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Cuando se habla de Claude Couffon (Caen, Francia, 1926) se habla de la larga y fecunda correspondencia de la lengua francesa con una buena parte de lo mejor que ha producido la literatura en España y América Latina.
Claude Couffon comenzó su carrera de hispanista siendo aún muy joven, desde mediados de los años cuarenta, divulgando en periódicos y revistas de su país la obra de algunos de los más grandes poetas de la lengua española: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rafael Alberti y Nicolás Guillén, por mencionar sólo a unos cuantos de los más grandes. Con varios de ellos establecería después una profunda amistad, lo mismo que con narradores de la talla de Julio Cortázar con quien sostuvo, además, una fugaz y simpática rivalidad amorosa. Primer traductor de Gabriel García Márquez al francés, ha colaborado también con Juan Carlos Onetti, Camilo José Cela, Miguel Ángel Asturias y Mario Vargas Llosa con quien le he escuchado compartir recuerdos con la complicidad de viejos camaradas.
Entre sus últimas novelas traducidas al francés están Los Convidados del Volcán, en 1997, y El Cielo a Dentelladas, en 2001, ambas del autor de este blog. Que un hispanista de su talla se ofreciera a trabajar en ese par de obras mías es, y ha sido siempre, para mí motivo de asombro, orgullo y gratitud.
Entre sus numerosas distinciones se cuentan el Gran Premio de Traducción Halpérine-Kaminski, el Gran Premio Nacional de Traducción del Ministerio de la Cultura, el Premio de Artes y Letras y el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor. El premio a la traducción que todos los años concede El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón que convoca Luís Sepúlveda se llama, en su honor, Premio Claude Couffon.
Un hombre tan ligado a las letras no podía más que escribir él mismo. Sus trabajos de poeta, sin embargo, han quedado oscurecidos por su colosal labor de traductor. Una gran injusticia que repararemos esta semana, al menos en una mínima parte, reproduciendo algunos de sus propios poemas. Las versiones al español son de Lina Zerón a quien agradecemos la gentileza de facilitarlas para este blog.

LA CONFESIÓN

Puedo aún escribir
y, con la mano temblorosa
deshojando sílabas,
mofarme de la muerte
¿Pero de qué me sirve?
¿de cara a quién?
¿Para qué hablar,
incluso en voz baja,
de la soledad?

ELLA

Como todos, claro que pienso en ella,
sin angustia puesto que sé
por haberla frecuentado a menudo
que ella es sólo un símbolo.

Es triste, cierto, pero tranquilizador
ya que todos terminaremos ahí,
grandes o pequeños, nutrientes
de unas briznas de hierba en el cementerio.

Visto que los poetas
la han celebrado tanto, renunciemos.
Entremos en la muerte y dejemos
que el silencio nos sonría, burlón, en la tumba.

VIAJES II

Llegué a la edad en la que se viaja dentro de un cuarto
en aviones que piloteamos solitarios
hacia islas imaginarias
de continentes cercanos al cielo
o al infierno
pero poco importa:
se asemejan en su salvaje libertad.
Emparejarse aquí es soñar
con todos esos cuerpos que fueron nuestros
y que el tiempo no puede envejecer
¡Ah, los viajes sin regreso
en los que me hundo cada noche!

BALANCE III

Vivir es una crueldad si sabemos
que todo lo que fue ya no será
o es tan sólo un destello
del azar o de la suerte escasa.
Ya no poder ser el hombre
aquel seductor seguro de sí
que volvía reales los excesos
de los más ardientes fantasmas.
Ahora andrajo que a veces
concretiza el sueño loco
de ser todavía ya sin nada
la imagen de un duende estéril
de una vida que fue larga y breve.

NOMBRE

Me hubiera gustado ser otro.
No aquél a quien se conoce
e incluso a veces se reconoce.

Ser Bosquet o Sabatier.
Alberti o Neruda.
Louis Aragon o Paul Eluard.
O bien
tantos otros que ríen en sus barbas…

Pero yo sólo quiero ser
—disculpen si me ufano—
aquél que todos llaman Couffon.

DE PASO

¿Sólo somos materia que se transmite
consciente
o inconscientemente?
La edad lo afirma
o lo rechaza
si se trata de juventud
o de extinción
pero de qué nos sirve plantearnos tantas preguntas
si vivir es la maravilla de un tiempo
a lo más pasajero.

Nos gustaría terminar con una reflexión del propio Couffon después de traducir Confieso que he vivido, las memorias de Pablo Neruda:
“¿Por qué todos, en cierta medida, mentimos al contar nuestras vidas? Cierto: nos tocó una vida privilegiada, ¿y qué? Aunque hayamos tenido esa vida llena de experiencias, ésta no llegó a ser nunca la que habríamos querido. Por eso le agregamos un poco de pimienta y ese poco la convierte de veras en literatura. Todos sabemos que la literatura no existe, que es pura ficción. Un sueño de absoluto y de imposible.”

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En eso casi todos los autores estamos de acuerdo: el mayor provecho que reporta el oficio de escritor son los amigos que se adquieren al ejercerlo. Con ellos tejemos también una sólida, aunque fina y muchas veces sutil, red de afectos y complicidades. Una de sus consecuencias es que, sin que lo advierta el lector y sin jamás torcer el hilo del relato, nuestro trabajo se salpique a menudo de guiños mutuos, de bromas privadas, de silenciosos apretones de mano. Mi relación con José Manuel Fajardo (Granada, 1957) además del ininterrumpido y profundo trato personal tiene mucho de eso. Él me hizo personaje de un cuento de mar, el titulado Como una Isla, y yo le respondí en otro de los míos, El Último Abordaje del Don Juan, mandando al fondo del océano, con todo y su navío, al capitán pirata de su novela El Converso. Fue él también quien, entre los jamesons en las rocas de una taberna del Bilbao, me contó la historia de Cristobalillo, el criadito Taíno de Bartolomé de las Casas en quien yo basaría después mi novela El Cielo a Dentelladas. Sólo era, pues, cuestión de tiempo el que José Manuel Fajardo hiciera escala en las páginas de Los Convidados. Aquí está. Nos ha enviado un texto hasta ahora inédito en idioma español. Una Carta al lector ideal. Se las presento a ustedes con mi reconocimiento y gratitud al autor. Ojalá la disfruten tanto como yo.

Carta al lector ideal

¿Cómo se encabeza una carta dirigida a un ser de quien apenas se sabe nada? ¿Con un saludo formal, respetuoso, distante? “Estimado señor”, por ejemplo, o “Muy señor mío”… Pero es raro tratar de ese modo a quien ha compartido con uno tantas horas, durante tantos meses. Porque ese alguien desconocido forma ya parte, sin embargo, del paisaje doméstico y ante él se ha bostezado impúdicamente. Ese alguien te ha visto desesperarte o morirte de risa, pasear inquieto por tu casa o tomar un café distraídamente mientras escuchas música. Esa es la esencia contradictoria del lector: su anónima proximidad. El lector es el fantasma que puebla el castillo imaginario de la fantasía del escritor. Una presencia permanente que te acompaña y vigila, que te interpela y te inquieta. Un ser invisible y, sin embargo, presente a tal extremo que acaba resultando tan familiar como un viejo amigo de infancia. Quizá ese sea el trato adecuado, el de una intimidad afectuosa, una intimidad de aquellas que autorizan tanto al abrazo como a la discusión. Sea pues así:

