Por Luis Sep√ļlveda

Ten√≠a muchas ganas de meterle diente a la nueva novela del escritor mexicano Antonio Sarabia porque, adem√°s de ser un gran amigo, es un compa√Īero de oficio al que admiro por su escritura fina, sin alardes, elegante pero sin rebuscamientos y que con sus novelas logra, adem√°s de escribir buenas y arrebatadoras novelas, que el lector se enamore del idioma en que est√°n escritas.

Hace varios a√Īos, y si la memoria no me enga√Īa creo que fue en 1996, que le√≠ ” Los Convidados del volc√°n”, ciertamente una obra muy “Sarabiana” que hace de un peque√Īo lugar de M√©xico el epicentro de una serie de asuntos universales. Claro que me gust√≥, pero me qued√≥ ese sabor a poco, ese deseo de m√°s que nos obliga a dilatar el final de la lectura para prolongar el placer de leer. Y al cerrar Los Convidados del Volc√°n pens√© en mexicano: “pinche Sarabia, dio con una veta del metal m√°s precioso”.

Y tuvieron que pasar casi trece a√Īos para que una tarde lisboeta me entregara un ejemplar de ” Los Dos Espejos”. Reconozco que apenas me la dio tuve ganas de empezar a leer, pero creo fervientemente que los buenos vinos y los buenos libros hay que dejarlos reposar, dejar que nos tienten, que nos inviten, convoquen y, as√≠, este fin de semana me perd√≠ entre las p√°ginas de “Los Dos Espejos”.

Sin repetir, sin reiterar, sin siquiera invitar al lector que no ha le√≠do Los Convidados del Volc√°n a hacerlo -pero yo si lo hago y con entusiasmo- Sarabia enarbola el dedo incorrupto de San Cirilo y con √©l nos indica el punto cardinal que sit√ļa ¬†el centro de su imaginario desbordante. Una sucesi√≥n de hechos que parten de la Revoluci√≥n de Los Cristeros que nos contara B.Traven, rompe con la extra√Īa paz, en ning√ļn caso tranquilidad, que envuelve a los habitantes de un poblado al pie de un volc√°n. Dos hombres han muerto, asesinados de una manera tan violenta como torpe, y autor nos conduce a conocer los motivos de esas muertes.

Antonio Sarabia y Luis Sep√ļlveda, Foto Daniel Mordzinski

En numerosas ocasiones Antonio Sarabia y quien escribe hemos hablado de una convicci√≥n com√ļn: la novela la hacen los personajes y es muy sano que el escritor se mantenga al margen y sea un cronista en la sombra de lo que hacen los personajes. En “Los Dos Espejos” Sarabia se vale de dos personajes y de dos espacios, de dos √≥pticas narrativas para contar la historia. El primero es un personaje que vive de la escritura, es un escribidor de cartas y documentos que, armado de una m√°quina de escribir Remington ocupa su atalaya bajo los portales vecinos al municipio. El otro, es alguien de pasado tormentoso, ajeno al pueblo en donde ocurre la trama, y que narra desde una atemporalidad et√©rea.

Con el rigor de los narradores de pura cepa, Sarabia se vale de dos o tres frases certeras para incluir algo que ocurre en un peque√Īo pueblo en la historia de M√©xico y tambi√©n en eso universal que √Ālvaro Mutis llama Los Elementos del Desastre. As√≠, la travesura de un ni√Īo v√≠ctima del amor-desamor de los indeseados desencadena una serie de hechos que pondr√°n en jaque al poder, en todas sus formas y manifestaciones. Sarabia explora en la extra√Īa mec√°nica de la venganza y en las consecuencias que terminan por envolver tambi√©n al hipot√©tico vengador. Sarabia desmenuza las pasiones, las abiertas y las reprimidas, y entre toda una narraci√≥n deslumbrante de matices deja caer una perlas de humor que nos acercan a los personajes haci√©ndolos inolvidables.

Hay novelas que agarran al lector por la trama, y est√° muy bien que as√≠ sea. “Los Dos Espejos ” es una de esas novelas que no sueltan al lector, por la trama, por el ritmo y por la escritura sencillamente magistral.

Cuando cerr√© el libro, record√© que en el rinc√≥n de trabajo de Antonio Sarabia, en Lisboa, le pregunt√© cu√°nto tiempo le hab√≠a dedicado a la novela que acababa de entregarme. Respondi√≥ que algo as√≠ como dos a√Īos, m√°s o menos, y luego sugiri√≥ que sali√©ramos a la terraza a saludar al Tajo con un buen whisky irland√©s. Y enseguida respir√© hondo, con la satisfacci√≥n casi imposible de describir que dejan las buenas novelas.

