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	<title>Los Convidados &#187; Narrativa hispanoamericana contemporánea</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los secretos de cocina de Sergio Ramírez</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:48:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/festiparola-1.jpg?t=1278695408" alt="festiparola-1.jpg picture by antoniosarabia" />Nada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.<br />
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 412px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartelliberaapalabra.jpg?t=1278692543" alt="cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabia" />Su obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por <em>Castigo Divino</em>; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por <em>Un Baile de Máscaras</em>; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por <em>Margarita está Linda la Mar</em>.<br />
En su más reciente novela, <em>El Cielo Llora por Mí</em>, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.<br />
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto.<span id="more-1132"></span></p>
<p style="text-align: center;"><strong>SECRETOS DE COCINA</strong></p>
<p>Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre.<br />
La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. Razón y representación son entonces una misma cosa.  Y ese acto de imaginar no tiene ni antecedentes, ni sustitutos.  Quien piensa imaginando necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.<br />
A su vez, alguien escucha, e imagina lo que escucha. Y esta doble necesidad ⎯contar y oír contar, escribir y leer, proponer y recibir⎯ sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear.  Desobedecer. Contar, escribir.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 278px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/satiago12B.jpg?t=1278694946" alt="satiago12B.jpg picture by antoniosarabia" />Imaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones. Y el otro, predispuesto a ser parte de ese rito ⎯como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca⎯ dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar?<br />
El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención. Se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable.<br />
Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio.<br />
En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, los genocidios, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.<br />
Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. No hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros.  Son temas que no cambian nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología. Tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez.  O cuatro, como pienso yo: el amor, la locura, la muerte, y el poder. Lo digo porque pasé por esa hoguera del poder, y consumí mis huesos en ella. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 294px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/3B.jpg?t=1278695231" alt="3B.jpg picture by antoniosarabia" />Quiero detenerme ahora en una imagen que es el símil de ese oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición; y además de pastor evangélico, era rabdomante, el que tiene el don natural de descubrir fuentes de agua bajo la tierra con la ayuda de una vara que se inclina para señalar el sitio oculto, gracias a una fuerza misteriosa.<br />
Del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que descansa la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.<br />
Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, &#8220;máquina de variada invención&#8221;, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces ⎯entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos⎯; y por fin tallar, lijar, barnizar.<br />
Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.<br />
También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 409px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/margarita-esta-linda-mar.jpg?t=1278695972" alt="margarita-esta-linda-mar.jpg picture by antoniosarabia" />Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la misma familiaridad  que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda.<br />
En la introducción de Tom Jones, bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.<br />
Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.<br />
De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la II Parte de El Quijote Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sansón Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento, algo que ya sabemos.<br />
En su novela Omer&#8217;s daugther, Robert Graves nos enlista la incongruencias que encuentra en La Odisea : cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene el timón en la proa, y no en la popa, como dice después; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes que acosan a Penélope; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 311px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg?t=1278696114" alt="Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg picture by antoniosarabia" />Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores ⎯aún los sintácticos y los ortográficos⎯ demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.<br />
No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gánsteres y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia.<br />
El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere.<br />
Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla.<br />
El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo.<br />
Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 378px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ELCIELOLLORAPORMI.jpg?t=1278697005" alt="ELCIELOLLORAPORMI.jpg picture by antoniosarabia" />Los modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.<br />
¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes, sin embargo? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo XIX. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación?<br />
Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas. Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas.<br />
La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director de cine, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.<br />
¿Hay quienes quizás recuerden las viejas radionovelas. Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto.<br />
La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula.<br />
En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura:</p>
<p>Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora&#8230;</p>
<p>En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real.</p>
<p>¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación.<br />
Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. Es el mes de febrero de 1916 en León de Nicaragua. El cerebro de Rubén Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Víctor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal,  según su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere vender el cerebro a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido.  Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar.<br />
La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación.<br />
Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China.  Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas,  su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos, devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos  mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de niñas disfrazadas de ninfas, náyades y bacantes,  en representación alegórica de esos mismos versos.<br />
Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de políticos corrompidos, licenciados confianzudos y generales analfabetos que  lo enterró con honores de Príncipe de la Iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno mientras por toda la ciudad tocaban a duelo las campanas de las iglesias. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones.  Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud.  Pero después, Sandino, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío para empujarlo por las calles, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.<br />
Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza;  entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, en el delirio inolvidable de la revolución triunfante, y también en el páramo desolado de la revolución perdida.  Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario, y la crónica de ese itinerario la he puesto en mi libro de memorias Adiós Muchachos, donde cuento la revolución como yo la viví.<br />
Pero en todos esos hechos de mi vida hay materia también para novelas. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.<br />
Tras muchos años entre la literatura y la política, he dado ya al César lo que es del César, y me he quedado con la literatura.  Y tras muchos años también, creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero que no es utópica la justicia, como son lo son la compasión,  y la fidelidad a los principios que nos acompañan desde la juventud.<br />
Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.</p>
<p>Sergio Ramírez</p>

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		<title>Noela Duarte, Ovejero y La Comedia Salvaje</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 16:39:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 165px; height: 250px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Noela-Duarte.jpg?t=1256227878" alt="Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabia" />El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de <em>Primeras Noticias de Noela Duarte</em> (<em>Dernieres nouvelles de Noela Duarte</em>, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, <em>La Comedia Salvaje</em>, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1117"></span><br />
</span></p>
<p style="text-align: center;">LA COMEDIA SALVAJE (fragmento)</p>
<p>Sólo entonces descubrieron que quizá el perro no había escapado por algo que hubiera hecho Benjamín. De no muy lejos, al parecer del zaguán, llegaba el sonido amortiguado de pasos, un rozar de ropas, comentarios hechos en voz muy baja, algún ruido metálico de hebillas o de armas.<br />
Desde luego, estaban armados: fueron asomando uno a uno hasta sumar cinco, con las caras pintadas de tizne y verde, ramas y hojarasca entretejidas en las redecillas que cubrían sus cascos y entremetidas en correajes, ojales y presillas, uniformes con incontables y abultados bolsillos, granadas bamboleándose en pechos, perneras y cinturas, fusiles apuntados hacia la pareja más boquiabierta que asustada. Se quedaron en el quicio de lo que una vez fue una puerta de doble hoja. De aspecto feroz pero de gesto reverente. El único movimiento durante un rato fue el de las pestañas. Cinco estatuas vegetales; las Ménades convertidas por Liceo en árboles, pero en macho.<br />
-¿Son los Reyes Magos? -preguntó Julia a Benjamín al oído.<br />
-Los Reyes Magos eran tres, uno de ellos negro.<br />
-Dos pueden ser pajes, Y como vienen pintados no se distingue bien el color.<br />
Los cinco se fueron adentrando a pasos breves, con tanta parsimonia que de verdad parecía que se iban a arrodillar y adorar a la pareja.<br />
-¡Qué mina más hermosa! -exclamó uno.<br />
-¿Por qué dice que esto es una mina? -susurró Julia.<br />
-Otro loco, como el perro.<br />
-O es ruso, porque habla raro.<br />
-¿Son de verdad? ¿Puedo tocar? -preguntó un segundo tiznado acercándose a palpar los cabellos de Julia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 228px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/retrato4.jpg?t=1256228280" alt="retrato4.jpg picture by antoniosarabia" />-Aguas; pueden estar armados -dijo un tercero.<br />
-¿Qué es eso de aguas? Hablá español. Además, qué van a estar armados. ¿Viste la cara de pelotudo de éste? ¿Y la cara de ángel de ella?<br />
-Como me siga manoseando le pego una cuchillada -volvió a susurrar Julia.<br />
-Somos amigos -respondió Benjamín.<br />
-Si fuesen enemigos no estarían tan juntos -respondió el cuarto soldado.<br />
-Perdonen a este boludo -dijo el primero-, es que es chileno.<br />
-Bueno, ¿pero quiénes son estos dos? -preguntó el único que llevaba bigote y que recordaba vagamente al daguerrotipo de un revolucionario.<br />
-Yo soy Benjamín, ella Julia.<br />
-Pues mucho gusto, mi cuate, pero si no me dices algo más te saco el mole a plomazos.<br />
-Estate tranquilo, que ellos lo están. Estos no son combatientes, son población civil. Vengan, siéntense todos -dijo el que parecía el comandante porque todos se dirigían a él y él a todos, aunque ninguno llevaba galones ni insignias de mando.<br />
Vistos de cerca, los recién llegados no parecían tan bien pertrechados como en el momento de su aparición. Los cascos eran de minero, forrados con redecillas de mujer. Los uniformes, monos de mecánico teñidos de verde. Y las caras pintadas, con los colores corridos por el sudor, daban más lástima que miedo. Se quitaron cascos y correajes y dejaron sus armas en el suelo.<br />
-Ustedes no son españoles -dijo Benjamín.<br />
-Mejor, porque son los españoles los que están requetejodiendo su país -dijo el que había tocado el pelo a Julia.<br />
-Somos el Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano -dijo el del bigote.<br />
-¿Ustedes solos?<br />
-¿Y para qué más? Yo soy argentino -dijo el que había hablado en primer lugar-. Aunque ellos no.<br />
-Yo soy mexicano.<br />
-Yo chileno.<br />
-Yo colombiano.<br />
El quinto no hizo intención de abrir al boca. Se estaba quitando las botas sin prestar atención a la conversación. El argentino le dio una palmada en la espalda.<br />
-¡Che, nos estamos presentando! Perdónenlo. Es mudo. Y paraguayo. Las desgracias nunca vienen solas -aclaró el argentino.<br />
-¿Y puede un mudo ir a la guerra? -se asombró Julia.<br />
-Si fuera sordo o ciego, no, pero a quién le molesta que sea mudo -explicó el chileno.<br />
-Además -dijo el argentino-, ¿a quién le importa lo que diga un paraguayo? Ser paraguayo es como ser belga. Los belgas participaron en la Gran Guerra, ¿y se enteró alguien? Un paraguayo mudo es una tautología, porque aunque no lo esté nadie lo escucha.<br />
-¿Y qué hacen en esta guerra? -preguntó Julia.<br />
Todos interrumpieron un momento lo que estaban haciendo porque a sus espaldas había sonado un ruido.<br />
-Ése debe de ser el cubano. Se nos perdió hace un rato. Se pierde tres veces por día -explicó el argentino.<br />
Al cabo de unos momentos entró en la habitación otro hombre, con uniforme similar al de sus compañeros, negro sin necesidad de pinturas, que llegaba arrastrando un fusil por la correa.<br />
-¿Dónde ustedes se habían metido? Coño, media hora los llevo buscando -Y se dejó caer derrotado contra un trozo de colchón. Entonces descubrió a Julia y Benjamín;  consultó a sus compañeros con la mirada.<br />
-Dos gachupines -dijo el mexicano.<br />
-Dos gallegos -explicó el argentino.<br />
-Yo soy vasco.<br />
-Por eso es que sos gallego.<br />
-Les preguntaba qué hacen en esta guerra.<br />
El paraguayo echó unos trozos de madera al fuego y se puso a soplar para avivarlo. Los demás intercambiaron miradas como quienes comparten un secreto que no se deciden a revelar. Fue el mexicano quien tomó la palabra:<br />
-Yo recién estuve en París. No chinguen, eso sí que es una capital. Y Londres, híjole, Londres es de poca madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/portadacomedia3-5.jpg?t=1256228470" alt="portadacomedia3-5.jpg picture by antoniosarabia" />Los seis hispanoamericanos se volvieron hacia Julia y Benjamín; parecían querer descubrir en ellos el efecto de esas palabras, pero ambos estaban esperando la continuación de la historia.<br />
-Las culturas indígenas -dijo el colombiano- también estaban en decadencia cuando llegaron los conquistadores.<br />
-Un puñao de gallegos muertos de hambre -dijo el cubano.<br />
-Les voy a decir la verdad, yo me embarqué en Buenos Aires porque quería ayudar a los republicanos; en el barco me encontré con todos éstos, y bueno, las noches a bordo son largas, uno bebe, habla pavadas.<br />
-Bueno, el que hablaba era él, ya saben cómo son los argentinos -dijo el chileno.<br />
-No seás boludo, ahí hablábamos todos menos el paraguayo. Discutimos si lo que realmente necesita este país es que triunfe la República. Claro, ya sé lo que me van a decir, mejor la República que los fascistas, eso es verdad, pero ya digo, no teníamos nada que hacer, y nos pusimos a discutir si no había otras posibilidades, nada mejor para resolver el conflicto, que no es nuevo, che, que lo llevan arrastrando más de un siglo.<br />
-Y llegamos a la conclusión -dijo el mexicano que llevaba rato queriendo meter baza- de que a España se la está llevando la chingada. Miren París, miren Londres, y comparen con Madrid o Barcelona. Acá hay que hacer algo, pero algo radical, no es nada más que ganen unos u otros. Hay que ir más lejos.<br />
-Otros que quieren salvar a España. ¿Por qué todo el mundo quiere salvar a España?<br />
-No, señorita -dijo el colombiano-, no hemos venido a salvarla, sino a conquistarla.<br />
-Eso es lo que les estaba platicando -dijo el mexicano-. Que vinimos a conquistar España.<br />
-Vosotros seis solos -dijo Benjamín.<br />
-¿Y cuántos eran los conquistadores cuando cruzaron el Atlántico? Comparada con América, España es una cancha de fútbol- dijo el colombiano.<br />
-Yo seré el presidente provisorio. Hasta que redactemos una constitución -dijo el argentino.<br />
-Nos aprovecharemos de las luchas internas; ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien.<br />
-Modernizaremos el país, igual que hicieron los españoles allá. Porque está que se cae de viejo, basta verles las caras. Miren a sus políticos, que parecen conservados en naftalina.<br />
-Ahora ya está todo dicho. Hemos quemado las naves.<br />
-Los seis de la fama, somos.<br />
-Órale, y vamos a crear un nuevo imperio. ¿Cómo la ven?<br />
Se habían puesto a hablar tan deprisa, sin esperar siquiera que el anterior hubiera terminado la frase, que parecía que habían ensayado aquel discurso coral para aturdirlos, y tanto lo consiguieron que Julia y Benjamín casi ni sabían quién decía qué, esforzándose en digerir cada nuevo mensaje, en asimilar esa decadencia y ese retraso del que hablaban los libertadores, incapaces de insistir en sus objeciones o dudas. Sólo después de esa última pregunta se quedaron los recién llegados un momento en silencio, esperando la respuesta, sus miradas oscilando de Benjamín a Julia.<br />
-Pero no es lo mismo. España es un país civilizado -dijo Benjamín-. Un país civilizado no se conquista así como así.<br />
Todos sacudieron la cabeza simultáneamente. Parecían haber dado por descontado que escucharían una respuesta equivocada.<br />
-Tierra de indios.<br />
-Las catedrales son sus pirámides; allí hacen sacrificios y hablan con los dioses, pero se los está comiendo la jungla.<br />
