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	<title>Los Convidados &#187; Antonio Sarabia</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Los nietos de la Malinche</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Apr 2011 17:01:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya muchos años, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorrí las márgenes del río San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pasé bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descendí hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la península de la Gaspesia. Durante esas mágicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alejé una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cordón umbilical que me unía con México en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que leía y releía sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprendí casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que leí.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 225px; height: 347px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ellaberinto3.jpg?t=1301933924" alt="" />Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, diré que el autor me pareció un chingón. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los más célebres capítulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percibí a Octavio Paz como un chingón no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces sólo le había leído chingonerías. Es verdad que el mero chingón es, en cierto modo, el macho cabrío mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, más próximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiración, alguien con quien desearíamos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el chingón, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabrón cuya única forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al prójimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultaría un sondeo de opinión en el que se preguntara públicamente, así, con todas sus letras, quiénes de nuestros presidentes han sido unos chingones y quiénes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al país fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¿dónde estaría Cárdenas, dónde Salinas de Gortari?- sólo me resta asentar que la oficiosa historia de México registra a Juárez como un chingón y a Porfirio Díaz como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del capítulo citado, Paz hace una apología de Cuauhtémoc, el trágico héroe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. “El joven abuelo” era un chingón mientras que Cortés, al estárselo chingando, quemándole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 214px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cuahutemoc1-1.jpg?t=1301936403" alt="" />Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es <em>como</em> la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.</p>
<p>A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.</p>
<p>Estas disquisiciones sobre la acepción de una palabra que ha hecho fluir ríos de tinta en las letras mexicanas pueden parecer más bien frívolas pero de la aclaración de su justo significado, del cómo y el por qué se empezó a utilizar en México muchos años atrás, puede surgir también una concepción un tanto diferente del papel desempeñado por el sexo femenino durante la Conquista.</p>
<p>La percepción de la mujer indígena como un ser débil e indefenso, una encarnación de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Bretaña, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Católica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuestión estriba entonces en averiguar si las compañeras de los caballeros águilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coetáneas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si así fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¿qué tan válido es equiparar la fascinación y la seducción a la violación y, sobre todo, el hacerla funcionar nada más del hombre hacia la mujer sin mencionar que también se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar más de una batalla amorosa. Colón se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras recién descubiertas. Muchos de los marinos españoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a más no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espléndidas. Las Casas piensa que “podían ser miradas y loadas en España por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran” y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolomé en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.</p>
<p>Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro amó a la hermana de Atahualpa, doña Inés Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso Pérez Maite decidió santificar su unión con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quería como esposa, e igual sucedió con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Martínez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se unió a Doña María de Chacabuco.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 291px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche5.jpg?t=1301934302" alt="" />En lo que respecta al carácter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompañando a Francisco de Orellana en la infructuosa búsqueda del mítico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las márgenes de un río inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedará para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de indígenas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ahí mismo, a cualquier varón que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, valía por el de diez guerreros indios.</p>
<p>Más cerca de nosotros, acá en Tlatelolco, las mujeres también incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores españoles increpándolos con frases oprobiosas y diciéndoles: “¿Nomás estáis ahí parados?&#8230; ¿No os da vergüenza? ¡No habrá mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!&#8230;” Y llegado el momento ponen el ejemplo colocándose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremangándose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.</p>
<p>En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de México se puede percibir ese mismo espíritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonición: “Si tu marido fuere necio, sé tú discreta; si yerra en la administración de la hacienda, adviértele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, encárgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.”</p>
<p>No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista tenía algún rol destacado en la economía o la política del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padecían un destino harto común: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el maíz y tejiendo. “El panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece más bien sombrío, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro “La Femme au temps des Conquistadores”, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los españoles parece indicar que no es exagerado”.</p>
<p>Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusión entre los españoles y las indígenas, como si éstas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrecía la presencia de éstos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de García Merás, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.</p>
<p>Anayansi, la amante india de Vasco Núñez de Balboa, una mujer a quien sus contemporáneos no vacilan en calificar de bellísima, salva la vida del conquistador poniéndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentaría contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervención de alguna indígena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche3.jpg?t=1301934670" alt="" />La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es doña Marina, incontestable encarnación de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cortés y se convirtiera en cómplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles, pero entre más se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de víctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cortés comprendió pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfección el maya y el náhuatl. Ella había sido adjudicada en un principio a Hernández de Portocarrero pero Cortés se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confiándole una misión importantísima de la que jamás regresaría. Acto seguido se apropia de doña Marina introduciéndola en su intimidad y en su recámara. Ella se convierte en “su lengua” según la propia expresión de Cortés y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de México habría resultado imposible.</p>
<p>Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiración de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Creyéndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hipócritas frases diplomáticas que se escuchan a su alrededor. Más le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al oído, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participación. La matanza tendrá lugar esa misma noche o, a más tardar, al día siguiente. Doña Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cortés de la conjura.</p>
<p>No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se construían en los territorios conquistados. Negarlo sería como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cuántas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauhtémoc y sus capitanes demandan a Cortés la devolución de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, éste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. “Dioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal Díaz del Castillo en el capítulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan solícitos que las hallaron, y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían, y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya preñadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cortés expresamente mandó que las diesen”.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 240px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LaMalinche4.jpg?t=1301934841" alt="" />Así, las más encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se alían con él, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sueños. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza cósmica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.</p>
<p>Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo indígena. No lo es. Tampoco se trata de un intento más en el inútil empeño emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta época de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende más a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violación sino de una entrega.</p>
<p>Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.</p>

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		<title>Los secretos de cocina de Sergio Ramírez</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 17:48:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 500px; height: 223px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/festiparola-1.jpg?t=1278695408" alt="festiparola-1.jpg picture by antoniosarabia" />Nada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.<br />
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 412px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartelliberaapalabra.jpg?t=1278692543" alt="cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabia" />Su obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por <em>Castigo Divino</em>; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por <em>Un Baile de Máscaras</em>; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por <em>Margarita está Linda la Mar</em>.<br />
En su más reciente novela, <em>El Cielo Llora por Mí</em>, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.<br />
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto.<span id="more-1132"></span></p>
<p style="text-align: center;"><strong>SECRETOS DE COCINA</strong></p>
<p>Alguien ha dicho que el oficio del escritor es el mejor del mundo, aunque existan otros más antiguos. O quizás no. La necesidad de contar, y oír contar, se inicia en ese momento mágico en que alguien no se da abasto con la percepción directa de la realidad que lo circunda, y vaga mas allá de los límites reales de su mundo, donde termina lo visible y comienza la oscuridad llena de la inquietud por lo desconocido, las sombras apenas dibujadas de la incertidumbre.<br />
La imaginación empieza con el acto de ver sin ser dado tocar. Alguien imaginó primero el origen de las estrellas, y pasaron milenios antes de que otro alguien pudiera medir sus distancias. Razón y representación son entonces una misma cosa.  Y ese acto de imaginar no tiene ni antecedentes, ni sustitutos.  Quien piensa imaginando necesita representar en el lenguaje no sólo lo que imagina, también la propia realidad que lo circunda; una representación que desde entonces, e inevitablemente, estará teñida con los mismos colores de la imaginación.<br />
A su vez, alguien escucha, e imagina lo que escucha. Y esta doble necesidad ⎯contar y oír contar, escribir y leer, proponer y recibir⎯ sigue teniendo una sustancia ancestral, arraigada en la individualidad y en la vida de relación de los individuos. Imaginar, descubrir, explorar, desafiar, cambiar, exponer, representar, crear.  Desobedecer. Contar, escribir.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 278px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/satiago12B.jpg?t=1278694946" alt="satiago12B.jpg picture by antoniosarabia" />Imaginemos al primer contador de historias, y a su primer oyente, sentados a la luz de una hoguera en la noche primitiva. Alguien queriendo conquistar la atención del otro, tratando de introducirlo en su propio universo, encantarlo, convencerlo de sus propias visiones, e invenciones. Y el otro, predispuesto a ser parte de ese rito ⎯como la predisposición que tiene quien paga su entrada al teatro y se sienta en la butaca⎯ dispuesto a creer, a dejarse encantar, a dejarse seducir. ¿Porqué no decir, a dejarse engañar?<br />
El temor, el peligro, la necesidad, el deseo, la ansiedad por lo desconocido, crean el mito, el nudo más antiguo y sutil de la invención. Se entra en el mito cuando se entra en el riesgo; más que una creencia, lo que nos rodea es un vínculo mágico. Y en el mito se crea el héroe, nuestro propio reflejo, sin el cual la vida sería miserable.<br />
Ese cúmulo de sensaciones, como si se tratara de una tela sutil, o de una piel, viste a los dioses y a los héroes. Los envuelve, les da una apariencia, les crea una imagen, produce una figura. La imaginación fabrica imágenes, es su oficio.<br />
En la medida en que el conocimiento del mundo se ha expandido hasta la saciedad, y disponemos de imágenes del todo y de todo, la presencia del mito original se extingue. El resplandor de las pálidas hogueras de los aparatos de televisión aleja cada vez más las fronteras de la oscuridad, deshaciendo sus criaturas. Ahora tenemos una representación del todo en las pantallas. Las guerras, las hambrunas, los genocidios, ocurren dentro de nuestras casas. Son sucesos domésticos, pertenecen a una épica a domicilio. La contemporaneidad es instantánea, no como antes, donde los sucesos se contaban siempre en pasado, y ocurrían en la irrealidad del pasado: las coronaciones de los reyes de España se celebraban con fiestas callejeras en las provincias de Centroamérica, en los siglos de la colonia, lejos de las noticias, ya cuando esos reyes habían enloquecido o habían muerto.<br />
Pero si el mito original se altera, queda su historia y lo que ella encarna, su sustancia narrativa; y esta manifestación no tiene fin en la narración. No hay historias nuevas que contar, no hay tramas que inventar. Las tragedias, las novelas, los romances, los corridos, los tangos, los boleros, nos están contando siempre lo mismo. Son semillas envenenadas que pasan a través de generaciones para que de ellas florezca la pasión, esa mandrágora que se alimenta de sangre, semen y saliva y que adorna los sepulcros.  Son temas que no cambian nunca, bajo ningún reinado, bajo ninguna era, bajo ninguna ideología. Tres, como anota en el título de uno de sus libros de cuentos Horacio Quiroga: el amor, la locura y la muerte. O solamente dos, el amor y la muerte como cree García Márquez.  O cuatro, como pienso yo: el amor, la locura, la muerte, y el poder. Lo digo porque pasé por esa hoguera del poder, y consumí mis huesos en ella. Pero siempre será necesario contar. Al lector no le importa que los argumentos sean viejos. Sólo quiere que se los cuente alguien que sepa el oficio.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 294px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/3B.jpg?t=1278695231" alt="3B.jpg picture by antoniosarabia" />Quiero detenerme ahora en una imagen que es el símil de ese oficio: un mueble. Puede que les resulte un ejemplo un tanto arbitrario, pero mi abuelo materno era ebanista por afición; y además de pastor evangélico, era rabdomante, el que tiene el don natural de descubrir fuentes de agua bajo la tierra con la ayuda de una vara que se inclina para señalar el sitio oculto, gracias a una fuerza misteriosa.<br />
Del trabajo cuidadoso de sus manos conservo una hermosa mesa de roble, de amplia superficie y patas torneadas como airosas cariátides sin rostro que sostienen su arquitectura simple pero firme. Esta mesa, es la mesa sobre la que descansa la computadora en que escribo, los libros que consulto, mis cuadernos de apuntes.<br />
Con este ejemplo, pues, quiero recurrir a todo lo que de fábrica, artificio, factura, tiene la escritura de ficciones, &#8220;máquina de variada invención&#8221;, como se decía en tiempos de las novelas de caballería. Para fabricar un mueble se parte de una idea de árbol, el árbol que se alza ante los vientos entre la abigarrada y oscura multitud del bosque. Es necesario elegir uno de ellos, apreciar su fuste, las rugosidades de su corteza, la extensión de sus raíces, la solemnidad de su estatura, la frondosidad de su ramaje, y entonces, hay que cortarlo. Y después de cortarlo, aserrarlo en piezas, ensamblar esas piezas, darles una forma; cuidar que las junturas no dejen luces ⎯entre juntura y juntura no puede pasar la luz, saben de sobra los buenos artesanos⎯; y por fin tallar, lijar, barnizar.<br />
Nada sobrevive de aquella forma de árbol, pero es el árbol. Entre el árbol y el mueble, entre la materia del árbol y la transformación de la materia en un mueble, queda de por medio la apropiación de esa materia, apropiación que es el proceso de convertir la realidad en imaginación y la imaginación en lenguaje; un proceso que requerirá de diversas herramientas, como las del carpintero que era mi abuelo: plomada, escoplo, buril. Y rigor, disciplina, sentido de las proporciones, medidas de la estética, amor de la perfección aunque la perfección se vuelva siempre inaprensible. Volver a lijar, volver a pulir. Tachar, sustituir, desechar. No dejar luces en las junturas.<br />
