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GutierrezNjera.jpg picture by antoniosarabiaNo moriré del todo amiga mía / de mi ondulante espíritu disperso / algo en la urna diáfana del verso / piadosa guardará la poesía, escribió Manuel Gutiérrez Nájera (Ciudad de México 1859-1895) y tenía razón. Yo, cuando menos, nunca desde mi ya lejana adolescencia he podido escapar ni a la frescura y el encanto de la duquesita del duque Job, ni a las estrofas melodiosas y elegantes que componen sus cuatro quintetos y catorce sextetos decasílabos y mucho menos a las sorprendentes e ingeniosas rimas que las rematan.

Los versos nos llevan por el México de finales del XIX, en compañía de la seductora duquesita, por un simpático recorrido a partir de la esquina del jockey club, actual Sanborn’s de los azulejos, por toda la calle de Plateros, hoy avenida Madero, hasta los antiguos almacenes de ropa de La Sorpresa, que más tarde se convertiría en La Ciudad de Londres y que hoy ha desaparecido.

El duque Job fue uno de los numerosos seudónimos que Gutierrez Nájera usó a lo largo de su vida. El poema está dedicado a una joven de la que se había enamorado, su duquesita, cuya vida transcurría a lo largo de las calles de Plateros y San Francisco, circunstancia que da pie al autor para enumerar los sitios de moda y evocar las costumbres de la época.

Reproducirlo, me parece, es mejor manera de rendir homenaje a este gran poeta mexicano que este año festejará el siglo y medio de su nacimiento y que hace unos días cumplió 124 años de muerto. Porque Manuel Gutiérrez Nájera falleció a causa de una operación quirúrgica cuando apenas cumplía treinta y seis años de edad y estaba en el apogeo de su talento creativo.

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JulioCortzar3.jpg picture by antoniosarabia“Yo llegué a París buscando a la Maga”, le oí decir hace unos días a mi amigo Daniel Mordzinski en el Hay Festival de Cartagena de Indias, donde ambos estuvimos invitados. Él aún vive en París. En lugar de la Maga encontró a su hermosa e incomparable Viviana, pero sus palabras rozaron un arrinconado diapasón en mi memoria. París había significado tantas cosas en mi adolescencia que yo también llegué ahí buscando huellas: de d’Artgnan a Lagardere, de Jean Valjean a Montecristo, de Auguste Dupin al inspector Maigret, de Esmeralda a la Maga. Del convento de las Carmelitas Descalzas, a cuyas espaldas se batían los mosqueteros y el atrio de Notre Dame, donde bailaba la gitanilla, hasta el quai de Conti y el Pont des Arts, donde Oliveira distinguía a la Maga a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro inclinada sobre el agua. Sí, yo también llegué a París buscando a la Maga y me encontré con que ahí fallecería Julio Cortázar (Bruselas, Bélgica, 1914-1984) unos meses después de mi llegada.

Foto23.jpg picture by antoniosarabiaYo no lo conocí. Mi primera novela no sería publicada sino hasta siete años más tarde y yo, ilustre desconocido, no me atreví a llamarle por teléfono y confesarle cuánto le admiraba. Hice mal. Me lo han dicho ahora amigos, algunos muy queridos, que lo conocieron y trataron en la intimidad. Sin embargo, en los quince años que luego pasaría en la capital de Francia lo visité a menudo en su última morada del cementerio Montparnasse, en la tumba que comparte junto a su querida Carol Dunlop. Cuando mi gran amigo el chileno Luis Sepúlveda estaba en la ciudad íbamos a hacerle compañía. Le encendíamos un cigarrillo bien acomodado sobre el mármol y, fumando también nosotros, conversábamos los tres hasta que Julio concluía el suyo. Agrego, para obviar dudas sobre la salud mental de Lucho y mía, que aunque le sabíamos presente en el coloquio jamás le oímos responder. Participaba en la conversación, diría Borges, intercalando silencios significativos mientras chupaba placenteramente su tabaco hasta consumirlo. A veces, intuyendo que no bastaba uno le prendíamos otro y ¿por qué no? hasta un tercer cigarrillo del insomnio -él fue siempre un enorme fumador- y continuábamos la charla. Al final apagábamos las colillas, nos despedíamos y ya solos, sintiéndonos medio desamparados, rematábamos la tarde en cualquier café del bulevar.

