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	<title>Los Convidados &#187; admin</title>
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	<description>Blog del escritor mexicano Antonio Sarabia</description>
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		<title>Juan José Arreola</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Jul 2008 19:27:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Juan José Arreola]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>

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		<description><![CDATA[Conocí a Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, México, 1918-2001) hace más de cuarenta años. Yo era a la sazón estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana, allá en la ciudad de México, y Arreola vino a darnos una conferencia que se titulaba Estoy Escribiendo un Libro. No me acuerdo de qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Conocí a Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, México, 1918-2001) hace más de cuarenta años. Yo era a la sazón estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Iberoamericana, allá en la ciudad de México, y Arreola vino a darnos una conferencia que se titulaba <span style="font-style:italic;">Estoy Escribiendo un Libro</span>. No me acuerdo de qué libro se trataba, los años no pasan en vano, ni si Arreola llegó a publicarlo o no. Tal vez se refería a <span style="font-style:italic;">Palindroma</span>, aparecido en 1971, cuatro largos años después de aquella charla, aunque, conociéndolo, no se puede descartar el que en aquel momento no estuviera escribiendo nada y que el título le hubiese venido a la cabeza sólo para despertar el interés del público.</p>
<p><span id="more-41"></span></p>
<p>El caso es que mis compañeros, quién sabe porqué perversas razones, me eligieron a mí para subir al podio con el escritor invitado y articular unas cuantas palabras a manera de presentación. Recuerdo, eso sí, que llené varias cuartillas con lo que entonces era mi mejor prosa y las pulí y repulí hasta que las consideré a la altura de la admiración que me causaba y todavía me causa, la precisión milimétrica del lenguaje Arreoliano. Por fortuna para mí, pero sobre todo para ustedes porque así no corren el riesgo de que ceda a la tentación de endilgárselas de nuevo en este blog, esas páginas se han perdido para siempre. Fueron a parar en el olvido como tantos conocimientos inútiles, tantas aventuras, desvelos y amoríos como nos acompañaron al final de la adolescencia.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHphSsQvA1I/AAAAAAAAAfA/XpPMVNmKlvg/s1600-h/Arreola5.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222593691636400978" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHphSsQvA1I/AAAAAAAAAfA/XpPMVNmKlvg/s400/Arreola5.jpg" border="0" alt="" /></a> Esta mañana, sin embargo, mientras emborronaba estas líneas, una frase de aquel primer texto me vino mágicamente a la memoria. Una frase con la que durante aquella otra tarde en la universidad intenté compendiar el deslumbramiento que me producía la excelencia de su estilo narrativo. Comparaba la perfección de su palabra con los astros que brillaban en el cielo y decía, textualmente, que sus imágenes eran “fulgores herrados con fuego en el anca de la noche”. Pido perdón por traer a colación esta pomposa metáfora, esta cita tan poco citable. No debo culpar a mi devoción por Arreola sino a mi exaltada prosa juvenil de tamaña atrocidad, pero he querido repetirla para de algún modo enlazar estas palabras con aquellas, y recordar a Arreola como lo vi aquella tarde sentado junto a mí en el estrado, escuchando mi texto con amable condescendencia, y luego tomando la palabra él mismo para deslumbrarnos con su profundo conocimiento del oficio de escritor y hacernos reír con su punzante sentido del humor, su locuacidad, sus anécdotas y la relación detallada de sus fobias y padecimientos, reales e inventados. Arreola se consideraba a sí mismo un juglar, hizo teatro en su juventud, pisó las tablas de la Comedie Francaise como esclavo desnudo en la galera de Antonio y Cleopatra, y pienso que, en cierto modo, siguió siendo actor toda su vida. Pero yo no lo sabía entonces y tampoco estaba preparado para ello, por eso algunas de sus actitudes en el estrado me desconcertaron terriblemente. Podía de pronto dejar de dirigirse al auditorio, volverse hacia mí e, ignorando mi embarazo, continuar la charla como si estuviéramos solos en el café de la esquina, absortos en una conversación privada y el público no se encontrara presente. Se quedaba así minutos que a mí me parecían eternos, de perfil a los oyentes, enfrascado en un soliloquio inverosímil. Nada de eso importó a mis compañeros, quienes no necesitaban más que de su presencia para alcanzar el Nirvana. Lo aplaudieron a rabiar y la charla resultó un éxito. Al estrecharnos la mano durante la despedida, Arreola me invitó a participar en los talleres de literatura que por aquellos tiempos dirigía, creo que en el bosque de Chapultepec. Nunca asistí. Tal vez hice mal, pero ya desde esa época experimentaba un profundo escepticismo por los talleres literarios. Fue una lástima porque no volví a ver a Arreola hasta que me topé con él por casualidad en una tienda de música de la ciudad de Guadalajara treinta años más tarde. Desde luego no le mencioné que ya nos habíamos conocido antes. Hubiera resultado inútil. El no habría recordado aquella noche inolvidable de mi lejana juventud. De todos modos me acerqué a presentarme, como si nunca le hubiera visto antes, y él conversó de buen grado en francés con mi hijo, entonces de ocho años, mientras yo iba al estacionamiento a sacar del auto un ejemplar de mi última novela, y obsequiársela.<br />
Hay un oficio que no figura en la numerosa lista de los ejercidos por Arreola y que podría describirlo de cuerpo entero: el de orfebre. Se ha dicho que fue aprendiz de encuadernación y tipografía desde los doce años, que trabajó en una papelería, en un molino de café, en un cajón de ropa y en una tienda de abarrotes. Fue peón en los campos, pastor, vendedor ambulante y ayudó a su familia en un expendio de tepache, esa bebida mexicana ligeramente alcohólica que se extrae de la fermentación de la piña. Fue también cobrador, locutor de radio y panadero. Estudió teatro, decidido a hacerse actor, aunque el oficio que más cuadraba con sus inclinaciones literarias era el de orfebre. Arreola gustaba afirmar que procedía en línea recta de dos antiquísimos linajes: herrero por parte de su madre y carpintero a título paterno. De allí, según él, su pasión artesanal por el lenguaje. Me atrevo a disentir y a reiterar: Arreola no es un artesano del lenguaje, es un orfebre.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdCeERi2I/AAAAAAAAAeo/xFKW-8yERo4/s1600-h/Arreola+1.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222589014901623650" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdCeERi2I/AAAAAAAAAeo/xFKW-8yERo4/s320/Arreola+1.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
El orfebre graba, pule, talla incansable su trabajo del mismo modo que Arreola construía sus frases, ajustaba sus palabras, en cada texto aspirando a la perfección. Una perfección que se da a pesar de que él mismo no creía en ella, prefiriéndose verse como un artesano o un juglar y no tanto como un artista.<br />
Porque para Arreola la belleza era etérea, intangible, inasequible. Él mismo lo afirma en varios de sus escritos. En <span style="font-style:italic;">El Lay de Aristóteles</span>, por ejemplo, nos describe al sabio en su jardín contemplando extasiado la armonía, o sea el fundamento de la belleza, dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">La musa armonía danza frente a él, haciendo y deshaciendo su friso inacabable, su laberinto de formas fugitivas donde la razón humana se extravía. De pronto, con agilidad imprevista, Aristóteles se echa en pos de la mujer, que huye, casi alada, y se pierde en el boscaje&#8230;<br />
Vuelve el filósofo a la celda extenuado y vergonzoso. Apoya la cabeza en sus manos y llora en silencio&#8230; Cuando mira de nuevo a la ventana la musa reanuda su danza interrumpida. Bruscamente, Aristóteles decide escribir un tratado que destruya la danza de armonía, descomponiéndola en todas sus actitudes y en todos sus ritmos&#8230;<br />
Durante el tiempo que tardó en componerlo, la musa danzaba para él. Al escribir el último verso, la visión se deshizo y el alma del filósofo reposó para siempre, libre del agudo aguijón de la belleza.</span><br />
La belleza se representa, pues, como una forma cambiante, inasible, fugitiva, cuya contemplación es sin duda dolorosa. Una forma que al captarse, al reproducirse de alguna manera por el creador, pierde su identidad original y desaparece.<br />
La situación se repite de una manera casi análoga en <span style="font-style:italic;">El Discípulo</span>, cuando el maestro lo reprende con estas palabras:<br />
<span style="font-style:italic;">Tú sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta una sola línea en tu dibujo, pero sobran muchas.</span><br />
Luego pide un cartón a sus alumnos y, al igual que Aristóteles en el otro cuento, se dispone a mostrar cómo se destruye la belleza. Arreola continúa:<br />
<span style="font-style:italic;">Con un lápiz de carbón trazó el bosquejo de una bella figura: el rostro de un ángel, tal vez el de una hermosa mujer. Nos dijo: “Mirad, aquí está naciendo la belleza. Estos dos huecos sombríos son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la boca. El rostro entero carece de contorno. Esta es la belleza.</span><br />
Entonces el maestro guiña un ojo a sus alumnos y dice <span style="font-style:italic;">acabemos con ella</span><br />
<span style="font-style:italic;">Y en poco tiempo, dejando caer unas líneas sobre otras, creando espacios de luz y de sombras, hizo de memoria ante mis ojos maravillados el retrato de Goia. Los mismos ojos oscuros, el mismo óvalo de rostro, la misma imperceptible sonrisa. Cuando yo estaba más embelesado, el maestro interrumpió su trabajo y comenzó a reír de manera extraña. “Hemos acabado con la belleza, dijo, ya no queda sino esta infame caricatura.”</span><br />
El maestro arroja el dibujo a fuego y el discípulo se quema las manos intentando salvarlo de las llamas. Luego, llorando silencioso, se detiene a la orilla del río a contemplar sus manos ineptas.<br />
Así de inalcanzable es la perfección en la literatura, así es la belleza. Por si nos quedara alguna duda, Arreola lo ratifica de manera insuperable en el prólogo a <span style="font-style:italic;">Mi Confabulario</span>:<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdeOFRSAI/AAAAAAAAAew/2EXWcHvw-wE/s1600-h/Arreola+4.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222589491647170562" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpdeOFRSAI/AAAAAAAAAew/2EXWcHvw-wE/s320/Arreola+4.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
<span style="font-style:italic;">Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.</span><br />
En el prólogo a su <span style="font-style:italic;">Antología de Juan José Arreola</span>, José Agustín menciona que, como pedía Tolstoi, Arreola, al narrar su pueblo, narra el mundo. En eso es igual a Rulfo, el otro gran escritor jaliciense con quien comparte algo más que la generación y la amistad. Ambos son orfebres, ambos tallan sus frases a la pefección, aunque haya más densidad en la de Rulfo y más humor en la de Arreola. Los dos vienen del mismo terruño, tienen las mismas raíces y los mismos maestros. Aunque algunos críticos desearían mostrar a Rulfo como el último eslabón en la cadena de la literatura de la revolución mexicana, la verdad es que en él hay mucho de Kafka y de Sófocles y de Esquilo. En Arreola, sin embargo, es más evidente la presencia de los surrealistas y los clásicos.<br />
Su curiosidad, por ejemplo, por los aparatos y sus mecanismos está casi siempre rodeada de una atmósfera surrealista que recuerda las poleas, hilos y engranes en la pintura de Remedios Varo. En ambos se estila un parecido humor al describirlos, aunque en los de ella hay una referencia a la alquimia o a las sutiles madejas, ruedas y garruchas que enlazan al cosmos, y en los de Arreola a asuntos menos metafísicos y más cerca de lo cotidiano. Podemos mencionar algunos textos, como el de <span style="font-style:italic;">Baby H.P.</span>, en la que propone utilizar a los pequeños como fuentes de energía, <span style="font-style:italic;">a través de un aparato que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil mediante cómodos cinturones, pulseras y broches</span> y los convierte en dínamos que revolucionarían, con su consiguiente reserva de electricidad, la economía hogareña. En <span style="font-style:italic;">En Verdad Os Digo</span>, un sabio, de nombre Niklaus, propone un plan científico para desintegrar a un camello <span style="font-style:italic;">y hacerlo pasar en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a una pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente al camello según su esquema primitivo.</span> El experimento es tan caro que aunque fracasara conseguiría su objetivo, pues los ricos que lo financiaran quedarían tan pobres que ya no tendrían problema para entrar en el reino de los cielos. En <span style="font-style:italic;">De Balística</span> explora el funcionamiento de las antiguas catapultas romanas llevándonos a la conclusión de que era más eficaces para amedrentar que para aniquilar a los enemigos.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpeCOGS6mI/AAAAAAAAAe4/2bWjOh0g0po/s1600-h/arreola+3.jpg" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222590110126762594" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpeCOGS6mI/AAAAAAAAAe4/2bWjOh0g0po/s320/arreola+3.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Sin embargo la más lograda, y divertida, expresión de su manía maquinista, nos la da en su cuento <span style="font-style:italic;">Anuncio</span>, una especie de reclamo publicitario en el que se ponderan las cualidades de unas mujeres hechas de una substancia llamada Plastisex que acaban de aparecer en el mercado. He aquí unos fragmentos:<br />
<span style="font-style:italic;">Ahora nos dirigimos a usted, dichoso o desafortunado en el amor. Le proponemos la mujer que ha soñado toda la vida: se maneja por medio de controles automáticos y está hecha de materiales sintéticos que reproducen a voluntad las características más superficiales o recónditas de la belleza femenina. Alta y delgada, menuda y redonda, rubia y morena, todas están en el mercado&#8230;<br />
Tenemos listas para ser enviadas todas las bellezas famosas del pasado y del presente, pero atendemos cualquier solicitud y fabricamos modelos especiales. Si los encantos de Madame Recamier no le bastan para olvidar a la que lo dejó plantado, envíenos fotografías, documentos, medidas, prendas de vestir y descripciones entusiastas. Ella quedará a sus órdenes mediante un tablero de controles no más difícil de manejar que los botones de un televisor&#8230;<br />
Nuestras Venus están garantizadas para una relación de diez años –duración promedio de cualquier esposa- , salvo los casos en que sean sometidas a prácticas anormales de sadismo&#8230;<br />
Un armazón de magnesio, irrompible hasta en los más apasionados abrazos y finalmente diseñado a partir del esqueleto humano, asegura con propiedad todos los movimientos y posiciones de la Plastisex. Con un poco de práctica se puede bailar, luchar, hacer ejercicios gimnásticos o acrobáticos y producir en su cuerpo reacciones de acogida o rechazo más o menos enérgicas. (Aunque sumisas, las Plastisex son sumamente vigorosas, ya que están equipadas con un motor de medio caballo de fuerza)&#8230;<br />