También podríamos utilizar el ejemplo de una prenda de vestir, que me permite hablar de los procedimientos ocultos, esos que nunca pueden exhibirse a los ojos del lector porque conspiran contra la credibilidad del artificio, como serían las costuras de un traje. O el revés de un bordado. Voltear la tela al revés para examinar las costuras, es solamente un vicio del lector que lee como escritor y quiere ver la calidad de las puntadas, o la trama de revés de la tela, donde se esconden los secretos del procedimiento. Pero ésta es una deformación del oficio, que no le deseo a nadie que emprende la lectura de un libro por el gusto y el placer de leer, que es, al fin y al cabo, la razón de que existan los libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 409px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/margarita-esta-linda-mar.jpg?t=1278695972" alt="margarita-esta-linda-mar.jpg picture by antoniosarabia" />Entrar en la lectura de un libro es entrar en la novedad que no debe ser mancillada. La costumbre, la familiaridad, terminan matando la sensación, o la ilusión de novedad, cuando uno lee como escritor para advertir los procedimientos, las mecánicas de relojería del libro, sus costuras, la trama al revés del bordado. Es la misma familiaridad  que permite descubrir, en la sala de la casa ajena que nos ha seducido la primera vez, tras repetidas visitas, las sombras de humedad en las paredes, la rotura de la alfombra, la insistencia de la presencia de determinados objetos que si nos maravillaron al principio, ahora nos resultan demasiado pobres, un desorden y un descuido que antes no estaban allí. Es la desilusión de la intimidad la que se apodera del ánimo, y en esa desilusión empiezan a habitar también ruidos, voces, olores, con su presencia incómoda.<br />
En la introducción de Tom Jones, bill of fare to the feast [minuta para el festín], Fielding advierte que el autor no debe verse a sí mismo como un caballero que ofrece un festín privado, sino como el patrón de una fonda donde todos los clientes son bienvenidos porque pagan. Si se trata de una comida privada, los invitados nada podrán protestar contra aquello que se les sirva. Por el contrario, el cliente de la fonda tiene el derecho de exigir de antemano la carta, para saber qué puede esperar. Y sólo hay allí un plato a escoger: la condición humana; el huésped no deberá ofenderse porque tenga una escogencia única: más fácil sería para un cocinero agotar todas las especies animales y vegetales en una multitud de platos, que para el novelista agotar todas las variantes y variables de la condición humana. Lo demás, es asunto de cocina.<br />
Nadie debe penetrar en la cocina. Pero sólo del autor dependerá que esa presencia, con sus ruidos, sus cacerolas sucias y sus desechos, deje de ser obvia a lo largo de toda la lectura. No hay nada más decepcionante para quien se sienta en la fonda de Fielding que una mirada, aún involuntaria, al interior de esa cocina cuando en el ir y venir de los camareros la puerta voladiza deja percibir el desorden de adentro, señales molestas de lo inacabado, de lo imperfecto. O de lo fallido.<br />
De la verosimilitud de los procedimientos es que depende la eficacia de la narración. La congruencia. Nadie olvidó nunca después de los siglos que Cervantes a su vez olvidó que a Sancho le había robado el borrico en la Sierra Morena el famoso ladrón Ginés de Pasamonte, librado de la cadena de galeotes por Don Quijote, y que en el siguiente párrafo del mismo capítulo aparece Sancho montado a la mujeriega en el mismo borrico. En la II Parte de El Quijote Cervantes quiere desquitarse de su error, y el Bachiller Sansón Carrasco le pide a Sancho que explique el olvido. Pero vuelve a errar Cervantes cuando habla Sancho y cuenta otra vez, como si fuera una novedad, quién le había robado el jumento, algo que ya sabemos.<br />
En su novela Omer&#8217;s daugther, Robert Graves nos enlista la incongruencias que encuentra en La Odisea : cuando Ulises huye de la isla de los Cíclopes, Homero olvida que el barco tiene el timón en la proa, y no en la popa, como dice después; que hace falta más de tres hombres para ahorcar a una docena de mujeres de una sola vez, con una sola cuerda, como ocurre con la criadas después de la matanza de los pretendientes que acosan a Penélope; que con las doce hachas a través de las que dispara Ulises con el arco, y que nadie recogió, los pretendientes pudieron haberse armado de sobra; que no se corta madera de un árbol vivo para fabricar un barco; y en fin, que los halcones no devoran a su presa en pleno vuelo.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 311px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg?t=1278696114" alt="Ramirez_Sergio_ajedrez.jpg picture by antoniosarabia" />Pecata minuta. Gotas de olvido en un mar inconmensurable de memoria. Pero los olvidos que se vuelven incongruencias perturban el deseo de participación del lector, causan malestar, despiertan impaciencia. Recuerdan el artificio, dejan entrever los afanes de la cocina. Una mosca en la sopa en la fonda de Fielding. Y la suma de olvidos, incongruencias, desajustes de tiempo y lugar, ausencias, errores ⎯aún los sintácticos y los ortográficos⎯ demuestran la inconstancia y la falta de pericia en el manejo de las herramientas y en el uso de los materiales. Exhiben el no saber.<br />
No hay cosa más difícil que manejar un sombrero en la mano de un personaje, me ha dicho Gabriel García Márquez; y es verídico. Se requiere de una gran pericia para no olvidar, a cada paso, qué debe hacer ese caballero con su sombrero. Si colgó el sombrero de un perchero no podría aparecer luego con él en la cabeza paseando por la calle, como Sancho a la mujeriega en su burro robado por Ginés de Pasamonte. La solución más práctica la daban los viejos seriales de cine de los años cuarenta, donde gánsteres y detectives se liaban a golpes sin botar nunca el sombrero, por muy enconada que fuera la pelea, sujeto a la cabeza por algún pegamento de zapatos de probada resistencia.<br />
El mueble que deja ver luces en las junturas, el que no se asienta bien sobre el piso, el que acusa rugosidades extremas en la superficie, el de las gavetas que se pegan. De esa suma de imperfecciones resultan los libros prescindibles, contra los que se levanta el rencor, y el propio olvido del lector, castigo final de las malas mentiras. A los malos mentirosos, ni Dios los quiere.<br />
Digamos entonces que en la mecánica de la lectura hay un juego de correspondencias visibles e invisibles entre el escritor y el lector que no deben ser interrumpidas por los defectos; o que sólo permiten un número muy reducido de defectos. Es una operación delicada porque depende de percepciones, en un proceso que va de la mente a la mente, una cadena de imágenes pasando continuamente por el filtro de las palabras. En ese proceso debe crearse una correspondencia de imágenes, aunque no necesariamente una identidad visual. La torpeza en el procedimiento, o los defectos en el lenguaje, son capaces de frustrar toda la operación y volverla tediosa, o ininteligible. Frustrar la imagen, desconcertarla.<br />
El escritor imagina, y el lector también imagina. Y mientras el escritor imagina, también imagina al lector leyendo. De alguna manera se está creando una dependencia de futuro. Hay algo que al lector podría no gustarle, no seducirlo, y esa idea de censura crea una modificación de la escritura. Estos son momentos críticos del proceso. Si el escritor se deja arrastrar por el que leerán, como quien se deja llevar en la vida por el que dirán, entraría a pelear su batalla en un territorio ajeno, el de los gustos, las preferencias y las apreciaciones del momento. En términos contemporáneos, es cierto que un lector lee en cada momento; pero es más cierto que nunca desprecia la suma de momentos sucesivos que forman el verdadero gusto, la preferencia de fondo.<br />
Existe una correspondencia de imágenes entre escritor y lector, aunque no una identidad, porque hay tantos escenarios y rostros como lectores. En la mente del autor que concibe, hay un sólo tipo, un solo modelo, aunque complejo, de composición de escenas y personajes cuando imagina. El filtro de las palabras deberá probar ser lo suficientemente eficaz para que la escritura recoja si no todas, la mayor parte de sus ideas imaginativas. Entre la mente que imagina y la palabra que copia, se produce entonces un trámite de fidelidades. Pero de allí en adelante, entre lectores, el modelo se dispersa en copias disímiles, correspondientes pero no idénticas.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 378px;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ELCIELOLLORAPORMI.jpg?t=1278697005" alt="ELCIELOLLORAPORMI.jpg picture by antoniosarabia" />Los modelos universales, basados en propiedades homogéneas, solamente los obtenemos a través de la imagen directa, no de las palabras. Hay una imagen universal, entendida, de Don Quijote y de Sancho porque se ha creado en la plástica un arquetipo, gracias a los grabados de Gustave Doré, sobre todo, y existe hoy todo una imaginería de estampas, esculturas, dibujos que nos refieren a esas figuras reconocibles más allá del hecho de la lectura. Alguien que lee por primera vez Don Quijote sólo confirma, reconoce esas figuras.<br />
¿Cuántas Madame Bovary hay en las mentes, sin embargo? Sin el cine, su número sería infinito, como en el siglo XIX. El cine es el verdadero rasero de la imagen. Cualquier joven señora provinciana podía imaginar su libertad encarnándose en un personaje al que ponía rostro, su propio rostro. Pero el cine somete al ensueño a una servidumbre de modelo, reduce los modelos. Entonces, ¿cuántas Madame Bovary? ¿el rostro en blanco y negro de Jennifer Jones en la película de Vincente Minelli, o el de Isabelle Huppert en la película de Claude Chabrol? Pero, ¿es ése de verdad el rostro? ¿o sobreviven, por el contrario, pese a todo, los rostros de la imaginación?<br />
Hay que imaginar la imagen, esa es la más espléndida de las tareas del lector. Imaginar el mundo como toca un ciego el sueño, prestando al poeta nicaragüense Joaquín Pasos las palabras del poema Canto de Guerra de las Cosas. Sólo la literatura es capaz de esa riqueza de diversidad, de repartir un rostro, una escena, un escenario para cada quien con prodigalidad. A la más minuciosa descripción de una casa de Balzac, a la más detallada descripción de un rostro, de un cuerpo desnudo de D. H. Lawrence, responderá siempre un estallido, un chisporroteo múltiple de casas, rostros, cuerpos cada vez que alguien lee. El menú de Fielding tiene un plato único, pero sus variantes son infinitas.<br />
La belleza que depara la lectura es siempre hipotética. De allí que muchas veces terminemos decepcionados con las películas basadas en obras literarias. Es que estamos enfrentando las imágenes de un lector en particular, que es el director de cine, con las nuestras, y nunca habrá coincidencias posibles. La imagen expuesta choca contra nuestra imagen y se destruyen.<br />
¿Hay quienes quizás recuerden las viejas radionovelas. Yo me acuerdo mucho de El derecho de nacer de Félix B. Caignet. Las voces tersas, sensuales, de precisa sonoridad eran los galanes y heroínas que oíamos describir en sus atributos a un narrador con entonaciones de declamador. Y esas voces no tenían correspondencia con los actores escondidos como endriagos en la cabina de grabación. Las voces, por sí mismas, eran los personajes. La revelación de la imagen oculta, encarnada en la voz, rompía el encanto.<br />
La radio ocultaba, el cine devela. No deja escapatoria. Podemos tener cada uno una imagen mental de Ana Karenina, pero vista en una pantalla debe ser necesariamente bella, de una belleza trágica, que es la belleza de Greta Garbo. Es una mujer bella y abandonada la que muere destrozada bajo las ruedas del tren. En la ópera, por el contrario, no exigimos congruencia entre voz e imagen, una voz bella que corresponda a una imagen bella. Allí, porque la voz todo lo encarna, tienen licencia los más atroces excesos e incongruencias, visibles en el escenario como no son visibles en la radio. Una desfalleciente Violetta Valery, que una lectura de La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo nos ofrece en fúnebres huesos, puede ser una soprano de cien kilos de peso en La Traviata, siempre que su caja torácica expandida pueda sostener el más alto de los trémolos. O bien puede la diva entonar un aria con intenso dramatismo, acostada mientras agoniza, arrebatándonos lágrimas de los ojos, una situación que en las páginas de una novela no podría ser sino ridícula.<br />
En el teatro hay también otro tipo de verosimilitud. Nunca nos ofende el olor a pintura fresca de los decorados si nos sentamos en las primeras filas de la platea, ni la conciencia de esa realidad de trapo, madera y cartón que tenemos frente a los ojos. La ilusión de realidad que crea el teatro parte de una disposición entendida en el espectador a aceptar el artificio. En el Acto I de King Henry V, Shakespeare le pide al público, a través del coro, ilusionarse por sí mismo, una tarea de imaginación compartida que es también de toda la literatura:</p>
<p>Dividan un hombre en mil partes/ y creen un ejército imaginario./ Piensen, cuando les hablemos de caballos, que los ven/ hollando con sus cascos soberbios la blanda tierra,/ porque son las imaginaciones las que deben vestir hoy a los reyes,/ transportarlos de aquí para allá, saltando sobre las épocas,/ amontonar los acontecimientos de numerosos años/ en una hora&#8230;</p>
<p>En el cine, este reclamo a la imaginación es imposible. La evidencia del decorado, la presencia manifiesta del set, decepciona nuestra voluntad de creer. Ese paso, todavía en uso, de la cámara en traveling de una habitación a otra para seguir a los personajes y ahorrar un corte, y que exhibe la pared rebanada, crea siempre una inquietud de falsedad en el espectador. Esa pared que es un decorado, no una pared real.</p>
<p>¿Cuál es el punto de partida en la creación literaria? ¿La imagen? ¿la historia en sí misma? ¿Un personaje? En cada caso se trata de un minúsculo punto luminoso, un capullo que ya lo contiene todo, una larva cósmica, esa conflagración gaseosa que constituye el origen del universo de la creación pasando de nuevo, en ese mismo instante, a su estado sólido, expandiéndose hasta organizar su compleja configuración, su regreso apresurado, y a la vez metódico, para ocupar el espacio de la realidad, su vuelta a la solidez, que luego y otra vez dará paso al estado gaseoso, cambiante, de la imaginación.<br />
Por mucho tiempo estuve obsesionado por una imagen que a su vez contenía la semilla de un argumento. La imagen nocturna de dos hombres, uno vestido de casimir oscuro y el otro con bata de cirujano ensangrentada, que se pelean a bastonazos a media calle una urna de cristal que al fin se rompe y cae sobre el empedrado regando su contenido. Es el mes de febrero de 1916 en León de Nicaragua. El cerebro de Rubén Darío, muerto hace pocas horas, está ahora en el suelo como una medusa desvalida. El hombre de la bata de cirujano se lo ha extraído porque quiere saber si pesa más que el de Víctor Hugo. Es el sabio Louis Henry Debayle, descendiente de Stendhal,  según su decir, alumno de Charcot y de Péan en La Sorbonne. El otro, un oscuro y metalizado cuñado de Darío, sólo quiere vender el cerebro a un museo de Buenos Aires donde ya lo tiene prometido.  Mi obsesión ha terminado. Esa escena quedó en mi novela Margarita, está linda la mar.<br />
La imagen inicial, que aparece como en un sueño cenital o bajo la luz de un relámpago sin truenos, también contiene a los personajes, y contiene el argumento, como Atenea estaba contenida en la cabeza de Zeus, de cuerpo entero, armada de su escudo y de su lanza antes de nacer, ya preñada de las semillas de las historias y aventuras que luego habría de vivir; o como la cabeza del guerrero entre los jícaros, que en su saliva contiene el poder de la creación.<br />
Pero para un escritor de estos trópicos inclementes, su país contiene también la escritura de cuerpo entero, todos los argumentos, todas las imágenes. Rubén Darío, mi personaje y mi paisano, nunca olvidó que en la lontananza marina, entre la bruma de la resolana, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, bostezaba el pequeño país que lo recibió en triunfo al volver, como un príncipe de Golconda o de China.  Pasó por las calles de León alfombradas de trigo y aserrín de colores, bajo arcos triunfales que derramaban flores y frutas,  su urdimbre cargada de pájaros disecados, en muda vocinglería. Los artesanos, devotos de sus versos que nunca habían leído, pero que estaban en las sonoridades mismas del aire, desengancharon el tiro de caballos de su carruaje y lo arrastraron ellos  mismos por las calles en fiesta, delante de las carrozas nutridas de niñas disfrazadas de ninfas, náyades y bacantes,  en representación alegórica de esos mismos versos.<br />
Era, también, y él lo sabía, la Nicaragua de políticos corrompidos, licenciados confianzudos y generales analfabetos que  lo enterró con honores de Príncipe de la Iglesia después que le habían extraído el cerebro en la soledad de una medianoche de calor de horno mientras por toda la ciudad tocaban a duelo las campanas de las iglesias. La realidad de su país, el mío, era opresiva. Murió bajo una ocupación militar extranjera, y cuando yo nací, habíamos sufrido ya tres ocupaciones.  Antes, un aventurero de Tennessee se había proclamado presidente y decretó la esclavitud.  Pero después, Sandino, un artesano como aquellos que se pegaran al tiro del carruaje de Darío para empujarlo por las calles, humilde aún en su estatura, habría de levantarse en armas contra la intervención en las montañas de Las Segovias.<br />
Nací bajo un Somoza, fui al exilio bajo otro Somoza;  entré en la vorágine para derrocar al último Somoza, en el delirio inolvidable de la revolución triunfante, y también en el páramo desolado de la revolución perdida.  Todo está, para mal y para bien, en mi itinerario, y la crónica de ese itinerario la he puesto en mi libro de memorias Adiós Muchachos, donde cuento la revolución como yo la viví.<br />
Pero en todos esos hechos de mi vida hay materia también para novelas. Se trata de una realidad insoslayable aún para el menos fervoroso de los escritores. Aún las más altas torres de marfil suelen ser salpicadas por la sangre de eso que siempre seguiremos llamando realidad en la literatura, y de cuyos recintos oscuros surge el aura de la imaginación.<br />