CasaJC.jpg picture by antoniosarabiaEn otra ocasión, junto con mis dos queridos futuros compinches de Primeras Noticias de Noela Duarte, José Ovejero y José Manuel Fajardo, acompañados -no podía ser menos- por el mismo Daniel Mordzinski, hice un viaje a Bruselas en busca del preciso lugar de nacimiento del gran Julio quien vio la luz ahí durante la primera guerra mundial, con la ciudad recién ocupada por las tropas alemanas. Los resultados de la excursión los narré ya en otro post de este mismo blog: encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que pudo ser el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. Añado, como en la otra ocasión, algunas de las fotos que Daniel tomó del viaje. Para los cuatro fue una experiencia formidable.

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Ahora escribo estas líneas en vísperas del vigésimo quinto aniversario de su muerte, que se cumple este jueves catorce de febrero. Ese día, esta semana, todos los medios de información verterán carretadas de merecidos elogios sobre quien es considerado ya uno de los pocos clásicos de nuestro tiempo. Si he narrado algunas de mis correrías con Sepúlveda, Fajardo, Ovejero y Mordzinski en torno a Cortázar, ha sido solo para ilustrar la afición, la adhesión, la devoción, la admiración y muchos otros ciones más que él supo despertar en las generaciones de escritores que le siguieron. Sé de algunos que incluso solían dibujar con tiza una rayuela en la rue de l’Hirondelle y la saltaban cada aniversario. Sí, todos nos sentimos abrumados ante Cien Años de Soledad, pero ninguna otra novela nos hizo soñar, sentir y reflexionar lo que Rayuela. Nunca fuimos a Macondo. Todos, de un modo u otro, hemos estado en París buscando a la Maga.

Cortázar fue, además, uno de los grandes maestros del cuento. Tanto La autopista del Sur como El Perseguidor son relatos cumbre de la literatura universal. Nos dejó varios ensayos sobre ese género en el que tanto excedió. Mi favorito es el que reproduzco más abajo. El mejor Cortázar en un texto casi de preceptiva literaria. Que lo disfruten.

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J.K. Rowling (Yate, Glocestershire, Inglaterra, 1965), la célebre creadora de Harry Potter es sin discusión alguna la escritora que más libros ha vendido en este planeta. Este logro es bastante meritorio porque, a diferencia de la gran mayoría de los autores que encabezan las listas de best sellers, ella lo ha logrado con un quehacer eminentemente literario.
Rowling8.jpg picture by antoniosarabiaHace unos meses, en junio del 2008, ofreció una conferencia en Harvard con motivo de la graduación de los alumnos de esa universidad. Dados los tiempos que vivimos sus palabras de ese día tienen una resonancia especial hoy, y por eso las reproducimos este fin de semana en Los Convidados.
Mi traducción no es ni literal ni exhaustiva. El discurso original en inglés me fue enviado por mi hermano Óscar desde Guadalajara, México, unos días después de pronunciado. Es bastante más largo de lo que aquí escribo y está, desde luego, formulado en primera persona. El cambio a la tercera persona y el estilo libre indirecto me dan una mayor libertad para navegar y “comprimir” algo el texto con el objeto de hacer los conceptos más fluidos y asequibles a los lectores de nuestra lengua en un espacio más reducido. Sin embargo las palabras, aunque algunas estén tratadas por mí con cierta inmunidad son todas suyas, como suyas son también las ideas detrás de ellas y la inteligencia, el humor, la pasión y la exquisita sensibilidad que las hacen posibles.
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soriano2.jpg picture by antoniosarabiaOsvaldo Soriano (Mar del Plata, Argentina 1943-1997) nació en enero de 1943 y murió, también en el mes de enero, cincuenta y cuatro años más tarde dejando como herencia algunas de las novelas más originales y sorprendentes de la literatura argentina del siglo XX. La nota luctuosa que transcribo más abajo, Un Adiós a Soriano, fue escrita por mí hace once años y publicada en el periódico El Mundo, de Madrid, España y en El Público, de Guadalajara, México un par de días después de su muerte,  ocurrida el 29 de enero en su natal Buenos Aires. Aparte del texto, que reproduzco ahora como un homenaje al Gran Gordo, el lector de Los Convidados encontrará un cuento de Soriano titulado Mecánicos. Una breve pero formidable muestra del talento literario puesto al servicio del humor y la pasión por la vida.