Como objeto de goce, la plastisex debe ser empleada de modo mesurado y prudente, tal como la sabiduría popular aconseja respecto a nuestra compañera tradicional. Normalmente utilizado, su débito asegura la salud y el bienestar del hombre, cualquiera que sea su edad y complexión. Y por lo que se refiere a los gastos de inversión y mantenimiento, la Plastisex se paga ella sola. Consume tanta electricidad como un refrigerador, se puede enchufar en cualquier contacto doméstico y, equipada con sus más valiosos aditamentos, pronto resulta mucho más económica que una esposa común y corriente. Es inerte o activa, locuaz o silenciosa a voluntad, y se puede guardar en el closet.</span><br />
Su amor por los libros, como objetos, nace no solo de su vocación literaria sino de su antiguo oficio de tipógrafo y encuadernador. En <span style="font-style:italic;">In Memoriam</span> nos describe <span style="font-style:italic;">un lujoso ejemplar en cuarto mayor con pastas de cuero repujado, tenue de olor a tinta recién impresa en fino papel de Holanda.</span><br />
Su pasión por el ajedrez se trasluce en sus constantes referencias al juego.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpb5ZPoYCI/AAAAAAAAAeY/caT6aizv3Jc/s1600-h/Arreola+2.gif" rel="lightbox[41]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5222587759476629538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHpb5ZPoYCI/AAAAAAAAAeY/caT6aizv3Jc/s320/Arreola+2.gif" border="0" alt="" /></a> En <span style="font-style:italic;">La Vida Privada</span>, por ejemplo, el marido cornudo se entretiene con Gilberto, el amante de Teresa, su esposa, jugando al ajedrez. Una piedra lanzada por algún vecino iracundo viene a romper una ventana y cae sobre el tablero derribando las piezas. Teresa casi se desmaya y Gilberto palidece intensamente, el marido narrador no lamenta demasiado el suceso ya que, confiesa a los lectores, <span style="font-style:italic;">mi rey se hallaba en una situación bastante precaria, después de una serie de jaques que presagiaban un mate inexorable.</span><br />
Hay una carta de Julio Cortázar a Juan José Arreola en la que le menciona el primero agradece sus cuentos y menciona el <span style="font-style:italic;">El Prodigios Miligramo</span>. Cuando la leí, la fascinación que el Prodigioso Miligramo ejerce sobre el resto del hormiguero recuerda la fascinación que El Gran Tornillo ejerce sobre el vecindario en la Rayuela de Cortázar. En el fondo, la idea es la misma. No quise, a propósito, mirar las fechas para dislucidar quién influyó en quién. Me encanta que quede así, en esa fraterna complicidad que une a todos los escritores del mundo, más allá de las distancias, los idiomas y las estúpidas fronteras.<br />
Imposible concluir esta entrada sin mencionar algunos de los premios recibidos por Arreola en su brillante carrera de escritor. Obtuvo en 1953 el premio Jalisco de literatura; en 1963, el Villaurrutia por su novela La Feria; en 1977, el premio nacional de periodismo; en 79, el premio nacional de linguística y literatura; en 87, el premio de la Universidad Nacional Autónoma de México y, en 92, el premio Juan Rulfo.<br />
Sin embargo, lejos de envanecerse con estas victorias, Juan José Arreola dice:<br />
<span style="font-style:italic;">Dondequiera que haya un duelo estaré de parte del que cae, ya se trate de héroes o rufianes.<br />
Estoy atado por el cuello a la teoría de esclavos esculpidos en la más antigua de las estelas. Soy el guerrero moribundo bajo el carro de Asurbanipal, y el hueso calcinado en los hornos de Dachau.</span><br />
Y en otra parte:<br />
<span style="font-style:italic;">En otros tiempos yo hubiera sido un juglar, un mendigo, un narrador de cuentos y milagros. Descubro mi vocación demasiado tarde, alcanzada la madurez y a la mitad de un siglo en donde no caben ya esta clase de figuras. De todas maneras, he querido contar mi fábula a dos o tres pobres de espíritu, ofrecer mi colección de miserias a unos cuantos rezagados.</span><br />
Antonio Sarabia</p>
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		<title>Poemas de la España Musulmana</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Jul 2008 21:08:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía española]]></category>
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		<category><![CDATA[Ahmed Ibn Waddah “al Buqayra”]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace tiempo que no se publica en este blog una entrada de poesía y ya la reclaman los aficionados al género. En esta ocasión quisiera hacer un breve recorrido por un mundo al que le tengo una afición particular: el de la poesía arábigo andaluza. Esos versos, plenos al mismo tiempo de delicadeza y de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace tiempo que no se publica en este blog una entrada de poesía y ya la reclaman los aficionados al género. En esta ocasión quisiera hacer un breve recorrido por un mundo al que le tengo una afición particular:<a href="http://i165.photobucket.com/albums/u74/TrianaTubes/xana/Al_Andaluz.jpg" rel="lightbox[40]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5220018829696723442" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHE7eADsafI/AAAAAAAAAds/6Fuw48RG1GI/s320/Al+Andaluz.jpg" border="0" alt="" /></a> el de la poesía arábigo andaluza. Esos versos, plenos al mismo tiempo de delicadeza y de fuerza, de timidez y de audacia, de pasión y de sabiduría, inspiraron no pocas páginas de mi novela <span style="font-style:italic;">El Retorno del Paladín</span> (Ediciones B, 2005). Algunos de sus lectores reconocerán en ellos incluso uno que otro epígrafe.</p>
<p><span id="more-40"></span></p>
<p>1</p>
<p>Aquí me tienes, señor.<br />
He renegado de cuanto<br />
contienen los gruesos libros.</p>
<p>He mellado<br />
el cortaplumas del escritorio<br />
y he roto los cálamos.</p>
<p>Ahora sé que el título de rey<br />
sólo se adquiere entre los hierros de las lanzas<br />
y entre las anchas hojas de los sables.</p>
<p>Al Radi Bi-llah Yazid (rey de Ronda, S. XI)</p>
<p>2</p>
<p>Mi pupila rescata lo que está preso en la página:<br />
lo blanco a lo blanco y lo negro a lo negro.</p>
<p>Ibn Ammar (Silves S. XI)</p>
<p>3</p>
<p>No me tachéis de inconsecuente porque mi corazón<br />
haya sido apresado por una voz que canta.<br />
Hay que estar serio unas veces y, otras, dejarse emocionar,<br />
como la madera de la que lo mismo sale el arco del guerrero<br />
y el laúd del cantor.<br />
Ibrahim Ben Utman (Córdoba, siglo XII)</p>
<p>4</p>
<p>Nada me turbó más que un pichón que zureaba<br />
sobre una rama, entre la isla y el río.<br />
Era su color de alfóncigo, de lapislázuli<br />
su pechuga, tornasolado su cuello, castaño su dorso<br />
y el extremo de las puntas de las alas.<br />
Hacía girar sobre el rubí de sus pupilas párpados de<br />
perla, y orillaba sus párpados una línea de oro.<br />
Negra era la aguda punta de su pico, como el cabo<br />
de un cálamo de plata mojado en tinta.</p>
<p>Se recostaba en el ramo del arak como en un trono,<br />
escondiendo la garganta en el repliegue del ala.</p>
<p>Mas al ver correr mis lágrimas la asustó mi llanto<br />
e, irguiéndose sobre la verde rama,<br />
desplegó sus alas y las batió en su vuelo,<br />
llevándose mi corazón. ¿Adónde? No lo sé.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHE85QkyVZI/AAAAAAAAAd8/HaPXe0xPrek/s1600-h/Espa%C3%B1a+Musulmana+8.jpg" rel="lightbox[40]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5220020397498586514" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHE85QkyVZI/AAAAAAAAAd8/HaPXe0xPrek/s320/Espa%C3%B1a+Musulmana+8.jpg" border="0" alt="" /></a></p>
<p>Abu Hasan Ali Ben Hisn (Sevilla S. XI)</p>
<p>5</p>
<p>Los que no saben qué es amor me censuran porque te amo,<br />
pero, a mi juicio, tanto me da el que te injuria como el que se calla.<br />
Me dicen “has puesto de lado todo disimulo,<br />
antes te mostrabas a la gente celoso cumplidor de la ley religiosa”.<br />
Yo les digo que ocultar mi amor sería hipocresía<br />
y yo detesto a los hipócritas.<br />
¿Cuándo prohibió Mahoma mi amor?<br />
¿Consta acaso su ilegalidad en el claro texto revelado?<br />
Mientras no incurras en cosas prohibidas, por las que temas<br />
llegar al día de la resurrección con el rostro turbado,<br />
no hagas caso en materia de amor de lo que digan los censores<br />
y, por vida mía, me da igual que hablen a gritos o en voz baja.<br />
¿Es acaso responsable el hombre de algo que no ha elegido libremente?<br />
¿Por ventura el que se calla será reprendido por las palabras que no profirió?</p>
<p>Ibn Hazm (Córdoba 1022)</p>
<p>6</p>
<p>Me maravillo<br />
de la ingratitud del arco,<br />
porque no es leal<br />
con las palomas del boscaje.<br />
Cuando era rama<br />
fue su amigo<br />
y ahora que es arco<br />
las persigue.<br />
¡Así son las vicisitudes de los tiempos!</p>
<p>Ahmed Ibn Waddah “al Buqayra” (Murcia, S. XII)</p>
<p>7</p>
<p>Si hoy presto oídos<br />
escucho una música que viene de muy lejos,<br />
del pasado también,<br />
de cuanto ha muerto,<br />
de horas y signos distintos de los de hoy,<br />
y de otras vidas.</p>
<p>Quizás la nuestra<br />
-y nosotros mismos, no somos otra cosa que ella-<br />
no sea más que música<br />
porque todos fuimos alguna vez mejores,<br />
o más felices y más dignos:<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHE9UIXn8YI/AAAAAAAAAeE/H8biSw3R_Gc/s1600-h/Espa%C3%B1a+Musulmana+5.jpg" rel="lightbox[40]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5220020859152363906" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHE9UIXn8YI/AAAAAAAAAeE/H8biSw3R_Gc/s320/Espa%C3%B1a+Musulmana+5.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
no obstante, toda música cesa…<br />
…hasta en nuestro recuerdo…<br />
toda música cesa…</p>
<p>Boabdil (último rey de Granada 1460-1527)</p>
<p>8</p>
<p>La noche anida silenciosa en el pecho de la mañana,<br />
cuando caiga, equiparará<br />
al camellero de África y al porquerizo de Castilla<br />
con el que más brilló en el alto cielo.</p>
<p>Añicos de tu corazón yacen en Córdoba y en Ronda;<br />
con Itimad se enterró el último.<br />
Para tus herederos no hay herencia,<br />
ni trino, ni arrayán, ni limpia sombra, ni agua alegre.</p>
<p>Los cuervos te parecen, desde abajo, las aves de la misericordia.<br />
La embriaguez de tu vida –caricia, espada y verso-<br />
se concluyen en esta resaca.<br />
Amar fue poseer:<br />
tu desafío no pueden mantenerlo<br />
manos cargadas de cadenas.<br />
Pregunta a Silves, dónde empezó el gozo, si te recuerda.<br />
Aún las mismas palmeras se yerguen junto al mismo alcázar,<br />
la misma luna, el mismo río que reflejó la faz de Rumaiquiya.</p>
<p>Todo igual y sin ti, y tú igual sin todo.</p>
<p>Entre las albercas y los jardines, cuántos palacios para nada.<br />
“Responde Agmat”, repites, “¿Cabe en ti tal grandeza sin romperte?”<br />
Respóndeme tú a mí: ¿se rompe acaso<br />
de dolor tu memoria, triunfante siempre del ansiado olvido?</p>
<p>Una certeza te apacigua sólo:<br />
en el día de la resurrección tus ojos se abrirán otra vez en Sevilla.<br />
Pero para resucitar hay que morir: es lo que más deseas.</p>
<p>Boabdil (último rey de Granada 1460-1527)</p>
<p>9</p>
<p>Hice de la desesperación mi castillo y mi coraza<br />
no quiero disfrazarme de víctima de la injusticia<br />
Más que todos los hombres vale para mí<br />
ese poquito que me permite no necesitar a nadie.<br />
Estando firmes mi religión y mi honor<br />
en nada tengo lo que se va de mi lado.<br />
El ayer se fue, el mañana no sé si lo alcanzaré:<br />
¿de qué voy a afligirme?<br />
Ibn Hazm (Córdoba 1022)<br />
<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHE-j_aj2SI/AAAAAAAAAeM/AJqEn_Yzo5s/s1600-h/alhambra.jpg" rel="lightbox[40]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5220022231138294050" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SHE-j_aj2SI/AAAAAAAAAeM/AJqEn_Yzo5s/s320/alhambra.,jpg" border="0" alt="" /></a></p>
<p>10</p>
<p>Si es el blanco es el color de los vestidos<br />
en Al Andaluz, cosa justa es.<br />
¿No me ves a mí, que me he vestido<br />
con el blanco de las canas<br />
porque estoy de luto por la juventud?<br />
Abu Hasan al Husri (siglo XII)</p>
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		<title>Rosa Montero</title>
		<link>http://losconvidados.com/rosa-montero/</link>
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		<pubDate>Sun, 29 Jun 2008 23:41:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[autores españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Rosa Montero]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace mucho tiempo que deseaba publicar una entrada sobre Rosa Montero (Madrid, 1951) no sólo porque es alguien muy cercano, íntimo y querido, a quien profeso un afecto entrañable de amigo, sino porque la admiro profundamente como escritora y como persona. Es una mujer honesta y sincera a carta cabal, como hay pocas, que tiene [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace mucho tiempo que deseaba publicar una entrada sobre Rosa Montero (Madrid, 1951) no sólo porque es alguien muy cercano, íntimo y querido, a quien profeso un afecto entrañable de amigo, sino porque la admiro profundamente como escritora y como persona. Es una mujer honesta y sincera a carta cabal, como hay pocas, que tiene las ideas muy claras y sabe sostenerlas en todos los terrenos.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGgfkFDL3FI/AAAAAAAAAb8/hp-0ulM-QoU/s1600-h/RM+y+AS.jpg" rel="lightbox[39]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5217454873000008786" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGgfkFDL3FI/AAAAAAAAAb8/hp-0ulM-QoU/s320/RM+y+AS.jpg" border="0" alt="" /></a> Su sensibilidad literaria y humana la hacen poner siempre la pluma al lado de las causas más nobles y altruistas. Le tengo tal familiaridad y confianza que es una de las pocas personas de las que abuso enviándole mis manuscritos antes de publicar, porque sé que de ella obtendré una opinión leal y desinteresada de quien conoce el oficio y no vacilará en indicarme, con infinito tacto y perspicacia, lo que considere errores y aciertos. Cenamos hace un par de semanas con motivo de la feria del libro en Madrid, donde ella presentaba su más reciente novela, <span style="font-style:italic;">Instrucciones para Salvar el Mundo</span> (Alfaguara 2008) y le pedí esta colaboración para <span style="font-style:italic;">Los Convidados</span>. Se trata de un texto suyo que me conmovió particularmente cuando lo leí porque narra una anécdota muy personal sobre la que yo le había oído hablar muchas veces y que nunca pensé que pudiera poner por escrito. Lo hizo, y de manera magistral como es su costumbre. Lo tomo, con el expreso consentimiento de la autora, de su libro <span style="font-style:italic;">Lo Mejor de Rosa Montero</span>, (Espejo de Tinta, España 2005). Aquí está, para ustedes.</p>
<p> <span id="more-39"></span></p>
<p>SUERTE, PAPÁ</p>