Tras muchos años entre la literatura y la política, he dado ya al César lo que es del César, y me he quedado con la literatura.  Y tras muchos años también, creo, con Susan Sontag, que la sociedad perfecta es utópica, pero que no es utópica la justicia, como son lo son la compasión,  y la fidelidad a los principios que nos acompañan desde la juventud.<br />
Porque lo que bien amas permanece, dice Rilke. Y lo que bien imaginas, también permanece.</p>
<p>Sergio Ramírez</p>

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		<title>Noela Duarte, Ovejero y La Comedia Salvaje</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Oct 2009 16:39:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 165px; height: 250px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Noela-Duarte.jpg?t=1256227878" alt="Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabia" />El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de <em>Primeras Noticias de Noela Duarte</em> (<em>Dernieres nouvelles de Noela Duarte</em>, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, <em>La Comedia Salvaje</em>, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1117"></span><br />
</span></p>
<p style="text-align: center;">LA COMEDIA SALVAJE (fragmento)</p>
<p>Sólo entonces descubrieron que quizá el perro no había escapado por algo que hubiera hecho Benjamín. De no muy lejos, al parecer del zaguán, llegaba el sonido amortiguado de pasos, un rozar de ropas, comentarios hechos en voz muy baja, algún ruido metálico de hebillas o de armas.<br />
Desde luego, estaban armados: fueron asomando uno a uno hasta sumar cinco, con las caras pintadas de tizne y verde, ramas y hojarasca entretejidas en las redecillas que cubrían sus cascos y entremetidas en correajes, ojales y presillas, uniformes con incontables y abultados bolsillos, granadas bamboleándose en pechos, perneras y cinturas, fusiles apuntados hacia la pareja más boquiabierta que asustada. Se quedaron en el quicio de lo que una vez fue una puerta de doble hoja. De aspecto feroz pero de gesto reverente. El único movimiento durante un rato fue el de las pestañas. Cinco estatuas vegetales; las Ménades convertidas por Liceo en árboles, pero en macho.<br />
-¿Son los Reyes Magos? -preguntó Julia a Benjamín al oído.<br />
-Los Reyes Magos eran tres, uno de ellos negro.<br />
-Dos pueden ser pajes, Y como vienen pintados no se distingue bien el color.<br />
Los cinco se fueron adentrando a pasos breves, con tanta parsimonia que de verdad parecía que se iban a arrodillar y adorar a la pareja.<br />
-¡Qué mina más hermosa! -exclamó uno.<br />
-¿Por qué dice que esto es una mina? -susurró Julia.<br />
-Otro loco, como el perro.<br />
-O es ruso, porque habla raro.<br />
-¿Son de verdad? ¿Puedo tocar? -preguntó un segundo tiznado acercándose a palpar los cabellos de Julia.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 228px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/retrato4.jpg?t=1256228280" alt="retrato4.jpg picture by antoniosarabia" />-Aguas; pueden estar armados -dijo un tercero.<br />
-¿Qué es eso de aguas? Hablá español. Además, qué van a estar armados. ¿Viste la cara de pelotudo de éste? ¿Y la cara de ángel de ella?<br />
-Como me siga manoseando le pego una cuchillada -volvió a susurrar Julia.<br />
-Somos amigos -respondió Benjamín.<br />
-Si fuesen enemigos no estarían tan juntos -respondió el cuarto soldado.<br />
-Perdonen a este boludo -dijo el primero-, es que es chileno.<br />
-Bueno, ¿pero quiénes son estos dos? -preguntó el único que llevaba bigote y que recordaba vagamente al daguerrotipo de un revolucionario.<br />
-Yo soy Benjamín, ella Julia.<br />
-Pues mucho gusto, mi cuate, pero si no me dices algo más te saco el mole a plomazos.<br />
-Estate tranquilo, que ellos lo están. Estos no son combatientes, son población civil. Vengan, siéntense todos -dijo el que parecía el comandante porque todos se dirigían a él y él a todos, aunque ninguno llevaba galones ni insignias de mando.<br />
Vistos de cerca, los recién llegados no parecían tan bien pertrechados como en el momento de su aparición. Los cascos eran de minero, forrados con redecillas de mujer. Los uniformes, monos de mecánico teñidos de verde. Y las caras pintadas, con los colores corridos por el sudor, daban más lástima que miedo. Se quitaron cascos y correajes y dejaron sus armas en el suelo.<br />
-Ustedes no son españoles -dijo Benjamín.<br />
-Mejor, porque son los españoles los que están requetejodiendo su país -dijo el que había tocado el pelo a Julia.<br />
-Somos el Comité Antiimperialista Revolucionario Latinoamericano -dijo el del bigote.<br />
-¿Ustedes solos?<br />
-¿Y para qué más? Yo soy argentino -dijo el que había hablado en primer lugar-. Aunque ellos no.<br />
-Yo soy mexicano.<br />
-Yo chileno.<br />
-Yo colombiano.<br />
El quinto no hizo intención de abrir al boca. Se estaba quitando las botas sin prestar atención a la conversación. El argentino le dio una palmada en la espalda.<br />
-¡Che, nos estamos presentando! Perdónenlo. Es mudo. Y paraguayo. Las desgracias nunca vienen solas -aclaró el argentino.<br />
-¿Y puede un mudo ir a la guerra? -se asombró Julia.<br />
-Si fuera sordo o ciego, no, pero a quién le molesta que sea mudo -explicó el chileno.<br />
-Además -dijo el argentino-, ¿a quién le importa lo que diga un paraguayo? Ser paraguayo es como ser belga. Los belgas participaron en la Gran Guerra, ¿y se enteró alguien? Un paraguayo mudo es una tautología, porque aunque no lo esté nadie lo escucha.<br />
-¿Y qué hacen en esta guerra? -preguntó Julia.<br />
Todos interrumpieron un momento lo que estaban haciendo porque a sus espaldas había sonado un ruido.<br />
-Ése debe de ser el cubano. Se nos perdió hace un rato. Se pierde tres veces por día -explicó el argentino.<br />
Al cabo de unos momentos entró en la habitación otro hombre, con uniforme similar al de sus compañeros, negro sin necesidad de pinturas, que llegaba arrastrando un fusil por la correa.<br />
-¿Dónde ustedes se habían metido? Coño, media hora los llevo buscando -Y se dejó caer derrotado contra un trozo de colchón. Entonces descubrió a Julia y Benjamín;  consultó a sus compañeros con la mirada.<br />
-Dos gachupines -dijo el mexicano.<br />
-Dos gallegos -explicó el argentino.<br />
-Yo soy vasco.<br />
-Por eso es que sos gallego.<br />
-Les preguntaba qué hacen en esta guerra.<br />
El paraguayo echó unos trozos de madera al fuego y se puso a soplar para avivarlo. Los demás intercambiaron miradas como quienes comparten un secreto que no se deciden a revelar. Fue el mexicano quien tomó la palabra:<br />
-Yo recién estuve en París. No chinguen, eso sí que es una capital. Y Londres, híjole, Londres es de poca madre.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 200px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/portadacomedia3-5.jpg?t=1256228470" alt="portadacomedia3-5.jpg picture by antoniosarabia" />Los seis hispanoamericanos se volvieron hacia Julia y Benjamín; parecían querer descubrir en ellos el efecto de esas palabras, pero ambos estaban esperando la continuación de la historia.<br />
-Las culturas indígenas -dijo el colombiano- también estaban en decadencia cuando llegaron los conquistadores.<br />
-Un puñao de gallegos muertos de hambre -dijo el cubano.<br />
-Les voy a decir la verdad, yo me embarqué en Buenos Aires porque quería ayudar a los republicanos; en el barco me encontré con todos éstos, y bueno, las noches a bordo son largas, uno bebe, habla pavadas.<br />
-Bueno, el que hablaba era él, ya saben cómo son los argentinos -dijo el chileno.<br />
-No seás boludo, ahí hablábamos todos menos el paraguayo. Discutimos si lo que realmente necesita este país es que triunfe la República. Claro, ya sé lo que me van a decir, mejor la República que los fascistas, eso es verdad, pero ya digo, no teníamos nada que hacer, y nos pusimos a discutir si no había otras posibilidades, nada mejor para resolver el conflicto, que no es nuevo, che, que lo llevan arrastrando más de un siglo.<br />
-Y llegamos a la conclusión -dijo el mexicano que llevaba rato queriendo meter baza- de que a España se la está llevando la chingada. Miren París, miren Londres, y comparen con Madrid o Barcelona. Acá hay que hacer algo, pero algo radical, no es nada más que ganen unos u otros. Hay que ir más lejos.<br />
-Otros que quieren salvar a España. ¿Por qué todo el mundo quiere salvar a España?<br />
-No, señorita -dijo el colombiano-, no hemos venido a salvarla, sino a conquistarla.<br />
-Eso es lo que les estaba platicando -dijo el mexicano-. Que vinimos a conquistar España.<br />
-Vosotros seis solos -dijo Benjamín.<br />
-¿Y cuántos eran los conquistadores cuando cruzaron el Atlántico? Comparada con América, España es una cancha de fútbol- dijo el colombiano.<br />
-Yo seré el presidente provisorio. Hasta que redactemos una constitución -dijo el argentino.<br />
-Nos aprovecharemos de las luchas internas; ésa fue la estrategia de Cortés con los aztecas y le fue bien.<br />
-Modernizaremos el país, igual que hicieron los españoles allá. Porque está que se cae de viejo, basta verles las caras. Miren a sus políticos, que parecen conservados en naftalina.<br />
-Ahora ya está todo dicho. Hemos quemado las naves.<br />
-Los seis de la fama, somos.<br />
-Órale, y vamos a crear un nuevo imperio. ¿Cómo la ven?<br />
Se habían puesto a hablar tan deprisa, sin esperar siquiera que el anterior hubiera terminado la frase, que parecía que habían ensayado aquel discurso coral para aturdirlos, y tanto lo consiguieron que Julia y Benjamín casi ni sabían quién decía qué, esforzándose en digerir cada nuevo mensaje, en asimilar esa decadencia y ese retraso del que hablaban los libertadores, incapaces de insistir en sus objeciones o dudas. Sólo después de esa última pregunta se quedaron los recién llegados un momento en silencio, esperando la respuesta, sus miradas oscilando de Benjamín a Julia.<br />
-Pero no es lo mismo. España es un país civilizado -dijo Benjamín-. Un país civilizado no se conquista así como así.<br />
Todos sacudieron la cabeza simultáneamente. Parecían haber dado por descontado que escucharían una respuesta equivocada.<br />
-Tierra de indios.<br />
-Las catedrales son sus pirámides; allí hacen sacrificios y hablan con los dioses, pero se los está comiendo la jungla.<br />
-¿Ya fueron por los pueblos de acá? Jíbaros y lacandones. Les falta no más el taparrabos.<br />
-Civilizados, dice. Y duermen con las ovejas y los chanchos.<br />
-Y se los comen los piojos.<br />
-Se creen que no hay selva porque no ven los árboles, pero es lo mismo. Este país es una selva en barbecho.<br />
-Idólatras que sacan al santo en procesión para que llueva.<br />
-Y se sangran a fuetazos porque creen que eso es lo que le gusta a su dios.<br />
-Civilizados, pero están a los tiros desde hace más de cien años.<br />
-Puros pendejos, no se matan más porque son bien güeyes; si supiesen hacerlo mejor ya no quedaría ni uno vivo.<br />
-Este país lo que necesita es sangre nueva. Gente que mire hacia delante y no hacia atrás, que deje de pensar en el Cid y en los Reyes Católicos y en la puta madre que parió a Don Pelayo.<br />
-Y ésos somos nosotros. Vinimos a sacarlos del atraso.<br />
-Dentro de poco en los pueblos nos recibirán con reverencias.<br />
-Nos traerán los frutos de la tierra para agasajarnos.<br />
-Nos ofrecerán a sus hijas para que las desfloremos.<br />
-Bien hermosas son las minas de acá, eso hay que reconocerlo.<br />
-Nos saludarán como a libertadores, porque eso es lo que somos, libertadores, igualito que Bolívar. Vamos a conseguir la independencia de este país.<br />
Por fin pudo intervenir Benjamín en el magnífico coro de las empresas futuras.<br />
-¡Pero España ya es independiente!<br />
Los latinoamericanos sonrieron condescendientes. El argentino puso en el hombro de Benjamín una mano paternal. Su voz sonó cargada de comprensión, apaciguadora, lenitiva.<br />
-¿Cómo va a ser independiente si lleva siglos ocupada por los españoles? Está igual que estábamos nosotros hace poco más de un siglo.<br />
-No entiendo&#8230;<br />
-Claro, pibe, a nosotros también nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que llevábamos el yugo al cuello. Porque cuando nacés en un país oprimido te parece que la vida es así y tiene que ser así, pero un día te levantás y te preguntás ¿pero por qué tengo que aguantar yo esta mierda? ¿Por qué no echo al mar a estos chupasangres?<br />
-Y si conseguimos expulsarlos de toda América también podremos echarlos de España.<br />
-Imaginate, qué gran país sería éste si lo liberamos de los españoles. Mirá Argentina cómo se puso a crecer en cuanto se fueron. Aquello era pasto y pura indiada y fijate ahora, un país moderno, que progresa, que cambia. ¿Me explico?<br />
-Nnnn, nnnn, nnnn.<br />
-A ver, que el paraguayo quiere decir algo.<br />
-Bueno, ya lo dirá mañana, que se nos está haciendo tarde y tenemos por delante un trayecto muy largo. Acuérdense de que este fin de semana nos toca conquistar Cuenca -dijo el argentino-. A ver, el turno de guardias: paraguayo, vos las dos primeras horas; las dos siguientes el cubano; luego voy yo; las últimas para vos, chileno. El mexicano y el colombiano hoy se salvan.<br />
Aunque todos habían ido poniendo mala cara según les anunciaba su turno, nadie rechistó. Mientras los demás se acomodaban para dormir, el argentino sacó un mapa y se puso a examinarlo a la luz ya mortecina de la lumbre. La pintura seguía derritiéndose sobre su cara y dibujaba también allí un mapa, éste de un territorio imaginario, del imperio informe de sus sueños.<br />
A Benjamín se le cerraron enseguida los ojos; cuando los volvió a abrir escuchó un sonido que enseguida le transportó de regreso a las noches en el dormitorio colectivo del internado. Comprobó con alivio que Julia estaba dormida. Pero él no pudo volver a dormirse hasta que el colombiano emitió un gemido y dejó de agitarse la manta bajo la que yacía.</p>

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		<title>Otra vez ante el volcán</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Aug 2009 16:45:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 247px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/as1bis.jpg?t=1251482157" alt="as1bis.jpg picture by antoniosarabia" />Este fin de semana estuve de vuelta en la región de Colima, México, donde ocurre la trama de mi novela <em>Los Convidados del Volcán</em>. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme allá con mi querido amigo el editor portugués de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo leído lo que yo he escrito sobre el sitio ardía en deseos de conocerlo y, la segunda, refrescar mi propia memoria, empaparme una vez más del hablado y los hábitos de las gentes, además de la textura, los aromas y colores del paisaje que les rodea antes de hundirme de lleno en el texto que tengo planeado y que se encuadra de nuevo en el pueblo de Guayacán, una mágica aldea imaginaria construída con el lápiz y papel de la imaginación en lo más alto de la pendiente del volcán con el único objeto de convertirla en el espacio escénico de aquella novela.<br />
Comparto ahora con los lectores de Los Convidados algunas fotos de la jornada, tomadas por mi hermano Óscar, cuya compañía fue uno más de los placeres del viaje, y añado como estampas literarias dos fragmentos del texto de la novela original en la que se describen no sólo los detalles de la flora y la fauna sino la magia en la que viven sumergidos los pobladores de la región.</p>
<p style="text-align: center;"><img id="fullSizedImage" class="media aligncenter" style="width: 480px; height: 166px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/PanormicaAs.jpg?t=1250094875" alt="PanormicaAs.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span id="more-1099"></span>SEGUN CUENTAN LOS CAMPESINOS del lugar, el sencillo caserío donde nació Joyita se llama Guayacán a causa de los árboles anaranjados que florecen por sus alrededores, a quienes algunos llaman también palo santo porque de su corteza se extrae cierta savia medicinal buena para curar el reumatismo y varias enfermedades de la piel. El pueblo está situado en lo más alto de la vertiente del a ratos inquieto, pero siempre inquietante, volcán que los lugareños denominan de Fuego para distinguirlo del vecino Volcán de Nieve cuya cima, la más elevada de esa parte de la sierra, endereza su sólida silueta apenas unos metros más arriba. Lo cierto es que desde la sosegada Guayacán no se divisa más que la cumbre del primero cuya mole, cercana e imponente, oculta a la vista de los moradores el picacho del Nevado. Es necesario alejarse unos kilómetros, bajar más allá de la Yerbabuena y de la hacienda de San Antonio, rumbo a Suchitlán y Comala, para ver emerger el otro pico a la zaga del Volcán de Fuego como un enorme gabán blanco que le cubriera las espaldas. Menos de una legua de distancia separa a uno de otro. Ambos se miran muy por encima de los cerros que les rodean, disparándose a lo alto como macizos fundamentos cuyas cúspides sustentaran la bóveda del cielo. Se les diría arrancando de la misma base, compartiendo una misma fragua interna, aunque uno muestre a diario el humo de la hoguera que crepita en sus entrañas y el otro parezca haberse helado para siempre. Alguna vez se les conoció con los nombres de las ciudades más populosas de sus alrededores. Al primero le nombraban de Colima y al segundo de Zapotlán. Ahora los dos han pasado a ser llamados &#8220;de Colima&#8221; a pesar de que todo el mundo está de acuerdo en que el Nevado se encuentra en su mayor parte dentro del territorio de Jalisco.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 155px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/As.jpg?t=1250095021" alt="As.jpg picture by antoniosarabia" />La cercanía del océano, aunada a la proximidad de las montañas, da cabida en apenas un palmo de terreno a la flora y a la fauna de los climas más diversos. Desde la sofocante canícula de las tierras bajas y la orilla del mar donde las enormes tortugas caguamas emergen de las olas por la noche a desovar a la luz de la luna en desoladas playas de arena blanquísima bajo cuyos mismos cocoteros se extienden costa adentro los pantanos y sus miasmas, desbordando de caimanes y de fiebres palúdicas, hasta el templado de los valles y las faldas de la sierra, o las bajas temperaturas en lo alto del Volcán de Nieve. Ahí, en esos fértiles parajes, medrando entre el calor y el frío extremos, se asientan densos bosques de altos pinos donde las ardillas sustituyen a las iguanas en los troncos de los árboles, y la caza de venados, jabalíes, conejos, pavos silvestres, chachalacas, chonchos y faisanes atrae la voracidad de implacables carniceros como el lobo, la zorra y el coyote, o de los aún más terribles gatos monteses como el leopardo, el jaguarundi y el candingo.<br />