Aclaro que las ideas expresadas en mi artículo de hace once años sobre las computadores Macintosh, tan queridas e imprescindibles tanto para Osvaldo como para mí, han sido felizmente desmentidas por el tiempo.

UN ADIOS A SORIANO
Por Antonio Sarabia

No se puede decir que Osvaldo Soriano fuera muy leído en México. Esas cortapisas misteriosas de la industria editorial, que restringen la distribución de la obra de un autor más allá de sus fronteras nacionales, impidieron que el común de los lectores apreciara en este país el socarrón humor porteño del Gran Gordo. El jueves por la mañana, advertido desde la víspera por un fax de Luis Sepúlveda y un correo electrónico de Mempo Giardinelli, busqué inútilmente una mención luctuosa en los periódicos, algo que me ayudara a comprender lo incomprensible. No hubo nada, ni siquiera una nota marginal sobre su muerte. Sentí que Osvaldo se extinguía discretamente, dejándonos solos, tristes, solitarios y finales, atragantados por esa rabia sorda que nos empaña los ojos sin resignarse a aceptar lo irremediable. Mempo propone que, en venganza, entre todos puteemos a la muerte. Al menos esta vez lo tendrá bien merecido. Si alguien hará falta, por su talento y originalidad, en las letras hispanoamericanas, es Osvaldo Soriano.

soriano1.jpg picture by antoniosarabiaNo me puedo jactar, aunque me encantaría, de que fuésemos íntimos amigos. Compartimos, eso sí, multitud de camaradas, agente literario, editores en América Latina y el mismo cuestionable amor por los ordenadores Macintosh, esas postergadas computadoras en una de las cuales desovillo trabajosamente estas líneas, que desde nuevas huelen a piezas de museo. Nada más natural entonces que nos conociéramos, primero por teléfono en la ciudad de Buenos Aires y más tarde en persona en el festival francés de San Maló. Supe entonces, aunque su hipocondría era proverbial, que en verdad había estado muy enfermo, perdido peso, al grado de convertirse para la bulliciosa banda de compinches que asistían al legendario puerto pirata en el ex Gordo Soriano. Yo lo creí restablecido. No sospeché, ni por asomo, la mancha asesina extendiéndose en su pulmón de antiguo fumador, mancha que él conocía y callaba, y que al final fue la causa indirecta de su muerte. Recuerdo su sonrisa divertida, la blancura de su piel, la manera cansada de acariciarse la calva y la barba que tanto me recordaban a mi abuelo a pesar de que Osvaldo era apenas un par de años mayor que yo. Conversamos de las cosas de costumbre, esos asuntos milagreros que entre los escritores tienen la particularidad de parecer siempre apasionantes y novedosos. Hablamos de su pasada colaboración con Cortázar, de nuestra literatura y la de nuestros amigos, de sus proyectos. Una mañana intercambiamos direcciones electrónicas y no paró de darme consejos de informática.
El jueves por la tarde nuestro común editor en la Argentina me proporcionó algunos detalles de su muerte. Le habían extirpado, con éxito, el tumor, y fue una infección pulmonar postoperatoria la que le empujó hacia la tumba. El viernes apareció, por fin, en los periódicos locales, una breve reseña del entierro en Buenos Aires. Pero el Gordo jamás se irá totalmente. Nos dejó, en un puñado de novelas sorprendentes, el corrosivo ingenio de su prosa y el trazo alucinado y alucinante de sus historias. Este seis de enero, Día de Reyes, acababa de cumplir cincuenta y cuatro años. Gracias, Osvaldo, por tu obra. No habrá más penas ni olvido, hasta siempre, descansa en paz.

