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	<title>Los Convidados &#187; Literatura Italiana</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Un año para toda la vida</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Apr 2012 10:42:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura Italiana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura portuguesa]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi primera reacción al recibir la invitación de un periódico para escribir algo sobre la muerte de Antonio Tabucchi fue un rotundo “no”. ¿Por qué?, ¿para qué?, me dije. El fallecimiento de un amigo tan querido como Antonio es algo muy personal, un motivo de luto y aflicción íntima, nada que enviar a los diarios. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi primera reacción al recibir la invitación de un periódico para escribir algo sobre la muerte de Antonio Tabucchi fue un rotundo “no”. ¿Por qué?, ¿para qué?, me dije. El fallecimiento de un amigo tan querido como Antonio es algo muy personal, un motivo de luto y aflicción íntima, nada que enviar a los diarios. Hasta raro se me hace raro llamarlo “Tabucchi”. Pero en el momento de meditar sobre eso Antonio me sonrió en la cabeza, con esa sonrisa suya tan llena de sobreentendidos y escribí aquel texto como hoy transcribo este. Porque pensé que también le complacería que yo dijera algo sobre él en este país que ambos, siendo los dos extranjeros, adoptamos como propio. Comprendo muy bien que esa manera literaria y absurda de encontrarnos de nuevo juntos aquí después de su muerte es imbécil, fantasiosa e inútil, pero es una manera al fin con esa pizca de surrealismo y ternura que a él le era tan propia. Todavía con la sonrisa de Antonio ondeando en el recuerdo me decido a teclear cualquier cosa en la Mac. Voy a echar cosas ahí dentro, sin reflexionarlas demasiado, a ver qué aparece después. Tal vez con ello el dolor mengüe un poco y de esta maraña de sentimientos encontrados resulte una cosa más o menos coherente y medianamente legible.</p>
<p><a href="http://losconvidados.com/wp-content/uploads/2012/04/TABUCCHI-1303-m.jpg" rel="lightbox[1177]"><img class="alignleft size-medium wp-image-1178" title="Antonio TABUCCHI. Foto: Â© Daniel Mordzinski/Octubre 2004." src="http://losconvidados.com/wp-content/uploads/2012/04/TABUCCHI-1303-m-200x300.jpg" alt="" width="200" height="300" /></a>No será este un panegírico sobre su persona, ni una crítica enterada y sesuda sobre su trabajo literario. Para eso están sus propios libros: <em>Sostiene Pereira</em>, <em>Réquiem</em>, <em>Dama de Porto Pim</em>, <em>Nocturno hindú </em>y tantos otros. La obra de quien hasta hace muy poco era uno de los mayores escritores vivos. Yo no voy a hablar de ella, ni de su nacimiento en Pisa durante la guerra, ni de su amor por la lengua portuguesa, ni de su conocimiento erudito y apasionado de la poesía de Fernando Pessoa, motores ambos de su primer viaje a Lisboa, allá por los años sesentas, ni de su encuentro entonces y aquí con María José, su esposa, a quien llamamos Zé los amigos y a quien Antonio nombraba Zezinha cuando quería mostrarse afectuoso. Tampoco hablaré de sus apasionados alegatos en defensa de los menos favorecidos en esta sociedad europea cada vez más xenófoba, ni de su absoluto desprecio por Silvio Berlusconi. Esa tarea se la dejo a sus críticos y a sus biógrafos. Yo quisiera hablar aquí de otra cosa que no alcanzo todavía a definir. Me ciega la rabia impotente ante su muerte, la frustración ante una ausencia que ya nada puede compensar, la tristeza de las cosas que quedaron pendientes en nuestra reciente y a la vez tan antigua amistad.</p>
