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Cuando conocí a Lauren Mendinueta (Barranquilla, Colombia, 1977) una de las primeras preguntas que le hice fue si, en alguna parte de su pretigioso currículum vitae, existía una estadística sobre posibles suicidios entre sus lectores. A ella le hizo gracia la broma.
Lauren es una mujer alegre, risueña, afable, afectuosa, simpática. Nada en su comportamiento habitual permite suponer la a duras penas contenida descarga emocional que nos desgarra en su obra. Su estilo es reflexivo, sobrio, conciso, desnudo de adornos que no estén vinculados a los grandes arquetipos elementales. Pero cada uno de sus versos nos sacude, nos estremece, con el suave y eléctrico trepidar de una tristeza, una desolación, un abandono que viene de muy atrás, de muy hondo, de muy lejos, y que remueve dentro de nosotros, como rozando las íntimas cuerdas de un diapasón ancestral, la evidencia de nuestro propio desamparo ante las insidias del tiempo, del desamor, de la soledad, del desarraigo y de la muerte.
Esto se hace aún más patente en su más reciente trabajo, La Vocación Suspendida, que fue presentado el sábado 26 de abril durante la entrega del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos al que ella se hizo acreedora el año pasado. En él, la poeta llega a dudar del sentido de su propia vocación, sobre todo en el doloroso poema final. Sin embargo, es la escritura misma del poemario en el que la pone en entredicho lo que la alienta a reactivarla.
En el último párrafo de su magnífico prólogo, Jon Juaristi, quien presentó el libro en la ceremonia de Albox, escribió:
“La vocación suspendida es un poemario orgánico, cerrado, completo: una teoría del “dolorido sentir”, tensa hasta el desgarramiento y, a la vez, contenida. Lo suficientemente contenida como para permitir una lectura analítica y serena, que no es poca virtud y maestría. Lauren Mendinueta se revela aquí como una de las voces más individualizadas de su generación. Una voz extraordinariamente madura, dueña de sus recursos, que ha sabido edificar una tradición a su medida, sin dejarse dominar por ella, sometiéndola a lo que debiera ser el proyecto de todo poeta auténtico: la creación de un personaje dotado de una vida moral autónoma. En la obra de esta joven autora latinoamericana, con una evidente vocación universal –no ya suspendida, sino activada por su residencia lisboeta-, se encuentran algunas de las claves de lo que será la mejor lÌrica del siglo XXI, en el que la poesía renueva su vigencia ancestral”.
Enhorabuena, Lauren, por tu nuevo poemario. Permítenos adjuntar, más abajo, una breve selección de los poemas que contiene. Seguro que lo agradecerán tus lectores.
ASÍ PASAN LOS AÑOS
Pasan los años,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.
BOGOTÁ, DESPUÉS DE UNA VISITA A HELENA IRIARTE
No hay relación entre las cosas
y aquello que las encarna.
La realidad acaso es un vacío
y el reflejo en los espejos
la evidencia de su precariedad.
Los nombres van por el mundo
retratando la angustia de no ser lo que nombran.
La gente corre afanada hacia el vagón del metro
o el autobús porque la vida depende de un concepto.
Tampoco la puntualidad corresponde a su palabra,
pues no se puede llegar con retraso al destino.
¿Es posible que convivan alma y cuerpo?
¿no serán un binomio inseparable,
una sola cosa que no sabemos nombrar aún?
En estos temas, como en tantos otros,
me atropella la retórica,
y vuelvo a preguntarme si será posible
nada más vivir.
OLVIDO DE MÍ
Octubre ha llegado dominado por las lluvias,
y los demás meses lo han seguido hasta aquí.
De repente este amontonado tiempo lo ha llenado todo,
el verde de la casa, las sillas, la manta que cubre el piso
cuando en el verano me recuesto a leer.
En mí no es posible el abandono del tiempo,
la gracia que supone el olvido
me hubiese salvado de esta invasión.
Ahora debo caminar con cuidado
para no maltratarme con tantos recuerdos.
¿Me engañaré o será verdad lo que voy a decir?
Renuncio a esta visita, no le temo a la soledad.
LA TORRE DE MARFIL
El mundo es una torre de marfil, en vano
busco una puerta en sus paredes curvas.
Parezco una actriz representando a un borracho,
camino tratando de hacer una línea recta,
nunca eses. No soy una profesional
de la actuación, ni siquiera me le parezco,
pero caminaré tratando de hacer una línea recta.
A veces me siento frente al ordenador y busco
toda clase de cosas, desde zapatos hasta amor.
Y sí, todo lo encuentro allí, porque el mundo es una torre
y estoy atrapada con todo lo demás, es inevitable.
Cuando me miro al espejo me sorprende lo común
que parece mi rostro, y me digo:
es bueno ser tan común, no te asustes.
Vuelvo a sentarme frente al ordenador y encuentro
las mismas cosas, todo, todo, hasta el amor.
Y allí mismo, tecleando,
trato de comprender
por qué me siento libre en la jaula del pájaro.
EPITAFIO EN LOS DÍAS HABITUALES
Me pregunto cuál es la defensa de esta terca pasión,
por qué no fui costurera, vendedora de cigarros, bailarina o actriz.
Sobreviví por costumbre como las aves del cielo,
nunca estimé la moda tanto como a los nenúfares en su limbo,
visité catedrales y amé la inmovilidad de los cementerios.
Magnífico hubiera sido elegir otras tareas
y no esta vocación suspendida
a la que la mente, de la mano del oficio, me arrastró.
LA VOCACIÓN SUSPENDIDA
A Pierre Klossowski, in memoriam
No es honesto detenerme tratando de justificar con ideas
lo que es vida en la vocación,
ese algo que está a medio camino entre el color de mi atmósfera típica
y la punta de la realidad.
¿Cómo entender la pasión exclusiva por un oficio
que lo remplaza todo, que todo lo justifica en su complacencia?
Si escribo puede ser que alguna vez devele una verdad
por las rutas adonde me arrastra mi sangre.
Soy libre porque estoy presa en el engaño que supone todo misterio.
POÉTICA
Que mis poemas sean ligeros
como hojas vivas
que dibujan formas tenues
sobre muros deslucidos,
es un deseo estúpido,
así lo siento.
Espero más bien,
que sean tan sólidos
como el puente de mis pies
en los sombríos caminos de la tierra.
Etiquetas: autores colombianos, Jon Juaristi, Lauren Mendinueta, Poesía hispanoamericana, Premios
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Oí que recientemente aparecieron en México dos libros dedicados a la memoria de Elena Garro. Yo, Elena Garro, de Carlos Landeros (Grijalbo, México, 2007) y El Asesinato de Elena Garro de Patricia Rosas Lopátegui (Porrúa, México, 2007). No me resuelvo a leerlos porque temo contaminar mi propia experiencia con percepciones ajenas. Sin embargo me dicen que el segundo es una recopilación rigurosa de entrevistas, reportajes y testimonios sobre la autora de Los Recuerdos del Porvenir. Aquí está lo que yo puedo aportar. Y que cada quien se sirva según su gusto y conveniencia.
No había hablado antes públicamente del asunto. Primero porque nunca vino al caso y, segundo, por ser una experiencia íntima, muy personal, perteneciente a una época mía que considero preliteraria: se dió antes de que yo publicara mi primera novela y por lo tanto siento que no consta dentro de mi vida de escritor. Pero por una razón que se hará evidente en este artículo el silencio me hace tal vez incurrir en una injusticia y ya es hora de ponerme en paz con mis recuerdos.
Conocí a Elena Garro por azar, en París, muy a finales de los años ochentas y principios de los noventas, y tuve una relación muy particular de amistad con ella. Un día, al hacer un trámite cualquiera en la embajada de México me atendió una empleada que dijo llamarse Helena Paz y, como bien pregonaba su apellido, ser hija de quien todos sabemos. Yo, impulsado por la curiosidad y el deseo de acercarme a un pariente tan próximo de quien considero, dentro de las letras mexicanas, el mejor poeta desde Sor Juana y el más grande ensayista después de Alfonso Reyes, me apresuré a invitarla a cenar a mi casa varios días después. Un poco antes de la hora convenida, me llamó para decirme que no deseaba dejar sola a su madre y preguntarme si podía traerla consigo. Yo no sabía que hablaba de Elena Garro. Era, aún lo soy, un ignorante total de la vida íntima y las relaciones de alcoba en la literatura mexicana, no sé quién ha vivido con quién, ni cuándo, ni cómo, ni por qué, pero le dije que sí, que encantado, que no se preocupara, que viniera también, etc.
Así desembarcaron en mi casa Elena y Helenita, Las Dos Elenas, como titula Carlos Fuentes un cuento que, desde que las conocí, no puedo evitar relacionarlo con ellas. En cuanto Elena entró en mi departamento me pareció reconocer su cara pero tardé un rato en identificarla. A mí, la verdad, Los Recuerdos del Porvenir no me habían deslumbrado y no olvidaba el haberme aburrido en alguna de sus obras de teatro. Sólo sentía admiración por un muy bien logrado relato suyo La Culpa es de los Tlaxcaltecas. Sin embargo su desenvoltura, sus maneras mundanas, sus anécdotas, la familiaridad con que hablaba de personajes que yo consideraba, y considero aún, míticos terminó por hechizarme e hizo de aquella cena una velada memorable.
Yo era en esos días el orgulloso poseedor de una de aquellas primitivas Macintosh de buró, pequeñas, cuadradas, de las que aparecen aún en las pantallas de las Mac más recientes cuando uno pulsa la tecla de Ayuda, que eran la gran novedad en Europa. Elena se interesó en su funcionamiento. Yo me apresuré a mostrarle las ventajas que tenía como procesador de texto sobre las entonces aún comunes máquinas de escribir y para ello abrí, lo recuerdo como si lo estuviera haciendo ahora mismo, el capítulo de Amarilis en el que Lope de Vega delira víctima de una fuerte calentura. El texto le llamó la atención y me preguntó de quién era. Al responderle que era parte de una novela que yo estaba escribiendo lo elogió sin reservas e insistió con amabilidad en llevarse a su casa otras muestras de mi quehacer literario.
A raíz de eso empecé a visitarla de tarde en tarde en su departamento, cuando Helenita estaba aún en la embajada. Yo lo prefería así y supongo que ella también. No es que al llegar su hija se entrometiera en nuestras conversaciones, no, muy al contrario, nos dejaba tranquilos en la sala. Pero Elena se veía obligada a recuperar ante ella su papel de enferma crónica, a jurar que esa era la primera taza de café que se bebía y yo a aparentar que el cigarrillo encendido sobre el cenicero era mío.
Elena se mostró en un principio entusiasmada con mi trabajo y me animó a proseguirlo pero en realidad, después de la primera visita, nos olvidamos de él. A mí me interesaba su trato con Sartre, con Simone de Beauvoir, con Malraux, de quien no se cansaba de alabar lo guapo que era, con Borges, con Bioy, con las Ocampo, con Julio Cortázar, de quien me describía la alta estatura, la torpeza en sus modos y el acento francés del que nunca pudo desprenderse al hablar español. De entre la cascada de anécdotas recuerdo particularmente una: ella era todavía una jovencita, casada con Paz, muy joven también pero ya célebre en Francia a pesar de su edad. Los dos llegaban entonces en tren, a París, me parece que procedentes de España cuando, asomada a la ventanilla, descubrió a un grupo de intelectuales franceses que venían a recibirlos con un cartel en el que destacaba el nombre de “Octavio Paz”. Elena sacó la cabeza para prevenirlos gritando “ici, ici!” (¡aquí, aquí!) a lo que uno de ellos respondió “Pas toi, mon chou, ton pere!” (tú no, querida, tu papá!).
Yo disfruté horas y horas de auténtica felicidad sentado en aquel viejo sillón escuchándola hablar. Elena se descalzaba, encogía los pies y los subía al sofá para arroparlos también bajo el abrigo de pieles con que prefería calentarse. Al hablar, la anciana septuagenaria y achacosa que arrastraba los pies al recibirme se iba transformando poco a poco en otra mujer, más joven, animosa y vehemente, y aunque su voz no subiera de tono, conservaba invariablemente aquel susurro apagado, adquirían brillo sus ojos y el color volvía a sus mejillas.