-¿Ya fueron por los pueblos de acá? Jíbaros y lacandones. Les falta no más el taparrabos.<br />
-Civilizados, dice. Y duermen con las ovejas y los chanchos.<br />
-Y se los comen los piojos.<br />
-Se creen que no hay selva porque no ven los árboles, pero es lo mismo. Este país es una selva en barbecho.<br />
-Idólatras que sacan al santo en procesión para que llueva.<br />
-Y se sangran a fuetazos porque creen que eso es lo que le gusta a su dios.<br />
-Civilizados, pero están a los tiros desde hace más de cien años.<br />
-Puros pendejos, no se matan más porque son bien güeyes; si supiesen hacerlo mejor ya no quedaría ni uno vivo.<br />
-Este país lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia delante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo.<br />
-Y ésos somos nosotros. Vinimos a sacarlos del atraso.<br />
-Dentro de poco en los pueblos nos recibirán con reverencias.<br />
-Nos traerán los frutos de la tierra para agasajarnos.<br />
-Nos ofrecerán a sus hijas para que las desfloremos.<br />
-Bien hermosas son las minas de acá, eso hay que reconocerlo.<br />
-Nos saludarán como a libertadores, porque eso es lo que somos, libertadores, igualito que Bolívar. Vamos a conseguir la independencia de este país.<br />
Por fin pudo intervenir Benjamín en el magnífico coro de las empresas futuras.<br />
-¡Pero España ya es independiente!<br />
Los latinoamericanos sonrieron condescendientes. El argentino puso en el hombro de Benjamín una mano paternal. Su voz sonó cargada de comprensión, apaciguadora, lenitiva.<br />
-¿Cómo va a ser independiente si lleva siglos ocupada por los españoles? Está igual que estábamos nosotros hace poco más de un siglo.<br />
-No entiendo&#8230;<br />
-Claro, pibe, a nosotros también nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que llevábamos el yugo al cuello. Porque cuando nacés en un país oprimido te parece que la vida es así y tiene que ser así, pero un día te levantás y te preguntás ¿pero por qué tengo que aguantar yo esta mierda? ¿Por qué no echo al mar a estos chupasangres?<br />
-Y si conseguimos expulsarlos de toda América también podremos echarlos de España.<br />
-Imaginate, qué gran país sería éste si lo liberamos de los españoles. Mirá Argentina cómo se puso a crecer en cuanto se fueron. Aquello era pasto y pura indiada y fijate ahora, un país moderno, que progresa, que cambia. ¿Me explico?<br />
-Nnnn, nnnn, nnnn.<br />
-A ver, que el paraguayo quiere decir algo.<br />
-Bueno, ya lo dirá mañana, que se nos está haciendo tarde y tenemos por delante un trayecto muy largo. Acuérdense de que este fin de semana nos toca conquistar Cuenca -dijo el argentino-. A ver, el turno de guardias: paraguayo, vos las dos primeras horas; las dos siguientes el cubano; luego voy yo; las últimas para vos, chileno. El mexicano y el colombiano hoy se salvan.<br />
Aunque todos habían ido poniendo mala cara según les anunciaba su turno, nadie rechistó. Mientras los demás se acomodaban para dormir, el argentino sacó un mapa y se puso a examinarlo a la luz ya mortecina de la lumbre. La pintura seguía derritiéndose sobre su cara y dibujaba también allí un mapa, éste de un territorio imaginario, del imperio informe de sus sueños.<br />
A Benjamín se le cerraron enseguida los ojos; cuando los volvió a abrir escuchó un sonido que enseguida le transportó de regreso a las noches en el dormitorio colectivo del internado. Comprobó con alivio que Julia estaba dormida. Pero él no pudo volver a dormirse hasta que el colombiano emitió un gemido y dejó de agitarse la manta bajo la que yacía.</p>

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		<title>Otra vez ante el volcán</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Aug 2009 16:45:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 247px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/as1bis.jpg?t=1251482157" alt="as1bis.jpg picture by antoniosarabia" />Este fin de semana estuve de vuelta en la región de Colima, México, donde ocurre la trama de mi novela <em>Los Convidados del Volcán</em>. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme allá con mi querido amigo el editor portugués de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo leído lo que yo he escrito sobre el sitio ardía en deseos de conocerlo y, la segunda, refrescar mi propia memoria, empaparme una vez más del hablado y los hábitos de las gentes, además de la textura, los aromas y colores del paisaje que les rodea antes de hundirme de lleno en el texto que tengo planeado y que se encuadra de nuevo en el pueblo de Guayacán, una mágica aldea imaginaria construída con el lápiz y papel de la imaginación en lo más alto de la pendiente del volcán con el único objeto de convertirla en el espacio escénico de aquella novela.<br />
Comparto ahora con los lectores de Los Convidados algunas fotos de la jornada, tomadas por mi hermano Óscar, cuya compañía fue uno más de los placeres del viaje, y añado como estampas literarias dos fragmentos del texto de la novela original en la que se describen no sólo los detalles de la flora y la fauna sino la magia en la que viven sumergidos los pobladores de la región.</p>
<p style="text-align: center;"><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 480px; height: 166px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/PanormicaAs.jpg?t=1250094875" alt="PanormicaAs.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span id="more-1099"></span>SEGUN CUENTAN LOS CAMPESINOS del lugar, el sencillo caserío donde nació Joyita se llama Guayacán a causa de los árboles anaranjados que florecen por sus alrededores, a quienes algunos llaman también palo santo porque de su corteza se extrae cierta savia medicinal buena para curar el reumatismo y varias enfermedades de la piel. El pueblo está situado en lo más alto de la vertiente del a ratos inquieto, pero siempre inquietante, volcán que los lugareños denominan de Fuego para distinguirlo del vecino Volcán de Nieve cuya cima, la más elevada de esa parte de la sierra, endereza su sólida silueta apenas unos metros más arriba. Lo cierto es que desde la sosegada Guayacán no se divisa más que la cumbre del primero cuya mole, cercana e imponente, oculta a la vista de los moradores el picacho del Nevado. Es necesario alejarse unos kilómetros, bajar más allá de la Yerbabuena y de la hacienda de San Antonio, rumbo a Suchitlán y Comala, para ver emerger el otro pico a la zaga del Volcán de Fuego como un enorme gabán blanco que le cubriera las espaldas. Menos de una legua de distancia separa a uno de otro. Ambos se miran muy por encima de los cerros que les rodean, disparándose a lo alto como macizos fundamentos cuyas cúspides sustentaran la bóveda del cielo. Se les diría arrancando de la misma base, compartiendo una misma fragua interna, aunque uno muestre a diario el humo de la hoguera que crepita en sus entrañas y el otro parezca haberse helado para siempre. Alguna vez se les conoció con los nombres de las ciudades más populosas de sus alrededores. Al primero le nombraban de Colima y al segundo de Zapotlán. Ahora los dos han pasado a ser llamados &#8220;de Colima&#8221; a pesar de que todo el mundo está de acuerdo en que el Nevado se encuentra en su mayor parte dentro del territorio de Jalisco.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 155px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/As.jpg?t=1250095021" alt="As.jpg picture by antoniosarabia" />La cercanía del océano, aunada a la proximidad de las montañas, da cabida en apenas un palmo de terreno a la flora y a la fauna de los climas más diversos. Desde la sofocante canícula de las tierras bajas y la orilla del mar donde las enormes tortugas caguamas emergen de las olas por la noche a desovar a la luz de la luna en desoladas playas de arena blanquísima bajo cuyos mismos cocoteros se extienden costa adentro los pantanos y sus miasmas, desbordando de caimanes y de fiebres palúdicas, hasta el templado de los valles y las faldas de la sierra, o las bajas temperaturas en lo alto del Volcán de Nieve. Ahí, en esos fértiles parajes, medrando entre el calor y el frío extremos, se asientan densos bosques de altos pinos donde las ardillas sustituyen a las iguanas en los troncos de los árboles, y la caza de venados, jabalíes, conejos, pavos silvestres, chachalacas, chonchos y faisanes atrae la voracidad de implacables carniceros como el lobo, la zorra y el coyote, o de los aún más terribles gatos monteses como el leopardo, el jaguarundi y el candingo.<br />
No se alternan nada más en la pródiga comarca las palmeras y los cedros, también abundan caobas, encinos, mezquites, zapotes, tamarindos y primaveras, que guarnecen el paisaje de finales de enero con sus deslumbrantes flores amarillas precediendo en eso a las lilas de las rosamoradas y a las más violáceas de las jacarandas que se van sucediendo conforme avanza el año. A esa verbena de colores hay que añadir los menos vistosos de muchos árboles frutales como mangos, guayabos, papayos y aguacates que, junto con calabazas, jícamas, sandías, mameyes y uvas silvestres, se dan con abundancia en la región.<br />
Sólo la iglesia, al parecer semiderruida a pesar de encontrarse en perpetua construcción, y una que otra casa principal de Guayacán están hechas a base de ladrillo. Las demás fueron fabricadas con el barro de la cuesta puesto a secar al sol por los mismos campesinos y sus techos de teja roja se sostienen con vigas transversales independientes de los muros para evitar su desplome durante alguno de los frecuentes sismos que padece la comarca. La medida no es gratuita porque todavía los más viejos recuerdan la violenta erupción de principios de siglo, cuando el Volcán de Fuego pareció despertar de la larga modorra que le había adormilado durante tantísimos años. Comenzó a desperezarse, a desentumecerse, a agitar sus flancos con violentas sacudidas que levantaron grandes polvaredas a lo largo de la pendiente, antes de lanzar las primeras bocanadas de lava desbordándose ladera abajo para enterrar a su paso jirones de bosque, buena parte del campo y dos ranchos cercanos a la cima en los que perecieron decenas de cabezas de ganado. Por las noches el espectáculo era a un tiempo aterrador y magnífico. El cono resplandecía por momentos en mitad de lo oscuro, como una inmensa brasa que se avivara de pronto y, acto seguido, la marea de fuego se desbordaba luminosa por los costados hasta llegar a apagarse muchos metros más abajo. La humeante cabellera de hollín ardiente arrojó la escoria de su cauda hasta la ciudad de Guadalajara, muchos kilómetros al norte, donde los vecinos atemorizados por esa ceniza gris que amenazaba meterse en todos lados y por los estremecimientos de tierra que hasta allá llegaron a sentirse, pasaban la noche al descampado, durmiendo fuera de sus casas de puro miedo a que se les vinieran encima el techo y las paredes de sus endebles construcciones citadinas.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>LA PRIMERA VEZ que a Joyita le fue dado entrever que acaso no era como el resto de las niñas de su edad ocurrió a raíz de unas terribles calenturas que la inmovilizaron en cama muchos días constriñéndola incluso a orinar sangre y poniendo en peligro su vida.  Para entonces los senos empezaban a abultarle ya bajo la blusa rebelándose contra la talla de los estrechos vestidos infantiles. La fiebre se presentó sin previo aviso, manchándole de rojo las mejillas y originando escalofríos, como si todo el calor del Volcán de Fuego se le hubiese metido dentro. Le dolía todo el cuerpo y casi al mismo tiempo empezó a orinar sangre. El médico que vino de Comala a visitarla diagnosticó un grave caso de nefritis o de algún otro padecimiento con un nombre igual de raro y, para restringir la acción de los riñones, le prohibió beber cualquier tipo de líquido. Un trapo empapado en agua que se le pasara de cuando en cuando sobre los labios resecos debía ser suficiente para mitigar la sed de la enferma mientras se presentaba alguna mejoría. Entretanto le prescribió la consabida dosis de antibióticos y, prometiendo volver pronto, se dio prisa en despedirse para regresar a su casa antes de que cayera la noche.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 240px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/yerbabuena_volcano_night.jpg?t=1250095310" alt="yerbabuena_volcano_night.jpg picture by antoniosarabia" />Una de esas madrugadas, al despertar empapada en sudor, debatiéndose entre los desvaríos de la sed agravada por la fiebre, Joyita se encontró con un hombre elegantemente vestido que la observaba con fijeza desde el pie de la cama. No tenía idea clara de la hora pero esa inesperada presencia le produjo una inquietud indefinible. Intentó durante un rato convencerse, en medio del delirio, de que se trataba de otro médico a quien se habría llamado de urgencia para examinar su caso. Pronto tuvo que desechar la idea: el sorprendente visitante no daba trazas de querer dirigirle la palabra, mucho menos de interesarse en sus dolencias. Por otro lado, la criada a quien esa noche le tocaba vigilarla dormía profundamente en el sofá, actitud impensable de su parte si un doctor estuviese en casa a verla. Por si esto fuera poco, el hombre vestía de una manera desusada, con una irreprochable elegancia pasada de moda. El bigote atusado y la negra barba de chivo le hicieron recordar los atildados petimetres que había visto fotografiados en el álbum de la abuela. Sin saber por qué la invadió un temor supersticioso que ante el persistente silencio del recién llegado fue aumentando gradualmente hasta convertirse en pánico. Se subió primero la cobija a la altura de los ojos y se cubrió luego la cabeza para ya ni ver ni ser vista. Así pasó quién sabe cuánto tiempo, inmóvil, sin osar descubrirse para verificar si el chocante personaje continuaba aún ahí, hasta que la calentura y la fatiga pudieron más que la aprensión y, a pesar de su invencible desconfianza hacia el extraño visitante, se quedó profundamente dormida.<br />
A la mañana siguiente se dio prisa en preguntar a la familia quién había sido el atildado sujeto que estuvo a verla a tan altas horas de la noche y por qué nadie más había estado presente durante la visita. Al terminar el relato sus parientas se quedaron mirando unas a otras a los ojos sin disimular su extrañeza. Nadie había venido por la noche. &#8220;Soñaste&#8221;, aventuró la madre, a lo que Joyita replicó que no, que se encontraba bien despierta, que le había dado mucho miedo. La abuela interrumpió el conciliábulo con una explicación diferente: de niña oyó a menudo hablar de un aparecido con las mismísimas señas del que les describía Joyita. Le apodaban El Catrín y se dejaba ver nada más en los lugares donde había un tesoro enterrado. La anciana se dirigió entonces muy seria a su atemorizada nietecilla:<br />
-Sonsácale el escondrijo del oro -le encomendó con un susurro bajo-. Cuando se aparezca de nuevo no lo sueltes hasta saber a ciencia cierta dónde está enterrado el dinero.<br />
El Catrín ya no se presentó la noche siguiente impidiendo a la preocupada Joyita formularle la perentoria demanda de la abuela pero el receso dio tiempo a la familia para ir atando los cabos de sus propias conjeturas: la casa, se murmuraba, fue propiedad años atrás de un hacendado de notoria avaricia a quien se le encontró al morir bastante menos dinero del que se le suponía. En el pueblo se dedujo que lo habría soterrado en algún rincón del cerro, pero no faltó quien adujera que bien podía haberlo escondido dentro de la misma casa. La aparición del Catrín, con su reconocida aureola de indicador de riquezas ocultas, daba una cierta validez a esta última hipótesis. Tal vez la Divina Providencia, se dijeron todas, compadecida de los apuros de la familia y de los padecimientos de Joyita, se decidía a reembolsarles al fin lo mucho que habían invertido en su bienestar y con ello compensaba la desaparición de aquel padre bueno-para-nada que la había arrojado irresponsablemente al mundo para morirse casi al mismo tiempo abandonándola así a la incierta caridad de sus parientes. Dios, en su infinita bondad, estaba ahora a punto de restituirles tantas plegarias y desvelos. Alrededor de la niña enferma se organizó entonces una vasta red de exploración. Las tías abandonaron por un tiempo las labores cotidianas para unirse a las pesquisas. Mientras Joyita desvariaba de sed abandonada en su lecho de enferma, las demás mujeres de la casa se dedicaron a pegar la oreja a las paredes y arrastrarse por el piso dándoles ligeros golpeteos a ver si detectaban algún hueco donde pudiera ocultarse un tesoro. Una vecina de confianza, a quien se puso rápidamente al tanto del asunto pidiéndole absoluta discreción, se presentó con un péndulo. Su llegada causó enorme revuelo entre las buscadoras. Empezaron a seguirse unas a otras por todos los rincones de la finca en pos de la brillante peonza de metal que oscilaba caprichosa al extremo de un cordel. Cuando los movimientos perpendiculares se iban transformando en titubeantes giros que cobraban cada vez mayor impulso y amplitud la familia entera entraba en un estado de excitación muy cercano al frenesí. Entonces perforaban paredes, removían losetas o excavaban creyendo por fin haber hallado alguna cosa. La vivienda quedó llena de hoyancos pero nadie encontró nada. Años más tarde, cuando Joyita bien repuesta de aquella infantil enfermedad que la puso a las puertas de la muerte se había mudado a vivir con su madrina al jacal que ella tenía a unos pasos del puesto del mercado, unos albañiles que vinieron a hacer ciertas urgentes reparaciones en la casa se toparon, al decir de los vecinos, con una olla llena de oro empotrada dentro de uno de los muros que se habían de renovar. El rumor tomó visos de cierto porque, agregan las consejas, el patrón partió de improviso a Colima sin demandar un centavo por el trabajo hasta entonces realizado ni presentarse jamás a terminarlo. Poco tiempo después inició en aquella ciudad un lucrativo negocio de venta y reparación de bicicletas cuyo financiamiento nadie supo explicarse con certeza.</p>

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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2009 11:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Osorio_6741.jpg?t=1248002148" alt="Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabia" />Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: <em>es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos</em>, nos dice en su carta. <em>En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres)  un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman &#8220;un vero e proprio esercito di  accaniti lettori&#8221;. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que &#8220;ganaron&#8221; porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante.  Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en  esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 206px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezione2.jpg?t=1248002737" alt="Lezione2.jpg picture by antoniosarabia" />Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-1048"></span>.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