No se alternan nada más en la pródiga comarca las palmeras y los cedros, también abundan caobas, encinos, mezquites, zapotes, tamarindos y primaveras, que guarnecen el paisaje de finales de enero con sus deslumbrantes flores amarillas precediendo en eso a las lilas de las rosamoradas y a las más violáceas de las jacarandas que se van sucediendo conforme avanza el año. A esa verbena de colores hay que añadir los menos vistosos de muchos árboles frutales como mangos, guayabos, papayos y aguacates que, junto con calabazas, jícamas, sandías, mameyes y uvas silvestres, se dan con abundancia en la región.<br />
Sólo la iglesia, al parecer semiderruida a pesar de encontrarse en perpetua construcción, y una que otra casa principal de Guayacán están hechas a base de ladrillo. Las demás fueron fabricadas con el barro de la cuesta puesto a secar al sol por los mismos campesinos y sus techos de teja roja se sostienen con vigas transversales independientes de los muros para evitar su desplome durante alguno de los frecuentes sismos que padece la comarca. La medida no es gratuita porque todavía los más viejos recuerdan la violenta erupción de principios de siglo, cuando el Volcán de Fuego pareció despertar de la larga modorra que le había adormilado durante tantísimos años. Comenzó a desperezarse, a desentumecerse, a agitar sus flancos con violentas sacudidas que levantaron grandes polvaredas a lo largo de la pendiente, antes de lanzar las primeras bocanadas de lava desbordándose ladera abajo para enterrar a su paso jirones de bosque, buena parte del campo y dos ranchos cercanos a la cima en los que perecieron decenas de cabezas de ganado. Por las noches el espectáculo era a un tiempo aterrador y magnífico. El cono resplandecía por momentos en mitad de lo oscuro, como una inmensa brasa que se avivara de pronto y, acto seguido, la marea de fuego se desbordaba luminosa por los costados hasta llegar a apagarse muchos metros más abajo. La humeante cabellera de hollín ardiente arrojó la escoria de su cauda hasta la ciudad de Guadalajara, muchos kilómetros al norte, donde los vecinos atemorizados por esa ceniza gris que amenazaba meterse en todos lados y por los estremecimientos de tierra que hasta allá llegaron a sentirse, pasaban la noche al descampado, durmiendo fuera de sus casas de puro miedo a que se les vinieran encima el techo y las paredes de sus endebles construcciones citadinas.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>LA PRIMERA VEZ que a Joyita le fue dado entrever que acaso no era como el resto de las niñas de su edad ocurrió a raíz de unas terribles calenturas que la inmovilizaron en cama muchos días constriñéndola incluso a orinar sangre y poniendo en peligro su vida.  Para entonces los senos empezaban a abultarle ya bajo la blusa rebelándose contra la talla de los estrechos vestidos infantiles. La fiebre se presentó sin previo aviso, manchándole de rojo las mejillas y originando escalofríos, como si todo el calor del Volcán de Fuego se le hubiese metido dentro. Le dolía todo el cuerpo y casi al mismo tiempo empezó a orinar sangre. El médico que vino de Comala a visitarla diagnosticó un grave caso de nefritis o de algún otro padecimiento con un nombre igual de raro y, para restringir la acción de los riñones, le prohibió beber cualquier tipo de líquido. Un trapo empapado en agua que se le pasara de cuando en cuando sobre los labios resecos debía ser suficiente para mitigar la sed de la enferma mientras se presentaba alguna mejoría. Entretanto le prescribió la consabida dosis de antibióticos y, prometiendo volver pronto, se dio prisa en despedirse para regresar a su casa antes de que cayera la noche.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 240px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/yerbabuena_volcano_night.jpg?t=1250095310" alt="yerbabuena_volcano_night.jpg picture by antoniosarabia" />Una de esas madrugadas, al despertar empapada en sudor, debatiéndose entre los desvaríos de la sed agravada por la fiebre, Joyita se encontró con un hombre elegantemente vestido que la observaba con fijeza desde el pie de la cama. No tenía idea clara de la hora pero esa inesperada presencia le produjo una inquietud indefinible. Intentó durante un rato convencerse, en medio del delirio, de que se trataba de otro médico a quien se habría llamado de urgencia para examinar su caso. Pronto tuvo que desechar la idea: el sorprendente visitante no daba trazas de querer dirigirle la palabra, mucho menos de interesarse en sus dolencias. Por otro lado, la criada a quien esa noche le tocaba vigilarla dormía profundamente en el sofá, actitud impensable de su parte si un doctor estuviese en casa a verla. Por si esto fuera poco, el hombre vestía de una manera desusada, con una irreprochable elegancia pasada de moda. El bigote atusado y la negra barba de chivo le hicieron recordar los atildados petimetres que había visto fotografiados en el álbum de la abuela. Sin saber por qué la invadió un temor supersticioso que ante el persistente silencio del recién llegado fue aumentando gradualmente hasta convertirse en pánico. Se subió primero la cobija a la altura de los ojos y se cubrió luego la cabeza para ya ni ver ni ser vista. Así pasó quién sabe cuánto tiempo, inmóvil, sin osar descubrirse para verificar si el chocante personaje continuaba aún ahí, hasta que la calentura y la fatiga pudieron más que la aprensión y, a pesar de su invencible desconfianza hacia el extraño visitante, se quedó profundamente dormida.<br />
A la mañana siguiente se dio prisa en preguntar a la familia quién había sido el atildado sujeto que estuvo a verla a tan altas horas de la noche y por qué nadie más había estado presente durante la visita. Al terminar el relato sus parientas se quedaron mirando unas a otras a los ojos sin disimular su extrañeza. Nadie había venido por la noche. &#8220;Soñaste&#8221;, aventuró la madre, a lo que Joyita replicó que no, que se encontraba bien despierta, que le había dado mucho miedo. La abuela interrumpió el conciliábulo con una explicación diferente: de niña oyó a menudo hablar de un aparecido con las mismísimas señas del que les describía Joyita. Le apodaban El Catrín y se dejaba ver nada más en los lugares donde había un tesoro enterrado. La anciana se dirigió entonces muy seria a su atemorizada nietecilla:<br />
-Sonsácale el escondrijo del oro -le encomendó con un susurro bajo-. Cuando se aparezca de nuevo no lo sueltes hasta saber a ciencia cierta dónde está enterrado el dinero.<br />
El Catrín ya no se presentó la noche siguiente impidiendo a la preocupada Joyita formularle la perentoria demanda de la abuela pero el receso dio tiempo a la familia para ir atando los cabos de sus propias conjeturas: la casa, se murmuraba, fue propiedad años atrás de un hacendado de notoria avaricia a quien se le encontró al morir bastante menos dinero del que se le suponía. En el pueblo se dedujo que lo habría soterrado en algún rincón del cerro, pero no faltó quien adujera que bien podía haberlo escondido dentro de la misma casa. La aparición del Catrín, con su reconocida aureola de indicador de riquezas ocultas, daba una cierta validez a esta última hipótesis. Tal vez la Divina Providencia, se dijeron todas, compadecida de los apuros de la familia y de los padecimientos de Joyita, se decidía a reembolsarles al fin lo mucho que habían invertido en su bienestar y con ello compensaba la desaparición de aquel padre bueno-para-nada que la había arrojado irresponsablemente al mundo para morirse casi al mismo tiempo abandonándola así a la incierta caridad de sus parientes. Dios, en su infinita bondad, estaba ahora a punto de restituirles tantas plegarias y desvelos. Alrededor de la niña enferma se organizó entonces una vasta red de exploración. Las tías abandonaron por un tiempo las labores cotidianas para unirse a las pesquisas. Mientras Joyita desvariaba de sed abandonada en su lecho de enferma, las demás mujeres de la casa se dedicaron a pegar la oreja a las paredes y arrastrarse por el piso dándoles ligeros golpeteos a ver si detectaban algún hueco donde pudiera ocultarse un tesoro. Una vecina de confianza, a quien se puso rápidamente al tanto del asunto pidiéndole absoluta discreción, se presentó con un péndulo. Su llegada causó enorme revuelo entre las buscadoras. Empezaron a seguirse unas a otras por todos los rincones de la finca en pos de la brillante peonza de metal que oscilaba caprichosa al extremo de un cordel. Cuando los movimientos perpendiculares se iban transformando en titubeantes giros que cobraban cada vez mayor impulso y amplitud la familia entera entraba en un estado de excitación muy cercano al frenesí. Entonces perforaban paredes, removían losetas o excavaban creyendo por fin haber hallado alguna cosa. La vivienda quedó llena de hoyancos pero nadie encontró nada. Años más tarde, cuando Joyita bien repuesta de aquella infantil enfermedad que la puso a las puertas de la muerte se había mudado a vivir con su madrina al jacal que ella tenía a unos pasos del puesto del mercado, unos albañiles que vinieron a hacer ciertas urgentes reparaciones en la casa se toparon, al decir de los vecinos, con una olla llena de oro empotrada dentro de uno de los muros que se habían de renovar. El rumor tomó visos de cierto porque, agregan las consejas, el patrón partió de improviso a Colima sin demandar un centavo por el trabajo hasta entonces realizado ni presentarse jamás a terminarlo. Poco tiempo después inició en aquella ciudad un lucrativo negocio de venta y reparación de bicicletas cuyo financiamiento nadie supo explicarse con certeza.</p>

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		<title>La Vocación Suspendida, ahora en América Latina</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Aug 2009 01:05:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El sábado 22 de agosto a las once de la mañana en el marco de la feria del libro de Bogotá, Sala José Eustacio Rivera, la editorial Travesías, en combinación con el Ministerio de Cultura de la república de Colombia, presentará el poemario La Vocación Suspendida de Lauren Mendinueta, ganador del Premio Internacional de Poesía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El sábado 22 de agosto a las once de la mañana en el marco de la feria del libro de Bogotá, Sala José Eustacio Rivera, la editorial Travesías, en combinación con el Ministerio de Cultura de la república de Colombia, presentará el poemario La Vocación Suspendida de Lauren Mendinueta, ganador del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos en 2007.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 360px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mendinueta_6404_M-5.jpg?t=1249261210" alt="Mendinueta_6404_M-5.jpg picture by antoniosarabia" />El poemario ya vio la luz en Europa, publicado en 2008 por la editorial sevillana Point de Lunettes, y fue el libro más vendido durante el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón ese mismo año. Ahora es una editorial colombiana, con el patrocinio del Ministerio de Cultura, la que se lanza a publicarlo en América Latina. Desde Los Convidados felicito a Lauren por esta nueva edición de su hermoso poemario y a los editores de Travesías cuya incipiente colección Palabra de Poeta cuenta ya con autores de la talla de Aurelio Arturo, Homero Aridjis y Giorgios Seferis. Para celebrar el acontecimiento ofrezco a los lectores de Los Convidados el prólogo del libro, redactado por William Ospina quien se encuentra hoy en Caracas, Venezuela, recibiendo el Rómulo Gallegos, y algunos poemas de La Vocación Suspendida. Que los disfruten.</p>
<p><span style="color: #ffffff;"><span id="more-1080"></span>.</span><br />
PRÓLOGO DE WILLIAM OSPINA</p>
<p>Verlaine aconsejaba una poesía de los matices y no del color (<em>Pas la couleur, rien que la nuance</em>), Borges hablaba del espíritu de una mujer hecho a discriminar, y ejercitado/ en la vacilación y en los matices, y Emily Dickinson comienza uno de sus poemas diciendo: <em>Dí toda la verdad, mas dila al sesgo / el logro está en decirla oblicuamente</em>.<br />
Pocas veces se encuentra uno con una poesía cuya primera intención es no cautivar, no deslumbrar, discurrir en matices y alusiones y no en verdades contundentes. Quien se detiene en este libro de Lauren Mendinueta, &#8220;La vocación suspendida&#8221;, y quien vuelve a sus versos, reconoce una voz que se destaca por su sosiego, que juega a ser un hilo de agua, una reflexión íntima, que no mira sino apenas se asoma, que no quiere ver las cosas de frente sino al sesgo, y que no las ve perderse en la distancia sino en el alma:</p>
<p><em>Me asomo a la tarde, miro las nubes de soslayo,<br />
desplazándose vistas y exaltadas sobre el pico de la montaña.<br />
Se deslizan hacia el olvido de la mirada&#8230;</em></p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 366px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/cartulalauren.jpg?t=1249260078" alt="cartulalauren.jpg picture by antoniosarabia" />Poemas hechos para que sintamos que está a punto de ocurrir una revelación, ésta no es una poesía que se vanaglorie de una existencia heroica o admirable. Quien teje las palabras prefiere compararse con la partícula de polvo que vuela por las habitaciones, con el insecto que reposa junto al estanque, y en vez de navegar por mares insólitos se muestra solamente como la mujer que pierde los barcos en la esfumatura de la niebla. Hay en su voz una voluntad de austeridad y casi de anonimato, un querer demorarse en lo apacible y en lo indiferenciado, una delicada renuncia a las vanidades de la identidad. Y es especialmente conmovedor, en esta edad de estampas y de apariencias, de reflectores y de pasión desesperada por los escenarios, oír a una joven diciendo:</p>
<p><em>Cuando me miro al espejo me sorprende lo común<br />
que parece mi rostro, y me digo:<br />
es bueno ser tan común, no te asustes</em>.</p>
<p>En &#8220;La vocación suspendida&#8221;, Lauren Mendinueta persiste en esa estética delicada y pensativa que ya estaba en otros poemas suyos:</p>
<p><em>El triunfo de lo invisible<br />
carece de espectáculo,<br />
mientras incluso en la derrota<br />
lo visible gana  notoriedad</em>.</p>
<p>La íntima convicción de estar obedeciendo a sus más arraigadas obsesiones:</p>
<p><em>Creo en los signos secretos,<br />
en las llamadas sin responder<br />
y en ciertos árboles abandonados<br />
en la orilla equivocada de los caminos.</em></p>
<p>Y es esa vocación de sutileza y de pensamiento la que le permite acuñar este aforismo, a la vez filosófico y musical:</p>
<p><em>El tiempo no se mide, se interpreta.</em></p>
<p>William Ospina</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<!--more--><br />
</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>EL DOMINIO</p>
<p>Me asomo a la tarde, miro las nubes de soslayo,<br />
desplazándose vistas y exaltadas sobre el pico de la montaña.<br />
Se deslizan hacia el olvido de la mirada,<br />
hacia el coro urdido por el silencio, o más allá.<br />
En esta cárcel, mi condena,<br />
la muerte está sentada al otro lado de la salida.<br />
No me abandonará por ahora,<br />
ella seguirá presa en mí, mientras afuera llueve<br />
y el recordado azul del cielo se vuelve agua en los cristales.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
LA ERRANCIA Y LA PROXIMIDAD</p>
<p>El vuelo de las gallinas no es muy distinto<br />
al vuelo de las horas;<br />
a pesar de los intentos fallidos<br />
nunca aceptan su limitada naturaleza.<br />
La hora es la medida indistinta del día humano,<br />
la gallina cobarde de la inmortalidad divina.<br />
Lo más lejano ocurre con la gracia de lo imposible,<br />
mientras el presente se deshace, fluye.<br />
El tiempo no se mide, se interpreta:<br />
así lo enseña la música.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
EL ESPEJO QUE HUYE</p>
<p>En la orilla de las aguas inmemoriales,<br />
junto al abandono de la contemplación,<br />
mi tristeza se desliza hasta tocar lo puro,<br />
lo inmaculado de esas aguas rebeldes<br />
donde el reflejo de mi rostro me observa.<br />
Estoy sola, contemplada por mí misma,<br />
juzgada y condenada a existir ahora,<br />
más triste que nunca en la certeza<br />
de que me he negado el perdón.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
LECTURA DOMINICAL</p>
<p>Leo en los periódicos la ironía profunda<br />
de lo que pretende hacerse pasar por real.<br />
Reemplazamos el mundo por las noticias sobre el mundo,<br />
en eso andamos.<br />
Nacen y se van olvidando los recuerdos,<br />
ignorados por el canto insoslayable de nuestra predilección.<br />
Es mejor ir por la vida de ignorantes<br />
que pretender saber qué ocurre,<br />
es decir, mejor errar en lo que aprueba el destino<br />
que representar el error,<br />
eso me digo ante lo que no veo.<br />
En mi cabeza, donde no está fuera el corazón,<br />
hago un repaso del tiempo<br />
para encontrarme ante las mismas preguntas:<br />
¿Ya ocurrió? ¿Ocurrirá? ¿No ocurrirá?<br />
La actualidad enmohecida no me dará  respuesta.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>P.S. Las fotos de Lauren Mendinueta, tanto la que presento al inicio del blog como la que adorna la portada de La Vocación Suspendida publicada por la editorial Travesías, fueron tomadas por el célebre fotógrafo argentino Daniel Mordzinski. También a él, gracias por su amistad y colaboración.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>

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</ul>

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		<title>El Sueño y la Vigilia de Luis González de Alba</title>
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		<pubDate>Sun, 26 Jul 2009 17:37:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía hispanoamericana]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace tiempo que no tengo noticias de Luis González de Alba (Charcas, México, 1944). Lo recordé ayer que revisaba mi librero y di con un breve poemario suyo, El Sueño y la Vigilia, que me envió el año pasado y que releí con gusto. No sé dónde estará pasando Luis este verano, ¿de vacaciones en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace tiempo que no tengo noticias de Luis González de Alba (Charcas, México, 1944). Lo recordé ayer que revisaba mi librero y di con un breve poemario suyo, <em>El Sueño y la Vigilia</em>, que me envió el año pasado y que releí con gusto.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 180px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/LuisGdeAlba1.jpg?t=1248628764" alt="LuisGdeAlba1.jpg picture by antoniosarabia" />No sé dónde estará pasando Luis este verano, ¿de vacaciones en su siempre añorada Grecia? ¿En su casa de Guadalajara, en México? Su última colaboración en Los Convidados se remonta a noviembre del 2007, cuando participó con unas traducciones suyas de Kavafis y Leivaditis. Hojeando su pequeño libro de poemas editado por Conaculta (no se rían, por favor, amigos portugueses, ese es el nombre con el que se conoce en México al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), me dieron ganas de transcribir algunos y dedicar a Luis un nuevo post en este blog. Que vaya con un saludo lejano y un gran abrazo al culto amigo y escritor extraordinario. Hasta pronto.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1065"></span></span><br />