Querido amigo,

Empiezo esta carta con la sensación de ir a contarte algo que tú ya sabes. Porque así es nuestra relación: tú sabes tantas cosas de mí y, en cambio, yo de ti sé tan pocas… Siempre juegas con ventaja. Pero yo haré como hago siempre: escribir y escribir como si estuviera descubriéndote un mundo y confiar en que, pese a todo, entre lo que ya sabes o intuyes de mí y de este arte extraño de la escritura, se cuele alguna idea, alguna experiencia que te sean nuevas, que muevan tu curiosidad, que sirvan para que se crezca esta amistad inmaterial, construida con la rara alquimia de mezclar dos soledades en un crisol de papel.
Tengo que decirte, para empezar, que todo escritor lleva un lector dentro. Más aún, es ese lector primero que fuimos el que nos impulsa a emprender el camino de la escritura. Y es a ese lector al que se busca complacer con lo escrito. Por ello, la tan escuchada frase, empleada por muchos autores, de que en realidad se escribe para uno mismo no resulta en absoluto incompatible con la idea, defendida por otros autores, de que se escribe para los demás. Si el lector que cada escritor lleva dentro es el primer destinatario de lo escrito, también es, en cierto modo, el representante de la mirada ajena, el portavoz del Otro en los dominios de intimidad de la creación literaria. La sensación de ajenidad que provoca la lectura de un texto propio, una vez terminado e impreso, no hace sino confirmar esa dualidad. Debes saberlo, pues: tú y yo somos iguales. Ya lo dijo Baudelaire y si yo no he de llamarte hipócrita, sí que estarás de acuerdo conmigo en que tú y yo fingimos no darnos cuenta de esa igualdad. Eso forma también parte del juego: ambos necesitamos de la admiración para jugarlo y es difícil admirar a quien se ve como un igual. Tú juegas a verme como un artista y yo a creer que lo soy. Pero uno nunca deja de ser quien fue mucho antes de que la vanidad viniera a enredarlo todo: un emigrante criado en una barriada de clase media baja, con muchos más sueños en la cabeza que medios para hacerlos posibles, en mi caso. Lo demás es teatro.
La voracidad lectora del escritor suele ser tan compulsiva y omnívora como lo son el resto de las fuentes de las que bebe la inspiración creativa: la propia vida, las de las personas que conocemos, la memoria histórica, las anécdotas de la actualidad cotidiana, los paisajes que hemos visto o de los que nos han hablado, la memoria familiar… Pero la inspiración literaria se nutre en primer lugar de lo escrito por otros, del acervo histórico de lo que llamamos literatura clásica, proveedora de modelos a imitar o a denostar pero, en cualquier caso, fundamentales para confrontar la propia creación; y también de la corriente viva de la literatura coetánea, la que van produciendo otros escritores durante nuestra vida.
Yo recuerdo con precisión las horas de lectura en la habitación de mi infancia, un cuarto feo y pequeño con una ventana que daba a un patio interior por el que bajaban y subían incesantemente los ascensores. Las páginas de La isla del tesoro, de Robinson Crusoe, de La Atlántida o de Viaje al centro de la Tierra me llevaban muy lejos de aquel mundo gris y tristón y me hacían soñar que otra vida era posible. Recuerdo el sentimiento de fatalidad de Los últimos días de Pompeya y la primera intuición del erotismo en la aventura galáctica de la novela Nínive, de Larry Niven. Yo quería ser Miguel Strogoff y el capitán de quince años que se refugiaba en los termiteros. De igual modo jugué, años después, a meterme en el pellejo del enamorado herido de Adiós a las armas o del duro y sentimental detective Philip Marlowe. Durante los convulsos años de la adolescencia me sentí tan apresado como el señor K. de El proceso y tan fuera del mundo y de sus convenciones como el Molloy de Beckett. Leí tanto y tan apasionadamente que de algún modo contraje la enfermedad quijotesca de Alonso Quijano y si no batallé contra molinos de viento sí que confundí una y mil veces la realidad con mis deseos y me vi volteado por las aspas de remolinos sentimentales que me dejaron más vapuleado que escarmentado. Con la presunción propia de todo lector, que al apropiarse del libro con su lectura se considera a sí mismo tan único como el universo que acaba de reinventar en su fantasía, me he considerado siempre el lector ideal de algunos autores. De Stevenson, Verne, Chandler, Auster, Borges y Grahan Greene desde luego. De Kafka, Dos Passos, Cervantes, Calvino y Cortázar, probablemente. Sí, ya lo sé, ya te veo protestando, exigiendo para ti ese mismo papel respecto de esos mismos autores. No te lo voy a discutir. Los escritores son así, gente promiscua que abre su intimidad a cuantos quieran penetrarla, y con ellos no valen los celos. Pero te aseguro que la obra de la que nunca me he sentido lector ideal ha sido precisamente la mía.
Yo sé (eso sí que lo sé) que tú estás siempre presente en mi imaginación mientras escribo. No busco adularte ni ponerte las cosas demasiado fáciles, pero sí me interrogo cada poco sobre lo que tú pensarás de lo que yo estoy escribiendo. Trato de imaginar tus reacciones, intento ponerme en tu lugar. Tú no sabes nada de la narración que yo escribo y que tú leerás más tarde (ese es el único terreno en el que yo te llevo ventaja), y yo debo adivinar, al escribirla, cómo reaccionarás a mis palabras, para tenderte mis celadas, para trazar la ruta que te lleve de la primera a la última página del libro sin que en el camino se te agoten las ganas de seguir leyendo. Es como un encantamiento que no puede surtir efecto si en la cocción faltan esos inevitables cabellos de la víctima de los que siempre hablan los cuentos. Sólo que yo no sé de qué color es tu pelo ni dónde podré hallar el mechón que me sirva para el sortilegio. Me muevo a ciegas, manoteo a mi alrededor sin hallar nada cierto. Y aún así avanzo, quizá porque todo escritor es en el fondo un temerario que se lanza al vacío confiando en que unos desconocidos hayan desplegado allá abajo una salvadora red de atención.
Muchas veces he tratado de ponerte rostro, incluso de darte un nombre. No sé si por curiosidad o por tranquilidad, no sé si por jugar a desenmascararte o por acomodarme a una mentira que aleje de mí la inquietud que tu rostro sin facciones me provoca. Cuando era niño y disfrutaba del temprano descubrimiento de la embriaguez de las palabras, tú tenías todos los rostros de mis compañeros de clase. Para ellos escribía absurdas comedias policíacas que luego leía ante la mirada satisfecha del profesor. Y cada una de sus risas, incluso de sus comentarios chuscos, que no faltaban, me llenaba de una rara felicidad. Pero los compañeros de clase se fueron con la misma velocidad que los años de la infancia y ya no hubo más lectores colectivos y cotidianos. Durante algún tiempo, te adjudiqué el rostro de las mujeres que amaba. Escribía para ellas y ellas salían de mi vida con lenta pero inexorable puntualidad de reloj suizo, llevándose consigo mis expectativas literarias.
Fue después de publicar mi primer libro (después de una interminable retahíla de manuscritos penosos cuando no ridículos) cuando empecé a buscar el lector ideal de mis textos en los críticos literarios. La desilusión fue tan inmediata como contundente. Las más de las veces me preguntaba si realmente el crítico de turno, más allá del juicio benévolo o desfavorable a mi obra, había leído realmente lo que yo había escrito y, si lo había hecho, me asaltaba la amarga duda de si se habría enterado de algo. Aquello me produjo deprimentes pensamientos sobre mi capacidad de comunicación y sobre la calidad de lo que escribía. Más tarde, leyendo los artículos que aquellos mismos críticos publicaban sobre los libros de otros autores que yo había leído y que admiraba, comprendí que el problema no estaba en mí (independientemente de que mi textos fueran buenos o malos) sino en un colectivo aquejado de una rara animadversión hacia el objeto de su trabajo de la que apenas unos pocos escapan.
Pero de esa comparación surgió con fuerza la idea de que tú, mi lector ideal, quizás fueras en realidad un igual en el sentido más literal de la palabra. Es decir, otro escritor. Recordé la frase de Leopoldo Alas “Clarín”, cuando afirmaba que había escrito su novela La Regenta para cuatro o cinco personas “y en especial para don Benito Pérez Galdós”. Ciertamente, Clarín tuvo poca suerte en la elección de su lector ideal porque su admirado Galdós tardó años en darse por aludido y sólo publicó la reseña de La Regenta en el momento en que “Clarín” agonizaba. Yo he tenido mejor fortuna y escritores como Luis Sepúlveda, Bernardo Atxaga, Antonio Sarabia, Santiago Gamboa, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina o Julio Llamazares han sido lectores de mis libros y sus lecturas me han llenado de alegría. Pero en realidad no son tanto lectores como cómplices que leen con una mano y corrigen con la otra, pues sus consejos y críticas han contribuido en gran medida a que mis libros sean lo que son.
¿Quién eres tú, pues? ¿Tan sólo una sombra que, a la manera shakespereana, me tutela y vigila? ¿Debo conformarme pues con esta tarea de ciego? La verdad es que la vida no suele ofrecer respuestas simples, por mucho que los humanos nos esforcemos en reducirla a esquemas manejables. Tampoco lo hace en este caso, o al meno eso creo yo hoy, ahora.
He descartado muchos otros rostros para ti, además de los ya citados, entre ellos los de mis propios editores. Sé bien que es tras convencerles a ellos que el libro realmente se convierte en eso, un libro y no un montón de folios guardados en un cajón, pero precisamente ese papel decisivo les otorga un poder sobre la obra que les impide ser los lectores ideales. Son sin duda los lectores necesarios, pero hay demasiados condicionantes extraliterarios, desde la mercadotecnia hasta las luchas de poder dentro de las casas editoras, que distorsionan su lectura.
Durante estos años, libro tras libro, he asistido a decenas de presentaciones de mis novelas en España y fuera de España. He dado conferencias delante de dos estudiantes en la Universidad de Oviedo (de hecho les invité a una cerveza en el bar de la esquina porque parecía más natural charlar así con ellos que fingir un acto público en una sala vacía en la que sólo estábamos tres personas) y ante más de un millar en el teatro de Mantova. He hablado con profesores universitarios franceses, marinos venezolanos, bibliotecarios salmantinos, alumnos de bachillerato de Gijón, historiadores vascos y cocineros castellanos. He escuchado hablar de Nagala, la india que aparece en Carta del fin del mundo, con la vehemencia de un enamorado e incluso he sabido que ese nombre (del que soy creador pues fue pura invención para designar al personaje de mi novela, construido por cierto a partir de la idea de integrar el nombre de una famosa musa de artistas, la Gala de Dalí y Eluard, como parte del fonema) es el que lleva hoy una niña española cuya madre acudió, todavía embarazada, a pedirme que le dedicara un ejemplar del libro. He encontrado lectores que me piden una segunda parte de El converso y otros que se han reconocido (tanto hombres como mujeres) en las angustias y las confesiones del narrador de Una belleza convulsa. He hablado con cubanos, mexicanos, franceses, italianos, alemanes, griegos, portugueses, argentinos, peruanos, uruguayos, españoles…y creo por fin haber comprendido el mensaje que de alguna manera me han transmitido colectivamente: Tú, lector ideal, cual si de un ser demoníaco se tratara, bien puedes decir “Soy legión”. Porque el tuyo no es un rostro único, individual. Eres muchos, como representación material de esos Otros que habitan dentro de cada ser humano y de cuya existencia de algún modo da cuenta toda literatura. También la mía. Tú, lector ideal, eres aquel que en un momento dado toma mi libro en sus manos y comparte conmigo sus emociones, sus dudas, sus incertidumbres. Y, al hacerlo, agrandas, alargas, enriqueces el libro, lo completas con tus vivencias, lo haces ubicuo pues mientras reposa en tu mesa de noche tú lo llevas contigo, enredado en tus pensamientos. Tal y como he hecho yo tantas veces con los libros de otros. Tú, lector ideal, eres quien ahora lee esta carta y encuentra en ella un eco familiar. Por eso te escribo. Desde la proximidad de las palabras, con la esperanza de que todo lo escrito no sea un grito en el vacío sino un paso más en este largo diálogo que mantengo contigo desde que, a los ocho años de edad, descubrí que contando historias el mundo se hacía más grande y más vivible y, sobre todo, menos solitario.
Por eso me despido de ti hasta pronto, hasta que nos volvamos a encontrar en las páginas de otro libro.
Recibe un abrazo grande de
José Manuel Fajardo.