<p>Supongo que mi hermano también debía de estar presente en aquellas extrañas tardes en casa de la abuela, pero por más que intento acordarme de él no lo consigo. En mi memoria sólo estamos nosotras, las mujeres, un gineceo que resulta de lo más adecuado para realzar la figura de nuestro hombre. Mi abuela paterna, anciana y enlutada; mi tía Mercedes, viuda; mi tía Conchita, soltera en una época en la que todavía existían las solteronas; mi madre, tan guapa y tan esbelta y mucho más joven de lo que yo soy ahora; y yo, con cuatro o cinco años. Y en el centro de este coro femenino, el protagonismo fulgurante de mi padre.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGyoQLr5r4I/AAAAAAAAAcs/UPYqmv9XD8c/s1600-h/Toros.jpg" rel="lightbox[39]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218731064183861122" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGyoQLr5r4I/AAAAAAAAAcs/UPYqmv9XD8c/s320/Toros.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Mi padre era torero profesional. Cuando toreaba en Madrid, siempre iba a vestirse a casa de su madre. Subíamos andando por Reina Victoria con el hato del traje de luces bajo el brazo y, una vez en el piso de la abuela, mi padre se metía en el cuarto de baño ataviado de simple mortal y salía transmutado en un personaje fabuloso, todo brillos y sedas y diamantes. Un príncipe de cuento que además se dedicaba a algo muy raro y muy peligroso, algo que yo no sabía bien lo que era pero que, según me habían contado, exigía un indecible valor y era extremo y hermoso. Luego, con el tiempo, milenios después de todo aquello, crecí y comprendí que a mí no me gustaban las corridas de toros, que me parecían demasiado brutales; pero por entonces, en el ambiente taurino y desde dentro, yo sólo percibía una especie de romanticismo legendario, la proeza del reto, el coraje de afrontar el beso de la muerte cada tarde. La costumbre, que es una clase de ceguera, hacía que nadie fuera consciente del nivel de violencia. De hecho, mi padre siempre fue un apasionado amante de los animales. Así de complejos somos los humanos.<br />
El mundo de los toros es muy ritualizado y todas aquellas tardes eran exactamente iguales unas a otras: la hora de llegada a casa de la abuela, la tensión que se palpaba en el ambiente, el encierro en el cuarto de baño, la asombrosa mudanza a un padre relumbrante, las últimas palabras que yo debía decirle antes de que saliera por la puerta, “suerte, papá”, exactamente eso y sólo eso, una fórmula fija a modo de conjuro o de encantamiento, porque la costumbre supersticiosa manda despedir así a los toreros que se van a la plaza, <span style="font-style:italic;">suerte, maestro</span>, esas deben ser las últimas palabras que les diriges, de manera que <span style="font-style:italic;">suerte, papá</span> <a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGyo1VykwsI/AAAAAAAAAc0/jcXNsLd2a0U/s1600-h/Buena+1.jpg" rel="lightbox[39]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218731702551364290" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGyo1VykwsI/AAAAAAAAAc0/jcXNsLd2a0U/s400/Buena+1.jpg" border="0" alt="" /></a>fueron las primeras palabras que me enseñaron a balbucear cuando era niña. Y, al decirlas, yo sentía que le estaba protegiendo con mi hechizo verbal de los graves peligros que le acechaban.<br />
Entonces, cuando mi padre se iba envuelto en el chisporroteo de su traje mágico, el gineceo regresaba por el oscuro pasillo hasta la sala. Y ahí empezaba nuestra parte en la gesta, nuestro humilde papel de mujeres en la retaguardia: nos sentábamos en círculo y rezábamos un rosario tras otro rogando la intercesión de los poderes divinos para la protección de nuestro hombre. Ahora que lo pienso, también el rosario era un sortilegio oral, un modo de ampararlo con palabras. Las mujeres hablando, los hombres ejecutando silenciosos actos de muerte y de sangre.<br />
Cuando vuelvo la vista tan atrás siento la misma extrañeza ante aquel mundo que si estuviera contemplando un paisaje lunar. España ha cambiado de manera tan abrupta y vertiginosa en las últimas décadas que la vida de mi infancia me resulta estrambóticamente arcaica, una antigualla polvorienta en la que es difícil reconocerse. Recuerdo, por ejemplo, que en la habitación siempre había una capillita itinerante. Estas capillas, que eran unas cajas de un metro de altura en madera barata, labradas en estilo seudo gótico y con puertecitas practicables, albergaban la imagen en escayola coloreada de una Virgen, o del Corazón de Jesús, o de algún santo. Las más modernas tenían bombillas por dentro, pero lo importante era encender a los pies de la figura tres o cuatro lamparillas votivas, humildes y medievales lamparillas de aceite, con el pabilo flotando sobre la grasa. Las capillas eran llevadas de casa en casa por un propio, que cobraba una módica suma por dejar la imagen prestada durante algunos días. Naturalmente, cada vez que mi padre toreaba en Madrid, la abuela contrataba su hornacina y su santo.<br />
Nos pasábamos la tarde en la penumbra, porque por entonces, en el Madrid sin aire acondicionado, se huía del sol en los veranos. Con la persiana medio bajada, rezábamos al unísono mientras las llamas temblorosas de las lamparillas hacían bailar las sombras. Apenas quince años después yo me convertiría en una <span style="font-style:italic;">hippy</span>, llevaría espeluznantes minifaldas y camisas transparentes de flores, asistiría a conciertos de rock, fumaría porros y compraría la píldora clandestinamente en las farmacias <span style="font-style:italic;">progres</span> durante los últimos estertores del franquismo, pero por entonces todavía habitábamos en un mundo inmóvil y vetusto de mujeres enlutadas, santos de escayola y rítmicos susurros en latín. <span style="font-style:italic;">Mater Amantísima, Ora pro Nobis</span>. Y así iba pasando la tarde, hora tras hora. Las densas y lentas tardes de la infancia.<br />
Hasta que al fin, ya con el sol muy bajo, las cosas empezaban a salir de su letargo. La abuela verificaba la hora y guardaba el rosario: “Ya debe de haberse terminado”. Era el momento de recurrir a la tecnología puntera, que consistía a la sazón en una pequeña radio de baquelita de color vainilla y fresa, igual que un helado.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGghlKrbexI/AAAAAAAAAcU/mMLG4RnM4ZY/s1600-h/rosamontero+4.jpg" rel="lightbox[39]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5217457090714106642" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SGghlKrbexI/AAAAAAAAAcU/mMLG4RnM4ZY/s320/rosamontero+4.jpg" border="0" alt="" /></a> Mis tías encendían respetuosamente el aparato, cuyo dial se iluminaba con un fulgor mortecino y amarillento, semejante a la luz de las lamparillas. El cuarto se llenaba con los chisporroteos estáticos, esos ruidos radiales antes tan comunes y hoy olvidados, mientras las tías buscaban la emisora adecuada. Al cabo recalaban en algún programa de toros, en el que un comentador daba el parte de la corrida. Un informe que se escuchaba casi sin respirar, con una atención intensa, sobrecogida. Incluso yo permanecía petrificada, prendida de la voz del hombre, aunque no pudiera desentrañar su argot taurino ni comprender lo que decía. Hasta que el <span style="font-style:italic;">parte</span> se acababa y todo el gineceo rompía a hablar al mismo tiempo: menos mal, estábamos de suerte, no había sucedido nada malo.<br />
Entonces se decían unas cuantas oraciones, algo muy cortito, sólo en acción de gracias por el apoyo que la divinidad había prestado a nuestro hombre, y mi madre suspiraba aliviada, sin duda por el buen resultado de la corrida, pero también, me parece, porque lo de pasarse la tarde rezando siempre le resultó un fastidio. Y ahí daba comienzo lo mejor de todo. Como el sol ya había caído y la tarde veraniega empezaba a refrescar, se levantaban las persianas y una luz alegre inundaba el cuarto; y a mí se me permitía sentarme en el alféizar de la ventana, con las piernas metidas a través de los barrotes y colgando por fuera, a esperar la llegada de mi padre. Era un primer piso, de manera que mi posición de vigía era inmejorable. Conservo una foto de aquella época, tomada en una finca de toros bravos. Mi padre está vestido de corto, distraído y mirando para otro lado; yo, en cambio, miro a cámara derretida de orgullo y embeleso filial. Con parecido orgullo debía de aguardar su llegada; y con ese mismo y acaparador embeleso debí de borrar de mi memoria la figura inevitable de mi hermano.<br />
Al cabo, tras la deliciosa angustia de la espera, se detenía a mis pies el enorme coche negro de los toreros. Mi padre descendía sujetando el capote bajo el brazo, miraba hacia arriba y nos sonreía. A estas alturas ya estábamos todas apretujadas dentro del marco de la ventana, con la emoción yo ni me daba cuenta, pero ahí estaban ellas pegadas a mi espalda, mi madre, mi abuela, que moriría cinco años después al caerse por las escaleras, y mis tías Mercedes y Conchita, que envejecerían hasta convertirse en dos ancianas y luego también fallecerían. Todas saludaban calurosamente a mi padre, que venía del peligro y del dolor, que llegaba (esto era lo que más me sobrecogía, lo que más me chocaba) con la pechera manchada de sangre seca, sangre tiesa y marrón del pobre toro. El gineceo en pleno, en fin, recibía al héroe con feliz alboroto, pero yo sabía que él sólo me sonreía a mí, porque yo le había salvado con mis palabras mágicas de la mala suerte y de la mala muerte. Esa mala muerte que terminó atrapándole cuarenta años después (enfisema, botella de oxígeno, silla de ruedas), cuando mis palabras se hicieron tan adultas que perdieron sus poderes protectores. Aquella casa de mi abuela estuvo deshabitada durante algún tiempo y al cabo la compró un desconocido. A menudo paso con el coche por delante, pero las ventanas siempre están cerradas.</p>
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		<title>Erotismo y literatura</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Jun 2008 23:09:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Autores mexicanos]]></category>
		<category><![CDATA[Erotismo]]></category>
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		<category><![CDATA[Mickey Spilline]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Entre el erotismo y la pornografía, igual a un péndulo que oscilara entre el espíritu y el cuerpo por lo que podríamos llamar las gradaciones de lo explícito, se mece la imaginación. Me refiero aquí al espíritu concebido como la sede del entendimiento y, al cuerpo, visto sólo en su aspecto genital. El erotismo está hecho de sugerencias y apela a nuestra fantasía.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF-BAT2xTxI/AAAAAAAAAb0/Py2vC-2pthQ/s1600-h/Close+up+6.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5215028735848304402" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF-BAT2xTxI/AAAAAAAAAb0/Py2vC-2pthQ/s200/Close+up+6.jpg" border="0" alt="" /></a> Nos interesa lo que oculta, no lo que descubre. La pornografía, por el contrario, no aspira a símbolos representativos. Se recrea a sí misma en la exhibición del aparato reproductor. Para el sexo puro y duro no hace falta la imaginación.</p>
<p><span id="more-38"></span><br />
Es, entonces, esa poderosa mezcla de erotismo y fantasía -responsable, por ejemplo, de la lascivia despertada por el disimulo de pantorrillas y pescuezos femeninos en la era victoriana-, la que hace también crecer en nuestras mentes una multitud de íntimos fantasmas que nos provocan secretas inquietudes. Algunos son tan antiguos y queridos que tal vez jamás podamos deshacernos de ellos. Quizás nos escoltarán hasta la tumba. No importa, sería difícil encontrar mejores camaradas para compartir las miserias del sepulcro. ¿Cómo saber si no constituirán ahí nuestro único consuelo, nuestra inmejorable y eterna distracción?<br />
A mí, muchos de esos fantasmas, nacidos del arte y la imaginación de otros, me persiguen casi desde mis primeras lecturas. Hay los despertados por <span style="font-style:italic;">Las Mil y Una Noches</span> y los salidos del <span style="font-style:italic;">Cantar de los Cantares</span>. Podría hablar horas enteras de los que me sugirieron Bocaccio, D.H. Lawrence o Henry Miller, así como la <span style="font-style:italic;">Lolita</span> de Nabokov o aquel vibrante y apasionado yes de James Joyce que se extiende a través las dos páginas finales del <span style="font-style:italic;">Ulises</span> y que en mi buena época podía repetir de memoria. Pero algunos son demasiado conocidos y otros pertenecen ya al dominio de la vida adulta. Hoy he elegido convidar en esta entrada a los más íntimos, a los menos intelectuales. A los que me asaltaron aún en plena infancia o en el inicio de la adolescencia, cuando mi lectura era más lúdica y mi edad más propicia para degustar con verdadero asombro, y bastante menos perversión, el manjar del erotismo.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7nvT6m8ZI/AAAAAAAAAbM/viSWmwFWLa8/s1600-h/Geisha.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214860218527576466" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7nvT6m8ZI/AAAAAAAAAbM/viSWmwFWLa8/s320/Geisha.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Su historia, nuestra historia, mía y de mis fantasmas, se inicia con Mark Twain. Yo tendría ocho años cuando leí <span style="font-style:italic;">Tom Sawyer</span> por primera vez. Sin embargo, el beso que éste le da a Becky Thatcher en el vacío salón de clases mientras ambos mascan chicle y columpian las piernas, de puro gozo, sentados sobre los mesabancos fue, ríanse ustedes, una de mis primeras experiencias erótico-literarias.<br />
No tardó en asomar la cabeza Alejandro Dumas con <span style="font-style:italic;">LosTres Mosqueteros</span>, metiendo sin más a D´Artagnan en la cama de Kitty, la doncella de Milady de Winter, para acto seguido permitirle proseguir la fogosa y lasciva visita, de noche todos los gatos son pardos, en la de su más atractiva patrona haciéndose pasar por su amante, el conde de Wardes.<br />
Tampoco puedo olvidar a Juan de Pardaillán, el invencible héroe de Michel Zevaco, haciéndole el amor a Fausta, la diabólica, en aquel soberbio palacete italiano, ya no recuerdo si asentado en Roma, Florencia o Venecia, y despertando luego medio sofocado por lo que él creía la ebriedad del amor y del placer, para encontrarse conque la malvada y hermosísima mujer le había prendido fuego al sitio con la peregrina intención de asarlo dentro.<br />
Pero fue una vieja novela de caballería, <span style="font-style:italic;">Tirante el Blanco</span>, de Joanoto Martorell, la que instaló el mayor número de imágenes lúbricas en mi temprana adolescencia. Al leerla comprendí mejor porque su lectura había hecho perder el seso a Don Quijote. Debo hacer notar aquí, sin embargo, que <span style="font-style:italic;">Tirante el Blanco</span> es uno de los pocos libros que Cervantes salva de la famosa quema organizada por el cura y el barbero. <span style="font-style:italic;">¡Válgame Dios!</span>, dice el cura cuando, al expurgar la estantería de don Alonso Quijano, ve caer el tomo a sus pies, <span style="font-style:italic;">dádmelo acá, compadre, que hago de cuenta que he hallado una mina de contento y un tesoro de pasatiempos</span>. Luego, en vez de arrojarlo al fuego con los otros se lo cede al barbero. <span style="font-style:italic;">Llevadle a casa y leedle</span>, le dice, <span style="font-style:italic;">veréis que es verdad cuanto de él os he dicho</span>.<br />
A mí me pareció curioso que un cura lo recomendara con tanta liberalidad. Aparte de que Tirante el Blanco es un héroe capaz de sujetar por las muñecas en la cama a Ricomana, la infanta de Sicilia, para que su amigo, el príncipe Felipe, pueda aprovecharse de ella, cosa que por cierto el inexperto joven no consigue, contiene muchas otras escenas memorables que habrían estado muy lejos de recibir la aprobación de los curas que yo conocía, mis maestros jesuitas de entonces, si hubiera tenido la torpe ocurrencia de solicitárselas.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7oFegxcEI/AAAAAAAAAbU/6ADNcWIVg6Y/s1600-h/LedaSwan.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214860599329124418" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7oFegxcEI/AAAAAAAAAbU/6ADNcWIVg6Y/s320/LedaSwan.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