ISLA DE COS</p>
<p>No es la araucaria para mí<br />
porque es señora de encimadas crinolinas<br />
y toquilla de encaje bruselense.</p>
<p>En mi jardín quiero un ciprés,<br />
alto y delgado amante de Apolo,<br />
muerto de pena por haber matado,<br />
sin intención,<br />
lo que más amaba.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
MI ÚLTIMA RETSINA</p>
<p>Son para siempre<br />
todos los adioses<br />
pues no baña el mismo río<br />
jamás el mismo cuerpo<br />
ni son los mismos ojos<br />
mirando hacia el Egeo<br />
aquellos deslumbrados<br />
bajo el calor de agosto<br />
que lo vieron venir<br />
hace dos años<br />
desde Monastiraki<br />
con ese paso lento,<br />
con ese balanceo<br />
de sus veinte años.</p>
<p>Son para siempre<br />
los adioses:<br />
queda el amor,<br />
el barco en el puerto,<br />
la vid que reverdece en parra<br />
sobre los nietos<br />
y en septiembre<br />
da sus largos racimos<br />
transparentes.</p>
<p>No hay para el reencuentro<br />
ningún lugar preciso,<br />
ninguna cita hecha<br />
como no sea ésta<br />
con nuestro viejo amor<br />
que ha puesto un plato más<br />
sobre la mesa<br />
bajo la luz de otoño,<br />
el nuevo otoño aéreo<br />
con el que se despide el año<br />
y que un día,<br />
cierto como que morirá el Egeo<br />
sin que nadie lo vea,<br />
un día tan cierto como la muerte,<br />
no volverá.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;"><span style="color: #000000;"><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 313px; height: 240px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Grecia5.jpg?t=1248629086" alt="Grecia5.jpg picture by antoniosarabia" /></span>.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>VISTA DE POROS</p>
<p>Grecia: mar amable<br />
que no conoces el océano,<br />
mar sin olas,<br />
aunque de ellas<br />
hablen tus canciones</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
LA ANTIGUA LEY</p>
<p>La gacela levanta su cuello y con ojos inyectados de sangre observa sus tripas devoradas por los leones.</p>
<p>Vuelve a recostarse y mira el turbio horizonte de acacias, la impasible planicie, sus hermanas pastando indiferentes pocos metros aparte.</p>
<p>Los leoncitos cachorros dejan sus maromas infantiles y corren al festín.</p>
<p>La gacela levanta una vez más su cuello y con ojos desorbitados observa sus tripas devoradas por los leones, revueltas en el suelo.</p>
<p>Vuelve a recostarse y mira el cada vez más turbio sol brillando en las acacias, la implacable planicie polvorienta.</p>
<p>Ah, sí, lo olvidaba: es que Tu amor es infinito, dicen.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span><br />
NUEVA ALTA TRAICIÓN</p>
<p>No amo la Literatura<br />
su L mayúscula<br />
me mueve a risa.<br />
No he leído a Joyce<br />
ni podido terminar Lezama alguno.</p>
<p>Pero, aunque no daría la vida,<br />
la arriesgaría por salvar de las olas<br />
un poema de Ritsos,<br />
dos o tres de Kavafis,<br />
los versos iniciales con que Piedra de Sol<br />
nos lanza al firmamento,<br />
el adiós de Cernuda<br />
y su esperanza de volver un día,<br />
unas vagas estrellas,<br />
Durrel,<br />
los ásperos criminales de Pessoa<br />
y tres o cuatro más<br />
que se me olvidan.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;"><span style="color: #000000;">A UN FAUNO ADOLESCENTE</span></span></p>
<p>Te había olvidado<br />
pequeño sátiro danzante,<br />
olvido imperdonable<br />
en camaradas de mismas correrías,<br />
en amigos nocturnos<br />
y cómplices de la arboleda,<br />
del matorral, el bosquecillo incitante.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Grecia6.jpg?t=1248645624" alt="Grecia6.jpg picture by antoniosarabia" />El verano montaba en los árboles<br />
con verde y azul de arce y cielo.<br />
El vapor del río mojaba las sábanas<br />
y noches.<br />
¡Qué calor hizo aquel verano!</p>
<p>En este invierno pálido<br />
el café de Cluny es ya una pizzería,<br />
y frente al Parlamento griego<br />
se esfumaron los cafés<br />
tragados por la tarde ruidosa<br />
y sin aquella pereza<br />
de los hombres mayores,<br />
komboloi en mano:<br />
ya nadie pierde tiempo en eso.</p>
<p>El invierno me trae de nuevo a ti<br />
con ramas secas, cielo gris<br />
y estanque helado,<br />
amigo de cola breve<br />
sobre las nalgas duras,<br />
amigo de la flauta<br />
que suena a cornamusa.</p>
<p>Tú conservas aquella nuestra edad<br />
intacta,<br />
sostenido en un pie<br />
sigue tu grácil salto,<br />
yo me derrumbo<br />
y cumplo mañana sesenta años.<br />
Terminarás también<br />
joven fauno danzante,<br />
pero tus años<br />
se cuentan en milenios.</p>

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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores, 2a. parte</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2009 11:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes. Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 319px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Osorio_6741.jpg?t=1248002148" alt="Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabia" />Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: <em>es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos</em>, nos dice en su carta. <em>En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres)  un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman &#8220;un vero e proprio esercito di  accaniti lettori&#8221;. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que &#8220;ganaron&#8221; porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante.  Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en  esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso</em>.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 206px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezione2.jpg?t=1248002737" alt="Lezione2.jpg picture by antoniosarabia" />Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.<br />
<span style="color: #ffffff;"><span id="more-1048"></span>.</span><br />
<span style="color: #ffffff;"> .</span><br />
DEL CAPÍTULO SIETE</p>
<p>Estuvo a punto de no traer su portátil, a Luis le gusta viajar liviano, y ahora, mientras la enciende  piensa que de algún modo intuía lo que está pasando en este momento: esas mariposas en el estómago, esa excitación ante la pantalla  esperando que él plasme sus imágenes, que él vaya sacando la historia que quiere contar en su película. Las yemas de los dedos y esa caricia enérgica a cada letra, las letras anudándose en palabras, las palabras en frases que van tejiendo una compleja tela de imágenes y sonido, movimientos e inmovilidades, miradas y silencios. Y ahora ese crucial momento que es definir dónde empezar la historia. ¿Por los mayores? ¿Por el personaje central, en los años veinte? ¿O por los contemporáneos, ellos mismos, Ana y él?<br />
Las piernas de una mujer joven bailando tango. Sí, la película empezará con Ana bailando en Le Latina. En otra escena, la mujer mira una foto antigua, la estudia, le produce sensaciones contradictorias. Es su bisabuelo, Hernán Lasalle, alguien de la familia que quedó en el país del no me acuerdo, como es para Ana.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO UNO</p>
<p>No hay secreto que sus piernas no puedan descifrar, con la mano sabia de Pascal en su cintura. Ahora le pide un voleo y Ana, aun con los ojos cerrados, tiene absoluta conciencia de esa pierna, fina y sensual, que desnuda el tajo de su vestido negro, de ese pie que gira en alto, apenas un instante, con elegancia, para volver a apoyarse sobre la madera. No mira tampoco el torso de Pascal, pero lo siente ahí, consistente, seguro, centrándola, dándole el equilibrio perfecto para asumir, apoyada en un solo pie, ese giro completo que él le ha marcado en este compás. Ah, qué placer.<br />
Qué buena sorpresa haber encontrado en Le Latina a su amigo Pascal, el compañero ideal para gozar a tope del tango. Por suerte decidió ir, y cortar esa zozobra absurda. Toda la tarde pendiente del teléfono, del correo electrónico, como si no existiera nada más interesante que esperar el llamado de su siempre ocupadísimo novio. El azar quiso que la mano de Ana cayera sobre un CD de Piazzola. Con los primeros acordes ya sintió esa cosquilla en los pies, en su cuerpo todo que le pedía tango. Una ducha rápida y el vestido negro. Se calzó las zapatillas y guardó los zapatos de baile en el bolso. Sólo bailar podía sacarla de ese estado.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DOS</p>
<p>Hernán avanza con elegancia y se detiene en medio de la pista, queda inmóvil unos segundos, concentrándose, la mano cálida y firme en la cintura de Joaquina, un anuncio de ataque, una provocación que su compañera acepta para arrancar ese complejo bordado de pies que susurra pasiones a las tablas. Goza el cuero manso del zapato, la madera agradecida bajo la suela, y el calor del cuerpo de Joaquina que le pide esos ochos para atrás y esos voleos para lucirse.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/P1010001.jpg?t=1248003041" alt="P1010001.jpg picture by antoniosarabia" />Se lo ha dicho esa noche, mientras cenaban, a su amigo Maco: Más importante que imitar a los compadritos es escuchar el cuerpo de la mujer que te acompaña, ella es quien excita la imaginación. Y si el cuerpo de Joaquina resplandece con esos ochos para atrás, la Ñata intima a esas quebradas que cortan el aliento.<br />
El trío de violín, flauta y guitarra acomete ahora El queco y Hernán pulsa a Joaquina. Un hombre alto, de piel cetrina, vestido de luto entero, empuja a Hernán y le arrebata la mujer de sus brazos.<br />
&#8211;¿Querés bailar con él, Joaquina? &#8211;pregunta Hernán con tono calmo.<br />
El cuchillo centellea, amenazante, y Joaquina baja la mirada por toda respuesta.<br />
Precedida por una furia de sedas, se acerca Concepción Amaya, Mamita, como la llaman sus clientes y pupilas, y exige que se vaya inmediatamente el Oriental de su casa, o llamará a la policía.<br />
&#8211;Y vos también, Joaquina, te vas. Y para siempre.<br />
Una lástima, una gran pérdida, pero no es Hernán quien va a decirle a Mamita cómo manejar su casa. Se lo advirtió a la Joaquina pero no le hizo caso, nunca más aceptará una mujer que sea controlada por ese chulo pendenciero, el Oriental. Disculpe, don Hernán, y no me ponga esa carucha, no, cómo se va a ir, con tanta mujer hermosa deseándolo, hoy invita la casa, mire esta belleza. Gracias, pero prefiere a la Ñata, no es bonita pero quién mejor para hamacarse en este tangazo de Campoamor que hace sonar ya el trío.<br />
&#8211;¿Bailamos, preciosa?<br />
Mr. O&#8217;Gorman, el inglés con quien Hernán debería negociar la venta de los bovinos en pie, lo esperaba en su despacho. Andá con cuidado, los ingleses son unos sabuesos, le había advertido su hermano César. La sonrisa chirla, la lengua pastosa. Debería haberse acostado temprano anoche, pero bailando con la Ñata difícil arrancarse de esos tablones de madera antes del alba.<br />
Hernán sacó el reloj del bolsillo del chaleco. La diez de la mañana, una hora obscena, se dijo mientras buscaba en su memoria remolona las cifras que le había dicho su padre. ¿Cien millones de pesos oro, doscientos, cincuenta? Lo único que tenía claro era que tanto los mínimos como los máximos que podía obtener en esa negociación eran cifras siderales, lo había pensado anoche cuando compró a Mamita las latas para entregar a las mujeres: había una enorme desproporción entre el precio de las vacas y el que pagaba por cada baile. ¿Cuántas veces podría girar en la pista con Joaquina y con la Ñata con una sola de las vacas que quería comprar el inglés? Una vida entera bailando, varias vidas porque las vacas eran cientos de miles, tampoco recordaba cuántas exactamente, pero lo disimularía ante O&#8217;Gorman, era una primera conversación. Sólo de pensar que tendría que tener otras, el agobio lo ganó.<br />
Se sacudió levemente para concentrarse, prefería negociar con el inglés antes que instalarse en los campos del litoral, que requerían adaptaciones. Salir de Buenos Aires, en un momento tan excitante, era el peor castigo que le podían infligir a Hernán. Bares, cafés y burdeles brotando como hongos, mujeres morenas, rubias, pelirrojas, pieles de durazno y de ébano, cuerpos frágiles, macizos, voluptuosos, suaves, toscos, tersos, deseables y deseantes llegaban todos los días al puerto de Buenos Aires para entreverarse con los criollos. Y esa danza apasionada abrazando sus diferencias.<br />
Ese abrazo soy yo, Tango, así de simple como lo sentías vos, Hernán, en aquellos tiempos. Pasaron años debatiendo sobre mis orígenes y mis causas, mi nombre y mi mestizaje, disertando sobre aspectos irrelevantes cuando lo único importante, lo que me funda, es ese abrazo. (&#8230;)</p>
<p>Cenaron en lo de Hansen, bajo el techo de glicinas y madreselvas olorosas.<br />
Maco, solemne y mentiroso, propuso un brindis por el inicio de los negocios de Hernán: que sean tan prósperos como los de tu hermano. Irían a festejarlo a lo de la Vasca, no era cuestión de que la vida responsable le arruinara su otra carrera, la de bailarín de fuste.<br />
El mundo canalla, mestizo y vivo de mis casas, tan lejano en sus códigos y pasiones al de sus hogares, los hechizaba. Tus amigos querían parecerse a los compadritos, pero vos sabías que no era cuestión de vestirse de negro, ni de ponerse un pañuelo al cuello, las miradas calientes que las mujeres dirigían a esos criollos de piernas ágiles y cuchillo pronto no se compraban. Sin cuchillo, sin peleas, sin más provocación que la de tu cuerpo bailando, vos habías logrado un lugar de admiración y respeto.<br />
&#8211;No nos vas a fallar esta noche, Hernán.<br />
No hizo caso de sus protestas, se fue antes de que llegaran sus otros amigos, que solían caer por lo de Hansen a eso de las doce.</p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 209px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Lezioneditango.jpg?t=1248003353" alt="Lezioneditango.jpg picture by antoniosarabia" />Los muros de la sala de música, tapizados en brocado, no las contienen: las risas escapan por el pasillo, agudas y susurrantes, y sorprenden a Hernán cuando se dirige a sus habitaciones. Se acerca sigilosamente y espía por la puerta entreabierta. Su hermana, Inés, gira y extiende la mano a una chica.</p>
<p>&#8211;Así, ¿ves? hacelo vos ahora.<br />
Un azote dulce ese pelo azabache hasta la cintura que esconde y descubre una piel toda imán. Pero si es&#8230; ¡Asunción! ¿Cuándo ha ganado ese cuerpo y estatura? &#8211;se asombra Hernán&#8211;. Y en un salto, ahí está, tomándole la mano para que dé la media vuelta en la mazurca: Girá ahora, muy bien.<br />
&#8211;Idiota, nos asustaste &#8211;protesta Inés. .<br />
¿Bailando a esas horas? ¿Han bebido tanto como él? En ese caso, están preparadas para una experiencia que jamás olvidarán: les enseñará una danza nueva.<br />
Probablemente Hernán ha bebido más de la cuenta, pero no es la única razón por la que se pone a silbar El queco y enlaza a Asunción &#8211;ojazos como moscardones, la sorpresa arrebatándole las mejillas&#8211; por la cintura. Es ella, su cuerpo ávido, quien lo impulsa.<br />
Puedo ver todos los detalles. La luz difusa de la lámpara, el piano, las columnas, figuritas Maissen, el sofá y los sillones, los grandes ventanales velados por cortinados, esas diosas descabezadas compitiendo con bustos, el inmenso tapiz que enrollabas para desnudar esa madera de roble, soberbia, en la que ibas a presentarme. Habrían de pasar muchos años antes de que me aceptaran en casas como aquélla, pero esa noche de 1897, con vos, Hernán, con tu silbido orgulloso, entré con toda naturalidad.<br />
Inés tararea la melodía y gira. Asunción, elástica y concentrada, responde al itinerario delicado que la mano de Hernán dibuja en su espalda. Estás preciosa, le susurra al oído. Y ella: que es el vestido de Inés, las lentejuelas y esas gasas vaporosas. No es el vestido, es un brillo distinto en su mirada, un aroma de mujer, y esa piel que presiente suave y tibia bajo la tela cuando las yemas de sus dedos presionan para indicarle que con ese roce, esa «marca» &#8211;explica&#8211; que el hombre hace sobre la espalda de la mujer, ella debe cruzar el pie para atrás, y girar hacia la izquierda y luego hacia la derecha, para que él la recupere haciéndola girar otra vez hacia él. Estás hecha para el tango. El brazo de Hernán, firme, sosteniéndola, aproximándola a él en ese movimiento que se detiene un instante infinito. (&#8230;)</p>
<p>Inés, detrás de Asunción, tratando de imitar el paso, exagerando, y Hernán silbando fuerte, las dos chicas cantando esa melodía que ya han hecho suya.<br />
Mirame Hernán, dice Inés, pero difícil desprenderse de la sugestión de ese cuerpo leve y tan consistente que adivina lo que él le propone, como si llevaran años bailando, como si fuera la Tero o la Ñata, pero es Asunción, por eso él no la hace deslizarse sobre su pierna para acercarse a ella y besarla como desearía, no, sólo la mira, brillante y dócil a sus marcas. Tan ensimismado está que no percibe que Inés ha abandonado sus movimientos caricaturescos, ha detenido abruptamente su tarareo. Es Asunción quien lo despierta, desprendiéndose con brusquedad de su abrazo porque ahí, frente a Inés, están sus padres, seguramente más sorprendidos que ellos mismos.<br />
&#8211;Pe&#8230; pero qué es esto&#8230; ¿Cómo se atreven? &#8211;dice su padre&#8211;. Cómo te atreves, Hernán, a traer esa música y a&#8230; &#8211;señala sin mirar hacia donde Asunción ha ido a refugiarse, junto a Inés&#8211; Esa música indecente.<br />
&#8211;No sabía que la conocía, padre.<br />
&#8211;Insolente &#8211;una furia frenada, la voz baja y los ojos achicándose, como si pudiera así apuntar con precisión a Hernán.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEl CAPÍTULO TRES</p>
<p>Siete meses desde que cruzó el río de la Plata, el Oriental no se podía quejar: dos pingos, pieza para él solo en el conventillo, buenas pilchas y alguno que otro lujo, el cuchillo de plata y Asunción, la chinita de San Nicolás. No se equivocó al rumbear para Buenos Aires cuando la policía se puso molesta en Montevideo. Al fin el cadáver le había hecho un favor. La mayoría de los inmigrantes desembarcaban en Buenos Aires. No sabía de dónde habían sacado la cifra, pero si no era exacta, por ahí andaba: seiscientos mil extranjeros, dos machos por hembra. Su producto era un bien escaso, el Oriental no podía sino triunfar.<br />
Sin embargo, los naipes con el Cortado y el incidente con Mamita-esa arpía&#8211;   le estaban embarrando el terreno. Escupió con bronca: en cualquier momento hacía los petates y se volvía a Montevideo, a esa altura otras muertes habrían tapado la que debía. Pero al Oriental no le gustaba dejar las cosas a medias, y no iba a marcharse de Buenos Aires con esa fruta a punto de caer. Se relamió de gusto. Esa tarde adornaría la pieza con algún cachivache para estrenar a la chinita. Era rudo, pero tenía esos detalles.<br />
