Alfonso Mateo Sagasta y Las Caras del Tigre
Escrito por: Antonio Sarabia en Literatura hispanoamericana, Narrativa hispanoamericana contemporáneaEntre los invitados a la Primera Semana Internacional de Novela Histórica, celebrada del siete al diez de mayo en el marco de la feria del libro de Valladolid, me encontré con Alfonso Mateo-Sagasta (Madrid, España, 1960) al que me une una vieja y estrecha amistad y con quien tuve el placer de compartir una mesa redonda el sábado 9 por la noche.
Alfonso es también un apasionado del siglo de oro español; ha publicado dos hermosas novelas sobre el tema, Ladrones de Tinta (Ediciones B, 2004) y El Gabinete de las Maravillas (Ediciones B, 2006) cada una ganadora de un premio Espartaco de novela histórica. El sábado ambos nos divertimos en grande, espero que nuestro auditorio también, tomando partido entre bromas y veras él por Cervantes y yo por Lope de Vega en las desavenencias que ambos sostuvieron durante sus vidas en aquel maravilloso y agitado siglo XVII.
Sin embargo, la más reciente novela de Alfonso, Las Caras del Tigre, publicada hace pocas semanas por Seix Barral, ocurre en pleno siglo XX y nada tiene que ver con la historia. Es un relato apasionante que anuda una intriga casi policiaca al origen de la especie humana y del que, sin traicionar los pormenores, ofrezco con la conformidad del autor uno de los primeros capÃtulos a los lectores de Los Convidados.
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LAS CARAS DEL TIGRE (capÃtulo tercero)
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Los accesos estaban cortados, y Matilde tuvo que recurrir a sus dotes de persuasión para conseguir que el oficial de la Guardia Civil al mando le autorizara a franquear la barrera. Durante un par de kilómetros circuló sola por un tramo de carretera comarcal recién asfaltado y con las lÃneas apenas esbozadas. Cuando sonó de nuevo Irish Boy, el primer tema del disco Screenplaying de Mark Knopfler, Matilde apagó la música. Arrullada por el motor, continuó hasta el festival de luces intermitentes. Dejó el coche donde le indicaron, junto a tres ambulancias solitarias que no presagiaban nada bueno. Comprobó que el móvil se habÃa cargado en el trayecto, se colgó el bolso, cogió su maletÃn y respiró hondo un par de veces. No olÃa a campo.
Tuvo que parar un momento para hacerse una idea de lo que tenÃa delante. Un enorme perÃmetro habÃa sido acordonado con cinta de plástico, y su interior se veÃa fragmentado por una retÃcula de cuerdas amarillas. Seis camiones de bomberos iluminaban la zona con sus faros, mientras varios equipos de guardias instalaban enormes focos alimentados por generadores. Un helicóptero dio un par de pasadas sobre ellos antes de desaparecer.
El exterior de la cinta bullÃa de actividad. Aunque pareciera imposible, la zona estaba llena de mirones, y para mantenerlos a raya habÃan tenido que acudir efectivos de varias unidades territoriales de la Guardia Civil, además del destacamento de Tráfico. Los gritos, las admoniciones y las protestas eran continuos.
Por contraste, en el interior la Tierra parecÃa girar a otro ritmo. En grupos de cuatro o cinco hombres vestidos con monos blancos, los policÃas judiciales registraban las cuadrÃculas, marcaban cada objeto con números y escaletas, y tomaban fotos. Lo que en principio Matilde no vio por ninguna parte, fueron cadáveres.
Preguntó a un guardia por el oficial encargado del perÃmetro, y a éste por el juez.
-El señor juez y su secretario están allà detrás, con el forense y el coronel -respondió el capitán.
«Vaya», pensó Matilde, «con el coronel. Asà que ha venido hasta el jefe de la Comandancia».
Echó a andar sin más dilación hacia el grupo que le habÃa señalado el oficial, el más numeroso de los que se movÃan dentro del área protegida. En su camino pasó junto a otro equipo que, una vez documentada su zona, procedÃa a retirar las escaletas y a recoger lo fotografiado. Al acercarse se dio cuenta con horror de que eran trozos de carne lo que metÃan en bolsas; media mano, fragmentos de hueso…
-Santo Dios -murmuró.
-¿Qué hace usted aqu� -preguntó uno de los hombres, molesto por la intromisión-. ¿A quién busca?
-Al señor juez -respondió ella acelerando el paso sin perder la compostura.
Siguió su camino tensa, la vista fija en el suelo, sorteando fragmentos de chapa, restos de equipaje y preferÃa no pensar qué más. Como tenÃa el pelo liso, cortado recto a la altura del cogote y peinado con raya en medio, en cuanto inclinó la cabeza ambas crenchas cayeron sobre sus mejillas. Trastabilló. Maldijo los zapatos y a sà misma por haberlos elegido. HabÃa sido una torpeza ponerse esos tacones, sentÃa los pies acalambrados y los tobillos cargados, y lo peor es que temió tropezar y caer sobre aquellos espantosos restos que alfombraban el camino.
