Archivo de la Categoría “Literatura hispanoamericana”
…………………………………..José Manuel Fajardo
………………………………….SEGUNDAS PARTES
…………………………………………………….a Antonio Sarabia
Se la presentaron en la inauguración de una exposición de pintura, durante un viaje a Puerto Vallarta. Era alta y flaca, llevaba el pelo corto y teñido de rubio y un breve y ajustado vestido rojo cerrado por una provocadora cremallera que ascendÃa, desde los muslos hasta el escote, como una invitación al pecado. Me contó que al verla casi se quedó sin aliento.
-TenÃa la boca grande y sonriente- me explicó mientras su propia boca se abrÃa en una sonrisa evocadora- y los ojos le brillaban de un modo que ni te imaginas. Y me miraba a mÃ. AsÃ, directamente, como diciéndome: ¿a qué esperas?
Él no quiso esperar ni un minuto más. La invitó a tomar una copa después de la inauguración y ella dijo que sÃ. Acabaron subiendo las escalinatas del Café des Artistes para platicar mientras sorbÃan una magarita bien cargada de tequila y esperaban que les asignaran mesa. Por la ventana se veÃan las luces de las camionetas rancheras que circulaban por las estrechas calles amenazando con llevarse en sus parachoques la cal de las paredes. Ella le dijo que se llamaba Marieta justo en el momento en que dos conductores se enzarzaban en una agria disputa a la puerta del café, y él pensó que aquel nombre sólo podÃa designar a quien viviera bajo los dictados de la pasión.
-Siempre me han perdido las pelÃculas románticas- me confesarÃa más tarde-, esas mujeres que se entregan en cuerpo y alma y que tienen nombres que invitan a soñar. Como Ilsa o Lara, ya sabes, Casablanca, Doctor Zhivago… Es que tengo alma de atole, no lo puedo evitar.
Tantos años de vida en Guadalajara habÃan terminado por llenarle el habla de términos mexicanos y apenas si quedaba ya rastro alguno de su original acento español. AsÃ, entre ni modos y órales, me vino a decir que aquella noche prometedora, tras la cena en el Café des Artistes, habÃa terminado sin otra cosecha que un beso de despedida a la puerta de la casa donde ella vivÃa, eso sÃ, tan apasionado como si estuviesen sentados al borde mismo de la cama. Él hubiera querido ir mas allá, pero al menos era un primer paso.
Sin embargo, lo que prometÃa ser la obertura de un romance se convirtió en el continuo de una relación que no llevaba a ninguna parte. A veces, ella recostaba la cabeza sobre su hombro y apretaba con fuerza el brazo de él contra su pecho palpitante, sentados ante la imagen arrebolada del atardecer del PacÃfico. Pero, de un modo u otro, la velada se resolvÃa sin ir más allá de unos besos apasionados.
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HIGADO DE GANSO
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Mi amigo Salim no es especialmente masoquista. Nunca, entre sus contadas perversiones, ha practicado la de experimentar placer a través de la humillación o del dolor. Por eso le perturba esa oscura debilidad que le atrae una y otra vez hacia ese pretencioso y bien iluminado establecimiento de su vecindario parisino donde lo tratan siempre mal. Salim es colombiano, de origen libanés, y vive en Francia porque a sà se dan hoy las cosas en el mundo, donde los descendientes de antiguos emigrados se convierten a su vez en emigrantes, como si un ancestral precepto nómada les mantuviera en perpetuo movimiento. Mi amigo es un alma de Dios, pero se dirÃa que el tinte moreno de su piel o su peculiar semblante entre árabe y sudaca, pusieran en marcha todas las señales de alerta del local. La dueña es una mujer alta, enjuta y hosca, de ojos pequeños y juntos, que desde que él aparece en el umbral del negocio lo persigue de lejos con su mirar desconfiado. En alguna ocasión lo acompañé a comprar pimienta verde, el aderezo imprescindible de sus pechugas de pato, y me constan los esfuerzos de la ceñuda mujer por no abandonar su puesto junto a la caja registradora para vigilarlo mejor. Él se introduce con algo de vergüenza por entre los bien provistos y ordenados anaqueles procurando mantenerse siempre al alcance de su vista, no vaya a pensar que se está robando algo. No hay que hacer cosas buenas que parezcan malas, me recomendó aquella vez recordando el apocado refrán que otros igual de timoratos, aunque más viejos que él, le inculcaron en la infancia.