Vivía en la planta baja de un edificio del dieciseisavo, el barrio más elegante de París, pero pasaba inmensas penurias. El salario de Helenita en la embajada apenas les alcanzaba para malvivir. A Octavio Paz lo llamaba simplemente “Paz”. Nunca le oí decir ni “Octavio”, ni “mi exmarido”, ni “ese cabrón”, que bien podría haberlo dicho, no, siempre fue “Paz”, y me consta que tanto ella como su hija estaban permanentemente exigiéndole fondos. En una ocasión pretendieron incluso involucrarme en su empeño. Estando en su casa, marcaron el teléfono del poeta en México e intentaron pasarme el auricular para que yo le contara no se qué historia absurda. Yo me negué horrorizado, cosa que desató la ira de Helenita, mucho más agresiva que su madre en cuanto a las relaciones con “Paz”.
La verdad es que a mí nunca me pidieron dinero. Sólo intervine en su auxilio en una circunstancia muy especial, bastante crítica, y no hubo ningún mérito en ello. En aquel tiempo yo podía darme lujos así sin que se resintieran demasiado mis bolsillos.
Sucedió una tarde en la que Elena me llamó llorando al teléfono, la iban a echar de su casa porque debía más de tres meses de renta. Los hombres del desahucio estaban ya a la puerta a punto de sacar sus muebles a la calle, y ella no sabía qué hacer. Me lancé a toda velocidad rumbo a su piso, sin apenas frenar en los semáforos de la avenida Victor Hugo, y puse en manos del frustrado propietario, a quien a todas luces interesaba menos el dinero que deshacerse de sus insolventes inquilinas, un cheque por el montante de la deuda. Elena quiso pagarme más tarde, cuando menos en parte, con su abrigo de pieles pero yo no acepté. Ya habría tiempo para que me reembolsara después, le dije, cuando mejoraran sus cosas. Ambos sospechábamos que eso no ocurriría, pero no me importó. Había aprendido a estimarla y a valorar aquellas tardes con ella. Fue la primera buena acción de mi vida de escritor y, ya puesto a pensar en el asunto, tal vez haya sido la única.
Tampoco tengo muy clara la razón por la que dejé de verla. Ni siquiera recuerdo si llegué a autografiarle algún ejemplar de Amarilis, la novela que pareció tanto atraerle cuando nos conocimos, editada casi al unísono por Norma y Espasa Calpe en el noventa y dos, alrededor de un año antes de que ella se volviera a México donde ya no le seguí la pista. Por aquellos días nos veíamos muy poco. Publicar en Europa me hizo a mí entrar de golpe en un mundo del que ella, por voluntad o por fuerza, se había segregado. Algunas personas del medio, no vienen al caso sus nombres, gente importante que la conocía bien y con la que yo empecé a relacionarme entonces, me advirtió que tuviera cuidado, que desconfiara, que no creyera todo lo que me decía.
Como testimonio de aquellos días no me queda gran cosa: en alguna parte de mi biblioteca de México deben de estar, dedicados, un libro de poemas que le publicaron a Helenita en Francia y una edición de bolsillo de Los Recuerdos del Porvenir en alemán que llegó en esos días y que Elena me dio, aunque yo no entiendo la lengua. Supongo que no sabía qué hacer con el ejemplar. A mí me pasó lo mismo, pero como no encontré ningún amigo alemán a quien dárselo, todavía ha de andar por ahí.
Elena, que creía en oscuras conspiraciones y procuraba convencerme de tortuosos complots de sociedades secretas para dominar el mundo, era muy lúcida e implacable en sus juicios estéticos. No repetiré aquí sus indiscreciones y críticas sobre nuestra literatura de la época. “La luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, diría el gitano del poema. Tampoco viene al caso dar nombres. El mencionarlos despertaría la justa indignación, cuando no la inquina, de algunos conocidos personajes de las letras mexicanas.
La última vez que hablé de mi amistad con Elena Garro fue con Adolfo Bioy Casares en Saint-Malo, en la costa francesa, allá por el año noventa y siete, ¿o sería el noventa y ocho?, ¿y por qué tocamos el tema?, ¿lo habrá provocado el entonces reciente fallecimiento de Elena?, dios mío, qué memoria. De lo que sí estoy seguro es de que evité mencionarle el que ella lo consideraba el epítome de la caballerosidad y la elegancia. Ahora me arrepiento pero no quise que el gran escritor argentino pensara que yo lo estaba adulando. Fue una larga conversación en la que Bioy, que moriría también poco después, se mostró muy conmovido. Me relató sus propios recuerdos y me confesó el enorme afecto que había sentido por ella.
No creo que el encuentro con Elena haya cambiado mi vida. Yo la tenía bien encaminada pero ella me rozó con su ala al pasar, y ese aleteo de mariposa me impulsó sin pensar por una senda que tal vez yo no habría emprendido sin su intervención.
Además del libro en alemán conservé un tiempo también, como recuerdo, aunque no sé ya dónde están, las dos o tres hojas en las que me copió, con paciencia infinita, las direcciones y los teléfonos privados y públicos de cuanto editor conocía en México para que les llamara de su parte y me publicaran Amarilis. Al final anotó otro, éste en España, el de una agencia literaria en Barcelona de la que yo, neófito absoluto, no había oído hablar. Fue el único teléfono y la única dirección que finalmente usé. Por suerte sin jamás mencionar que me los había dado ella. Ahora sospecho que habría resultado contraproducente. Pero lo hice porque me llamó la atención la frase que dijo mientras la transcribía: “si te agarra la Balcells, ya la hiciste”. Pues sí, Elena, “me agarró la Balcells” aunque no, no “la he hecho” todavía, pero gracias por el consejo. Y por todas las otras cosas que me contaste, ciertas o no. En verdad me han servido de mucho.
Antonio Sarabia
PREMIO DARDO 2008
La poetisa colombiana Lauren Mendinueta, desde su blog Inventario, ha tenido la bondad de conceder a Los Convidados el premio dardo 2008 a la excelencia literaria. Al aceptarlo copio más abajo, como exigen las reglas, la reseña del premio y agradezco a Lauren Mendinueta su generosidad al conferírmelo.
“La Entrega de Premios Dardo 2008 se abre paso entre un gran elenco de Premios de reconocido prestigio en el mundo de la literatura, y con el reconoce los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personal, etc.., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras rotas”.
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El juicio del Hay Festival sólo vino a confirmar lo que todos sus colegas, lectores y amigos sabíamos: Karla Suárez (La Habana, Cuba, 1969) es una de los más sobresalientes narradores jóvenes de la literatura latinoamericana actual. Sus novelas están traducidas a varios idiomas. Sus relatos aparecen constantemente en antologías y revistas publicadas en Inglaterra, Estados Unidos, Finlandia, Islandia, Polonia, Francia, Italia, España y diversos países de América Latina. Dos de sus cuentos fueron adaptados a la televisión cubana y uno fue incluso llevado al teatro, también en Cuba.
Pocas veces la personalidad de un escritor concuerda con tanta fidelidad con su propio estilo literario. Ese es el caso de Karla. La belleza, la inteligencia, la frescura, el humor y la picardía de la Karla Suárez de carne y hueso se refleja sin cesar en su prosa. Es también uno de los raros autores que llegaron a la literatura a través de las ciencias exactas. Ella hizo estudios de ingeniería electrónica y es la orgullosa poseedora de una completísima navaja suiza que, aparte de los aditamentos usuales para mondar una naranja o descorchar una botella de vino, dispone de diminutos desatornilladores y demás utencilios capaces de destripar una computadora y armarla de nuevo, cosa que Karla sabe hacer con la meticulosidad, precisión y eficiencia con la que levanta sus arquitecturas de palabras.
Durante una de varias inolvidables veladas con Lauren Mendinueta y José Manuel Fajardo a orillas del Douro, Karla nos leyó el cuento que reproducimos más abajo. Cuando se lo pedí para compartirlo con los lectores del blog, Karla nos lo cedió con gusto. Aquí está para ustedes. Disfrútenlo.
LA COLECCIONISTA
Él era un famoso cantante de salsa. Ella coleccionaba cosas y hacía algún tatuaje. Él estaba casado con una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante francés.
Se conocieron por casualidad. Ella intentaba convencer al empleado de una cafetería de que cinco centavos no determinaban nada en el precio de una cajetilla de cigarros. El empleado, por su parte, respondía con su amplia sonrisa y una rotunda negativa. Los cinco centavos llegaron de una mano que se extendía sobre el hombro de Ella. Ella miró atrás, sonrió reconociendo el rostro y dijo “gracias” mientras guardaba apresurada la caja de Marlboros. Él sonrió y la invitó a una cerveza. Ella prefirió caminar y caminaron.
-La salsa no me gusta, pero te conozco, todo el mundo te conoce.
Todo el mundo lo conocía porque era un famoso de sonrisa agradable y ojos interesantes. Ella no era famosa, su pasatiempo preferido era coleccionar. Coleccionaba copas robadas de distintos bares, corchos de botellas abiertas en fechas memorables, arena de las playas, lápices raros, velas traídas de iglesias del mundo entero y algunas construidas por Ella, coloreadas con medicinas y que usaban como moldes cascarones de huevos, tubos de desodorante, cualquier cosa. Cualquier cosa coleccionaba y hacía tatuajes, a veces, cuando le parecía.
-Tengo un amante francés, viene todos los meses y bebemos vino, me regala libros y velas, es escritor.
Él quiso saber su nombre, por si lo conocía, quién sabe, pero Ella se negó.
-Nunca reveles la identidad de tus amantes, además… es casado, como tú.
Los famosos no tienen vida privada. Todo el mundo sabía de su esposa japonesa y suspiró pensando que la libertad es no tener rostro. Andar por la calle sin que nadie te mire y admire el nuevo carro que acaba de regalarte tu mujer, unos años mayor que tú, esa mujer que ya no te interesa y pasa casi todo el año de viaje, como tú, pero en latitudes distintas.
-Ton, ton – dijo Ella golpeando su corazón- Te has quedado tan callado, ton, ton, corazoncito triste, yo pensé que todos los salseros eran bien divertidos.
Él quiso ser divertido y la invitó a un concierto, pero Ella detestaba los conciertos de salsa y la farándula de ropas de boutique, y bajarse de un carro que casi nadie tiene y sentir desde la mesa como todos la observan.
-Dime una cosa, ¿qué prefieres, la noche o la mañana?
-Soy músico, animal nocturno.
-¿El invierno o el verano?
-Verano tenemos todo el año, yo prefiero el invierno y basta de preguntas que de periodistas estoy harto.
-Una más, sólo una, ¿los gatos o los perros?
Él sonrió.
-En casa de mi madre tengo dos gatos: Ochún y Changó.
Ella sonrió mordiéndose los labios.
-Ok, no iré a tus conciertos, pero podemos vernos, a solas…
Y se siguieron viendo. Ella esperaba su llamada después de los conciertos y se iban a la playa, lejos de la ciudad. Él le traía copas y escribía la fecha en los corchos de las botellas que bebían juntos. Luego, y durante y antes y después hacían el amor. Él cantaba baladas a su oído mientras Ella besaba pedacito a pedacito los poros de su cuerpo.
El primer mes que vino el francés, Ella previno la ausencia de una semana.
-¿Lo amas? – preguntó Él y Ella sonrió sin decir nada- Si no lo amas ¿por qué no lo dejas y te quedas conmigo?
-Ton, ton, corazoncito egoísta, mi escritor viene para verme, cuando regrese la japonesa también tú tendrás vacaciones.
Él quiso decir algo, pero se mordió la lengua. Al otro día le escribió una canción y estuvo esperando toda una semana. Los meses entonces se construyeron a pedazos, una semana para el francés, algunos días para la esposa japonesa, tiempo de giras, el resto quedaba para estar juntos.