<p>Nos conocimos a principios de marzo del año pasado, en una cena organizada por una querida pareja de amigos colegas, Karla Suárez y José Manuel Fajardo. Entre un puñado de afinidades estéticas, filosóficas y literarias descubrimos con placer que, además, éramos vecinos. Nuestras casas, enclavadas en el corazón del centro histórico de Lisboa, están apenas a pocos minutos a pie una de otra. A él le comenzaban unos dolores recurrentes en la pierna derecha y los achacaba a la falta de ejercicio físico por lo que nos pusimos de acuerdo para salir a caminar juntos por las pintorescas callejuelas y plazas de nuestro vecindario, Príncipe Real, Bairro Alto y Chiado, con café y sabrosa plática incluida. No pasamos de hacerlo un par de veces. A él la pierna le impedía extender los paseos y no tardamos en circunscribirlos a tazas de café en los lugares más próximos y a una que otra ida al cine antes de que se fuera a pasar el fin del verano a Italia. Yo estaba invitado esos días a unas charlas en la universidad de Milán. Él me sugirió alcanzarlo después en su casa de toda la vida, cerca de Pisa, y yo preferí pasar unos días en Venecia con Lauren, mi mujer, pensando que ya habría tiempo para vernos con él en alguna mejor ocasión.</p>
<p>Al volver nos llamamos de nuevo. Nos invitó, a Lauren y a mí, junto con Karla y José Manuel en cuya cena nos habíamos conocido, a almorzar en su casa a orillas del mar. Los seis coincidimos entonces y después en calificar aquel día como “perfecto”. Antonio arrastraba cada vez más su pierna pero la comida, el humor y la conversación fueron insuperables. Antes de despedirnos fuimos a ver la puesta del sol a una playa cercana y ahí Antonio insistió aún en que compráramos un pollo asado para la cena en un sitio cualquiera y volviéramos a su casa a continuar con la fiesta. Yo, muy a mi pesar, me negué. Era el 15 de septiembre y quería apresurar mi regreso a Lisboa para asistir a los festejos de la Independencia en la embajada de México. Ya volveríamos en otra ocasión, le repetí agradecido, sin darme cuenta que reincidía en lo de Italia y que la vida, o más bien la muerte, nos negaría otra oportunidad.</p>
<p><a href="http://losconvidados.com/wp-content/uploads/2012/04/TABUCCHI_01-m1.jpg" rel="lightbox[1177]"><img class="alignleft size-medium wp-image-1182" title="Antonio TABUCCHI Ã  ParÃ­s. Photo: Â© Daniel Mordzinski/Octobre 2004." src="http://losconvidados.com/wp-content/uploads/2012/04/TABUCCHI_01-m1-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a>Por cierto que entre nosotros el tratamiento de “tocayo” nunca se dio. Él me llamaba Antonio y yo a él igual. La confusión era para Zé y para Lauren quienes no hallaban qué hacer para dirigirse a cualquiera de los dos sin que ambos volteáramos al mismo tiempo al escuchar nuestro nombre. Cuando Lauren le respondía el teléfono se identificaba a sí mismo, como si su ronca voz de fumador empedernido y el retintín italiano en su español no fueran suficientes para reconocerlo, como “el viejo Antonio” aunque era apenas unos meses mayor que yo.</p>
<p>Como la pierna no mejoraba, cuando volvió de su casa en la playa me pidió que lo llevara a hacerse unos análisis al hospital. Cosas de rutina. Zé, que no quería causarme molestias, lo riñó por insistir en buscarme para esos menesteres pero la verdad es que a mí no me incomodaba. Antonio me había dicho ya, y se lo repitió entonces a Zé delante de mí, que tenía la impresión de que él y yo éramos amigos de toda la vida. Ya sea solo o con ella debo haberlo llevado al médico una buena docena de veces y entre radiografías, exámenes y visitas a uno u otro especialista llegamos en ocasiones a permanecer el día entero en el hospital. Cuando salíamos temprano me quedaba en su casa un rato más, a terminar con la charla y bebernos un whiskey. Si salíamos tarde nos íbamos a cenar con Zé y con Lauren al primer sitio que nos pasara por la cabeza.</p>
<p>A pesar de sus padecimientos Antonio mantenía el buen ánimo. Miraba las cosas a su alrededor con una permanente curiosidad y ese humor un tanto surrealista que se transparenta en sus obras. Un día vino a cenar a la casa y me trajo, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio, como una pequeña joya, el primer fruto de una mata de chiles que tenía plantada en su jardín pensando que yo, como mexicano, la apreciaría más que ningún otro. Esa noche escuchamos canciones rancheras y me pidió que le enviara por correo electrónico las letras de algunas que le maravillaron. Todavía escucho su risa al oír las primeras estrofas de <em>El Abandonado</em>:</p>