En cierta ocasión, por ejemplo, Tirante el Blanco visita a la hija del emperador de Grecia, la princesa Carmesina, en sus aposentos. Como las ventanas están cerradas, y hace calor en la habitación, ella anda medio desabrochada y se le alcanzan a ver los pechos, <span style="font-style:italic;">dos manzanas del paraíso</span>, dice el autor, <span style="font-style:italic;">que parecían cristalinas</span>. Tirante posa los ojos en ellas y queda tan trastornado que literalmente equivoca la puerta para salir de la habitación.<br />
En otro momento, su simpática cómplice, la esclava Placer de mi Vida, doncella de confianza de la misma Carmesina, lo introduce subrepticiamente en la habitación de la princesa y lo mete dentro de un baúl del vestidor, de modo que Tirante puede espiar a su adorada mientras ésta se desnuda y se baña. Acto seguido, pide a su ama permiso para acostarse con ella cosa, por lo visto, bastante común en la época. Cuando la joven está dormida, Placer de mi Vida saca a Tirante del escondite y lo mete también en la cama, escondiéndolo con su propio cuerpo, luego toma ella misma la mano de Tirante y la pone sobre los pechos de Carmesina. Tirante palpa los senos, el vientre y <span style="font-style:italic;">más abajo</span>, especifica Martorel. Entonces la princesa se despierta y dice:<br />
<span style="font-style:italic;">-Válgame Dios, cómo eres enojosa, ¿no puedes dejarme dormir?</span><br />
Responde Placer de mi Vida:<br />
<span style="font-style:italic;">-¡Oh! ¡Cómo soy doncella de mal sufrimiento! Salís ahora del baño y tenéis las carnes lisas y gentiles. Deléitome en tocarlas.<br />
-Toca donde quieras</span>, dice la princesa, <span style="font-style:italic;">pero no pongas la mano tan abajo.</span><br />
Carmesina se adormila y Tirante es quien toca donde quiere. Yo, desde luego, imaginaba que ponía la mano bien abajo. Así transcurre una hora. Cuando los dos conspiradores sienten que la princesa se ha dormido, la esclava se hace a un lado y Tirante decide pasar a actividades mayores, pero Carmesina se despierta exclamando:<br />
<span style="font-style:italic;">-¿Qué malaventura haces que no quieres dejarme dormir esta noche? ¿Eres tornada loca que deseas intentar lo que va contra natura?</span> Pero, añade el autor dejándonos maliciar el cómo, <span style="font-style:italic;">a poco rato ella conoció que era más que mujer, y no quiso consentir, antes comenzó a dar de gritos</span>. Al escucharlos acuden los criados y, abreviando el final, les diré que Tirante tiene que huir descolgándose por una ventana sin ser visto, pero la cuerda es demasiado corta, le faltan doce varas para llegar al suelo, y el héroe se ve obligado a dejarse caer, rompiéndose una pierna en el porrazo.<br />
Cuando por fin se recupera decide irse a combatir en el mar. La mala suerte hace que su nave se vaya a pique y él naufraga en el norte de Africa. Allá, sin manera de tornar al imperio griego y a su querida y aún virgen Carmesina, corre un sinfín de aventuras que lo llevan a conquistar, él solo, casi medio continente.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7ogWnXYwI/AAAAAAAAAbc/Agz4CrSjfaQ/s1600-h/Samaritana.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214861061065761538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7ogWnXYwI/AAAAAAAAAbc/Agz4CrSjfaQ/s320/Samaritana.jpg" border="0" alt="" /></a> Así pasan varios años antes de que vuelva a ver a su adorada. Cuando al fin lo logra, y se queda a solas con ella, ya no desperdicia la oportunidad. Mete mano donde puede y como puede. La princesa intenta defenderse y apaciguarlo. La belleza del texto, un verdadero <span style="font-style:italic;">tour de force</span> del oficio, sorprendente en un escritor del medioevo, no consiente una sola descripción. El lector es testigo de lo que ocurre imaginando los hechos a través del monólogo y las quejas de la princesa. Dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">-Reposáos, señor, y no queráis usar de tanta fuerza, que las fuerzas de tan delicada doncella no bastan para resistir a tal caballero. No me tratéis, por vuestra gentileza, de esta manera. Las victorias de amor no con fuerza mas con mañosos halagos y dulces ingenios se alcanzan. No porfiéis, señor, no seáis cruel. No penséis que esto sea batalla contra infieles. No queráis vencer lo que está vencido de vuestro amor. Hacedme parte de vuestra valentía para que os pueda resistir. ¡Ay, señor!, ¿cómo os puede deleitar cosa forzada? ¿cómo es posible que el amor consienta que hagáis mal a la cosa amada? Deteneos, señor, por vuestra virtud y mucha nobleza. Guardad, señor, que no deben cortar las armas del amor ni ha de herir ni llagar la lanza enamorada. Tened piedad y compasión de esta sola doncella. ¡Hay, caballero falso y cruel ¡Señor Tirante, aved compasión de mí! ¡No sois vos Tirante! Triste de mí, ¿y esto es lo que yo tanto deseaba? ¡Oh esperanza de mi vida, muerto habéis a vuestra princesa!</span><br />
Otro de mis fantasmas favoritos brincó de improviso, como muñeco asomando de una caja de sorpresas, de la literatura policiaca. Lo que demuestra que los folletines aparentemente sin valor pueden ofrecernos también hallazgos extraordinarios. Se trata del final de una novela negra de Mickey Spilline, <span style="font-style:italic;">Yo, el Jurado</span>. Su héroe, el detective Mike Hammer, se ve involucrado en una aventura que recuerda la trama de El Halcón Maltés porque, en el último capítulo, la culpable del delito resulta ser la hermosa mujer a la que él ha intentado enamorar sin éxito durante toda la novela. Por algo dicen <span style="font-style:italic;">cherchez la femme</span> con tanto acierto los franceses. Apelo a mi memoria, o al fantasma que la ronda desde hace cuarenta años, para revivir esa postrera escena. Me parece que se encaran a solas en una habitación. Mike Hammer le anuncia que lo sabe todo, que la ha desenmascarado, y desenfunda su revólver, clara sustitución del falo diría Freud, para arrestarla. Ella no se inmuta. Lo mira y, sin mediar palabra, empieza a desnudarse ante él. En un strip tease lento e indolente con el que intenta seducirlo, se descubre ante quien la descubre. Hasta aquí todo parece muy banal incluso para mi aturdida sensibilidad de los quince años. Pero la sutileza genial, la que hirió mi imaginación como una espada marcándola para siempre, llega con la postrera reflexión del detective, que el autor desliza justo al caer la última prenda: <span style="font-style:italic;">era una rubia genuina</span>.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7o1dtnz_I/AAAAAAAAAbk/X952p1mKC-8/s1600-h/Sunny.jpg" rel="lightbox[38]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5214861423748304882" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SF7o1dtnz_I/AAAAAAAAAbk/X952p1mKC-8/s320/Sunny.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
Me gustaría cerrar esta entrada citando las dos líneas finales de un poema de Jorge Luis Borges. A muchos les parecerá el autor menos erótico que les haya tocado leer, a menos que tengan cierta narcisista predilección por los espejos o inclinaciones bestiales hacia los tigres en los laberintos. Puede que tampoco tenga que ver con el tema pero yo lo considero uno de los más grandes escritores del siglo XX, me parece justo recordarlo y no se me ocurrió mejor punto final para esta página. Dice así:<br />
<span style="font-style:italic;">Tú,<br />
Que ayer eras sólo toda la hermosura,<br />
Eres también todo el amor, ahora.</span><br />
Antonio Sarabia</p>
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		<title>La Vida Onírica de Mempo Giardinelli</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jun 2008 00:16:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Autores argentinos]]></category>
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		<category><![CDATA[José Emilio Pacheco]]></category>
		<category><![CDATA[Mempo Giardinelli]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>

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		<description><![CDATA[Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947) vivió ocho años de exilio en México a finales de los setentas y principios de los ochentas, durante la dictadura militar que por esas fechas tiranizó a su país. Yo no lo conocí en esa época. Nos encontramos por primera vez en la feria del libro de Frankfurt, allá por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947) vivió ocho años de exilio en México a finales de los setentas y principios de los ochentas, durante la dictadura militar que por esas fechas tiranizó a su país. Yo no lo conocí en esa época. Nos encontramos por primera vez en la feria del libro de Frankfurt, allá por el 92, pocos meses antes de que se le concediera el premio Rómulo Gallegos 1993 por <span style="font-style:italic;">El Santo Oficio de la Memoria</span>.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWxZiUiG_I/AAAAAAAAAZE/OYWoGkCejpk/s1600-h/Foto+Mempo+1.jpg" rel="lightbox[37]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212267196018990066" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWxZiUiG_I/AAAAAAAAAZE/OYWoGkCejpk/s400/Foto+Mempo+1.jpg" border="0" alt="" /></a> Nos vimos otra vez en Buenos Aires poco tiempo después y desde entonces nos frecuentamos en esa multitud de lugares en donde nos hace coincidir la vida y nuestro a ratos errabundo quehacer literario. Nos hicimos amigos desde el primer día y lo seguimos siendo hasta ahora. Ese entrañable compinchinato, si se puede llamar así, nos ha llevado a integrar una pareja casi imbatible al dominó como han podido bien constatar muchas veces los colegas que se nos han enfrentado. En el billar la cosa no son tan claras pero vamos mejorando.</p>
<p><span id="more-37"></span><br />
Lo que sí es muy claro es que Mempo posee una voz única dentro de la moderna literatura Argentina. Sus artículos y ensayos pueden leerse en diarios y revistas de todo el mundo, y sus cuentos y novelas están traducidos a más de una docena de idiomas. Dueño de una prosa señera, precisa, plena de emociones y matices, la claridad, la profundidad y el humor, convierten cada texto suyo en una experiencia memorable. Como muestra, dejemos que él mismo nos hable de su último libro y luego leamos algunos fragmentos del mismo. El tema: los sueños.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFeSvV7kA6I/AAAAAAAAAZ0/60p2I3qfqNo/s1600-h/Pool+2.jpg" rel="lightbox[37]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"></a><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212796435743114146" style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFeSvV7kA6I/AAAAAAAAAZ0/60p2I3qfqNo/s400/Pool+2.jpg" border="0" alt="" /><br />
Preliminar</p>
<p>Partiendo de la observación de Joseph Addison de que el alma humana cuando sueña es a la vez el teatro, los actores y el auditorio, y con su oportuno añadido de que es también el autor de la fábula que está viendo, Jorge Luis Borges desarrolló en un prólogo memorable su deliciosa teoría de los sueños.<br />
De ahí que, con el mayor respeto hacia el maestro, yo confieso y delato ad límine el atrevimiento que es esta colección.<br />
Pero de inmediato reclamo no sólo un derecho literario sino también la indulgencia de los lectores y lectoras que se asomen a estos ejercicios, provenientes todos de una intensa, proficua actividad onírica, favorecida, conjeturo, por la fertilidad tropical de las siestas en el Chaco y en Corrientes.<br />
Escribo este libro desde hace más de treinta años: los sueños que aquí transcribo se acumularon en mi taller de costuras literarias. Acaso esa práctica me autorice a establecer que los sueños son la principal fuente de la literatura. No la única —y todas las bibliotecas del mundo lo prueban— pero sí es la veta más rica, original e independiente para la creación literaria. La literatura es inconcebible sin los sueños. La escritura en la vigilia responde a todo tipo de estímulos, pero ninguno más vigoroso que las fábulas que soñamos.<br />
La ingeniería aparentemente inútil que es construir algo que no es para que sea; construirlo desde la pura ilusión que fue durante algún instante imprecisable, y levantar el leve edificio con la única finalidad, acaso, y solamente, de que provoque una emoción, convoque una nostalgia o despierte identificaciones mediante la invención de un mundo ficcional, me parece, si no loable, al menos indigno de condena. Y si por tales propósitos y cualidades este arte se asemeja a la poesía, enhorabuena.<br />
Dos puntualizaciones finales: una es que quisiera que este libro sea leído como lo que simplemente es: una colección de artefactos literarios que salieron indemnes de las brutalidades de la realidad en la que este redactor ha vivido. La otra, confesar que el orden de estos textos no es tal, ni el índice una propuesta de lectura. Prefiero y sugiero que cada quien lea este libro como le venga en gana, abriéndolo al azar en cualquier página, cerrándolo de igual modo, sin orden ni lógica. Como sucede con los sueños.</p>
<p>MG. Buenos Aires, México, Paso de la Patria, Resistencia, 1980-2008.</p>
<p>Tartamudeo</p>
<p>Sueño que me he vuelto tartamudo. Pero grave. Intento explicarle a alguien que acaso eso se relaciona con que mi hija sufrió un accidente y, mientras se reponía, tartamudeó durante un largo tiempo. En las brumas del sueño el pediatra, quizás la fonoaudióloga, procuran tranquilizarme. Yo desespero por explicarles que la dislalia que padezco es la peor: es la<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWxyg875_I/AAAAAAAAAZM/fKAT-v4x_L0/s1600-h/Mempo+1.jpg" rel="lightbox[37]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212267625148311538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWxyg875_I/AAAAAAAAAZM/fKAT-v4x_L0/s400/Mempo+1.jpg" border="0" alt="" /></a> intermitencia escritural que tanto puede dañar a un escritor. Pienso, y quiero decirlo bien pero no lo consigo, en algo así como ese tartamudeo del lenguaje argentino que dice Piglia que descubrió en el <span style="font-style:italic;">Diario argentino</span> de Gombrowicz, acerca de Macedonio, y que lo llena, dice Piglia que dice Gombrowicz, “de una extraña exaltación”.<br />
Mi tartamudeo consiste en una especie de fraseo interno de las palabras que no pronuncio. Las pienso como con un golpeteo rítmico, una acentuación seriada, algo así, no recuerdo cómo lo dice Piglia en Formas breves, que obviamente estoy citando de memoria, pero lo dice más o menos así, seguro que lo dice, o lo escribe, ya sabemos que en los sueños todo se exagera.<br />
Ese fraseo es una cadencia, una serie interna. A veces damos rodeos hasta encontrar la palabra justa, la que define todo de un saque, aunque para ello hemos dado mil vueltas buscándola.<br />
—Así es esto del lenguaje argentino, ché, tómese algo —me dice una voz que reconozco, y cuando giro veo que es un personaje el que habla: La Maga o Renzi, o Tomatis, quién sabe, o el cónsul de Soriano. Quien sea, alza una copa para brindar en el aire, en la oscuridad brumosa, y me dice salú y me pasa un vaso grandote. Me sorprende el sonido de los pedazos de hielo cayendo en el whisky, es un sonido intenso, como de campanas de catedral cuyo tan-tan me arranca del sueño.<br />
