Tengo un especial afecto por la foto que ustedes pueden ver arriba a su derecha. Fue tomada en el boulevard de Saint Germain por mi querido amigo, el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, allá por el año de 1993. Yo, como ustedes pueden observar, me estrenaba de autor novicio e imberbe (mi primera novela recién había aparecido en España el año anterior). Álvaro Mutis (Bogotá, 1923) acababa de recibir el premio Roger Callois, máximo galardón que conceden las letras francesas a un escritor extranjero, y tanto Luis Sepúlveda como yo lo habíamos acompañado la víspera a la ceremonia en Paris, ya no sé si anterior o posterior a la de Reims. Para festejar nos metimos la tarde siguiente en aquel bar del barrio latino del que nos sacó Mordzinski para tomar la foto. Ese rotundo abrazo de oso cálido y bonachón con el que Mutis nos arropa, simboliza para mí la naturaleza profunda del creador de Maqroll el Gaviero. Porque por encima de los honoris causa y las órdenes al mérito, muy pero muy por encima de todos los reconocimientos recibidos, los Medicis, Noninos, Caillois, Principes de Asturias y Cervantes, incluso más allá de su tremendo talento narrativo y su maravillosa, turbulenta y descorazonada poesía, Álvaro es, ante todo y sobre todo, un buen hombre. Y uno de los personajes más generosos con que me he topado en la vida. En eso fuerte competencia del siempre desprendido chileno que nos acompaña en la foto, lo que no es poco decir. Son incontables las presentaciones de Álvaro en las que supuestamente debía promover algún libro suyo y él dedicaba su tiempo a ensalzar las virtudes de algún oscuro poeta centroeuropeo del que nadie había oído hablar pero que a él le parecía admirable. Por lo que a mí respecta, me consta que en esa época hubo autores que jamás se habrían tomado el trabajo de leerme de no mediar su recomendación personal.
La segunda foto me es también muy querida porque Álvaro posó con el uniforme de su alter ego Maqroll, el gaviero. Fue tomada en Saint Maló también por Mordzinski -¿el mismo año?, ¿al siguiente de la de Saint Germain?, yo continúo sin barba, ayúdame Daniel-. Otra vez, y no es por azar, ahí está de nuevo Sepúlveda. En aquel tiempo Lucho, como le llamamos sus amigos, y yo éramos inseparables. Si se acuerda, y me envía alguna cosa desde su retiro gijonés, tal vez pronto le dediquemos una entrada en el blog. El caso es que en la foto Álvaro Mutis aparece vestido como lo estaría Maqroll o, mejor dicho, Maqroll asoma disfrazado de Álvaro Mutis porque, y en eso está el meollo del asunto, Álvaro es en la vida real el gaviero, y Maqroll el poeta. Sólo Maqroll es capaz de escribir esa poesía lúcida, desgarrada, en la que la selva amazónica y la urbana son una y la misma. Una poesía a la que no se puede llamar desilusionada o desesperanzada porque no viene precedida de ninguna ilusión o esperanza. Una poesía de lo mejor que se ha escrito en América durante la segunda mitad del siglo veinte.


Sé que en días pasados la feria del libro de Guadalajara le ha ofrecido un homenaje. Viene bien, aunque cae sospechosamente a la mano ahora que la feria tiene a Colombia como invitada especial y a Gabo se le han rendido ya, este año, todos los honores que su fatigada humanidad es capaz de resistir. Un homenaje, sí, no está mal y, desde luego, Álvaro se lo merece. Pero me pregunto si no se lo harán para paliar los sentimientos de culpa por ese premio Juan Rulfo –me consta que Claude Couffon lo propuso desde aquel 1993 de la foto- que Álvaro amerita también, y con creces, y que nunca le dieron. Menos mal que, cuando menos, esta vez le hicieron por fin justicia a Del Paso.
Salud, Álvaro, felicidades y, como dice aquel hermoso poema tuyo, que nos acoja la muerte con todos nuestros sueños intactos. Amén.

UN BEL MORIR

De pie en una barca detenida en medio del río
cuyas aguas pasan en lento remolino
de lodos y raíces,
el misionero bendice la familia del cacique.
Los frutos, las joyas de cristal, los animales, la selva,
reciben los breves signos de la bienaventuranza.
Cuando descienda la mano
habré muerto en mi alcoba
cuyas ventanas vibran al paso del tranvía
y el lechero acudirá en vano por sus botellas vacías.
Para entonces quedará bien poco de nuestra historia,
algunos retratos en desorden,
unas cartas guardadas no sé dónde,
lo dicho aquel día al desnudarte en el campo.
Todo irá desvaneciéndose en el olvido
y el grito de un mono,
el manar blancuzco de la savia
por la herida corteza del caucho,
el chapoteo de las aguas contra la quilla en viaje,
serán asunto más memorable que nuestros largos abrazos.

CANCIÓN DEL ESTE

A la vuelta de la esquina
un ángel invisible espera;
una vaga niebla, un espectro desvaído
te dirá algunas palabras del pasado.
Como agua de acequia, el tiempo
cava en ti su arduo trabajo
de días y semanas,
de años sin nombre ni recuerdo.
A la vuelta de la esquina
te seguirá esperando vanamente
ése que no fuiste, ése que murió
de tanto ser tú mismo lo que eres.
Ni la más leve sospecha,
ni la más leve sombra
te indica lo que pudiera haber sido
ese encuentro. Y, sin embargo,
allí estaba la clave
de tu breve dicha sobre la tierra.