Cierta vez coincidieron en una Marina lejos de la ciudad. Ella bebía un agua tónica con mucho hielo, junto a la piscina. El escritor francés leía tomando el sol a su lado. Él se bajó del carro y caminó con su esposa del brazo. La empresaria japonesa reconoció al escritor y se detuvo. Él reparó en Ella. Su esposa acercó la boca para decirle al oído quién era el canoso de la revista. Él asintió callado, no lo conocía. La pareja siguió andando y al pasar junto a los otros, la japonesa hizo un gesto de saludo al escritor que acababa de alzar la cabeza. Él bajó la vista. Ella bebió su agua tónica. El escritor sonrió molesto por ser reconocido.
De aquel encuentro nunca hablaron. Él prefirió callar. Ella besó los poros de su cuerpo y le hizo el amor en español.
-Ton, ton, – dijo Él golpeando el corazón- Yo te quiero, ¿sabes?
Ella le regaló una vela con forma de caracol.
Una noche llegó muy feliz. Traía un libro que su escritor acababa de dedicarle. Se vendía en toda Europa y en la primera página estaba su nombre. El libro era de Ella y para Ella.
-Lo hace para agradarte – dijo Él- Yo, de muy buena gana te dedicaría un disco, pero mi mujer querría saber quién eres tú y como dijiste, “nunca reveles la identidad de tus amantes”…
Ella rió complacida, besó el libro y luego besó la boca de su cantante de salsa. Su amante que empezó a telefonearla cuando andaba de giras y le hablaba del frío y de las noches y las botellas que compraba para beber con Ella. Al regresar traía periódicos y revistas donde salía su foto, las críticas de prensa, la promoción de los discos y los lápices raros que se había empeñado en encontrar para la colección de Ella. En uno de esos regresos, la encontró un poco extraña, preocupada.
-No es nada – dijo Ella- Necesito colores, debo hacer un tatuaje, pero no tengo colores, es muy importante, ¿sabes?
Él la ayudó a conseguirlos e hizo que desapareciera su tristeza. Estaba feliz. Tatuar era algo que hacía sólo en ocasiones especiales, algún día, si él quería podría hacer algo en su cuerpo. Ella no tenía ninguno, pero los hacía muy bien, le gustaba.
Una semana después regresó la japonesa y Él dejó de verla. Su esposa permaneció más de un mes en casa y Él sólo consiguió llamadas telefónicas y una corta visita a golpe de malabares. El matrimonio se convirtió en un hastío donde apenas se alcanzaba la armonía cuando hablaban de próximas giras y contratos. La japonesa lo notó demasiado distante y Él culpó al calor. Percibió que en sus nuevas canciones predominaban las baladas y Él aludió “un bache creativo”. Descubrió unas velas extrañas encima del armario y Él se justificó con la crisis energética. En el aeropuerto lo abrazó, Él besó su frente deseándole buen viaje y dos segundos después de verla desaparecer tras el cristal, montó en el carro y fue a buscarla a Ella.
Pero Ella no estaba. La noche siguiente se encontraron, y estuvieron felices de tocar sus cuerpos. Ella no sabía que la japonesa había partido y contó que no estaba en casa porque conoció a un cineasta español, un tipo interesante con el que conversó largas horas. Él quería permanecer el mayor tiempo juntos y preguntó cuando venía el francés.
-Ya no vendrá más, se acabó -dijo Ella- Está loco, la última semana dijo que su mujer lo sabía todo, él mismo se lo contó porque quería abandonar a su familia y llevarme a París para vivir juntos, pero yo no quiero, no lo amo, entonces, se acabó.
Él suspiró con cierto alivio nada disimulado y la abrazó muy fuerte.
-Ton, ton, corazoncito loco, ahora te quedarás conmigo.
Ella sonrió y mojó con su lengua la punta de la nariz de Él. Dijo que quería beber un agua tónica y hacer el amor en las sábanas de la japonesa, y fue la primera vez que se amaron en aquel cuarto. Él no quiso que se fuera al otro día, quiso que esperara en casa a que terminara el concierto de la noche. Y así hizo Ella, lo esperó desnuda y con incienso encendido en todos los rincones. Él regresó muy tarde y vertió ron en el cuerpo que lamió hasta emborracharse. En la mañana, aún desnudos y cansados, le escribió otra canción y no quiso que se fuera. Ella no se fue. Desde su casa vio el concierto por televisión donde estrenaba la música hecha a la mujer más maravillosa nunca antes conocida. Ella estuvo feliz y Él regresó amándola.
Luego vino una corta gira a Japón donde su esposa lo recibió con un posible contrato de seis meses por Europa para promover el disco que recién comenzaba a grabar. Él se entusiasmó, pero no quería a la empresaria japonesa, la quería a Ella. Ella, que lo recibió con una botella de vino español y muchas ganas de su cuerpo, no quiso quedarse esta vez en casa. Él comenzaba a grabar y permanecía casi todo el día en el estudio. Acordaron verse cuando el trabajo diera espacio. Él dejaba todas sus energías en cada canción. Pensando en Ella haría bailar al mundo entero, haría estremecer la vieja Europa.
El día que terminó la grabación fue a buscarla con flores. Compró una caja de ron, dos de agua tónica y propuso grandes celebraciones. Se encerraron en el cuarto. Él puso la contestadora telefónica y bajó el timbre del teléfono. Ella quemó incienso y se quitó la ropa. Cuando la primera botella estaba casi terminada, Él dijo que tenía una sorpresa.
-Me tienes loco, estoy loco -dijo- Cambiaste mi vida, me viraste al revés y no es justo ocultar lo que siento… el disco está dedicado a ti, ya están imprimiendo, tu nombre va a salir en la carátula de un disco que se venderá en todo el mundo. -sonrió y dio golpecitos en el corazón de Ella- Ton, ton, estoy enamorado, corazoncito loco…
Ella abrazó su cuello lamiéndole las orejas. Se estremeció porque las manos de Él volvían a recorrer su espalda y la envolvían toda. Besó sus labios.
-Soy feliz – dijo apartándose un poco- Quiero darte algo muy importante, quiero pedirte una cosa que nos mantendrá unidos para siempre, quiero estar en ti para siempre… déjame hacerte un tatuaje.
Él sintió una emoción extraña y se mordió los labios. Bebió de la botella, casi a punto de estallar de la alegría y aceptó. El dibujo era en la nuca, un extraño dibujo, pequeño, particular. Cuando terminó estaba borracho y exhausto por la posición de la cabeza y las tantas horas sin dormir. Ella acarició su rostro, y se levantó a beber agua tónica, mientras lo veía adormecerse.
La gira de seis meses por Europa quedó confirmada para el mes siguiente. El disco estaba a punto de salir. La japonesa vino a ultimar detalles y partió con la promesa de una larga conversación cuando terminara el ajetreo, a causa del raro comportamiento de su esposo en los últimos tiempos.
-Este disco será un éxito, lo sé – dijo Él tendido sobre la arena mirando el atardecer.
-Cambiará tu vida, te lo auguro – dijo Ella, tendida junto a Él.
-Cambiar… – dijo Él y giró su cuerpo para mirarla- Ton, ton, corazoncito mío… estaba pensando, ¿qué tal si vienes conmigo?, seguimos juntos, al diablo mi matrimonio, yo te quiero a ti.
Ella se incorporó y estiró la espalda. Sonrió.
-Se acabó, yo no te amo.
Él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Algo dijo, pero Ella lo interrumpió agregando que además tenía otro amante, no diría su nombre, era un cineasta español, sólo eso. Tampoco le parecía una buena acción eso de abandonar a la empresaria japonesa en medio de una gira tan importante. Él se frotó la cara, no quiso creer.
-Pero ¿y entonces? todo esto… lo nuestro…
Ella le acarició el rostro y se levantó sacudiéndose la arena. Dijo que no se preocupara por acompañarla, no era tarde, y su amante español vendría a recogerla muy cerca de allí. Él se levantó para decir algo pero terminó tragando en seco.
-Ton, ton, corazoncito tonto. – dijo Ella golpeándole el corazón- ¿Alguna vez dije que te amaba? –besó su mejilla húmeda de sudor y dio unos pasos- ¿Sabes?, es que… yo colecciono personas, me gusta, es en verdad mi pasatiempo preferido… tú que andas por el mundo podrás reconocer mi marca, hay muchos por ahí con ese dibujo en la nuca… -sonrió- Y todos son famosos…
Él era un famoso cantante de salsa y la gira por Europa fue todo un éxito. Ella coleccionaba personas y les tatuaba su marca. Él estaba divorciado de una rica empresaria japonesa. Ella tenía un amante.
Etiquetas: Autores cubanos, José Manuel Fajardo, Karla Suárez, Lauren Mendinueta, Narrativa hispanoamericana
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La grata pero inesperada visita a Lisboa de Elmer Mendoza y la adjudicación del premio internacional de Poesía Martín García Ramos a Sara Herrera Peralta, retrasaron un par de semanas la aparición de esta entrada. Yo habría querido publicarla alrededor del 18 de marzo, día en que se cumplió el decimosegundo aniversario de la muerte de Odiseas Elytis (Heraclión, Grecia, 1911-1996). No fue así pero, ustedes estarán de acuerdo conmigo, nunca es tarde para rendir homenaje a quienes se lo merecen.
Odiseas Elytis nació con el nombre Odiseas Alepudielis en la soleada y mítica Creta. Sus padres lo trasladaron siendo aún muy niño, apenas tenía tres años, a la ciudad de Atenas. Ahí realizaría, con el tiempo, estudios de leyes y ciencias políticas. Muy joven se hizo amigo del poeta surrealista Andreas Embirikos y publicó sus primeros versos en 1935 en la revista Nea Ghrammmata (Nueva Cultura), que también daría a conocer los primeros trabajos de Giorgos Seferis, acreedor asimismo al premio Nobel en 1963. Al estallar la segunda guerra mundial, Elytis sirvió como subteniente en el 24º. regimiento de infantería que vio acción en el frente albano y se mantuvo en la resistencia hasta la definitiva derrota alemana. De 1954 a 1958 radicó en París a donde volvería a causa a del golpe militar en su país, entre 1969 y 1972. En la capital de Francia asistió a cursos de filología y literatura en la Sorbona. Más tarde viajó por Suiza, Italia y España. Tuvo amistad con escritores como Pierre Reverdy, André Bretón, Tristan Tzara, Giuseppe Ungaretti, Paul Eluard, René Char, Pierre Jean Jouve y con pintores como Matisse, Chagall y Picasso. En 1979, se le concedió el premio Nobel de la literatura “por su poesía que, asentada en la tradición griega, describe con sensual fortaleza y lúcida inteligencia la lucha del hombre moderno por su libertad creadora”.
Poco después de recibir la dorada presea, Elytis se retiró a vivir en una especie de semireclusión, concentrándose tan sólo en su trabajo, en obsequiarnos a todos con la pasión, elegancia y belleza de su poesía, siempre envuelta en un lenguaje marino, aéreo, luminoso como los paisajes de su patria, rico en imágenes y con un pie en esa esencia del mito que conlleva el misterio, el dolor y la búsqueda.