A mÃ, el distrito donde vive me resulta insoportable, pero Salim tuvo que avenirse a él porque está cerca del liceo donde da clases de español. Lo mejor que pudo alquilar con su exiguo salario de enseñante es una buhardilla, en realidad un cuartucho de sirvientas con su ruinosa cocinita, en un elegante edificio de cantera frente a su tienda predilecta. Se la subalquila, a espaldas del verdadero propietario, el rico inquilino de uno de los departamentos de abajo.
Su vecindario no es como otros distritos de ParÃs en los que se respiran aires menos turbios. Ahà la gente es brusca y altanera. Incluso se dirÃa que sus habitantes comparten un vago aire familiar. Como si el barrio fuera un suburbio aparte y a través de quién sabe cuántos ancestrales matrimonios entre vecinos los genes hereditarios les hubieran marcado el semblante y el carácter con el mismo acre sedimento. Ciertos rasgos se habrÃan vuelto entonces dominantes y terminado por imponer su sañuda ley en todas las fisonomÃas: el mentón levantado, las comisuras de los labios arqueadas hacia abajo, en una mueca de disgusto, los ojos ariscos, posando desde lo alto una mirada indiferente hacia las cosas, cuando no frÃa y lejana hacia sus semejantes.
Mi amigo vive, a su pesar, entre ellos. Y a su pesar compra a menudo en ese expendio de la esquina, donde nadie aprecia su presencia. Ahà gasta casi todo su salario porque a Salim le encanta cocinar, tiene dotes para ello, y no es de los que titubean en hacerlo para sà mismos cuando se encuentran a solas. Le ayuda a matar el tiempo, me dice, a distraerse. Por eso le fascina el olor y la limpieza del sitio, la disposición de frascos y paquetes. Las etiquetas de las botellas impecablemente alineadas en los estantes. Los soberbios vinos, con las grandes cosechas de Borgoña y de Burdeos. Las hileras de fina laterÃa en las que se pueden encontrar desde trufas perigurdinas hasta huitlacoches mexicanos. La esmerada selección de los productos naturales, su frescura y pulcritud. Se le hace agua la boca en cuanto entra. Tienen, me dice arrobado, los mejores espárragos que ha comido en su vida.
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Las recientes muertes de Blanca Varela y Meira Delmar hace unos dÃas no hicieron retrasar una semana el homenaje al gran poeta mexicano Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, México, 1926-1999) de quien este miércoles 25 de marzo celebramos el octagésimo tercer aniversario de su natalicio.
Jaime Sabines es la otra cara de la moneda en una época en la que México estuvo casi totalmente sometido a la dictadura literaria de Octavio Paz y sus seguidores. La obra de Sabines destaca por su desenvoltura, por su originalidad, por su contundencia, porque posee una cotidianidad hecha de sangre, sudor y lágrimas, un acerbo perfume de amores sentenciados y salas de hospital que duele y embelesa.
Cuando estaba a punto de publicar su primer libro, su paisano, el entonces ya célebre poeta chiapaneco Carlos Pellicer se ofreció a escribirle el prólogo. Sabines se rehusó porque no deseaba, dijo, iniciar su vida de poeta apoyándose en prestigios ajenos.
En 1974 se le otorgó el premio Javier Villaurrutia, en 1985 el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en 1991 la Presea Ciudad de México y, en 1994, el senado de la república lo condecoró con la medalla Belisario DomÃnguez. A pesar de los honores y la enorme fama adquirida en su paÃs, su nombre ha traspasado a duras penas las fronteras mexicanas a pesar de que, como afirma José Emilio pacheco, muchas de sus composiciones están entre las mejores de la lengua española.
