Archivo de la Categoría “Narrativa hispanoamericana contempor√°nea”

Mi primera reacci√≥n al recibir la invitaci√≥n de un peri√≥dico para escribir algo sobre la muerte de Antonio Tabucchi fue un rotundo ‚Äúno‚ÄĚ. ¬ŅPor qu√©?, ¬Ņpara qu√©?, me dije. El fallecimiento de un amigo tan querido como Antonio es algo muy personal, un motivo de luto y aflicci√≥n √≠ntima, nada que enviar a los diarios. Hasta raro se me hace llamarlo ‚ÄúTabucchi‚ÄĚ. Pero en el momento de meditar sobre eso Antonio me sonri√≥ en la cabeza, con esa sonrisa suya tan llena de sobreentendidos y escrib√≠ aquel texto como hoy transcribo este. Porque pens√© que tambi√©n le complacer√≠a que yo dijera algo sobre √©l en este pa√≠s que ambos, siendo los dos extranjeros, adoptamos como propio. Comprendo muy bien que esa manera literaria y absurda de encontrarnos de nuevo juntos aqu√≠ despu√©s de su muerte es imb√©cil, fantasiosa e in√ļtil, pero es una manera al fin con esa pizca de surrealismo y ternura que a √©l le era tan propia. Todav√≠a con la sonrisa de Antonio ondeando en el recuerdo me decido a teclear cualquier cosa en la Mac. Voy a echar cosas ah√≠ dentro, sin reflexionarlas demasiado, a ver qu√© aparece despu√©s. Tal vez con ello el dolor meng√ľe un poco y de esta mara√Īa de sentimientos encontrados resulte una cosa m√°s o menos coherente y medianamente legible.

No ser√° este un paneg√≠rico sobre su persona, ni una cr√≠tica enterada y sesuda sobre su trabajo literario. Para eso est√°n sus propios libros: Sostiene Pereira, R√©quiem, Dama de Porto Pim, Nocturno hind√ļ y tantos otros. La obra de quien hasta hace muy poco era uno de los mayores escritores vivos. Yo no voy a hablar de ella, ni de su nacimiento en Pisa durante la guerra, ni de su amor por la lengua portuguesa, ni de su conocimiento erudito y apasionado de la poes√≠a de Fernando Pessoa, motores ambos de su primer viaje a Lisboa, all√° por los a√Īos sesentas, ni de su encuentro entonces y aqu√≠ con Mar√≠a Jos√©, su esposa, a quien llamamos Z√© los amigos y a quien Antonio nombraba Zezinha cuando quer√≠a mostrarse afectuoso. Tampoco hablar√© de sus apasionados alegatos en defensa de los menos favorecidos en esta sociedad europea cada vez m√°s xen√≥foba, ni de su absoluto desprecio por Silvio Berlusconi. Esa tarea se la dejo a sus cr√≠ticos y a sus bi√≥grafos. Yo quisiera hablar aqu√≠ de otra cosa que no alcanzo todav√≠a a definir. Me ciega la rabia impotente ante su muerte, la frustraci√≥n ante una ausencia que ya nada puede compensar, la tristeza de las cosas que quedaron pendientes en nuestra reciente y a la vez tan antigua amistad.

Nos conocimos a principios de marzo del a√Īo pasado, en una cena organizada por una querida pareja de amigos colegas, Karla Su√°rez y Jos√© Manuel Fajardo. Entre un pu√Īado de afinidades est√©ticas, filos√≥ficas y literarias descubrimos con placer que, adem√°s, √©ramos vecinos. Nuestras casas, enclavadas en el coraz√≥n del centro hist√≥rico de Lisboa, est√°n apenas a pocos minutos a pie una de otra. A √©l le comenzaban unos dolores recurrentes en la pierna derecha y los achacaba a la falta de ejercicio f√≠sico por lo que nos pusimos de acuerdo para salir a caminar juntos por las pintorescas callejuelas y plazas de nuestro vecindario, Pr√≠ncipe Real, Bairro Alto y Chiado, con caf√© y sabrosa pl√°tica incluida. No pasamos de hacerlo un par de veces. A √©l la pierna le imped√≠a extender los paseos y no tardamos en circunscribirlos a tazas de caf√© en los lugares m√°s pr√≥ximos y a una que otra ida al cine antes de que se fuera a pasar el fin del verano a Italia. Yo estaba invitado esos d√≠as a unas charlas en la universidad de Mil√°n. √Čl me sugiri√≥ alcanzarlo despu√©s en su casa de toda la vida, cerca de Pisa, y yo prefer√≠ pasar unos d√≠as en Venecia con Lauren, mi mujer, pensando que ya habr√≠a tiempo para vernos con √©l en alguna mejor ocasi√≥n.