Despierto y el tartamudeo no es mío ni de nadie, persona o personaje: es el repique de las cánulas de madera de los carrillones del jardín. Está soplando un Norte fuerte y en cualquier momento se desata una tormenta.</p>
<p>Odiosa nostalgia de Moscú</p>
<p>Durante el viaje el dolor de cabeza es constante, y a ello contribuye un tipo que se llama Nikolai, contratado por la organización para mostrarme la belleza de un paisaje que yo mismo voy viendo y que, por cierto, conozco bien desde Tolstoi, Dostoievsky y Chejov, por lo menos.<br />
Estamos todavía en las afueras de Moscú, en un tren que nos lleva a San Petersburgo y yo empiezo a pensar cuál será el mejor modo de eliminar a Nikolai. Es la clase de persona que no para de hablar, subraya todo lo obvio e innecesario y se ríe cuando no corresponde, en fin, un plomazo al que maltraté ya un par de veces y pedí que mañana no se le ocurra aparecer antes del mediodía.<br />
El sueño no es gran cosa, quizás porque es otoño todavía y aún no hay nieve. Tampoco damas con perritos, jugadores compulsivos ni sirvientas atontadas, de manera que el sueño deriva lenta, pavorosamente hacia una mediocridad argumental que me avergüenza.<br />
Lo peor es que, al despertarme, siento una odiosa nostalgia de Rusia, país que sin embargo jamás he visitado.</p>
<p>El sueño angustioso de Canetti</p>
<p>Era un caballo magnífico que pasaba por el medio de la calle. Sin montura, salvaje y desenfrenado, impactaba su trote marcial, brioso, todo energía y poder. En el sueño el escritor lo miraba, fascinado y perplejo, desde su ventana. Lo evaluaba con preocupación, porque era una fuerza desbocada, en apariencia incontenible, una especie de loca marea de músculos y aceros que salpicaba de chispas el pavimento, que después de la lluvia brillaba como inundado de minúsculas estrellas. La preocupación que sentía estaba relacionada con la idea de la devastación que toda fuerza desbordada implica. Ese caballo desatado y sin destino, esas chispas, ese fuego interno, intenso, calcinante, no autorizaban la ironía ni alentaban intentos poéticos. Lo que se desplazaba ante sus ojos, capaz incluso de una belleza fría, metálica, era esa fuerza que llamamos bruta, siempre fascinante pero ominosa y letal.<br />
Aquella mañana de 1939 Elías Canetti se despertó con la boca seca y una odiosa ansiedad que le inundaba el alma. Un rato después, cuando lo llamaron para avisarle que los tanques alemanes habían cruzado la frontera polaca, hizo lo único que podía hacer para intentar el imposible sosiego de esa angustia perfecta que sentía: se puso a escribir.</p>
<p>Aurora en el D.F.</p>
<p>En este sueño se me aparece Carlitos Sosa y me dice: &#8220;che, pibe, esa mina no te conviene&#8221;. Lo dice mientras Aurora anda por ahí, envuelta en un tapado de piel blanco. Cuando ella se acerca a mí, la figura de Carlitos se esfuma por un instante y luego reaparece, como si viniera caminando desde muy lejos, desde el fondo de algo profundo, y entonces es Aurora la que se esfuma.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWyGK0sYgI/AAAAAAAAAZU/g_8ti--EoF0/s1600-h/mempo+2.jpg" rel="lightbox[37]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212267962805543426" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SFWyGK0sYgI/AAAAAAAAAZU/g_8ti--EoF0/s400/mempo+2.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
También se escucha una risa y es la risa de Francini, Enrique Mario Francini, y se oye una guitarra, que para mí es la guitarra de Betinotti, pero ejecutando un allegro de Haendel en vez de una milonga. Entonces vuelve Aurora y se va Carlitos, y después vuelve y se va ella, y así, como en un juego de sustituciones, hasta que empiezo a desesperarme y me largo a manotear el aire como para retenerlos a los dos, que parece que discuten pero enseguida se van y me dejan solo.<br />
Aunque sé que es un sueño, me largo a llorar y todo se torna amarillo, resplandeciente como si el sol estuviese a tres metros de altura, enceguecedor. Y del que de repente emerge una pareja bailando un tango, pero es un tango sólo por la coreografía porque la música que se escucha sigue siendo el allegro de Haendel.<br />
Yo los llamo —¡Aurora!, ¡Carlitos!— pero no me oyen y el amarillo se diluye como en un fundido cinematográfico, y entonces la veo a ella envuelta en una túnica incolora, acaso blanca, transparente. Se silencia la música, el escenario se transforma en la avenida Patriotismo, de México Distrito Federal y yo ando por ahí montado en una vaca, galopando. A los costados no hay ni gente ni edificios, sólo trigales y un lago en el que bebemos la vaca y yo y algunos poetas que andan por ahí. Distingo a Chumacero, a Pellicer, a Marco Antonio Campos. Y a Octavio Paz perorando quién sabe para quién. Cuando vuelvo mis ojos a la vaca ya no hay vaca sino que ahí está Aurora, y entendeme, le digo, no lo tomes a mal, y ella sonríe con su belleza serena intacta a pesar de la casi segura muerte, y empezamos un juego erótico, un manoseo más sugerido que concreto que me asombra porque Aurora tiene cuatro tetas, y aunque soy consciente de que se trata de un sueño, lo grotesco de la escena me resulta chocante. Aurora me habla ahora con voz imperativa, que lo cuestiona todo y hasta duda del sueño y me propone una realidad metafísica. Entonces, repentinamente, me levanto de sobre la vaca, que para mí es Aurora, porque irrumpe en el sueño un fauno con cara de bruja de gárgola y colita de elefante, para matarme con un enorme cuchillo porque, me acusa, yo no sé un carajo de la concepción de la estética de Hegel, y lo menos grosero que profiere es que yo soy un hijo de la grandísima puta.<br />
En ese momento se encienden miles de reflectores, todos los vatios del mundo, y el mundo vuelve a ser amarillo, de una amarillez que encandila primero, y luego enceguece, hasta que el escenario muta nuevamente para transformarse en un horizonte interminable, infinito, desprovisto de objetos, mobiliarios, distractores, y en el que no existe otro personaje que vos, Aurora, le digo a Aurora, y apenas sopla una brisa que en silencio mece la cabellera y también, muy suavemente, la túnica de Aurora.¬<br />
Entonces me acerco a ella, la abrazo y, justo cuando me parece que vamos a copular amorosamente, me despierto.<br />
Siento una sostenida taquicardia mientras abro los ojos, sofocado como cuando me falta el aire. Los sueños siempre se interrumpen en lo mejor, digo en voz alta. Y añado para mí que lo que pasa es que siempre miro todo con los exclusivos criterios de la realidad: lo que existe, es. Lo que se sueña, lo que se fantasea, no puede ser.<br />
En el baño me seco la cara y miro en el espejo mi ceño fruncido y mi cara de loco. Me pregunto a quién le cuento todo esto.</p>
<p>La vez que Darwin pensó en suicidarse</p>
<p>Una noche de 1869 Charles Darwin soñó que toda la fuente del saber estaba en el catolicismo anglicano, y que la vida efectivamente había sido creada y no era producto de la evolución ni de la selección natural de las especies. Soñó que a medida que avanzaba en sus descubrimientos y perfeccionaba sus teorías, su positivismo exacerbaba el conflicto con su fe. Supo, en la penumbra onírica, que el horror que todo eso provocaba en su familia sólo desencadenaría infelicidad, acaso una tragedia. La pesadilla se hizo más horrenda cuando se vio a sí mismo comulgando en la Basílica de San Pedro, en Roma, de la mano del mismísimo Pío IX, ese Papa cuyo ministerio parecía interminable y que por esos días decretaba la infalibilidad pontificia. Sobrevolaba la escena, disfrazado de ángel, el Arzobispo de Canterbury, condenándolo.<br />
Hacia el final del sueño, Darwin consideraba la idea del suicidio. Pero, y así lo escribió posteriormente, al despertar advirtió que su mayordomo, originario de un lejano país del hemisferio sur, tenía una irrefutable cara de mono.</p>
<p>Cristo Redentor</p>
<p>Sueño con el Cristo Redentor de Río de Janeiro. Estoy arriba, en el Corcovado, y lo miro desde sus pies. Me impresiona la expresión apacible, engañosa, que tiene esa versión del rostro de Dios. Transmite una paz que nadie en esa ciudad parece sentir. Quizás por eso la enorme mole de cemento con los brazos abiertos parece decir algo así como “y qué quieren que haga con ustedes”.<br />
La paradoja, en el sueño, no se resuelve, se acentúa. El Cristo, que es Dios, de pronto da un paso, y luego otro, y otro, y desciende por la escarpada ladera, pisando la mata atlántica como Atila los campos de Francia, y destroza de un pisotón media favela Dona Marta, y en pocas zancadas cruza el Jardín Botánico, y el Hipódromo, y atraviesa la laguna y aplasta manzanas enteras, pisa automóviles, rompe todo como un King Kong enfurecido por las calles de Ipanema y de Leblón.<br />
A su paso produce embotellamientos, suicidios en masa (miles de personas se arrojan por los balcones de los edificios más altos) y hasta desata un maremoto cuando hunde sus pies en el mar. Todo tiembla en la tierra y en las aguas mientras el Cristo Redentor se sumerge lenta, inclaudicablemente en el océano, harto, exhausto, vencido, como si le importara un bledo que el mundo entero se quede de repente sin esperanza, sin explicaciones a lo inexplicable.</p>
<p>Sombras</p>
<p>Paso varias semanas en un hospital. Anestesiado o aburrido, sueños de toda calaña me invadieron como hormigas. No sabría clasificarlos, ni siquiera retengo un argumento completo. Pero ahí está, como en las sombras, esa mujer a la que le falta un brazo y se empeña en aplaudir a Carlos Fuentes en Chapultepec y entonces golpea su muñón con la mano sana; y está aquella otra, enorme, de espaldas de luchador grecorromano, que dice que las palabras son, muchas veces, como pasos en la nieve: dejan huellas, quedan marcas, pero antes de la primavera se borran; y está esa otra muchacha, la puertorriqueña bajita y algo bizca, que me habla con voz de tan incalculable melancolía que no consigo no llorar cuando la escucho; y está también la dama de Porto que sólo pronuncia lugares comunes, y está la otra, que conozco en La Serena, Chile, en febrero del 96 y que de una mirada descompone mi falsa serenidad.<br />
Con esta mujer, que era poeta, tuvimos sexo oral y escrito. Su recuerdo llega hasta mi lecho hospitalario con la inutilidad de los versos de Pessoa: “Mis sueños son un refugio estúpido, como un paraguas contra un rayo”.<br />
En las noches de hospital las sombras son sólo sombras de otras sombras.</p>
<p>El pretencioso Bonfanti, el Rey y orinar en Sevilla</p>
<p>En el sueño platico con José Emilio Pacheco en Sevilla, mientras orinamos suavemente contra una pared de la judería, en el Barrio de San Bartolomé. Con nosotros están dos poetas: Fernando Operé y otro de cuyo nombre no quiero acordarme y aquí llamaré Bonfanti. Es una madrugada caliente, hemos bebido como esponjas y no hay polis a la vista. Los cuatro alardeamos de las dudosas punterías de nuestros pises hasta que Bonfanti suelta que la primera vez que viajó a España, cuando el peso argentino nos permitía turismo barato, en Madrid se alojó una noche en el Hotel Ritz y después de la cena se encontró en el baño nada menos que con el Rey Juan Carlos. Con el estúpido orgullo de los ignorantes, cuenta que orinaron democráticamente uno al lado del otro, y que al terminar de sacudirse, a la par, no tuvo mejor idea que saludar a Su Majestad en nombre del pueblo argentino mientras se subía el cierre de la bragueta. Por supuesto no le creemos ni una palabra, y la discusión que sigue es perfectamente olvidable.<br />
Estoy de acuerdo en que éste es un sueño inútil, si no fuera que una noche de 1998 los mismos cuatro sí orinamos una pared en Sevilla, bajo un cartel pintado que rezaba: “Por favor no orinen aquí”. Por eso mismo lo hicimos, como cuatro viejos muchachos traviesos y al amparo de estos versos de Pacheco:<br />
<span style="font-style:italic;">Una gota de lluvia temblaba en la enredadera.<br />
Toda la noche estaba en esa humedad sombría<br />
que de repente<br />
iluminó la luna.<br />
</span></p>
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		<title>Primeras Noticias de Noela Duarte</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jun 2008 18:41:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre he dicho que lo más valioso que me ha dado el oficio de escritor son los amigos. Entre mis colegas he encontrado algunos de los especímenes más nobles, perspicaces, generosos y sensibles que produce la tosca, ingrata, díscola y poco solidaria especie humana. Pero la muestra definitiva de qué tan inquebrantable y duradera puede llegar a ser la amistad entre nosotros es cuando se la pone a prueba en un esfuerzo común<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1U9YhMkI/AAAAAAAAAY0/c2BuWly1rTI/s1600-h/Autostop+a+Bruselas.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208753078221746754" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1U9YhMkI/AAAAAAAAAY0/c2BuWly1rTI/s320/Autostop+a+Bruselas.jpg" border="0" alt="" /></a> en el que intervienen no solo nuestro saber literario sino nuestra susceptibilidad, nuestra perseverancia y, sobre todo, ese ego enorme y traidor que poseemos los artistas y que tiende a asomar las orejas cuando menos se espera para echar a perder el trabajo más refinado. En esas circunstancias, escribir una obra a seis manos es al mismo tiempo un asunto delicado e intenso.</p>
<p><span id="more-36"></span><br />
Eso es lo que me ha sucedido con mis colegas y excelentes amigos José Manuel Fajardo (Granada, 1957) y José Ovejero (Madrid, 1958).<br />
Los tres vislumbramos al mismo tiempo a Noela Duarte en México, en un restaurante de Tlaquepaque un pequeño pueblo cercano a Guadalajara, donde participábamos en la feria del libro, y nos la volvimos a encontrar un año después, ya no tan por azar, en el desaparecido Goldenberg de la avenida Wagram en París. Le habíamos dado cita ahí pero, la verdad, ninguno estaba muy convencido de que vendría. Ya desde entonces intuíamos que de ella se podía esperar cualquier cosa.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1h7Fq3yI/AAAAAAAAAY8/uBFNosUPxPU/s1600-h/Trio+Noela+2.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208753300944117538" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEk1h7Fq3yI/AAAAAAAAAY8/uBFNosUPxPU/s320/Trio+Noela+2.jpg" border="0" alt="" /></a> Sin embargo, asistió puntual a nuestra invitación, y convivió toda la velada con nosotros. Noela nos hechizaba a los tres por su belleza, su enérgica personalidad, su carisma y su fina sensibilidad. Hija de cubano y española, nacida en el norte de África, criada entre los músicos de la banda en que tocaba la guitarra su padre. Fotógrafa profesional, viajera incansable, cada uno de nosotros tenía algo propio que decir sobre ella. La tentación de ponerlo en un libro común era demasiado fuerte, y no pudimos resistirla.<br />
Nuestra aventura duró tres largos años. Tiempo en el que nos fuimos poco a poco mostrando lo que cada uno escribía por su lado, discutiéndolo, obligándonos a encajarlo con lo que hacían los demás, en interminables, quisquillosos, obstinados, furibundos, pero siempre ocurrentes y a ratos jocosos correos. Esa vivencia fue una de las experiencias más divertidas y enriquecedoras de mi vida de escritor. No la cambiaría por nada del mundo.<br />