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Este lunes 19 de enero celebramos los doscientos años del nacimiento de Edgar Allan Poe (Boston, Massachusetts, E.U.A 1809-1849). Su vida, extraña y atormentada, es digna de los cuentos que le harían famoso.

Poe4.jpg picture by antoniosarabiaCuando él llega apenas al año de edad, su padre, William Henry Leonard Poe, abandona a su madre, la actriz Elizabeth Arnold Hopkins, lo que ocasiona la muerte de esta pocos meses después. El pequeño Edgar es recogido entonces por John Allan un rico negociante escocés de Richmond, Virginia, y su esposa Frances Valentine quien no podía tener hijos. Durante unos pocos años, a partir de 1815, se instala con ellos en el Reino Unido. Asiste a cursos elementales en una escuela de Irvine, en Escocia, más tarde en un internado de Chelsea y finalmente en Stoke Newington, al norte de Londres. De vuelta a Richmond en 1920, se enamora perdidamente, a los 14, de la madre de uno de sus compañeros de escuela, Helen Stanard, que a la sazón tiene 30 y que morirá un año después. A los 16, Poe se compromete sentimentalmente con su vecina Sarah Elmira Royster y se inscribe para estudiar lenguas en la Universidad de Virginia, pero será expulsado un año más tarde a causa de su debilidad por la bebida y el juego. Logra sostenerse un tiempo con trabajos eventuales, de tendero a periodista, hasta que Sarah Elmira rompe su compromiso con él y se casa con Alexander Shelton. Poe se alista entonces en el ejército de los Estados Unidos bajo el nombre de Edgar A. Perry afirmando que tiene 22 años cuando en realidad cuenta apenas 18. Ese mismo año, 1827, inicia su carrera literaria con la publicación de Tamerlane y otros poemas que firma con el simple seudónimo de “un bostoniano”. Liberado del servicio dos años más tarde con el grado de sargento mayor de artillería, Poe se anima a entrar en la academia militar de West Point pero no soporta ni un año en ella y se hace expulsar después de una corte marcial.

poe2.jpg picture by antoniosarabiaA la edad de 26 años Poe se casa con su prima Virginia Clemm que apenas tiene 13 y que morirá doce años más tarde a consecuencias de una tuberculosis. La enfermedad hace crisis mientras ella canta y toca el arpa para Poe y sus amigos. La velada se trunca cuando una nota aguda la enmudece de pronto provocándole una hemorragia de sangre que le mana por la boca. La muerte de su adorada “mujer-niña” lo hunde aún más en el alcoholismo. Mis enemigos atribuyen la locura a la bebida en vez de la bebida a la locura, decía.
En 1849 se reencuentra en Richmond con Sarah Elmira Royster, aquel gran amor de su juventud y se compromete de nuevo con ella. La boda se fija para el 17 de octubre. Se dice que Poe estaba entusiasmado y feliz pero no vuelve a saberse nada de él sino hasta el 3 de octubre en que aparece delirando en una calle de Baltimore, misteriosamente vestido con harapos que ni siquiera le pertenecen. Es llevado al Washington College Hospital donde fallece durante la madrugada del 7.

Las incomprensibles circunstancias de su muerte no hacen sino acrecentar la leyenda negra de este autor, uno de los grandes pioneros de la narrativa contemporánea. El relato corto no sería lo que es sin sus aportaciones. Los modernos géneros policiaco, gótico y de terror, se fundamentan en sus escritos. Toda la arquitectura de los relatos de Sherlock Holmes, por ejemplo, la mirada del comparsa que narra los casos en primera persona y el método deductivo que hizo famoso al inquilino de Baker street fueron copiados por sir Arthur Conan Doyle de los cuentos de Auguste Dupin, el detective de Poe.
Admirado sin ambigüedades por autores como Kafka, Dostoyevsky, Lovecraft, Maupassant, Bierce, Mann y Borges, Edgar Allan Poe gozó de traductores de lujo: Charles Baudelaire al francés y Julio Cortázar al castellano.
En 1845 Poe escribió El Cuervo lo que le valió un éxito instantáneo. De su método de trabajo y de cómo ideó las famosas estancias que lo componen nos habla él mismo más abajo.