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Un buen editor es la mancuerna indispensable del autor para ganar lectores. Ésto, que hace unos años podía parecer una verdad de Perogrullo, hoy no lo es. Los buenos editores están desapareciendo en un mundo regido por los intereses del mercado y son uno a uno sustituidos en las grandes editoriales por ejecutivos de ventas que manejan los libros como si fueran jabones mientras sueñan con encontrar a su propio Dan Brown o J.K. Rowlling, y que Dios y J.K. Rowlling me perdonen por poner a los dos primeros en la misma cacerola.
En una de mis recientes visitas a la Agencia Literaria de Carmen Balcells, una de sus asistentes me decía que si en esta época les hubiera llegado el manuscrito de Cien Años de Soledad no les sería fácil venderlo.
También se están acabando los libreros que conocían su oficio, amaban la lectura y eran capaces de recomendar libros a sus clientes. Hace un par de meses, a mi paso por Madrid, intenté comprar las aventuras de Sherlock Holmes en una aparentemente bien provista librería del Corte Inglés para obsequiárselas al hijo de una buena amiga. El empleado que me atendió no sólo no tenía la menor idea de quién fue Sir Arthur Conan Doyle sino que tampoco había oído hablar de Sherlock Holmes. Hubo que deletrearle pacientemente el nombre para que lo buscara en su computadora y, aún así, fue incapaz de dar con el libro.
Pero volviendo a los editores de antaño, éstos se distinguían por su interés por educar a los lectores. Los nutrían con inteligencia para despertarles apetitos mayores. Les enseñaban a leer, en verdad a leer. Esta labor que deberían continuar, por su propio beneficio, las grandes editoriales, se circunscribe ahora a las más pequeñas. Sus propietarios, que cuando ganan, ganan poco y, cuando pierden, pierden mucho, continúan sin embargo picando piedra para forjarse un verdadero público.
Ese es el caso de Daniel Pupko, en México, y su editorial Salida de Emergencia, y el de César Sanz en Valladolid, con Difácil. Ésta última acaba de publicar una bella e inteligente “antología de la poesía latinoamericana al siglo XXI” titulada Una Gravedad Alegre. La selección es del también poeta y doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburg, Armando Romero (Cali, Colombia, 1944). Su trabajo, un excelente panorama de lo que hoy sucede en nuestros países, reune a casi sesenta poetas nacidos a partir de 1940. A Colombia le corresponde el honor de presentar al más veterano, Jotamario Arbeláez (1940), y a la más joven, Lauren Mendinueta (1977).
Estas son unas cuantas muestras de los participantes y de sus obras. Felicidades a César y que continúe así. Hacen falta más editores como él.

Elsa Cross (México D.F., México, 1946). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1989) y Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1992).

Las piedras

4
El sol restalla en los mármoles desnudo.
Las inscripciones
ocultan y alumbran sus mensajes:
letras como pórticos,
triglifos,
propileos vibrantes
y allí donde chocan los nombres con las cosas
se abren vetas en el mármol
como entradas a otros sueños.

Se desmoronan los templos de palabras,
el sentido se vuelve
un trazo incongruente
partícula que casa con el polvo.

Oscuridad completa bajo el sol.
Ignorancia completa.

No hay marcas de la vía.
El dios abre y cierra los destinos
igual que el viento azota los postigos
hasta romperlos.

Los pasos se repiten.
y las preguntas ciegas,
el balbuceo,
el tumbo,
el azoro de pájaro
en espera de algo.

Caen palabras
como monedas:
fulgura su reflejo en estas piedras
que existían aquí,
antes de nosotros,
y seguirán después
como los dioses.

Corte traversa del sentido.
se mira el oráculo sin comprender.

Todo comienza donde se cierran los ojos.

Antonio Cisneros (Lima, Perú, 1942). Premio Casa de Las Américas 1968.

AntonioCisneros-1.jpg picture by antoniosarabiaImitación de Horacio

a)
Si quieres un amor (más o menos) eterno, no descuides
detalle ninguno.
Afánate porque tenga la claridad y el peso de lo escrito.
Algo que puedas reclamar.
Estipula los plazos. No te fíes de una sonrisa amable y sin
motivo,
ni de un deseo mayor que lo previsto en las horas del amor.
No brindes la confianza, ni la tomes. Ama y sospecha del
latido del día,
del suspiro de la noche donde todo está escrito. Igual que
en el papel.

b)
Si optas en cambio, por un amor ligero (olor de hierba
Que cambia con la brisa)
sumérgete en el caos de amar y ser amado.
Y siente que cada media hora es (a su modo) una consistente
Eternidad.

Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) En su país ha ganado el Premio Internacional de Poesía de Medellín, 2000, el Premio Nacional de Poesía Universidad Metropolitana, 2000. En España el Premio Martín García Ramos 2007. Su nuevo poemario, La Vocación Suspendida, será publicado en breve por otra de esas editoriales de las que estamos hablando: Point de Lunettes.

Poética

La que sin ser yo
No es otra
La de tirantes dedos para acariciar
El espino
Escribe
Pocos años Pocas horas
No menos de mil
No más de mil
Recoge
La herida de la tierra amarga
Para protegerse
De la orgullosa espesura
Sostenida por siete pájaros azules
Su soledad
No derrama pájaros
Árboles con amplias miradas
Antigua huella de adioses
Guardaron para ella la señal
Y las flores
Grandes triunfadoras
Le cortaron el suspiro inocente
Joven aún
No la conozco
Ella y yo
Dos manos de trazo libre
Para esquivar la espera
Dos pies en forma de pies
Para marchar al combate
Dos ojos
Que siempre miran recuerdos
Diosa y mujer
nosotras

Gonzalo Millán (Santiago de Chile, 1947-2006) Además de la poesía cultivó la creación artística en los campos de la poesía visual y las artes plásticas.

Noche

Atardece como un amanecer
A la inversa
Retrocediendo hacia la noche.

Y cuando la noche cae,
Nadie sabe
Si abre o cierra los ojos,
Si se desnuda o se viste,
Si se levanta o se acuesta.

Nadie sabe si llega o sale,
Si abre o cierra la puerta,
Si éstos son los sueños de ayer
O las pesadillas del mañana.

Coral Bracho (México D.F., México 1951). Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1982, y Javier Villaurrutia, 2003.

Una piedra en el agua de la cordura

Una piedra en el agua de la cordura
abisma las coordenadas que nos sostienen
entre perfectos círculos

Al fondo
Pende en la sombra el hilo de la cordura
entre este punto
y aquel
entre este punto
y aquel

y si uno
se columpia
sobre sus rombos,
verá el espacio multiplicarse
bajo los breves arcos de la cordura, verá sus gestos
recortados e iguales
si luego baja
y se sienta
y se ve meciéndose.

Fabio Morábito. Aunque nació en Alejandría, Egipto, (1955) y pasó su infancia en Italia, se ha hecho poeta en México donde reside desde los quince años. Ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1992, y el Antonin Artaud en 2006 con un libro de cuentos, Grieta de Fatiga.

Hay una bestia

Hay una bestia adentro que me seca,
se mueve por arterias,
no por venas,
pero soy incapaz de dibujarla,
sólo la intuyo.
Un verso bastaría para matarla
pero es astuta
se mueve en lo profundo.
Me abro las venas
para que caiga, para que se disperse
y me conozca
pero ella ayuna
y a veces creo que se ha ido
y me ha dejado libre.
Y sin embargo sigue ahí
como una raspadura inocua,
como quien hace un túnel,
y puedo oírla en mis mejores versos.
Ella también está cautiva,
está en mi círculo vicioso.
¿En qué momento se desbordará
para ocuparme,
para integrarme más a lo que soy,
para volverme idéntico a mí mismo
y encarcelarme en todo lo que he escrito
hasta dejarme mudo?

Marco Antonio Campos (México D.F., México, 1946) Ha ganado en México los premios Javier Villaurrutia, 1992, y Netzahualcóyotl, 2005. En España el premio Casa de América (2005).

Los poetas modernos

¿Y qué quedó de las experimentaciones
del “gran estreno de la modernidad”,
del “enfrentamiento con la página en blanco”,
de la rítmica pirueta y
del contrángulo de la palabra,
de ultraístas y pájaros concretos,
de surrealizantes con sueños de
náufragos en vez de tierra firme,
cuántos versos te revelaron un mundo,
cuántos versos quedaron en tu corazón,
dime, cuántos versos quedaron en tu corazón?