VERDE Y PEQUEÑA MAR
Verde y pequeña mar de trece años
Quisiera adoptarte
Quisiera enviarte a la escuela de Jonia
A aprender “mandarina” y “ajenjo”
Verde y pequeña mar de trece años
En la torrecilla del faro a pleno mediodía
Quisiera que retornara el sol para escuchar
Cómo el destino se deshace y cómo
De cerro en cerro aún se comunican
Nuestros parientes lejanos
Que sujetan el aire como estatuas
Verde y pequeña mar de trece años
Con la blanca solapa y la cinta
Quisiera entrar por la ventana en Esmirna
Copiar los reflejos en el techo
De los Kirie Eleison los Glorias
Y con un poco de tramontana y un poco de levante
Volver atrás ola por ola
Verde y pequeña mar de trece años
Y dormir contigo ilícitamente
Y encontrar profundamente entre tus brazos
Pedazos de piedra palabra de dioses
Pedazos de piedra fragmentos de Heráclito
EL MONOGRAMA
Es temprano todavía en este mundo, me oyes
No han sido domesticados los monstruos, me oyes
Mi sangre perdida y el aguzado, me oyes
Puñal
Que corre como carnero por los cielos
Y quiebra las ramas de las estrellas, me oyes
Soy yo, me oyes
Te amo, me oyes
Te tengo y te llevo y te visto
Con el blanco traje nupcial de Ofelia, me oyes
Dónde me dejas, a dónde vas y quién, me oyes
Te toma de la mano por encima de los diluvios
Enormes lianas y lava de volcanes
Llegará el día, me oyes
En que nos entierren y mil años después, me oyes
Nos convertirán en rocas brillantes, me oyes
Para que sobre ellas luzca la crueldad, me oyes
Humana
Y en cinco mil añicos nos arrojará, me oyes
A las aguas uno a uno, me oyes,
Mis amargos guijarros cuento, me oyes
Y es el tiempo una gran iglesia, me oyes
Donde a veces en las imágenes, me oyes
De los santos
Surgen lágrimas verdaderas, me oyes
Y las campanas abren en lo alto, me oyes
Un hondo pasaje que permite mi paso
Aguardan los ángeles con cirios y fúnebres salmos
No voy a ninguna parte, me oyes
O ninguno o los dos juntos, me oyes
Esta flor de la tormenta y, me oyes
Del amor
De una vez para siempre la cortamos, me oyes
Y no habrá de florecer de otra manera, me oyes
En otra tierra, en otra estrella, me oyes
No existe el suelo, no existe el mismo aire, me oyes
Que tocábamos, me oyes
Y ningún jardinero tuvo la dicha en otros tiempos
Después de tanto invierno y tantos vientos fríos, me oyes
Que nazca una flor, sólo nosotros, me oyes
Levantamos toda una isla, me oyes
Con grutas y cabos y acantilados florecidos
Oye, oye
Quién habla a las aguas y quién llora -¿oyes?
Quién busca al otro, quién grita -¿oyes?
Soy yo que grito, soy yo que lloro, me oyes
Te amo, te amo, me oyes.
IMAGEN DE BEOCIA
Aquí donde la yerma mirada recorre las piedras y los cactus
Aquí donde se oyen profundos los pasos del tiempo
Donde se abren grandes muros como estandartes de oro
Por encima de las márgenes del cielo
Dime desde dónde empezó la eternidad
Dime cuál es la cicatriz que te lacera
Y cuál el destino del gusano
Oh tierra de Beocia que te ilumina el viento
Donde está la orquesta de las manos desnudas bajo el palacio
La clemencia que ascendía como humo sagrado
La lengua me dieron griega
Pobre casa en los arenales de Homero,
Mi único cuidado mi lengua en los arenales de Homero.
Allí bremas y percas
Verbos que el viento azota
Corrientes verdes en el azul
Cuanto vi alumbrarse en mis entrañas
Esponjas, medusas
Con las primeras palabras de las Sirenas
Conchas rosadas con los primeros negros estremecimientos
Mi único cuidado mi lengua con los primeros estremecimientos.
Allí granadas, membrillos
Dioses morenos, tíos y primos
Que meten el aceite en enormes tinajas
Y brisas de la vaguada fragantes
De mimbre y terebinto
Esparto y jengibre
Con los primeros gorjeos de los pinzones
Dulces salmodias con los primeros Gloria a Ti
¡Mi único cuidado mi lengua con los primeros Gloria a Ti!
Allí laureles y palmas
Incensario e incienso
Que bendicen las luchas y los mosquetones.
En el suelo preparado con el mantel de viñedos
Aroma de cordero asado, entrechocar de huevos de Pascua
Y Cristo resucitado
Con las primeras salvas de los griegos
Amores secretos con las primeras palabras del Himno
¡Mi único cuidado mi lengua con las primeras palabras del Himno!
Etiquetas: André Bretón, Autores griegos, Giorgos Seferis, Giuseppe Ungaretti, Marc Chagall, Matisse, Odiseas Elytis, Pablo Picasso, Paul Eluard, Pierre Jean Jouve, Pierre Reverdy, Poesía Griega, René Char, Sara Herrera Peralta, Tristan Tzara
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Sara Herrera Peralta (Jerez de la Frontera, España, 1980), una bella andaluza de veintiocho años de edad residente en París fue declarada a mediados de la semana pasada la ganadora del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008.
Espero no pecar de indiscreto si les cuento que, al igual que el año pasado, el concurso estuvo extremadamente disputado debido a la renovada calidad de los competidores. Mi intimidad con Lauren Mendinueta, ganadora del certamen en el 2007, y la amistad con que ahora me honra Francisco Torrecillas, director del evento, me permitieron, sin tener ninguna vela en el entierro, lanzar una ojeada curiosa sobre los manuscritos participantes conforme se acumulaban sobre el escritorio de Lauren. Por una de esas coincidencias de la suerte, el poemario que más atrajo mi atención desde un principio, el marcado con el número treinta y cuatro, resultó al final el vencedor. Sin embargo, estoy seguro de que no fue una decisión fácil ni para la media docena de jurados ni para Jon Juaristi, quien tiene a su cargo la ingrata tarea de poner orden en el caos y pronunciar el veredicto definitivo. Otros jóvenes demostraron en sus trabajos un talento poético de ningún modo inferior al de la triunfadora pero el poemario de ésta, titulado 
De Ida y Vuelta poseía además de su alta calidad literaria una unidad, una fuerza temática, que le hacía sobresalir por encima de los otros.
De Ida y Vuelta se compone de dos partes: El Trayecto y El Viaje. La primera la constituyen veintiocho poemas, cada uno titulado con el nombre de una estación de la línea seis del metro de París que parte de Nation hacia la Etoile. Sara Herrera Peralta transforma ese cotidiano periplo subterráneo en un hermoso y desconsolado monólogo en el que el metro parece abandonar su itinerario habitual para adentrarse en un insólito, perplejo, oscuro, agobiante, pero siempre poético y a fin de cuentas esperanzador recorrido por las profundidades del alma.
La segunda parte, El Viaje, consiste en otros veinte poemas cada uno podríamos decir que “etiquetado” con la grafía, muchas veces arcana, con la que las compañías aéreas rotulan tanto en los billetes de avión como en las etiquetas del equipaje, el origen o el destino de sus vuelos. El último poema, de algún modo la meta del viaje, está marcado como LIS, el código que se le da a Lisboa. El que yo lo haya leído con el Tajo ancho y azul fluyendo inagotable un poco más allá de mi ventana, no deja de parecerme curioso.
Desconozco los nombres reales de los demás finalistas, pero quiero mencionar algunos otros poemarios que me llamaron particularmente la atención. Si cualquiera de los autores de Los Pies del Horizonte, No Sabes Nada del Viento, El Libro a Contraluz o Sin Título ni Contenido, llegan a leer estas líneas y desean aparecer como Convidados en este blog junto con algunos de sus poemas, me sentiré muy honrado poniéndolo a su disposición. Por favor, escríbanme. Si alguno está, además, interesado en que le eche una mano para conseguir editor en España, también lo haré con muchísimo gusto. Por otra parte, si prefieren que sus versos permanezcan inéditos para mantener así la posibilidad y el derecho de participar en otros concursos lo entiendo muy bien y les deseo suerte en ello. No se rindan. Estuvieron muy cerca de llevarse el García Ramos este año. Ya les tocará ganar algún otro muy pronto.
Mientras tanto, gracias a la gentileza de Paco Torrecillas quien me ha permitido reproducir en este blog algunos de los poemas de la obra ganadora, les ofrezco seis que corresponden a un fragmento del trayecto en el metro parisino. Enhorabuena, Sara, que el Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos 2008 sea sólo uno de los primeros en una larga carrera de éxitos.
[6. BERCY]
Desesperados buscando una mayoría suficiente. Esperar el turno. Nuestro turno.
El cielo estará nuboso y se producirán chubascos. Borrascas fuertes.
La muchacha del oeste es una niña con trenzas. Los pies colgando.
La vida pasa a un ritmo ilegítimo y ella sonríe:
la infancia es humilde e ignorante, destapa al vagabundo.
Madre, no veas en mí el llanto de los ángeles ni las hojas esparcidas del otoño.
Los rebaños se hicieron para otros: yo quise ser más fuerte.
Y alza la cabeza y abre sus ojos como quien observa el mundo
con coraje y alegría.
La niña desciende la mirada
[y sus ojos se vuelven transparentes].
Quién será ella, dentro de unos años,
en otras paradas, en otros santuarios, en otros precipicios.
En un segundo la luz se apodera de los inocentes.
Y volvemos, siempre, a comenzar.
[8. CHEVALERET]
Hay parámetros decimonónicos en cada barandilla.
Responden a las necesidades de los viejos, a veces de los niños.
Nos sostienen bajo el techo.
Un sostén para las almas, son grises como el humo.
A veces, sobre las tierras quemadas del vagón de metro
se despiertan las voces de los inconscientes.
Cuánta juventud con cargo, qué infinita extensión del futuro.
Bricolaje inventado:
el debate es siempre el mismo. La segunda jornada. La liga de fútbol.
Monótonas, erguidas: siempre ahí.
El sostén, la presencia. Da igual en qué tarea,
no importa en qué memoria. Hay componentes estáticos que brillan a nuestro alrededor,
cubiertos de grasa, para permanecer aunque el tiempo pase,
aunque la vida se agilice, aunque sigamos este túnel
que nos lleva
desesperadamente
a ninguna parte.
[16. EDGAR QUINET]
Los dos. Cogidos de la mano. Intuyendo los vértigos venideros,
los congeladores vacíos, las tardes de supermercado, las noches de cine,
la rutina afrodisíaca.
Siempre hay una puerta que se abre. Otra que se encaja.
Y en el andén, mientras todos permanecemos,
ellos se separan y se vuelven los extremos del reloj. Puntuales. Modestos. Amables.
No existe el fuego donde no hay deseo. Ni estímulos primarios.
Ni compromiso estudiado. Ni intención de nada.
La mitad visible y la invisible se separan. Los amantes.
Ellos, que creyeron contar el uno con el otro,
han destrozado todas las sábanas, todos los perfumes, todas las flores.
Y han ido a parar al fondo del océano.
Han contado minutos.
Son precipicios enfrentados.
Ya son andén. Ya son distancia.
Ya no son nada.
[17. GARE MONTPARNASSE]
Qué vanidad maldita la de los escarabajos que suben por las ventanas.
La lejanía del mar, ésa fue la primera culpa que sentí al pisar las calles
y recorrer todos los vagones en dirección oblicua.
Saber que donde estemos podremos recordar
es el consuelo de los expatriados.
La voz no queda lejos de cualquier rincón
del mundo:
la ciudad no habría sido ésta,
ni sus figuras, ni sus autores.
Yo llegué sin tiempo limitado,
me acostumbré a sortear todos los vientos, las ráfagas, las malas rachas.
Y ahora me ven recorrer aceras, pasar por el cielo y por la tierra,
como una figura pequeña, sin olfato, ciega, que cree haber purificado
el aire con la fuerza del miedo
y la memoria.
[18. PASTEUR]
La determinación es guardar en la cabeza
nuestros orígenes.
Que nos sintamos salvajes en este vagón civilizado no es culpa de los otros.
Remover lo intocable, mezclar lo improbable con la suerte,
fue siempre nuestra obligación.
Y Edo quedó lejos.
Hay que aprender a no creer todo lo que parece ser.
Ser es más aún que estar vivo,
y vivir es nuestro único milagro.
[28. CHARLES DE GAULLE-ÉTOILE]
Qué hemos guardado en los rostros durante el trayecto.
Qué vejez se apresuró y qué tintes cubrieron las almas de bienvenidas.
Hemos oído hablar de perdedores, hemos contraído los huesos y los músculos
para prepararnos. Y después llegaron los silbidos y la velocidad.