Un incordio en ese momento las pretensiones de la Joaquina. Ni dormido se la llevaba a la pieza con él, como ella le pedía. Nunca le dijo que se había mudado solo al conventillo de Cochabamba. La dejó provisoriamente en lo de Talón, aunque ahí poco iba a sacar, la mitad que en lo de Mamita. Tenía que conseguir guita para que el Cortado aceptara darle la revancha. No menos de cincuenta pesos. Y la Joaquina que se le retobaba, esa mina lo tenía harto, debería buscar nueva mercadería. Si la pudiera convencer a Asunción, la chinita de San Nicolás, pero aún estaba verde, iba a tener que ajustar unas cuantas clavijas para que sonara como debía. Estaba seguro &#8211;si algo conocía el Oriental eran las mujeres&#8211; la arpía de de que Asunción sería una fiera en la cama. El solo evocar la imagen de cuando la apretó contra el árbol lo puso al palo. Hacía tiempo que no le tenía tantas ganas a una hembra. Ella diciéndole que no, que no, pero los pezones erguidos en la yema de sus dedos y esa lengua que aprendía rápido a enredarse con la suya, que lamía su cara, su cuello, su oreja con la misma urgencia que la boca del Oriental se abría paso hacia el pecho de Asunción. Fue la calentura, una calentura de aquéllas, la que la llevó a apartarlo, él ahí boqueando como un caballo, y ella con las mejillas encendidas: que están a unos metros del portón, que si la pescan ahí, la matan. Entonces si fuera en otro lado&#8230; ella misma se lo dio a entender.<br />
De todos modos, de poder llevársela a la cama a conseguir que trabajara para él había un buen trecho, y el Oriental necesitaba guita ya. No, la chinita era una inversión a futuro. Todavía debería amasarla mucho más. Que le gustaba mucho pero que aún no tenía un buen trabajo, sólo eso le decía por ahora. Asunción virgencita pero una brasa a punto de encender, le había soltado lo del casamiento la tarde que la invitó al circo y él le siguió el juego, ¿por qué no? Para cada mina un verso era su lema.<br />
En cuanto probara el dulce &#8211;y faltaba muy poco&#8211; sería como con las otras: haría todo lo que él quisiera para no privarse de ese placer que él sabía dar a las mujeres.<br />
Afuera ese tumulto de hechos inaprensibles, la confidencia de Inés, el novio de Asunción, la crueldad de su hermano, pero basta trasponer la puerta cancel de calados y arabescos de la vieja casona de María, la vasca, para instalarse en esa felicidad primaria, sin complicaciones. Allí, con ese ritmo canyengue y retozón que el tano Vicente sabe arrancarle al piano, y el pibe Ernesto al violín, está a salvo. Hernán paga dos horas de baile por adelantado. Con la Tero, el doble corte y el alfajor, la corrida garabito con Mireille, y con Manuela ese paseo con golpe y la asentada.<br />
Una idea renovadora te pedía tu padre, tuviste muchas esa noche en la pista de María, la Vasca, pero con las burbujas del champagne y mirando el alto techo del salón, decorado por un pintor italiano, se te ocurrió aquella otra, disparatada, como te diría César, espléndida, según Inés.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>DEL CAPÍTULO DIEZ</p>
<p>Eran casi las dos de la madrugada cuando Vicente entró al café Royal. La débil luz de las lámparas a kerosene y el humo de los cigarrillos oscurecía aún más esas caras toscas, monótonas en su diversidad. Sudores humanos mezclados con una rancia fritanga. Bebían, hablaban, reían, fumaban, chillaban, apiñados en torno a mesas tambaleantes. Qué asco le daban. ¿Cómo podían atraerle a Carlota esas gentes? Buscó su pelo negro, luminoso, ondeado, entre esa multitud de pelos de todos los colores, secos, abrillantados, grasientos, buscó su talle fino entre esos cuerpos vulgares, olorosos, vestidos con descuido.<br />
Tal vez por el contraste que ofrecían sus camisas impecables, el corte de sus trajes, sus habanos, detuvo su mirada en Martínez Vivot y esos otros dos hombres, sus amigos seguramente, riendo y hablando a los gritos, tan borrachos y tan patéticos como ese salvaje tocado por una gorra, y las mujeres multicolores que estaban con ellos. ¡Payasos! Luego, en el club, se quejan de los gringos, y aquí confraternizan en su zoológico, se indignó Vicente. Evitaría que lo vieran. Tarde. Gonzalo lo reconoció, se acercó y lo invitó a reunirse con ellos, tenían un buen champagne francés que les compraba el patrón del café para ellos, y unas hembras de lujo.<br />
Estaba de espaldas cuando Vicente pasó, pero la reconoció por su risa. Esa risa generosa, de pájaros sueltos, que tanta alegría le había contagiado en los días felices, lo azotó como un látigo. Tuvo que contenerse para no tomarla del brazo y arrancarla de ese café con toda la violencia que sentía. Desde la mesa de Gonzalo podía verla de frente, mírame, mírame, le ordenaba en silencio, la ira a punto de estallar.<br />
&#8211;¿Los conoces? &#8211;lo sorprendió Gonzalo, y antes de que inventara una excusa&#8211; es Bernstein, el alemán del fuelle.<br />
&#8211;Lo escuché en algún lugar &#8211;mintió.<br />
Es extraordinario, lástima que Vicente haya llegado tarde, y orgulloso: es amigo mío, te lo presento.<br />
&#8211;Bernstein, aquí, un admirador suyo, Vicente Ponce.<br />
Carlota estaba del otro lado de la mesa, no había justificación alguna pero Vicente se apresuró a estrechar todas esas burdas manos hasta ponerse frente a ella. Si fue miedo, duró sólo un momento, porque Carlota tenía una sonrisa desafiante cuando le extendió su mano para que él la besara.<br />
Apenas el leve roce de sus labios contra la piel de Carlota y volvieron como un ramalazo todos los besos, las caricias, su cuerpo desnudo reclamándolo, la dulce humedad de su sexo. Vicente tuvo que soportar todavía estrechar esa mano fuerte del hombre que estaba a su lado, ¿Bühl? No escuchó su nombre por el zumbido de las imágenes de Carlota extendida en el pasto, cuando cayó del caballo, escondiéndose entre las sábanas para que él la descubriera, su sonrisa de miel. Mudo e inmóvil, absurdo, permaneció allí, frente a ella, hasta que Gonzalo vino a buscarlo para llevarlo a su mesa. El hombre rubio lo miraba con animosidad cuando Vicente inventó una sonrisa y se despidió.<br />
Atado de pies y manos, ninguna posibilidad de hablar con Carlota, de arrancarla de allí sin escándalo. Aunque Gonzalo y sus amigos estaban tan borrachos que ni recordarían al día siguiente, se animó Vicente, pero qué excusa dar ante la gente de la otra mesa. Poco le importó lo que pensaran cuando vio al rubio pasar su brazo sobre los hombros de Carlota y besarla en la mejilla. No iba a tolerar esa provocación. En un instante estaba a su lado.<br />
&#8211;Te venís inmediatamente conmigo.<br />
&#8211;¿Quién es este tipo, Carlota?<br />
&#8211;Un amigo de la madre de esta niña &#8211;cortó, autoritario.<br />
Cuando el alemán se levantó, amenazante, Carlota le dijo: dejame hablar con él. Tomó a Vicente del brazo, con toda naturalidad, y se apartaron de la mesa.<br />
La discusión no duró ni cinco minutos: Carlota no pensaba ir con Vicente a ningún lado, antes sí, pero él no quiso ¿recordaba? Y ahora era ella la que no quería, ella la que tenía inconvenientes, y si insistía en molestarla, iba a pagarlo muy caro. La furia contenida: ¿cómo iba a amenazar ella, una chiquilina, a un hombre como él? Vicente no quería escuchar una palabra más. La tomó del brazo con fuerza y pretendió arrastrarla, pero no llegó a sentir demasiado la resistencia de Carlota porque la certera trompada del alemán lo dejó tirado en el suelo.<br />
El odio que Vicente sentía cuando se levantó lo convenció de que podía enfrentarse con el alemán y con cualquiera que estuviera en ese lugar infecto. Carlota trató de interponerse, pero él, o quizás el mismo alemán, la apartó. Y pronto fue otro puño, Vicente, como un muñeco tirado de un lado a otro, patadas, gritos de mujeres, otros hombres pegándose entre sí, Gonzalo y sus amigos, la cara ensangrentada del alemán buscándolo y Vicente descargando en ella toda su rabia, un dolor intenso en su pecho que lo quebró en dos, todo negro, azul, rojo, una voz recia imponiéndose: basta, basta, déjenlo.<br />
Cuando abrió los ojos, vio a ese hombre desconocido que le preguntaba amablemente si se podía incorporar. Lo ayudó a ponerse en pie: mejor se va a su casa, don. Vicente alcanzó a ver a ese grupo que se mantenía a una cierta distancia, alguien quiso avanzar y el hombre con el pelo negro rizado y acento italiano se lo impidió. Lo acompañó hasta la calle y caminó a su lado.<br />
&#8211;¿No quiere un médico, don? Puedo acompañarlo a la asistencia pública.<br />
El dolor era punzante. No, estaba bien, quería su coche. No estaba en condiciones de conducir, él mismo lo iba a acompañar a ver un doctor. No. A su casa, entonces.</p>

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		<title>El Giuseppe Acerbi, un premio con dos ganadores</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jul 2009 18:23:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedicó a los autores argentinos traducidos al italiano, había sido otorgado a la obra <em>Final de Novela en Patagonia</em> de nuestro querido amigo, el escritor chaqueño Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947).<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 212px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Mempo1.jpg?t=1247421583" alt="Mempo1.jpg picture by antoniosarabia" />El Giuseppe Acerbi tiene un significado especial porque no es un premio al que puedan presentarse los autores. Lo otorga el público. Cada año, en febrero, la ciudad de Mantua solicita a un equipo académico la selección de cuatro títulos de la literatura de un país y el galardón es fruto de una original iniciativa de lectura comunitaria.<br />
Mempo Giardinelli recibió la notificación oficial el 8 de julio, en la que se consignaba textualmente que su novela <em>Finale di Romanzo in Patagonia</em>, de la casa editora Guanda de Milán, &#8220;había suscitado un gran consenso tanto por el argumento como por el estilo narrativo&#8221;.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 360px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/13_elsa-osorio-1.jpg?t=1247431144" alt="13_elsa-osorio-1.jpg picture by antoniosarabia" />En Los Convidados nos apresuramos a preparar una entrada con la noticia y el tradicional fragmento de la novela ganadora cuando, apenas ayer, nos llegó una rectificación. Resulta que por error se envió el mismo comunicado tanto a Mempo Giardinelli como a Elsa Osorio, quien también era finalista con la novela <em>Cielo de Tango</em>, y durante un par de días nadie pudo entender qué pasaba. Finalmente llegó la aclaración de los organizadores: el Premio Acerbi de este año a la literatura argentina corresponde a la novela <em>Cielo de tango</em> (<em>Lezione di tango</em>), de Elsa Osorio, y el Premio Acerbi a la literatura de viajes 2009 corresponde a <em>Final de novela en Patagonia</em> (<em>Finale di romanzo in Patagonia</em>), de Mempo Giardinelli.<br />
Pues felicidades a los dos, viejos amigos y colaboradores de Los Convidados. Como ya teníamos listo el post con el texto de Mempo lo ponemos a él. La próxima semana estará Elsa con algunas páginas escogidas de <em>Cielo de Tango</em>. Hasta entonces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1030"></span></span><br />
11. TANGO POSMENEMISTA EN COMODORO</p>
<p>El camino hacia el Sur no es otra cosa que esa misma larga cinta de asfalto colocada como una dura alfombra sobre la piedra. Cada tanto el coche cae en un valle; cada tanto hay que remontar una sierra modesta. Pasa uno que otro camión, algún coche, pero durante largos minutos lo único que cruza el mundo somos nosotros y el pequeño coche rojo en el que viajamos. A los lados, tras las alambradas se ven muy pocas ovejas y algunos esporádicos grupos de ñandúes o de guanacos pastando. Estos últimos, especialmente, impresionan por su porte entre elegante y aburrido. Como todos los camélidos, tienen las patas muy delgadas y el cuello enhiesto. En la Patagonia se los ve siempre hermosos, magníficos a la distancia, con esa extraña apariencia distinguida que mezcla lo aristocrático y lo salvaje. Desconfiados y homofóbicos, huyen siempre, guiados por una impulsiva inteligencia primitiva.<br />
Durante horas recorremos el monótono, interminable camino recto que lleva al fin del continente. Pasamos velozmente por el costado de Trelew, vemos Rawson a lo lejos, no nos tentamos con la entrada a Gaiman ni a Sarmiento, ni a los Bosques Petrificados, que decidimos visitar al regreso. Ahora seguimos nuestro camino en línea recta, como se sigue un destino inexorable.<br />
Luego de varias horas de marcha, aburrida y plana, horas en las que no cruzamos ni un pueblo, de pronto empezamos a ver una serie de carteles a la vera del camino, como flacos escuderos del desierto que avisan que hay una población cercana y que es importante. Se anuncian hoteles, restaurantes, servicios. Comodoro Rivadavia se empieza a sentir en el aire desde varios kilómetros antes. No es la capital de la provincia, pero es la ciudad más grande e importante de Chubut, verdadera antesala de la estepa santacruceña.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia3.jpg?t=1247422125" alt="Patagonia3.jpg picture by antoniosarabia" />Es la ciudad donde vivió David Aracena (1914-1987), uno de los cuentistas más interesantes de la región. La misma del filme &#8220;Mundo Grúa&#8221;, de Pablo Trapero. Tiene unos 125.000 habitantes y ha sido por décadas la cabecera de YPF y el mayor centro petrolero nacional. También centro de corrupción e ineficiencia, hoy languidece industrialmente, como todo lo que la globalización se llevó.<br />
Esa noche hemos decidido regalarnos un tradicional cordero patagónico, y escogemos una parrilla de muy buen ver, en la zona portuaria. Nos sirven trozos asados, ensaladas y vino, y empezamos a sentirnos reconciliados con el viaje, el cansancio, el sueño que avanza porque mañana nos espera un tirón largo: intentaremos llegar hasta Río Gallegos en una sola etapa.<br />
A los postres, y como hemos estado dándole charla y alabado reiteradamente sus dotes de asador, el parrillero abandona las brasas donde toda la noche ha estado trozando y asando corderos y se acerca a nuestra mesa. Chupado de carnes, de cuerpo largo y flaco, canoso y arrugado, escucha nuestros últimos elogios a la delicia que preparó pero sin darles mucha importancia. Enjuto y disfónico, este hombre que aparenta muchos más años que los escasos cincuenta que declara, tiene muchas ganas de hablar. Típico joven de los ‘70, acaso ex montonero o militante de las juventudes peronistas, o quizá de pasado anarquista pero seguramente disconforme y rebelde, ahora se lo ve completamente manso y más bien triste. Fuma un Imparciales tras otro y tose cada tanto.<br />
-Ah, si yo les contara mi historia -amenaza después de saludar y pedir permiso para charlar, evidentemente saliéndose de la vaina por contarla.<br />
Un suave &#8220;adelante&#8221; lo embala. Pone primera y se lanza:<br />
-Yo vine hace ya varios años, y la verdad es que el motivo fue que me dejó mi mujer. Me la sopló un amigo, caray, uno de toda la vida. Increíble, ¿no? Y a ella no sé qué le pasó, aunque hoy la entiendo: yo no la tenía bien y la pobreza es canalla, amigo&#8230; Pero lo peor son los años que llevo sin ver a los pibes. Tres, y eso es lo que más me duele. Ni nos escribimos. Se pusieron del lado de la vieja, y uno, experto perdedor de altura, se la tuvo que bancar. Algun día van a entender. Espero, aunque no estoy tan seguro. Bueno, no estoy seguro de nada, ni de mi nombre, que en este caso es irrelevante. Puede llamarme Lito, si quiere, total&#8230;<br />
En la historia de Lito se cruzan la impreparación de una clase media que se imaginó eterna y satisfecha para siempre, los sueños desmesurados de una generación idealista, la decadencia de un país de indolentes y la crisis de un mundo que cambia valores por efectos. Lo miro hablar y me recuerda al Gordo Villanueva, un amigo de la infancia que en el Chaco siempre se mantuvo al margen de la política, tuvo un par de empresas de escasa fortuna, tocó la guitarra y cantó los mismos temas toda su vida, y ahora vende hamburguesas y es servicial y bueno como un pan pero tiene encima una tristeza tan grande que espanta.<br />
Lito termina su soliloquio -en realidad un tango patagónico- y acaba hablando de la península. Es que la gente en la Patagonia tiene una intensa necesidad de hablar. De sus vidas, de su ambiente, de lo que hacen. Tienen una insaciable, perentoria necesidad de ser escuchados. Y casi siempre se ven compelidos a justificar su presencia allí, como si cada uno debiera delinear el espacio que ocupa en la inmensidad:<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 215px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia4.jpg?t=1247422515" alt="Patagonia4.jpg picture by antoniosarabia" />-La Patagonia es una cárcel abierta -define Lito-: uno está en libertad pero no se puede mover. Yo me quisiera ir cuanto antes, pero, no sé por qué, me voy quedando. Digo que me voy, pero me quedo. Y me hago mucha mala sangre porque acá la gente no quiere laburar. Disculpe si suena reaccionario, pero es así. Duermen la siesta si es verano, porque hace calor; y duermen la siesta si es invierno, porque hace frío. Nadie trabaja en serio, y entonces yo me siento un idiota y no veo la hora de irme&#8230; A Mar del Plata, aunque dicen que ahora también allá está brava la cosa, ¿no?<br />
Se sienta, confianzudo. Ya no quedan clientes en el restaurante, uno de los tantos que se abrieron en los años de bonanza petrolera en Comodoro. Como casi todos, tiene un nombre que evoca ballenas, orcas, pingüinos o lobos marinos. Fuma otro pucho, melancólico, acepta el café con que lo invitamos y narra la historia de la mujer que lo tiene así. Un tango, ni más ni menos, aunque en plan fantástico.<br />
-Mina brava, Alma Delia -declara-. Ya era rara desde el nombre, como esos de las telenovelas venezolanas de ahora, ¿vio? Primero nos salió a todos con que se embarazó virgen. Así como lo oye. Era de una familia muy religiosa, típica de clase media baja, bien chupacirios. Y le creyeron a la chica, cómo no, si ella juraba y rejuraba que no había tenido relaciones con el novio, o sea yo. Entonces la abuela, como al pasar, dijo que habría sido el Espíritu Santo. Nadie supo si lo dijo en serio o en broma, la vieja, pero todos se engancharon con la fantasía. Incluso este servidor. Porque yo no la había tocado, digamos, en lo sexual. Uno que otro beso de zaguán, como se hacía antes, un franeleo de cocina y nada más. Yo era pibe y habré sido gil, también, pero el caso es que la quería. Y me casé con ella y viera cómo lo quise al pibe, fuera hijo del Espíritu Santo o de Magoya. Después vinieron dos más y yo creo que fuimos felices. Un tiempo, digo, o a lo mejor fue todo pura ilusión. Quién sabe. Hasta que vino la noche.<br />