DEL CAPÍTULO SIETE</p>
<p>Estuvo a punto de no traer su portátil, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende  piensa que de algún modo intuía lo que está pasando en este momento: esas mariposas en el estómago, esa excitación ante la pantalla  esperando que él plasme sus imágenes, que él vaya sacando la historia que quiere contar en su película. Las yemas de los dedos y esa caricia enérgica a cada letra, las letras anudándose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de imágenes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir dónde empezar la historia. ¿Por los mayores? ¿Por el personaje central, en los años veinte? ¿O por los contemporáneos, ellos mismos, Ana y él?<br />
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO UNO</p>
<p>No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.<br />
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DOS</p>
<p>Hernán avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inmóvil unos segundos, concentrándose, la mano cálida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocación que su compañera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atrás y esos voleos para lucirse.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/P1010001.jpg?t=1248003041" alt="P1010001.jpg picture by antoniosarabia" />Se lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: Más importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompaña, ella es quien excita la imaginación. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atrás, la Ñata intima a esas quebradas que cortan el aliento.<br />
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.<br />
&#8211;¿Querés bailar con él, Joaquina? &#8211;pregunta Hernán con tono calmo.<br />
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.<br />
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.<br />
&#8211;Y vos también, Joaquina, te vas. Y para siempre.<br />
Una lástima, una gran pérdida, pero no es Hernán quien va a decirle a Mamita cómo manejar su casa. Se lo advirtió a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca más aceptará una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hernán, y no me ponga esa carucha, no, cómo se va a ir, con tanta mujer hermosa deseándolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la Ñata, no es bonita pero quién mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el trío.<br />
&#8211;¿Bailamos, preciosa?<br />
Mr. O&#8217;Gorman, el inglés con quien Hernán debería negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. Andá con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le había advertido su hermano César. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Debería haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la Ñata difícil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.<br />
Hernán sacó el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la mañana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le había dicho su padre. ¿Cien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo único que tenía claro era que tanto los mínimos como los máximos que podía obtener en esa negociación eran cifras siderales, lo había pensado anoche cuando compró a Mamita las latas para entregar a las mujeres: había una enorme desproporción entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¿Cuántas veces podría girar en la pista con Joaquina y con la Ñata con una sola de las vacas que quería comprar el inglés? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cuántas exactamente, pero lo disimularía ante O&#8217;Gorman, era una primera conversación. Sólo de pensar que tendría que tener otras, el agobio lo ganó.<br />
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.<br />
Ese abrazo soy yo, Tango, así de simple como lo sentías vos, Hernán, en aquellos tiempos. Pasaron años debatiendo sobre mis orígenes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo único importante, lo que me funda, es ese abrazo. (&#8230;)</p>
<p>Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.<br />
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.<br />
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus códigos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos querían parecerse a los compadritos, pero vos sabías que no era cuestión de vestirse de negro, ni de ponerse un pañuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirigían a esos criollos de piernas ágiles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin más provocación que la de tu cuerpo bailando, vos habías logrado un lugar de admiración y respeto.<br />
&#8211;No nos vas a fallar esta noche, Hernán.<br />
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezioneditango.jpg?t=1248003353" alt="Lezioneditango.jpg picture by antoniosarabia" />Los muros de la sala de música, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo, agudas y susurrantes, y sorprenden a Hernán cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y espía por la puerta entreabierta. Su hermana, Inés, gira y extiende la mano a una chica.</p>
<p>&#8211;Así, ¿ves? hacelo vos ahora.<br />
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda imán. Pero si es&#8230; ¡Asunción! ¿Cuándo ha ganado ese cuerpo y estatura? &#8211;se asombra Hernán&#8211;. Y en un salto, ahí está, tomándole la mano para que dé la media vuelta en la mazurca: Girá ahora, muy bien.<br />
&#8211;Idiota, nos asustaste &#8211;protesta Inés. .<br />
¿Bailando a esas horas? ¿Han bebido tanto como él? En ese caso, están preparadas para una experiencia que jamás olvidarán: les enseñará una danza nueva.<br />
Probablemente Hernán ha bebido más de la cuenta, pero no es la única razón por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunción &#8211;ojazos como moscardones, la sorpresa arrebatándole las mejillas&#8211; por la cintura. Es ella, su cuerpo ávido, quien lo impulsa.<br />
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la lámpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sofá y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habrían de pasar muchos años antes de que me aceptaran en casas como aquélla, pero esa noche de 1897, con vos, Hernán, con tu silbido orgulloso, entré con toda naturalidad.<br />
Inés tararea la melodía y gira. Asunción, elástica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hernán dibuja en su espalda. Estás preciosa, le susurra al oído. Y ella: que es el vestido de Inés, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa «marca» &#8211;explica&#8211; que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atrás, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que él la recupere haciéndola girar otra vez hacia él. Estás hecha para el tango. El brazo de Hernán, firme, sosteniéndola, aproximándola a él en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (&#8230;)</p>
<p>Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.<br />
Mirame Hernán, dice Inés, pero difícil desprenderse de la sugestión de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que él le propone, como si llevaran años bailando, como si fuera la Tero o la Ñata, pero es Asunción, por eso él no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desearía, no, sólo la mira, brillante y dócil a sus marcas. Tan ensimismado está que no percibe que Inés ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunción quien lo despierta, desprendiéndose con brusquedad de su abrazo porque ahí, frente a Inés, están sus padres, seguramente más sorprendidos que ellos mismos.<br />
&#8211;Pe&#8230; pero qué es esto&#8230; ¿Cómo se atreven? &#8211;dice su padre&#8211;. Cómo te atreves, Hernán, a traer esa música y a&#8230; &#8211;señala sin mirar hacia donde Asunción ha ido a refugiarse, junto a Inés&#8211; Esa música indecente.<br />
&#8211;No sabía que la conocía, padre.<br />
&#8211;Insolente &#8211;una furia frenada, la voz baja y los ojos achicándose, como si pudiera así apuntar con precisión a Hernán.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEl CAPÍTULO TRES</p>
<p>Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.<br />
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arpía&#8211;   le estaban embarrando el terreno. Escupió con bronca: en cualquier momento hacía los petates y se volvía a Montevideo, a esa altura otras muertes habrían tapado la que debía. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relamió de gusto. Esa tarde adornaría la pieza con algún cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero tenía esos detalles.<br />
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con él, como ella le pedía. Nunca le dijo que se había mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dejó provisoriamente en lo de Talón, aunque ahí poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Tenía que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo tenía harto, debería buscar nueva mercadería. Si la pudiera convencer a Asunción, la chinita de San Nicolás, pero aún estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como debía. Estaba seguro &#8211;si algo conocía el Oriental eran las mujeres&#8211; la arpía de de que Asunción sería una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apretó contra el árbol lo puso al palo. Hacía tiempo que no le tenía tantas ganas a una hembra. Ella diciéndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprendía rápido a enredarse con la suya, que lamía su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abría paso hacia el pecho de Asunción. Fue la calentura, una calentura de aquéllas, la que la llevó a apartarlo, él ahí boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que están a unos metros del portón, que si la pescan ahí, la matan. Entonces si fuera en otro lado&#8230; ella misma se lo dio a entender.<br />
De todos modos, de poder llevársela a la cama a conseguir que trabajara para él había un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversión a futuro. Todavía debería amasarla mucho más. Que le gustaba mucho pero que aún no tenía un buen trabajo, sólo eso le decía por ahora. Asunción virgencita pero una brasa a punto de encender, le había soltado lo del casamiento la tarde que la invitó al circo y él le siguió el juego, ¿por qué no? Para cada mina un verso era su lema.<br />
En cuanto probara el dulce &#8211;y faltaba muy poco&#8211; sería como con las otras: haría todo lo que él quisiera para no privarse de ese placer que él sabía dar a las mujeres.<br />
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.<br />
Una idea renovadora te pedía tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de María, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del salón, decorado por un pintor italiano, se te ocurrió aquella otra, disparatada, como te diría César, espléndida, según Inés.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DIEZ</p>
<p>Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entró al café Royal. La débil luz de las lámparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurecía aún más esas caras toscas, monótonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Bebían, hablaban, reían, fumaban, chillaban, apiñados en torno a mesas tambaleantes. Qué asco le daban. ¿Cómo podían atraerle a Carlota esas gentes? Buscó su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, buscó su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.<br />
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.<br />
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.<br />
&#8211;¿Los conoces? &#8211;lo sorprendió Gonzalo, y antes de que inventara una excusa&#8211; es Bernstein, el alemán del fuelle.<br />
&#8211;Lo escuché en algún lugar &#8211;mintió.<br />
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.<br />
&#8211;Bernstein, aquí, un admirador suyo, Vicente Ponce.<br />
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.<br />
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclamándolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todavía estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¿Bühl? No escuchó su nombre por el zumbido de las imágenes de Carlota extendida en el pasto, cuando cayó del caballo, escondiéndose entre las sábanas para que él la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inmóvil, absurdo, permaneció allí, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente inventó una sonrisa y se despidió.<br />
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.<br />
&#8211;Te venís inmediatamente conmigo.<br />
&#8211;¿Quién es este tipo, Carlota?<br />
&#8211;Un amigo de la madre de esta niña &#8211;cortó, autoritario.<br />
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.<br />
La discusión no duró ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ningún lado, antes sí, pero él no quiso ¿recordaba? Y ahora era ella la que no quería, ella la que tenía inconvenientes, y si insistía en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¿cómo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como él? Vicente no quería escuchar una palabra más. La tomó del brazo con fuerza y pretendió arrastrarla, pero no llegó a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alemán lo dejó tirado en el suelo.<br />
El odio que Vicente sentía cuando se levantó lo convenció de que podía enfrentarse con el alemán y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trató de interponerse, pero él, o quizás el mismo alemán, la apartó. Y pronto fue otro puño, Vicente, como un muñeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres pegándose entre sí, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alemán buscándolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebró en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponiéndose: basta, basta, déjenlo.<br />
Cuando abrió los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se podía incorporar. Lo ayudó a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanzó a ver a ese grupo que se mantenía a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidió. Lo acompañó hasta la calle y caminó a su lado.<br />
&#8211;¿No quiere un médico, don? Puedo acompañarlo a la asistencia pública.<br />
El dolor era punzante. No, estaba bien, quería su coche. No estaba en condiciones de conducir, él mismo lo iba a acompañar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.</p>

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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jul 2009 18:23:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace unos días recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedicó a los autores argentinos traducidos al italiano, había sido otorgado a la obra Final de Novela en Patagonia de nuestro querido amigo, el escritor chaqueño Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947). El Giuseppe Acerbi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedicó a los autores argentinos traducidos al italiano, había sido otorgado a la obra <em>Final de Novela en Patagonia</em> de nuestro querido amigo, el escritor chaqueño Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947).<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 212px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mempo1.jpg?t=1247421583" alt="Mempo1.jpg picture by antoniosarabia" />El Giuseppe Acerbi tiene un significado especial porque no es un premio al que puedan presentarse los autores. Lo otorga el público. Cada año, en febrero, la ciudad de Mantua solicita a un equipo académico la selección de cuatro títulos de la literatura de un país y el galardón es fruto de una original iniciativa de lectura comunitaria.<br />
Mempo Giardinelli recibió la notificación oficial el 8 de julio, en la que se consignaba textualmente que su novela <em>Finale di Romanzo in Patagonia</em>, de la casa editora Guanda de Milán, &#8220;había suscitado un gran consenso tanto por el argumento como por el estilo narrativo&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 360px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/13_elsa-osorio-1.jpg?t=1247431144" alt="13_elsa-osorio-1.jpg picture by antoniosarabia" />En Los Convidados nos apresuramos a preparar una entrada con la noticia y el tradicional fragmento de la novela ganadora cuando, apenas ayer, nos llegó una rectificación. Resulta que por error se envió el mismo comunicado tanto a Mempo Giardinelli como a Elsa Osorio, quien también era finalista con la novela <em>Cielo de Tango</em>, y durante un par de días nadie pudo entender qué pasaba. Finalmente llegó la aclaración de los organizadores: el Premio Acerbi de este año a la literatura argentina corresponde a la novela <em>Cielo de tango</em> (<em>Lezione di tango</em>), de Elsa Osorio, y el Premio Acerbi a la literatura de viajes 2009 corresponde a <em>Final de novela en Patagonia</em> (<em>Finale di romanzo in Patagonia</em>), de Mempo Giardinelli.<br />
Pues felicidades a los dos, viejos amigos y colaboradores de Los Convidados. Como ya teníamos listo el post con el texto de Mempo lo ponemos a él. La próxima semana estará Elsa con algunas páginas escogidas de <em>Cielo de Tango</em>. Hasta entonces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1030"></span></span><br />
11. TANGO POSMENEMISTA EN COMODORO</p>
<p>El camino hacia el Sur no es otra cosa que esa misma larga cinta de asfalto colocada como una dura alfombra sobre la piedra. Cada tanto el coche cae en un valle; cada tanto hay que remontar una sierra modesta. Pasa uno que otro camión, algún coche, pero durante largos minutos lo único que cruza el mundo somos nosotros y el pequeño coche rojo en el que viajamos. A los lados, tras las alambradas se ven muy pocas ovejas y algunos esporádicos grupos de ñandúes o de guanacos pastando. Estos últimos, especialmente, impresionan por su porte entre elegante y aburrido. Como todos los camélidos, tienen las patas muy delgadas y el cuello enhiesto. En la Patagonia se los ve siempre hermosos, magníficos a la distancia, con esa extraña apariencia distinguida que mezcla lo aristocrático y lo salvaje. Desconfiados y homofóbicos, huyen siempre, guiados por una impulsiva inteligencia primitiva.<br />
Durante horas recorremos el monótono, interminable camino recto que lleva al fin del continente. Pasamos velozmente por el costado de Trelew, vemos Rawson a lo lejos, no nos tentamos con la entrada a Gaiman ni a Sarmiento, ni a los Bosques Petrificados, que decidimos visitar al regreso. Ahora seguimos nuestro camino en línea recta, como se sigue un destino inexorable.<br />