Cuando estuvo cerca, observó al grupo con más atención. En primer plano destacaba un hombre con bata blanca que parecÃa ser el forense, o uno de los forenses, pensó, seguro que habÃan llamado a varios, y junto a él otro con uniforme, sin duda el coronel. A su lado reconoció al juez Marcial Torrado, con las manos en los bolsillos, y al secretario Sebastián Miguet, de flequillo inconfundible, concentrado en su portafolios y tomando nota de todo lo que decÃa su jefe. Respiró aliviada. Al juez lo conocÃa sólo de vista, pero con Sebastián habÃa tomado más de una cerveza.
-SeñorÃa, perdone que le moleste, soy Matilde Gil Montemayor, y vengo en nombre de Ajorca, la aseguradora del autobús.
El juez la miró sin verla durante unos segundos. Luego, como resurgiendo del fondo de un sueño, respondió:
-Bien, bien, deje sus datos a mi secretario, que el juzgado ya se pondrá en contacto con ustedes cuando lo crea necesario. Y ahora, si me permite… Pueden llevárselo -dijo a los de la PolicÃa Judicial.
Dos hombres asieron por los extremos lo que parecÃa un pedazo de roca oscura y lo levantaron. Al contacto con los dedos la piedra crujió como papel arrugado y amenazó con desintegrarse. Ya en el aire, Matilde, incrédula, le adivinó la forma humana. El juez desvió la vista, sacó la mano del bolsillo y se cubrió la boca y la nariz con un pañuelo.
-Creo que nunca me acostumbraré.
-A esto no se acostumbra nadie -comentó el secretario con desánimo.
El coronel reclamó un momento la atención del juez y del forense, e hicieron juntos un aparte que Matilde aprovechó para acercarse a Sebastián.
-Qué mala suerte, Matilde -dijo éste con los ojos húmedos-, cómo siento verte por aquÃ.
La mujer le sonrió, se echó el pelo sobre las orejas descubriendo dos pequeños aros de oro y besó al secretario en las dos mejillas.
-¿Pero qué ha pasado? ¿Dónde están los heridos?
-No hay heridos -respondió Sebastián sacudiendo la cabeza para apartarse el pelo de los ojos. Como no lo consiguió, se pasó la mano derecha con los dedos abiertos como un peine, pero al momento el flequillo se volvió a deslizar hasta casi media nariz-. El camión iba cargado de propileno. Han muerto todos. Despedazados. Sólo hemos encontrado tres cadáveres casi enteros, pero abrasados, como ése -dijo señalando al que acababan de levantar-. La explosión debió de ser monstruosa, se sintió en toda la falda de la montaña.
-¡Qué barbaridad! -exclamó Matilde llevándose la mano a la boca-. ¿Y qué hacen con los restos? ¿Los llevan al Anatómico Forense?
-Allà sólo mandan los cuerpos completos. El resto lo enviarán a CriminalÃstica, al laboratorio de ADN. Hay que empezar por agrupar los pedazos.
-¿Hay lista de pasajeros?
-¿Lista? Eso tiene gracia. PÃdele una copia al de la compañÃa de autobuses.
A Matilde le sorprendió la respuesta, pero prefirió no insistir.
-¿Y los tacógrafos? -preguntó cambiando de tema.
-Fue lo primero que localizaron y retiraron. Supongo que ya habrán empezado a analizarlos.
-¿Pero se tiene ya idea de quién fue el culpable?
Sebastián miró al grupito del juez antes de susurrar:
-Por aquà se oye que el autobús se echó encima del camión, pero yo no te he dicho nada. Hay que esperar. El equipo de Tráfico está levantando un plano del escenario para determinar con exactitud el lugar del impacto y la posición de los vehÃculos.
Matilde alzó la cabeza en busca de los técnicos, pero fue incapaz de distinguirlos entre los que llevaban mono blanco. Sà vio, sin embargo, a otros con mono verde, casco y un par de perros.
-¿Y ésos?
-Desactivación de explosivos. Por si acaso.
Matilde tuvo un escalofrÃo, se cerró el abrigo y abrazó el bolso y el maletÃn. Sebastián le tendió un periódico que llevaba en el portafolios y ella se lo metió bajo el abrigo y se volvió a encoger.
-¿Se han presentado del seguro del camión y de la compañÃa de transportes?
-Hace un rato. Creo que el de la compañÃa de autobuses se ha ido al bar que hay quinientos metros más abajo, en dirección a Los Molinos. Allà la Guardia Civil ha destacado a un par de hombres para recibir a los familiares de los fallecidos e informarles de lo que sabemos hasta ahora.
-¡Sebastián! -llamó de pronto el juez-. Haga usted el favor.
El secretario alzó las cejas en señal de despedida y acudió raudo a la llamada.
Matilde se quedó sola. Poco tenÃa ya que hacer allÃ, pero no se movió. Sintió que no podÃa irse, que hacerlo habrÃa sido una falta de respeto, aunque no supiera a qué o a quién. Esperó abrazada a su cartera en medio de la desolación hasta que no aguantó más el frÃo que le subÃa por las piernas. Entonces, volvió al coche y condujo en dirección a Los Molinos.
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Alfonso Mateo-Sagasta

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