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Podría iniciar esta entrada como Antoine de Saint Exupéry su novela Piloto de Guerra: Sin duda sueño. Estoy en la escuela. Tengo quince años. Resuelvo con paciencia mi problema de geometría. Sólo que yo no me recuerdo de quince años sino de doce, y no me veo tampoco resolviendo un problema de geometría, para los que además nunca tuve paciencia alguna, sino ante el borroso rostro de un profesor del que he olvidado el nombre. Sospecho que ni siquiera enseña literatura aunque, no sé por qué motivo, nos habla de un personaje del que yo aún no sabía nada: don Francisco de Quevedo y Villegas, poeta de una época para mí entonces oscura y remota: el siglo XVII. Por otra confusa razón que tampoco recuerdo ahora, el rey -entonces yo los imaginaba sentados en su trono al dirigirse a sus súbditos- intenta burlarse de él. Le dice que se murmura por ahí que es capaz de componer versos al instante y le exige una demostración. Don Francisco responde con sencillez: “Majestad, deme pie”. El monarca medita unos momentos. En vez de aportar la rima requerida, levanta una pierna ante las risas de sus cortesanos y extiende hacia Quevedo su fina zapatilla de cuero. El poeta, medio cojo, se inclina para rodear con un brazo el pie del monarca y le dice:

En esta humilde postura
parece ser, oh señor,
que yo soy el herrador
y vos la cabalgadura.

Nunca olvidé ni los versos ni la anécdota. ¿De dónde los habrá sacado aquel mágico maestro de mi infancia? Porque en todo lo que he leído después sobre el Siglo de Oro Español, y tarde cinco años estudiándolo a fondo para escribir mi novela Amarilis, nunca encontré la anécdota ni los versos atribuidos a Quevedo. Ahora me parece poco plausible que un rey tan ceremonioso como Felipe IV se hubiese prestado a ese tipo de chanzas con sus cortesanos y menos verosímil aún que cualquiera de ellos, aunque se tratara del mismísimo Quevedo, se atreviera a faltarle al respeto. Sin embargo aquella historia bastó para encandilarme. Mi amor por el siglo de oro nació, pues, y fue creciendo como una catedral alta y tortuosa, apoyada sobre una piedra falsa. Pero me impulsó a explorar poco después el teatro de la época. Las comedias de Tirso de Molina, por ejemplo, las leí, las devoré, en la biblioteca de la escuela como si fueran teveos.
No tardé mucho en toparme de nuevo con Quevedo. Tampoco recuerdo en dónde leí otra de sus pullas, ésta dirigida a un tal doctor don Juan Pérez de Montalbán, de quien ahora sé fue discípulo y amigo de Lope de Vega, al quien al morir éste dedicó una apología, la Fama Póstuma. A Quevedo no debe de haberle simpatizado mucho porque le escribió:

El doctor tú te lo pones,
el Montalbán no lo tienes,
con que, quitándote el “don”,
vienes a quedar… Juan Pérez

De aquellos días de infancia recuerdo también otra -que me suena a siglo de oro aunque tampoco he visto escrita y desconozco al autor- que oí decir a mi padre ante una efigie de San Martín de Tours que, a caballo, rasga su capa para compartirla con un mendigo que está muriendo de frío.

Yo no soy como aquel santo
que dio media capa a un pobre,
toma de mi amor el manto
y si te sobra… que sobre.

Con Quevedo aprendí a gozar también el humor de su archienemigo, don Luis de Góngora y Argote, más fino y punzante pero igualmente implacable:

A don Diego del Rincón,
cojo, ciego y corcovado,
un hábito el Rey le ha dado
con encomienda en León.
Bien le vino al andaluz
que en tal Rincón, cosa es clara
que cualquiera se meara
si no le viera la cruz.

Esta otra, también de Góngora, se refiere a un fiasco íntimo. Las malas lenguas de la época sugerían que narraba el primer intento hecho por Felipe IV para consumar el matrimonio con su esposa doña Isabel de Borbón, recién desempacada de Francia.

Con Marfisa en la estacada
entrastes tan mal guarnido
que su escudo, aunque hendido,
no lo rajó vuestra espada.
Qué mucho, si levantada
no se vio en trance tan crudo,
ni vuestra vergüenza pudo
cuatro lágrimas llorar,
siquiera para dejar
de orín tomado el escudo.

Merecen también una mención sus riñas con Lope de Vega, de quien Góngora copiaba los romances moriscos cambiado los versos para burlarse de ellos. Por ejemplo, Lope concibe un personaje heroico, el moro Azarque, y le hace dirigirse a sus vasallos cuando está a punto de partir para la guerra:

Ensíllenme el potro rucio
del alcalde de los Vélez,
denme la adarga de Fez
y la jacerina fuerte,
una lanza con dos hierros,
entrambos de agudo temple,
aquel acerado casco
con el morado bonete…

Góngora pone a un villano en la misma situación:

Ensíllenme el asno rucio
del alcalde Antón Llorente,
denme un tapador de corcho
y el gabán de paño verde,
el lanzón en cuyo hierro
se han orinado los meses
el casco de calabaza
y el vizcaíno machete…

Y en la parte en la que el héroe se despide de su amada, Lope dice:

Acuérdate de mis ojos
que muchas lágrimas vierten
¡a fe que lágrimas suyas
pocas moras las merecen!

Y el villano de Góngora no se queda atrás:

Acuérdate de mis ojos
que están, cuando estoy ausente,
encima de la nariz
y debajo de la frente…

Al mismo Góngora se debe esta décima en la que hace mofa de las tercerías de Lope de Vega para con su amo, el duque de Sessa y de la voz popular que señala siempre lo mejor con la frase “es de Lope”.

Dícenme que terceros disolutos
cual suelen las livianas y ligeras
mujeres dar de putas en terceras,
aquestos, de terceros, dan en putos.
Si esto es verdad, aconsejarte quiero
que tu ingenio tercero y peregrino
en cosa que es tan vil no de ni tope.
Porque si das en puto de tercero
tomando lo nefando por divino
dirán luego en Castilla, “esto es de Lope”.

De Lope siempre me ha gustado esta octavilla. No resisto el incluirla, aunque pueda traerme alguna que otra protesta de las lectoras:

Hablando cierta persona
de los zapatos decía
que era bien hacerlos grandes
a las mujeres muy finas,
porque chicos hacen callos
y las damas resentían
que las hiciesen callar
aunque fuese solo un día.

Para terminar, lo que podría ser un epitafio burlesco para don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias. Acusado por Felipe III de utilizar su cargo público para enriquecerse, el marqués hizo gala de valor y entereza al ser decapitado en la Plaza Mayor. Está escrito por el conde de Villamediana

Aquí yace Calderón.
Pasajero, el paso ten,
Que en hurtar y en morir bien
Se parece al buen ladrón.

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A principios del siglo XVII, haciéndose pasar por un caballero portugués de visita en la corte de España, Lope de Vega escribió una larga misiva a Don Luis de Góngora, quien a la sazón residía en Córdoba, avisándole que en Madrid acababa de hacerse público cierto desafortunado librillo que se le atribuía. Le aconsejaba darse prisa en deshacer el malentendido porque la obra era tan mala que su fama de poeta no podría menos que sufrir ante tamaño infundio. El libro, que Lope mencionaba como “un cuaderno de versos desiguales y consonancias erráticas”, era en realidad la cumbre del culteranismo, Soledades, a la que don Luis de Góngora consideraba con justa razón su obra maestra. Lope, fingiendo que nada sabía, continuaba su implacable crítica disfrazándola de buenas intenciones. No podía creer que semejantes tonterías se publicaran en su nombre, pero en el caso de que el libro fuera en verdad suyo le apenaba desengañarlo. No fuera suceder lo que con aquel loco de la bahía de Lisboa que se consideraba propietario de cuanto barco atracaba en el puerto. Su hermano, preocupado, hizo cuanto pudo por curarlo. Cuando al fin lo logró, el antiguo demente no sólo no le mostró agradecimiento, sino que no se lo perdonó jamás porque por su culpa había perdido todos aquellos barcos que le pertenecieron estando loco.
Esta carta, modelo de humor, ironía y mala leche, es un espejo en el que se refleja ese ingenio burlón y pendenciero que tanto cultivaron, y que tanto envanecía, a los poetas del Siglo de Oro español.
Si Lope de Vega era capaz de llegar a tan elaborados sarcasmos contra don Luis de Góngora, estaba bien correspondido por el malicioso cordobés que lo hacía el blanco preferido de sus sátiras.

Dicen que ha hecho Lopico
contra mi versos adversos,
mas si yo vuelvo mi pico
con el pico de mis versos
a ese Lopico lo-pico.

Cuando, poco después de recibir aquella carta, Góngora se mudó a Madrid para ejercer el cargo de capellán de su majestad, se fue a vivir a la callecita del Santo Niño Jesús, a unos cuantos pasos de la casa que Lope habitaba en la calle de Francos. Éste llevaba años ordenado sacerdote pero su vida amorosa transcurría sin recato entre los brazos de las grandes actrices de la época y los de su última musa, Marta de Nevares Santoyo, la dulce Amarilis. Eso dio pie a que el poeta cordobés escribiera sin faltar mucho a la verdad:

Cura que en la vecindad
Vive con desenvoltura
¿para qué llamarle cura
si es la misma enfermedad?

Se ha dicho que hubo en realidad dos Góngoras: uno, ángel de luz, y el otro, ángel de tinieblas. Nadie ha calculado todavía, con un estudio profundo y riguroso, el daño y el provecho que el racionero cordobés hizo a la literatura castellana. Hoy, tratamos aquí sólo de su veta luminosa y popular. Hace unos meses cayó en mis manos un volumen de nuevos poemas atribuidos a él. De ahí entresacamos esta pequeña joya:

Mata a todos cuantos cura
el médico Filiberto,
y si alguno no se ha muerto
es que le ha errado a la cura.