<p><em>Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre</em></p>
<p><em> Y por tener la desgracia de ser casado…</em></p>
<p>Recordaba con afecto y devoción a sus amigos y hablaba a menudo de ellos y de sus trabajos. Organizó una cena para que conociéramos algunos de los que viven en Lisboa y me prestó <em>El té de Proust</em>, los cuentos reunidos del rumano Norman Manea a quien quería y admiraba de una forma especial. Se sentía extremadamente orgulloso de un homenaje que le habían hecho los gitanos por abanderar sus derechos y de la vara de juez que le confirieron durante la ceremonia. Cuando cayó Berlusconi en Italia nos llamó para festejarlo con una improvisada cena en su casa en la que brindamos abundantemente a la salud de su país natal.</p>
<p>Le divertía el IPad que yo llevaba a la clínica para leer y distraerme mientras él entraba con el médico. Se lo mostró a Zé, como un niño un juguete, y le pidió uno igual como regalo de cumpleaños.</p>
<p>Los exámenes se sucedían y, de pronto, la pierna era el menor de sus males. Le empezó a resultar imposible bajar por su propio pie la escalera de su casa y ya no pude acompañarlo yo al médico como acostumbrábamos. Un servicio del hospital se encargaba de llevarlo y traerlo a los tratamientos. Dejamos de vernos con la frecuencia que solíamos. Aún así, mantuvimos el contacto por teléfono y pude verlo en su cuarto del hospital una vez antes de su operación. Todavía las cosas no parecían tan graves. Luego, unas semanas después, recibí un mensaje en mi teléfono móvil. Me pedía que pasara a visitarlo a su casa a las cinco y media de la tarde. Yo no leí su mensaje sino hasta las ocho de la noche. Le respondí a esa hora pidiéndole mil disculpas y me dio una nueva cita para el día siguiente a las seis.</p>
<p><a href="http://losconvidados.com/wp-content/uploads/2012/04/Tabucchi-1319-m.jpg" rel="lightbox[1177]"><img class="alignleft size-medium wp-image-1184" title="Antonio TABUCCHI Ã  ParÃ­s. Photo: Â© Daniel Mordzinski/Octobre 2004." src="http://losconvidados.com/wp-content/uploads/2012/04/Tabucchi-1319-m-300x199.jpg" alt="" width="300" height="199" /></a>Me partió el alma verlo tan delgado y disminuido en una silla de ruedas. Conversamos poco más de media hora. Cuando me di cuenta de que comenzaba a cansarse le dejé unas películas que le había llevado para que se distrajera y me incliné sobre la silla para darle un abrazo. Esa fue la última vez que lo vi.</p>
<p>El día del entierro me sentí raro, hasta un poco intruso, caminando en medio del cortejo fúnebre de sus antiguos amigos que vinieron a rendirle un postrer homenaje desde diversas partes del mundo. El toque surrealista, que Antonio no podía dejar de ofrecernos incluso en su muerte, lo da el nombre del cementerio, Los Placeres, y el que él lo hubiera hecho teatro de un episodio de su libro <em>Réquiem</em>.</p>
<p>Lo que hablamos, discurrimos, reímos y fantaseamos durante tantas caminatas, cafés, whiskies, salas de espera en el hospital, cenas, recorridos en auto y demás es algo que a ningún otro interesa, un tesoro que conservaré conmigo hasta el fin. A mí, le dije una vez, el oficio de escritor estaba terminando por hartarme. Él me confesó haber vivido lo mismo y me dio buenas razones para continuar. Lo hice. Poco antes de su muerte terminé una novela que tenía abandonada y le escribí un mensaje telefónico a Zé para que se lo contara a Antonio avisándole también que era una especie de secuela de otra novela mía que él conocía y gustaba y que se la quería dedicar. Ella se lo susurró al oído y me dice que tal vez hasta le haya visto sonreír pero que a esas alturas ya no podía estar segura de nada.</p>
<p>Esto es lo que yo siento ahora: el año pasado conocí a un hombre honesto, generoso, valiente, sensible, dotado de un fino sentido de humor, con quien era un placer conversar durante horas enteras y que además era un escritor formidable. Apenas unos meses después, la muerte me ha arrebatado a un amigo de toda la vida.</p>