Sobra indicar que recomiendo con todo el entusiasmo posible esta novela. Lean ” Los Dos Espejos” y tengan la seguridad que, tal como a mi me ocurre, sentir√°n ganas de ir con autor a echarse unos tequilas a la cantina de Panchito Taibo, para hablar de los asuntos de este mundo y del otro, cualquiera que √©ste sea.

El Informador, Sección Cultural El Tapatío, 18 de Agosto del 2013

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Daniel Mordzinski

Mi querido amigo, el gran fot√≥grafo argentino, Daniel Mordzinski cuyo trabajo han admirado a menudo ustedes en las p√°ginas de este blog ha sufrido una p√©rdida irrecuperable. Veintisiete a√Īos de su trabajo fueron arrojados negligentemente a la basura por unos imb√©ciles. Yo qued√© primero sorprendido al enterarme de tama√Īa estupidez y luego desolado al escucharlo contarme los detalles por tel√©fono. Me debato a√ļn entre las mentadas de madre a los autores del desaguisado y la rabia y la impotencia ante lo irremediable. No se me ocurre, por el momento, qu√© otra cosa hacer aparte de denunciar el hecho y ponerme a su disposici√≥n, con todo el afecto fraternal que √©l conoce, para cualquier cosa que pueda ofrec√©rsele.

Copio m√°s abajo la nota publicada en Facebook por nuestro mutuo amigo, Luis Sep√ļlveda, en la que narra con claridad lo sucedido y me uno a su petici√≥n y al dolor y a la bronca que lo embargan y que, estoy seguro, en estos momentos invade a todos los conocemos y queremos a Daniel.

Antonio Sarabia

 

Una petición a todas mis amigas y todos mis amigos

Amigas y amigos: Este es una petici√≥n que hago desde la ira, desde la bronca y el dolor, porque a uno de mis m√°s queridos amigos, a mi hermano del alma Daniel Mordzinski, el gran fot√≥grafo de la literatura, le han hecho desaparecer veintisiete a√Īos de trabajo, ¬° 27 a√Īos! , el trabajo de toda una vida botado a la basura, y no es una met√°fora, no: las manos de un cretino que segu√≠an los √≥rdenes de otros cretinos decidieron que el trabajo de Daniel Mordzisnky no merec√≠a m√°s destino que el desprecio y la basura.

 

Antonio Sarabia y Luis Sep√ļlveda. Foto de Daniel Mordzinski

Durante m√°s de diez a√Īos y en virtud de una alianza entre el peri√≥dico espa√Īol EL PAIS y el franc√©s LE MONDE, Daniel Mordzinsky utilizaba un despacho en el s√©ptimo piso de la redacci√≥n parisina de LE MONDE para guardar y conservar su archivo de negativos y diapositivas. Eran miles de negativos y diapositivas, de originales conservados con el rigor que caracteriza a Daniel, y que sin m√°s, sin ninguna contemplaci√≥n fueron arrojados a la basura.

 

El pasado 7 de marzo, Miguel Mora, corresponsal de EL PAIS en Francia, llegó hasta el despacho de la séptima planta y se encontró con que lo habían vaciado totalmente, sin que mediara un aviso ni a él ni a Daniel. Simplemente habían sacado todo lo que ahí había y lo habían hecho desaparecer.

 

Tras horas de dram√°tica b√ļsqueda, de preguntas sin m√°s respuestas que el cobarde bajar la cabeza y musitar “je suis desol√©”, en un s√≥tano encontraron el gran mueble archivador que el mismo Daniel hab√≠a pintado de negro hace diez a√Īos, totalmente vac√≠o.

 

En una demostraci√≥n de cobard√≠a y bajeza moral que manda al infierno toda la tradici√≥n de defensor de la libertad de expresi√≥n que caracteriz√≥ a LE MONDE, nadie ha querido responder qui√©n y por qu√© se tom√≥ la decsi√≥n de botar a la basura 27 a√Īos de trabajo de uno de los mayores fot√≥grafos del mundo.