Carraspea, chupa el cigarrillo hasta que la brasita arde como una culpa y concluye:<br />
-Y la noche, mi amigo, tiene nombres: el de Alma Delia en brazos de un traidor; y el del Turco hijo de su madre que prometió Revolución Productiva pero rifó el país y pudrió la moral.<br />
En ese momento entra un grupo de japoneses. Son como veinte y llegan como llegan ellos: llenos de cámaras y sonrisas. Un guía que los trae de quién sabe dónde ruega que se les prepare algo de comer. Lito se hace rogar unos segundos y luego declara que no hay más cordero por esa noche, salvo unos restos que, si les gusta, se los escabecha en segundos&#8230; Y enseguida se dirige a la cocina donde ordena minutas y ensaladas. Cuando regresa junto a nosotros, que nos aprestamos a salir, nos guiña un ojo, juguetón, y dice:<br />
-La Argentina es un país maravilloso, viejo. Ni gente como nosotros seremos capaces de echarlo a perder del todo. ¿No ve que acá siempre se inventa algo de comer?<br />
Salimos a la calle y andamos bajo el viento frío que viene de la bahía. Algunas luces se reflejan arriba, sobre Comodoro, que a esa hora es un interrogante negro. Pensando en Lito, o como se llame, me viene a la memoria una frase maravillosa de Elías Canetti en El suplicio de las moscas: &#8220;Aunque esta vida fuese aún más humillante, tampoco renunciaría a ella&#8221;.<br />
Fernando me pregunta cuál creo yo que podría ser la más fuerte representación poética de la noche. Coincidimos en escoger la metáfora de Borges: &#8220;la unánime noche&#8221;. Con un solo adjetivo la define inmensa, eterna y absoluta.<br />
Sé que esa noche soñaré algo que ya soñé otras veces.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>16- 45 AÑOS NO ES NADA</p>
<p>Seguimos viaje y el paisaje vuelve a ser, como siempre, solamente piedra, viento, nada. Lo que empieza a impresionar, por estos rumbos, es el tamaño de la monotonía. Muchos cientos, casi dos mil kilómetros lineales y todo es igual: árido, ondulado, inmensurable.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 240px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Patagonia2.jpg?t=1247422737" alt="Patagonia2.jpg picture by antoniosarabia" />El paisaje se corresponde con este viento inclemente que de pronto sacude al cochecito, que en un segundo lo contraría todo, que dificulta el crecimiento de los árboles y de la vegetación y que incluso seca en el acto la lluvia que cae, cuando cae. Porque la lluvia patagónica es como un capricho, un raro empeño atlántico o andino, según de dónde venga, que inexorablemente terminará sometido por el viento. No se ve a nadie, ni un gaucho, ni un rebañito de ovejas, ni un casco de estancia. Todo en el paisaje es esa brutal inmensidad gris, y todo es piedra, viento, nada.<br />
Después de varias horas paramos en Puerto San Julián. Es un pueblo simpático, más armonioso que Caleta Olivia y un poco más limpio. Desandamos toda la larga avenida principal y llegamos a la ría, que es preciosa, para almorzar mirando las gaviotas. Hay allí un par de viejos barcos sobre la costa, colocados a modo de monumentos históricos, de cuando este pueblo tenía una industria pesquera en desarrollo. Aquí hubo una planta frigorífica de la empresa Swift, que fue instalada en 1909 para enviar carne ovina en latas a Inglaterra y Europa. Llegó a faenar unos 240.000 animales por año y fue clausurada en 1963, o sea -podría pensarse- en los amaneceres de la globalización. Estos barquitos están pintados uno de amarillo y el otro de azul, ambos colores muy estridentes, como si el pintor hubiese sido un hincha fanático de Boca Juniors. O un nacionalista sueco. Frente al Club de Pescadores y donde empieza la costanera, el sitio sería muy agradable si no fuera que lo echa a perder, como a todo en la Patagonia, el viento. Es un condenado viento que no deja nada quieto, tiene la tenacidad de los necios y para colmo es antárticamente frío. Nos lo bancamos porque es el mediodía y hemos decidido obsequiarnos un picnic disfrutando del paisaje de gaviotas y de patos que vuelan en gordas bandadas sobre la ría.<br />
De pronto se nos acerca un hombre mayor, elegantemente vestido, con una formidable cámara fotográfica. A mí se me hace vagamente conocido, como si en otros tiempos, en algún lugar o en otra vida, lo hubiese visto. Nos pregunta si no ha venido el lanchero. No, no tenemos ni la menor idea. El hombre menea la cabeza, de cabellos blancos tupidos, y dice que lo va a esperar igual. Nos mira comer y lo invitamos con un poco de pan y paté. Él niega con la cabeza y agradece, de lo más formal, pero no se va. &#8220;Zás, me digo interiormente, otro que no puede contener sus ganas de hablar&#8221;. Así que le tiro de la lengua apenas un poquito, casi profesionalmente, y el hombre se derrama:<br />
-Hace 45 años que me fui de este pueblo -dice- y nunca más volví. Hasta ahora. Y estoy tan impresionado que no lo puedo creer. Llegué hace dos días y no hago otra cosa que caminar. Ahora quería dar un paseo por la ría pero el lanchero no aparece. ¿Seguro que ustedes no lo vieron?<br />
Le juramos que no. El hombre recorre la costanera con la vista. Parece desolado, pero ya no puede parar:<br />
-Mi vieja era de Salta y mi viejo de Buenos Aires. Éramos muy pobres y yo apenas hice la primaria, y encima incompleta. Y después un día me subí a un barco y me fui a ver cómo era el mundo, y no me importaba nada de nada porque sentía que detrás de mí no quedaba nada&#8230;<br />
Sólo entonces advierto que habla un castellano medio duro, como desgastado. Y aunque su rostro se me hace conocido, no consigo ubicarlo en mi memoria. El hombre me pregunta si acaso yo lo recuerdo. Entonces exprimo quién sabe qué neurona y creo descubrirlo.<br />
-Usted -le digo lentamente, tanteando para no ofender- es uno de aquellos marineros argentinos que se quedaron varados en Hamburgo hace un montón de años, ¿verdad?<br />
-Me recuerda -afirma con la cabeza, contento como un chico, y se le iluminan los ojos.<br />
En efecto, hace unos diez años, durante una conversación circunstancial después de una conferencia en la Academia de las Artes, de Hamburgo, se me acercaron cuatro compatriotas de hablar alemanado y me contaron una extraña historia. Marineros rasos de un carguero argentino, al enterarse de un golpe de estado en Buenos Aires decidieron quedarse un tiempo en Alemania. Aquella vez, atropelladamente, entre los cuatro me contaron una historia tan triste y tan argentina como corriente: uno de ellos sabía cantar tangos, otro tocaba la guitarra y un tercero el bandoneón, de modo que ahí nomás armaron una especie de murguita viajera y el cuarto hacía de representante. Nunca salieron de Alemania porque no tenían documentos, que quedaron en el barco, y terminaron siendo trabajadores ilegales por décadas, una verdadera familia. Fueron envejeciendo juntos y cuando yo los vi estaban pensando en volver, por eso habían empezado a acercarse a las actividades de los argentinos que pasaban por Hamburgo. Yo sabía que más o menos como la de ellos habría sido la suerte de tantos argentinos varados en Europa por diferentes circunstancias. Nadie sabe lo que le depara la vida, pero nosotros, los argentinos, ya sabemos que ese enigma suele ser uno de los disfraces que utiliza la desdicha para hacerse soportable. Y la historia de estos hombres era una de tantas. Aunque lo que más me había impresionado, aquella vez, fue una frase de esas que miden el tiempo de modo tan sencillo como impactante:<br />
-En más de treinta años nunca volvimos. Ninguno de nosotros.<br />
Ahora, gaseosa en mano, mi curiosidad resulta vencida por el temor de preguntarle por los otros tres. Pero él se adelanta a mi interrogante.<br />
-Soy el único que queda -dice, como sin emociones-. Por eso me dije que ya era hora. Hace 45 años que me fui y no me quería morir sin volver.<br />
-¿Y ahora qué hace?<br />
-Pude arreglar mis papeles y estoy jubilado. Y un poco solo.<br />
Busca con la mirada al lanchero, que evidentemente no viene. No hay nadie más que nosotros en el gélido mediodía de Puerto San Julián y a mí se me hace que si nos vamos ese hombre terminará destruido, se va a desintegrar como un castillo de arena. Alguien debería hacer algo por él. Pero lo único que hacemos es silencio, mientras el tipo fotografía unos patos que pasan bajito como por no quedarse quieto y yo no me atrevo a meterme en su intimidad. Ha de ser un infierno de tristeza y no me autorizo la canallada de urgar allí. El hombre se da cuenta, acaso lo agradece, y entonces se desvía:<br />
-Cómo ha cambiado San Julián&#8230; Usted no se imagina lo que era esto cuando yo era chico. Ahora por lo menos hay pavimento y esta costanera no está nada mal. Se ha modernizado.<br />
-¿Tiene parientes aquí, todavía?<br />
El hombre, distraidamente, toma una foto de la costanera con un teleobjetivo que parece un cañón.<br />
-No, ni parientes ni amigos. Ahora no conozco a nadie. 45 años es demasiado tiempo&#8230; Lo único que tengo aquí son recuerdos. Pero todos lindos. Y eso es un verdadero tesoro, ¿no cree?<br />
Por supuesto, acordamos, por supuesto. Entonces él saluda y se va caminando por la costanera. A los pocos metros se da vuelta y me grita, sonriente:<br />
-Si quiere, un día de estos le cuento alguno, ¿eh?<br />
El viento parece haberse calmado un poco y yo sé que esa noche voy a soñar un sueño que ya otras veces he soñado. Solo y en calzoncillos, pero con mi billetera y un escapulario en la mano, camino agitado por el barrio porteño de Pompeya. No sé adónde voy ni quién me persigue, pero debo huir. Arrojo la billetera a un tacho de basura, tiro el escapulario en un zaguán entreabierto y corro. No hay autobuses, no paran los taxis, empiezo a desesperarme y entonces me despierto.</p>

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		<title>Enric López Tuzet, el librero poeta.</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Jul 2009 17:30:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Pasé toda la semana pasada con mi hijo, Bruno, en Sitges. Él fue a seguir ahí un breve curso de cine y yo a acompañarlo unos días antes de la larga separación del verano. Esta pequeña localidad de la costa catalana, con sus doradas playas atestadas de bañistas, sus pintorescas callejuelas, sus elegantes vías peatonales, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 213px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Sitges2.jpg?t=1246813489" alt="Sitges2.jpg picture by antoniosarabia" />Pasé toda la semana pasada con mi hijo, Bruno, en Sitges. Él fue a seguir ahí un breve curso de cine y yo a acompañarlo unos días antes de la larga separación del verano. Esta pequeña localidad de la costa catalana, con sus doradas playas atestadas de bañistas, sus pintorescas callejuelas, sus elegantes vías peatonales, sus pequeños restaurantes y cafés frente al mar, forma parte de la elite de sitios turísticos que bordean el mediterráneo y tiene mucho en común con sus pares en Italia o en Grecia.<br />
Mientras Bruno asistía a sus cursos por la mañana yo me quedaba escribiendo en el hotel o, cuando me apetecía estirar un rato las piernas, me dedicaba a explorar los alrededores en busca de un sitio agradable donde podríamos después almorzar. Durante una de esas largas caminatas descubrí una limpia y bien aprovisionada librería atendida por un joven empleado, calculé que no llegaba a los treinta, que sabía bien de qué trataba el oficio. No tenía en su catálogo lo que yo andaba buscando pero me ofreció lecturas alternativas y me recomendó varias novedades interesantes que había leído él mismo. Fue una grata sorpresa. La mayor parte de las librerías son hoy atendidas por un personal que, como decía Mendel, el entrañable bibliófilo del cuento de Zweig, deberían acarrear piedras en lugar de andar metidos en libros.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 320px; height: 239px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Sitges-1.jpg?t=1246813762" alt="Sitges-1.jpg picture by antoniosarabia" />A poco rato de conversar con el culto librero descubrí que se llamaba Enric López Tuset (Tarragona, 1983) que él mismo escribe poesía y que ha colaborado con ella en algunos números de la revista <em>Salina</em>. Actualmente, prepara un volumen de sus poemas en catalán.<br />
Como una de las finalidades de Los Convidados es el dar a conocer nuevos autores mezclándolos con los de nombre ya consagrado, ofrecemos aquí a los lectores algunos poemas de Enric, traducidos por él mismo al castellano. Ojalá les sorprendan a ustedes como me sorprendieron a mí cuando me los dio a leer aquella mañana en la librería de Sitges.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.<span id="more-1009"></span><br />
</span></p>
<p>EN LAS AFUERAS DEL ALMA</p>
<p>Desde aquí el principio, donde la boca muere antes que el llanto,<br />
pero no es mi sitio, lo sé, es mi deuda:<br />
es sólo un estigma del tiempo que empieza a sonar,<br />
una estancia donde el verbo es una verdad imaginada -otro tiempo-.<br />
Otro tiempo en el cristal, en la angustia, en las garras de la ceniza:<br />
y cada día muero un poco más en las afueras del alma.</p>
<p>La paloma temblaba allí condenada por la definición misma del vacío:<br />
inmensidad, gloria, mensaje, tu casa, la puerta, la sonrisa, amar.<br />
Sobre el césped mi noche: ¿estuviste sola?<br />
Estuviste sola y todo te pareció tan natural,<br />
te pareció que resbalaba la niebla en mi figura diluida<br />
con su nombre, con su lenguaje, con sus espacios, con su belleza -contra el hueso-,<br />
y tú dijiste que todo estaba vacío, que le faltaba espacio, belleza&#8230;<br />
Su lenguaje no lo entendías.<br />
Así volví a conocer la inconstancia de estas viejas costumbre.</p>
<p>A veces me sorprendía en la mesa<br />
calibrando un dibujo, mi víctima,<br />
nuestra víctima ahora mismo sin vida, recogiendo cenizas a mi lado.<br />
En las afueras del alma, la tristeza se olvida con sinceridad.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>ARMONÍA</p>
<p>Todos heredamos algo de armonía,<br />
algo virgen que aún no hemos visto,<br />
algo de ese amor que preocupa al niño.<br />
Desde aquí, inmediatamente, la certeza se comprueba,<br />
la alegría se tuerce, y la soledad se respira portadora del cuerpo.</p>
<p>Todos tenemos alcance<br />
para saber de la cronología del guijarro,<br />
para encontrar convicción bajo un castaño inundado de frutos.<br />
Lo hermoso bajo el continuo cielo,<br />
la sangre en el prodigio:<br />
en la mujer que me acerca sus brazos.<br />
En tus brazos empiezo,<br />
en ellos heredo quietud más que nunca,<br />
en ellos constato inocentes espacios y muero.<br />
Muero porque no nos queda nada más que amar,<br />
eres mi milagro en vilo, ternura tan sólo,<br />
así de exacta eres.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">..</span></p>
<p><img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 221px; height: 320px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/Enric1.jpg?t=1246814553" alt="Enric1.jpg picture by antoniosarabia" /></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>EPIFANÍA DE LA HERIDA</p>
<p>Eres dulce como antaño,<br />
con los ojos entrenados por el amanecer.<br />
Lado a lado el mar se repliega en tu voz,<br />
cruje de vida.<br />
¡Cómo me gustaría verte de nuevo asumida por la luz!<br />
remoto milagro, larga palabra de la tarde.</p>
<p>Tus manos pronuncian mi cintura<br />
por clara, por profunda.<br />
Tan dorada es nuestra ropa tendida en la cama.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>PRIMAVERA</p>
<p>Estás ahí, eres la espera de un nocturno,<br />
y algo ha bebido de la silueta de un sueño.</p>
<p>Tal vez no quieras que esta noche canten los grillos<br />
ni que las estrellas la hagan perfecta, sólo el azul,<br />
el celeste de unas sábanas y algo de vino para cuando el gallo despierte<br />
y susurre que aún la luz no es tuya.</p>
<p>Y no te sabes orientar, el balcón es enorme,<br />
lo que admiras es enorme, hay poco vacío entre las entrañas.</p>
<p>Y al atardecer, mientras las rosas agolpan fuerzas,<br />
deseas que me despierte.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>PRÓLOGO</p>
<p>Vamos a suplicar ahora que estoy más cerca del presente,<br />
no nos han vencido, y la nieve nos hace ver que muerde.</p>
<p>Me recosté hace un rato. Recostarme para buscar<br />
tu atención en la necesidad del humo<br />
y tu imagen en la de un calidoscopio.<br />
Siempre me sorprende el verte ahí.</p>
<p>Vamos a suplicar ahora, en los dominios de la sensatez,<br />
que llueva un poco, y que algo haga callar a los árboles.</p>
<p>Me recosté hace un rato. Recostarme para necesitar<br />
de la ventana, de que me mojen las gotas la camisa,<br />
y oler de ti en la humedad de la tarde.<br />
Siempre gasto todos los olores antes de cenar.</p>
<p>Vamos a suplicar, ahora, a Dios<br />
que beba un poco del océano y que me enseñe a andar.</p>
<p>Me levanté hace un rato<br />
y mis piernas aún sentían tu carne en el trigal,<br />
mis manos estaban aún húmedas de tierra&#8230; Mi cuerpo,<br />
el cuerpo entero era un rastro de mañana,<br />
sólo el silencio, sólo el dolor celeste de volverte a ver.<br />
Espero la ceguera.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>POEMA</p>
<p>Mientras mi mano recoge ciénagas del otro lado<br />
mis ojos planean irse.<br />
Se irán cuando el loto alcance la nube,<br />
cuando esos valles de adobe vistan algo más que tiempo y agoten los susurros.<br />
Se irán hacia la sombra de un sauce que proteja el padecer la tierra.</p>
<p>Mis ojos partirán y partirá, con ellos, el agua hacia el filo de una arista,<br />
ambos buscando los aullidos que han caído entre la roca.<br />
Ahora, aquí, lejos de la memoria estoy más cerca del loto.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>CUANDO EMPECÉ A CAER</p>
<p>Cuando empecé a caer<br />
nuevos sacramentos se inventaron para mí.<br />
Entonces, amé el tuétano que soporta al viento:<br />
me enseño a partir desde los ojos hacia sentidos presentes.</p>
<p>Caí y no supe de alabanzas ni de incertidumbre,<br />
aún menos de las concesiones del infierno en un silencio caduco.<br />
Sólo mantener el orden del fuego, del animal que nunca existió,<br />
mantener tanta lluvia bajo mi pecho extinto,<br />
y no supe acercar mi cuerpo hacia tanta espera.</p>
<p>Vivir en la caída, por útil que parezca,<br />
no me dejó perpetuarme, condenado, en la suavidad.<br />
Sólo avanzar el océano a la indiferencia.<br />
Acercar mi mano al hueso, al valle,<br />
al sueño colmado de ausencia y lluvia:<br />
fue acercar este alud de fuego<br />
a la misericordia y al miedo.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>ÁNIMA</p>
<p>Del mismo modo, a media noche, brota el mar soñoliento<br />
como te evoco a ti, como en ti desato ahora mi torpe alma.<br />
Después me parecerá que todo se ha vendido, que todo yace delicado<br />
en un banquete de cercanías incluso cuando no te vi llegar.</p>
<p>Si quiere, lo trágico puede arrancar de las estrellas su sombra,<br />