Al fin el esfuerzo se concretó en el libro que ahora edita Belacqva/La Otra Orilla, <span style="font-style:italic;">Primeras Noticias de Noela Duarte</span>.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyD1rnEPI/AAAAAAAAAYk/hJKLvhxy2p0/s1600-h/Portada+Noela.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208749485561680114" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyD1rnEPI/AAAAAAAAAYk/hJKLvhxy2p0/s320/Portada+Noela.jpg" border="0" alt="" /></a> Sale a la venta estos días en España y lo presentaremos oficialmente el jueves 12 de junio a las veinte horas en el Pabellón del Círculo de Lectores dentro del marco de la feria del Libro de Madrid. Ahí estaremos Fajardo, Ovejero y yo para conversar con la asistencia y contarle el qué, cómo, cuándo y porqué del libro.<br />
¿Y Noela? Noela ni se inmuta. Creo que está de acuerdo con todo. Nos conoce demasiado bien como para sorprenderse de nada. Puede que hasta asome a tomar una foto.<br />
Aquí tienen algunos fragmentos del libro para que la vayan conociendo mejor.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">A LA GUITARRA OSWALDO DUARTE</span></p>
<p>&#8220;No, mi padre no pegó nunca a mi madre. Cuando quería hacerla llorar, cogía la guitarra y le cantaba un bolero. Entonces ella se amansaba, se sentaba en cualquier sitio con los ojos húmedos y musitaba: qué hijo de puta eres, Oswaldo. Pero seguía escuchando, incapaz de marcharse por mucha rabia que le diese, hasta que mi padre terminaba de cantar&#8221;. Confieso que me fascinan las historias de familia; por eso intento siempre que Noela me cuente cosas de cuando era niña, de cuando sus padres aún vivían juntos en Tánger, de cuando Noela, después de que su madre se fuese con otro hombre, acompañaba a su padre en las giras con la orquesta El Ritmo de Oriente por buena parte de los hoteles y garitos de Europa. Ella dice que esas cosas me interesan sólo porque soy un cotilla, y para qué se lo voy a discutir. Pero para mí las familias tienen una lógica increíble, hasta en los detalles más escabrosos: cuando leo en el periódico que un hijo ha matado a sus padres a hachazos sé que ese final lo habían trazado entre todos, cada uno contribuyendo diariamente a un desenlace que, de alguna manera, todos deseaban.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">EL OJO QUE TE VE</span></p>
<p>Hoy ha salido del hotel más temprano que de costumbre. Eran las siete de la mañana y su cabeza ocupó el círculo de la mira telescópica con su melena corta. Llevaba gafas de sol, pero la reconocí. A estas alturas la reconocería aunque se disfrazara. Cuando se pasan tantas horas observando, cuando el mundo se reduce al círculo de una mira telescópica, uno acaba sabiendo muchas cosas de los demás. Yo sé que ella es nerviosa, que se rasca tras la oreja cuando no sabe qué hacer, que escupe al suelo los chicles que masca. También sé que sus piernas son largas y sus pechos pequeños y firmes. Porque no lleva sujetador.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyf-RW7lI/AAAAAAAAAYs/kEV78CuaV5w/s1600-h/Triptic+NOELA+-2.jpg" rel="lightbox[36]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5208749968903827026" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEkyf-RW7lI/AAAAAAAAAYs/kEV78CuaV5w/s400/Triptic+NOELA+-2.jpg" border="0" alt="" /></a> Eso también lo sé. He estudiado cada pliegue de su ropa. Conecto el walkman y escucho la guitarra salvaje de Jabberwocky. Esa canción me mata, pero también me ayuda a matar el tiempo mientras espero que ella regrese. La terraza parece un charco de agua. Es por el calor, que lo llena todo de espejismos. Ayer hubo mucho movimiento y la calle se cubrió de polvo y humo. Era como moverse dentro de una chimenea. Oías el silbido de las balas y las explosiones de los proyectiles, pero no veías más que resplandores entre la bruma. Hoy todo está limpio y calmo, y la música suena nítida en mis oídos. Es increíble cómo la tierra se desentiende de nosotros. Cuando la destrucción se detiene, el mundo se dedica de nuevo a lo suyo. No somos más que un paréntesis sangriento. Los pájaros vuelven a revolotear tontamente y los árboles se mecen bajo el viento. Pero los insectos continúan con sus tareas en medio de la matanza. Ayer estaba tirado en el suelo, al abrigo de un muro, y vi cómo una larga hilera de hormigas se adentraba en terreno abierto, indiferente a las carreras, a los gritos y a la lluvia de metralla. Para ellas debemos ser poco más que una tormenta. Y ni eso, porque la tormenta puede traer un diluvio que las ahogue. Nosotros sólo abrimos socavones en la tierra y, de vez en cuando, arrojamos al suelo algún despojo que se convierte de inmediato en alimento para ellas o en un nuevo obstáculo que deben salvar en su camino. Nuestra crueldad no tiene público en el universo, es una aberración privada. No somos muy diferentes de esos leones que se ven en los reportajes sobre África. Se puede aprender mucho de ellos. Yo lo hago. Permanezco al acecho, como el león en la sabana. Soy una mancha más en el paisaje. Puedo permanecer horas inmóvil. Una piedra que ve. Como uno de esos hombres estatua que salen en las películas. También yo me maquillo el rostro. Lo tizno de negro, para que no destaque en las sombras. Busco un lugar desde el que pueda controlar una buena extensión de terreno y espero. Siempre estoy esperando. Hay que saber esperar, concentrarse en una sola cosa, vaciar el cerebro de toda curiosidad, de todo interés, y limitarse a mirar. Es duro llegar a ser una piedra. El tiempo de las emociones es antes y después de la espera, pero durante ella tengo el corazón muerto. Esa es mi ventaja. No se trata tan sólo de tener reflejos y buena puntería. Lo que te hace un buen cazador es aprender a desprenderte de ti mismo para poder leer en los gestos más pequeños de la pieza a batir. El peor enemigo es la duda. La curiosidad y la duda.</p>
<p>DE <span style="font-style:italic;">A TRAVÉS DEL ESPEJO</span></p>
<p>Aquella noche yo tuve que permanecer encerrado en el apartamento de la avenue Foche y fue él quien ocupó mi lugar. El único sitio en el que yo no puedo sustituirlo es sobre un escenario. Ese es el altar donde sólo él, transformado en gran sacerdote, oficia ante sus fieles. En escena, como luego me enteré que sucedió aquella noche, Carlos Esquívez era algo más que el simple mortal Carlos Esquívez. Aquel hombre, con un micrófono enfrente y una guitarra en las manos se convertía en otro. Un mago que pulsaba las cuerdas como las alas de una chistera por cuyo oscuro boquete brotaban interminablemente conejos y palomas, globos de colores, cometas fulgurantes, e insospechadas legiones de demonios y ángeles. Desde luego, tú lo pudiste constatar porque estabas presente. No se conformó con subir al escenario y poner el piloto automático como me dijo que haría. El melódico y estruendoso compás de sus propias creaciones, cien veces magnificado por los altavoces, le hizo retroceder en el tiempo devolviéndole su apariencia original y tú te diste gusto fotografiándolo transfigurado bajo las candilejas. Si no fue capaz de tocar más que los viejos y consabidos temas que lo habían hecho célebre, fue porque en verdad no tenía más repertorio. Pero si sólo pudo repetir las antiguas canciones que el público conocía hasta la saciedad, lo hizo de modo que sonaran nuevas a los oídos de todos y fueran devotamente coreadas por una muchedumbre electrizada y fanática. Si Eric Clapton era dios, proclamaron los periódicos de la mañana siguiente, Carlos Esquívez era su profeta y sucesor. Sé que esa noche se vieron después del concierto. Sé que estuvieron juntos casi hasta el amanecer en una casita de las afueras, propiedad del organizador del evento. Sé que él te habló de la vacuidad de su vida y tú compartiste el dolor que te embargaba por el reciente fallecimiento de un amigo en Afganistán. Sé que se retiraron solos al amplio jardín y que él llevó consigo su guitarra acústica. Sé que te estuvo cantando al oído boleros hasta que se te soltaron las lágrimas porque te recordaban a tu niñez y a tu padre. Sé que hicieron el amor sobre la pelusa como náufragos que acabaran de sobrevivir a un cataclismo universal. Sé que te le entregaste con desesperación, con furia ciega, que lo mordiste, que lo arañaste con impaciencia febril hasta que depositó estremeciéndose de placer, en la vellosa y tibia humedad aprisionada entre tus piernas, todo lo que todavía le quedaba de amor y de música. Sé que aquella noche me rompiste el corazón.</p>
<p>¿Qué les parece? ¿Les gustaron estos fragmentos? Pues adelante, a leer el libro. Y, no lo olviden, los autores los invitamos a que vengan a compartir su presentación con nosotros este jueves 12 de junio, a las ocho de la noche, <span style="font-style:italic;">Primeras Noticias de Noela Duarte</span> en el Pabellón del Círculo de Lectores, en la feria del libro de Madrid, estoy seguro de que pasarán un buen rato. Allá nos vemos. Por cierto, las fotos de los autores que aparecen en esta entrada son de Daniel Mordzinski.</p>
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		<title>Un cuento de Mario Delgado Aparaín</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Jun 2008 14:13:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[autores uruguayos]]></category>
		<category><![CDATA[Mario Delgado Aparaín]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>

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		<description><![CDATA[Mario Delgado Aparaín (Florida, Uruguay, 1949) “el negro”, le llamamos afectuosamente sus amigos cercanos, aunque su piel sea del mismo color que la nuestra. Su humor incisivo, su sólida prosa, su fértil imaginación, lo han convertido en uno de los más grandes narradores del moderno Uruguay. Escribió a cuatro manos, con nuestro mutuo compadre el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mario Delgado Aparaín (Florida, Uruguay, 1949) “el negro”, le llamamos afectuosamente sus amigos cercanos, aunque su piel sea del mismo color que la nuestra. Su humor incisivo, su sólida prosa, su fértil imaginación, lo han convertido en uno de los más grandes narradores del moderno Uruguay. Escribió a cuatro manos, con nuestro mutuo compadre el chileno Luis<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEQA2mvDxTI/AAAAAAAAAX0/iBuHhUllfCU/s1600-h/Mario+y+AS.jpg" rel="lightbox[35]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5207288007257998642" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEQA2mvDxTI/AAAAAAAAAX0/iBuHhUllfCU/s320/Mario+y+AS.jpg" border="0" alt="" /></a> Sepúlveda, <span style="font-style:italic;">Los Peores cuentos de los Hermanos Grimm</span>. Su obra abarca desde novelas como <span style="font-style:italic;">La Balada de Johnny Sosa</span> (Premio Municipal de Literatura de Montevideo, 1987), <span style="font-style:italic;">Mandato de Madre</span> (Premio Foglia de Novela 1990), <span style="font-style:italic;">Alivio de Luto</span> y <span style="font-style:italic;">No Robarás las Botas de los muertos</span> (Premio Bartolomé Hidalgo de Novela, 2005), todas traducidas a un buen puñado de idiomas, hasta varios volúmenes de cuentos entre los que se encuentran <span style="font-style:italic;">Querido Charles Atlas</span> y <span style="font-style:italic;">El Canto de la Corvina Negra</span>. En este último género se le concedió el Premio Cervantes del Concurso Juan Rulfo, patrocinado por Radio Francia Internacional, por su relato <span style="font-style:italic;">Terribles Ojos Verdes</span>.<br />
Actualmente es director de la Intendencia de Artes y Ciencias de la Intendencia Municipal de Montevideo.<br />
Un abrazo afectuoso al “Negro” que nos lee allá en su querido Uruguay, y nuestro agradecimiento más sincero por su amable colaboración.</p>
<p><span id="more-35"></span></p>
<p>EL CUMPLEAÑOS DE JESÚS PELAYO</p>
<p>Con un zapato negro y el otro marrón, la chaqueta de fino cuero noruego remendado en el hombro donde carga la maleta de lona con las botellas de vinos seleccionados, el Conde de Caraguatá, más conocido como don Pedro P. Pereira Pintor de Puerta y Portal por Precio Proporcional para las Personas Pobres del Parque, abandonó el Parque de los Aliados y tras cuarenta minutos de caminata descansada, llegó hasta el final de la calle Cerrito en la Ciudad Vieja, para saludar en su viernes de cumpleaños a un viejo amigo abandonado por la fortuna. Se trataba de don Jesús Pelayo, un marino asturiano a quien, allá por el año dos mil dos, le fue mal en un negocio de contrabando y decidió no trabajar nunca más.<br />
Cuando llegó al lugar, luego de sortear dos pisos desfondados y los escombros de tres paredes derrumbadas, se encontró con que la reunión ya había empezado. En el centro del antiguo patio español, cubierto hasta principios de los años sesenta por una amplia claraboya que ahora daba paso entero a la luz de la luna, un hombre, una mujer y seis gatos barcinos, departían alrededor de un discreto fuego alimentado por las tablas partidas de un cajón de bananas de la firma “Ruiz y Robaina”.<br />
Excepto los seis gatos, que continuaron echados entre los cajones, los dos se pusieron de pie para saludar al Conde de Caraguatá, a quien esperaban no sólo por su siempre disfrutable presencia, sino también por que él, cuando acordaban este tipo de encuentros, se reservaba para sí la difícil misión de traer el vino para la cena.<a href="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEQBO_ZimAI/AAAAAAAAAX8/2JNEW_SV7hU/s1600-h/Mario.jpg" rel="lightbox[35]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5207288426195490818" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SEQBO_ZimAI/AAAAAAAAAX8/2JNEW_SV7hU/s320/Mario.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
- Jesús… ¡Qué gusto verte, muchacho, en esta noche de viernes! ¡Qué los cumplas con salud y ni te pregunto cuántos!<br />
El asturiano oriundo de Cangas de Onís, un hombre de respetable estatura y barba rubia e hirsuta al estilo de los astures salvajes del año 716, le dio un formidable apretón de manos, dejó escapar una ronca risa de ron del Caribe y lo invitó a sentarse a su lado.<br />
- Hombre, que toda la Ciudad Vieja ha estado esperando por ti y como te habéis demorado, solo hemos quedado nosotros para recibirte.<br />
El Conde dejó con cuidado la maleta de lona en el suelo y se presentó como gustaba hacerlo siempre: como Pedro P. Pereira Pintor de Puerta y Portal por Precio Proporcional para Personas Pobres.<br />
Cuando llegó a la señora, una mujer de aspecto caucásico, de unos sesenta años y a quien apodaban “La Rusa”, Jesús Pelayo creyó oportuno detenerse en su presentación y le explicó que la flamante amiga se llamaba en realidad Ekaterina Fonamor, que descendía de la mismísima familia del zar Nicolás y que para librarse de persecuciones y pescuezos rebanados, su padre y su abuelo habían vuelto del revés el apellido Romanof y allí estaba, sana y salva en el puerto de Montevideo.<br />
La señora asintió con una sonrisa milenaria, volvió a sentarse sobre un cajón acolchado con una vieja frazada y se dedicó a armar un tabaco “Cerrito”, concentrada en sus pensamientos.<br />
El Conde comprobó que a la luz del fuego, la mujer aún era bella y sospechó una historia entre ella y el asturiano, pero su discreción le impedía abordar esos asuntos, por lo menos enseguida. De modo que tomó asiento y olfateó la olla que reposaba sobre una parrilla de alambre, absolutamente negra por el tizne. Algo que hervía y olía a orégano y tocino en su interior, le llevó a frotarse las manos con satisfacción adelantada.<br />
- Esto me huele muy bien, Jesús… ¿De qué se trata?<br />
- Que te tengo una sorpresa, Pedropé… En realidad, a los dos se las tengo &#8211; dijo, girando los ojos desmesurados entre el Conde y “La Rusa” &#8211; Que hoy es mi día y en estos tiempos de homenaje a Don Quijote, quiero deciros que cumplo el mismo día que él: un viernes, joder, un viernes&#8230;<br />