La traducción a los fragmentos de El Cuervo es de Antonio Pérez Bonalde. Los grabados son de Gustavo Doré, especialmente realizados en 1853 para ilustrar el celebérrimo poema de Poe.

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gaza5.jpgYo no escribo habitualmente de política pero esta noche no puedo, ni me siento dispuesto, a cerrar más los ojos a la catástrofe en el medio oriente. Esa inhumana masacre en la que la muerte de cientos, tal vez pronto de más de un millar de civiles cercados en una angosta franja de tierra igual que en una ratonera, se utiliza como baza adicional en el imperdonable juego de fanatismo y poder antagónicos, la inevitable pérdida de unos cuantos peones prescindibles en el siniestro ajedrez de la muerte.
Gaza1.jpg picture by antoniosarabia¿Qué perseguía Hamás al negarse a renovar la tregua con Israel que expiraba en diciembre? ¿Qué pretendía al disparar esas andanadas de cohetes caseros contra su poderoso vecino? Es ridículo que considerara, si alguno acertaba en el blanco, que la muerte de un puñado de israelíes iba a cambiar de algún modo la situación en Gaza. Lo que la organización palestina buscaba, y al final consiguió, era la torpe y brutal represalia de Israel a su engañoso desafío. Como el hermano menor que provoca al mayor tirándole un puntapié para luego correr con sus padres a que lo vean agredido. Tenía que hacerlo de inmediato, cuando junto a la del hermano mayor asomaba aún la irresponsable y zapateada cara de George W. Bush lo que garantizaba su postrer bendición a un nuevo baño de sangre. Y gracias a la arrogancia, a la ceguera y a la absoluta crueldad del gobierno encabezado por Ehud Olmert, con el apoyo del gracias a dios muy pronto ex presidente de los Estados Unidos, Hamás ha logrado su objetivo.

Gaza3.jpg picture by antoniosarabiaBienvenidos los miembros descuartizados, las mujeres desgarradas y los niños muertos cuyas imágenes dan la vuelta al mundo en primera plana y horarios triple A. Ahora Siria, que con la mediación de Turquía negociaba un convenio con Israel, verá sus manos atadas para lograr un acuerdo. Ahora Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro turco, se siente con justa razón traicionado por Tel Aviv. Ahora el conflicto abre las puertas a la reelección en Irán del presidente Mahmud Ahmadineyad, fervoroso partidario de la bomba atómica y enemigo mortal de Israel. Ahora se radicalizará y polarizará todavía más el Islam quitando espacio y argumentos a quienes pregonan concordia. Ahora el cabecilla palestino Abu Mazen y el líder del partido pacifista israelí Iosi Beilin, ambos en favor de la tolerancia y la paz, quedan prácticamente eliminados del tablero político. Ahora llegarán más fondos de los multimillonarios árabes que tranquilizan su petrolera conciencia canalizando dinero y recursos a sus más belicosos correligionarios. Ahora se reclutarán con facilidad entre despojados, viudos y huérfanos, nuevos mártires dispuestos a esconderse explosivos bajo la ropa, bien adheridos a su mísera carne de cañón, y sacrificar sus vidas para vengarse de la matanza israelí. Ahora tendremos que vigilar con mayor esmero y rigor todas las torres gemelas del mundo.