El vagón conoce la fiebre de los vagabundos
y los granos del adolescente.
Quién nos sostendrá en las calles. Quién hablará de insignias, de la vida corriente,
de los pájaros inventados, de los animales impuros.
Éstos son los símbolos y ésta la luz.
Las lenguas extranjeras sobrevivirán a nuestra marcha. Se derrumbarán las sombras.
Y nosotros, que creímos que también en la humedad conviven la palabra y la saliva,
pensaremos en los árboles extinguidos y en los muertos.
Hacemos números. Cargamos la maleta. Mencionan la palabra misericordia
y yo, que no hablo de agonía, que sé que no es éste el último vértigo ni el último miedo,
que no oculto mi rostro, veo la luz al final del túnel.
Los raíles y los andenes se parecen a mi vida buscando una lámina inconfesable.
Los cielos nos protegerán.
Hay quien dijo que queda la luz, siempre, allá donde vayamos.
Yo creo en todo eso.
Y más, allá, aún.
Etiquetas: autores españoles, Lauren Mendinueta, Poesía española, Premios, Sara Herrera Peralta
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El sonido del teléfono la mañana del pasado lunes fue preludio de una grata noticia: Élmer Mendoza (Culiacán, México, 1949) se encontraba en Lisboa. El almuerzo imprescindible, más la charla y las copas vespertinas a la vista del Tajo, nos pusieron al corriente del par de años que llevábamos sin vernos. Élmer remataba en tierras portuguesas, después de haber recorrido media España, la gira promocional de su novela Balas de Plata, ganadora del premio Tousquets 2008. Al día siguiente, el martes 18 por la tarde, hubo una presentación en la Casa Fernando Pessoa con todo y epílogo musical de su hijo Ian Carlo, diestro percusionista que vive en esta ciudad. Ahí estuvimos nosotros también, acompañándolo en una sala repleta de espectadores que lo escucharon atentos antes de ametrallarlo a preguntas.
Élmer es un auténtico sinaloense y, como tal, uno de los amigos más sencillos y campechanos que tengo. Su enorme talento literario es inversamente proporcional a su acendrada modestia. Ojalá el recién ganado premio Tousquets le sirva para alcanzar la notoriedad que desde hace tiempo merece. Nos dejó, como una muestra de su destreza narrativa, cuatro de sus Minificciones. El Caso de Marlene Stamos proviene de su libro Trancapalanca. Zona de Derrumbes se publicó ya en 1991 en El Suplemento de Difocur. Los dos últimos textos, Ytzé y Los Perdedores, son inéditos para este blog. Muchas gracias, Elmer por estas colaboraciones y que continúen los éxitos.
EL CASO DE MARLENE STAMOS
El detective bajó los ojos después de contemplarse en el espejo; metió un picadientes en su boca, se sentó en el sillón destinado a los clientes y se miró las manos. Vacías. Lejos de mujer. Alumno de Holmes, Fantomas, Lupin, Poirot, Queen, Spade, Maigret, Marlowe, Smiley, Carvalho, Belascoarán…, había sido brillante. Poseía todas las cualidades del espejo. Ahora, soportaba el mundo gris del fracaso, de los no es posible, de la evidencia de que la experiencia no basta.
Sumido en una soledad sin barreras observó sus dedos largos laxos el piso la punta de sus zapatos.
Algo no encajaba. También faltaba algo para encajar.
Repasaba la historia:
Marlene asesinada
Sola en la casa de la playa
Un pañuelo
Un viaje
Un exmarido
Un boxeador
Un padre millonario
Una madrastra
Un mayordomo
Dos seguros
Un lanchero
Una discoteque
Un fuerte donativo al Frente Contra la Represión
Un médico
Un excompañero de prepa
Un congreso de estilistas
Un cadáver
El tiempo
Otro cadáver
Múltiples advertencias para que se olvidara del caso.
El detective se tocó la nariz. Pensó en los nudos y posibles olvidos, en los cabos, en el entorno social de los implicados. Durante muchas horas meditó y su rostro se reafirmó en el color de la amargura. Ser humano no es pretexto. Su cuerpo olía a derrota, a final de sonrisa.
Al amanecer lo decidió.
Se puso de pie. Apenas le circulaba la sangre.
Al salir desprendió el letrero: FH del real, detective privado, sin reparar en las minúsculas.
Entró en la puerta siguiente donde se hallaba su dormitorio. Se quitó el sombrero negro y la gabardina. Ojos rojos. El traje oscuro de casimir inglés. Alguna humedad. Tomó la caja de habanos y la tiró al cesto de la basura. Respiraba con pena. La pipa. No escuchó el teléfono. Abandonó el departamento vestido apenas con un suéter, una camisa a cuadros y un pantalón desteñido.
Sus pasos sombríos se mezclaron con la escalera.
Un espasmo de sombras prendía velas a su doble muerte de víctima de lujo.
Salió.
La calle
Ávida sempiterna de desperdicios
Lo tragó con deleite.
Con los años, un basto grupo de detectives se declaró incompetente para descubrir al asesino de Marlene.
Hasta que llegué yo.
Pero esa es otra historia.
ZONA DE DERRUMBES
Iba a matar a la mujer. Estaba de pie en medio de la carretera, paralizada, y yo con el Topaz a 80 velocidad máxima 120. No sé movía. Atrás la tarde era un puñal sin muerto. Ni duda que era mujer. A buena distancia la vi uso lentes pero no estoy ciego y lejos de aminorar la velocidad la aumenté; bueno, no la aumenté, lo que pasó es que qué hace esta vieja pendeja atravesada en sentí, no sé, algo extraño, unas ganas desconocidas de atropellarla. No experimenté conmiseración o asombro de verla en ese sitio tan a despropósito, no, deseé matarla, que saliera volando girando y se estrellara fardo en el pavimento para que se le quitara lo atrevida. No me sentía comprometido o furioso, si ella deseaba que yo fuera el instrumento de su suicidio estaba bien, aceptaba, le daría duro, saldría rebotando y empezaría a sangrar por boca, nariz y oídos, se reventaría la cabeza y se rasparía los brazos y las piernas. Lo merecía, si estuviera en una cascada igual la empujaría, qué falta de respeto a sí misma, ¿qué no se ha enterado de que los suicidas no van al cielo?, ¿qué no ha leído que sufren horrores en la otra vida porque dejaron este ciclo inconcluso? ¿Qué no quiere reencarnar? Además de suicida estúpida. Voy rapidísimo y sigue impávida, y mis ganas de pasarle por encima y desgarrarle el abrigo se acrecientan, que vuele caiga y se rompa la nuca. Que transpire de gusto. La tipa sabe de su fin inminente y me espera con los ojos cerrados. Quieta. No corre aire. Si le paso por encima, seguro va a quedar pelo pegado a las llantas y pedazos de piel en alguna parte del carro. Quizá un pequeño trozo de carne palpitante. Mejor será que le pegue con un costado, así la mando lejos y evito pasarle por encima. Me espera una estatua de perfil. Si la atropello con esa parte del guardafangos saldrá hacia allá y sanseacabó, podré seguir tranquilamente mi camino. No obstante, estoy a unos doce metros y el ánimo de matarla me abandona. No quiero. Me importa un pito que no les parezca, ¿Quién se creen que son para impedir que haga mi regalada gana? Quizá percibí una ligera contrición en ella, o en mí. Viro levemente para esquivarla, freno, me detengo y voy a verla. Está sucia y temblorosa. Es guapa. Los feos no se suicidan. El abrigo se halla húmedo. Abre los ojos cuando llego y me mira suplicante. Tengo el impulso de preguntarle sus motivos y después conducirla a lugar seguro mientras trato de convencerla de que la vida es un lío que no hay que tomarse tan en serio, que hay que pasársela rico, que con un poco de empeño y un té de albahaca en el desayuno todo funciona mejor.
Viendo sus ojos sé que no vale la pena. Las razones de los suicidas son pocas pero suficientes. Así que le sonrío y le conecto un derechazo del que no se repondrá en un rato. La recojo y la cargo hasta el asiento trasero de mi carro. Lo dicho: es hermosa, caderas wow, triángulo magritte. La acaricio lleno de lujuria. Cuando la penetro despierta. Sin embargo me deja hacer. Le hago el amor con gran delicadeza y devoción. Se nota que le gusta, que le gusta mucho. La bajo y me voy.
Si después de esto se suicida definitivamente no tiene remedio.
YTSÉ
No se conocían. Quizá fue el olor a gasolina, la adicción al ruido y al humo lo que los hizo coincidir en la barra de La Chuparrosa Enamorada. Eran motociclistas.
La familia de Andrés se había enriquecido vendiendo manzanas para cerdos al horno. El Papá de Álvaro es enterrador. Merx es extraterrestre y Raúl estaba decidido a ser virgen toda su vida. Se oía una balada rock de las más horribles. Bebían whiskey y hablaban de motos, llantas, bujías, rutas, climas, cuando ella apareció.
Cuatro corazones taquicardia.
Ella era de Cabizbajia.
Les echó una media mirada de la cintura para arriba.
Raúl, para evitar tentaciones abandonó el lugar. Andrés tuvo una erección inmediata. A Merx le faltaba un brazo y supo que era grave. Álvaro quiso ir al baño.
Ella tenía una cita con una amiga instalada muy cerca de ellos que continuaban conmocionados, pensando qué fácil es ser idiota en esta vida. Ella les concedió dos medias miradas más y por poco enloquecen.
Nada ocurrió mientras ella y su amiga conversaban. Salvo el silencio de la sangre ardiendo.
Cuando se fue supieron que el destino que los acababa de unir también los acababa de separar.
Merx quedó eliminado por cuestiones raciales.
Raúl, muy confundido, propuso juegos para que de ahí surgiera el afortunado. Lo excluyeron aduciendo la importancia de ser firme en los propósitos y que el suyo era muy especial y que demostraba lo grande que era.
Merx, muy excitado, pidió participar pero fue en vano.
Raúl abrió su computadora y compartió la información sobre Cabizbajia: gente peligrosa, pendenciera y muy hermosa. La base de su economía es el comercio de órganos con otros planetas.
Andrés y Álvaro intentaron convencerse entre ellos de desistir. Inútil.
Merx, lleno de tristeza, se apartó.
Álvaro y Andrés decidieron jugarse el liderazgo en lo que mejor sabían hacer: correr motos. Dos vueltas al circuito serían suficientes y allá fueron. Raúl sería el juez.
Una hora después regresaron: uno exultante, el otro realmente derrotado.
El solsticio a través de tus piernas amuralladas.
Cuando llegaban Merx salía con la chica abrazándolo.
Protestaron, oye, qué te pasa, no tienes derecho.
Ella expresó con energía, Ytsé, y ojos flamígeros.
Entonces, qué remedio, despejaron, más valía dejarlos pasar.
Una hora después Merx regresó. Aunque carecía de brazo, sonreía.
LOS PERDEDORES
¿Qué hacemos con los perdedores?
¿Les construimos un pueblo oscuro donde apenas se adviertan sus perfiles, con calles empedradas y un aguijón rosa que no tenga otro nombre que el de Aguijón rosa?
¿Les trazamos calles de satín sin indicadores de tráfico y fundamos cafés donde les hablen de un destino promisorio o del significado de su nombre?
¿Qué hacemos con ese amanecer despreciado con la armadura con los nervios de arroz?
¿Dónde ponemos su corazón que no aprendió a detectar su forma oblonga?
¿Dónde colocamos sus sillas?
¿Acaso cumplen años tienen casa para recibir o teléfono?
Qué hacemos…
Dónde los ubicamos que no les duela la puerta o la ventana. El paisaje.
¿Qué hacer con su pasado, con sus promesas?
¿Dónde deben estar que no se hable de guerra la situación del país o bateo oportuno?
¿De qué platicarles cuando lo único que está en su mente es el cromado de una pompa de papa?
¿Qué poeta recomendarles para que no insistan en Hölderlin, Leopardi o Manuel Gutiérrez Nájera?