Luego de varias horas de marcha, aburrida y plana, horas en las que no cruzamos ni un pueblo, de pronto empezamos a ver una serie de carteles a la vera del camino, como flacos escuderos del desierto que avisan que hay una población cercana y que es importante. Se anuncian hoteles, restaurantes, servicios. Comodoro Rivadavia se empieza a sentir en el aire desde varios kilómetros antes. No es la capital de la provincia, pero es la ciudad más grande e importante de Chubut, verdadera antesala de la estepa santacruceña.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia3.jpg?t=1247422125" alt="Patagonia3.jpg picture by antoniosarabia" />Es la ciudad donde vivió David Aracena (1914-1987), uno de los cuentistas más interesantes de la región. La misma del filme &#8220;Mundo Grúa&#8221;, de Pablo Trapero. Tiene unos 125.000 habitantes y ha sido por décadas la cabecera de YPF y el mayor centro petrolero nacional. También centro de corrupción e ineficiencia, hoy languidece industrialmente, como todo lo que la globalización se llevó.<br />
Esa noche hemos decidido regalarnos un tradicional cordero patagónico, y escogemos una parrilla de muy buen ver, en la zona portuaria. Nos sirven trozos asados, ensaladas y vino, y empezamos a sentirnos reconciliados con el viaje, el cansancio, el sueño que avanza porque mañana nos espera un tirón largo: intentaremos llegar hasta Río Gallegos en una sola etapa.<br />
A los postres, y como hemos estado dándole charla y alabado reiteradamente sus dotes de asador, el parrillero abandona las brasas donde toda la noche ha estado trozando y asando corderos y se acerca a nuestra mesa. Chupado de carnes, de cuerpo largo y flaco, canoso y arrugado, escucha nuestros últimos elogios a la delicia que preparó pero sin darles mucha importancia. Enjuto y disfónico, este hombre que aparenta muchos más años que los escasos cincuenta que declara, tiene muchas ganas de hablar. Típico joven de los ‘70, acaso ex montonero o militante de las juventudes peronistas, o quizá de pasado anarquista pero seguramente disconforme y rebelde, ahora se lo ve completamente manso y más bien triste. Fuma un Imparciales tras otro y tose cada tanto.<br />
-Ah, si yo les contara mi historia -amenaza después de saludar y pedir permiso para charlar, evidentemente saliéndose de la vaina por contarla.<br />
Un suave &#8220;adelante&#8221; lo embala. Pone primera y se lanza:<br />
-Yo vine hace ya varios años, y la verdad es que el motivo fue que me dejó mi mujer. Me la sopló un amigo, caray, uno de toda la vida. Increíble, ¿no? Y a ella no sé qué le pasó, aunque hoy la entiendo: yo no la tenía bien y la pobreza es canalla, amigo&#8230; Pero lo peor son los años que llevo sin ver a los pibes. Tres, y eso es lo que más me duele. Ni nos escribimos. Se pusieron del lado de la vieja, y uno, experto perdedor de altura, se la tuvo que bancar. Algun día van a entender. Espero, aunque no estoy tan seguro. Bueno, no estoy seguro de nada, ni de mi nombre, que en este caso es irrelevante. Puede llamarme Lito, si quiere, total&#8230;<br />
En la historia de Lito se cruzan la impreparación de una clase media que se imaginó eterna y satisfecha para siempre, los sueños desmesurados de una generación idealista, la decadencia de un país de indolentes y la crisis de un mundo que cambia valores por efectos. Lo miro hablar y me recuerda al Gordo Villanueva, un amigo de la infancia que en el Chaco siempre se mantuvo al margen de la política, tuvo un par de empresas de escasa fortuna, tocó la guitarra y cantó los mismos temas toda su vida, y ahora vende hamburguesas y es servicial y bueno como un pan pero tiene encima una tristeza tan grande que espanta.<br />
Lito termina su soliloquio -en realidad un tango patagónico- y acaba hablando de la península. Es que la gente en la Patagonia tiene una intensa necesidad de hablar. De sus vidas, de su ambiente, de lo que hacen. Tienen una insaciable, perentoria necesidad de ser escuchados. Y casi siempre se ven compelidos a justificar su presencia allí, como si cada uno debiera delinear el espacio que ocupa en la inmensidad:<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 215px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia4.jpg?t=1247422515" alt="Patagonia4.jpg picture by antoniosarabia" />-La Patagonia es una cárcel abierta -define Lito-: uno está en libertad pero no se puede mover. Yo me quisiera ir cuanto antes, pero, no sé por qué, me voy quedando. Digo que me voy, pero me quedo. Y me hago mucha mala sangre porque acá la gente no quiere laburar. Disculpe si suena reaccionario, pero es así. Duermen la siesta si es verano, porque hace calor; y duermen la siesta si es invierno, porque hace frío. Nadie trabaja en serio, y entonces yo me siento un idiota y no veo la hora de irme&#8230; A Mar del Plata, aunque dicen que ahora también allá está brava la cosa, ¿no?<br />
Se sienta, confianzudo. Ya no quedan clientes en el restaurante, uno de los tantos que se abrieron en los años de bonanza petrolera en Comodoro. Como casi todos, tiene un nombre que evoca ballenas, orcas, pingüinos o lobos marinos. Fuma otro pucho, melancólico, acepta el café con que lo invitamos y narra la historia de la mujer que lo tiene así. Un tango, ni más ni menos, aunque en plan fantástico.<br />
-Mina brava, Alma Delia -declara-. Ya era rara desde el nombre, como esos de las telenovelas venezolanas de ahora, ¿vio? Primero nos salió a todos con que se embarazó virgen. Así como lo oye. Era de una familia muy religiosa, típica de clase media baja, bien chupacirios. Y le creyeron a la chica, cómo no, si ella juraba y rejuraba que no había tenido relaciones con el novio, o sea yo. Entonces la abuela, como al pasar, dijo que habría sido el Espíritu Santo. Nadie supo si lo dijo en serio o en broma, la vieja, pero todos se engancharon con la fantasía. Incluso este servidor. Porque yo no la había tocado, digamos, en lo sexual. Uno que otro beso de zaguán, como se hacía antes, un franeleo de cocina y nada más. Yo era pibe y habré sido gil, también, pero el caso es que la quería. Y me casé con ella y viera cómo lo quise al pibe, fuera hijo del Espíritu Santo o de Magoya. Después vinieron dos más y yo creo que fuimos felices. Un tiempo, digo, o a lo mejor fue todo pura ilusión. Quién sabe. Hasta que vino la noche.<br />
Carraspea, chupa el cigarrillo hasta que la brasita arde como una culpa y concluye:<br />
-Y la noche, mi amigo, tiene nombres: el de Alma Delia en brazos de un traidor; y el del Turco hijo de su madre que prometió Revolución Productiva pero rifó el país y pudrió la moral.<br />
En ese momento entra un grupo de japoneses. Son como veinte y llegan como llegan ellos: llenos de cámaras y sonrisas. Un guía que los trae de quién sabe dónde ruega que se les prepare algo de comer. Lito se hace rogar unos segundos y luego declara que no hay más cordero por esa noche, salvo unos restos que, si les gusta, se los escabecha en segundos&#8230; Y enseguida se dirige a la cocina donde ordena minutas y ensaladas. Cuando regresa junto a nosotros, que nos aprestamos a salir, nos guiña un ojo, juguetón, y dice:<br />
-La Argentina es un país maravilloso, viejo. Ni gente como nosotros seremos capaces de echarlo a perder del todo. ¿No ve que acá siempre se inventa algo de comer?<br />
Salimos a la calle y andamos bajo el viento frío que viene de la bahía. Algunas luces se reflejan arriba, sobre Comodoro, que a esa hora es un interrogante negro. Pensando en Lito, o como se llame, me viene a la memoria una frase maravillosa de Elías Canetti en El suplicio de las moscas: &#8220;Aunque esta vida fuese aún más humillante, tampoco renunciaría a ella&#8221;.<br />
Fernando me pregunta cuál creo yo que podría ser la más fuerte representación poética de la noche. Coincidimos en escoger la metáfora de Borges: &#8220;la unánime noche&#8221;. Con un solo adjetivo la define inmensa, eterna y absoluta.<br />
Sé que esa noche soñaré algo que ya soñé otras veces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>16- 45 AÑOS NO ES NADA</p>
<p>Seguimos viaje y el paisaje vuelve a ser, como siempre, solamente piedra, viento, nada. Lo que empieza a impresionar, por estos rumbos, es el tamaño de la monotonía. Muchos cientos, casi dos mil kilómetros lineales y todo es igual: árido, ondulado, inmensurable.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 240px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia2.jpg?t=1247422737" alt="Patagonia2.jpg picture by antoniosarabia" />El paisaje se corresponde con este viento inclemente que de pronto sacude al cochecito, que en un segundo lo contraría todo, que dificulta el crecimiento de los árboles y de la vegetación y que incluso seca en el acto la lluvia que cae, cuando cae. Porque la lluvia patagónica es como un capricho, un raro empeño atlántico o andino, según de dónde venga, que inexorablemente terminará sometido por el viento. No se ve a nadie, ni un gaucho, ni un rebañito de ovejas, ni un casco de estancia. Todo en el paisaje es esa brutal inmensidad gris, y todo es piedra, viento, nada.<br />
Después de varias horas paramos en Puerto San Julián. Es un pueblo simpático, más armonioso que Caleta Olivia y un poco más limpio. Desandamos toda la larga avenida principal y llegamos a la ría, que es preciosa, para almorzar mirando las gaviotas. Hay allí un par de viejos barcos sobre la costa, colocados a modo de monumentos históricos, de cuando este pueblo tenía una industria pesquera en desarrollo. Aquí hubo una planta frigorífica de la empresa Swift, que fue instalada en 1909 para enviar carne ovina en latas a Inglaterra y Europa. Llegó a faenar unos 240.000 animales por año y fue clausurada en 1963, o sea -podría pensarse- en los amaneceres de la globalización. Estos barquitos están pintados uno de amarillo y el otro de azul, ambos colores muy estridentes, como si el pintor hubiese sido un hincha fanático de Boca Juniors. O un nacionalista sueco. Frente al Club de Pescadores y donde empieza la costanera, el sitio sería muy agradable si no fuera que lo echa a perder, como a todo en la Patagonia, el viento. Es un condenado viento que no deja nada quieto, tiene la tenacidad de los necios y para colmo es antárticamente frío. Nos lo bancamos porque es el mediodía y hemos decidido obsequiarnos un picnic disfrutando del paisaje de gaviotas y de patos que vuelan en gordas bandadas sobre la ría.<br />
De pronto se nos acerca un hombre mayor, elegantemente vestido, con una formidable cámara fotográfica. A mí se me hace vagamente conocido, como si en otros tiempos, en algún lugar o en otra vida, lo hubiese visto. Nos pregunta si no ha venido el lanchero. No, no tenemos ni la menor idea. El hombre menea la cabeza, de cabellos blancos tupidos, y dice que lo va a esperar igual. Nos mira comer y lo invitamos con un poco de pan y paté. Él niega con la cabeza y agradece, de lo más formal, pero no se va. &#8220;Zás, me digo interiormente, otro que no puede contener sus ganas de hablar&#8221;. Así que le tiro de la lengua apenas un poquito, casi profesionalmente, y el hombre se derrama:<br />
-Hace 45 años que me fui de este pueblo -dice- y nunca más volví. Hasta ahora. Y estoy tan impresionado que no lo puedo creer. Llegué hace dos días y no hago otra cosa que caminar. Ahora quería dar un paseo por la ría pero el lanchero no aparece. ¿Seguro que ustedes no lo vieron?<br />
Le juramos que no. El hombre recorre la costanera con la vista. Parece desolado, pero ya no puede parar:<br />
-Mi vieja era de Salta y mi viejo de Buenos Aires. Éramos muy pobres y yo apenas hice la primaria, y encima incompleta. Y después un día me subí a un barco y me fui a ver cómo era el mundo, y no me importaba nada de nada porque sentía que detrás de mí no quedaba nada&#8230;<br />
Sólo entonces advierto que habla un castellano medio duro, como desgastado. Y aunque su rostro se me hace conocido, no consigo ubicarlo en mi memoria. El hombre me pregunta si acaso yo lo recuerdo. Entonces exprimo quién sabe qué neurona y creo descubrirlo.<br />
-Usted -le digo lentamente, tanteando para no ofender- es uno de aquellos marineros argentinos que se quedaron varados en Hamburgo hace un montón de años, ¿verdad?<br />
-Me recuerda -afirma con la cabeza, contento como un chico, y se le iluminan los ojos.<br />
En efecto, hace unos diez años, durante una conversación circunstancial después de una conferencia en la Academia de las Artes, de Hamburgo, se me acercaron cuatro compatriotas de hablar alemanado y me contaron una extraña historia. Marineros rasos de un carguero argentino, al enterarse de un golpe de estado en Buenos Aires decidieron quedarse un tiempo en Alemania. Aquella vez, atropelladamente, entre los cuatro me contaron una historia tan triste y tan argentina como corriente: uno de ellos sabía cantar tangos, otro tocaba la guitarra y un tercero el bandoneón, de modo que ahí nomás armaron una especie de murguita viajera y el cuarto hacía de representante. Nunca salieron de Alemania porque no tenían documentos, que quedaron en el barco, y terminaron siendo trabajadores ilegales por décadas, una verdadera familia. Fueron envejeciendo juntos y cuando yo los vi estaban pensando en volver, por eso habían empezado a acercarse a las actividades de los argentinos que pasaban por Hamburgo. Yo sabía que más o menos como la de ellos habría sido la suerte de tantos argentinos varados en Europa por diferentes circunstancias. Nadie sabe lo que le depara la vida, pero nosotros, los argentinos, ya sabemos que ese enigma suele ser uno de los disfraces que utiliza la desdicha para hacerse soportable. Y la historia de estos hombres era una de tantas. Aunque lo que más me había impresionado, aquella vez, fue una frase de esas que miden el tiempo de modo tan sencillo como impactante:<br />
-En más de treinta años nunca volvimos. Ninguno de nosotros.<br />
Ahora, gaseosa en mano, mi curiosidad resulta vencida por el temor de preguntarle por los otros tres. Pero él se adelanta a mi interrogante.<br />
-Soy el único que queda -dice, como sin emociones-. Por eso me dije que ya era hora. Hace 45 años que me fui y no me quería morir sin volver.<br />
-¿Y ahora qué hace?<br />
-Pude arreglar mis papeles y estoy jubilado. Y un poco solo.<br />
Busca con la mirada al lanchero, que evidentemente no viene. No hay nadie más que nosotros en el gélido mediodía de Puerto San Julián y a mí se me hace que si nos vamos ese hombre terminará destruido, se va a desintegrar como un castillo de arena. Alguien debería hacer algo por él. Pero lo único que hacemos es silencio, mientras el tipo fotografía unos patos que pasan bajito como por no quedarse quieto y yo no me atrevo a meterme en su intimidad. Ha de ser un infierno de tristeza y no me autorizo la canallada de urgar allí. El hombre se da cuenta, acaso lo agradece, y entonces se desvía:<br />
-Cómo ha cambiado San Julián&#8230; Usted no se imagina lo que era esto cuando yo era chico. Ahora por lo menos hay pavimento y esta costanera no está nada mal. Se ha modernizado.<br />
-¿Tiene parientes aquí, todavía?<br />
El hombre, distraidamente, toma una foto de la costanera con un teleobjetivo que parece un cañón.<br />
-No, ni parientes ni amigos. Ahora no conozco a nadie. 45 años es demasiado tiempo&#8230; Lo único que tengo aquí son recuerdos. Pero todos lindos. Y eso es un verdadero tesoro, ¿no cree?<br />
Por supuesto, acordamos, por supuesto. Entonces él saluda y se va caminando por la costanera. A los pocos metros se da vuelta y me grita, sonriente:<br />
-Si quiere, un día de estos le cuento alguno, ¿eh?<br />
El viento parece haberse calmado un poco y yo sé que esa noche voy a soñar un sueño que ya otras veces he soñado. Solo y en calzoncillos, pero con mi billetera y un escapulario en la mano, camino agitado por el barrio porteño de Pompeya. No sé adónde voy ni quién me persigue, pero debo huir. Arrojo la billetera a un tacho de basura, tiro el escapulario en un zaguán entreabierto y corro. No hay autobuses, no paran los taxis, empiezo a desesperarme y entonces me despierto.</p>

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		<title>El ajedrez en la literatura</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Jun 2009 09:33:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago [...]]]></description>
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<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 211px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chess1.jpg?t=1245515561" alt="chess1.jpg picture by antoniosarabia" />El ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el dominó, no desdeña cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida. Durante los años en que coincidí en París con el colombiano Santiago Gamboa, íbamos por las noches al acogedor bar del hotel Ritz, el Hemingway, donde entonces había instalada una mesita de ajedrez para entretener a los parroquianos. Ahí jugamos multitud de partidas mientras yo paladeaba unos whiskies y él cierta bebida exótica, de la que he olvidado el nombre, con la que nuestro cantinero había ganado un certamen internacional en Shanghai. No voy a decir el resultado de nuestros encuentros para no avergonzar a Gamboa, pero cada nueva noche, mientras acomodábamos las piezas para la primera partida, Santiago, con oportuna mala memoria, repetía una frase que se ha hecho célebre entre los dos: &#8220;¿cómo quedamos la última vez&#8230; dos a uno, verdad?&#8221;.</p>
<p>Otros muchos autores, desde Omar Khayam a Borges y de T.S. Eliot a Nabokov o Arreola, han sentido la misma pasión por el ajedrez. El autor de Lolita, quien elevaba el juego al rango de poesía, hasta se entretenía componiendo mates en dos o tres movimientos. La semana pasada, leyendo a Pessoa o, mejor dicho, a su eterónimo Ricardo Reis, me encontré con un hermoso poema relativo al juego y me distraje traduciéndolo. Por cierto, tuve un problema que tal vez algún lector portugués me ayude a dislucidar. Fue en el verso que dice <em>E o de marfim peão mais avançado / pronto a comprar a torre, </em>¿Qué significa en portugués, en términos ajedrecísticos<em> comprar a torre? </em>Yo tuve la opción de traducir<em> listo a tomar la torre, </em>pero pensé, mala intución tal vez, que como era el peón más avanzado estaba a punto de llegar a la última hilera y<em> convertirse en torre.</em><em><span style="font-style: normal;"> Cualquier aclaración al respecto será más que bienvenida. S</span><span style="font-style: normal;">e me ocurre publicar la traducción ahora junto con un poco conocido texto de Arreola, a quien se le podía considerar un verdadero fanático del juego-ciencia, y los dos poemas inolvidables de Borges que se refieren al juego. Se admiten aportaciones y sugerencias para ampliar la página.</span></em><span id="more-961"></span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>LOS JUGADORES DE AJEDREZ<br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
Oí contar que otrora, cuando Persia<br />
tenía no sé qué guerra<br />
mientras la invasión ardía en la ciudad<br />
y las mujeres gritaban<br />
dos jugadores de ajedrez jugaban<br />
su juego continuo.</p>
<p>A la sombra del amplio árbol escrutaban<br />
el antiguo tablero<br />
y, al lado de cada uno, esperando sus<br />
momentos más holgados<br />
cuando había movido la pieza, y ahora<br />
le tocaba al adversario<br />
una jarra de vino refrescaba<br />