Al volver nos llamamos de nuevo. Nos invit√≥, a Lauren y a m√≠, junto con Karla y Jos√© Manuel en cuya cena nos hab√≠amos conocido, a almorzar en su casa a orillas del mar. Los seis coincidimos entonces y despu√©s en calificar aquel d√≠a como ‚Äúperfecto‚ÄĚ. Antonio arrastraba cada vez m√°s su pierna pero la comida, el humor y la conversaci√≥n fueron insuperables. Antes de despedirnos fuimos a ver la puesta del sol a una playa cercana y ah√≠ Antonio insisti√≥ a√ļn en que compr√°ramos un pollo asado para la cena en un sitio cualquiera y volvi√©ramos a su casa a continuar con la fiesta. Yo, muy a mi pesar, me negu√©. Era el 15 de septiembre y quer√≠a apresurar mi regreso a Lisboa para asistir a los festejos de la Independencia en la embajada de M√©xico. Ya volver√≠amos en otra ocasi√≥n, le repet√≠ agradecido, sin darme cuenta que reincid√≠a en lo de Italia y que la vida, o m√°s bien la muerte, nos negar√≠a otra oportunidad.

Por cierto que entre nosotros el tratamiento de ‚Äútocayo‚ÄĚ nunca se dio. √Čl me llamaba Antonio y yo a √©l igual. La confusi√≥n era para Z√© y para Lauren quienes no hallaban qu√© hacer para dirigirse a cualquiera de los dos sin que ambos volte√°ramos al mismo tiempo al escuchar nuestro nombre. Cuando Lauren le respond√≠a el tel√©fono se identificaba a s√≠ mismo, como si su ronca voz de fumador empedernido y el retint√≠n italiano en su espa√Īol no fueran suficientes para reconocerlo, como ‚Äúel viejo Antonio‚ÄĚ aunque era apenas unos meses mayor que yo.

Como la pierna no mejoraba, cuando volvi√≥ de su casa en la playa me pidi√≥ que lo llevara a hacerse unos an√°lisis al hospital. Cosas de rutina. Z√©, que no quer√≠a causarme molestias, lo ri√Ī√≥ por insistir en buscarme para esos menesteres pero la verdad es que a m√≠ no me incomodaba. Antonio me hab√≠a dicho ya, y se lo repiti√≥ entonces a Z√© delante de m√≠, que ten√≠a la impresi√≥n de que √©l y yo √©ramos amigos de toda la vida. Ya sea solo o con ella debo haberlo llevado al m√©dico una buena docena de veces y entre radiograf√≠as, ex√°menes y visitas a uno u otro especialista llegamos en ocasiones a permanecer el d√≠a entero en el hospital. Cuando sal√≠amos temprano me quedaba en su casa un rato m√°s, a terminar con la charla y bebernos un whiskey. Si sal√≠amos tarde nos √≠bamos a cenar con Z√© y con Lauren al primer sitio que nos pasara por la cabeza.

A pesar de sus padecimientos Antonio manten√≠a el buen √°nimo. Miraba las cosas a su alrededor con una permanente curiosidad y ese humor un tanto surrealista que se transparenta en sus obras. Un d√≠a vino a cenar a la casa y me trajo, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio, como una peque√Īa joya, el primer fruto de una mata de chiles que ten√≠a plantada en su jard√≠n pensando que yo, como mexicano, la apreciar√≠a m√°s que ning√ļn otro. Esa noche escuchamos canciones rancheras y me pidi√≥ que le enviara por correo electr√≥nico las letras de algunas que le maravillaron. Todav√≠a escucho su risa al o√≠r las primeras estrofas de El Abandonado:

Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre

Y por tener la desgracia de ser casado…

Recordaba con afecto y devoción a sus amigos y hablaba a menudo de ellos y de sus trabajos. Organizó una cena para que conociéramos algunos de los que viven en Lisboa y me prestó El té de Proust, los cuentos reunidos del rumano Norman Manea a quien quería y admiraba de una forma especial. Se sentía extremadamente orgulloso de un homenaje que le habían hecho los gitanos por abanderar sus derechos y de la vara de juez que le confirieron durante la ceremonia. Cuando cayó Berlusconi en Italia nos llamó para festejarlo con una improvisada cena en su casa en la que brindamos abundantemente a la salud de su país natal.