 

Cuesta creer que en un peri√≥dico como LE MONDE trabaje gente a la que las palabras “Cort√°zar”, “Israel”, “Escritores latinoamericanos”, Escritores franceses”, “Escritores espa√Īoles”, “Escritores Portugueses”, “Semana Negra”, ” Festival de Saint Malo”, “Carreffour de Litt√®ratures”, “Mercedes Sosa”, “Borges”, “Astor Piazzola” y un largo etc√©tara de nombres no le dijeran absolutamente nada, y simplemente tiraran a la basura ese tesoro fotogr√°fico sin consultar a nadie.

 

Ese archivo de Daniel Mordzinski, esos 27 a√Īos de trabajo miserablemente perdidos, eran parte de la memoria social, cultural y literaria del siglo XX, eran parte de la cultura universal, eran parte del legado de un artista, de un fot√≥grafo cuya obra es reconocida como uno de los aportes fundamentales para el gran registro de la cultura contempor√°nea.

 

De toda la obra fotogr√°fica de Daniel Mordzinsky, de mi amigo, de mi hermano compa√Īero de aventuras en tantas partes del mundo, apenas se han salvado unos cientos de fotograf√≠as digitalizadas, que aparecen en sus √ļltimos libros publicados, tambi√©n en uno que firmamos juntos, “√öltimas Noticias del Sur”, y que han sido vistas en las numerosas exposiciones que ha hecho en los √ļltimos a√Īos. El resto desapareci√≥, tragado por la ignorancia, la desidia y, lo que es m√°s grave, por una demostraci√≥n m√°s de la falta de rigor, de √©tica, que est√° haciendo del periodismo una cloaca.

 

Escribo esto desde el dolor, desde la ira y la bronca, porque Daniel Mordzinski, es mi socio, mi amigo, mi compa√Īero, mi hermano de aventuras dignas en el campo del periodismo y la literatura.

 

Una de las raras fotos en las que Daniel aparece con algunos de sus amigos

Amigas, amigos, les pido encarecidamente que copien y reproducan esto en todos los lugares posibles, también en la página que LE MONDE tiene en facebook, en los periódicos y revistas a los que tengan acceso, y que manden firmas de apoyo a dmordzinski@free.fr

 

Tengo una imagen fija en la memoria, y es del a√Īo 1996, cuando en medio del viento eterno de La Patagonia, yo ve√≠a a mi socio, a mi amigo, a mi compa√Īero, a mi hermano del alma, cargar sus c√°maras metiendo sus manos en una bolsa negra, para tomar del tambor de pel√≠cula el material con que dejar√≠a testimonio de la vida dura de las gentes del Sur del Mundo. Y esa imagen me dice que esto no quedar√° as√≠, que LE MONDE tendr√° que dar una respuesta y disculpa convincentes, porque 27 a√Īos de trabajo, porque el archivo de una parte importante de la historia contempor√°nea no puede ser arrojado, sin m√°s, a la basura.

Luis Sep√ļlveda

 

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Mi primera reacci√≥n al recibir la invitaci√≥n de un peri√≥dico para escribir algo sobre la muerte de Antonio Tabucchi fue un rotundo ‚Äúno‚ÄĚ. ¬ŅPor qu√©?, ¬Ņpara qu√©?, me dije. El fallecimiento de un amigo tan querido como Antonio es algo muy personal, un motivo de luto y aflicci√≥n √≠ntima, nada que enviar a los diarios. Hasta raro se me hace llamarlo ‚ÄúTabucchi‚ÄĚ. Pero en el momento de meditar sobre eso Antonio me sonri√≥ en la cabeza, con esa sonrisa suya tan llena de sobreentendidos y escrib√≠ aquel texto como hoy transcribo este. Porque pens√© que tambi√©n le complacer√≠a que yo dijera algo sobre √©l en este pa√≠s que ambos, siendo los dos extranjeros, adoptamos como propio. Comprendo muy bien que esa manera literaria y absurda de encontrarnos de nuevo juntos aqu√≠ despu√©s de su muerte es imb√©cil, fantasiosa e in√ļtil, pero es una manera al fin con esa pizca de surrealismo y ternura que a √©l le era tan propia. Todav√≠a con la sonrisa de Antonio ondeando en el recuerdo me decido a teclear cualquier cosa en la Mac. Voy a echar cosas ah√≠ dentro, sin reflexionarlas demasiado, a ver qu√© aparece despu√©s. Tal vez con ello el dolor meng√ľe un poco y de esta mara√Īa de sentimientos encontrados resulte una cosa m√°s o menos coherente y medianamente legible.