su desarraigo inmortal hacia la profundidad,<br />
donde las estancias velarán en silencio esperanzas prolongadas.<br />
Si pudiera permitírmelo remontaría al frío,<br />
a las mil llagas de la rosa caída<br />
y no sentiría la agitación de las horas, el arduo vacío de la posibilidad.<br />
Sería formidable poder vivir del amor, llegar a casa,<br />
contestar a cierta pregunta sin oler el humor de la tensión:<br />
puro amor, puro abismo que llora la verdad.<br />
El término sabe la verdad, el camino sabe la verdad, ¿qué verdad?<br />
¿Cuánto bosque ha de morir para que nada termine?</p>
<p>Buscamos la claridad cuando la pasión se apaga encadenada,<br />
cuando entregamos en un cesto el nombre del cordero muerto.<br />
Justamente es aquí donde dieron fruto las voces, la rudeza del peso,<br />
el conjunto del secreto.</p>
<p>Son horas de beber lo intangible<br />
y sólo me aventuro a un tilo cruzado por un halcón ausente,<br />
a las notas que durmieron sin dar respuesta.<br />
Es poco exhaustivo para el vértigo, para el pánico,<br />
pero le sirve al amor propio,<br />
le sirve al deslumbramiento para arremeter contra nada.</p>
<p>El milagro una sola vez, la existencia una sola vez;<br />
los dedos mueren en solitario.</p>

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		<title>El Ajedrez en Las Mil y Una Noches</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Jun 2009 17:09:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Antonio Sarabia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[NOCHE 655 Schehrezada dijo: &#8220;&#8230; Cuando hubo franqueado el último arco, llegó al final de la avenida; y ante él, al pie de los peldaños de mármol lavado que conducían a la morada, vió a una joven que debía tener más de catorce años de edad, pero que indudablemente no había cumplido los quince años. Y estaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>NOCHE 655</em></p>
<p>Schehrezada dijo:<br />
&#8220;&#8230; Cuando hubo franqueado el último arco, llegó al final de la avenida; y ante él, al pie de los peldaños de mármol lavado que conducían a la morada, vió a una joven que debía tener más de catorce años de edad, pero que indudablemente no había cumplido los quince años. Y estaba tendida en una alfombra de terciopelo y apoyada en cojines. Y la rodeaban y estaban a sus órdenes otras cuatro jóvenes. Y era hermosa y blanca como la luna, con cejas puras y tan delicadas cual un arco formado con almizcle precioso, con ojos grandes y negros cargados de exterminios y asesinatos, con una boca de coral tan pequeña como una nuez moscada y con un mentón que decía perfectamente: &#8220;¡Heme aquí!&#8221; Y sin disputa habría abrasado de amor con tantos encantos a los corazones más fríos y más endurecidos.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 306px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/chess2MyUN.jpg?t=1245520745" alt="chess2MyUN.jpg picture by antoniosarabia" />Así es que el hermoso Anís se adelantó hacia la bella joven, se inclinó hasta el suelo, se llevó la mano al corazón, a los labios y a la frente, y dijo: &#8220;La zalema contigo, ¡oh soberana de las puras!&#8221; Pero ella le contestó: &#8220;¿Cómo te atreviste ¡oh joven impertinente! a entrar en paraje prohibido y que no te pertenece?&#8221; El contestó: &#8220;¡Oh mi señora! ¡la culpa no es mía, sino tuya y de este jardín! ¡Por la puerta entreabierta he visto este jardín con sus parterres de flores, sus jazmines, sus mirtos y sus violetas, y he visto que todo el jardín con sus parterres y sus flores se inclinaba ante la luna de belleza que se sentaba aquí mismo donde te hallas tú! ¡Y mi alma no pudo resistir al deseo que la impulsaba a venir a inclinarse y rendir homenaje con las flores y los pájaros!&#8221;<br />
La joven se echó a reír, y le dijo: &#8220;¿Cómo te llamas?&#8221; Dijo él: &#8220;Tu esclavo Anís, ¡oh mi señora!&#8221; Dijo ella: &#8220;¡Me gustas infinitamente, ya Anís! ¡Ven a sentarte a mi lado!&#8221;<br />
<span id="more-925"></span>Le hizo, pues, sentarse al lado suyo, y le dijo: &#8220;¡Ya Anís! ¡tengo ganas de distraerme un poco! ¡Sabes jugar al ajedrez?&#8221; Dijo él: &#8220;¡Sí, por cierto!&#8221; Y ella hizo señas a una de las jóvenes, quien al punto les llevó un tablero de ébano y marfil con cantoneras de oro, y los peones del ajedrez eran rojos y blancos y estaban tallados en rubíes los peones rojos y tallados en cristal de roca los peones blancos. Y le preguntó ella: &#8220;¿Quieres los rojos o los blancos?&#8221; El contestó: &#8220;¡Por Alah, ¡oh mi señora! que he de coger los blancos, porque los rojos tienen el color de las gacelas, y por esa semejanza y por muchas otras más, se amoldan a ti perfectamente!&#8221; Ella dijo: &#8220;¡Puede ser!&#8221; Y se puso a arreglar los peones.<br />
Y empezó el juego.<br />
Pero Anís, que prestaba más atención a los encantos de su contrincante que a los peones del ajedrez, se sentía arrebatado hasta el éxtasis por la belleza de las manos de ella, que parecíanle semejantes a la pasta de almendra, y por la elegancia y la finura de sus dedos, comparables al alcanfor blanco. Y acabó por exclamar: &#8220;¿Cómo voy a poder ¡oh mi señora! jugar sin peligro contra unos dedos así?&#8221; Pero le contestó ella embebida en su juego: &#8220;¡Jaque al rey! ¡Jaque al rey, ya Anís! ¡Has perdido!&#8221;<br />
Luego, como viera que Anís no prestaba atención al juego, le dijo: &#8220;¡Para que estés más atento al juego, Anís, vamos a jugar en cada partida una apuesta de cien dinares!&#8221;<br />
El contestó: &#8220;¡Bueno!&#8221; Y arregló los peones. Y por su parte, la joven, que tenía por nombre Zein Al-Mawassif, se quitó en aquel momento el velo de seda que le cubría los cabellos y apareció cual una resplandeciente columna de luz. Y Anís, que no lograba separar sus miradas de su contrincante, continuaba sin darse cuenta de lo que hacía: tan pronto cogía peones rojos en vez de peones blancos, como los movía atravesados, de modo que perdió seguidas cinco partidas de cien dinares cada una. Y le dijo Zein Al-Mawassif: &#8220;Ya veo que no estás más atento que antes. ¡Juguemos una apuesta más fuerte! ¡A mil dinares la partida!&#8221; Pero Anís, a pesar de la suma empeñada, no se condujo mejor; y perdió la partida.<br />
Entonces le dijo ella: &#8220;¡Juguemos todo tu oro contra todo el mío!&#8221; Aceptó él, y perdió. Entonces se jugó sus tiendas, sus casas, sus jardines y sus esclavos, y los perdió unos tras de otros. Y ya no le quedó nada entre las manos.<br />
Entonces Zein Al-Mawassif se encaró con él y le dijo: &#8220;Eres un insensato, Anís. Y no quiero que tengas que arrepentirte de haber entrado en mi jardín y de haber entablado amistad conmigo. ¡Te devuelvo, pues, cuanto perdiste! ¡Levántate, Anís, y vete en paz por donde viniste!&#8221; Pero Anís contestó: &#8220;¡No, por Alah, ¡oh soberana mía! que no me apena lo más mínimo lo que perdí! Y si mi vida me pides, te perteneceré al instante. ¡Pero, por favor, no me obligues a abandonarte!&#8221;<br />
Ella dijo: &#8220;¡Puesto que no quieres recuperar lo que has perdido, ve, al menos, en busca del kadí y de los testigos, y tráeles aquí para que extiendan una donación en regla de los bienes que te he ganado!&#8221; Y fué Anís a buscar al kadí y a los testigos. Y el kadí, aunque estuvo a punto de que se le cayera el cálamo de entre los dedos al ver la belleza de Zein Al-Mawassif, redactó el acta de donación e hizo poner en ella sus sellos a los dos testigos.<br />
Luego se marchó&#8230;<br />
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y calló discreta</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p><em>NOCHE 656</em></p>
<p>Ella dijo:<br />
&#8220;&#8230; Y el kadí, aunque estuvo a punto de que se le cayera el cálamo de entre los dedos al ver la belleza de Zein Al-Mawassif, redactó el acta de donación e hizo poner en ella sus sellos a los dos testigos.<br />
Luego se marchó.<br />
Entonces Zein Al-Mawassif se encaró con Anís y le dijo, riendo: &#8220;Ahora puedes marcharte, Anís. ¡Ya no nos conocemos!&#8221; Dijo él: &#8220;¡Oh soberana mía! ¿vas a dejarme partir sin la satisfacción del deseo?&#8221; Ella dijo: &#8220;¡Con mucho gusto accederé a lo que quieres, Anís; pero todavía me queda que pedirte algo! ¡Aun tendrás que traerme cuatro vejigas de almizcle puro, cuatro onzas de ámbar gris, cuatro mil piezas de brocado de oro de la mejor calidad y cuatro mulas enjaezadas!&#8221; Dijo él: &#8220;Por encima de mi cabeza, ¡oh mi señora!&#8221;<br />
Ella preguntó: &#8220;¿Cómo te arreglarás para proporcionármelas, si ya no posees nada?&#8221; Dijo él: &#8220;¡Alah proveerá! Tengo amigos que me prestarán todo el dinero que me haga falta&#8221;. Ella dijo: &#8220;Entonces date prisa a traerme lo que te he pedido&#8221;. Y Anís, sin dudar que sus amigos fuesen en su ayuda, salió para ir a buscarlos.<br />
Entonces Zein Al-Mawassif dijo a una de sus mujeres, que se llamaba Hubub: &#8220;Sal detrás de él, ¡oh Hubub! y espíale. Y cuando veas que todos los amigos de que habló se niegan a ir en su ayuda y le rechazan con un pretexto o con otro, te acercarás a él, y le dirás: &#8220;¡Oh amo mío, Anís! mi ama Zein Al-Mawassif me envía a ti para decirte que quiere verte al instante!&#8221; Y le traerás contigo, y le introducirás en la sala de recepción. ¡Y entonces sucederá lo que suceda!&#8221;<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 255px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ChessVieiradaSilva.jpg?t=1244592897" alt="ChessVieiradaSilva.jpg picture by antoniosarabia" />Y Hubub contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a salir detrás de Anís y a seguir sus pasos.<br />
En cuanto a Zein Al-Mawassif, entró en su casa y empezó por ir al hammam para tomar un baño. Y después del baño, sus doncellas le prodigaron los cuidados que requiere un tocado extraordinario; luego depilaron lo que tenían que depilar, frotaron lo que tenían que frotar; alargaron lo que tenían que alargar y oprimieron lo que tenían que oprimir. Luego la vistieron con un traje bordado de oro fino, y le pusieron en la cabeza una lámina de plata para que sirviera de sostén a una rica diadema de perlas que por detrás se hacía un nudo cuyos dos cabos, adornados cada uno con un rubí del tamaño de un huevo de paloma, le caían por los hombros deslumbradores cual la plata virgen. Luego acabaron de trenzar sus hermosos cabellos negros, perfumados de almizcle y de ámbar, en veinticuatro trenzas que le arrastraban hasta los pies. Y cuando terminaron de adornarla, y quedó semejante a una recién casada, se echaron a sus plantas, y le dijeron con voz temblorosa de admiración: &#8220;¡Alah te conserve en tu esplendor, ¡oh ama nuestra Zein Al-Mawassif! y aleje de ti por siempre la mirada de los envidiosos, y te preserve del mal de ojo!&#8221; Y mientras ella ensayaba en la habitación un modo gallardo de andar, no cesaron de hacerle mil y mil cumplimientos desde el fondo de su alma.<br />
Entretanto, volvió la joven Hubub con el hermoso Anís, al que se llevó cuando sus amigos le rechazaron negándose a ir en su ayuda. Y le introdujo a la sala en donde se hallaba su ama Zein Al-Mawassif.<br />
Cuando el hermoso Anís advirtió a Zein Al-Mawassif en todo el esplendor de su belleza, se detuvo deslumbrado, y se preguntó: &#8220;¿Pero es ella, o una de las recién casadas que sólo se ven en el paraíso?&#8221; Y Zein Al-Mawassif, satisfecha del efecto producido en Anís, fué a él sonriendo, le cogió de la mano y le condujo hasta el diván amplio y bajo que se sentaba ella, y le hizo sentarse al lado suyo. Luego ordenó por señas a sus mujeres que llevaran una mesa grande y baja, hecha de un solo trozo de plata, y en la cual había grabados estos versos gastronómicos:<br />
¡Hunde las cucharas en las salseras grandes, y regocija tus ojos y regocija tu corazón con todas estas especies admirables y variadas!<br />
¡Guisados y cochifritos, asados y cocidos, confituras y helados, fritadas y compotas al aire libre o al horno!<br />
¡Oh codornices! ¡oh pollos! ¡oh capones! ¡oh enternecedores! ¡os adoro!<br />
¡Y vosotros, corderos cebados durante tanto tiempo con alfónsigos, y ahora rellenos de uvas en esta bandeja, ¡oh excelencias!<br />
¡Aunque no tenéis alas como las codornices y los pollos y los capones, me gustáis mucho!<br />
¡En cuanto a ti, ¡oh kabab a la parrilla! que Alah te bendiga! ¡Jamás me verá tu color dorado decirle que no!<br />
¡Y a ti, ensalada de verdolaga, que en esta escudilla bebes el alma misma de los olivos, te pertenece mi espíritu, ¡oh amiga mía!<br />
¡A la vista de esta pareja de pescados asentados en el fondo del plato sobre menta fresca, te estremeces de placer en mi pecho, ¡oh corazón mío!<br />
¡Y tú, bienhadada boca mía, cállate y sueña con comer estas delicias de las que por siempre hablarán los anales!<br />
Entonces las doncellas les sirvieron los manjares perfumados. Y ambos comieron juntos hasta la saciedad y se endulzaron. Y les llevaron los frascos de vino, y bebieron ambos en la misma copa. Y Zein Al-Mawassif se inclinó hacia Anís, y le dijo: &#8220;¡He aquí que hemos comido juntos el pan y la sal, y ya eres mi huésped! No creas, pues, que voy a quedarme ahora con la menor cosa de lo que te ha pertenecido. ¡Así es que, quieras o no, te devuelvo cuanto te he ganado!&#8221; Y Anís no tuvo más remedio que aceptar como regalo los bienes que le habían pertenecido. Y se arrojó a los pies de la joven, y le expresó su gratitud. Pero ella le levantó, y le dijo: &#8220;Si verdaderamente, Anís, quieres agradecerme este don, no tienes más que seguirme a mi lecho. ¡Y allí me probarás positivamente si eres un buen jugador de ajedrez&#8230;<br />
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
<p>NOCHE 657</p>
<p>Ella dijo:<br />
&#8220;&#8230; no tienes más que seguirme a mi lecho. ¡Y allí me probarás positivamente si eres un buen jugador de ajedrez!&#8221; Y saltando sobre ambos pies, contestó Anís: &#8220;¡Por Alah, ¡oh mi señora! que en el lecho vas a ver cómo el rey blanco supera a todos los jinetes!&#8221; Y diciendo estas palabras, la cogió en brazos, y cargado con aquella luna, corrió a la alcoba, cuya puerta hubo de abrirle la servidora Hubub. Y allí jugó con la joven una partida de ajedrez siguiendo todas las reglas de un arte consumado, e hizo que la sucediese una segunda partida y una tercera partida, y así sucesivamente hasta la partida decimoquinta, haciendo portarse tan valientemente al rey en todos los asaltos, que la joven, maravillada y sin alientos, hubo de darse por vencida, y exclamó: &#8220;Triunfaste, ¡oh padre de las lanzas y de los jinetes!&#8221; Luego añadió: &#8220;¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi señor! di al rey que descanse!&#8221; Y se levantó riendo y puso fin por aquella noche a las partidas de ajedrez.<br />
<img id="fullSizedImage" class="media" style="width: 240px; height: 246px; cursor: default;" src="http://i349.photobucket.com/albums/q388/antoniosarabia/ChessDuchamp.jpg?t=1244593190" alt="ChessDuchamp.jpg picture by antoniosarabia" />Entonces, nadando con alma y cuerpo en el océano de las delicias, reposaron un momento en brazos uno de otro. Y Zein Al-Mawassif dijo a Anís: &#8220;Llegó la hora del descanso bien ganado, ¡oh invencible Anís! ¡Pero, para juzgar mejor todavía de tu valer, deseo saber por ti si en el arte de los versos eres tan excelente como en el juego de ajedrez! ¿Podrías, pues, ordenar rítmicamente los diversos episodios de nuestro encuentro y de nuestro juego, de manera que se nos quedaran bien en la memoria?&#8221; Y contestó Anís: &#8220;La cosa es muy sencilla para mí, ¡oh señora mía!&#8221; Y se sentó en la cama perfumada, y mientras Zein Al-Mawassif le pasaba el brazo por el cuello y le acariciaba dulcemente, improvisó él esta oda sublime:<br />
¡Levantaos para escuchar la historia de una joven de catorce años y un cuarto de año, a quien encontré en un paraíso, y era más bella que las lunas en el cielo de Alah!<br />
¡Como una gacela, se balanceaba en el jardín y las ramas flexibles de los árboles se inclinaban hacia ella, y la cantaban los pájaros! ¡Y aparecí, y le dije; &#8220;¡La zalema contigo, ¡oh sedosa de mejillas, oh soberana! ¡Dime, para que lo sepa, el nombre de aquella cuyas miradas me vuelven loco!&#8221;<br />
¡Con acento más dulce que el tintineo de las perlas en la copa, me dijo: &#8220;¿No darás con mi nombre tú solo? ¿Tan ocultas están mis cualidades, que no puede mi rostro reflejarlas a tu vista?<br />
¡Contesté: &#8220;¡No, por cierto! ¡No, por cierto! ¿Sin duda te llamas Ornamento de las Cualidades? ¡Dame una limosna, ¡oh Ornamento de las Cualidades!<br />
¡Y en cambio, ¡oh joven! aquí tienes almizcle, aquí tienes ámbar, aquí tienes perlas, aquí tienes oro y alhajas y todas las gemas y sedas!&#8221;<br />
¡Entonces brilló en sus dientes jóvenes el relámpago de su sonrisa, y me dijo: &#8220;¡Heme aquí, pues! Heme aquí, ¡oh caros ojos míos!&#8221;<br />
¡Éxtasis de mi alma, ¡oh su cintura desceñida! ¡oh su camisa descubierta! ¡oh su carne al desnudo! ¡oh diamantes! ¡Satisfacción de mis deseos! ¡Emanaciones suyas, que eran perfumes al besar! ¡Olor de piel suprema calor de regazo! ¡Oh frescura, mil besos!<br />
¡Si la hubieseis visto, censores que me impugnáis! ¡Escuchad! ¡Os cantaré toda mi embriaguez, y quizás comprendáis!<br />
¡Su inmensa cabellera, color de noche, se despliega triunfal sobre la blancura de su espalda hasta llegar al suelo! ¡Y las rosas de sus mejillas incendiarias alumbrarían el infierno!<br />
¡Un arco precioso son sus cejas puras; matan sus párpados, cargados de flechas; y es un alfanje cada una de sus miradas!<br />
¡Su boca es un frasco de vino añejo; su saliva es agua de fuente; sus dientes son un collar de perlas acabadas de coger del mar!<br />
¡Su cuello, cual el cuello del antílope, es elegante y está tallado admirablemente; su pecho es una losa de mármol sobre la que descansan dos copas invertidas!<br />
¡Su vientre tiene un hoyo que embalsama con los perfumes más ricos; y debajo, enfrontando mi espera, gordo y rollizo, alto como un trono de rey, asentado entre dos columnas de gloria, está aquel que es la locura de los más cuerdos!<br />
¡Por unos lados liso y por otros barbudo, es tan sensible, que se encabrita como un mulo en cuanto se le toca!<br />
¡Tiene los ojos rojos, tiene los labios carnosos y dulces, tiene el hocico fresco y encantador!<br />
¡Si te aproximas a él con valentía, le encontrarás caliente, sólido, resuelto y suntuoso, sin temer las fatigas, ni los asaltos, ni las batallas!<br />
¡Así eres, ¡oh Zein Al-Mawassif! completa de encantos y de cortesía! ¡Y por eso no olvidaré las delicias de nuestras noches, ni la hermosura de nuestros amores!<br />
Al oír esta oda improvisada en honor suyo, Zein Al-Mawassif se sintió transportada de placer y se expansionó hasta el límite de la expansión&#8230;<br />
En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.</p>

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