Cien millones dicen que somos:
Espero que alguien tenga una sugerencia.
Etiquetas: Autores mexicanos, Elmer Mendoza, Narrativa hispanoamericana
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Antonio Penadés (Valencia, España, 1970) tardó diez años en escribir su primer libro pero no podrá arrepentirse del resultado. Esa única obra le ha convertido en uno de los nombres de referencia cuando de novela histórica se trata. Nos conocimos hace ya casi tres años, al coincidir en una feria del libro en Frankfurt. Él acababa de publicar su ahora célebre El Hombre de Esparta, y yo iba a medio camino en lo que más tarde sería Troya al Atardecer. La Grecia Clásica, tema de ambos libros, y la procedencia de los protagonistas, su Isómaco de Atenas y mi Timalco de Esparta, pudieron haber dado origen a una guerra del Peloponeso privada en el bar del hotel Frankfurterhoff, pero no fue así. Por fortuna, a nuestros personajes los separan casi mil años de historia y a nosotros nos acercaron mil momentos de charla cordial y sustanciosa. Nuestras cenas con Luis Miguel Palomares, quien hizo de generoso anfitrión, y Alejandro Noguera son memorables. Después de aquel encuentro en Frankfurt nos hemos perdido algo de vista, situación pasajera que planeamos remediar a la mayor brevedad posible. Por lo pronto, Antonio tiene planeado venir a Lisboa en julio, invitado por el ICAN 2008, a un congreso sobre novela antigua. Mientras tanto, encerrado en su estudio de Valencia, explora infatigable la parte occidental de Turquía siguiendo con la memoria, después de haberla recorrido en persona, la ruta de Jerjes durante su invasión a Grecia allá por el 500 a.c., tema de su próxima novela. A pesar de la ardua investigación y el trabajo que esto significa, ha tenido la gentileza de enviar a este blog un texto inédito sobre su percepción del quehacer literario. Muchas gracias, tocayo, por tu colaboración. Un abrazo y acá te esperamos en julio.
LA LITERATURA, ESA ARMA MÁGICA Y PODEROSA
La literatura es un arte que no resulta fácil de definir, a diferencia de otras disciplinas como la pintura o la escultura. Una posible definición de obra literaria acaso podría ser la de un texto escrito que contiene cierta carga estética –aunque no es preciso que esté plagado de figuras retóricas, ni mucho menos–, que está dirigido a un público amplio y no a un destinatario concreto –un informe pericial o un recurso judicial no son literatura, por muy bien redactados que estén– y cuyo principal objetivo es gustar y conmover al lector, por encima siempre de su posible función informativa o formativa. La literatura, en todo caso, se dirige más a los sentidos que a la razón. Como sucede siempre que se propone una definición, hay escritos que se situarían en una zona fronteriza –por ejemplo, algunos ensayos con un alto tono divulgativo– y que quedarían a merced de una discusión sobre si quedan o no englobadas en este permeable concepto de obra literaria.
La grandeza de la buena literatura reside, ante todo, en su inmensa capacidad de evasión. Por medio de un conjunto de palabras bien escogidas y ordenadas, un escritor con oficio es capaz de conseguir que el lector aparque su propia identidad y que durante unas horas su mente se traslade a ese mundo que él ha creado en su imaginación y que queda contenido y explicado en las páginas de ese libro. Si el argumento es realmente interesante, si los personajes son atractivos y si el aspecto formal es correcto, el autor de una novela –o de cualquier otro género de ficción– ejerce un poder sobrenatural sobre aquel que sostiene su libro en las manos. El escritor puede proponer si quiere un universo totalmente irreal, pero si los personajes que él ha creado se rigen por unas normas coherentes, el lector las aceptará tal y como son, las hará suyas y se sumergirá en ese mundo como si fuera uno de los protagonistas.
Este mecanismo sólo entra en funcionamiento con la literatura de calidad, pero cuando lo hace refleja fielmente el poder de la palabra escrita. La capacidad de evocación de un buen libro es tan grandiosa que nos puede conducir a universos con personajes y situaciones fascinantes. El significado de un conjunto de frases crea una conexión directa entre dos cerebros, el del lector y el del escritor, que posibilita que a través de un libro podamos ingresar en ese universo –posible o irreal, pero siempre coherente– que la imaginación de otra persona creó. Entonces, atrapados por la trama, seremos capaces de conocer de primera mano los problemas de personajes singulares y, si nos apetece, podremos convivir con ellos durante unos días y seguirles de cerca en sus aventuras. ¿Quién no se ha puesto en la piel de un hobbit y ha sufrido con sus situaciones de peligro mientras leía El señor de los anillos? ¿Quién iba a imaginar, antes de adentrarse en el mundo de Madame Bovary, que podría compartir las inquietudes de una dama caprichosa y ambiciosa como Emma? ¿Y quién no se ha conmovido ante las peripecias de Mowgly leyendo El libro de la selva, sin extrañarse lo más mínimo por el hecho de que el protagonista conviviera y hablara con animales salvajes? Una vez hayamos terminado la lectura, algunos personajes literarios nos acompañarán siempre en nuestra evolución personal y se establecerá con ellos una relación de algún modo parecida a la que guardamos con los mejores amigos de nuestra juventud.
Lo más importante en una obra de ficción no es el universo que el autor propone, ni los personajes que pululan por él, ni tampoco la forma en la que el libro está escrito –aunque, desde luego, si el texto está mal redactado todo lo anterior no valdrá para nada–. Lo primordial en una obra literaria es siempre el argumento. La literatura es, en esencia, un vehículo para trasladar a distintas personas una historia interesante, un acto intrínsecamente humano que hasta la llegada de la escritura se realizaba siempre de forma oral, comúnmente alrededor de una mesa o junto a la chimenea.
En Grecia antigua, por ejemplo, una vez que todos los miembros de la familia habían terminado sus tareas diarias, los abuelos o los padres permitían que los jóvenes se sentaran junto a ellos para transmitirles una parte de su bagaje cultural, compuesto por mitos, leyendas, fábulas y todo tipo de relatos ancestrales. Si excepcionalmente recalaba algún extranjero dotado de facilidad de palabra y cargado de experiencias que contar, se le ofrecía comida y alojamiento a cambio de contara sus historias ante un auditorio. Esas personas buscaban, en definitiva, lo mismo que nosotros pretendemos encontrar en las novelas que consumimos en nuestros días: esencialmente, argumentos que nos atrapen, historias que nos causen inquietud, pena, horror, alegría o intriga. Si es posible, buscaremos también formarnos, aprender cosas nuevas acerca del contexto en que se desarrolla la trama, pero si la lectura de un libro no consigue conmovernos, lo rechazaremos sin más.
Resulta impresionante pensar que los antiguos griegos inventaron todos y cada uno de los géneros literarios que hoy en día se siguen creando y que consumimos en cantidades industriales. A veces, cuando escuchamos que la civilización griega es la base de las sociedades occidentales, nos suena algo así como una afirmación retórica, pero con ejemplos como este se aprecia mejor la magnitud del legado heleno. Efectivamente, todos los géneros que hoy integran la literatura –todos los que el hombre ha sido capaz de crear durante su historia– estaban ya vigentes en época helenística. El primero que realizó una clasificación fue Aristóteles, quien, en su Poética, reduce los géneros a tres: la épica, la lírica y el teatro. La novela no había nacido aún, aunque no tardaría mucho en llegar.
Pero lo más llamativo del caso es que las normas por las que se rigen cada uno de los géneros literarios no han podido ser modificadas desde la época clásica griega. La estructura de una obra de ficción, sin importar que esté escrita en nuestros días o hace veintisiete siglos, necesita indefectiblemente tres partes bien diferenciadas: introducción, nudo y desenlace. Y por muchos experimentos que se hagan, si el autor no recurre a esa estructura básica ideada por los griegos antiguos, la obra no se mantiene en pie. Asimismo, y por citar un solo ejemplo más, en la ficción resulta totalmente irrelevante que lo que se narra en una obra coincida o no con la realidad; lo importante, tal y como afirmaba Aristóteles, es que su argumento se rija por lo plausible, por lo que “podría haber sucedido” según el contexto o el universo que el escritor propone.
No quería terminar este artículo sin una reflexión personal que quizás anime a alguien a dedicar más tiempo a leer. Amo los libros por encima de todas las cosas –recalco la palabra “cosas”, situando aparte a las personas–, y a veces pienso que si alguien o algo me impidiera leer durante el resto de mi vida, una gran parte de mi felicidad se esfumaría. Si no pudiera escribir, ni de cerca me resultaría tan doloroso –aunque también me fastidiaría mucho, claro está–; pero sin leer, sin recibir esas dosis periódicas de ficción y sin sumergirme en el pasado a través de los libros, para mí la vida perdería muchísimo encanto.
Etiquetas: Antonio Penadés, autores españoles, Narrativa hispanoamericana
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William Ospina (Padua, Colombia, 1954) y yo somos amigos, hermanos, si ese lazo existe fuera de la consanguineidad, desde hace más de quince años. Un verso suyo, del poema Lope de Aguirre, ”Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles, / a combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada”, tituló una novela mía El Cielo a Dentelladas. Cuando nos conocimos yo apenas empezaba a publicar y William, a pesar de ser bastante más joven que yo, ya era reconocido como uno de los más brillantes exponentes de la nueva poesía hispanoamericana. Me lo presentó Álvaro Mutis en una feria del libro de Guadalajara, México, y nuestra conversación de aquella noche se prolongó muchas horas después de que Álvaro se hubo retirado, hasta ya bien entrada la mañana. No ha sido la única de nuestras charlas que ha visto nacer el sol. Y no es sólo porque a veces pase el tiempo sin vernos y luego tengamos mucho que contarnos. William es uno de los mejores conversadores que conozco. No sé de nadie que se sepa más poemas de memoria y que los traiga a cuento cuando vienen tan al caso. Además de su cultivada inteligencia, de su asombrosa sensibilidad poética y de su visionaria imaginación, su talento para versificar llega a extremos prodigiosos.
En una ocasión, hace ya varios años, nos encontramos una mañana en la feria del libro de Madrid. A mediodía nos sentamos, acompañados de nuestra mutua y querida amiga la editora colombiana Ana Cristina Mejía, ante una botella de Ribera del Duero y una hilera de tapas en una las muchas tabernas que bordean el parque de El Retiro. William me entregó entonces un libro que me había traído de Bogotá. Se trataba de Veinte Sonetos de su tocayo William Shakespeare que recién había él traducido y que le acababa de publicar la revista Número. Cuando se disponía a poner la dedicatoria yo detuve su mano con una broma: “Willie, le dije, ese es un libro de sonetos, ahí no cabe más que un soneto“. Él me miró sin decir palabra, dejó la pluma de lado, pensativo, apuró un nuevo trago de vino y ante mi azoro tomó otra vez el libro y escribió:
Yo sé bien que te había prometido
Antonio, en estas líneas un soneto,
no sé por qué razón ni con qué objeto
ni sé si esto se verá cumplido.
Pero estoy intentándolo, el sentido
es menos importante a nuestro objeto
que la monotonía del sonido
para salir, cual Lope, del aprieto.
A estas alturas la cosa ya esta seria
pero como tu vas para la feria
bajo el sol madrileño tan radiante
sé que harás de mis yerros poco caso;
la versión es morosa, vacilante,
y no será de Shakespeare el fracaso.
Hace unos días, durante mi noche lisboeta, ya muy entrada la tarde en Bogotá, le envié un email para decirle que deseaba tenerlo esta semana en Los Convidados y que me gustaría mucho compartir aquella anécdota y el soneto madrileño con los lectores del blog. Aunque el poema era mío, él me lo había obsequiado y la única versión escrita está en mi propia biblioteca, era consciente de que se trataba de un texto inédito suyo y no me atrevía a usarlo sin su expreso consentimiento. Al abrir mi buzón la mañana siguiente en Lisboa, la madrugada en Bogotá, me encontré con su respuesta:
Sólo un soneto, Antonio, no es suficiente. Creo
que hay que esforzarse un poco, y aquí lo estoy haciendo.