Le divert√≠a el IPad que yo llevaba a la cl√≠nica para leer y distraerme mientras √©l entraba con el m√©dico. Se lo mostr√≥ a Z√©, como un ni√Īo un juguete, y le pidi√≥ uno igual como regalo de cumplea√Īos.

Los ex√°menes se suced√≠an y, de pronto, la pierna era el menor de sus males. Le empez√≥ a resultar imposible bajar por su propio pie la escalera de su casa y ya no pude acompa√Īarlo yo al m√©dico como acostumbr√°bamos. Un servicio del hospital se encargaba de llevarlo y traerlo a los tratamientos. Dejamos de vernos con la frecuencia que sol√≠amos. A√ļn as√≠, mantuvimos el contacto por tel√©fono y pude verlo en su cuarto del hospital una vez antes de su operaci√≥n. Todav√≠a las cosas no parec√≠an tan graves. Luego, unas semanas despu√©s, recib√≠ un mensaje en mi tel√©fono m√≥vil. Me ped√≠a que pasara a visitarlo a su casa a las cinco y media de la tarde. Yo no le√≠ su mensaje sino hasta las ocho de la noche. Le respond√≠ a esa hora pidi√©ndole mil disculpas y me dio una nueva cita para el d√≠a siguiente a las seis.

Me parti√≥ el alma verlo tan delgado y disminuido en una silla de ruedas. Conversamos poco m√°s de media hora. Cuando me di cuenta de que comenzaba a cansarse le dej√© unas pel√≠culas que le hab√≠a llevado para que se distrajera y me inclin√© sobre la silla para darle un abrazo. Esa fue la √ļltima vez que lo vi.

El d√≠a del entierro me sent√≠ raro, hasta un poco intruso, caminando en medio del cortejo f√ļnebre de sus antiguos amigos que vinieron a rendirle un postrer homenaje desde diversas partes del mundo. El toque surrealista, que Antonio no pod√≠a dejar de ofrecernos incluso en su muerte, lo da el nombre del cementerio, Los Placeres, y el que √©l lo hubiera hecho teatro de un episodio de su libro R√©quiem.

Lo que hablamos, discurrimos, re√≠mos y fantaseamos durante tantas caminatas, caf√©s, whiskies, salas de espera en el hospital, cenas, recorridos en auto y dem√°s es algo que a ning√ļn otro interesa, un tesoro que conservar√© conmigo hasta el fin. A m√≠, le dije una vez, el oficio de escritor estaba terminando por hartarme. √Čl me confes√≥ haber vivido lo mismo y me dio buenas razones para continuar. Lo hice. Poco antes de su muerte termin√© una novela que ten√≠a abandonada y le escrib√≠ un mensaje telef√≥nico a Z√© para que se lo contara a Antonio avis√°ndole tambi√©n que era una especie de secuela de otra novela m√≠a que √©l conoc√≠a y gustaba y que se la quer√≠a dedicar. Ella se lo susurr√≥ al o√≠do y me dice que tal vez hasta le haya visto sonre√≠r pero que a esas alturas ya no pod√≠a estar segura de nada.

Esto es lo que yo siento ahora: el a√Īo pasado conoc√≠ a un hombre honesto, generoso, valiente, sensible, dotado de un fino sentido de humor, con quien era un placer conversar durante horas enteras y que adem√°s era un escritor formidable. Apenas unos meses despu√©s, la muerte me ha arrebatado a un amigo de toda la vida.

Antonio Sarabia

Texto publicado en portugu√©s en el n√ļmero 1084 del Jornal de Letras Artes e Ideas el 18 de abril de 2012.

Fotos de Daniel Mordzinski.

