alcance de su vista, no vaya a pensar que se está robando algo. No hay que hacer cosas buenas que parezcan malas, me recomendó aquella vez recordando el apocado refrán que otros igual de timoratos, aunque más viejos que él, le inculcaron en la infancia.
A mí, el distrito donde vive me resulta insoportable, pero Salim tuvo que avenirse a él porque está cerca del liceo donde da clases de español. Lo mejor que pudo alquilar con su exiguo salario de enseñante es una buhardilla, en realidad un cuartucho de sirvientas con su ruinosa cocinita, en un elegante edificio de cantera frente a su tienda predilecta. Se la subalquila, a espaldas del verdadero propietario, el rico inquilino de uno de los departamentos de abajo.
Su vecindario no es como otros distritos de París en los que se respiran aires menos turbios. Ahí la gente es brusca y altanera. Incluso se diría que sus habitantes comparten un vago aire familiar. Como si el barrio fuera un suburbio aparte y a través de quién sabe cuántos ancestrales matrimonios entre vecinos los genes hereditarios les hubieran marcado el semblante y el carácter con el mismo acre sedimento. Ciertos rasgos se habrían vuelto entonces dominantes y terminado por imponer su sañuda ley en todas las fisonomías: el mentón levantado, las comisuras de los labios arqueadas hacia abajo, en una mueca de disgusto, los ojos ariscos, posando desde lo alto una mirada indiferente hacia las cosas, cuando no fría y lejana hacia sus semejantes.
Mi amigo vive, a su pesar, entre ellos. Y a su pesar compra a menudo en ese expendio de la esquina, donde nadie aprecia su presencia. Ahí gasta casi todo su salario porque a Salim le encanta cocinar, tiene dotes para ello, y no es de los que titubean en hacerlo para sí mismos cuando se encuentran a solas. Le ayuda a matar el tiempo, me dice, a distraerse. Por eso le fascina el olor y la limpieza del sitio, la disposición de frascos y paquetes. Las etiquetas de las botellas impecablemente alineadas en los estantes. Los soberbios vinos, con las grandes cosechas de Borgoña y de Burdeos. Las hileras de fina latería en las que se pueden encontrar desde trufas perigurdinas hasta huitlacoches mexicanos. La esmerada selección de los productos naturales, su frescura y pulcritud. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen, me dice arrobado, los mejores espárragos que ha comido en su vida.
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“Yo llegué a París buscando a la Maga”, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.
Yo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.
En otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante Cien Años de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.
Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.
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Osvaldo Soriano (Mar del Plata, Argentina 1943-1997) nació en enero de 1943 y murió, también en el mes de enero, cincuenta y cuatro años más tarde dejando como herencia algunas de las novelas más originales y sorprendentes de la literatura argentina del siglo XX. La nota luctuosa que transcribo más abajo, Un Adiós a Soriano, fue escrita por mí hace once años y publicada en el periódico El Mundo, de Madrid, España y en El Público, de Guadalajara, México un par de días después de su muerte, ocurrida el 29 de enero en su natal Buenos Aires. Aparte del texto, que reproduzco ahora como un homenaje al Gran Gordo, el lector de Los Convidados encontrará un cuento de Soriano titulado Mecánicos. Una breve pero formidable muestra del talento literario puesto al servicio del humor y la pasión por la vida.
Aclaro que las ideas expresadas en mi artículo de hace once años sobre las computadores Macintosh, tan queridas e imprescindibles tanto para Osvaldo como para mí, han sido felizmente desmentidas por el tiempo.