Pero el soneto inútil que en esta tarde emprendo
es más falaz, sin duda, más endeble y más feo.
No obtendrá de tu pluma ni hermenéutica loa
ni la ilímite fama que va a tientas buscando,
porque para las rimas ya no hay dónde ni cuándo,
ni en Bogotá, ni en Soacha, ni en Sintra, ni en Lisboa.
Pasó el tiempo de Byron. Es la edad de la prosa.
Se va despetalando ya la lírica rosa
y cada vez el verso cae más hondo y más bajo.
Aunque tal vez… quien sabe… puede ser que más tarde,
en Portugal, y a cántaros, la musa nos aguarde
y nos abra la aurora del corazón de un Tajo.
Hoy, domingo dos de marzo, cumple William cincuenta y cuatro años. No tengo para ofrecerle sino estos recuerdos en los que va implícito el testimonio de mi admiración y afecto. En esta terraza que mira al Tajo levanto una copa de ese Ribera del Duero que tanto aprecia y brindo porque viva muchos años más, aunque me mueva también el egoísta pensamiento de que así continuará llenando este planeta de versos tan inolvidables como los que aquí transcribo. Felicidades, querido amigo, salud, y que nos veamos pronto.
.
EL AMOR DE LOS HIJOS DEL ÁGUILA
En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del pájaro.
En la hoja del remo ya está, invisible, el agua.
En torno del hocico del venado ya tiemblan invisibles las ondas del estanque.
En mis labios ya están, invisibles, tus labios
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LA LUNA DEL DRAGÓN
Hablábamos de los dones de la tiniebla,
de los amores muertos,
cuando se perfiló por el Oeste
el oro espeso de la media luna.
“Mira, es la luna del Dragón“ –me dijiste.
Y los dos la miramos
como si algo terrible pesara sobre el mundo.
El hemisferio gris parecía lleno
de hondos presentimientos.
No había una estrella sobre el mar en calma
de humaredas y torres.
Nadie dijo: “Es la luz que hace al Dragón visible“.
Nadie dijo: “Es la casa donde el Dragón habita“.
Nadie dijo: “Es la luna que ampara a los dragones“.
Miramos simplemente el cuerno rojo,
la sobrehumana forma que doblega al cielo,
y pensamos acaso en los terrores
de la culpa y la fiebre.
“Sólo es la Luna del Dragón –me dijiste.
Pero algo negro ascendió de mi infancia
y di gracias a Dios de no estar solo.
Seguimos en silencio
mientras las nubes negras cercaban en la hondura
aquel objeto de alta magia y belleza
-“Tal vez el nombre viene de las baladas celtas“.
-“Yo no sé por qué pesa y aflige como un sueño“.
Era la Luna del Dragón, y nadie
parecía comprenderlo.
Iban las multitudes bulliciosas, urgentes,
atentas sólo a su pequeño misterio,
mientras sobre las hondas avenidas
un oro atroz vertía su inmortal influjo,
y algo terrible y bello batía sus alas rojas
como un polvo impalpable sobre las tristes tierras.
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LOPE DE AGUIRRE
Yo vine a la conquista de la selva, y la selva me ha conquistado.
Aparto con las manos los enormes ramajes,
Miro a solas las encendidas flores con forma de pájaros,
La extrema contorsión de la serpiente herida
Que las nubes parecen reflejar en el cielo.
Nada es piedad aquí, nada es dulzura.
¿Si son crueles los monjes en los penumbrosos claustros de España,
Si son degolladores los reyes y envenenadoras las reinas
En sus artísticos salones llenos de lienzos y de lámparas,
Si son perversos los obispos y lascivos los papas
En la nube de mármol de sus tronos romanos,
Si son despiadados los clérigos, que leyeron a Homero y a Séneca,
Si son salvajes los capitanes que comen la carne cocida,
Salpicada de jerez y de orégano,
Si bajo Europa entera aúllan las mazmorras,
Cómo puedo ser manso en estas tierras,
Ceñido por las selvas impracticables,
Lejos de esos palacios tapizados por la letra y la música?
He decidido ser un tigre.
La selva invade el alma como un vino.
Aquí no hay bien ni mal sino el zarpazo,
La rauda flecha del halcón hacia la comadreja de aguas,
El estupor del conejo salvaje ante el bostezo de la enorme serpiente,
El salto de la hormiga roja escapando un instante de las fauces de la salamandra,
La innumerable y cíclica y recíproca voracidad
De la gran selva de oscuros dioses que se alimenta de sí misma como un dragón de fiebre.
El rey está muy lejos, gobernando sus yermos de Castilla,
Sus puertos que miran al África, sus chambelanes obsequiosos,
Sus espejos prietos de cortesanos, sus olivares retorcidos como doctrinas,
Su orgullo salpicado de galeones, sus panoplias marchitas (en cada daga sangre de un viejo amigo)
Y la tierra gime de leones españoles desde el río Sacramento hasta los arrozales de Manila,
Desde las charcas fétidas del infierno hasta las últimas plumas de los ángeles.
El rey es rey del mundo, pero la selva es mía,
Y ese ojeroso príncipe de piel de cera y manos puntiagudas
No podría avanzar con sus tacones de nácar por estos riscos de tristeza
Donde la carne pierde toda esperanza;
No podría aventar con sus abanicos de pavo real
En los húmedos aires a estos mosquitos rojos que prodigan la fiebre,
No hundiría jamás sus tobillos lechosos
En los pantanos infestados de dientes.
Déjame a mí el palacio de estos atardeceres de tormento que se parecen a mi alma,
Donde bestiales tropas me adoran de miedo,
Donde debo mirarlos como un buitre para que no me maten,
Donde los últimos ángeles de mi infancia se descomponen en las ciénagas tibias,
Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprenden a ser crueles,
A combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada.
Selva monumental, aire de flechas súbitas,
Humaredas que traen olor de extrañas carnes,
Ancianos indios extasiados de ojos amarillos
Que miran como reyes o santos las vacías regiones del cielo;
Y diente de jaguar para la suerte,
Y montones de rojas semillas maceradas que me harán fértil,
Y los senos oscuros que penden como frutos,
Y la rana que se hunde en su reflejo, y bóvedas de frondas meciéndose en el agua.
Descendemos gritando por los ríos violentos en barcazas pesadas de odio;
Sé que al darles la espalda, estos hombres me miran como perros,
Sé que estoy afilando el cuchillo que pasarán por mi garganta.
Hemos dejado un rastro de cadáveres desde las sierras de Mérida,
Por los llanos resecos, por las enloquecidas serranías,
Un rastro de caseríos en llamas, alaridos de madres ya sin destino,
Rostros atónitos debajo del agua que un remo empuja hacia el fondo,
Pero qué puedo hacer si la selva me ha trastornado,
Me reveló las bestias que habitaban mi carne,
Si sólo sé mandar y codiciar todo lo que pueda ser mío
Y aquí cada ramaje se opone a mis designios;
Qué puedo hacer sino amasar el oro de estos pueblos brutales,
Y ser el rey de sangre de estas tardes de lástima,
Y poner al tucán de pico extravagante sobre mi hombro,
Y coronar de flores como incendios mi cabeza aturdida,
Y declarar la guerra a las escuadras imperiales que cubren los océanos,
Con esta voz que grita en la selva y que jamás los alcanza,
Y ser el rey de ultrajes de estos soldados rencorosos
Hasta que sus cuchillos se apiaden.
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FRANZ KAFKA
Padre, le digo, dame tres granos de cebada para despertar al
durmiente.
Pero mi padre no responde:
es un enorme jinete de bronce, alto sobre colinas y sinagogas.
Madre, le digo, aparta tanta niebla,
muéstrame un rostro dulce, del que broten palabras ingenuas.
Pero ella se ha perdido por los callejones de piedra
y sólo encuentro en el espejo sus ojos inmensos.
Abuelo, digo entonces, ya no luches más con el ángel,
ven a contarme historias junto al fuego, mientras se hiela el Elba.
Pero el viejo me mira con ojos ausentes, y comprendo
que no es éste mi abuelo sino un viejo gitano que quiere venderme
un recuerdo.
Hermana, bella hermana, le digo,
toma mi mano que está oscuro en esta casa inmensa.
Pero a mi lado pasa una condesa polaca monumental y arrogante
y se escucha un violín, y se cierra una puerta.
Hermano, digo, qué bello cabalgas sobre el potro de madera y
de laca,
¿hacia dónde nos llevan estas tardes inciertas?
Pero él es sólo una imagen, una gris fotografía en mis manos,
y a lo lejos, atroces, los cañones resuenan.
Goethe, le digo, cántame una canción romana,
haz que yo sienta en mi corazón esta antigua tristeza.
Pero la tumba calla y sobre ella vuelan grises palomas
y no puedo abrir este libro porque sus páginas son de ceniza.
Milena, digo luego, tal vez tú puedas finalmente salvarme,
dime que soy de carne y de sangre, que esto que me atenaza es un deseo
Pero ella se afantasma entre miles de seres escuálidos
y apenas si percibo dos llamas que se apagan muy lejos.
¿Entonces es delirio todo esto? ¿A quién puedo llamar que me
salve?
Su reino es de este mundo. Todos están aceptados y absueltos.
Son demasiado humanos, son demasiado justos,
y yo no logro hablarles con mi estruendo de élitros.
y no aprendí a cruzar las puertas,
y no sé defenderme.
Si ves dos grises ojos de gato en la gótica noche de Praga
comprenderás que temo morir si me duermo.
Si oyes una canción en la gótica noche de Praga
comprenderás que intento saber dónde me encuentro.
Si oyes un corazón en la gótica noche de Praga
comprenderás quién sostiene todo este sueño.
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Normalmente los homenajes se ofrecen durante alguna fecha alusiva al agasajado. Esa cifra del calendario, siempre redonda, coincide con el año de su nacimiento o de su muerte. Yo me estoy adelantando un año a los ciento veinte del nacimiento, y otro más al cincuentenario de la muerte de mi convidado de esta semana. Qué más da. Nos causa un inmenso placer que nos acompañe desde ahora y no creemos que a él le importe demasiado. Es un autor a quien jamás conocí. Murió cuando yo tenía quince años y estaba neófitamente inmerso en Verne, London, Stevenson, Dumas y Conan Doyle. Su obra, sin embargo, bien asentada en la precisión, musicalidad y transparencia de su prosa, ya no se apartó de mi pensamiento desde que llegué a la edad de leerla. Tuve presentes sus trabajos sobre el Siglo de Oro Español al escribir Amarilis y también influyó, aunque de distinta manera, en Troya al Atardecer. Se trata de don Alfonso Reyes (Monterrey, México, 1889-1959), a quien Jorge Luis Borges consideraba “el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos” y a quien dedicó una oda fúnebre, In memoriam, que remata espléndidamente así: Al impar tributemos, al diverso / las palmas y el clamor de la victoria: / no profane mi lágrima este verso / que nuestro amor inscribe a su memoria.
Recuerdo una tarde con César Ayra, en la Capilla Alfonsina de la ciudad de Monterrey, México, hojeando alucinados los ejemplares de la biblioteca personal de Reyes para encontrarnos algunas de las obras maestras de la literatura hispanoamericana dedicadas por la mano de sus propios autores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Cazares, Victoria Ocampo, Américo Castro, Ramón Gómez de la Serna y tantos otros de los ahora monstruos sagrados que lo conocieron y admiraron. Don Alfonso es, sin duda alguna, junto con el propio Borges y Graham Green, otro de los grandes que se merecieron el premio Nobel de la literatura y nunca lo ganaron. El mismo Octavio Paz lo propuso allá por 1949. En una carta dirigida a Guillermo Ibarra, director-gerente del periódico El Universal, el 15 de agosto de aquel mismo año y de la que reproducimos sólo el final, el futuro premio Nobel mexicano decía:
Sí, tenemos algunos poetas extraordinarios, un dramaturgo, varios críticos y tres o cuatro escritores en prosa. Pero tenemos, sobre todo, un hombre para quien la literatura ha sido algo más que una vocación o un destino: una religión. Un hombre para quien el lenguaje ha sido y es todo lo que puede ser el lenguaje: sonido y signo, trazo inanimado y magia, organismo de relojería y ser vivo. Palabra, en suma. Poeta, crítico y traductor, es el literato. El minero, el artífice, el peón, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras. Su obra, varia y perfecta, es historia, creación y reflexión: una literatura. ¿Debo decir el nombre de este escritor que, sin dejar de ser él mismo es por sí mismo un grupo de escritores? Es casi innecesario: todos saben que hablo de Alfonso Reyes.