- Qué boba soy, no me había dado cuenta… &#8211; dijo ella, con ironía bonachona.<br />
- Y… ¿Cuál es la sorpresa entonces? &#8211; preguntó el Conde.<br />
- Piensa, hombre, piensa… Que no por linyeras debemos privarnos de ciertos gustos &#8211; dijo Jesús, a las risas de ron, mirando la olla en la que la tapa corrida un tanto, dejaba escapar chijetes de vapor que sumaban al ambiente aires misteriosos de laurel.<br />
- Me rindo… Me rindo antes que se queme…<br />
- Pues lo digo de memoria: “&#8230;Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda&#8230;”<br />
El Conde de Caraguatá y Caballero de la Orden de Achar, don Pedro P. Pereira, abrió los brazos con admiración de gloria y los ojos con incredulidad de hambre llana y lisa.<br />
- ¿No me querrás decir que estás cocinando lentejas, muchacho?<br />
- A eso iba cuando te invitaba a pensar. Joder que eres lento, Conde…Pero esto no termina aquí… &#8211; dijo en voz más baja, jugando con los silencios del misterio, mientras levantaba la tapa de la olla &#8211; A falta de palominos del domingo, he conseguido tres palomas de viernes en la Plaza de Don Mauricio de Zabala, que sin plumas y con ajo, saben igual de sabrosas. Y además, una pata de cordero abandonada por un ingeniero hoy al mediodía en una mesa de “El Palenque”… Para tenerla, hice el sacrificio de esperar cerca de cuarenta minutos, de pie, viendo pasar comida y más comida, hasta que el mismo chez me vino a atender en persona. Y allí he visto que vosotros los uruguayos no sois afectos al ovino. Y el cordero en tiempos de Don Quijote era comida de nobles, pero no la vaca que era de pobres…<br />
El Conde, tocado en el honor, se agachó, revolvió en la maleta de lona y extrajo tres botellas de vino, idénticas y por la mitad.<br />
- Pues creo que estaremos bien acompañados &#8211; dijo levantando una de ellas a trasluz del fuego &#8211; Aquí tengo un “digestivo” de maravillas… Mmm… Un tintillo Tannat &#8211; Merlot, 2002 de la bodega de Fornaro, que agradará a su paladar en particular, señora Ekaterina…<br />
- ¿Por qué le parece eso?<br />
- Bueno, tal vez por las notas de ciruela que tiene y unos magníficos taninos suaves, tersos, redondos, capaces de dejarle en el alma una dulce estela de frutos rojos ya maduros…<br />
- Barbaridad… &#8211; dijo ella con más asombro que al principio &#8211; Apúrate con ese guiso, Jesús, que no como desde anoche.<br />
El gigantesco astur retiró la olla del fuego y la dejó reposar a su lado para que se enfriase un tanto, pues detestaba las comidas hirvientes. Su barba parecía abrillantada en la penumbra.<br />
El Conde le dedicó una mirada hipnótica a la olla abierta en la que asomaba sobre el caldo la pata de cordero.<br />
- Lentejas… &#8211; dijo &#8211; Qué fantástico…<br />
- Bueno, en realidad, el noble manchego no debería haber comido jamás lentejas los viernes pues, antiguamente, se creía que las lentejas daban melancolía y que, más temprano que tarde, llevaban a la pérdida de la cordura como le ocurrió de verdad al Ingenioso Hidalgo.<br />
- ¿Cómo sabes todo eso, Jesús? &#8211; preguntó “La Rusa”.<br />
- Porque en tiempos de marinero, me leí a bordo a Cervantes de cabo a rabo. Y es que es raro el capítulo del Quijote en que no haya un pasaje referido al comer o a la cocina. Y así tan famosos son los molinos de viento, como las hambres por las que el bueno de Sancho atraviesa por ser fiel escudero de su señor.<br />
Mientras hablaba, Jesús Pelayo iba sirviendo el guiso en tres platos de aluminio abollados, sin cuidarse de chorrear el suelo entre sus pies. El Conde de Caraguatá, mientras tanto, sirvió a cada uno un vaso del Tannat Fornaro que había cargado en la maleta.<br />
- Jamás hubiera imaginado que ese libro diese tanta hambre… &#8211; bromeó el Conde.<br />
- Ni que lo digas, Pedropé, ni que lo digas… A poco de empezar a leerlo solo te faltan los olores de sus andanzas, hombre, pues se viene al humo un montón de palabrejas que se te caen las babas de solo pensarlas: perdices escabechadas, hígado de cerdo, morteruelos, gazpachos de pastor, tiznaos, mojetes, arropes, mostillos&#8230; Y si quieres más, Pedropé, tienes caldereta de cordero, patatas con conejo, ajoarriero, ajopringue de la Sierra de Alcaraz y aquí me quedo, porque si hablo no como, hombre…<br />
- Que ya es hora de que te des cuenta, charlatán… &#8211; dijo “La Rusa”, encorvada sobre el plato.<br />
Y así lo hicieron en silencio durante dos vueltas de guiso de lentejas. Los tres comieron y bebieron a la luz del fuego, mientras los gatos comenzaron a despertar, a estirarse en sí mismos y a esperar por los huesos de las palomas de Don Mauricio de Zabala.<br />
Al fin, el Conde Pedro P. Pereira dejó el plato a un lado y vació el vaso de vino con estudiada lentitud antes de hablar.<br />
- Jesús… ¿De postres ni hablamos, verdad?<br />
- Pues sí, hombre, pues sí… ¿Qué historia contigo? Que tenemos una noche cervantina ¿no? Si mal no recuerdo, leche frita, natillas almendradas, rosquillas, empiñonados, mazapanes y mantecados, son algunos de los dulces que Don Quijote saboreaba. Pues aquí tengo y no me preguntéis de dónde los he conseguido, tres bizcochos borrachos con miel de Canelones a falta de miel de La Alcarria. Uno para cada uno. Muy apreciados por el caballero andante, si señor…<br />
El Conde no salía de su asombro. Degustaba el bizcocho como un niño, se chupaba los dedos y levantaba los ojos al techo donde debió haber estado, en algún tiempo del siglo pasado, una coqueta claraboya de vidrios esmerilados.<br />
Y justo a los postres, por aquel hueco desdentado en las alturas de la Ciudad Vieja, se dejó ver de pronto sobre el caserón, entera, la luna llena.<br />
La rusa Ekaterina, encogida sobre el asiento improvisado y con las rodillas muy juntas, se quedó extasiada mirando hacia arriba como si tuviese frío. Conmovida, sin abandonar la imagen de la luna, lagrimeaba en silencio.<br />
- Vamos… ¿Qué le ocurre a mi amor? &#8211; preguntó el gigantesco astur Jesús Pelayo, acercando su cabeza a la de ella.<br />
- No sé, Jesús. No sé qué me pasa… Tal vez ganas de ir juntos a San Petersburgo… Seguro que ese vino me ablandó el corazón…<br />
El Conde de Caraguatá levantó la maleta de lona, metió dentro los envases del vino y dijo que la cena había estado fantástica y que ya era hora de retirarse. Jesús Pelayo cubrió los hombros de Ekaterina con una vieja gabardina y luego acompañó al Conde hasta la calle.<br />
- ¿Crees que el vino le hizo mal, Jesús?<br />
- No es eso, Pedropé&#8230; Es la melancolía de las lentejas y no hay caso. Que si abusas, te pasará lo que a Don Quijote, hijo&#8230;<br />
El Conde le dio un abrazo de despedida y se echó a andar por la calle Cerrito bajo la luz de la luna. A medida que se alejaba de la Ciudad Vieja, hablaba solo, imaginaba a Jesús Pelayo cobijando a la rusa Ekaterina entre sus brazos de astur salvaje del año 716 y al fin, su propia melancolía se fue disipando hasta desaparecer por completo. Es más, parecía que aquellos taninos del vino, capaces de dejarle en el alma una dulce estela de frutos rojos ya maduros, sobrevivirían el tiempo suficiente como para llegar hasta su refugio en el parque y dormirse en paz, sin pensar en Don Quijote.</p>
<p>Mario Delgado Aparaín</p>
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		<title>Un amigo virtual</title>
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		<pubDate>Sun, 25 May 2008 21:07:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Serrano Cueto]]></category>
		<category><![CDATA[autores españoles]]></category>
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		<description><![CDATA[No es fácil hacerse de amigos en este mundo virtual en el que uno bucea a veces como en las aguas de un opaco océano para encontrar uno que otro individuo estimable en medio de la variedad de inmundicias que va dejando la resaca humana. Blogueros y otras especies que sólo persiguen influencia, celebridad o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No es fácil hacerse de amigos en este mundo virtual en el que uno bucea a veces como en las aguas de un opaco océano para encontrar uno que otro individuo estimable en medio de la variedad de inmundicias que va dejando la resaca humana. Blogueros y otras especies que sólo persiguen influencia, celebridad o poder. Y fallidos don juanes que utilizan su blog como anzuelo para sorprender mujeres que serían incapaces de conquistar de otro modo.<br />
Pero cuando topamos con alguien real allá en el fondo, nos damos cuenta de que no es necesario verse cara a cara con una persona para intuir cómo es y congeniar espontáneamente con ella.<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDnZ84S35-I/AAAAAAAAAXk/gA3hNq4jTlM/s1600-h/Antonio+Serrano+C..jpg" rel="lightbox[34]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5204430484330244066" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDnZ84S35-I/AAAAAAAAAXk/gA3hNq4jTlM/s200/Antonio+Serrano+C..jpg" border="0" alt="" /></a> Eso me ha sucedido con Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1966). Sólo nos hemos encontrado en la red pero, a mí en lo particular, los bien escogidos textos que publica en su blog, <a href="http://antonioserranocueto.blogspot.com">El Baile de los Silenos</a>, y los contados correos electrónicos que he intercambiado con él me bastan para desear su simpatía y amistad.</p>
<p><span id="more-34"></span><br />
Sé que es Profesor Titular de Filología Latina de la Universidad de Cádiz y que ha dedicado los últimos veinte años a la investigación universitaria, sobre todo en el ámbito de la literatura latina de los siglos XV y XVI. Tiene varios libros publicados en ese campo, el último de los cuales es una traducción moderna al <span style="font-style:italic;">Libro de Proverbios</span> que el sacerdote y humanista italiano Polidoro Virgilio escribió en latín hace ya unos quinientos años. Actualmente, por encargo de la editorial Akal, prepara la traducción española de los <span style="font-style:italic;">Adagia</span> de Erasmo de Rotterdam.<br />
Sé también que en sus ratos de ocio cultiva la poesía y el relato y que, como verán ustedes al leer el texto que les presentaré en seguida, no lo hace nada mal aunque ninguna editorial se ha puesto a mirar todavía con suficiente detenimiento su obra de ficción. El relato forma parte de una novela corta que escribió hace tiempo y que aún permanece inédita. Ojalá alguno de los varios editores que leen este blog tomen nota y se pongan en contacto con él.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDnaTIS35_I/AAAAAAAAAXs/AnRMzsI3CRk/s1600-h/Jean_leon_gerome_combat_de_coqs.jpg" rel="lightbox[34]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"></a>EL REY DE LOS GALLOS</p>
<p>Facundo García soñaba con ganar la Copa Estival del concurso de pesca que cada año coronaba la fiesta de la patrona, pero un asunto de amores prohibidos lo obligó a embarcarse en un carguero rumbo a La Habana. Allí lo pescó en un casino una mulata, tremenda mulata, que lo sedujo primero con el dardo de sus ojos gatunos y después con sus labios rellenos de caramelo. Facundo sintió vértigo al verse mecido por las aguas enloquecidas de la mulata y, temiendo naufragar en medio de un mar bravío, optó por dejarse llevar como un leño a la deriva. El calor húmedo de la isla, el abrazo arrullador de los danzones y el aguardiente de caña hicieron el resto. Tres meses más tarde, la mulata lucía una diadema de pedrería, herencia de su abuela, en la cumbre de un velo blanco salpicado de diminutas margaritas. Facundo vestía traje blanco, camisa blanca, calcetines blancos y zapatos blancos. Sobre tanta blancura, corbata y pañuelo rojos y un bigotito negro que crecía en libertad.<br />
Del altar del matrimonio al canastillero de santería sólo mediaron unas semanas. La mulata llenó la casa con amuletos y fotografías de familiares difuntos, y organizó una sesión de desvarío y convulsiones, donde un negro espigado se dejó poseer por el orisha de un muerto cercano. La mulata hizo de intérprete de la jerga criolla que profería el médium, pero sólo alcanzó a ver a un gallo con blanco plumaje.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDnY_oS359I/AAAAAAAAAXc/A-UaFjKtr0A/s1600-h/13fight.2.600.jpg" rel="lightbox[34]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5204429432063256530" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDnY_oS359I/AAAAAAAAAXc/A-UaFjKtr0A/s200/13fight.2.600.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
No se equivocó el orisha. Un compatriota andaluz de Facundo le propuso participar en la exportación a las Antillas de gallos de pelea criados en Jerez de la Frontera. Su trabajo era sencillo: hacer el seguimiento de los gallos viajeros, controlándolos desde que desembarcaban hasta que llegaban a manos del comprador. Debía pesarlos, medir su altura y complexión, por ver si en la travesía del Atlántico se había producido alguna merma, y controlar la alimentación y la monta de gallinas. Facundo no sólo ganó buenos pesos, sino que se granjeó la amistad de los propietarios de las grandes galleras. Su éxito fue tal, que lo titularon el Rey de los Gallos. Y el rey se enseñoreó de las salas de baile y de los prostíbulos más selectos de la isla.<br />
Pero la vida disipada del Rey de los Gallos fue efímera, pues su mujer y su jefe no dudaron en cortarle las alas fugándose juntos a Miami con buena parte de los ingresos de la empresa. El Rey de los Gallos perdió el título y volvió a ser Facundo García. Buscó las palmaditas en las galleras, pero ya no había razón para adularle; requirió a las prostitutas en los casinos, pero éstas pasaban a su lado como sombras intangibles. Cuentan en la isla que dejó La Habana y se fue en dirección al sureste, y que su rastro se perdió en la ciénaga de Zapata.<br />
Años más tarde un conocido que acababa de regresar de Cuba trajo noticias de Facundo. Vivía cerca de Trinidad, en un bohío en la playa, junto con una vieja negra pescadora de langostas. De España apenas le quedaban vagos recuerdos. Sin embargo, a la hora de la despedida, preguntó a su paisano, con la mirada perdida en las aguas azules, si aún se celebraban bailes en la playa después del concurso de pesca.</p>
<p><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5204430866582333426" style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDnaTIS35_I/AAAAAAAAAXs/AnRMzsI3CRk/s400/Jean_leon_gerome_combat_de_coqs.jpg" border="0" alt="" /></p>
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		<title>Recuerdos del Salón del Libro</title>
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		<pubDate>Sun, 18 May 2008 23:33:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto Masala]]></category>
		<category><![CDATA[autores españoles]]></category>
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		<category><![CDATA[Daniel Pupko]]></category>
		<category><![CDATA[Eduardo Halfon]]></category>
		<category><![CDATA[Eloy Santos]]></category>
		<category><![CDATA[Francisco Álvarez Velazco]]></category>
		<category><![CDATA[Lauren Mendinueta]]></category>
		<category><![CDATA[Lucas Chiappe]]></category>
		<category><![CDATA[Luis Sepúlveda]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía española]]></category>