<p>Antonio Sarabia</p>
<p><em>Texto publicado en portugués en el número 1084 del Jornal de Letras Artes e Ideas el 18 de abril de 2012.</em></p>
<p><em>Fotos de Daniel Mordzinski.</em></p>
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		<title>Pavese a los cien años</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Sep 2008 10:42:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura Italiana]]></category>
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		<description><![CDATA[Este mes, hace una semana, el 9 de septiembre, se cumplieron cien años del nacimiento de Césare Pavese (Santo Stefano Belbo, Cuneo, Italia, 1908-1950). Nacido en una familia de clase media baja proveniente del campo, Pavese, aun viviendo en Turín, nunca perdió el contacto con el medio rural. Tímido, introvertido, su descubrimiento y su fascinación por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este mes, hace una semana, el 9 de septiembre, se cumplieron cien años del nacimiento de Césare Pavese (Santo Stefano Belbo, Cuneo, Italia, 1908-1950). Nacido en una familia de clase media baja proveniente del campo, Pavese, aun viviendo en Turín, nunca perdió el contacto con el medio rural.<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/pavese1-1.jpg?t=1221344825" alt="pavese1-1.jpg picture by antoniosarabia" /> Tímido, introvertido, su descubrimiento y su fascinación por la literatura norteamericana marcaron para siempre su obra. Tradujo a Steinbeck, Dos Pasos, Hemingway y Faulkner, entre otros grandes autores estadounidenses junto al irlandés James Joyce por quien profesaba también una admiración sin límites. Sus lecturas y estudios sobre el mito, los símbolos y los arquetipos se volvieron una influencia recurrente en su trabajo. En 1930 se licenció en letras por la universidad de Turín con una tesis sobre Walt Whitman. En 1935 fue detenido por sus ideas políticas y desterrado al sur de Italia donde permaneció hasta su perdón en 1936. Pasó los últimos años de la segunda guerra mundial viviendo con la familia de su hermana en Serralunga &#8220;como un recluso en las colinas&#8221;. En 1945 ingresó en el partido comunista y en 1950, el 24 de junio, se le confirió el cotizado premio Strega por <em>The Political Prisioner</em>. El 27 de agosto de ese mismo año, víctima de una de sus habituales depresiones, Césare Pavese se quitó la vida en el hotel Roma de Turín con una sobredosis de somníferos. Le faltaban pocos días para cumplir cuarenta y dos años de edad. Algunos de sus trabajos más notables fueron publicados póstumamente.</p>
<p><span id="more-63"></span></p>
<p>Comenzamos este post con un poema que no podía faltar en la entrada, <em>Vendrá la Muerte y tendrá tus Ojos</em>, tal vez el más célebre de los escritos por Pavese. Pero es en <em>Los Mares del Sur</em>, otro gran favorito nuestro, donde mejor se observan su inclinación por el mito, la vuelta al pasado y los juegos de la memoria. En él hay también un guiño a una de sus novelas preferidas, una de las primeras que tradujo del inglés: <em>Moby Dick</em>.</p>
<p> </p>
<p>VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS</p>
<p>Vendrá la muerte y tendrá tus ojos <br />
esta muerte que nos acompaña <br />
de la mañana a la noche, insomne, <br />
sorda, como un viejo remordimiento <br />
o un vicio absurdo. Tus ojos <br />
serán una vana palabra, <br />
un grito callado, un silencio.<br />
 Así los ves cada mañana <br />
cuando a solas te inclinas<br />
 ante el espejo. Oh querida esperanza,<br />
 ese día sabremos aun nosotros<br />
 que eres la vida y eres la nada. <br />
Para todos tiene la muerte una mirada.</p>
<p>Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.<br />
Será como renunciar a un vicio,<br />
 como observar en el espejo <br />
el resurgir de un rostro muerto,<br />
 como escuchar unos labios cerrados.<br />
 Mudos, descenderemos al abismo.</p>
<p> <br />