Y, hablando de médicos, viene al caso otro autor, andaluz también, aunque éste no de Córdoba sino de Sevilla y bastante menos conocido que Góngora: el doctor don Juan Salinas de Castro, excelente poeta, del que hemos recogido un epigrama dedicado a un fraile viejo, deshonesto y falto de dientes:

Vuestra dentadura poca
dice vuestra mucha edad,
y es la primera verdad
que sale de vuestra boca.

Una de las características del Siglo de Oro, es que el empleo del ingenio, el arte de la palabra, no se circunscribía al círculo de los poetas conocidos. Hacer versos, signo de sofisticación, cultura y buen gusto, era oficio y placer de todos. Los nobles de la corte disputaban a Lope, Góngora, Quevedo y Ruiz de Alarcón el aplauso y reconocimiento de sus contemporáneos. El mismísimo rey, Felipe IV, se puso a escribir, con más entusiasmo que talento, una comedia. De su virrey en Nápoles, don Pedro Fernández de Castro Andrade y Portugal, conde de Lemos, a quien Cervantes dedicó una novela, nos ha quedado entre otros escritos una puya dirigida a Juan de Morales, el esposo de Josefa Vaca, apodada la Gallarda, una de las actrices de teatro más célebres de su época:

Con tanta felpa en la capa
y tanta cadena de oro,
el marido de la Vaca
¿qué pude ser sino toro?

Pero entre los nobles brilló con luz intensísima y propia el Correo Mayor del rey, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana. Sin duda uno de los ingenios más mordaces y prolíficos de su tiempo. Gran amigo y protector de Góngora, con quien compartía su pasión por los juegos de naipes, no le fue a la zaga al poeta cordobés en virulencia y socarronería. Su alta cuna le permitió, además, meterse sin temor con personajes que a los otros podían parecer demasiado encumbrados. Una de sus víctimas fue don Pedro Vergel, alguacil mayor de su majestad, de quien escribió después de verlo partir plaza una tarde de toros:

¡Qué galán que entró Vergel
con cintillo de diamantes,
diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer!

Al marqués de Malpica, tan callado, severo y ceremonioso, su habitual solemnidad no le salvó de las burlas del malicioso Villamediana.

Cuando el marqués de Malpica,
Caballero de la Llave,
con su silencio replica,
dice todo cuanto sabe.

Ni siquiera el confesor de su majestad, el rey Felipe IV, el piadoso y reverendo fray Cirilo de San Juan, pudo escapar a su sorna:

Siempre, fray Cirilo, estás
cansándonos acá afuera,
¡quien en tu celda estuviera
para no verte jamás!

Las malas lenguas rumoreaban, sin embargo, que el conde de Villamediana, tan gracioso, tan avispado, tan gentil, tan galante, tan generoso con las damas, tan engreído por sus pretendidos amores con la reina Isabel de Borbón, lo que a la postre tal vez le costaría la vida, aceptaba el favor de las mujeres sin por eso desdeñar a los hombres de su entorno. Hembra o varón, se decía, a él le daba igual. A eso se debe que el príncipe de Esquilache escribiera, después de haber leído una letrilla de Villamediana:

Luego que el papel leí
con el me quise limpiar
más púsome en que dudar
que era del conde, y temí.

A eso se refiere también en esta cuartilla don Francisco de Quevedo y Villegas: en ella crea un equívoco entre el cargo de Correo Mayor y las singulares aficiones sexuales que se atribuían a Villamediana:

Que a ser conde hayáis llegado
tan a prisa y tan sin costa,
no es mucho, si por la posta
habéis, conde, caminado.

Don Francisco de Quevedo fue, sin lugar a dudas, el poeta satírico más violento, agudo y desvergonzado de su época. Jamás hizo concesiones a nadie por cuestiones de sexo, edad o condición: clérigos y legos, nobles y plebeyos, débiles y poderosos todos quedaron expuestos, y todos sufrieron, sus terribles ironías. Dirigió muchas de sus sátiras a Góngora, a quien detestaba. Ese odio no se limitó llamarle “capellán del rey de bastos”, “verdugo de los vocablos”, “escoba de la basura de las musas del Parnaso” y hasta “almorrana de Apolo” entre otras lindezas. Cuando Villamediana murió y Góngora, viejo y enfermo, perdido el favor real, se encontró sin un centavo, Quevedo se dio el lujo de comprar la casa de la calle del Santo Niño Jesús, donde el cordobés habitaba, para darse el mezquino placer de echarlo. Luego, dentro de la vivienda, escribió que

Para perfumarla
y desengongorarla
de vapores tan crasos
quemó, como pastillas, garcilasos.

Perdonemos a Quevedo esa falta de caridad para con aquel otro gran poeta de su generación y recordemos, en cambio, una graciosa letrilla que nada tiene que ver con su odio por el bardo cordobés sino con un marido cornudo que, al volver a su casa y encontrar a su esposa en brazos de otro, se venga hiriendo a su rival y cortándole la nariz:

¿Quién te persuadió a quitar
al adúltero infeliz
la nariz, pues la nariz
no te pudo deshonrar?
Tonto ¿qué has hecho al cortar
lo que sólo sabía oler?
Nada perdió tu mujer
en esto, si lo has notado,
pues al otro le ha quedado
con qué volverte a ofender.

Pero comenzamos esta breve recopilación con una carta de Lope de Vega y vamos a terminarla con algunos versos del mismo Lope. Éste, aunque no desdeñaba zaherir de cuando en cuando a Góngora o a Juan Ruiz de Alarcón, a quien llamaba poeta rana, rana en la figura y rana en el estrépito, dedicaba menos su humor a personajes de carne y hueso y más hacia la sociedad que le rodeaba. En este verso se burla del sitio de reunión más popular de los nobles de la corte: el Prado

Llego a Madrid y no conozco el Prado
y no lo desconozco por olvido
sino porque me consta que es pisado
por muchos que debiera ser pacido.

En este otro, remate de un soneto, Lope, bajo el seudónimo de fray Tomé de Burguillos, intenta convencer a una campesina de que deje de hacerse la difícil y se ponga a su alcance. Su argumento final es un juego de palabras en el que está de nuevo implícita la crítica hacia la comunidad en que vive e insinúa la paulatina corrupción del imperio Español. Lo utilicé como epígrafe a la primera parte de mi novela Amarilis:

Creeme Juana, y llámate Juanilla
mira que la mejor parte de España
pudiendo Casta, se llamó Castilla.

Más fecundo y menos malévolo que los otros, el humor de Lope se refiere muy seguido a situaciones ordinarias en las que la gracia está en el comentario ingenioso, pícaro y feliz del acontecimiento mismo:

Al expirar la pulga dijo “¡hay, triste
por tan pequeño mal dolor tan fuerte!”
“Oh, pulga, dije yo, dichosa fuiste
detén el alma y a Leonor advierte
que me deje picar donde estuviste
y cambiaré mi vida por tu muerte”.

“Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra”, decían sus contemporáneos. Yo, a menudo, me detengo a pensarlo y lo repito como un acto de fe. No nada más hacia Lope de Vega sino hacia todos aquellos otros poetas de su época que supieron llenar con humor e ironía tantas horas felices de mi adolescencia.

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Pues Lena Pappá continúa, a estas alturas de la semana, siendo aún un enigma para mí. Aparte de que nació en Atenas y forma parte de la segunda generación poética griega de la postguerra no pude averiguar nada más sobre ella. Ni siquiera la amable colaboración de Luis González de Alba, tan cercano a todo lo que es griego, pudo ayudarme a esclarecer el misterio. Él la menciona como autora de canciones pero, en los mismos discos en que aparece su nombre en Internet, hay también canciones firmadas por poetas como Giorgos Seferis. La cuestión es ¿Lena Pappá se dedica a escribir letras de canciones o escribe poemas a los que algunos compositores ponen música? Espero en estos días un correo de mi editor en Atenas, el querido Giorgos Miresiotis, para hacer tal vez un poco más de luz sobre el asunto. Sin embargo, poetisa, poeta o compositora, nada me privará esta semana del placer de transcribirles algunas muestras de su obra al final de esta entrada.
Por cierto, en su misiva, Luis González de Alba me comenta que no comprende a las feministas: “nos dicen que debemos usar el femenino la doctora, la ingeniera, la licenciada, la diputada, etc, pero imponen el masculino poeta. Poeta no es del género llamado “común de dos”, como dentista: el dentista, la dentista; es masculino, con femenino poetisa, como sacerdote, sacerdotisa. Dicen que les suena despectivo. Pues no lo es, como poetucha, poetastra…”
El tema tiene miga. El popular Libro de Estilo del periódico El País, le da la razón al afirmar que la voz poetisa es el “femenino correcto de poeta”. José Martínez de Sousa en su Diccionario de Usos y Dudas del Español Actual, comparte con Luis su extrañeza: “no se entiende por qué esta forma (poetisa) es rechazada precisamente por las mujeres que escriben poesía, algunas de las cuales tienden a decir de sí que son poetas. Esto ha creado la necesidad de hablar de poetas hombres y poetas mujeres, para distinguir los géneros”. Y llega aún más lejos: “el peligro que se corre con estas decisiones es que dentro de un tiempo a alguien se le ocurra convertir poeta masculino en poeto… Ya se ha dado con una pareja como modista/modisto”.
Pero el Diccionario de la Real Academia Española sí define la palabra poeta como del género común: “persona que compone obras poéticas y está dotada de las facultades necesarias para componerlas”. En su Diccionario Panhispánico de Dudas parece dar un ligero salto atrás cuando añade que el femenino tradicional más usado es poetisa “aunque modernamente se utiliza también la forma poeta como común en cuanto al género”. En esto da un traspiés porque ya desde principios del XVII Lope de Vega utilizaba la palabra poeta en femenino. En el soneto A la noche escribe: «Noche, fabricadora de embelecos, / loca, imaginativa, quimerista, / [...] / la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,/ solícita, poeta, enferma, fría,/ manos de bravo y pies de fugitivo». Lauren Mendinueta quien asomaba de cuando en cuando por encima de mi hombro mientras escribía estas líneas y prefiere poetisa a poeta por la evidente cacofonía con su apellido, recurrió al prólogo de Leticia Luna en la Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica para explicarme por qué algunas de sus colegas prefieren lo segundo: “En el siglo XIX el término poetisa comenzó a manejarse de manera peyorativa para designar a aquellas mujeres cursis que escribían poesía melosa, de tal forma que muchas escritoras quisieron deslindarse de esa situación”. Como si no bastara me remitió también a Pilar García Moutón en “Así hablan las mujeres. Curiosidades y tópicos del uso femenino del lenguaje”: “Cada vez son más las mujeres que se dicen poetas y se niegan a ser llamadas poetisas, término tan cargado de sentido peyorativo que se ha vuelto imposible de usar para algunas de ellas”.
¿Qué les parece? ¿Qué opinan Coral Bracho, Carmen Yáñez, Silvia Favaretto, Carmen Villoro, Leticia Luna, Juana Rosa Pita? ¿Prefieren que las llamen poetisas o poetas?
Como Lena Pappá no tiene, desde luego, ninguna culpa de mi ignorancia sobre su biografía, y ella misma, con sus versos, demuestra una vez más que los sustantivos poeta, poetisa o compositora no tienen importancia alguna cuando se es un arista verdadero, aquí va lo prometido. Las traducciones son de José Ruiz.