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Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los √ļltimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, m√°s el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta p√°gina, pero vuelvo ahora con la intenci√≥n de mantenerla viva.
festiparola-1.jpg picture by antoniosarabiaNada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.
Sergio se ha distinguido, adem√°s de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida pol√≠tica de su pa√≠s. Encabez√≥ el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicarag√ľenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revoluci√≥n sandinista, Sergio ocup√≥ la direcci√≥n del Consejo Nacional de Educaci√≥n en el nuevo gobierno y, m√°s tarde, la vicepresidencia de la rep√ļblica.

cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabiaSu obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por Castigo Divino; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por Un Baile de Máscaras; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por Margarita está Linda la Mar.
En su más reciente novela, El Cielo Llora por Mí, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.
Con Sergio Ram√≠rez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los √ļltimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, particip√≥ con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos m√°s abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto. Lee el resto de esta entrada »

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Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabiaEl mi√©rcoles catorce de octubre estuve en Par√≠s invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparici√≥n en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el t√≠tulo en franc√©s), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos Jos√© Ovejero, Jos√© Manuel Fajardo y este servidor. En la celebraci√≥n estuvieron, desde luego, tambi√©n presentes los otros dos autores. Jos√© Ovejero ten√≠a una doble raz√≥n para estar feliz: adem√°s de Noela en Francia, acaba de aparecer en Espa√Īa, con el sello de Alfaguara, su m√°s reciente novela, La Comedia Salvaje, una estramb√≥tica, alucinante y dram√°tica farsa ambientada en la guerra civil espa√Īola que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la tr√°gica realidad inherente a todas las guerras. No resist√≠ la tentaci√≥n de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un cap√≠tulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envi√≥, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, Jos√©, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.

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as1bis.jpg picture by antoniosarabiaEste fin de semana estuve de vuelta en la regi√≥n de Colima, M√©xico, donde ocurre la trama de mi novela Los Convidados del Volc√°n. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme all√° con mi querido amigo el editor portugu√©s de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo le√≠do lo que yo he escrito sobre el sitio ard√≠a en deseos de conocerlo y, la segunda, refrescar mi propia memoria, empaparme una vez m√°s del hablado y los h√°bitos de las gentes, adem√°s de la textura, los aromas y colores del paisaje que les rodea antes de hundirme de lleno en el texto que tengo planeado y que se encuadra de nuevo en el pueblo de Guayac√°n, una m√°gica aldea imaginaria constru√≠da con el l√°piz y papel de la imaginaci√≥n en lo m√°s alto de la pendiente del volc√°n con el √ļnico objeto de convertirla en el espacio esc√©nico de aquella novela.
Comparto ahora con los lectores de Los Convidados algunas fotos de la jornada, tomadas por mi hermano √ďscar, cuya compa√Ī√≠a fue uno m√°s de los placeres del viaje, y a√Īado como estampas literarias dos fragmentos del texto de la novela original en la que se describen no s√≥lo los detalles de la flora y la fauna sino la magia en la que viven sumergidos los pobladores de la regi√≥n.