frugalmente su sed.</p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #ffffff;">&#8230;</span><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 480px; height: 366px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chessarabs-2.jpg?t=1245518192" alt="Chessarabs-2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Ardían casas, se saqueaban<br />
las arcas y los nichos,<br />
violadas, las mujeres eran puestas<br />
contra muros caídos,<br />
traspasadas por lanzas, las criaturas<br />
eran sangre en las calles&#8230;<br />
Mas donde estaban, cerca la ciudad<br />
y lejos su ruido,<br />
los jugadores de ajedrez jugaban<br />
el juego de ajedrez.</p>
<p>Aunque en los mensajes del infértil viento<br />
les viniesen los gritos<br />
y, al reflexionar, supiesen en su alma<br />
que en verdad a las mujeres<br />
y a las tiernas hijas se violaban<br />
en la contigua distancia,<br />
y aunque en el momento en que pensaban<br />
una sombra ligera<br />
les cruzase la frente, ajena y vaga,<br />
pronto a sus ojos calmos<br />
retornaba su confianza atenta<br />
con el tablero viejo.</p>
<p>Cuando el rey de marfil está en peligro<br />
¿qué importan la carne y los huesos<br />
de las hermanas, las madres o los niños?<br />
Cuando la torre no cubre<br />
la retirada de la reina blanca,<br />
poco importa el saqueo.<br />
Y cuando la mano confiada pone en jaque<br />
al rey del adversario,<br />
poco pesa en el alma que allá lejos<br />
estén muriendo hijos.</p>
<p>Aunque de repente, sobre el muro,<br />
asome la sañuda cara<br />
de un guerrero invasor y en breve deba<br />
en sangre ahí caer<br />
el jugador genuino de ajedrez,<br />
el momento antes de ese<br />
(concentrado en el cálculo de un lance<br />
que hará horas después)<br />
sigue entregado al juego predilecto<br />
de los muy indiferentes.</p>
<p style="text-align: center;"><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 400px; height: 318px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chess4-1.jpg?t=1245519325" alt="Chess4-1.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p>Caigan ciudades, sufran pueblos, cese<br />
la libertad y la vida.<br />
Los haberes tranquilos y heredados<br />
ardan y se despojen,<br />
más cuando la guerra interrumpa las partidas<br />
esté el rey sin jaque<br />
o el blanco peón más avanzado<br />
listo a volverse torre.</p>
<p>Mis hermanos en amar a Epicuro<br />
y en entenderlo más<br />
de acuerdo a nosotros mismos que a él<br />
en la historia aprendamos<br />
de los calmos jugadores de ajedrez<br />
cómo pasar la vida.</p>
<p>Todo lo que es serio poco importe<br />
lo grave poco pese<br />
y el natural impulso del instinto<br />
que ceda al gozo inútil<br />
(a la sombra tranquila de los árboles)<br />
de jugar un buen juego.</p>
<p>Lo que sacamos de esta vida inútil<br />
da lo mismo si es<br />
gloria, fama, amor, ciencia o vida,<br />
como si fuese apenas<br />
la memoria de ganar la partida<br />
a un jugador mejor.</p>
<p>La gloria pesa como grueso fardo,<br />
la fama como fiebre,<br />
el amor cansa porque es serio y busca,<br />
la ciencia nunca encuentra,<br />
y la vida pasa y duele porque sabe&#8230;<br />
El juego de ajedrez<br />
prende el alma toda y, perdida, poco<br />
pesa, pues no es nada.</p>
<p>¡Ah! bajo las sombras que sin querer nos aman<br />
con un jarro de vino<br />
al lado, sólo atentos a la inútil tarea<br />
del juego de ajedrez<br />
Aunque el juego sea apenas sueño<br />
y no haya compañero<br />
imitemos los persas de esta historia,<br />
y mientras allá afuera<br />
cerca o lejos, la guerra patria y vida<br />
nos llaman, toleremos<br />
que nos llamen en vano, cada uno<br />
bajo sombras amigas<br />
soñemos, él los compañeros, y el ajedrez<br />
su indiferencia.</p>
<p>Ricardo Reis</p>
<p>(traducción Antonio Sarabia)</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p style="text-align: center;">EL REY NEGRO</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ChessMagritte.jpg?t=1245516048" alt="ChessMagritte.jpg picture by antoniosarabia" />Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó la última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.  Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental&#8230;  Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja&#8230; Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después&#8230;  Ahora estoy solo y vago inútil de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice: Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas, por lo menos, han sido realizadas por ambas partes sin que haya tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.  El caballo blanco salta de un lado a otro sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.  Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: el mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar.  La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el Triángulo de Deletang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno caballo rey y uno y dos torre. Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetivos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para que seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Legal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?  Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.  Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de honor. Dedicaré los días que me queden de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.</p>
<p>Juan José Arreola</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>AJEDREZ</p>
<p>1<br />
En su grave rincón, los jugadores<br />
rigen las lentas piezas. El tablero<br />
los demora hasta el alba en su severo<br />
ámbito en que se odian dos colores.</p>
<p>Adentro irradian mágicos rigores<br />
las formas: torre homérica, ligero<br />
caballo, armada reina, rey postrero,<br />
oblicuo alfil y peones agresores.</p>
<p>Cuando los jugadores se hayan ido,<br />
cuando el tiempo los haya consumido,<br />
ciertamente no habrá cesado el rito.</p>
<p>En el Oriente se encendió esta guerra<br />
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.<br />
Como el otro, este juego es infinito.</p>
<p style="text-align: left;"><span style="color: #ffffff;">..</span><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 472px; height: 199px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Chess61.jpg?t=1245516755" alt="Chess61.jpg picture by antoniosarabia" /><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
2<br />
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada<br />
reina, torre directa y peón ladino<br />
sobre lo negro y blanco del camino<br />
buscan y libran su batalla armada.</p>
<p style="text-align: left;">No saben que la mano señalada<br />
del jugador gobierna su destino,<br />
no saben que un rigor adamantino<br />
sujeta su albedrío y su jornada.</p>
<p>También el jugador es prisionero<br />
(la sentencia es de Omar) de otro tablero<br />
de negras noches y blancos días.</p>
<p>Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.<br />
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza<br />
de polvo y tiempo y sueño y agonías?</p>
<p>Jorge Luis Borges</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">P.S. Antes de montar esta entrada, escribí a Santiago Gamboa preguntándole si recordaba el nombre de aquella pócima extraña que con tanto deleite consumía en el Hemingway. Acabo de recibir su respuesta:</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Querido Antonio, no solo no la he olvidado (perdona, no tengo tildes, estoy en el aeropuerto de Bangkok) sino que hace poco me tome uno: es el Singapur Sling. Collins, el tenderman del Ritz, que es norteamericano, habia ganado el concurso bianual de Singapur Sling que por lo general ganaba siempre el Hotel Raffles de Singapur, donde fue inventado.</em><em></em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Un abrazo y otro muy fuerte a Lauren,</em><em></em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><em>Santiago</em></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Queda, pues, hecha la aclaración. Tanto en el nombre de la bebida como en el del sitio en que ganó el certamen: Singapur y no Shanghai como yo dije antes. Evidentemente, al enviarme su email, Santiago no había leído aún Los Convidados de esta semana y por eso no hay referencia a los resultados de nuestras partidas de ajedrez. Ahí me toca a mí hacer la corrección. No es cierto que vayamos dos a uno como siempre recuerda Santiago. En nuestra amistad siempre ha habido un empate.</span></p>
<p><!--EndFragment--></div>

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		<title>Vos andá al arco, Néstor Ponce</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Jun 2009 08:49:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
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		<category><![CDATA[Universidad de Rennes]]></category>

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		<description><![CDATA[Además de mi amigo, y de vivir en Rennes, donde enseña lenguas y civilizaciones hispanoamericanas en la universidad, Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) es mi entrañable contacto en Francia: forma el eje del polígono Argentina, México, Francia, Portugal, Colombia que me provee, sólo Dios y él saben cómo, de los elementos necesarios para preparar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 281px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Nstor.jpg?t=1244646440" alt="Nstor.jpg picture by antoniosarabia" />Además de mi amigo, y de vivir en Rennes, donde enseña lenguas y civilizaciones hispanoamericanas en la universidad, Néstor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) es mi entrañable contacto en Francia: forma el eje del polígono Argentina, México, Francia, Portugal, Colombia que me provee, sólo Dios y él saben cómo, de los elementos necesarios para preparar una deliciosa salsa mexicana de chile chipotle en Lisboa. Cosa de aderezar bien la comida y atenuar, al menos gastronómicamente, las <em>saudades</em> que asaltan a veces aun a la vista del Tajo.<br />
Estos días recibí noticias suyas. En su correo anuncia que acaba de publicar un libro de ensayos sobre el sufrido país donde consigue los chipotles: México. Se titula <em>Mexique. Conflits, rêves et miroirs.</em> Me dice también, felicidades, que la edición cubana de <em>Una vaca ya pronto serás</em> (Premio Internacional de Novela Siglo XXI en el 2006) aparecerá en Arte y Literatura el próximo mes de octubre. Junto con las buenas noticias envió para Los Convidados un relato con una breve introducción que contiene, no todo es felicidad, una mala noticia. Me apresuro a reproducir más abajo ambos textos. En la introducción hace referencia a una entrada aparecida en este mismo blog el dos de noviembre del 2008: <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/amistad-y-traicion-a-la-nestor-ponce/">Amistad y traición a la Néstor Ponce</a>. Gracias, Néstor, por la cooperación, la literatura y la amistad.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>En octubre de 2008, después de una cena que compartimos en Rennes con Rita Godet y Maria Valéria Rezende, Antonio Sarabia me propuso que le enviara un relato corto para que lo colgara en su hermosa página &#8220;Los Convidados&#8221;. Pocas semanas más tarde, salía allí mi cuento <em>El día del amigo</em>. Entre tanto, el corazón me había andado dando unos sobresaltos y tuve que anular un viaje a México. Pero la página de Antonio me permitió hacer un paseo virtual y encontrarme  con los mensajes de muchos amigos  que andan por el vasto mundo. Entre ellos estaba uno de los protagonistas de mi relato, Marcelo Rocha, el Negro para  los amigos. Allí dejó un mensaje que todavía pueden leer.<br />
Nos conocimos en el Colegio Nacional de La Plata, en 1969. Estábamos en la misma división y compartimos muchas cosas juntos, pero curiosamente, pocas actividades nos reunieron: al Negro no le gustaba el rugby, no jugaba a la bocheta en el Bar Rivadavia de la calle 50 -calle donde transcurre el relato-, no iba a los partidos de fútbol, no le gustaban las carreras de caballos ni la literatura. Sin embargo, tocamos en el mismo grupo de rock -al que como su nombre, Lapsus, se lo llevó la historia- y compusimos con Eduardo Vega  una canción, &#8220;Sólo gente&#8221;, de la que recuerdo parte de la letra y los tonos en mi bemol-fa-sol que le acomodó el Negro.<br />
Después se nos vino encima esa parte de la Historia narrada en <em>El día del amigo</em> y varios de los amigos del Colegio Nacional nos desperdigamos por el  mundo. Muchos otros murieron bajo la dictadura. El Negro se quedó en La Plata y se recibió de arquitecto. Nos carteamos, pero era de poco escribir. Nos hablamos por teléfono. Y sobre todo nos encontramos para comer y charlar durante horas, cada vez que regresaba a Argentina. En agosto del año pasado compartimos una larga y divertida comida en familia, en un restaurante en Gonnet, con Silvia y su hija, Agus. En diciembre mantuvimos una charla telefónica y le conté en detalle mi problema cardíaco. Parecía como sorprendido de que nos pudieran pasar esas cosas. Nos repetimos eso de que no importa envejecer, sino que haya gente que todavía siga naciendo.<br />
El domingo 29 de marzo sonó mi celular.<br />
A doce mil kilómetros de distancia, la voz pastosa y triste de Santiago me anunciaba que el Negro acababa de fallecer.<br />
Se me ocurre que, en cierto modo, algo del Marcelo Rocha jovial, buena onda y buen amigo, quedó en ese cuentito. Ahora, cuando lo releo, y cuando releo su mensaje, me digo que para él, la amistad siempre fue algo verdadero.</p>
<p><span id="more-907"></span></p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 480px; height: 299px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Azote-2.jpg?t=1244565734" alt="Azote-2.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>VOS ANDÁ AL ARCO</p>
<p>Los entrenamientos eran los martes y los jueves y los sábados teníamos partido. Los domingos y los lunes eran una tortura, esperando ponerme la camiseta e ir a acariciar a la pelota. Igual, yo nunca jugaba. Cuando daban la lista del equipo y de los suplentes, si había veinte jugadores, yo era el número veintiuno. Mi hermano tenía más suerte y si el match era más fácil, entraba seguro.<br />
Hasta que un día construyeron una urbanización en el barrio, pavimentaron las calles de tierra y llegaron un montón de otros pibes, tantos, que al cabo de un mes ya podíamos presentar tres equipos. Me puse recontento, porque al fin iba a poder jugar y expresar mis innatas cualidades, pero el día del primer torneo, cuando el entrenador dio el equipo, me dí cuenta que no sabía en qué puesto ponerme, hasta que al final transó :<br />
-Vos, che, Carlito&#8217;, andá al arco.<br />
¡Mirá que ponerme a mí en el arco ! ¡A mí que era el rey del remate de voleo a media distancia ! ¡El as de la media chilena! ¡El mago de la bicicleta! ¡Qué desperdicio !<br />
Mi hermano se dio cuenta y como que vino a consolarme, no te calentés, Carlito&#8217;. Pero yo veía que el universo se pintaba de rojo, era un toro furioso capaz de embestir todo a cornadas y dejar babeando a las víctimas.<br />
Total, que en vez de ponerme la camiseta albirroja, me pasaron una amarilla y encima gastada, con los codos rotos. El arquero del equipo dos se compadeció y me prestó los guantes, tomá, Mogolito, a ver si agarrás alguna. Cuando me llamó así me cabree todavía más, vos nunca dejés que te digan mogólico, vos sos trisómico, ¿entendés?, me repetía mi mamá. Yo la oía sin oírla, me iba al fondo de casa y apoyaba los labios en la pared, pensaba que me destornillaba la cabeza, que era independiente del resto del cuerpo, chupando el revoque de la pared, la pintura que mi padre aplicaba con paciencia para luchar contra los hongos y la humedad. &#8220;Vivimos en un pozo&#8221;, gruñía mi viejo, &#8220;y ya tenemos el agua hasta el cuello&#8221;, y pasaba y repasaba el pincel con un cigarrillo en la comisura, entrecerrando el ojo que le picaba por el humo del tabaco que se consumía, espiral de bruma.<br />
-Le voy a decir a mi hermano que me llamaste así, vas a ver.<br />
Mirá como tiemblo, me dijo el arquero y me mostró las manos. Ahí me di cuenta que los guantes no me iban a servir: mis manos eran muy grandes, casi el doble de las suyas, mucho más que la normal. Yo no era normal. Venía a ser trisómico, y por eso no era un buen jugador, en los partidos me distraía, pensaba que estaba en el fondo de casa, con los labios pegados al revoque de la pared, dando vueltas como un destornillador, me distraía y quedaba en posición fuera de juego, o le erraba a la pelota, o cuando llegaba a mis pies quería pisarla, amasarla, sacudirla y se me escabullía, o el marcador rival me la quitaba y los otros jugadores del equipo pasaban corriendo a mi lado con los dientes apretados, mirá que sos boludo, mogolito.<br />
-Vos, che, Carlito&#8217;, andá al arco- me había dicho el entrenador.<br />
Otras veces, en medio del partido, con las manos en los bolsillos, me empezaba a contar el partido como si lo transmitieran por la radio, el Víctor Hugo Morales, esto ya se terminó Pezzotta, Estudiantes es campeón, Estudiantes con los jugadores arrodillados, con los brazos al cielo agradeciendo a la hinchada, en el mano a mano con Boca, con un golazo de Carlito&#8217;, Estudiantes es campeón en una de las mayores epopeyas de la historia del fútbol argentino, es Estudiantes que una noche resurgió de las cenizas y la empató al Gremio de Porto Alegre con siete jugadores, y un golazo de Carlito&#8217; luego de un pase en profundidad de la Brujita Verón, que con diez hombres en la cancha revirtió el uno a tres contra Platense ¡¡¡¡¡¡y se coronó campeón frente a Racing una semana después!!!!!!<br />
-Vos, che, andá al arco.<br />
Entramos a la cancha y cuando me puse en la portería oí atrás mío el temblequeo de una voz, mirá pobrecito, el arquero es mogólico. Me dí vuelta hasta encontrar la cara del infeliz que había hablado:<br />
-Mogólico la concha de tu madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 188px; height: 540px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Azote-1.jpg?t=1244566608" alt="Azote-1.jpg picture by antoniosarabia" />No me volvieron a joder en todo el partido. Dominamos de punta a punta y toqué la pelota una vez, cuando me la acercó un defensor para que despejara. Ganamos siete a cero y un pibe nuevo, medio chueco y gambeteador, metió cinco goles. Le decían el Cortito Micheli, porque era peticito y panzón, pero entrador como ninguno. Cuando el árbitro silbó el final lo fui a felicitar y me pegó un golpecito en la nuca guiñándome un ojo, muy bien Carlito&#8217;, hoy las atajás todas, ojo eh, bien concentrado, que no se te escape ni una.<br />