DESDE SIEMPRE

Caro se paga
todo aquí abajo.
Pesando, calculando
el más pequeño aliento
el movimiento más insignificante,
pesando, calculando
con la pasión amarga del avaro
nos cobraron la existencia:

Tanto el perfume malva de la violeta,
los segundos fragantes de la menta,
tanto por la blandura del céfiro
y el zafiro del mar,
tanto los pájaros, tanto los árboles,
tanto la mano de la caricia,
tanto el pie del baile,
lo poco –como roce de ala- del amor,
tanto el placer del rojo fruto entre los dientes
tanto por el Lucero del alba de agosto.

Caro, caro se paga.
Con la sangre tibia, con el cuerpo,
con el alma impagable,
con nuestra vida irrepetible, única,
en deuda con la muerte anticipadamente pagada.

ESPEJOS (X)

En los espejos oxidados de la memoria
vi
cómo la verde risa, mis frescos
ojos extáticos
el lozano ídolo del mundo
brillaba como luna
en los telarañosos espejos muertos
vi
cómo me esperaban inmarchitables
la menta de mi madre
los besos mentolados de los azules amores
en los viejos mutilados espejos
vi
la onírica mirada de mi blanco
ángel bueno
antes de que la oscureciera el negro tiempo.

AMOR PRESTIDIGITADOR

Qué profundamente
están todas las cosas dentro de mí: Tú
como prestidigitador
las vas sacando a luz
una a una:
Ruiseñores y nieves
Pañuelos amargos y rojas sonrisas;
-me espanto de ver
galaxias color malva
heliantos y aguas negras
miro sorprendida
cuán llena estoy
de azules cataratas
de primitivas pinturas, dulces frutas,
muertos resucitados
fieras desconocidas
rosas de cristal, arcos iris

entre tus manos
extática descubro de mi existencia
la perdida Atlántida.

HIPOCRESÍA

Debajo de mi cama escondo
mi amarga bestia
de día la encierro de noche
me asomo la saco le hablo
dejo que me desgarre
-nadie
sospecha mi profunda
fosa del alma
con una sonrisa encubierta.

Cada mañana salgo
menguada, cada mañana
encuentro en torno a mí
multitud de sonrisas semejantes
-aderezadas, para el consumo-
se las enfundan y pasean al parecer felices
pero yo estoy segura
bajo sus camas esconden también ellos
su propia
mortal bestia salvaje.

OSCILACIÓN

De noche cuando la lechuza de Selene
sube a mi árbol plateada y el rocío
perplejo
-¿caerá aquí, caerá allí?- tiembla redondo
la flor nocturna de la memoria abre
su aroma encendiendo y apagando
palabras venturosas de amoroso gusto:
“Muero porque te amo”
“Siempre Siempre”
a mi juventud profundamente susurradas.

Tiembla, enloquece el tiempo
y la rueda implacable al revés girando
me devuelve
a la casa de los geranios y las begoñas
mañanas recién lavadas en el añil del cielo
y abiertas las ventanas
a los gorjeos de las flores
corriendo por las grandes encaladas cámaras
dentro del amplio amor y del sol de la madre
una chiquilla aún, que no sabía
de lazos y espesas sombras
que aún no sabía
lo irreparable del tiempo, los mortales augurios.
Nada, nada en efecto se ha olvidado
y si no se ha olvidado –no está perdido:
las bermejas losetas del patio con que jugábamos a coxcojita
las palomas de la vecina
que se posaban en nuestros hombros niños
carga de paz tan tierna.

La noche entera paseando sonámbulo por el pasado
giras y giras inconsolable;
¿un castigo, una vana gracia, un renacer,
una burla amarga,
-qué es, pues, la memoria?

Hasta que de repente rompiéndose la luz cual granada
fulgente ilumina tu abismo
y en medio de la escarcha matinal como un conjuro
el humo negro de la nostalgia
empieza a disiparse hacia arriba
en tanto que debajo de los párpados
percibes pesadas dos lágrimas –regalo
que a escondidas dejó en ti la noche
al huir de puntillas.

MODUS VIVENDI

A la barahúnda de los sentidos
a las aves de presa del deseo
a los sueños carnívoros –no tengo que oponer
sino la pequeña albahaca olorosa de mi maceta
mi pecho transparente de fúlgidas heridas
y la piedra desnuda de mi paciencia.

Al yatagán del tiempo a la voraz
boca de la vanidad, al garfio sombrío
de la soledad –no tengo que oponer
más que el mineral de mis versos,
los susurros de la memoria, la arena
movediza de mis amores.

Al hambre de Eternidad, al pánico de la muerte
a la fascinación del odio
al cuchillo de los asesinos –no tengo que oponer
más que mis entrañas de dolor fulgentes
de mi esperanza el conjuro,
el radiante gorjeo de una infantil sonrisa
y mi pequeña oración de niña.

Y llegó carta de Ediciones Opera en Grecia. En ella mi entrañable amigo Giorgos Miresiotis, quien incluso nos envía esta foto, me informa que Lena Pappá nació en Atenas en 1932, hizo estudios de Historia y de Arqueología en la universidad de Atenas, de Letras en el Instituto Francés de Atenas, de Historia del Arte en la Academia de Bellas Artes de la misma ciudad, y obtuvo una beca para seguir un curso de Historia del Arte Moderno en la Sorbonne.
Actualmente dirige la Biblioteca de Bellas Artes de Atenas y es miembro de la Asociación Nacional de Hombres (y mujeres) de Letras Griegas. Está casada con el vicepresidente del Consejo Nacional de Estado, señor Tassos Marinos, y tiene una hija. A muchos de sus versos han puesto música distintos compositores. Servidos. Muchísmas gracias, Giorgos.

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Esta semana quería dedicar el blog a una poeta griega, Lena Pappá, de la cual poseo apenas un librillo, Palabras de Vidrio, publicado por la editorial Los Vientos, en 1984. En él hay algunos poemas que habría querido compartir con los lectores este fin de año. Por desgracia, por más que he revuelto bibliotecas y librerías, incluyendo los acostumbrados canales de Internet en los pocos idiomas que domino, aparte de que nació en Atenas no he podido averiguar nada más sobre ella, ni siquiera la fecha de su nacimiento. Continúo mis pesquisas y les prometo muestras de su extraordinario quehacer literario para la semana que viene. Si alguno de ustedes, lectores de este blog, -tal vez tú, Luis González de Alba, tan enamorado de Grecia y su cultura- tiene algún material o información que proporcionarme se le agradecería infinito.
Para sustituirla, mal, yo lo sé, pero el tiempo apremia y esta entrada lleva ya un día de retraso, les ofrezco algunos poemas míos, ojalá los disfruten.
Comienzo con uno inédito, garabateado sobre una servilleta del bar del hotel Frankfurterhoff allá por el 93 o el 94, que Carmen Balcells se llevó como recuerdo a Barcelona.

Nostalgia de Góngora en la Feria del Libro

Que animen damas hermosas
el vaivén de tales cosas
bien puede ser

Más que así levanten olas
y que luego duerman solas
no puede ser

Que se aleguen mil razones
para nuevas ediciones
bien puede ser

Más que acierte tanta ciencia
sin cierta concupiscencia
no puede ser

Pequeño poema (n)e(u)rótico

El ratón que nos comió la lengua
cuando niños
(¿recuerdas?)
persigue aún esa palabra
que se escabulle.

Silencio,
entre tú y yo sólo silencio,
y el novicio rozar
de los labios y los cuerpos.
La palma de mi mano
toqueteando el vacío
sobre tu púber vello eléctrico.
Y tu boca crispándose torpemente
en mi boca,
amordazando promesas que nos prohibía
la infancia,
mientras el sinvergüenza ratón
rondaba su agujero
en busca de esa palabra
que se escabulle.