Para festejar su natalicio, y para dolernos de su muerte que ocurrió el 19 de marzo de 1999, apenas unos dÃas antes de que cumpliera 73 años, les ofrecemos tres de sus hermosos poemas de amor. Para quienes no los conozcan será un regalo inolvidable. Y quienes ya los han oÃdo antes tendrán el inmenso placer de releerlos.
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Otro de los invitados al Hay Festival de Cartagena de Indias fue Óscar Collazos (BahÃa Solano, Colombia, 1942). El autor de Adiós, Europa, adiós, cartagenero por adopción después de los largos años de voluntario exilio en ParÃs, la Habana y Barcelona, juega como local durante los festejos del Hay en Cartagena y, junto con su inolvidable Jimena, son los guÃas más eficaces y entendidos para explorar los subrepticios rincones y las Ãntimas maravillas de la hermosa ciudad.
Romántico incurable, enamorado del bolero, Collazos nos envió el ensayo que reproducimos más abajo, señal incontestable de su paso por la cuna de ese género musical: la Cuba de Ernesto Lecuona y José Antonio Méndez. Creo que Óscar estará de acuerdo en que este post sirva también de homenaje al mexicano Gabriel Ruiz (Guadalajara, 1908-1999), compositor de Usted, Despierta y Amor, amor, amor, quien cumplirÃa años este 18 de marzo. Gracias, Óscar, Jimena, por su colaboración. Desde Los Convidados va un abrazo a los dos.
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No moriré del todo amiga mÃa / de mi ondulante espÃritu disperso / algo en la urna diáfana del verso / piadosa guardará la poesÃa, escribió Manuel Gutiérrez Nájera (Ciudad de México 1859-1895) y tenÃa razón. Yo, cuando menos, nunca desde mi ya lejana adolescencia he podido escapar ni a la frescura y el encanto de la duquesita del duque Job, ni a las estrofas melodiosas y elegantes que componen sus cuatro quintetos y catorce sextetos decasÃlabos y mucho menos a las sorprendentes e ingeniosas rimas que las rematan.
Los versos nos llevan por el México de finales del XIX, en compañÃa de la seductora duquesita, por un simpático recorrido a partir de la esquina del jockey club, actual Sanborn’s de los azulejos, por toda la calle de Plateros, hoy avenida Madero, hasta los antiguos almacenes de ropa de La Sorpresa, que más tarde se convertirÃa en La Ciudad de Londres y que hoy ha desaparecido.
El duque Job fue uno de los numerosos seudónimos que Gutierrez Nájera usó a lo largo de su vida. El poema está dedicado a una joven de la que se habÃa enamorado, su duquesita, cuya vida transcurrÃa a lo largo de las calles de Plateros y San Francisco, circunstancia que da pie al autor para enumerar los sitios de moda y evocar las costumbres de la época.
Reproducirlo, me parece, es mejor manera de rendir homenaje a este gran poeta mexicano que este año festejará el siglo y medio de su nacimiento y que hace unos dÃas cumplió 124 años de muerto. Porque Manuel Gutiérrez Nájera falleció a causa de una operación quirúrgica cuando apenas cumplÃa treinta y seis años de edad y estaba en el apogeo de su talento creativo.

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“Yo llegué a ParÃs buscando a la Maga”, le oà decir hace unos dÃas a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en ParÃs. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. ParÃs habÃa significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahà buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batÃan los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguÃa a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. SÃ, yo también llegué a ParÃs buscando a la Maga y me encontré con que ahà fallecerÃa Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.
Yo no lo conocÃ. Mi primera novela no serÃa publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atrevà a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasarÃa en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad Ãbamos a hacerle compañÃa. Le encendÃamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluÃa el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mÃa, que aunque le sabÃamos presente en el coloquio jamás le oÃmos responder. Participaba en la conversación, dirÃa Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendÃamos otro y ¿por qué no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedÃamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.
En otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podÃa ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahà durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrÃan haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

Ahora escribo estas lÃneas en vÃsperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese dÃa, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrÃas con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solÃan dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario. SÃ, todos nos sentimos abrumados ante Cien Años de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en ParÃs buscando a la Maga.
Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.
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Osvaldo Soriano (Mar del Plata, Argentina 1943-1997) nació en enero de 1943 y murió, también en el mes de enero, cincuenta y cuatro años más tarde dejando como herencia algunas de las novelas más originales y sorprendentes de la literatura argentina del siglo XX. La nota luctuosa que transcribo más abajo, Un Adiós a Soriano, fue escrita por mà hace once años y publicada en el periódico El Mundo, de Madrid, España y en El Público, de Guadalajara, México un par de dÃas después de su muerte,  ocurrida el 29 de enero en su natal Buenos Aires. Aparte del texto, que reproduzco ahora como un homenaje al Gran Gordo, el lector de Los Convidados encontrará un cuento de Soriano titulado Mecánicos. Una breve pero formidable muestra del talento literario puesto al servicio del humor y la pasión por la vida.
Aclaro que las ideas expresadas en mi artÃculo de hace once años sobre las computadores Macintosh, tan queridas e imprescindibles tanto para Osvaldo como para mÃ, han sido felizmente desmentidas por el tiempo.
UN ADIOS A SORIANO
Por Antonio Sarabia
No se puede decir que Osvaldo Soriano fuera muy leÃdo en México. Esas cortapisas misteriosas de la industria editorial, que restringen la distribución de la obra de un autor más allá de sus fronteras nacionales, impidieron que el común de los lectores apreciara en este paÃs el socarrón humor porteño del Gran Gordo. El jueves por la mañana, advertido desde la vÃspera por un fax de Luis Sepúlveda y un correo electrónico de Mempo Giardinelli, busqué inútilmente una mención luctuosa en los periódicos, algo que me ayudara a comprender lo incomprensible. No hubo nada, ni siquiera una nota marginal sobre su muerte. Sentà que Osvaldo se extinguÃa discretamente, dejándonos solos, tristes, solitarios y finales, atragantados por esa rabia sorda que nos empaña los ojos sin resignarse a aceptar lo irremediable. Mempo propone que, en venganza, entre todos puteemos a la muerte. Al menos esta vez lo tendrá bien merecido. Si alguien hará falta, por su talento y originalidad, en las letras hispanoamericanas, es Osvaldo Soriano.
No me puedo jactar, aunque me encantarÃa, de que fuésemos Ãntimos amigos. Compartimos, eso sÃ, multitud de camaradas, agente literario, editores en América Latina y el mismo cuestionable amor por los ordenadores Macintosh, esas postergadas computadoras en una de las cuales desovillo trabajosamente estas lÃneas, que desde nuevas huelen a piezas de museo. Nada más natural entonces que nos conociéramos, primero por teléfono en la ciudad de Buenos Aires y más tarde en persona en el festival francés de San Maló. Supe entonces, aunque su hipocondrÃa era proverbial, que en verdad habÃa estado muy enfermo, perdido peso, al grado de convertirse para la bulliciosa banda de compinches que asistÃan al legendario puerto pirata en el ex Gordo Soriano. Yo lo creà restablecido. No sospeché, ni por asomo, la mancha asesina extendiéndose en su pulmón de antiguo fumador, mancha que él conocÃa y callaba, y que al final fue la causa indirecta de su muerte. Recuerdo su sonrisa divertida, la blancura de su piel, la manera cansada de acariciarse la calva y la barba que tanto me recordaban a mi abuelo a pesar de que Osvaldo era apenas un par de años mayor que yo. Conversamos de las cosas de costumbre, esos asuntos milagreros que entre los escritores tienen la particularidad de parecer siempre apasionantes y novedosos. Hablamos de su pasada colaboración con Cortázar, de nuestra literatura y la de nuestros amigos, de sus proyectos. Una mañana intercambiamos direcciones electrónicas y no paró de darme consejos de informática.