No ser√° este un paneg√≠rico sobre su persona, ni una cr√≠tica enterada y sesuda sobre su trabajo literario. Para eso est√°n sus propios libros: Sostiene Pereira, R√©quiem, Dama de Porto Pim, Nocturno hind√ļ y tantos otros. La obra de quien hasta hace muy poco era uno de los mayores escritores vivos. Yo no voy a hablar de ella, ni de su nacimiento en Pisa durante la guerra, ni de su amor por la lengua portuguesa, ni de su conocimiento erudito y apasionado de la poes√≠a de Fernando Pessoa, motores ambos de su primer viaje a Lisboa, all√° por los a√Īos sesentas, ni de su encuentro entonces y aqu√≠ con Mar√≠a Jos√©, su esposa, a quien llamamos Z√© los amigos y a quien Antonio nombraba Zezinha cuando quer√≠a mostrarse afectuoso. Tampoco hablar√© de sus apasionados alegatos en defensa de los menos favorecidos en esta sociedad europea cada vez m√°s xen√≥foba, ni de su absoluto desprecio por Silvio Berlusconi. Esa tarea se la dejo a sus cr√≠ticos y a sus bi√≥grafos. Yo quisiera hablar aqu√≠ de otra cosa que no alcanzo todav√≠a a definir. Me ciega la rabia impotente ante su muerte, la frustraci√≥n ante una ausencia que ya nada puede compensar, la tristeza de las cosas que quedaron pendientes en nuestra reciente y a la vez tan antigua amistad.

Nos conocimos a principios de marzo del a√Īo pasado, en una cena organizada por una querida pareja de amigos colegas, Karla Su√°rez y Jos√© Manuel Fajardo. Entre un pu√Īado de afinidades est√©ticas, filos√≥ficas y literarias descubrimos con placer que, adem√°s, √©ramos vecinos. Nuestras casas, enclavadas en el coraz√≥n del centro hist√≥rico de Lisboa, est√°n apenas a pocos minutos a pie una de otra. A √©l le comenzaban unos dolores recurrentes en la pierna derecha y los achacaba a la falta de ejercicio f√≠sico por lo que nos pusimos de acuerdo para salir a caminar juntos por las pintorescas callejuelas y plazas de nuestro vecindario, Pr√≠ncipe Real, Bairro Alto y Chiado, con caf√© y sabrosa pl√°tica incluida. No pasamos de hacerlo un par de veces. A √©l la pierna le imped√≠a extender los paseos y no tardamos en circunscribirlos a tazas de caf√© en los lugares m√°s pr√≥ximos y a una que otra ida al cine antes de que se fuera a pasar el fin del verano a Italia. Yo estaba invitado esos d√≠as a unas charlas en la universidad de Mil√°n. √Čl me sugiri√≥ alcanzarlo despu√©s en su casa de toda la vida, cerca de Pisa, y yo prefer√≠ pasar unos d√≠as en Venecia con Lauren, mi mujer, pensando que ya habr√≠a tiempo para vernos con √©l en alguna mejor ocasi√≥n.

Al volver nos llamamos de nuevo. Nos invit√≥, a Lauren y a m√≠, junto con Karla y Jos√© Manuel en cuya cena nos hab√≠amos conocido, a almorzar en su casa a orillas del mar. Los seis coincidimos entonces y despu√©s en calificar aquel d√≠a como ‚Äúperfecto‚ÄĚ. Antonio arrastraba cada vez m√°s su pierna pero la comida, el humor y la conversaci√≥n fueron insuperables. Antes de despedirnos fuimos a ver la puesta del sol a una playa cercana y ah√≠ Antonio insisti√≥ a√ļn en que compr√°ramos un pollo asado para la cena en un sitio cualquiera y volvi√©ramos a su casa a continuar con la fiesta. Yo, muy a mi pesar, me negu√©. Era el 15 de septiembre y quer√≠a apresurar mi regreso a Lisboa para asistir a los festejos de la Independencia en la embajada de M√©xico. Ya volver√≠amos en otra ocasi√≥n, le repet√≠ agradecido, sin darme cuenta que reincid√≠a en lo de Italia y que la vida, o m√°s bien la muerte, nos negar√≠a otra oportunidad.

Por cierto que entre nosotros el tratamiento de ‚Äútocayo‚ÄĚ nunca se dio. √Čl me llamaba Antonio y yo a √©l igual. La confusi√≥n era para Z√© y para Lauren quienes no hallaban qu√© hacer para dirigirse a cualquiera de los dos sin que ambos volte√°ramos al mismo tiempo al escuchar nuestro nombre. Cuando Lauren le respond√≠a el tel√©fono se identificaba a s√≠ mismo, como si su ronca voz de fumador empedernido y el retint√≠n italiano en su espa√Īol no fueran suficientes para reconocerlo, como ‚Äúel viejo Antonio‚ÄĚ aunque era apenas unos meses mayor que yo.