PanormicaAs.jpg picture by antoniosarabia

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La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.
Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabiaPromet√≠ entonces que esta semana, tambi√©n seleccionados por la propia autora, tendr√≠amos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porte√Īa Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompa√Ī√≥ sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos, nos dice en su carta. En diciembre del 2007 fue el de la secci√≥n internacional del Pi√Ļ libri pi√Ļ liberi, (M√°s libros, m√°s libres) un premio de c√≠rculos de lectura activos en bibliotecas que forman “un vero e proprio esercito di accaniti lettori”. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusi√≥n sobre los libros. Un d√≠a votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que “ganaron” porque triunf√≥ la novela que votaron ellos es emocionante. Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en esas urnas, fueran ellos tambi√©n el libro. Maravilloso.
Lezione2.jpg picture by antoniosarabiaPues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el p√ļblico sea el √ļnico, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.
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Hace unos d√≠as recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedic√≥ a los autores argentinos traducidos al italiano, hab√≠a sido otorgado a la obra Final de Novela en Patagonia de nuestro querido amigo, el escritor chaque√Īo Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947).
Mempo1.jpg picture by antoniosarabiaEl Giuseppe Acerbi tiene un significado especial porque no es un premio al que puedan presentarse los autores. Lo otorga el p√ļblico. Cada a√Īo, en febrero, la ciudad de Mantua solicita a un equipo acad√©mico la selecci√≥n de cuatro t√≠tulos de la literatura de un pa√≠s y el galard√≥n es fruto de una original iniciativa de lectura comunitaria.
Mempo Giardinelli recibi√≥ la notificaci√≥n oficial el 8 de julio, en la que se consignaba textualmente que su novela Finale di Romanzo in Patagonia, de la casa editora Guanda de Mil√°n, “hab√≠a suscitado un gran consenso tanto por el argumento como por el estilo narrativo”.
13_elsa-osorio-1.jpg picture by antoniosarabiaEn Los Convidados nos apresuramos a preparar una entrada con la noticia y el tradicional fragmento de la novela ganadora cuando, apenas ayer, nos lleg√≥ una rectificaci√≥n. Resulta que por error se envi√≥ el mismo comunicado tanto a Mempo Giardinelli como a Elsa Osorio, quien tambi√©n era finalista con la novela Cielo de Tango, y durante un par de d√≠as nadie pudo entender qu√© pasaba. Finalmente lleg√≥ la aclaraci√≥n de los organizadores: el Premio Acerbi de este a√Īo a la literatura argentina corresponde a la novela Cielo de tango (Lezione di tango), de Elsa Osorio, y el Premio Acerbi a la literatura de viajes 2009 corresponde a Final de novela en Patagonia (Finale di romanzo in Patagonia), de Mempo Giardinelli.
Pues felicidades a los dos, viejos amigos y colaboradores de Los Convidados. Como ya teníamos listo el post con el texto de Mempo lo ponemos a él. La próxima semana estará Elsa con algunas páginas escogidas de Cielo de Tango. Hasta entonces.

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chess1.jpg picture by antoniosarabiaEl ajedrez ha sido una de las aficiones de mi vida. Un pasatiempo que por suerte comparto con algunos buenos amigos. Mempo Giardinelli, por ejemplo, a falta de un cuarteto para el domin√≥, no desde√Īa cambiar fichas por trebejos y retarme a una partida.¬†Durante los a√Īos en que coincid√≠ en Par√≠s con el colombiano Santiago Gamboa, √≠bamos por las noches al¬†acogedor bar del hotel Ritz, el¬†Hemingway, donde entonces hab√≠a instalada una mesita de ajedrez para entretener a los parroquianos. Ah√≠ jugamos multitud de partidas mientras yo paladeaba unos whiskies y √©l cierta bebida ex√≥tica, de la que he olvidado el nombre, con la que nuestro cantinero hab√≠a ganado un certamen internacional en Shanghai. No voy a decir el resultado de nuestros encuentros para no avergonzar a Gamboa, pero cada nueva noche, mientras acomod√°bamos las piezas para la primera partida, Santiago, con oportuna mala memoria, repet√≠a una frase que se ha hecho c√©lebre entre los dos: “¬Ņc√≥mo quedamos la √ļltima vez… dos a uno, verdad?”.

Otros muchos autores, desde Omar Khayam a Borges y de T.S. Eliot a Nabokov o Arreola, han sentido la misma pasi√≥n por el ajedrez. El autor de Lolita, quien elevaba el juego al rango de poes√≠a, hasta se entreten√≠a componiendo mates en dos o tres movimientos. La semana pasada, leyendo a Pessoa o, mejor dicho, a su eter√≥nimo Ricardo Reis, me encontr√© con un hermoso poema relativo al juego y me distraje traduci√©ndolo. Por cierto, tuve un problema que tal vez alg√ļn lector portugu√©s me ayude a dislucidar. Fue en el verso que dice E o de marfim pe√£o mais avan√ßado / pronto a comprar a torre, ¬ŅQu√© significa en portugu√©s, en t√©rminos ajedrec√≠sticos comprar a torre? Yo tuve la opci√≥n de traducir listo a tomar la torre, pero pens√©, mala intuci√≥n tal vez, que como era el pe√≥n m√°s avanzado estaba a punto de llegar a la √ļltima hilera y convertirse en torre. Cualquier aclaraci√≥n al respecto ser√° m√°s que bienvenida. Se me ocurre publicar la traducci√≥n ahora junto con un poco conocido texto de Arreola, a quien se le pod√≠a considerar un verdadero fan√°tico del juego-ciencia, y los dos poemas inolvidables de Borges que se refieren al juego. Se admiten aportaciones y sugerencias para ampliar la p√°gina. Lee el resto de esta entrada »