Yo me fui pensando que si el Cortito me había pedido eso tenía que responderle, que yo bien concentrado, todo el partido. Después no sé qué pasó, porque las cosas se sucedieron rápido y el entrenador me miraba medio raro. Durante la mañana ganamos tres partidos más y pasamos a octavos de final. El equipo dos había sido eliminado en la ronda anterior y el uno se clasificó cagando, con un gol en el último segundo y el desempate a penales. En el segundo partido, me acordé de lo que me dijo el Cortito y cuando venían las acciones bravas del equipo adverso me contaba una transmisión, me repetía en la cabeza avanza por el flanco izquierdo el internacional brasilero Ronaldinho, se para, amaga, mete un caño, ingresa en el área adversa, ¡viene el gol viene el gol! ¡patea! ¡Magistral Carlito&#8217; rechazando la pelota! ¡Un pájaro Carlito&#8217; volando e impidiendo la conversión del tanto! Mientras más me contaba el partido, más atajaba, y los defensores se relojeaban entre sí diciendo éste se destapó por fin. Un pibe nuevo de la urbanización, puro mate, el Cabezón Mercer se llamaba, defensor central medio tronco, me habló por primera vez, era muy tímido: buenísimo Carlito&#8217;, te estás pasando&#8230;<br />
A mí los elogios me resbalaban, yo concentrado y a atajar. En los octavos hice proezas, el entrenador ya no me junaba fulero, sonreía y me decía que sí con los labios apretados y frunciendo el mentón, en la cara de los contrarios se leía la incertidumbre, la imposibilidad. El contrario era el equipo que venía de ganar cuatro campeonatos seguidos, nuestro gran enemigo, el verdugo del team número uno de nuestro club, y resulta que ahora no podían con el equipo tres. Íbamos cero a cero cuando desde el mediocampo partió un pase en profundidad y el centrodelantero, goleador máximo cada año, copa en mano y foto en el suplemento de El Día dedicado a los infantiles, encaró hacia el área para definir. Esta es la mía, me dije, y oí la voz del Víctor Hugo Morales, tremendo servicio del Mono Poce, hondísimo, y viene el gol viene el gol viene el gol&#8230; Nooooooooooooooooooooo, magistral atajada de Carlito&#8217; que fue a buscar esa pelota como se busca un sueño, la acarició con la yema de los dedos para elevarla por sobre el travesaño, nooooooooooooooooooooooooo, no fue gol, fue un ave que planea en la distancia para gritar la impotencia de no poder marcarrrrrrrrrrrrrrrrrr&#8230; El suelo era duro y cuando caí me crujieron los huesitos del codo, pero había sacado la pelota y seguíamos cero a cero. Se me saltaban las lágrimas del dolor, pero no dije ni mu y me dirigí a los defensores, concentrados muchachos, concentrados que viene el córner.<br />
-Buenísimo, Carlito&#8217;- chifló el entrenador desde la mitad de la cancha.<br />
Cuando patearon el saque de esquina pensé rechazar con los puños, la pelota venía suavecita y planeando, un platito que flotaba indolente en el aire, pero en lugar de eso la bajé con la palma de la mano en el área y la fui a buscar para pegarle con el empeine en dirección del Cortito. Ni corto ni perezoso el pibe picó y se la llevó jugueteando de taquito y con el pecho. Un defensor desesperado se tiró en un resbalón aparatoso, que mucho tenía de final y de bronca. El Cortito enganchó para adentro y cuando el balón pegó el segundo pique lo sacudió con un derechazo furibundo que hizo temblar la red. Después hicimos circular la pelota, cada contragolpe nuestro era medio gol, y cuando el árbitro pitó el final el entrenador vino a felicitarme.<br />
-Grande Carlito&#8217;, sin vos no ganábamo&#8217;&#8230;<br />
El cuarto de final nos tocó con el equipo uno. El entrenador pasó más tiempo con ellos que con nosotros, que nos quedamos esperando en el pasillo del vestuario. Al cabo de quince minutos abrió la puerta y los hizo salir. Después entramos nosotros. No nos pidió que nos dejáramos ganar, pero más o menos lo que quedó en claro era que no teníamos ninguna chance, que los otros nos iban a reventar. Pero en lugar de eso resultó un partido aburrido, una cadena en la mitad de la cancha, los defensores en marca hombre a hombre, sin jugadas de peligro. El desempate fue a penales, en serie de a cinco. Quedamos cuatro a cuatro, y cuando llegó el turno del último no tuve necesidad de contarme el partido, no, porque tenía adentro de la cabeza al Víctor Hugo Morales, zumbaba la hinchada detrás de su voz, dale campeón dale campeón dale león, avanza el impecable mediocampista Lucho González, pelota bajo el brazo, andar seguro y firme, imperturbable, convencido de marcar, posa la pelota sin ni siquiera mirar hacia el arco, ¡qué clase!, ¡qué jugador!, se viene el gol, se viene el quinto penal convertido, toma carrera Lucho González, saca un bombazo y gggg&#8230; ¡nooooooooooooooo! ¡un artista estropeó una obra maestraaaaaaaaaaaaa! ¡qué atajada de Carlitos! ¡se impregnó en el espacio como una metáfora, como un esférico con mucho efecto, como un destornillador se envolvió en el aire y desvió ese cañonaaaaaaaazoooooooooooooo!<br />
El Cortito Micheli era el encargado del último penal y lo convirtió con clase, a contrapié, el pobre arquero contrario mordió el polvo, el polvo arrugado de la derrota, de la impotencia, y los jugadores corrieron desaforados hacia mí me abrazaron me abrazaron, vi la imagen de mi papá como una foto movida, llorando al borde de la cancha, sin animarse a entrar, él que me quería tanto, papá. El entrenador paró la fiesta, pero estaba emocionado, perlas en los ojos, tranquilos muchachos, tranquilos, grande Carlito&#8217;, y me acarició el cuello y me sentí como un perro fiel, feliz, feliz. Como si me hubiera acariciado papá. Como perro con dos colas. Cuando mi viejo no me hablaba, me ponía mal, no era conmigo, nada que ver con vos, me decía mamá, problemas del trabajo, de dinero, preocupaciones, Carlito&#8217;, si supieras, y me abrazaba la vieja, y suspiraba, ahí, en el fondo de casa, donde yo le daba a la pelota y mi hermano decía pará Carlito&#8217;, no seas boludo, que vas a arrancar los brotes de las flores con tanta patada contra los canteros.<br />
Después nos metimos otra vez en el vestuario. Nunca lo había visto así al director técnico, una abeja picando miel, a los saltos, hablándonos a todos, a cada uno, escribiendo en el pizarrón la táctica, cuidado con el atacante de la derecha, desborda rápido y a cubrir el centro, y si no, engancha para adentro y busca al diez. El diez era Maradona. Yo me llamaba Carlito&#8217; e iba a jugar contra Maradona.<br />
La final era un plomazo, nada que ver con las semifinales, que ganamos cuatro a cero. Yo atajé un penal, me sentía una palomita voladora, una nube flotando en el espacio sideral, las paraba todas. Pero en la final no pasaba nada, mucho miedo, demasiado pase lateral, el temor a la victoria. En el banco, el entrenador saltaba de impotencia, se comía las uñas, se incorporaba y daba instrucciones, vos a la derecha Cortito, buscá la profundidá, Cabezón, nada de pelotazos, cuidar la transmisión. Y ya íbamos derecho a los penales, quedaban unos segundos, cuando Mercer me hizo un pase para atrás, yo no tenía más que reventarla porque el árbitro iba a pitar el final del match y a los penales, momento mágico en el que Carlito&#8217; iba a lucirse y a mostrar su clase internacional, esto no va para más Pezzotta, Estudiantes es campeón con Carlito&#8217; y una actuación sensacional, mágicaaaaaaa y de repente no sé lo que paso, me empecé a acordar del fondo de casa, cuando me ponía a chupar el revoque de la pared desconchada, girando, rotando como un ventilador y venía la pelota, venía rodando como un caramelo deslavado, no tenía más que pararla bajo mi pie y mandar un pelotazo para llegar a los penales, íbamos cero a cero, se definía a penales, y el esférico rodaba como yo pegado a la pared y al revoque, la que daba vueltas era la pared y no yo, y venía la pelota y levanté la pierna para detenerla, pero la levanté mucho, la elevé como para hacerla girar como una escafandra en órbita alrededor del espacio y la pelota siguió de largo, pasó bajo mi pie, lentamente, no podía llegar a atravesar la línea y como en otra foto movida vi al entrenador que se agarraba la cabeza, y a Mercer que tenía un hueco negro de asombro en lugar de la boca, y así rasguñando el polvo la pelota entró al arco, pasó la línea y entonces escuché el grito de gol, golgolgolgol de los jugadores rivales. Después volví al fondo de casa, a seguir chupando la pared.</p>
<p>Néstor Ponce</p>

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		<title>William Ospina gana el Rómulo Gallegos</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jun 2009 09:04:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>William Ospina (Padua, Colombia, 1954) tiene ya un nicho propio dentro de la poesía colombiana. Su enorme talento y la amplitud y calidad de su obra lo convierten en una de las grandes referencias del género (ver <a onclick="window.open('http://losconvidados.com/william-ospina-y-el-soneto-al-instante/','','');return false;" href="http://losconvidados.com/william-ospina-y-el-soneto-al-instante/">William Ospina y el soneto al instante, marzo 2, 2008, en este mismo blog</a>).<br />
Pero William es incapaz de quedarse quieto, y menos aún tratándose de literatura. Por eso en el 2005 hizo una primera incursión en la narrativa con su novela <em>Ursúa</em>, la cual tuvo una excelente acogida entre el público y la crítica. Ahora, este jueves 4 de junio, con <em>El País de la Canela</em>, la segunda parte de lo que apunta ser una extraordinaria trilogía, acaba de hacerse acreedor al XVI Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 235px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/William_Ospina_imagen_archivo.jpg?t=1244219724" alt="William_Ospina_imagen_archivo.jpg picture by antoniosarabia" />Al presentarla la semana pasada en la Feria del Libro de Madrid, Ospina afirmó que <em>El País de la Canela</em> propone una mirada sin maniqueísmo sobre la conquista de América. El protagonista-narrador es un mestizo, hijo de un español y de una indígena. De ese modo le es posible ofrecer una novela con la perspectiva de aquellos dramáticos acontecimientos desde la sensibilidad de alguien que pertenece a los dos mundos.<br />
El 2 de agosto se le hará la entrega oficial del galardón que consiste en cien mil euros en efectivo y una medalla de oro. El premio fue creado en 1964 por el entonces presidente Raúl Leoni para honrar la obra de Rómulo Gallegos, autor del clásico costumbrista <em>Doña Bárbara</em> y en su momento también presidente de Venezuela. Entre otros ganadores del certamen, que cumple cuarenta y cinco años, están el peruano Mario Vargas Llosa, quien ganó la primera edición en 1967, el Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, además del español Javier Marías, el también colombiano Fernando Vallejo y el mexicano Carlos Fuentes.<br />
William, viejo cómplice de Los Convidados y amigo personal de este autor, nos ofrece uno de los capítulos de la obra ganadora para deleite de los lectores del blog.<br />
Otra vez felicidades, Willie, y gracias por el texto. Hasta muy pronto.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-889"></span>.<br />
.</span><br />
EL PAÍS DE LA CANELA, CAPÍTULO SEGUNDO<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Sólo entonces aparté la vista de mi pasado y enfrenté el destino que me esperaba. El barco del capitán Niebla nos llevó a Margarita, la isla grande y reseca, en cuyo centro están las arboledas joviales, las casonas y las iglesias. Vi por primera vez el impresionante bazar de las perlas, los barcos traﬁcantes y multitud de canoas junto a las cuales desaparecen y aﬂoran sin cesar los indios pescadores, con una tos de agua en la boca y puñados de ostras en las manos esclavas. Días después anclamos en Cartagena, una aldea sudorosa que no mira al norte azul sino a los ponientes bermejos, donde gobernaba el hombre de nariz remendada que acaba de ahogarse en las costas de España. Y al cabo de muchos días de sol y de mar llegué a los golfos cegadores de Nombre de Dios, a este brazo de selvas que tanto había imaginado, y a este puerto de Panamá, donde cambian las rancherías y los templos de piedra pero el mar es el mismo, míralo, con ese soplo de vagas promesas, repitiendo su brillo y sus olas bajo el mismo desorden de alcatraces. Era el año de 1540. Tú ni siquiera habrías oído hablar de las Indias, pero Castilla de Oro era ya un litoral cargado de leyendas, una babel crujiente de maderos de agua, galeones llevados por el viento y galeras movidas por el sufrimiento, carabelas y carracas, bergantines y fragatas furtivas que parecen mirar por los ojos de sus cañones. La tierra era un rescoldo de esclavos africanos, de comerciantes genoveses, de aventureros de muchas regiones que ya llevaban media vida malandando en las islas, de indios sabios y laboriosos traídos del Perú, derribadores de pájaros robados al Chocó, pescadores capturados en el lago de Nicaragua, sacerdotes nativos transformados en siervos, guerreros de los valles del Sinú con los tobillos ulcerados por las cadenas, y hombres de cobre de La Guajira, acostumbrados a los cielos inmensos del desierto y que cada noche buscaban en vano las estrellas.<br />
Eché a andar sobre las huellas de mi padre, ese señor apenas conocido que había visto tantas cosas: el camino de oro de Balboa y el camino de sangre de Pedrarias Dávila, la casa de limoneros de mi maestro Gonzalo Fernández en Santa María la Antigua del Darién, bajo un cielo de truenos, y los cadalsos insaciables de Acla. Hacía más de diez años que lo había reclutado Pizarro para su aventura en el sur, para padecer las desgracias de una isla de fango donde se comieron hasta las cáscaras de los cangrejos, y para desembarcar más muertos que vivos en la ciudad de colchones venenosos de Túmbez, donde muchos hombres se vieron de pronto llenos de verrugas infecciosas cuando ya se sentían a las puertas del reino.<br />
Recorrí, con menos sufrimientos, ese mismo camino: tragando con los ojos el mar del Sur; pasando ante las costas del Chocó que saludan al Sol con ﬂechazos; ante las ensenadas de Buena Ventura, donde una tarde vimos arquearse los lomos y hundirse las colas de las grandes ballenas; ante la isla que los labios febriles y griegos de Pedro de Candia llamaron Gorgona; ante la bahía de Tumaco, donde se oculta rencorosa la isla del Gallo; y entré por ﬁ n en el Perú que soñaba, no la terra incognita que pisaron los aventureros del año 32, sino un país misterioso dominado ya por españoles, donde empezaban a alimentar mendigos los atrios de las iglesias y a cristianizar el viento los campanarios.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 193px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ElPasdelaCPortada.jpg?t=1244219972" alt="ElPasdelaCPortada.jpg picture by antoniosarabia" />Todo cambia con prisa endemoniada; cada diez años estos reinos tienen un rostro distinto. Si hace treinta eran todavía el mundo fabuloso de las fortalezas del Sol y de las momias en sus tronos, hace veinte fueron escenario de guerras desconocidas entre hombres y dioses, y hace diez un paisaje calcinado donde intentaba sembrarse la Europa grande que avasalla al mundo. Quién sabe qué país nos estará esperando ahora allá al sur, tras estas aguas grises. Yo, que llegué antes que tú a las tierras del Inca, alcancé a ver muchas cosas que pronto desaparecieron: poblaciones intactas, caminos de piedra provistos a cada tramo de bodegas de granos, palacios de losas grandes de la ciudad sagrada, ﬁestas que tú no conociste. Pero uno sólo ve con nitidez lo que dura: un mundo que no cesa de cambiar apenas si produce en los ojos el efecto de un viento.<br />
Era reciente la primera conquista. Todavía se hablaba de las ciudades donde se refugiaron las vírgenes del Sol, del paraíso perdido donde nadie era rico ni pobre ni ocioso ni desvalido en toda la extensión de las montañas, de la región donde anidaban los coraquenques, los pájaros sagrados que estaba prohibido cazar, y que proveían de las plumas de colores para la diadema del rey. Y todavía se hablaba de la prisión del Inca, de su asombro ante los libros, de sus diálogos con los soldados. Nadie olvida el rescate que le exigió Pizarro, una habitación grande de Cajamarca llena de oro hasta la altura de dos metros, porque ese ha sido hasta ahora el tesoro más asombroso que se ha recogido en las Indias. Mientras la habitación se iba llenando con el oro de las ofrendas, Atahualpa se iba poniendo cada vez más callado y más melancólico; Hernando de Soto le enseñó a jugar al ajedrez y el rey alcanzó a igualar con él algunas partidas, hasta que la certeza de que sus captores de todos modos lo matarían apagó su voluntad de hablar con ellos.<br />
Un día, aquel prisionero que no sabía nada de la escritura le pidió a un centinela de la guardia que le trazara el nombre de Dios sobre las uñas, y después andaba mostrando la mano a todos sus captores. Parecía complacerle ver que repetían la misma palabra cuando él les ponía esos signos ante los ojos.<br />
Pero Pizarro no reaccionó como los demás ante el juego, y Atahualpa tuvo la sagacidad de comprender que el marqués Francisco Pizarro era más ignorante que sus propios soldados. Hay quien piensa por eso que Pizarro, un hombre limitado y soberbio, se indignó de haber sido descubierto y casi ridiculizado por el rey prisionero, y que ese episodio inﬂuyó en la decisión brutal de matarlo después de recibir el rescate.<br />
Veinte años habrán borrado gran parte del mundo que existía cuando Atahualpa murió y los conquistadores entraron en Quzco. Fue por agosto del año 35 cuando el tribunal que lo juzgaba lo condenó a muerte, y él sólo accedió al bautizo para salvarse de ser quemado vivo. Juan de Atahualpa murió en el garrote vil, decía mi padre en su carta, y dos meses y medio después los guerreros de España hicieron su entrada en la ciudad imperial.<br />
Yo llegué a la Ciudad de los Reyes de Lima cuatro años después, y desde el día de mi desembarco no me cansé de preguntar cómo había sido la entrada en el Quzco, cómo era la ciudad que encontraron. Yo, que viví deslumbrado, y tal vez embrujado desde niño por esa maravilla de las montañas, llegué a lamentar no haber formado parte de las tropas que la saquearon, sólo por haber tenido la ocasión de verla, de verla ante mis ojos, siquiera en el último día de su gloria.<br />
Entonces tú has oído también la leyenda de que la ciudad deslumbraba a la distancia con sus piedras laminadas de oro. Pues debo decirte algo más asombroso: cuando Pizarro apareció sobre los cerros, quedó maravillado y también asustado porque la ciudad enorme tenía la forma de un puma de oro. Nunca se había visto en el mundo antiguo que una ciudad fuera un dibujo en el espacio, y allí estaba el preciso dibujo de un puma, desde la cola alargada y arqueada hasta la cabeza que se alzaba levemente sobre los montes, con el ojo de grandes piedras doradas en cuya pupila vigilaban los lujosos guardianes.<br />
Cundió entonces la sospecha de que había otras ciudades similares en el norte y el sur, porque el imperio estaba dividido en varios reinos. Y mientras Hernando Pizarro se apoderaba de los templos de Quzco, Belalcázar fue al norte, más allá de Cajamarca, hacia los volcanes nevados de Quito; y Valdivia fue al sur, hacia los conﬁnes del mundo, por las llanuras costeras del Arauco. Continuando la guerra contra los indios rebeldes fueron dándose cuenta de la magnitud de un imperio que pronto les pareció más grande que Europa. Procuraron tomar posesión de las distintas comarcas, aunque basta ver las cordilleras para entender que nadie, ni siquiera los incas, ha podido abarcarlas del todo, porque más allá de su red de caminos y de sus terrazas sembradas de maíz, hay miles y miles de montañas que sólo el cielo ha visto y que apenas vigilan los astros.<br />