El jueves por la tarde nuestro común editor en la Argentina me proporcionó algunos detalles de su muerte. Le habÃan extirpado, con éxito, el tumor, y fue una infección pulmonar postoperatoria la que le empujó hacia la tumba. El viernes apareció, por fin, en los periódicos locales, una breve reseña del entierro en Buenos Aires. Pero el Gordo jamás se irá totalmente. Nos dejó, en un puñado de novelas sorprendentes, el corrosivo ingenio de su prosa y el trazo alucinado y alucinante de sus historias. Este seis de enero, DÃa de Reyes, acababa de cumplir cincuenta y cuatro años. Gracias, Osvaldo, por tu obra. No habrá más penas ni olvido, hasta siempre, descansa en paz.
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Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires 1910-1984) gustaba escribir sus apellidos asÃ, sin acentos. De esa manera aparecen en la mayor parte de los libros que publicó en vida, y de esa manera los transcribimos hoy aquÃ, en Los Convidados, para respetar su voluntad.
Mujica Lainez nació y fue educado en el ambiente culto e intelectual de las antiguas familias españolas radicadas en Argentina desde mediados del siglo XVIII. Él mismo era de ilustres y aristocráticos orÃgenes. DescendÃa por la lÃnea paterna de Juan Garay, fundador de Buenos Aires.
Hizo estudios en Francia e Inglaterra. Su primera novela, Louis XVII, está escrita en francés y dedicada a su padre. Ingresó en la Facultad de Derecho de su natal Buenos Aires sólo para abandonarla un par de años más tarde y colocarse como redactor en el diario La Nación, empleo en el que llegarÃa a jubilarse. En 1935 viajó de RÃo de Janeiro a BerlÃn en el Graf Zeppelin. En 1936 contrajo matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo, y ese mismo año publicó su primer libro Glosas Castellanas, un conjunto de ensayos en buena parte dedicados a Cervantes y al Quijote.
En 1955 obtuvo el Gran Premio de Honor de la SADE por su novela La Casa. En 1956 fue elegido miembro de la Academia Argentina de Letras y, en 1959, académico de Bellas Artes. En 1963 recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela Bomarzo. En 1982, el gobierno de Francia le concedió la Legión de Honor. A las pocas semanas de su muerte, ocurrida en la ciudad de Córdoba, Argentina, en 1984, fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires. Su obra ha sido traducida a más de quince idiomas.
La prosa de Manuel Mujica Lainez es fluida, culta y algo preciosista. De su segundo libro de relatos, Misteriosa Buenos Aires, hemos tomado este hermoso cuento, literalmente un regalo de Reyes Magos para nuestros lectores, en el que el autor aprovecha al máximo su talento descriptivo y su vasta experiencia como crÃtico de arte. El texto se inspira en La Adoración de los Magos, óleo sobre tela de Pedro Pablo Rubens, que se exhibe en el Museo del Prado y que reproducimos más abajo, dentro del cuerpo mismo del relato.
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Conocà a Guillermo Fadanelli (México, D.F., 1960) hace varios años, durante una Feria del Libro de Guadalajara, y no lo habÃa vuelto a ver sino hasta este octubre pasado cuando la revista Belles Latinas nos invitó a realizar una larga y a ratos fatigosa gira por Francia. Compartimos un par de mesas redondas, una de ellas muy divertida en el Instituto México de ParÃs, y pasamos largas horas charlando en donde mejor se podÃa, incluyendo una vez su habitación de hotel en Lyon cuando la madrugada nos cerró todos los bares de los alrededores.