CIUDAD

Un llanto,
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídas de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de ese llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en donde las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan sus tumbas en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí, que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.

AMÉN

Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retornar de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fueron dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.

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7 Respuestas a “Álvaro Mutis”
  1. Anonymous (10 comments) dice:

    Luis dijo…
    Muy buen blog, Antonio, aunque no entiendo eso de mi “retiro gijonés”, ya que los retiros, todos, tienen un dejo de geriátrico muy injusto en mi caso.
    Pero eso no impedirá que lo celebremos con un buen “Jameson” pronunciado a la española, que es como decir “izeber” para referirse al iceberg, palabra inglesa fría y ajustada para definir lo que en español se llama témpano.
    Luis Sepúlveda
    29 de noviembre de 2007 18:28

  2. El autor (20 comments) dice:

    Lucho, lo del “retiro gijonés” tenía como objeto picarte algo la cresta a ver si pronto nos envías algo al blog. Ya sabes, cualquier cosa que desees compartir con los lectores. En cuanto al Jameson, pronunciado a la española o a la escocesa, ¿qué esperamos? A la primera oportunidad, hermano.

  3. Anonymous (10 comments) dice:

    Querido Antonio, tu homenaje a Mutis es merecido, es preciso y precioso. En efecto la foto la tomé en en St Maló en mayo de 1994, recuerdo a Alvaro de muy buen humor a pesar que ese día había perdido su billetera. Pero sobre todo, como olvidar el día que te conocí, Antonio. Estábamos en la Maison de l’Amerique Latine en París, Alvaro, ya lo cuentas tu, recibía el premio Roger Caillois, al final del acto le pediste a Mutis un autógrafo, Alvaro tomo el libro y te pregunto tu nombre, y cuando respondiste Antonio Sarabia, te miró y te dijo, “Sarabia como el papá de Amarillis, una de las mejores novelas que he leído en mi vida, como no recordarlo querido Antonio”. Un abrazo fuerte, felicitaciones por tu blog. Daniel.

  4. El autor (20 comments) dice:

    Yo tampoco lo olvido, Daniel, y es una prueba más de la inmensa generosidad de Álvaro Mutis. Me acuerdo también de que tú entonces iniciabas tu carrera de fotógrafo y ahora tienes ya no sé cuántos libros publicados. Y, oye, en memoria de aquellos días, ¿por qué no compartes algunas de tus fotos más queridas con nosotros? Este blog es, sobre todo, literario, pero una incursión al arte gráfico no le vendría mal. Las dejo a tu elección, ¿qué dices? ¿Te animas?

  5. Anonymous (10 comments) dice:

    No solo me animo, me lanzo…y acepto encantado, buscaré fotos inéditas o poco publicadas de poetas que me gustan, de preferencia en blanco y negro. Pero hay una condición: que te animes, y escribas algo sobre las fotos o mejor sobre los poetas, en realidad lo que me gustaría es que juntos volvamos a las andanzas como en nuestro libro “El Refugio del Fuego”.
    Te las pasaré en breve, abrazo, Daniel Mordzinski

  6. El autor (20 comments) dice:

    Muchas gracias por las fotos, Daniel, ya las recibí. Las estoy montando. Esta semana tú serás el Convidado al blog. Es un placer, y un honor, el que hagamos otra vez algo juntos

  7. Luis Sepúlveda (1 comments) dice:

    Muy emotivos y justos tus recuerdos de nuestro tan querido Álvaro Mutis. ¿Qué importa dónde y cuándo tomó esas fotos el también querido Daniel Mordzinki? Lo relevante es que están ahí, y la memoria de sus protagonistas, ¡ah la memoria!, siempre aleatoria, anárquica y tenazmente salvadora, se encargará de darles lugar, guión e historia.
    Te regalo un recuerdo muy vivo: “Érase una vez en una república muy lejana (no siempre los cuentos deben empezar con el repulsivo “érase una vez en un reino”), que tarde ya, de noche, o más bien al filo de la alborada, con Álvaro Mutis cerrábamos bares y, de pronto, nos asaltó una muchacha no muy agraciada ni física ni verbalmente, pues nos soltó una perorata atropellada durante unos cinco minutos, conferencia forzada llena de imprecaciones al pecado y al justo castigo que aguardaba a los pecadores. Finalmente, y esto sí que es meritorio, dejó a a Mutis estupefacto al entregarle un libro grueso y de tapas oscuras.
    Era un nuevo testamento en el que, además de versículos había muestras de mantequilla, ketchup, chocolate y otras sustancias difíciles de identificar a simple vista.
    Pasada la estupefacción – y vaya si es difícil dejar estupefacto a Álvaro Mutis- éste lo abrió, quitó el capuchón de su estilográfica y escribió: “Para Lucho, por llamarse Lucho, primera persona del presente del indicativo del verbo luisar. Si alguna vez nos encontramos en cierto lugar muy ardiente querrá decir que este libro tampoco te sirvió de mucho, Lucho”.
    Es el único libro religioso que tengo en la biblioteca.
    con un apretado abrazo
    Luis Sepúlveda

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