Descuido

Se me extravió tu nombre en el recuerdo.
He perdido tu nombre
en ese sitio ambiguo en donde quedan
aún tantas cosas tuyas.
Ahí está tu sonrisa, por ejemplo,
-¿era esa tu sonrisa?-, y tus ojos cansados
de mis intemperancias,
y la esquiva tibieza de tu carne,
y tu silueta desnuda recortada
contra la tenue cortina de donde provenía
la incierta luz del alba.
Tú fumabas junto a la ventana,
recuerdo tus pechos desafiantes,
sus altivos pezones expuestos a mis ansias,
tu perfil pensativo que exploraba
por entre los traslúcidos pliegues de la gasa
el difuso contorno de los árboles
en la indecisa madrugada.
Recuerdo también que te volviste
y el timbre de tu voz y tu mirada
al decirme que ya no era posible
continuar con lo nuestro, que deseabas
ser libre como antes y seguir con tu vida
lejos de nuestras incongruencias cotidianas.
Ser libre, me dijiste pero, mira,
te me quedaste presa en el recuerdo,
aunque he olvidado tu nombre.

Ruinas

La luna cae
por la abertura de la chimenea
cual redonda moneda
dentro de una alcancía.
Se ilumina la casa
Pero no hay ya quien vea
el esplendor del astro
en la pieza vacía.

Brote

Algo germina en mí,
algo me crece
en el oscuro ámbito
del cuerpo,
algo como una sombra
densa y dulce
en mi interior asciende
a mi cerebro.
¿Será tal vez un yo
que aún no conozco
caminando hacia mí
desde mi centro
como una mansa bestia silenciosa?
¿O es una mariposa azul
que hizo capullo
entre el alto andamiaje
de mis huesos
y anhela deshacerse
de su cárcel
y volar como vuela
el pensamiento…?

Alimaña

Aquello que se me quedó en el inconsciente,
alacrán arrancado de su nido,
lo que quiero y no puedo recordar,
todo lo vivido y olvidado,
viene hacia mí desde la infancia,
avanza con la cola levantada.

¿Cuándo llegará por fin a mí?
¿Cuándo tocará,
con su aguijón en llamas,
mi frente?

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Joseph Brodsky (San Petersburgo, 1940-1996) forma, junto con Ana Ahmátova y Marina Svetáieva, a quienes mencionó en su discurso de recepción del Premio Nobel de la literatura en 1987, la trilogía de poetas rusos más importantes del siglo veinte. Brodsky abandonó sus estudios escolares a los quince años para desempeñar diversos oficios, aprender lenguas y escribir sus primeros poemas. Sus actividades literarias no fueron bien vistas por el régimen soviético el que, en 1963, lo sentenció a cinco años de trabajos forzados acusándolo de “parasitismo social”. Brodsky, gracias a la intervención de Ana Ahmátova, Dimitri Shostakóvich y otros artistas célebres, sólo cumplió uno y medio de condena en la penitenciaría de Arjanguelsk, a orillas del río Dvina, en el helado norte ruso.
Él mismo cuenta que en una dacha de Komarovo, donde convivió un tiempo con su amigo Aksel Berg, contemplaba a diario una página tomada de una revista polaca que había pegado sobre su estufa de cerámica. El recorte representaba la adoración de los magos y fue el origen de sus poemas de Navidad, de los que se propuso escribir uno cada año como “una especie de felicitación de cumpleaños”, según confiesa en la entrevista concedida a Peter Vail.
Lo que conmovía, e incluso “agobiaba” al poeta ruso era el peso de esa fecha, 25 de diciembre, en el cómputo de la vida humana. El hecho de que el nacimiento de un ser pudiera dividir la historia en dos mitades, que la categoría “antes de cristo” abarcara no sólo a César Augusto y a todos sus antepasados sino también a las diferentes edades Geológicas remontándose hasta el principio del tiempo. Del mismo modo, la clasificación “después de Cristo” incluye no nada más los dos mil años transcurridos hasta nuestros días, sino todos lo que restan por venir.
Exiliado desde 1972, Brodsky emigró a Estados Unidos donde estuvo dando clases de literatura en el Mount Holyoke college de Nueva York. Con su primer sueldo se pagó un viaje a Venecia, ciudad de la que se enamoró y a la que, a partir de entonces, regresaría todos los años. Muchos de sus poemas de Navidad fueron escritos y están situados ahí, y ahí, por voluntad propia, descansan sus restos desde el día de su muerte, acaecida en 1996.
Mucho de la magia de estos poemas, en versos pareados imitando las rimas del folklore popular, se pierde forzosamente en las traducciones de Svetlana Maliavina y Juan José Herrera de la Muela. El espíritu, sin embargo, está en ellos y, como decía el propio Brodsky, “un gran poeta nos hace hablar siempre una lengua distinta”

24 DE DICIEMBRE DE 1989

Imagina, encendiendo una cerilla, aquella noche en la cueva:
utiliza para sentir el frío de las grietas del suelo;
para sentir el hambre, la vajilla apilada,
y el desierto… el desierto está en todas partes.

Imagina, encendiendo la cerilla, aquella medianoche en la cueva:
el fuego, las sombras de los animales o de las cosas,
e imagina, con tu cara confundida en los pliegues de la toalla,
a María, a José, y el hatillo con el niño.

Imagina a tres reyes, la procesión de sus caravanas
hacia el portal; o mejor, tres rayos que alcanzan
la estrella, el crujido de su carga, el sonido de las campanillas
(en el azul espeso, el Niño aún no cuenta

con el eco de una gran campana).
Imagina que el Señor en el Hijo del Hombre por vez primera
se reconoce a Sí mismo, a una distancia remota, en las tinieblas:
un vagabundo en otro vagabundo.

24 DE DICIEMBRE DE 1986

Cae la nieve dejando al mundo reducido.
En esta época, se dan el desenfreno, los Pinkerton,
y te descubre a ti mismo, de cualquier manera,
la huella impresa en ella con descuido.
Esos hallazgos no exigen tributo.
Silencio por todo el barrio.
¡Cuánta luz se metió en ese trozo de estrella
al llegar la noche! Tanta como fugitivos en una balsa.
No te ciegues, ¡mira! Tú también eres huérfano,
desarraigado, canalla, estás fuera de la ley;
no busques, porque nada tienes. De tu boca,
Como de un dragón, salen bocanadas de humo.
Mejor será que reces en voz alta, como un segundo nazareno,
por los reyes sin reino que vagan con sus presentes
en ambos confines de la tierra,
y por todos los niños en sus cunas.

24 DE DICIEMBRE DE 1971

En Navidad todos somos un poco Reyes Magos.
Empujones y barro en los abastos.
Por una caja de turrón de café,
gente cargada con montones de paquetes
emprende el asedio del mostrador:
cada cual hace de Rey y de camello.

Cestas, bolsas, paquetes, envoltorios,
corbatas torcidas, gorros.
Olor a vodka, a pino a bacalao,
a mandarinas, a canela y a manzanas.
Un caos de caras y no se ve, entre la nieve,
el camino que lleva a Belén.

Y los portadores de estos modestos presentes
saltan a los transportes, se abalanzan sobre las puertas,
desaparecen en los huecos de los patios,
sabiendo incluso que el portal está vacío:
no hay animales, ni pesebre, ni Aquélla
sobre quien brilla un nimbo dorado.

El vacío es absoluto. Pero sólo al pensar en ella,
ves de pronto una luz que viene de quién sabe dónde.
Si Herodes supiese que, por más riguroso que fuera,
el milagro sería tanto más cierto, inevitable…
En el rigor de esa ley está
el mecanismo clave de la Navidad.

Y lo que se festeja ahora por todas partes
es Su Advenimiento, que pone juntas
todas las mesas. Aún, quizás, no necesiten la estrella:
aunque la buena voluntad de los hombres
se distingue de lejos,
y los pastores encendieron hogueras.

Cae la nieve. No echan humo sino suenan las trompetas
de las chimeneas en los tejados. Y las caras son manchas.
Herodes bebe. Las mujeres esconden a los chicos.
¿Quién se aproxima? –nadie lo sabe:
ignoramos cual es su señal, y los corazones
puede que no reconozcan al forastero.

Pero, cuando en el umbral el aire disuelve
la espesa niebla nocturna
y surge la figura con su manto,
al Niño y al Espíritu Santo,
los sientes dentro de ti sin avergonzarte;
miras al cielo y ves la estrella.

PRESEPIO
(24 de diciembre de 1991)

El Niño, María, José, los Reyes,
los pastores envueltos en las pieles,
animales, camellos, sus guías…
Todo convertido en figuritas de arcilla.

Sobre la nieve de algodón, rociada de purpurina,
arde la hoguera. Y apetece tocar con el dedo
el papel de plata de la estrella; con los cinco mejor
como entonces lo quiso el Niño de Belén.

Entonces en Belén todo era más grande; pero la arcilla,
con el baño de plata por encima
y el algodón esparcido alrededor,
gustaba hacer el papel de lo que había desaparecido.

Ahora eres más grande que todos ellos. Tú,
como un transeúnte a medianoche, desde inalcanzable altura,
te asomas a la ventana del cuartucho-,
y contemplas desde el espacio estas pequeñas figuras.

Allí la vida sigue igual, igual que unos disminuyen
con los siglos en su volumen,
y otros crecen –como ocurrió contigo- .
Allí luchan con copos de nieve las figuritas,
y la más pequeña prueba el pecho.
Y uno tiende a cerrar los ojos, o… a abreviar el trecho
que le separa de otra galaxia, donde tú desprendías
luz en un sórdido desierto –como en las arenas de Palestina.