El texto que vamos a presentar es un hermoso ejemplo del nacimiento de la poesía. En él, al decir del propio Reyes, el poeta “se admira de su propio don, y se enorgullece de él, al paso que le impone correctivos y normas se entusiasma a la vez que duda”.
VALMIKI Y LOS PÁJAROS
El vetusto y casi legendario autor del Ramayana paseaba un día por el campo. Ignoro lo que será el campo en la India. Lo imagino al igual de sus divinidades exorbitantes, como una masa de árboles de múltiples brazos que se aprietan unos con otros. Y bajo las bóvedas de verduras, ocultas como terribles secretos, las pagodas de hormigas. Una cargazón vital en la atmósfera propicia al éxtasis y al pánico. El contemplador queda aniquilado ante el espectáculo, y la naturaleza fácilmente lo ingiere, reivindicando a su patrimonio las virtudes minerales, vegetales y animales que hay en el hombre. Valmiki se ha olvidado de sí, admirando una pareja de pájaros cuya voz adquiría singular dulzura, porque era la estación del amor. La pareja se requebraba a su modo, tan superior al nuestro, con cantos, vuelos y danzas y sacudimientos del plumaje. Pero el principio destructor acecha las fiestas de la vida, y entre la maleza, de alguna manera indecisa, brillaban los ojos de Vichnú. Víctima de una muerte injusta, el macho se desploma de pronto, fulminado en plena esperanza. Del pecho de Valmiki brota entonces un chorro de palabras, una inesperada protesta, una queja poética. Y así nació la poesía kavya, nuevo género literario. Pero el ruido de su propia voz despierta a Valmiki. Y “¿soy yo –exclama- es posible que haya sido yo quien ha pronunciado estas divinas palabras?” El poeta ha dialogado con su astro, se ha desdoblado, ha dudado y se ha asombrado de su propio poder.
Etiquetas: Adolfo Bioy Casares, Alfonso Reyes, Américo Castro, Autores mexicanos, César Ayra, Jorge Luis Borges, Narrativa hispanoamericana, Octavio Paz, Ramón Gómez de la Serna, Victoria Ocampo
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Acaba de aparecer en Paris, con el título de Les Vies Parallèles, la traducción al francés de Las Vidas Ajenas, obra con la que José Ovejero (Madrid, 1958) obtuvo en España la novena edición del Premio Primavera de Novela en el 2005. Es una ocasión que merece celebrarse y nosotros lo hacemos trayéndolo como convidado a este blog.
José es otro de esos viejos amigos y compañeros de andanzas en este y en aquel lado del Atlántico. Recuerdo en particular una noche inclemente de tormenta mexicana en la que conducíamos rumbo a la costa del Pacífico con mi hijo Bruno acostado en el asiento trasero. En verdad casi no se veía la ruta. La mayoría de los autos habían desistido del viaje y sus luces parpadeaban en la oscuridad varadas en ambos lados del camino. Nosotros seguimos sin detenernos bajo el aguacero torrencial adivinando una carretera iluminada apenas a trazos por la atronadora luz de los relámpagos.
Me recuerdo también, en ese mismo viaje, quedándome dormido a la orilla del mar con una de sus novelas en el regazo. Y a Ovejero preocupado porque mi sueño era para él la segura señal de que su libro me aburría. Se trataba de La Añoranza del Héroe. No sabía él que yo la consideraba, y la considero aún, una de las mejores novelas que había leído en los últimos años.
En otra ocasión memorable, junto con Daniel Mordzinski y José Manuel Fajardo recorrimos la ciudad de Bruselas en busca de la casa donde nació Julio Cortázar. Encontramos el edificio y la placa conmemorativa. Gracias a la generosidad de un vecino, y a su repentina, absoluta, y francamente inconcebible confianza en cuatro desconocidos, dos de ellos extracomunitarios, que bien podrían haberlo asaltado, entramos a un departamento que tal vez fuera el del propio Cortázar porque no se sabe con certeza en qué piso vivió. Sin embargo, subimos y bajamos por el mismo elevador que de seguro usó él de niño. La visita fue plasmada en una serie fotos por Daniel Mordzinski, un par de las cuales ustedes pueden apreciar del lado derecho.
Este viaje desembocaría poco tiempo después en una colaboración literaria a seis manos, las de Ovejero, Fajardo y las mías, se entiende, titulada Primeras Aventuras de Noela Duarte, que verá la luz el próximo mes de mayo bajo el sello de Belaqva. Ya les tendremos informados de su aparición.
Mientras tanto Ovejero ha escogido especialmente para el blog la escena decimoquinta de su obra de teatro Los Políticos. En ella dos candidatos, uno de izquierda y otro de derecha, PI y PD respectivamente, aparecen en el escenario para pronunciar un discurso encontrándose con que, por un error de organización, ambos deben pronunciarlo en el mismo lugar y a la misma hora. Como no han llegado sus votantes deciden matar el rato conversando.
Este fragmento de una de sus obras de teatro, lleno de ironía y fino humor, nos cae de perlas para variar en algo los géneros literarios que habíamos venido ofreciendo en este espacio digital. Felicitaciones, pues, José por Les Vies Parallèles. Te deseamos que en Francia obtengan también el reconocimiento que se merecen. Desde aquí te mandamos un saludo y un abrazo con el agradecimiento por tu participación.
ESCENA DECIMOQUINTA
PI Me gustaría pronunciar un discurso.
PD ¿Ahora?
PI En este instante.
PD No te prives.
PI ¿Te importa escucharlo?
PD Qué remedio.
PI Me gustaría mucho que lo escuchases.
PD No pienso irme, o sea, que lo voy a escuchar.
PI Gracias.
PD No hay de qué.
PI La tolerancia.
PD ¿Es ese el título?
PI No, el tema.
PD ¿Y el título?
PI Lo sabré cuando haya terminado el discurso.
PD Pero si ya sabes de lo que vas a hablar…
PI Si lo supiese no necesitaría decirlo.
PD Como quieras. Te escucho.
PI ¿Debemos ser tolerantes?
PD ¿Me preguntas a mí?
PI No, es una pregunta retórica.
PD O sea, que vas a dar tú la respuesta.
PI La tolerancia permite a nuestros enemigos crecer; pensarnos débiles a quienes nos odian; insultarnos impunemente a quienes quieren ensuciar nuestro nombre.
PD No parece entonces muy sensato ser tolerante.
PI Cabe colegir entonces que la tolerancia es contraproducente para nuestros intereses y positiva para los de quienes nos aborrecen.
PD Podríamos estar de acuerdo.
PI Por ahí entonces no hay justificación posible.
Pero ¿es buena para la sociedad en su conjunto?
PD Huelo otra pregunta retórica.
PI La sociedad en su conjunto no existe. Siempre hay, simultáneamente, al menos dos sociedades: la sociedad de quienes van con nosotros, y la sociedad de quienes van contra nosotros.
PD Una clasificación muy limpia.
PI Siendo tolerantes, beneficiamos a la sociedad de quienes van contra nosotros, pero ponemos en una situación expuesta y frágil a la sociedad de quienes van con nosotros. Éstos, a su vez, representan lo que nos parece bueno y deseable; luego, siendo tolerantes ponemos en peligro lo que es bueno y deseable, permitiendo el desarrollo de lo indeseable y lo malvado.
PD No le des más vueltas: dilo.
PI Es decir, la tolerancia tiene en todo caso un efecto pernicioso sobre la sociedad.
PD Acabas de decir que la sociedad en su conjunto no existe.
PI Pero sí la sociedad a la que yo represento, que es la más importante para mí y cuya pervivencia me parece fundamental. Pero para que el razonamiento sea justo: digamos que la tolerancia es neutra para la sociedad, puesto que perjudica a unos y beneficia a otros.
PD Ajá.
PI Entonces, ¿cómo puede justificarse la tolerancia?
PD No me esforzaré en responder.
PI Únicamente si aporta tal beneficio al tolerante, por el mero hecho de ejercerla, que contrarresta los perjuicios a parte de la sociedad y a nuestros propios intereses.
PD ¿Y es beneficiosa para el ánimo, para la virtud del tolerante?
PI Nunca noté tales efectos.
PD Lo que equivale a una refutación empírica.
PI Iré más lejos: la tolerancia vuelve al tolerante impreciso, vago, nebuloso, inconcreto e insustancial. Lo que nunca será virtud en un gobernante.
PD Nos acercamos a la conclusión.
PI La tolerancia es una mamarrachada. Ahí tienes un buen título donde los haya.
PD Y luego dicen de la derecha.
PI No irás a comparar.
PD Que si autoritarios, que si intolerantes…
PI No es lo mismo.
PD A mí me lo parece.
PI Ni muchísimo menos.
PD Explica, Demóstenes.
PI La derecha es intolerante por dogmatismo.
PD Sigo sin ver la diferencia.
PI La izquierda es tolerante en teoría, pero su sentido práctico la lleva a ser intolerante: en aras del bien común.
PD El resultado es el mismo.
PI No. Por ejemplo: tú, si pudieras, prohibirías una representación blasfema o vejatoria hacia la patria, o hacia la familia.
PD No me importaría hacerlo.
PI Porque piensas que hay valores inmutables que deben ser defendidos. Eres intolerante por convicción.
La izquierda es relativista: sabe que no hay valores inmutables, que la moral cambia, que hoy pensamos esto y mañana pensamos lo otro. Por ello, sabemos que es prudente tolerar las opiniones de los demás: no hay un patrón inmutable para decidir lo que es bueno y lo que es malo.
PD Nada es, todo cambia.
PI Ahí le duele.
PD Pero si un cantante compusiese una letra insultante hacia ti, ¿no prohibirías si pudieses sus actuaciones?
PI Por supuesto que sí, pero no porque crea que no tiene derecho a cantar lo que le venga en gana. Tiene perfecto derecho a pensar que soy un imbécil, a cagarse en la izquierda o a defender el incesto. Pero se lo prohibiría por razones de pragmatismo: si me ridiculiza en público, me debilita; si me debilita permite fortalecerse a mis enemigos; si se fortalecen mis enemigos, se pone en peligro la causa de aquellos a quienes represento; y tengo la obligación moral de defender sus intereses, puesto que eso es lo que les he prometido. Luego prohibiría al susodicho abrir la boca, de donde se desprende que aun siendo tolerante en teoría, me veo obligado a ser autoritario en la práctica. Pero en contra de mi voluntad.
PD Me dejas de una pieza.
PI Por eso nos separan tantas cosas a la derecha y a la izquierda. Además, ¿estás preparado para oír una paradoja?
PD Ardo de curiosidad.
PI Siendo tolerante en teoría e intolerante en la práctica, soy también tolerante en la práctica.
PD Me he perdido.
PI Está claro: me tolero a mí mismo no hacer aquello que creo correcto, lo que muestra mi alto grado de tolerancia frente a mis actuaciones.
PD Reflexionaré sobre lo que acabo de oír.
PI Yo también.
(Silencio.)
PD Ahora que lo pienso, ¿se estarán aburriendo?
PI ¿Quiénes?
(El PD señala hacia el patio de butacas con un gesto de la cabeza.)
¿Y a quién le importa?
PD No, no, a mí no.
PI Pues eso.
Etiquetas: Antonio Sarabia, autores españoles, Daniel Mordzinski, José Manuel Fajardo, José Ovejero, Narrativa hispanoamericana, Noela Duarte
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