UN ADIOS A SORIANO
Por Antonio Sarabia
No se puede decir que Osvaldo Soriano fuera muy leído en México. Esas cortapisas misteriosas de la industria editorial, que restringen la distribución de la obra de un autor más allá de sus fronteras nacionales, impidieron que el común de los lectores apreciara en este país el socarrón humor porteño del Gran Gordo. El jueves por la mañana, advertido desde la víspera por un fax de Luis Sepúlveda y un correo electrónico de Mempo Giardinelli, busqué inútilmente una mención luctuosa en los periódicos, algo que me ayudara a comprender lo incomprensible. No hubo nada, ni siquiera una nota marginal sobre su muerte. Sentí que Osvaldo se extinguía discretamente, dejándonos solos, tristes, solitarios y finales, atragantados por esa rabia sorda que nos empaña los ojos sin resignarse a aceptar lo irremediable. Mempo propone que, en venganza, entre todos puteemos a la muerte. Al menos esta vez lo tendrá bien merecido. Si alguien hará falta, por su talento y originalidad, en las letras hispanoamericanas, es Osvaldo Soriano.
No me puedo jactar, aunque me encantaría, de que fuésemos íntimos amigos. Compartimos, eso sí, multitud de camaradas, agente literario, editores en América Latina y el mismo cuestionable amor por los ordenadores Macintosh, esas postergadas computadoras en una de las cuales desovillo trabajosamente estas líneas, que desde nuevas huelen a piezas de museo. Nada más natural entonces que nos conociéramos, primero por teléfono en la ciudad de Buenos Aires y más tarde en persona en el festival francés de San Maló. Supe entonces, aunque su hipocondría era proverbial, que en verdad había estado muy enfermo, perdido peso, al grado de convertirse para la bulliciosa banda de compinches que asistían al legendario puerto pirata en el ex Gordo Soriano. Yo lo creí restablecido. No sospeché, ni por asomo, la mancha asesina extendiéndose en su pulmón de antiguo fumador, mancha que él conocía y callaba, y que al final fue la causa indirecta de su muerte. Recuerdo su sonrisa divertida, la blancura de su piel, la manera cansada de acariciarse la calva y la barba que tanto me recordaban a mi abuelo a pesar de que Osvaldo era apenas un par de años mayor que yo. Conversamos de las cosas de costumbre, esos asuntos milagreros que entre los escritores tienen la particularidad de parecer siempre apasionantes y novedosos. Hablamos de su pasada colaboración con Cortázar, de nuestra literatura y la de nuestros amigos, de sus proyectos. Una mañana intercambiamos direcciones electrónicas y no paró de darme consejos de informática.
El jueves por la tarde nuestro común editor en la Argentina me proporcionó algunos detalles de su muerte. Le habían extirpado, con éxito, el tumor, y fue una infección pulmonar postoperatoria la que le empujó hacia la tumba. El viernes apareció, por fin, en los periódicos locales, una breve reseña del entierro en Buenos Aires. Pero el Gordo jamás se irá totalmente. Nos dejó, en un puñado de novelas sorprendentes, el corrosivo ingenio de su prosa y el trazo alucinado y alucinante de sus historias. Este seis de enero, Día de Reyes, acababa de cumplir cincuenta y cuatro años. Gracias, Osvaldo, por tu obra. No habrá más penas ni olvido, hasta siempre, descansa en paz.
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Yo no escribo habitualmente de política pero esta noche no puedo, ni me siento dispuesto, a cerrar más los ojos a la catástrofe en el medio oriente. Esa inhumana masacre en la que la muerte de cientos, tal vez pronto de más de un millar de civiles cercados en una angosta franja de tierra igual que en una ratonera, se utiliza como baza adicional en el imperdonable juego de fanatismo y poder antagónicos, la inevitable pérdida de unos cuantos peones prescindibles en el siniestro ajedrez de la muerte.
¿Qué perseguía Hamás al negarse a renovar la tregua con Israel que expiraba en diciembre? ¿Qué pretendía al disparar esas andanadas de cohetes caseros contra su poderoso vecino? Es ridículo que considerara, si alguno acertaba en el blanco, que la muerte de un puñado de israelíes iba a cambiar de algún modo la situación en Gaza. Lo que la organización palestina buscaba, y al final consiguió, era la torpe y brutal represalia de Israel a su engañoso desafío. Como el hermano menor que provoca al mayor tirándole un puntapié para luego correr con sus padres a que lo vean agredido. Tenía que hacerlo de inmediato, cuando junto a la del hermano mayor asomaba aún la irresponsable y zapateada cara de George W. Bush lo que garantizaba su postrer bendición a un nuevo baño de sangre. Y gracias a la arrogancia, a la ceguera y a la absoluta crueldad del gobierno encabezado por Ehud Olmert, con el apoyo del gracias a dios muy pronto ex presidente de los Estados Unidos, Hamás ha logrado su objetivo.