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		<description><![CDATA[El pasado lunes 12 de mayo se clausuró el XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón con la entrega del premio de traductores Claude Couffon a mi buen amigo Pino Caccuci. Pino, además de un gran traductor, es un excelente escritor italiano a quien muy pronto tendremos de convidado en este blog. El Salón transcurrió [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado lunes 12 de mayo se clausuró el XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón con la entrega del premio de traductores Claude Couffon a mi buen amigo Pino Caccuci. Pino, además de un gran traductor, es un excelente escritor italiano a quien muy pronto tendremos de convidado en este blog.<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDC-diLc4iI/AAAAAAAAAW8/j6cNDVqFfH8/s1600-h/Cartel+Literastur.jpg" rel="lightbox[33]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5201866984213242402" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDC-diLc4iI/AAAAAAAAAW8/j6cNDVqFfH8/s200/Cartel+Literastur.jpg" border="0" alt="" /></a><br />
El Salón transcurrió durante toda la semana en ese ambiente de convivialidad y buen humor que saben propiciar sus organizadores Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda. Fue un enorme placer el reencontrarse con los viejos amigos al tiempo que se creaban nuevos lazos de fraternidad con otros, como con el mexicano Daniel Pupko, el salamantino Eloy Santos, el argentino Lucas Chiappe, el italiano Alberto Masala y, last but not least, el guatemalteco Eduardo Halfon y su bella esposa Lucía con quienes nos habría gustado departir más tiempo, pero de los que nos separamos sabiendo que habrá nuevas oportunidades de vernos en un futuro próximo.</p>
<p><span id="more-33"></span><br />
Durante la semana se vendieron doce mil libros y la sorpresa la dio el poemario La Vocación Suspendida, de Lauren Mendinueta, al ser declarado en la última rueda de prensa como el libro más vendido del evento.<br />
Entre los momentos a recordar nos quedan también la gran lectura de poesía que se realizó en el Jardín Botánico, y de ésta, muy especialmente, la participación de Francisco Álvarez Velazco,<a href="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDC-zyLc4jI/AAAAAAAAAXE/hXJ5fv_o5NY/s1600-h/Francisco_Velasco.jpg" rel="lightbox[33]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5201867366465331762" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SDC-zyLc4jI/AAAAAAAAAXE/hXJ5fv_o5NY/s320/Francisco_Velasco.jpg" border="0" alt="" /></a> algunos de cuyos poemas reproducimos más abajo.<br />
En la poesía actual, la imagen y la idea priman sobre la música del verso. No es así en los trabajos de Álvarez Velazco cuyo fino oído acompaña y subraya siempre lo que escribe. Sus versos tienen un sutil influencia juanramoniana y se caracterizan por concluir siempre con un delicado pincelazo.<br />
Durante su presentación, Francisco Álvarez Velazco leyó, entre otros, algunos poemas de su libro Noche, ganador del Premio Antonio Machado 2005. Por desgracia no pudimos encontrar ningún ejemplar en librerías para reproducirlos aquí. Los que leerán a continuación son igualmente hermosos y pertenecen a su último poemario, Las Aguas Silenciosas, publicado por Ediciones Trea en 2007.</p>
<p>2</p>
<p>COMO pozo vacío, tu silencio.<br />
Donde arrojas la piedra<br />
suena a cascajo y polvo.</p>
<p>A veces el silencio<br />
es un fresno sin pájaros ni tarde.</p>
<p>5<br />
COMPAÑERA del alba,<br />
dame<br />
la luz, los ojos, dame la invisible <br />
trompeta que convoca la raíz<br />
poderosa, <br />
la brisa de los álamos,<br />
el vuelo de campanas, <br />
el zumbar de la abeja.</p>
<p>Desvela la palabra ignorada, <br />
que en los nidos despierta<br />
 el latir de la vida.</p>
<p>Porque ésta es la hora,<br />
 y ya los ríos parten <br />
y abril se abre glorioso<br />
 con dientes de león en las praderas, <br />
dame la mano y sube<br />
 al caballo que aguarda ante la puerta.</p>
<p>11</p>
<p>CUERPO en naufragio que las aguas<br />
de la noche abandonan<br />
a la orilla del sueño.</p>
<p>Ya debes levantarte,<br />
que habrá que darle cuerda<br />
al viejo corazón de la mañana.</p>
<p>12<br />
ATARDECER JUNTO A LA MAR</p>
<p>Luminosa la tarde y la mar,<br />
limpia<br />
la brisa de las seis.<br />
A sorbos lentos,<br />
el vino y las palabras.<br />
Contemplábamos<br />
cómo, al caer, el sol iba lamiendo<br />
el vuelo de gaviota y la cinta<br />
blanca de las espumas<br />
y en las rocas<br />
las verdes cabelleras de los musgos.</p>
<p>Sucedió de repente.<br />
A corazón<br />
abierto alguien sacó<br />
contra la tarde su dolor oculto<br />
y lo puso en la mesa<br />
-servilleta arrugada entre los vasos-.<br />
Dimos tiempo a su angustia, espacio<br />
para la soledad sin mengua de su rostro,<br />
cauces le abrimos para el tedio oscuro<br />
que en su sangre corría.</p>
<p>Apuramos los vasos<br />
y la tarde<br />
se hizo amarga en la turbia frontera de la noche.</p>
<p>15</p>
<p>RELOJ DE ARENA</p>
<p>Siglo a siglo,<br />
los ríos fabricaron su arenas,<br />
y palpitan ahora relumbrantes<br />
y acompañan mis pulsos.<br />
El tiempo fluye en ellas.<br />
Busca y busca, incesante,<br />
El pozo de la muerte.</p>
<p>Ya marzo está pasando y apresura<br />
Sus nubes altas.<br />
(¿A qué tierras sus sombras llevarán,<br />
amor, que las verás cruzar<br />
sobre el mar de los trigos<br />
en lentas oleadas?)</p>
<p>por ti clamé en el corazón azul de la mañana,<br />
te busqué por el día,<br />
y en un rincón oscuro de la tarde<br />
con su puerta entreabierta<br />
me encontré con la noche.</p>
<p>¡Solamente la noche!<br />
Y, al fondo,<br />
la plena luna nueva y su rostro de nada.</p>
<p>La vida, amor, nos llama<br />
para beber su vino.<br />
Amargo sabe cuando tus labio no se acercan<br />
ni la lenta lengua que la piel espera,<br />
porque, a solas, el vino<br />
es triste y es amargo<br />
como los verdes jugos de la antigua hiedra…</p>
<p>Hasta la blanca escarcha de este silencio<br />
Llégate, amor, y escucha<br />
Cómo en la noche crujen las arenas del tiempo.</p>
<p>20</p>
<p>FINAL DE FIESTA</p>
<p>Es ya de madrugada.</p>
<p>Junto al espejo quedan<br />
los dientes, la peluca<br />
y la máscara viva<br />
de mirar a los otros.</p>
<p>Un rostro sobre el lecho<br />
mirando hacia la muerte.</p>
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		<title>El Salón del Libro Hispanoamericano, del 7 al 12 de mayo, la undécima edición.</title>
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		<pubDate>Mon, 05 May 2008 10:43:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Sarabia]]></category>
		<category><![CDATA[Carmen Yáñez]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Mordzinski]]></category>
		<category><![CDATA[Lauren Mendinueta]]></category>
		<category><![CDATA[Luis Sepúlveda]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa hispanoamericana]]></category>

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		<description><![CDATA[El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón es algo más que un evento en donde se reúnen algunos de los nombres más famosos en la literatura de este y aquel lado del Atlántico. Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada año con impaciencia y nostalgia. El [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón es algo más que un evento en donde se reúnen algunos de los nombres más famosos en la literatura de este y aquel lado del Atlántico.<a href="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SB7lKIpGKsI/AAAAAAAAAWs/2s4YkGJkWTY/s1600-h/Cartel+Literastur.jpg" rel="lightbox[32]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5196842982313437890" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SB7lKIpGKsI/AAAAAAAAAWs/2s4YkGJkWTY/s200/Cartel+Literastur.jpg" border="0" alt="" /></a> Es un acontecimiento estelar que libreros, traductores, agentes literarios, directivos de editoriales y escritores aguardamos cada año con impaciencia y nostalgia. El Instituto Jovellanos, ese noble, vetusto y tradicional sitio de reunión, está como hecho a la medida para salvaguardar los afectos, simpatías, correspondencias y complicidades con los que el oficio nos ha ligado a todos a través de los años. Ahí me encuentro siempre con algunos de mis mejores amigos. Ahí conocí hace algún tiempo a Lauren Mendinueta, la poetisa colombiana que con el tiempo llegaría a ser mi pareja.<br />
Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda (aquí en una foto tomada por Daniel Mordzinski) son los generosos anfitriones de esta gran fiesta entrañablemente compartida con los lectores de dentro y fuera de Gijón que, durante una semana completa,<a href="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SB7ldopGKtI/AAAAAAAAAW0/svyvBE5g3-M/s1600-h/Lucho+y+Pelusa.jpg" rel="lightbox[32]" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5196843317320886994" style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_OjkeqdANGa8/SB7ldopGKtI/AAAAAAAAAW0/svyvBE5g3-M/s200/Lucho+y+Pelusa.jpg" border="0" alt="" /></a> disfrutan de charlas, conferencias, lecturas de poesía, talleres literarios para adultos (el organizado por Graciela Litvak), o para jóvenes (el dirigido por Lauren Mendinueta), además de las presentaciones de algunas de las últimas novedades aparecidas en las vitrinas de las librerías tanto españolas como latinoamericanas. Este año, el undécimo de su existencia, el Salón del Libro Iberoamericano se centrará en un homenaje a Salvador Allende, a cien años de su nacimiento, y en la exploración de las relaciones entre literatura y medio ambiente. Con este tema, “La Tierra Somos Todos”, me gustaría compartir con los lectores de Los Convidados una colaboración personal escrita especialmente para la revista Literastur que circulará durante el evento.</p>
<p><span id="more-32"></span></p>
<p>UN SABIO JUDÍO DEL SIGLO XIV Y LA HIPÓTESIS DE GAIA.</p>
<p>El tema de literatura y medio ambiente me permite compartir con los lectores de esta revista, y con los participantes del XI Salón del Libro Iberoamericano de Gijón, un pensamiento que puede parecer absurdo a unos y difícil de aceptar a otros, pero que a mí me ha inquietado desde la adolescencia y que, aunque nunca me había atrevido a expresarlo con esta franqueza, se transparenta en buena parte de mi literatura. Está implícito en El Cielo a Dentelladas, y Los Convidados del Volcán no es más que una vasta parábola del mismo concepto, pero donde se resume mejor y más explícitamente es en una escena de mi primera novela escrita, la que se publicaría en América como Banda de Moebius y más tarde en España como El Retorno del Paladín. En ella, Samuel, el médico judío del sultán de Granada, explica al principal protagonista del libro el verdadero sentido de los millares de astros que se observan en lo alto. Le dice que son esferas perfectas, de diferentes tamaños y coloraciones. Algunos como el sol son enormes piedras de fuego, brasas ardientes más grandes que los reinos de Granada y Castilla juntos. Y concluye: la Tierra, según lo demostraron los experimentos de Erastótenes hace mil años, es redonda y forma parte de la misma colectividad de estrellas y planetas que se mueven en el cielo.<br />
Y ahí mismo, sin que yo hubiera entonces leído a Lovelock o a Vernadsky, sin conocer ni una sola palabra sobre la teoría de Gaia, que define a la Tierra como un organismo vivo, aquel sabio judío de mi invención se suelta el pelo afirmando que las estrellas se encienden y se apagan, nacen y mueren. Los planetas florecen y se secan, nacen y mueren también: machos y hembras celestiales que se acercan y se alejan eternamente teniendo como campo de reposo el espacio infinito&#8230; Ellos son los verdaderos habitantes del universo. Forman familias, sociedades, naciones enteras que se desplazan por el firmamento en busca de su propia tierra prometida. Son los ángeles y arcángeles, las verdaderas criaturas de Dios, el pueblo elegido. ¿Qué somos nosotros comparados con esos admirables moradores del cosmos? No somos nada: piojos que nos arrastramos sobre una cabeza celeste, parásitos que infestamos el cuerpo de un dios. Somos su enfermedad, somos su lepra, somos su mal, el mal que tal vez le conduzca a la muerte.<br />
Después de aquellos primeros intuitivos alegatos, y evitando caer en antropomorfismos para niños, me he venido enterando de que, en efecto, hay científicos serios que coinciden en la actualidad con mi sabio judío del siglo XIV y que, para investigar sobre la posible existencia de vida en otros rincones del universo, se vieron obligados a puntualizar primero en qué consistía estar vivo. Al determinar esos parámetros se dieron cuenta, con no poca sorpresa, de que nuestro planeta, como tal, satisfacía todos los requisitos con que intentaron cuantificar el evento. Ese puntito azul pálido, como alguna vez llamó Carl Sagán a la Tierra, es en realidad un ser vivo suspendido en un soplo de luz como si el sol lo sostuviera en la mano. Un ente frágil, en realidad, desde el punto de vista cósmico, que utiliza la energía solar para mantener su propio equilibrio biológico, químico y térmico. Sí, la Tierra respira y transpira, como pensaba el viejo Samuel.  En lo que ya no estoy de acuerdo con la tesis del sabio judío –yo era entonces mucho más joven e ignoraba ciertas cosas cuando puse aquellas subversivas palabras en su boca- es en que los seres que pueblan la superficie del planeta sean un accidente externo al mismo como “piojos que se arrastran sobre una cabeza celeste” o “parásistos que infestan el cuerpo de un dios”. No, muy al contrario, lo que nosotros llamamos vida está íntimamente relacionada con la constitución del planeta mismo, forma parte de su propia estructura y ejecuta funciones orgánicas de importancia primordial sin las cuales le sería imposible existir. Eso naturalmente incluye, tal vez más que a ninguna otra, a la especie inteligente que la habita. Alterar una simple preposición al punto de vista que tradicionalmente se nos ha inculcado sobre nosotros mismos podría generar un cambio radical en nuestra visión de la historia y el destino del género humano: el hombre no es la más evolucionada de las manifestaciones de la vida en la tierra sino la más evolucionada de las manifestaciones de la vida de la tierra.<br />
Desde luego que nadie es eterno y que nuestra existencia como astro, aunque se mida en millones y millones de años es también perecedera. Y aquí me es imposible no citar a Pessoa refiriéndose al dueño del expendio de frente su casa que está a punto de sonreírle bajo el letrero de la tabaquería: Él morirá y yo moriré. / Él dejará el letrero, yo dejaré versos. / En cierto momento morirá el letrero también, y los versos también. / Después de algún tiempo morirá la calle donde estaba el letrero, / y la lengua en que fueron escritos los versos. / Morirá más tarde el rotante planeta en que todo esto se dio. / En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente / continuará haciendo cosas como versos y viviendo bajo cosas como letreros…<br />
Eso ya lo precisaba asimismo Samuel, aunque de una manera más burda, en su apasionado discurso al héroe de El Retorno del Paladín. Lo que no decía es que aquellos que hacemos “cosas como versos” y vivimos “bajo cosas como letreros” personificamos la consciencia del planeta, somos hasta donde sabemos la única manifestación de su vida pensante, y aún tenemos mucho que reflexionar sobre cómo prolongar al máximo nuestra existencia en el cosmos y qué vamos a hacer con ella. Para eso estamos obligados a pesar y sopesar con responsabilidad e inteligencia, como hacía el sabio judío en su laboratorio, lo que erigimos cada día con lo que él llamaba la materia misma del universo: polvo, tierra, fuego, líquidos, gases, minerales, la sustancia viva de la que están hechas las estrellas y los planetas: la sagrada carne de los dioses.<br />
Antonio Sarabia</p>
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