LOS MARES DEL SUR</p>
<p>Caminamos una tarde por la ladera de un cerro,<br />
en silencio. A la sombra del tardo crepúsculo<br />
mi primo es un gigante vestido de blanco,<br />
que se mueve despacio, el rostro bronceado,<br />
taciturno. Callar es nuestra virtud.<br />
Algún antepasado nuestro debió estar muy solo<br />
-un gran hombre entre idiotas o un pobre loco-<br />
para enseñar a los suyos tanto silencio.</p>
<p>Mi primo me ha hablado esta tarde para preguntarme<br />
si subiría con él: desde la cumbre se avista<br />
en las noches serenas el reflejo del faro<br />
lejano, de Turín. &#8220;Tú que vives en Turín&#8230;&#8221;<br />
me ha dicho &#8230;pero tiene razón. &#8220;La vida hay que vivirla<br />
lejos del terruño: se aprovecha y se goza<br />
y después, al regreso, como yo a los cuarenta,<br />
se encuentra nuevo todo. Las Langas no cambian de sitio&#8221;.<br />
Todo esto me ha dicho y no habla italiano,<br />
sino que usa pausado el dialecto que, como las piedras<br />
de esta misma colina, es tan áspero<br />
que veinte años de idiomas y diversos océanos<br />
no le han limado. Y asciende la cuesta<br />
con la vigilante mirada que vi, de pequeño,<br />
en labriegos un poco cansados.</p>
<p>En veinte años le ha dado la vuelta al mundo.<br />
Se fue siendo yo un niño de brazos<br />
y le dieron por muerto. Después oí hablar de él<br />
a las mujeres, a veces, como una leyenda;<br />
los hombres, más serios, lo olvidaron.</p>
<p>Un invierno a mi padre ya muerto le llegó una tarjeta<br />
con un gran sello verdoso de barcos en un puerto<br />
y votos por una buena vendimia. El estupor fue grande,<br />
pero el niño crecido explicó ávidamente<br />
que la postal venía de una isla llamada Tasmania,<br />
rodeada de un mar azulísimo y de escualos feroces<br />
en el Pacífico, al sur de Australia. Añadió que sin duda<br />
pescaba perlas el primo. Y arrancó el sello.<br />
Todos opinaron y todos concluyeron<br />
que, si aún no estaba muerto, moriría.<br />
Después lo olvidaron y pasó mucho tiempo.</p>
<p>Oh, desde que jugaba a los piratas malayos<br />
cuánto tiempo ha pasado. Y, desde la última vez<br />
que bajé a bañarme en un sitio mortal<br />
y tras un compañero de juegos monté en un árbol<br />
quebrando sus ramas y le rompí la cabeza<br />
a un rival y fui vapuleado,<br />
cuánto ha acontecido. Otros días, otros juegos,<br />
otros arrebatos de la sangre ante rivales<br />
más escurridizos: los pensamientos y los sueños.<br />
La ciudad me ha enseñado infinitos pavores:<br />
una multitud, una calle me han hecho temblar,<br />
un pensamiento espiado alguna vez en un rostro.<br />
Siento aún en los ojos la burlona luz despectiva<br />
de millares de lámparas sobre el gran barullo de pasos.</p>
<p>Mi primo volvió, terminada la guerra,<br />
gigantesco, entre los pocos. Y tenía dinero.<br />
Los parientes decían por lo bajo: &#8220;en un año, a lo sumo,<br />
lo disipa todo y se larga de nuevo.<br />
Los desesperados acaban así&#8221;.<br />
Mi primo tiene un semblante resuelto. Compró un local de cemento<br />
en el pueblo e hizo prosperar un garaje<br />
con una flamante pompa para aprovisionar gasolina<br />
y un gran anuncio bajo la curva del puente.<br />
Después puso un mecánico dentro a recibir el dinero<br />
y recorrió las Langas enteras fumando.<br />
Entretanto se había casado en la aldea. Desposó a una muchacha<br />
grácil y rubia como las extranjeras<br />
que de seguro había encontrado algún día por el mundo.<br />
Mas salía aún solo. Vestido de blanco,<br />
con las manos en la espalda y el rostro bronceado,<br />
iba de mañana a las ferias y con aire burlón<br />
adquiría caballos. Después me explicó,<br />
al fracasar el proyecto, que su plan consistía<br />
en suprimir todas las bestias del valle<br />
y obligar a la gente a comprarle motores.<br />
&#8220;Mas la bestia más grande de todas, decía,<br />
he sido yo al pensarlo. Debería saber<br />
que aquí bueyes y gentes son una misma raza&#8221;.</p>
<p>Llevamos andando más de media hora. La cima está cerca,<br />