Ya desde los primeros tiempos todo el que vacilaba en apoyar a los Pizarro iba cayendo en desgracia. Ese fue el destino de Almagro, el socio principal del marqués, de quien Hernando Pizarro decía burlón: «Hay demasiadas cosas en ese rostro, pero ninguna está completa». Almagro supo muy temprano lo que le esperaba, desde el momento en que Pizarro viajó a la corte a buscar en su nombre y de sus dos socios licencia para invadir el reino de los incas y volvió exhibiendo títulos sólo para sí. Desde entonces cada día anotó alguna deuda: hoy una ingratitud, mañana una trampa, pasado mañana una traición, y ya no esperó nada bueno de ellos.<br />
Pero un día el Quzco, lleno de invasores, fue sitiado y calcinado por las huestes del hermano del Sol, Manco Inca Yupanqui, un señor esbelto y sombrío, con diadema de grandes plumas y manta de lana pespunteada de oro, que había decidido resistir hasta el ﬁnal aunque el dios hubiera sido asesinado, aunque, como decían ellos, ya no quedara un Sol en el cielo.<br />
Hay cantos sobre los sufrimientos del Inca que decidió un día sacrificar esa ciudad en la que cada piedra era venerable y sagrada, y dicen que la mano que arrojó desde el cerro la primera ﬂecha encendida contra los templos se fue quemando y consumiendo sola con los años, y al ﬁnal era oscura y leñosa, semejante a la garra de un pájaro. Como las alas de un cóndor que se hubieran desprendido del cuerpo muerto y se buscaran todavía por las montañas, los grandes jefes incas, Rumiñahui, que llenaba el norte con sus tropas, y Manco, que congregaba las suyas al sur, intentaron tardíamente envolver y aniquilar a las tropas de España, pero éstas seguían creciendo al soplo de la fama de sus conquistas, y de nada sirvió para combatirlos reducir a cenizas el corazón del reino. Los jefes incas no podían saber que allá, muy lejos, barcos y barcos nuevos brotaban por las bocas del Guadalquivir, pesados de caballos, de espadas y de arcabuces, y que el ejército invasor del Perú seguía creciendo sin tregua porque lo alimentaba el mar.<br />
En pocos años pasaron sobre la capital tantas calamidades, pestes desconocidas, guerras con armas nuevas y mortíferas, y trabajos concertados del fuego y del viento, que ahora, de la venerable ciudad de mis sueños que un día resplandeció sobre los abismos, sólo quedaban altos cascarones de piedra carcomidos por la catástrofe. Los incas comprendieron que la muerte del dios había desgraciado la ciudad, que por eso sobre ella se encarnizaban los enemigos, y ya no volvieron a ampararse en su piedra. Tenían razón: todo el que hizo allí su refugio terminó sucumbiendo, y hasta Diego de Almagro fue capturado en el fortín y sometido al juicio implacable de los hombres de Hernando Pizarro. Había dado hasta un ojo de la cara por ayudar a la conquista, tenía igual derecho que los Pizarro al reino de los incas, pero todo se lo fueron birlando en una cínica sucesión de zarpazo y silencio. Se sintió tan herido que ya no quería siquiera su parte del tesoro sino hacerles sentir a esos aliados que conocía sus saludos de anzuelos y sus abrazos de espinas. Pobre Almagro: la indignación lo corroía y lo enfermaba, y antes de mi llegada terminaron sometiéndolo también al garrote. Se habían adiestrado en el arte de los juicios ﬁngidos, procesos que de antemano tenían decidido el veredicto; simulacros como el que representaron ante Atahualpa, no para examinar la conducta del acusado, sino para espesar sofismas que autorizaran su exterminio.<br />
Al llegar, me sentía perdido. No tenía amigos ni un rumbo<br />
claro, iba entre los tumultos del puerto, si es que se puede llamar así a ese embarcadero confuso ante los barrancos, buscando cómo dar con ﬁrmeza mis primeros pasos en un suelo inestable. Como buen hijo de español, no sabía qué admirar más, si la majestad de las construcciones del Inca o el valor demencial de los guerreros que las despojaron. Muy pronto supe que manos piadosas habían rescatado los restos de mi padre de su socavón y los habían enterrado en la tierra seca del litoral. Corrí a buscar esa reliquia que me sembraba a mí mismo en el reino. Y allí estaba el montículo bajo el cielo impasible, ante un mar del color de las ballenas muertas, y ese era ya todo mi pasado: una tumba sedienta frente a las ﬂ ores ciegas del mar.<br />
No recuerdo haber llorado: recé lo que pude y proseguí el aprendizaje del mundo. Tú fuiste aprendiendo por cuentos de sus hombres la historia de la sabana de los muiscas; así fui yo conociendo las leyendas de esa tierra extendida entre el mar del poniente y las montañas arrugadas como milenios: relatos de las cuatro partes del reino, de sus gargantas de sed y de sus colmillos de hielo; y oí y oí cuentos largos como los caminos del Inca, que atravesaban las montañas y que llevaban pies adornados de cuentas y cascabeles por los riscos y los páramos, por las frías llanuras oblicuas hacia los cañones del norte y hacia los abismos del oriente, frente a la costa tortuosa del mar occidental y junto al otro mar, el que está solo con el cielo en las polvaredas altísimas.<br />
Así me fue dado conocer los relatos del origen, y oí de labios más viejos que el tiempo cómo llegaron hace siglos los enviados del Sol, los padres de los padres, que fundaron en la altura esa ciudad, esa cosa de esplendor y misterio que había deslumbrado mi infancia.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
William Ospina</p>

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		<title>De Paso por Los Convidados, Paco Ignacio Taibo II</title>
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		<pubDate>Sun, 31 May 2009 10:44:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Me encontré a Paco Ignacio Taibo II (Gijón, España, 1949) durante el reciente Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Paco, pese a que lo conozco muy bien, se trata de uno de mis amigos más antiguos y queridos, nunca deja de sorprenderme. Cómo le alcanza el tiempo para participar en el Salón, escribir, promocionar sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me encontré a Paco Ignacio Taibo II (Gijón, España, 1949) durante el reciente Salón del Libro Iberoamericano de Gijón. Paco, pese a que lo conozco muy bien, se trata de uno de mis amigos más antiguos y queridos, nunca deja de sorprenderme. Cómo le alcanza el tiempo para participar en el Salón, escribir, promocionar sus novelas por el mundo y mantener activo el bien aceitado engranaje que destapa cada año, durante el mes de Julio, una nueva edición de la Semana Negra es para mí un misterio.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 225px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Foto07.jpg?t=1243765671" alt="Foto07.jpg picture by antoniosarabia" />Paco es infatigable, es cierto, pero ante todo es también un visionario. Y lo es en todas sus empresas, tanto literarias como extraliterarias. Sólo él puede concebir un libro con la fuerza, la calidad, la magnitud, el aliento y la ambición de la biografía de Pancho Villa, por ejemplo, que lleva ya vendidos no sé cuántos miles y miles de ejemplares. O ese extraordinario acontecimiento entre verbena popular, feria de pueblo, circo, maroma, teatro y acontecimiento cultural, que es la Semana Negra de Gijón en la que cada año recibe una oleada de excelentes escritores y más de un millón de visitantes.<br />
Fue bueno compartir con él la mesa y la conversación. Me obsequió, además, su más reciente novela, <em>De Paso</em>, que me leí de un tirón en el camino de vuelta a Lisboa. Cuando le escribí proponiéndole hacer algo con ella en Los Convidados su escueto email de respuesta fue: &#8220;haz lo que más te guste con eso&#8221;.<br />
Pues esto es lo que me gustó hacer, Paco: elegí tres capítulos para los lectores del blog y sé que los van a disfrutar. Gracias, y suerte en la vigésimo segunda edición de la Semana Negra.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span><br />
CAPÍTULO ONCE<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
El patrón de la Cantabria me dijo:<br />
-¿Quieres mil pesos, Tomás?<br />
Yo le dije que sí y le pregunté:<br />
-¿A quién mato?<br />
-Al gachupín anarquista, al San Vicente ese.<br />
-Mitad y mitad -le dije, y él entendió luego luego, porque era una fiera para los negocios.<br />
-Trecientos ahora y el resto cuando los periódicos saquen la foto del muerto.<br />
-¿Y si no hay foto?<br />
-Con la nota me conformo -dijo extendiendo los trecientos pesos sobre la mesa como un abanico.<br />
El cabrón me daba puros billetes de a peso y de a cinco, para que parecieran muchos, y muchos parecían. Recogí el abanico y saludé llevándome dos dedos al sombrero.<br />
Me fui a la cantina a pensar, y pensé: Si voy a La Guadalupana a lo mejor el patrón de allí me da otros trescientos, y si hablo con los amarillos de Puebla, a lo mejor me dan doscientos por todo, y si hablo con el arzobispo a los mejor saco indulgencias desde antes; si le vendo la historia al Universal a lo mejor saco otros trescientos. Porque yo mato por dinero, pero no soy ningún pendejo, y mi tirada es poner una curtiduría en Juárez, en Jiménez, lejos de aquí, algún día.<br />
En ésas estaba cuando llegó San Vicente. Yo hice como que estaba curándome de amores con unas copas, pero vino derecho a la mesa y se me sentó enfrente.<br />
-Me dijeron que te dieron unos billetes para matarme -dijo en seco y sin saludar.<br />
Tenía la mano en el bolsillo de la chaqueta, y tenía, &#8220;tenía que tener&#8221; el dedo en el gatillo y la automática amartillada. De manera que le fui de frente y asentí.<br />
-¿Cuánto?<br />
-Trescientos -le dije. Y me quedé pensando quién habría sido el chismoso, que más habían tardado en darme la lana que en írselo a contar.<br />
-Con dos deditos saca el dinero del chaleco y ponlo arriba de la mesa -me dijo.<br />
La gente se iba juntando pero nada babosa, se ponía detrás de él. Y estaba claro que si iba a haber plomazos, iban a la salir todos pa&#8217; mi lado.<br />
Extendí el dinero en abanico, tal como lo había recibido.<br />
-Sabes que no es para mí, que yo no tocaría ni un centavo.<br />
Asentí de nuevo. Y entonces supe todo.<br />
-Gracias -me dijo, y se levantó.<br />
-¿Sabes quién me lo dijo y por qué? -me preguntó antes de salir.<br />
-Creo que ya lo adiviné. Gracias.<br />
San Vicente salió de la cantina sin mirar para atrás. Yo me tome el tequila que estaba a medio apurar y salí caminando despacio.<br />
El cabrón patrón de la Cantabria le había soltado el pitazo con algún empleado. Así, si yo no lo mataba, el me mataba a mí, y entonces le echaban a la policía encima y lo refundían. Me dolía, más que la trampa, la falta de confianza.<br />
Entonces, fui a las oficinas de la Cantabria, y le metí un tiro en la frente al tipo. La sangre se le mezcló con la baba arriba del escritorio de caoba. Los muertos hacen cosas raras.<br />
Por eso ando por aquí, por la frontera, en lugar de tener una curtiduría.<br />
<span style="color: #ffffff;">.<br />
.</span><br />
<span id="more-866"></span>CAPÍTULO VEINTINUEVE<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Siempre he tenido aversión a los santones. Hay una cuota necesaria de cinismo que un periodista que ha vivido una revolución como la nuestra tiene que adquirir, preservar y encarecer a sus ojos como un amor velado y fiero. Y el cinismo se alimenta de la duda, de la incredulidad y, sobre todo, de la esperanza.<br />
Yo tenía mucho de las tres cosas cuando conocí a Pedro Sánchez, el Tampiqueño. Y él tenía mucho de santón, por lo menos en sus actos exteriores, para que el tipo me gustara. Además había un fraude muy burdo en esta personalidad que presentaba. Un tampiqueño no podía hablar con la &#8220;c&#8221; tan marcada y mordiente como él. De manera que entre nosotros no había amor a primera vista.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 211px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/DePasoPortada.jpg?t=1243765870" alt="DePasoPortada.jpg picture by antoniosarabia" />Yo era escritor fracasado, no sólo como poeta sino también como reportero, al que El Heraldo obligaba a cubrir la calle durante los movimientos laborales, que abundaban en esos tiempos, en lugar de ofrecerle a su talento una buena mesa de redacción.<br />
Para envilecer más nuestras relacionesa, yo vivía con la ayuda de una muleta de cristal de un litro de contenido, y no desdeñaba la vuelta al callejón de Dolores a sumirme en el sueño dulzón del opio, mientras que el malvado Tampiqueño fumaba habanos, y hasta eso de vez en cuando y con sensación de culpa.<br />
Oí hablar de él y lo vi un par de veces de lejos, siempre de lejos, hasta la huelga del Palacio de Hierro donde la vida, mañosa ella, nos hizo encontrarnos como quienes se enfrentan en una callejuela sin salida ni retornos.<br />
Yo había tomado un taxi pretextando la urgencia y esperando que podría pasar la nota al administrador si los sucesos lo ameritaban. Tenía esperanzas de que la cosa fuera a mayores, y los cegetistas rara vez me defraudaban. Para ellos, la huelga era un combate campal en que se jugaba a todo y a nada el conjunto de la organización. El día anterior me había limitado a meter una gacetilla informando que la huelga había estallado, en los talleres del Palacio de Hierro, por los malos tratos de una capataz contra las costureras. Total, que el día siguiente bajaba del taxi cuando se armaba la trifulca. Los obreros cercaban la negociación y no habían dejado pasar a una docena de esquiroles: la gendarmería llegó con un camión entero y tras ella una bomba de agua que, sin causa extra, se instaló y soltó el chorro contra un grupo de mujeres, que con niños en brazos hacían guardia. Comenzaron a volar las piedras contra los bomberos y el oficial de gendarmes, José Morían, alias el Chato, dio órdenes de hacer fuego contra los huelguistas. Ahí vi al Tampiqueño en acción: se desprendió de los que apedreaban a los bomberos al sonar el primer tiro y se fue con una mano en el bolsillo hacia el teniente que había dado la voz de fuego.<br />
-¿No le da vergüenza disparar contra obreros desarmados? -le gritó y siguió caminando hacia él.<br />
-Las piedras, están tirando piedras&#8230;<br />
-Porque no tienen otra cosa, tarugo.<br />
Y se puso a un paso del teniente que llevaba su mano a la pistolera. El Tampiqueño le tomó la mano con su mano libre, la otra seguía en el bolsillo, y le dijo algo en voz más baja. Los soldados se habían olvidado de los huelguistas, para ver el duelo entre aquel hombre y el teniente. Durante un instante esperé oír el tiro para luego escribir en mi cuaderno de notas cómo un obrero había sido asesinado a sangre fría por un teniente de gendarmería. Nada de eso pasó. Se hizo el silencio. Los huelguistas retrocedieron recogiendo a dos heridos, los bomberos se habían alejado bastante con la pedrea, abandonando su carro-tanque y sus mangueras. El Tampiqueño se separó del oficial y sin darle la espalda se alejó oblicuamente, lo que lo obligó a pasar a mi lado.<br />
-¿Qué le dijo?<br />
Él me miró fijamente.<br />
-¿Para usted o para el diario?<br />
-Para que la curiosidad no me mate.<br />
-Que cómo se atrevía a disparar contra obreros desarmados; que si él era accionista del Palacio de Hierro.<br />
-No, dígame la verdad, hombre.<br />
El tampiqueño se me acercó y mostró la mano que traía en el bolsillo de la americana donde había una 45 amartillada.<br />
-Le enseñé esta hija mía y le juré por su madre, porque la mía ya murió, que se le bajaban los humos o lo enviaba a tocarle el culo a Satanás en el infierno, con tres tiros en la barriga.<br />
Y sin esperar mi reacción se fue hacia un grupo de huelguistas.<br />
Yo respeto el valor, y el Tampiqueño apócrifo me conquistó por eso. Pasaba a segundo lugar el hecho de que durmiera en los bancos del sindicato de tranviarios, el que no poseyera nada, que todo lo tomara prestado y no lo devolviera al que se lo prestó sino al primero que se cruzara en su camino; que se supiera de memoria casi toda la poesía de Góngora y Quevedo, o que hablara inglés, español, francés y turco. Tenía además otra virtud, que no pedía ni hacía favores, imponía a través de sus actos préstamos de libros o pagos de café, el sentido por el que se debía pasear por las calles o las conversaciones que había que tener.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 246px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/pacoignaciotaibo.jpg?t=1243766190" alt="pacoignaciotaibo.jpg picture by antoniosarabia" />Aún así, nunca lo hubiera acabado de estimar so no hubiera sido por el tono zumbón con que se retrataba a sí mismo. No el tono con el que yo me trato, que mal oculta el desprecio que a ratos me tengo. Algo diferente, más difícil de explicar.<br />
-Soy un mal personaje, un mal actor de una obra trascendente, amigo. La obra es importante, los actores somos menores, comparsas, titiriteros.<br />
-Usted, y esto es lo que me rechinga, cree en el destino -le decía yo, tirados en el único sillón que había en mi casa, el único respetado por usureros. Un ridículo sillón rosa con botones de nácar incrustados y que tenía un brazo para separar a los dos ocupantes.<br />
-Yo creo que los que construyen las casas no viven en ellas. ¿Es eso un motivo para dejar de construirlas?<br />
-No me haga retórica, pinche gachupín -le decía yo.<br />
-No le rehúya a la fama que trae dentro, pasquinero de mierda -me contestaba.<br />
-Usted anda buscando la bala que lo libre de andar viviendo. Lo suyo es religión, es castigo, es penitencia. Tiene alma de cristiano de los que echaban a los leones.<br />
-yo vine al mundo por amor y por casualidad -me contestaba-. ¿Qué tiene de cristiano creer en la casualidad?<br />
-Los hombres todo lo estropeamos, todo. Destruimos con gracia, pero no sabemos construir -decía yo.<br />
-Usted llega a un puerto y salen de él tres vapores. Usted quiere viajar, quiere moverse, quiere que el mundo y usted sean uno, quiere vivir. Uno de los vapores dice &#8220;A la mierda&#8221;; otro de los vapores dice: &#8220;A la explotación, al engaño, al capital&#8221;; y el otro dice: &#8220;A la revolución social&#8221;. O se queda en el puerto y mira cómo se van los vapores, sabiendo que sus maletas se fueron en uno sin que usted lo decidiera; o bien, escoge y sube.<br />
Y así, horas y horas trenzando metáforas. Nunca trató de convencerme de nada, y cuando estaba a punto, permitía que la duda se reforzara en mi cráneo diciendo:<br />
-A lo mejor usted tiene razón, pero ¿para qué sirve la razón? Estamos hablando de la vida.<br />
Nuestros encuentros eran casuales, accidentales. Una vez tres noches en una semana. Él dormía en mi cama y yo en el horrendo sillón rosa. Otras veces pasaban dos meses y no lo veía.<br />