Contra lo que pueda pensarse por su aspecto exterior y sus maneras a veces huidizas y hoscas, Guillermo es un personaje tÃmido y sensible además de un fino y brillante prosista que utiliza con humor, talento y lucidez la provocación para sacudir de la cabeza del lector las telarañas del pensamiento anquilosado y obligarle a mirar con ojos nuevos algunas de las propuestas caracterÃsticas de la contracultura contemporánea.
Fundador de la revista Moho y del Movimiento cerebrista, Guillermo ha escrito un puñado de novelas entre las que destacan La Otra Cara de Rock Hudson, con la que ganó el premio IMPAC/CONARTE en 1998, Lodo con la que obtuvo también el Premio Nacional de Narrativa Colima 2002 y Educar a los topos, publicada en el 2007.
Guillermo ha tenido la gentileza de enviar, en exclusiva para Los Convidados, este ensayo inédito que formará parte de un trabajo mayor titulado Elogio a la Vagancia. El tema, la conversación, no podÃa venir más al caso porque nos parece continuar asÃ, de manera vicaria, la que dejamos pendiente en Francia. Si me permite aplicarle a él las palabras con que se refiere a Spinoza en el texto que presentamos “Spinoza, uno de los filósofos más extravagantes que han existido jamás -es decir: más serios- …” yo dirÃa que él mismo, dentro de esa extravagancia tan tÃpicamente fadanelliana, es uno de los escritores más inteligentes y serios que conozco. Muchas gracias, Guillermo, por la amistad y la colaboración. Hasta la próxima.
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A Juan Marsé (Barcelona, 1933) lo he tratado poco y lo veo aún menos. Estuvimos convidados a cenar alguna vez en la misma casa en Barcelona y luego paseamos juntos por los meandros de la feria del libro de Guadalajara al concedérsele el premio Juan Rulfo allá por 1997. En esos contados encuentros la persona vino a reafirmar en mà la admiración que ya se habÃa ganado el novelista. Como les decÃa, tengo tiempo de no verlo, pero le sigo la pista con ese afecto lejano que nos inspiran aquellos con quienes sentimos tener algo en común. Por eso leà con especial beneplácito este jueves 27 de noviembre que se le habÃa otorgado el premio Cervantes 2008.
Juan Marsé nace como Juan Faneca Roca el 8 de enero de 1933 en la ciudad de Barcelona, España. Su madre fallece en el parto dejando a su padre, taxista de profesión, solo con el recién nacido y una hija apenas un poco mayor. DÃas después, el auto de su padre es abordado por una joven pareja que se lamenta en voz alta de su incapacidad de procrear. Apenas unas semanas más tarde, el pequeño Juan será cobijado en el hogar de aquel matrimonio cuyo apellido se ha hecho ahora famoso gracias al talento de su hijo adoptivo.
Pero de pequeño Juan Marsé no prometÃa demasiado. Estudió durante la infancia en el Colegio del Divino Maestro, aunque su absoluto desinterés por la escuela le hizo abandonar las aulas a los trece años de edad para desempeñarse como aprendiz de joyero, oficio que llegarÃa a dominar al tiempo que desarrollaba una temprana inquietud literaria que, años más tarde, le llevarÃa a ganar el premio Sésamo de cuentos en 1959 y a quedar finalista del premio Biblioteca Breve en 1960 con su primera novela Encerrados con un solo Juguete.
Ese mismo año, 1960, decide instalarse en ParÃs donde se ganará la vida dando clases de español, traduciendo lo que puede y, finalmente, como mozo de laboratorio en el departamento de bioquÃmica celular del Instituto Pasteur. A su vuelta a España participa de nueva cuenta en el premio Biblioteca Breve, estamos en 1965, y esta vez lo gana con la novela Últimas tardes con Teresa.
En 1974 obtiene también, en México, el Premio Internacional de Novela con Si te dicen que caÃ, considerada como una de las obras más brillantes de la narrativa española de la post guerra y, en 1978, recibe el Premio Planeta con La Muchacha de las bragas de oro.
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