el fragor y el silbido del viento aumentan de tono.<br />
Mi primo se detiene de pronto y se vuelve: &#8220;este año<br />
escribo en el cartel: -Santo Stefano<br />
ha sido siempre el primero en las fiestas<br />
del valle de Belbo- y que digan lo que quieran<br />
los de Canelli&#8221;. Reanuda después el ascenso.<br />
Un perfume de tierra y de viento nos envuelve en lo oscuro,<br />
algunas luces distantes: chozas, automóviles<br />
que se escuchan apenas; y yo pienso en la fuerza<br />
que me ha restituido a este hombre, arrancándolo al mar,<br />
a las tierras lejanas, al silencio que dura.<br />
Mi primo no habla de los viajes cumplidos.<br />
Dice lacónico que ha estado en tal lugar o en tal otro<br />
y piensa en sus motores.</p>
<p>Sólo un sueño<br />
le ha quedado en la sangre: una vez se embarcó<br />
como fogonero en un barco de pesca holandés, el Cetáceo,<br />
y vio volar al sol los pesados arpones,<br />
y huir las ballenas entre espumas de sangre<br />
y perseguirlas y alzarse las colas y luchar con la lancha.<br />
Me lo evoca a veces.</p>
<p>Pero cuando le digo<br />
que está entre los afortunados que han visto la aurora<br />
sobre las islas más bellas de la tierra,<br />
sonríe ante el recuerdo y responde que el sol<br />
se levantaba cuando el día era ya viejo para ellos.</p>
<p>Traducciones del italiano de Antonio Sarabia</p>
<p> </p>
<p>Nuria Ruiz de Viñaspre, desde <em><a onclick="window.open('Http://www.rasca-cielos.blogspot.com/','','');return false;" href="Http://www.rasca-cielos.blogspot.com/">El Rascacielos</a></em>, y Antonio Serrano Cueto, desde <em><a onclick="window.open('http://antonioserranocueto.blogspot.com/','','');return false;" href="http://antonioserranocueto.blogspot.com/">El Baile de los Silenos</a></em>,<img id="fullSizedImage" src="http://i328.photobucket.com/albums/l336/Laurenblog/premio-al-esfuerzo-personal.png?t=1221388784" alt="premio-al-esfuerzo-personal.png picture by Laurenblog" /> han tenido la bondad de otorgar, ambos al mismo tiempo, a <em>Los Convidados</em> el <em>Premio al Esfuerzo Personal 2008</em>. Ella &#8220;por la profundidad y la poesía&#8221;, él por considerarlo &#8220;la literatura con mayúsculas&#8221;. Lo acepto por venir de dos colegas a quienes aprecio y respeto. La distinción me obliga a mencionar a los otorgantes y vincularlos con un enlace (ya está hecho), a reproducir la imagen del premio y a entregarlo a mi vez a otros cinco blogs que a mi juicio se lo merezcan. La imagen la tienen a su izquierda. Los blogs que selecciono, y recomiendo, son:</p>
<p><a onclick="window.open('http://notasmoleskine.blogspot.com/','','');return false;" href="http://notasmoleskine.blogspot.com/"><em> Moleskine Literario</em></a>, de Iván Thays<br />
<a onclick="window.open('http://www.tradicionclasica.blogspot.com/','','');return false;" href="http://www.tradicionclasica.blogspot.com/"><em> Tradición Clásica</em></a>, de Gabriel Laguna<br />
<a onclick="window.open('http://www.apostillasnotas.blogspot.com/','','');return false;" href="http://www.apostillasnotas.blogspot.com/"><em> Apostillas Literarias</em></a>, de Magda Díaz Morales<br />
<a onclick="window.open('Http://www.desdecuba.com/reinaldoescobar/','','');return false;" href="Http://www.desdecuba.com/reinaldoescobar/"><em> Desde Aquí</em></a><em>,</em> de Reinaldo Escobar<br />
<a onclick="window.open('http://trianarts.com/','','');return false;" href="http://trianarts.com/"><em>Trianarts</em></a>, de Triana</p>