Bienvenidos los miembros descuartizados, las mujeres desgarradas y los niños muertos cuyas imágenes dan la vuelta al mundo en primera plana y horarios triple A. Ahora Siria, que con la mediación de Turquía negociaba un convenio con Israel, verá sus manos atadas para lograr un acuerdo. Ahora Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro turco, se siente con justa razón traicionado por Tel Aviv. Ahora el conflicto abre las puertas a la reelección en Irán del presidente Mahmud Ahmadineyad, fervoroso partidario de la bomba atómica y enemigo mortal de Israel. Ahora se radicalizará y polarizará todavía más el Islam quitando espacio y argumentos a quienes pregonan concordia. Ahora el cabecilla palestino Abu Mazen y el líder del partido pacifista israelí Iosi Beilin, ambos en favor de la tolerancia y la paz, quedan prácticamente eliminados del tablero político. Ahora llegarán más fondos de los multimillonarios árabes que tranquilizan su petrolera conciencia canalizando dinero y recursos a sus más belicosos correligionarios. Ahora se reclutarán con facilidad entre despojados, viudos y huérfanos, nuevos mártires dispuestos a esconderse explosivos bajo la ropa, bien adheridos a su mísera carne de cañón, y sacrificar sus vidas para vengarse de la matanza israelí. Ahora tendremos que vigilar con mayor esmero y rigor todas las torres gemelas del mundo.
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Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires 1910-1984) gustaba escribir sus apellidos así, sin acentos. De esa manera aparecen en la mayor parte de los libros que publicó en vida, y de esa manera los transcribimos hoy aquí, en Los Convidados, para respetar su voluntad.
Mujica Lainez nació y fue educado en el ambiente culto e intelectual de las antiguas familias españolas radicadas en Argentina desde mediados del siglo XVIII. Él mismo era de ilustres y aristocráticos orígenes. Descendía por la línea paterna de Juan Garay, fundador de Buenos Aires.
Hizo estudios en Francia e Inglaterra. Su primera novela, Louis XVII, está escrita en francés y dedicada a su padre. Ingresó en la Facultad de Derecho de su natal Buenos Aires sólo para abandonarla un par de años más tarde y colocarse como redactor en el diario La Nación, empleo en el que llegaría a jubilarse. En 1935 viajó de Río de Janeiro a Berlín en el Graf Zeppelin. En 1936 contrajo matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo, y ese mismo año publicó su primer libro Glosas Castellanas, un conjunto de ensayos en buena parte dedicados a Cervantes y al Quijote.
En 1955 obtuvo el Gran Premio de Honor de la SADE por su novela La Casa. En 1956 fue elegido miembro de la Academia Argentina de Letras y, en 1959, académico de Bellas Artes. En 1963 recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela Bomarzo. En 1982, el gobierno de Francia le concedió la Legión de Honor. A las pocas semanas de su muerte, ocurrida en la ciudad de Córdoba, Argentina, en 1984, fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires. Su obra ha sido traducida a más de quince idiomas.
La prosa de Manuel Mujica Lainez es fluida, culta y algo preciosista. De su segundo libro de relatos, Misteriosa Buenos Aires, hemos tomado este hermoso cuento, literalmente un regalo de Reyes Magos para nuestros lectores, en el que el autor aprovecha al máximo su talento descriptivo y su vasta experiencia como crítico de arte. El texto se inspira en La Adoración de los Magos, óleo sobre tela de Pedro Pablo Rubens, que se exhibe en el Museo del Prado y que reproducimos más abajo, dentro del cuerpo mismo del relato.