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Nstor.jpg picture by antoniosarabiaAdem√°s de mi amigo, y de vivir en Rennes, donde ense√Īa lenguas y civilizaciones hispanoamericanas en la universidad, N√©stor Ponce (La Plata, Argentina, 1955) es mi entra√Īable contacto en Francia: forma el eje del pol√≠gono Argentina, M√©xico, Francia, Portugal, Colombia que me provee, s√≥lo Dios y √©l saben c√≥mo, de los elementos necesarios para preparar una deliciosa salsa mexicana de chile chipotle en Lisboa. Cosa de aderezar bien la comida y atenuar, al menos gastron√≥micamente, las saudades que asaltan a veces aun a la vista del Tajo.
Estos días recibí noticias suyas. En su correo anuncia que acaba de publicar un libro de ensayos sobre el sufrido país donde consigue los chipotles: México. Se titula Mexique. Conflits, rêves et miroirs. Me dice también, felicidades, que la edición cubana de Una vaca ya pronto serás (Premio Internacional de Novela Siglo XXI en el 2006) aparecerá en Arte y Literatura el próximo mes de octubre. Junto con las buenas noticias envió para Los Convidados un relato con una breve introducción que contiene, no todo es felicidad, una mala noticia. Me apresuro a reproducir más abajo ambos textos. En la introducción hace referencia a una entrada aparecida en este mismo blog el dos de noviembre del 2008: Amistad y traición a la Néstor Ponce. Gracias, Néstor, por la cooperación, la literatura y la amistad.

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En octubre de 2008, despu√©s de una cena que compartimos en Rennes con Rita Godet y Maria Val√©ria Rezende, Antonio Sarabia me propuso que le enviara un relato corto para que lo colgara en su hermosa p√°gina “Los Convidados”. Pocas semanas m√°s tarde, sal√≠a all√≠ mi cuento El d√≠a del amigo. Entre tanto, el coraz√≥n me hab√≠a andado dando unos sobresaltos y tuve que anular un viaje a M√©xico. Pero la p√°gina de Antonio me permiti√≥ hacer un paseo virtual y encontrarme con los mensajes de muchos amigos que andan por el vasto mundo. Entre ellos estaba uno de los protagonistas de mi relato, Marcelo Rocha, el Negro para los amigos. All√≠ dej√≥ un mensaje que todav√≠a pueden leer.
Nos conocimos en el Colegio Nacional de La Plata, en 1969. Est√°bamos en la misma divisi√≥n y compartimos muchas cosas juntos, pero curiosamente, pocas actividades nos reunieron: al Negro no le gustaba el rugby, no jugaba a la bocheta en el Bar Rivadavia de la calle 50 -calle donde transcurre el relato-, no iba a los partidos de f√ļtbol, no le gustaban las carreras de caballos ni la literatura. Sin embargo, tocamos en el mismo grupo de rock -al que como su nombre, Lapsus, se lo llev√≥ la historia- y compusimos con Eduardo Vega una canci√≥n, “S√≥lo gente”, de la que recuerdo parte de la letra y los tonos en mi bemol-fa-sol que le acomod√≥ el Negro.
Despu√©s se nos vino encima esa parte de la Historia narrada en El d√≠a del amigo y varios de los amigos del Colegio Nacional nos desperdigamos por el mundo. Muchos otros murieron bajo la dictadura. El Negro se qued√≥ en La Plata y se recibi√≥ de arquitecto. Nos carteamos, pero era de poco escribir. Nos hablamos por tel√©fono. Y sobre todo nos encontramos para comer y charlar durante horas, cada vez que regresaba a Argentina. En agosto del a√Īo pasado compartimos una larga y divertida comida en familia, en un restaurante en Gonnet, con Silvia y su hija, Agus. En diciembre mantuvimos una charla telef√≥nica y le cont√© en detalle mi problema card√≠aco. Parec√≠a como sorprendido de que nos pudieran pasar esas cosas. Nos repetimos eso de que no importa envejecer, sino que haya gente que todav√≠a siga naciendo.
El domingo 29 de marzo sonó mi celular.
A doce mil kilómetros de distancia, la voz pastosa y triste de Santiago me anunciaba que el Negro acababa de fallecer.
Se me ocurre que, en cierto modo, algo del Marcelo Rocha jovial, buena onda y buen amigo, quedó en ese cuentito. Ahora, cuando lo releo, y cuando releo su mensaje, me digo que para él, la amistad siempre fue algo verdadero.