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		<title>Pino Cacucci, autor y traductor</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Aug 2008 16:40:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta entrada podría muy bien titularse &#8220;tradutore, traditore&#8221;, -traductor, traidor-, porque tiene como Convidado al excelente novelista y traductor italiano, Pino Cacucci (Alessandria, 1955), gran &#8220;cuate&#8221;, diríamos en México, de este autor, y Pino sabe muy bien lo que esa palabra significa porque también es responsable de la brillante traducción de mi novela Le Arance [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta entrada podría muy bien titularse &#8220;tradutore, traditore&#8221;, -traductor, traidor-, porque tiene como Convidado al excelente novelista y traductor italiano, Pino Cacucci (Alessandria, 1955), gran &#8220;cuate&#8221;, diríamos en México, de este autor<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/pinocacuccimontanaro.jpg?t=1218384302" alt="pinocacuccimontanaro.jpg picture by antoniosarabia" />, y Pino sabe muy bien lo que esa palabra significa porque también es responsable de la brillante traducción de mi novela <em>Le Arance Amare di Sviglia</em> (Ugo Guanda Editore, 2003) y otros varios textos míos a la lengua del Dante. Si digo que esta entrada debería llamarse &#8220;tradutore, traditore&#8221; no es, desde luego, por causa suya, ya que su trabajo, siempre preciso y fidelísimo, le ha merecido varios premios internacionales, entre ellos, este año, el <em>Claude Couffon</em> que otorga el Salón de Libro Iberoamericano patrocinado por Luis Sepúlveda en inteligente y amistoso contubernio con el ayuntamiento de Gijón y el Principado de Asturias.</p>
<p>Si digo que debe titularse &#8220;tradutore, traditore&#8221; es porque hace unas semanas pedí a Pino que me mandara algo suyo para incluirlo entre <em>Los Convidados</em> y él correspondió a mi solicitud enviándome un relato, -en el fondo una bella parábola sobre la inmigración-, pero lo hizo, como es natural, en su nativo italiano, poniéndome en el comprometido y comprometedor aprieto de tener que traducirlo yo mismo. Esa es la razón por la que esta entrada, aparte de &#8220;tradutore, traditore&#8221;, podría llamarse también &#8220;El autor prueba una sopa de su propio chocolate&#8221; o, &#8220;Cuando los patos le tiran a las escopetas&#8221;.<br />
Así pues, esta semana yo traduzco a mi traductor, y le pido disculpas de antemano a él y a ustedes los habituales del blog por las posibles meteduras de pata porque su hermoso texto, <em>La Resurrezione della Vite</em> se merecía alguien con mayores conocimientos de la lengua italiana que yo. </p>
<p>Añado, como resarcimiento, una evocación de nuestro querido México donde Pino vivió tantos años. Se trata de un cuadro poco conocido de Diego Rivera, el gran pintor mexicano sobre cuya persona y época mi gran amigo y traductor ha escrito muchísimas páginas. Se titula, no faltaba más, <em>En el Viñedo</em>. Es de 1920.</p>
<p><span id="more-57"></span></p>
<p>LA RESURRECCIÓN DE LA VID</p>
<p>Padre e hijo fueron de los últimos en abordar el barco. Bastia se volvió a mirar el muelle, hacia los parientes de su mujer emigrados a Chile diez años antes que los despedían conmovidos. Les hizo un rápido gesto de adiós y se apresuró a buscar un espacio en el puente donde resguardar a Tonino del sol y, más que nada, al saquito de tela que contenía todas sus esperanzas. Cuando se soltaron las amarras y la nave comenzó lentamente a separarse del puerto, Bastia contempló la soleada Valparaíso en medio verano austral y pensó: &#8220;en casa estará nevando ahora&#8230; Bien, al menos hará frío para proteger lo que resta de mi pobre viñedo abandonado&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/1920EnelViedoDiegoRivera.jpg?t=1218385081" alt="1920EnelViedoDiegoRivera.jpg picture by antoniosarabia" />El año nuevo de 1900 lo pasaron doblando el Cabo de Hornos, ahí donde el Pacífico y el Atlántico se encuentran en una incesante lucha proclive a tempestades. Tonino fue a vomitar varias veces por encima de la borda la mísera cena que se había ofrecido a los pasajeros de cubierta. Bastia le sostenía la cabeza mientras le hablaba para reanimarlo:  &#8220;aquí hay una leyenda, ¿sabes?: en lo más hondo de este abismo el diablo yace encadenado y se esfuerza en liberarse, por eso el mar está siempre revuelto&#8221;. Después volvía al rincón de un bote salvavidas bajo cuyo amparo rociaba con los dedos un poco de agua sobre la andrajosa bolsita de la que