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Conocí a Guillermo Fadanelli (México, D.F., 1960) hace varios años, durante una Feria del Libro de Guadalajara, y no lo había vuelto a ver sino hasta este octubre pasado cuando la revista Belles Latinas nos invitó a realizar una larga y a ratos fatigosa gira por Francia. Compartimos un par de mesas redondas, una de ellas muy divertida en el Instituto México de París, y pasamos largas horas charlando en donde mejor se podía, incluyendo una vez su habitación de hotel en Lyon cuando la madrugada nos cerró todos los bares de los alrededores.
Contra lo que pueda pensarse por su aspecto exterior y sus maneras a veces huidizas y hoscas, Guillermo es un personaje tímido y sensible además de un fino y brillante prosista que utiliza con humor, talento y lucidez la provocación para sacudir de la cabeza del lector las telarañas del pensamiento anquilosado y obligarle a mirar con ojos nuevos algunas de las propuestas características de la contracultura contemporánea.
Fundador de la revista Moho y del Movimiento cerebrista, Guillermo ha escrito un puñado de novelas entre las que destacan La Otra Cara de Rock Hudson, con la que ganó el premio IMPAC/CONARTE en 1998, Lodo con la que obtuvo también el Premio Nacional de Narrativa Colima 2002 y Educar a los topos, publicada en el 2007.
Guillermo ha tenido la gentileza de enviar, en exclusiva para Los Convidados, este ensayo inédito que formará parte de un trabajo mayor titulado Elogio a la Vagancia. El tema, la conversación, no podía venir más al caso porque nos parece continuar así, de manera vicaria, la que dejamos pendiente en Francia. Si me permite aplicarle a él las palabras con que se refiere a Spinoza en el texto que presentamos “Spinoza, uno de los filósofos más extravagantes que han existido jamás -es decir: más serios- …” yo diría que él mismo, dentro de esa extravagancia tan típicamente fadanelliana, es uno de los escritores más inteligentes y serios que conozco. Muchas gracias, Guillermo, por la amistad y la colaboración. Hasta la próxima.
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Este martes 25 de noviembre se conmemora el natalicio de Lope de Vega (Madrid, España, 1562-1635) uno de los grandes genios de la literatura española y, sin lugar a dudas, el poeta más celebrado de su tiempo. Junto con Cervantes, Góngora, Quevedo, Mateo Alemán, Ruiz de Alarcón, Villamediana, Tirso, Calderón, Gracián y tantos otros, compone el llamado barroco español. Una forma de vida, de ser, de vivir, de creer y hasta de hablar, afirma Antonio Carreño en su prólogo a las Rimas humanas y otros versos (Crítica, 1998), comprendida bajo el más pretencioso término de Siglo de Oro.
Hijo de un diestro bordador de casullas y frontales que llegó a coser para la reina, la vida de Lope transcurre en plena España de los Austrias, desde el reinado de Felipe II hasta el de Felipe IV. Sobre su educación no hay datos precisos aunque el mismo Lope dedica una de sus comedias al muy ilustrísimo señor don Íñigo de Mendoza, catedrático de la universidad de Alcalá cuando yo estudiaba en ella y hace también otra ambigua referencia a su posible paso por Salamanaca.
En su juventud fue soldado y actor (cuando fue representante / primeras damas hacía, cuenta Quevedo con su acostumbrada mala leche) antes de entrar como secretario al servicio de algunas casas nobles como la del obispo de Cartagena, la del marqués de Malpica, la del duque de Alba, la del conde de Lemos y, posteriormente, con una lastimosa servidumbre que mantendría hasta el final de su vida, la del duque de Sessa.
Pero cuando aún era joven y comenzaba a destacar escribiendo versos y comedias, encontró musa e inspiración en la calle de Lavapiés, donde vivía la actriz Elena Osorio hasta que el padre de ésta, Jerónimo Velázquez, un astuto empresario teatral, prefirió para su hija la fortuna de otro a los libretos de Lope: dejas un pobre muy rico, le escribió Lope chasqueado, y un rico muy pobre escoges, / pues las riquezas del cuerpo / a las del alma antepones.
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