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Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires 1910-1984) gustaba escribir sus apellidos así, sin acentos. De esa manera aparecen en la mayor parte de los libros que publicó en vida, y de esa manera los transcribimos hoy aquí, en Los Convidados, para respetar su voluntad.
ManuelMujicaLainez1.jpg picture by antoniosarabiaMujica Lainez nació y fue educado en el ambiente culto e intelectual de las antiguas familias españolas radicadas en Argentina desde mediados del siglo XVIII. Él mismo era de ilustres y aristocráticos orígenes. Descendía por la línea paterna de Juan Garay, fundador de Buenos Aires.
Hizo estudios en Francia e Inglaterra. Su primera novela, Louis XVII, está escrita en francés y dedicada a su padre. Ingresó en la Facultad de Derecho de su natal Buenos Aires sólo para abandonarla un par de años más tarde y colocarse como redactor en el diario La Nación, empleo en el que llegaría a jubilarse. En 1935 viajó de Río de Janeiro a Berlín en el Graf Zeppelin. En 1936 contrajo matrimonio con Ana de Alvear Ortiz Basualdo, y ese mismo año publicó su primer libro Glosas Castellanas, un conjunto de ensayos en buena parte dedicados a Cervantes y al Quijote.
En 1955 obtuvo el Gran Premio de Honor de la SADE por su novela La Casa. En 1956 fue elegido miembro de la Academia Argentina de Letras y, en 1959, académico de Bellas Artes. En 1963 recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela Bomarzo. En 1982, el gobierno de Francia le concedió la Legión de Honor. A las pocas semanas de su muerte, ocurrida en la ciudad de Córdoba, Argentina, en 1984, fue nombrado ciudadano ilustre de Buenos Aires. Su obra ha sido traducida a más de quince idiomas.
La prosa de Manuel Mujica Lainez es fluida, culta y algo preciosista. De su segundo libro de relatos, Misteriosa Buenos Aires, hemos tomado este hermoso cuento, literalmente un regalo de Reyes Magos para nuestros lectores, en el que el autor aprovecha al máximo su talento descriptivo y su vasta experiencia como crítico de arte. El texto se inspira en La Adoración de los Magos, óleo sobre tela de Pedro Pablo Rubens, que se exhibe en el Museo del Prado y que reproducimos más abajo, dentro del cuerpo mismo del relato.

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brodsky.jpg picture by antoniosarabiaMuchos de los poemas que Joseph Brodsky (San Petersburgo, 1940-1996) escribió durante los inviernos pasados en Venecia los últimos años de su vida están dedicados a la Navidad. Algunos de ellos fueron reproducidos aquí el año pasado y, esta Navidad, Lauren Mendinueta les consagró una más extensa y variada antología en su blog Inventario.
Sin embargo, algunos de aquellos versos escritos por el poeta ruso antes y durante sus vacaciones decembrinas en la Perla del Adriático, no se refieren sólo a la Navidad sino al transcurrir de un año a otro y, en especial, a La Adoración de los Reyes, tema por el que profesaba una especial predilección desde que se topó en una revista polaca con una ilustración representando a los tres magos de oriente ante el humilde pesebre de Belén, y la recortó para pegarla sobre la estufa de cerámica en su dacha de Komarovo.
brindis.jpg picture by antoniosarabiaLos poemas con los que hoy deseamos celebrar la llegada del nuevo año, son anteriores al exilio de Brodski en 1972, a su arribo a los Estados Unidos y a sus clases de literatura en el Mount Holyoke college de Nueva York. Preceden también su primer viaje a Venecia, ciudad de la que el futuro premio Nobel de la literatura 1987 se enamoró y en la que escribiría la mayor parte de sus célebres poemas de Navidad. Tienen la intensidad y la pasión del Brodsky joven con el fervor y la reflexión que caracterizaron los de su madurez. Aquí están. Desde Los Convidados les deseo a los amigos y lectores, salud, éxitos y toda la felicidad posible en el difícil año que se avecina.

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Robert Louis Stevenson (Edimburgo, Escocia, 1850-1894) es sin ninguna duda uno de los escritores de aventuras más celebrados de todos los tiempos. Algo debe haber hecho mal, o no sería tan famoso es una frase que se le atribuye pero que difícilmente puede aplicársele ya que la lista de sus admiradores incluye nombres de la talla de Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Rudyard Kipling y Vladimir Nabokov, por citar sólo algunos de los más ilustres. Sería interminable mencionar a todos los que alguna vez nos dejamos fascinar por La Isla del Tesoro o por El Extraño Caso del Doctor Jekyll y Míster Hyde, es decir a la casi totalidad de los escritores que conozco.