brotaban ya pequeños protuberancias de raíces retorcidas. Ahí dentro estaba su preciosa cepa madre envuelta en terrones de aquella baldía tierra americana, arena compacta del sur del fin del mundo, capaz de hacerla inmune a la filoxera. Feliz año nuevo, papá, le dijo Tonino limpiándose la boca mientras los pasajeros de cabina, &#8220;los señores&#8221;, festejaban descorchando champagne y Bastia sentía en el paladar el gusto de la última botella de Barbera o, más bien, la penúltima porque había guardado una postrera en su bodega y la conservaba para celebrar con ella la esperanza recuperada, el resurgimiento de sus vidas. &#8220;Quizás&#8221;, reflexionó, y de inmediato apartó la sombra del desaliento diciéndose a sí mismo: &#8220;los franceses lo comprendieron antes que nadie: la solución es ésta&#8221;, y acarició el saco que contenía el porvenir.<br />
Mar del Plata, Montevideo, Río de Janeiro y después la larga travesía transocéanica. Primero la escala en Cabo Verde, luego las Canarias y finalmente&#8230; el estrecho de Gibraltar. Meses de navegación con un solo pensamiento en la cabeza: &#8220;los portainjertos tienen que mantenerse vivos&#8221;. Y mantener también a Tonino a raya cuando, en cada puerto, preguntaba por qué todos descendían a tierra menos ellos. &#8220;No puedo dejarlos aquí ni tampoco llevarlos a la espalda, podrían morírseme&#8221;, respondía siempre Bastia señalando el saco húmedo.<br />
Cuando desembarcaron en Génova, Tonino estaba eufórico y Bastia taciturno y tenso. Ahora venía lo peor, según él. Las horas de tren le preocupaban. La cepa madre, la raíz de la nueva vida podría sufrir un trauma irreparable. Al día siguiente estaban en casa. El recuento de las maravillas se lo dejó todo a Tonino. Él abrazó a su mujer bañada en lágrimas, estrechó a sus dos niñas pequeñas, y en seguida se precipitó a la viña a intentar la consumación del milagro.<br />
Había sido un barco de vapor el culpable de difundir la peste. En 1869, venido de quién sabe dónde, desembarcó un bichito casi invisible, una larva. La Filoxera, criatura americana, que no había causado daños a las viñas llevadas por los conquistadores españoles debido a la tierra arenosa en la que se plantaron, en Europa se convirtió en un flagelo, provocó una carestía, corroyó las raíces y destruyó todos los viñedos comenzando por Francia y extendiéndose al resto del continente. No existía veneno capaz erradicarla. A la vuelta de pocos años muchos viñedos legendarios desaparecieron para siempre. A Italia la plaga de Filoxera llegó un poco más tarde, pero con efectos igualmente devastadores. El vino parecía a punto de convertirse en un recuerdo del pasado. Pero los franceses descubrieron la cura: el camino de la conquista a la inversa. Importaron raíces de Sudamérica, donde las plantas habían generado defensas que las hicieron inmunes a la filoxera. Los viñedos descendientes de aquellos que tres o cuatro siglos antes habían cruzado el Atlántico en carabelas y galeones volvían para restaurar la vida a sus distantes progenitores. De ahí en adelante, todos los vinos europeos tuvieron su origen en vinos sudamericanos. Funcionaba. Y Bastia quiso hacer la prueba.<br />
Pasó la primavera, con la familia en pleno escrutando las heridas de los injertos y los débiles retoños. Luego, en verano, las pocas hojas y algunas míseras ramitas. Después otro largo invierno rezando y merodeando aquella última botella de Barbera. Pero al llegar de nuevo el verano Bastia le sacó el corcho y todos brindaron por la resurrección. En septiembre las uvas no fueron muchas pero sanas. El maldito parásito se había roto los dientes contra las cepas del lejano Chile. Qué rara la vida, pensaba Bastia, y qué rara la vid. Quién iba a decir que después de tantos siglos llegaría a producir como máximo un poco de vinagre. Y ahora, mira nada más, si nos habíamos puesto de nuevo a vendimiar y apisonar la uva con los pies desnudos se lo debíamos a los inmigrantes.<br />
Pino Cacucci</p>
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