Una vez se fue después de caminar bajo la lluvia y pedirme prestado un libro. Nunca me lo devolvió.<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS<br />
<span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Sales del sueño en medio de los gritos, y saltas del catre con tu pijama de rayas azules y grises, carcelario, y la pistola en la mano, sacada de debajo de la almohada. El suelo está frío. Aun con el mundo de tu alrededor convertido en un carnaval de confusiones tratas de orientarte. De saber dónde estás durmiendo, en qué casa, de saber a dónde dan las puertas, a qué calles&#8230; Porque es obvio que los que te buscan se acercan, no hay duda en esos gritos, y esas órdenes de mando confusas, las culatas de los rifles golpeando la madera de una puerta&#8230; Te pones los zapatos sin calcetines y te cuelgas el otro revólver al hombro después de haber verificado la carga.<br />
-¡Salga de ahí, San Vicente, con las manos en alto!<br />
Hay una ventana, te asomas. A tu espalda suenan disparos que perforan las tablas de la puerta. Primero lo primero: arrojas sobre la puerta un armario de metro y medio, y luego empujas sobre él un catre de lona y un arcón lleno de platos viejos. La ventana. Un primer piso. Asomas la cabeza, los pelos levantados, como si hubieras sufrido un sobresalto. ¿Y qué mierda es esto sino un sobresalto? Los cristales se rompen y un tiro entra por la ventana. La bala se estrella en el techo sacando limpiamente una nube de cal. Con el cañón del Colt destrozas los cristales sobrantes y sueltas cinco disparos en rápida sucesión. Los golpes de la culata astillan la puerta. Saltas por la ventana. Cuando los pies tocan el suelo, pierdes un zapato, sigues disparando, ahora el revólver, hacia dos sombras que se escullen. Recargas a la luz del farol, y luego corres como un fantasma en pijama por las calles empedradas de San Ángel, cantando a voz en grito <em>Hijos del Pueblo</em>, desafinando en la estrofa que dice: &#8220;rojo pendón de la libertad&#8221;. Piensas que sería mejor cantar la <em>Novena</em> de Beethoven en estas particulares y alucinantes circunstancias.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
Paco Ignacio Taibo II</p>

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		<title>Elsa Osorio, por fin en Los Convidados</title>
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		<pubDate>Sat, 23 May 2009 10:39:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Encontrarse con Elsa Osorio (Buenos Aires, Argentina, 1952) cuando el azar, ese ir y venir por aquí y por allá inherente a nuestro quehacer literario, nos permite coincidir en alguna parte del mundo es una felicidad muy grande. Elsa es una mujer dulce, inteligente, curiosa, bien informada, con quien es un placer compartir desde una charla de café [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Encontrarse con Elsa Osorio (Buenos Aires, Argentina, 1952) <img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 213px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/dedmordzinzkyquaiesdeseine.jpg?t=1243074290" alt="dedmordzinzkyquaiesdeseine.jpg picture by antoniosarabia" />cuando el azar, ese ir y venir por aquí y por allá inherente a nuestro quehacer literario, nos permite coincidir en alguna parte del mundo es una felicidad muy grande. Elsa es una mujer dulce, inteligente, curiosa, bien informada, con quien es un placer compartir desde una charla de café hasta una mesa redonda. Eso acaba de suceder en el XII Salón del Libro Iberoamericano de Gijón donde pasamos algunas muy agradables jornadas juntos. Elsa es una ávida lectora de Los Convidados, &#8220;los domingos por la tarde en Buenos aires, me dice, antes de meterme en la cama&#8221;, y ya hemos publicado comentarios suyos en una que otra entrada. Hoy la tenemos por fin entre nosotros participando con un excelente relato de su libro <em>Callejón con Salida</em>, que ofrece con muchísimo gusto a los lectores de Los Convidados.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;"><span id="more-840"></span>.</span><span style="color: #ffffff;"><br />
</span> SU PEQUEÑO Y SÓRDIDO REINO</p>
<p>Aún le dura la agitación cuando cierra la puerta y se apoya contra ella para recobrar el aliento. Está exhausta por la tensión que le produce caminar bordeando el edificio, esperando la oportunidad de entrar cuando nadie pase por la puerta mientras revuelve en su bolso buscando el llavero, y ese terrible momento en que teme haberse equivocado de llave, que no sea ésa la de abajo, introducirla lo más rápido posible y observar con alivio como gira sin dificultad, atravesar el hall de entrada rogando que el ascensor esté en la planta baja y no deba esperarlo, expuesta al peligro de que alguien entre al edificio, o baje por el ascensor, y la descubra, y ya subiendo, que por favor nadie abra la puerta del ascensor y la sorprenda a ella ahí, tan donde no debe, cruzar el palier a grandes pasos, sin darle el gusto de curiosear a quienquiera que viva en el noveno &#8220;A&#8221; porque la llave ya está preparada para que gire en seguida y la puerta se abra y cierre de inmediato dejándola por fin a salvo. ¿A salvo sólo de las miradas de los otros? ¿O también de todo ese espacio que se extiende detrás de la puerta del noveno &#8220;B&#8221;?<br />
Pero si así, apoyada contra la madera de la puerta, está a salvo, por qué, cuando la agitación va disminuyendo su ritmo, esa ígnea delicia del miedo reptando por su columna hasta ganar el cuello y estallar para expandirse voluptuosamente hacia el cuerpo todo que comienza a vibrar, ahora que camina a tientas hacia la ventana, a temblar, cuando iza la correa de la persiana como en el colegio la bandera, porque ella, la mejor, pero atrás, cuánta violencia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 205px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/NT139Callejonconsalida.jpg?t=1243074591" alt="NT139Callejonconsalida.jpg picture by antoniosarabia" />El sol avanza sobre su cuerpo, lo entibia y estará iluminando ya lo que aún no ve porque el miedo hace estragos en sus músculos, tensándolos como cuerdas. Gira con exagerada morosidad demorando el instante en que se enfrentará con ese espectáculo al que el sol no perdona detalle, ni siquiera las manchas del parquet que se cuelan con insolencia entre las más dispares superficies.<br />
Es siempre una sorpresa, ya que antes de irse (cumpliendo minuciosamente con las reglas que no sabe quién prescribió) deja caer la sombra sin encender la luz, y por lo tanto, las formas con que juega quedan donde fueron a refugiarse en la oscuridad, en su inútil intento de abolir las discrepancias, entonces ella cierra la persiana y camina hacia la puerta para repetir el rito de la entrada, pero al revés, introduciendo leves variantes.<br />
No conoce esta última imagen que ha forjado antes de irse, embellecida y distorsionada por el paso del tiempo. El té, por ejemplo, que estaba caliente y líquido cuando lo volcó, es una mancha amarillenta, seca y fría sobre ese libro abierto de páginas de papel biblia. Puede imaginar ese chorrear del té en lágrimas sobre las apretadas hojas. Se aventura, en un gesto de coraje, y reconoce el libro llorado: uno de los tomos de Las Mil y Una Noches, y recuerda cuando su papá se lo regaló, hace ya tantos años, la caricia que le hacía antes de dormir al cuero de su lomo, y cuántas tardes, cuántas noches de esa delicia.<br />
«Por suerte no es de Diana», se dice. Y si fuera qué, ¿acaso pensó que debía resguardar por lo menos lo de Diana? No, entonces ¿por qué ahora? Quizás porque acaba de entrar y aún las sogas tironean con fuerza a quien ella es afuera del departamento, la responsable, la discreta, como le había dicho su amiga aquella tarde, antes de emprender el largo viaje. Diana no quería alquilar el departamento porque no sabía cuándo volvería -ni si volvería- y prestárselo a alguien, no sé, imaginarme a cualquiera hurgando mis papeles, encontrando algo inconveniente, o simplemente íntimo, sentándose en mis almohadones, no me gusta. Y ella se había reído.<br />
-Si te lo quedaras vos, que sos tan discreta, yo estaría tranquila. Quedátelo, dale.<br />
-¿Yo? ¿Y para qué lo quiero? Tengo mi casa, mi estudio.<br />
-Para nada. Para descansar, para hacer un alto, para estar sola -había sonreído Diana, guiñándole el ojo-. No viene mal de vez en cuando.<br />
Ella se alzó de hombros, pero ya en aquel momento (y no podía ni sospecharlo) sintió un repentino entusiasmo, una ventana abierta. Aceptó pagar los gastos e ir de cuando en cuando para repasar o para&#8230; &#8220;Para nada&#8221;, le había dicho Diana.<br />
No recuerda cuándo fue por primera vez sin la excusa de pagar alguna cuenta o limpiar un poco, ni cuándo se preparó el primer té, ni cuándo fue dejando algunos libros y una resma de hojas, y algunos cuadernos, el cepillo y su perfume. Recuerda sí aquella tarde en que se le pasó la hora de ir al dentista y no encendió la luz, ni arregló nada porque el jueves o viernes se daría una vuelta y ordenaría todo. Pero el viernes se dijo que faltaba tanto tiempo para que Diana volviera -si es que volvía- que bien podría hacerse otro té, sin lavar las tazas usadas, y abrió otro libro y se olvidó una carpeta.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 266px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Elsa1.jpg?t=1243074803" alt="Elsa1.jpg picture by antoniosarabia" />Fue ese mismo día, o quizás otro, el que echó de menos sus diccionarios, tenía tantos (siempre le gustaron los diccionarios), por qué no dejar algunos allí y después de consultarlos, tirarlos de cualquier forma, total, ya pondría orden la próxima semana.<br />
Debe haber pasado bastante tiempo desde aquella tarde porque los puchos y los papeles arrugados han desbordado del cesto y se dejan ver sobre el piso, mezclándose con el polvo. Es increíble la cantidad de tierra que puede acumularse en un pequeño departamento, que permanece siempre cerrado, cuando ella no está ahí. ¡Es una ciudad tan sucia Buenos Aires! Y hay quienes dicen que están limpiando no sólo la ciudad, el país entero. Ella puede dar fe, ahora que está mirando el suelo, que entra mucho polvo, tanto que ya no le importa pisar todo con los zapatos, hasta esa costilla mordida que adhiere su grasa a la suela y da unos toques sutiles a ese extraño tapiz que ha ido configurándose, casi sin que ella se de cuenta de su magnitud.<br />
Se coloca en un rincón y lo observa. Ni en la mejor galería de tapices del mundo se podría conseguir uno así, tan variado en colorido y textura y con ese movimiento que los distintos tamaños y formas de libros, almohadones, sillas caídas, frascos, espejos y latas abolladas le dan, convirtiendo el tapiz en una escultura. Es lamentable que sólo pueda gozar de él con la vista.<br />
Se descalza (guarda los zapatos y las medias perfectamente dobladas en el cuarto de Diana) y siente en los pies desnudos el placer de esa obra de arte que ella ha creado, permitiendo a la tierra y a los objetos combinarse al azar. Una maravillosa obra de arte que no podría exponerse en ningún museo, en ninguna galería que la inmovilizara, una obra mutante que va inventándose y recreándose sin cesar bajo sus pies, una obra creada y gozada sólo por ella.<br />
La pisa y la pisa, entusiasmándose con las superficies escabrosas, como la de la lata que amenaza lastimarle la piel y que ella arroja al otro extremo del tapiz, ahora el delicioso cosquillear del papel arrugándose en la planta de su pie derecho, mientras su pie izquierdo se hunde en una colina de ceniza.<br />
Recoge una hoja grande que reconoce como la primera página de un contrato que quién sabe cómo fue a parar ahí; con ella envuelve una esponja, todos los puchos de ese sector, la costilla mordida, y con fuerza, arroja el bollo contra la pared. El miedo da un salto y pega la oreja al muro tratando de descubrir un posible testigo de su violento quebranto, pero nada, ese ruido fue sordo y nadie más que ella sabe lo que acaba de hacer.<br />
Va hasta la cocina, encuentra café preparado, seguramente hace varios días por el color arratonado y desparejo, y con él riega la ceniza que cede fácilmente de la pared.<br />
Es una lástima que su mirada se agote y se abisme en esa imagen que el sol ilumina ahora más apagadamente, generando una belleza nueva, quisiera sentirla en todo el cuerpo, pero no puede acostarse así, vestida como está, sobre todo eso y salir después a la calle desordenada y sucia, con el enorme riesgo que eso conlleva en los tiempos que se viven. Siempre, de algún modo, el afuera logra inmiscuirse para tironearla como hace detrás de la puerta. Por esa razón está allí, para aflojar las sogas en ese paréntesis, para unirse y que poco a poco la tranquilidad la invada.<br />
¿Tranquilidad? Difícil ceñir a una palabra esa sensación tan singular que ella siente, ese bienestar donde corcovea el pánico, ese placer de hacer arte con lo que hay, esa adhesión repulsiva a una hipérbole de desorden en la que se regodea.<br />
Ahora se le precipita la imagen de las corbatas de su papá, colgadas todas a la misma distancia, y los cuellos de las camisas, uno para un lado, el siguiente para el otro y una línea perfecta entre ellos, y el parquet reluciente que su mamá cuidaba con esmero: ni una sola mancha. Y recuerda el disgusto de su papá cuando la veía estudiar a ella, su hija menor, con los papeles cruzados unos sobre otros, y los libros sobre la alfombra. Ella trató de explicarle que, aunque él no lo percibiera, allí había un orden, el suyo, que no lo llamara «tu terrible desorden», sólo por no cumplir con pautas ajenas. Ella ha pasado la vida cuidando el orden hasta la locura, la misma de adentro pero desde el borde, un borde de contornos ebrios. Con el tiempo llegó a acostumbrarse, a tal punto que ahora parece suyo, pero no se engaña, ese orden no es más que una fidelidad a su papá -en verdad la fidelidad mayor es el verdadero orden, el interno- que de todos modos ya no importa porque él ha muerto y ya no hay nada que demostrar. «Para nada», le dijo Diana cuando le dejó el departamento. Nada. Y el que nada no se ahoga. ¿Cómo no se le ocurrió antes? Nadar.<br />
Nadar porque en el agua los límites se borronean. Desde afuera se percibe un orden de líneas diáfanas, nítidas, tranquilizantes, pero basta sumergirse para penetrar en ese otro orden misterioso de contornos amiboideos y enigmáticos matices. En el borde se nada. Nada para demostrar. Para nada. Nada para. Pero no puede permitirse nadar en su obra con la misma ropa con que enfrenta el mundo de afuera, las huellas, ineludiblemente, la delatarían. Con deliberada morosidad se desviste y extiende la ropa sobre la cama de Diana.<br />
Ahora sí puede sentir en todo el cuerpo esa tierra que ha entrado por la ventana y rodar libremente sobre las manchas del parquet y los papeles rotos, y zambullirse en los diccionarios, tener un contacto directo con las palabras escritas en esas hojas que no lee, que toca, toca con su vientre y ese crisparse del papel con su movimiento la exalta, las palabras adhiriéndose y bailando sobre su piel, mientras su mano acaricia la superficie rugosa de una cáscara de mandarina, y en su hombro, el irreprochable roce de un diario viejo o quién sabe qué porque ha cerrado los ojos para jugar a adivinar la identidad de los misteriosos seres que habitan ese mar: plato, libro, llavero, papeles, semillas. No puede descubrir el origen de la adiposidad que embadurna su muslo derecho, pero ya no le importa porque ha cambiado el juego por otro: extender el brazo, sujetar lo que la mano alcance, revolearlo y dejarlo caer donde la fuerza de su impulso lo lleve, y esta copa que tira con violencia se revela en un alarde de destellos y sonidos agudos al trisarse contra la pared, ella no había previsto este resplandor en el juego, ni tampoco los gritos de los cristales saltando a cualquier lugar, y quizás, más tarde, lastimándola. No. Debe impedir que su sangre roja y viva violente el tono de su obra. Nunca sangre allí dentro.<br />
El miedo vuelve a ganarla, llega en olas, como el mar, y ella las barrena una a una hasta vencerlo. Se reconoce el cuerpo con sus manos, y al llegar a los ojos, los frota del maquillaje que ella usa para hacer frente a la otra selva, la de afuera.<br />
Busca en su bolso el sobre de los cosméticos y se pinta, con gruesos trazos, pestañas larguísimas en sus muslos. Con las sombras logra un efecto sorprendente al cruzarlas sobre su cara y su cuello. Se dibuja rayos de negro sol en su vientre, y con el rouge, grandes labios rodeando el pubis. Vacía el sobre tirando los cosméticos hacia un lado y el otro para integrarlos a los seres que habitan su tapiz-mar. Saca libros de la biblioteca y se acuesta sobre ellos. Silvina Ocampo se le incrusta en la espalda, Manuel Puig le hace cosquillas en las piernas, Gombrowitz se le hunde en los riñones, Cortázar se cuela entre sus piernas, Walsh le duele en el pecho, Fuentes se adhiere a su cintura, Drumond de Andrade le roza la nuca, y repta sobre Bataille o Rimbaud. Entonces comprende que nunca ha leído más que con los ojos y que así, como ahora lo hace, es salvaje el placer del texto, tal vez Barthes mismo sea el que le atraviesa el pecho. Bracea siguiendo el flujo de la marea, se sumerge y vuelve a asomar la cabeza. El trapo y una vieja máquina de escribir se enlazan buscando en el polvo el punto exacto y fatal de encuentro con las hojas muertas de vaya a saber qué libro, qué obra, qué texto, qué placer que les concede la ilusión de moldearse a sí mismos hasta componer ese cuerpo único, poderoso, perfecto, completo.<br />
Ella los socorre con este balde de agua que derrama sobre el tapiz. Las superficies se diluyen. Se deja lamer por la humedad del papel. Aspira el perfume de inmundicias enredándose y mareándola. Avanza al compás de una música secreta, que ahora sabe que es la suya, la que debe desoír afuera. El tapiz la acompaña en un derroche de perfectos roces, de caricias, hasta llegar al centro donde todo se ha confundido, amalgamando sus formas y texturas para recibirla. Ella se entrega, se hace una con su obra, perdiendo los límites del cuerpo, extendiéndolos al infinito en el tiempo y el espacio. Se aturde en el goce fulminante de ese remolino donde su tapiz y ella crean y son creados vertiginosamente.<br />
Y entonces la paz, como una lluvia fina y lenta, expurgándolos, diferenciándolos. El tapiz la mece al ritmo suave de la música. Ella se deja estar allí, disfrutando de esa armonía, de ese orden por fin suyo.<br />
Debe haber pasado bastante tiempo porque la sombra ha ganado ya el departamento, cuando ella abre los ojos y se levanta.<br />
En el baño se ducha, se seca, se cepilla el pelo, se viste. Cuelga su bolso del hombro y antes de cerrar la persiana, contempla su pequeño y sórdido reino con mugrienta ternura. Cierra la puerta para correr a atender todo el afuera, esas sogas que intentarán despedazarla, pero con más fuerza para resistir el tironeo, más sólida, más limpia.</p>

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