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William Ospina (Padua, Colombia, 1954) tiene ya un nicho propio dentro de la poesía colombiana. Su enorme talento y la amplitud y calidad de su obra lo convierten en una de las grandes referencias del género (ver William Ospina y el soneto al instante, marzo 2, 2008, en este mismo blog).
Pero William es incapaz de quedarse quieto, y menos a√ļn trat√°ndose de literatura. Por eso en el 2005 hizo una primera incursi√≥n en la narrativa con su novela Urs√ļa, la cual tuvo una excelente acogida entre el p√ļblico y la cr√≠tica. Ahora, este jueves 4 de junio, con El Pa√≠s de la Canela, la segunda parte de lo que apunta ser una extraordinaria trilog√≠a, acaba de hacerse acreedor al XVI Premio Internacional de Novela R√≥mulo Gallegos.
William_Ospina_imagen_archivo.jpg picture by antoniosarabiaAl presentarla la semana pasada en la Feria del Libro de Madrid, Ospina afirm√≥ que El Pa√≠s de la Canela propone una mirada sin manique√≠smo sobre la conquista de Am√©rica. El protagonista-narrador es un mestizo, hijo de un espa√Īol y de una ind√≠gena. De ese modo le es posible ofrecer una novela con la perspectiva de aquellos dram√°ticos acontecimientos desde la sensibilidad de alguien que pertenece a los dos mundos.
El 2 de agosto se le har√° la entrega oficial del galard√≥n que consiste en cien mil euros en efectivo y una medalla de oro. El premio fue creado en 1964 por el entonces presidente Ra√ļl Leoni para honrar la obra de R√≥mulo Gallegos, autor del cl√°sico costumbrista Do√Īa B√°rbara y en su momento tambi√©n presidente de Venezuela. Entre otros ganadores del certamen, que cumple cuarenta y cinco a√Īos, est√°n el peruano Mario Vargas Llosa, quien gan√≥ la primera edici√≥n en 1967, el Nobel de Literatura colombiano Gabriel Garc√≠a M√°rquez, adem√°s del espa√Īol Javier Mar√≠as, el tambi√©n colombiano Fernando Vallejo y el mexicano Carlos Fuentes.
William, viejo cómplice de Los Convidados y amigo personal de este autor, nos ofrece uno de los capítulos de la obra ganadora para deleite de los lectores del blog.
Otra vez felicidades, Willie, y gracias por el texto. Hasta muy pronto.
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Me encontr√© a Paco Ignacio Taibo II (Gij√≥n, Espa√Īa, 1949) durante el reciente Sal√≥n del Libro Iberoamericano de Gij√≥n. Paco, pese a que lo conozco muy bien, se trata de uno de mis amigos m√°s antiguos y queridos, nunca deja de sorprenderme. C√≥mo le alcanza el tiempo para participar en el Sal√≥n, escribir, promocionar sus novelas por el mundo y mantener activo el bien aceitado engranaje que destapa cada a√Īo, durante el mes de Julio, una nueva edici√≥n de la Semana Negra es para m√≠ un misterio.
Foto07.jpg picture by antoniosarabiaPaco es infatigable, es cierto, pero ante todo es tambi√©n un visionario. Y lo es en todas sus empresas, tanto literarias como extraliterarias. S√≥lo √©l puede concebir un libro con la fuerza, la calidad, la magnitud, el aliento y la ambici√≥n de la biograf√≠a de Pancho Villa, por ejemplo, que lleva ya vendidos no s√© cu√°ntos miles y miles de ejemplares. O ese extraordinario acontecimiento entre verbena popular, feria de pueblo, circo, maroma, teatro y acontecimiento cultural, que es la Semana Negra de Gij√≥n en la que cada a√Īo recibe una oleada de excelentes escritores y m√°s de un mill√≥n de visitantes.
Fue bueno compartir con √©l la mesa y la conversaci√≥n. Me obsequi√≥, adem√°s, su m√°s reciente novela, De Paso, que me le√≠ de un tir√≥n en el camino de vuelta a Lisboa. Cuando le escrib√≠ proponi√©ndole hacer algo con ella en Los Convidados su escueto email de respuesta fue: “haz lo que m√°s te guste con eso”.
Pues esto es lo que me gustó hacer, Paco: elegí tres capítulos para los lectores del blog y sé que los van a disfrutar. Gracias, y suerte en la vigésimo segunda edición de la Semana Negra.