370px-Robert_louis_stevenson.jpg picture by antoniosarabiaAunque sus padres, fieles y devotos presbíteros, no fueron particularmente estrictos, Stevenson creció en un severo ambiente religioso dominado por su nana, Alison Cunningham, ferviente calvinista, quien le entretenía con sus cuentos y a la que él llamaba afectuosamente Cummy, y su abuelo por la línea materna, predicador de la Iglesia de Escocia en Colimnton, donde el pequeño Robert Louis pasaba gran parte del tiempo.
De naturaleza delicada -algunos autores han aventurado que padecía tuberculosis aunque probablemente se trataba más bien de un caso de bronquitis crónica-, Stevenson sufría ataques de tos y fiebre que se exacerbaban durante el invierno. Esto le obligó siempre a rehuir el frío y la humedad y emigrar hacia climas más propicios para su salud. No existen tierras extrañas, solía decir, lo único extraño es el viajero. Esa búsqueda constante le llevó hasta los mares del sur, a las islas Samoa, donde los nativos le bautizaron como Tusitala “el que narra historias” y donde pasó los últimos años su vida. Falleció a los cuarenta y cuatro años de edad a consecuencia de una hemorragia cerebral y está enterrado en la cima de una montaña cerca de Valima, su hogar samoano.

A continuación, para celebrar esta fecha, les presentamos un cuento de Navidad de su autoría. Disfrútenlo. Felices fiestas.

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Este mes se celebra un aniversario más del natalicio de Emily Dickinson (Amherst, Massachusets, 1830-1886), la gran poeta norteamericana cuyos poemas nos asombran aún hoy por su grado de experimentación y su modernidad.
EmilyDickinson1.jpg picture by antoniosarabiaEn una carta dirigida a su amigo Thomas Wentworth Higginson, a quien había enviado algunos versos para que se los criticara, Emily le participaba su percepción personal de la poesía: si físicamente siento que me arrancan la cabeza, eso es poesía. Esa es mi única manera de saberlo. ¿Hay otra?
Sin embargo, para Emily Dickinson el quehacer literario era inseparable de las demás actividades que colmaban su vida cotidiana. La vivía con la misma intensidad con la que se ocupaba del jardín, tejía o cocinaba. Vivir es tan sorprendente, escribió en 1871 al mismo Higginson, que deja poco espacio para otras ocupaciones.
Apenas una media docena de poemas aparecieron en vida de la autora, todos dados a conocer en forma anónima o sin su consentimiento, y sólo fueron publicados después de ser corregidos por los editores.
La suya es una metafísica doméstica y particular, nos dice Margarita Ardanaz en su introducción a las Cartas Poéticas e Íntimas (1859-1886), y continúa más adelante:
EmilyDickinson3.jpg picture by antoniosarabiaSus poemas tienen una frescura especial porque ella emplea las palabras de cada día como nadie las había empleado antes. Nos sitúa en el umbral mismo del canto y nos invita, mediante fragmentos inacabados, a completar la ruta hacia ninguna parte. Eso es la poesía. La pura posibilidad. El poema es para ella lo que ya no es tanto como lo que todavía no es. Es en ese espacio incierto que media entre lo todavía no dicho y lo ya recordado donde se sitúa el poema. El poema es el presente eternizado.
Acaso sea en este grado de experimentación léxica donde radique la modernidad de su obra. Un sentido de la experimentación que no tiene mucho que ver con su época. Por eso no es casual que prefiera el poema breve y el fragmento en prosa como medios de expresión. El nivel de concentración concede a cada una de las palabras un valor objetual imprescindible. El discurso se concentra en torno a una serie de palabras motrices. Por eso su sintaxis se ve frecuentemente reducida al nombre, suprimiendo al mínimo los elementos unitivos y reduciendo los verbos en un afán de supresión del tiempo. Esta técnica favorece las posibilidades de la elipsis, que es la auténtica protagonista de la retórica dickinsoniana. Lo no dicho, los espacios en blanco, la insinuación, el lenguaje oblicuo y la ambigüedad tienen tanto valor en su discurso como los elementos explícitos. Y es que el silencio es para Emily Dickinson tan subversivo como la palabra.

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