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¿Qué nos mueve a la traducción? ¿El deseo de compartir con otros de nuestra misma lengua lo que nos conmovió en una ajena? ¿El sentirnos de modo vicario coautores de un texto que admiramos? No lo sé, tal vez en cada traducción haya un poco de ambas cosas. En mi caso influye además la necesidad de mantener el lápiz afilado y el brazo caliente entre las pausas de mis propios escritos. Los poemas que siguen, todos traducidos por mí, son acaso lugares comunes para muchos lectores de habla portuguesa pero, como no son tan conocidos fuera de ese ámbito, me complace presentar ahora su versión castellana en este blog. Desde luego su elección obedece a una terrible arbitrariedad a su vez regida por el azar: el azar de una lectura, de una afinidad estética o literaria y hasta del afecto instintivo por determinados autores vivos o muertos.
El primero es una deliciosa composición de José Gomes Ferreira (Porto, 1900-1985). Gomes Ferreira aunque nació en Porto, vivió desde muy niño en Lisboa, compuso música y despertó la admiración de sus contemporáneos tanto por sus dones como poeta como por sus compromisos sociales y políticos. Llegó a ser cónsul en Noruega de 1925 a 1929, tal vez conoció ahí a su “amor del Norte”.

VIVIR SIEMPRE TAMBIÉN CANSA.

El sol es siempre el mismo, y el cielo azul
ora es azul, nítidamente azul,
ora es ceniza, negro, casi verde…
mas nunca de color inesperado.

El mundo no se modifica.
Los árboles dan flores,
hojas, frutos, pájaros,
como máquinas verdes.

Los paisajes tampoco se transforman.
No cae nieve escarlata,
ni planean las flores,
la luna no tiene ojos
y nadie va a pintarle ojos a la luna.

Todo es igual, mecánico, exacto.

Y por supuesto los hombres son los hombres.
Eructan, beben, ríen y digieren
sin imaginación.

Y hay barrios miserables, siempre iguales,
discursos de Mussolini,
guerras, orgullos desquiciados,
autos de carreras…

!Y me obligan a vivir hasta la muerte!

¿Qué no sería más humano
morir un pedacito
de cuando en cuando
y recomenzar más tarde
hallando todo nuevo?

¡Ah! Si pudiese suicidarme por seis meses,
morir encima de un diván
con la cabeza puesta en una almohada,
y la confianza y la serenidad que da saber
que me velabas tú, mi amor del Norte.

Cuando alguien viniera a preguntar por mí,
le dirías con esa tu sonrisa
donde arde un corazón en melodía
“matose esta mañana
y no va a resucitar ahora
por una bagatela.”

Y vendrías después, muy suavemente,
a velar por mí, sutil y cuidadosa,
andando de puntillas para no despertar
a la muerte aún pequeñita en mi garganta.

Este otro, un soneto de David Mourão-Ferreira (Lisboa, 1927-1996), me atrajo por la musicalidad y la profunda nostalgia que emana del poema. Mourão-Ferreira estudió Filología Románica y fue profesor emérito de la universidad de Lisboa. En los años sesentas estuvo vinculado a varios programas culturales de radio y de televisión. Llegó a Secretario de Cultura entre el 76 y el 78.

Y A VECES

A veces las noches duran meses
Y a veces los meses son océanos
Y a veces los brazos que apretamos
nunca más son los mismos Y a veces

encontramos de nos en pocos meses
lo que la noche nos hizo en muchos años
Y a veces fingimos que añoramos
Y a veces añoramos que a veces

al tomarles el gusto a los océanos
sólo heces de noches no de meses
al fondo de las copas encontramos

Y a veces sonreímos o lloramos
Y a veces a veces ah a veces
En un segundo se fugan muchos años.

Quisiera terminar con dos de Marcelo Teixeira (Pinhal do Norte, 1964). Su especialidad es la historia pero se ha dedicado más que nada a la literatura, primero en el programa radiofónico Las Márgenes del Silencio allá en los años ochentas y, actualmente, en su trabajo de editor.

MOVIMIENTO PERPÉTUO

Estas son las cosas más simples
los más conocidos secretos nocturnos, dirás
en vano me escribes poemas, plantas rosas
sé que es de ti de quien hablas al evocarme,
de tu gente, de lo que no soy
de lo que no hago a esta hora.
Es muy cierto, no sé quién eres
los días en que me ocultas la mirada,
o el ardor que me profesan tus manos.
¿Conoces Goa? ¿Monte Albán?
¿Cómo saber en qué cuerpos te extraviaste?
Esas son las sombras de mi canto
los mejores gestos inútiles de estos días
pero no me detengas si te invento;
es por saberte imperfecta en los versos de ayer
que recomienzo cada día tu retrato.

SI TE ABRO LA PUERTA

Si te abro la puerta
no olvides
que todas las noches exigen un sacrificio.

Nada receles
mas no esperes almíbar en la boca
ni armisticio al cuerpo
ni baño en la mañana.

Nada receles
mas no esperes palabras inocentes
acostumbro mentir en los días pares
y faltar a la verdad en los restantes.

Si te abro la puerta
llámame sólo por mi nombre
y sé bienvenida al trono de un reino saqueado.

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Mi amistad con el gran fotógrafo argentino afincado en París Daniel Mordzinski (Buenos Aires, 1960) data de hace casi quince años y nos hemos acompañado por tantos rincones de éste y de aquel lado del Atlántico que su estéril recuento desafiaría nuestra memoria conjunta. Esa larga complicidad nos llevó a plasmar en un libro común, El Refugio del Fuego, nuestras correrías por la ladera del volcán de Colima, en México, a fines de los años noventas y principios del 2000.
Daniel se ha forjado una brillante carrera como fotógrafo profesional. Además de colaborar en los más importantes periódicos y semanarios europeos, lleva una docena de libros publicados y las exposiciones de su trabajos se han venido realizando, cito de memoria sólo de las que me he enterado, en distintas ciudades de México, Colombia, Argentina, Portugal, España, Francia y Rusia.
Dado que este es un blog literario, Daniel ha tenido la bondad de corresponder a mi invitación enviándonos las fotos de algunos de sus poetas preferidos.

Comenzamos con una espectacular e inédita de quien alguna vez aseguró que “citar es citarse”, Jorge Luis Borges (“El hoy fugaz es leve y es eterno / otro cielo no busques / ni otro infierno”). Tal vez al enfrentar rodeado de autores la lente de su joven paisano, el poeta razonara que, si citar es citarse, fotografiar debe por fuerza ser fotografiarse.

Porque Mordzinski capta en aquellos que retrata algo muy hondo de sí mismo. Como si su cámara accionara un mecanismo de diapasones que hicieran vibrar al mismo tiempo y en la misma frecuencia a las personas en ambos lados del objetivo. Es él entonces, Mordzinski, quien se recarga al ropero atestado de libros de Olga Orozco (“como aquellas que saben que la vida es ausencia amordazada, / y el silencio una boca cosida que simula olvido”).

Es él quien busca en el mapa los verdes tigres del mar y no William Ospina (“nadie sino yo los ha visto. A nadie he contado que existen. / Volverían a decir que estoy loco, que mi madre murió en un asilo, / que mi padre era un borracho sin remedio”).

Y nos observa a través de la ventana por donde asoma Roberto Juarroz (“debemos conseguir que el texto que leemos / nos lea. / Debemos conseguir que la música que escuchamos / nos oiga. / Debemos conseguir que aquello que amamos / parezca por lo menos amarnos”).

Él se esconde tras el hermoso y pensativo perfil de Lauren Mendinueta (“¿cómo interpretar las señales / si los clavos son tan de este mundo?”).

Es suya esa sonrisa entre irónica y tierna que apenas curva los labios de Carmen Yáñez (“así comenzó la escritura el mudo. / Llovía a cántaros. / De la tierra surgieron los seres / y hablaban por él”).

Contempla al niño sentado en la pelota con los ojos de Mario Benedetti (“te dejo frente al mar / descifrándote sola / sin mi pregunta a ciegas / sin mi respuesta rota”)

y nos mira recostado en el sofá donde yace Gonzalo Rojas (“¿qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida / o la luz de la muerte?”).

Es el propio rostro de Daniel el que se refleja ante el espejo al que se mira Chantal Maillard (“doy un paso y despierto al agua / a punto de ser agua, / se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto / de ser negra…”)

y, en esa playa de Saint Maló, son él y Maqrol el gaviero quienes comparten la apariencia de Álvaro Mutis (“a la vuelta de la esquina / te seguirá esperando / ese que nunca fuiste, ese que se murió / de tanto ser tú mismo lo que eres”).

Es otra vez Daniel Mordzinski quien acompaña los pasos de la niña por la escalinata y no Blanca Varela (“digamos que ganaste la carrera / y que el premio / era otra carrera”)

y podemos ver su sombra recortada a contraluz en el balcón de Antonio Gamoneda (“llevo colgados de mi corazón / los ojos de una perra y, más abajo / una carta de madre campesina”).

Es de nuevo él, en México, de pie en esa esquina de la colonia Condesa donde vive el flamante ganador del premio Cervantes, Juan Gelman (“a este oficio me obligan los dolores ajenos, / las lágrimas, los pañuelos saludadores, / las promesas en medio del otoño o del fuego”),

y observa hacia una alta ventana medio oculta tras el follaje en lugar de Darío Jaramillo (“ese otro que también me habita / acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno o de ambos”).

¿Pero no es ahí donde reside el arte: en expresar mejor la humanidad de otros expresando al mismo tiempo la parte más humana y mejor de nosotros mismos? Y ese claroscuro perímetro, en el que Mordzinski se mimetisa y hasta podría intercambiarse con cada uno de sus sujetos es la prueba definitiva de su talento y universalidad como artista.

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