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CAP√ćTULO ONCE
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El patrón de la Cantabria me dijo:
-¬ŅQuieres mil pesos, Tom√°s?
Yo le dije que sí y le pregunté:
-¬ŅA qui√©n mato?
-Al gachupín anarquista, al San Vicente ese.
-Mitad y mitad -le dije, y él entendió luego luego, porque era una fiera para los negocios.
-Trecientos ahora y el resto cuando los periódicos saquen la foto del muerto.
-¬ŅY si no hay foto?
-Con la nota me conformo -dijo extendiendo los trecientos pesos sobre la mesa como un abanico.
El cabrón me daba puros billetes de a peso y de a cinco, para que parecieran muchos, y muchos parecían. Recogí el abanico y saludé llevándome dos dedos al sombrero.
Me fui a la cantina a pensar, y pens√©: Si voy a La Guadalupana a lo mejor el patr√≥n de all√≠ me da otros trescientos, y si hablo con los amarillos de Puebla, a lo mejor me dan doscientos por todo, y si hablo con el arzobispo a los mejor saco indulgencias desde antes; si le vendo la historia al Universal a lo mejor saco otros trescientos. Porque yo mato por dinero, pero no soy ning√ļn pendejo, y mi tirada es poner una curtidur√≠a en Ju√°rez, en Jim√©nez, lejos de aqu√≠, alg√ļn d√≠a.
En ésas estaba cuando llegó San Vicente. Yo hice como que estaba curándome de amores con unas copas, pero vino derecho a la mesa y se me sentó enfrente.
-Me dijeron que te dieron unos billetes para matarme -dijo en seco y sin saludar.
Ten√≠a la mano en el bolsillo de la chaqueta, y ten√≠a, “ten√≠a que tener” el dedo en el gatillo y la autom√°tica amartillada. De manera que le fui de frente y asent√≠.
-¬ŅCu√°nto?
-Trescientos -le dije. Y me quedé pensando quién habría sido el chismoso, que más habían tardado en darme la lana que en írselo a contar.
-Con dos deditos saca el dinero del chaleco y ponlo arriba de la mesa -me dijo.
La gente se iba juntando pero nada babosa, se pon√≠a detr√°s de √©l. Y estaba claro que si iba a haber plomazos, iban a la salir todos pa’ mi lado.
Extendí el dinero en abanico, tal como lo había recibido.
-Sabes que no es para mí, que yo no tocaría ni un centavo.
Asentí de nuevo. Y entonces supe todo.
-Gracias -me dijo, y se levantó.
-¬ŅSabes qui√©n me lo dijo y por qu√©? -me pregunt√≥ antes de salir.
-Creo que ya lo adiviné. Gracias.
San Vicente salió de la cantina sin mirar para atrás. Yo me tome el tequila que estaba a medio apurar y salí caminando despacio.
El cabr√≥n patr√≥n de la Cantabria le hab√≠a soltado el pitazo con alg√ļn empleado. As√≠, si yo no lo mataba, el me mataba a m√≠, y entonces le echaban a la polic√≠a encima y lo refund√≠an. Me dol√≠a, m√°s que la trampa, la falta de confianza.
Entonces, fui a las oficinas de la Cantabria, y le metí un tiro en la frente al tipo. La sangre se le mezcló con la baba arriba del escritorio de caoba. Los muertos hacen cosas raras.
Por eso ando por aquí, por la frontera, en lugar de tener una curtiduría.
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