Como la pierna no mejoraba, cuando volvi√≥ de su casa en la playa me pidi√≥ que lo llevara a hacerse unos an√°lisis al hospital. Cosas de rutina. Z√©, que no quer√≠a causarme molestias, lo ri√Ī√≥ por insistir en buscarme para esos menesteres pero la verdad es que a m√≠ no me incomodaba. Antonio me hab√≠a dicho ya, y se lo repiti√≥ entonces a Z√© delante de m√≠, que ten√≠a la impresi√≥n de que √©l y yo √©ramos amigos de toda la vida. Ya sea solo o con ella debo haberlo llevado al m√©dico una buena docena de veces y entre radiograf√≠as, ex√°menes y visitas a uno u otro especialista llegamos en ocasiones a permanecer el d√≠a entero en el hospital. Cuando sal√≠amos temprano me quedaba en su casa un rato m√°s, a terminar con la charla y bebernos un whiskey. Si sal√≠amos tarde nos √≠bamos a cenar con Z√© y con Lauren al primer sitio que nos pasara por la cabeza.

A pesar de sus padecimientos Antonio manten√≠a el buen √°nimo. Miraba las cosas a su alrededor con una permanente curiosidad y ese humor un tanto surrealista que se transparenta en sus obras. Un d√≠a vino a cenar a la casa y me trajo, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio, como una peque√Īa joya, el primer fruto de una mata de chiles que ten√≠a plantada en su jard√≠n pensando que yo, como mexicano, la apreciar√≠a m√°s que ning√ļn otro. Esa noche escuchamos canciones rancheras y me pidi√≥ que le enviara por correo electr√≥nico las letras de algunas que le maravillaron. Todav√≠a escucho su risa al o√≠r las primeras estrofas de El Abandonado:

Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre

Y por tener la desgracia de ser casado…

Recordaba con afecto y devoción a sus amigos y hablaba a menudo de ellos y de sus trabajos. Organizó una cena para que conociéramos algunos de los que viven en Lisboa y me prestó El té de Proust, los cuentos reunidos del rumano Norman Manea a quien quería y admiraba de una forma especial. Se sentía extremadamente orgulloso de un homenaje que le habían hecho los gitanos por abanderar sus derechos y de la vara de juez que le confirieron durante la ceremonia. Cuando cayó Berlusconi en Italia nos llamó para festejarlo con una improvisada cena en su casa en la que brindamos abundantemente a la salud de su país natal.

Le divert√≠a el IPad que yo llevaba a la cl√≠nica para leer y distraerme mientras √©l entraba con el m√©dico. Se lo mostr√≥ a Z√©, como un ni√Īo un juguete, y le pidi√≥ uno igual como regalo de cumplea√Īos.

Los ex√°menes se suced√≠an y, de pronto, la pierna era el menor de sus males. Le empez√≥ a resultar imposible bajar por su propio pie la escalera de su casa y ya no pude acompa√Īarlo yo al m√©dico como acostumbr√°bamos. Un servicio del hospital se encargaba de llevarlo y traerlo a los tratamientos. Dejamos de vernos con la frecuencia que sol√≠amos. A√ļn as√≠, mantuvimos el contacto por tel√©fono y pude verlo en su cuarto del hospital una vez antes de su operaci√≥n. Todav√≠a las cosas no parec√≠an tan graves. Luego, unas semanas despu√©s, recib√≠ un mensaje en mi tel√©fono m√≥vil. Me ped√≠a que pasara a visitarlo a su casa a las cinco y media de la tarde. Yo no le√≠ su mensaje sino hasta las ocho de la noche. Le respond√≠ a esa hora pidi√©ndole mil disculpas y me dio una nueva cita para el d√≠a siguiente a las seis.

Me parti√≥ el alma verlo tan delgado y disminuido en una silla de ruedas. Conversamos poco m√°s de media hora. Cuando me di cuenta de que comenzaba a cansarse le dej√© unas pel√≠culas que le hab√≠a llevado para que se distrajera y me inclin√© sobre la silla para darle un abrazo. Esa fue la √ļltima vez que lo vi.

El d√≠a del entierro me sent√≠ raro, hasta un poco intruso, caminando en medio del cortejo f√ļnebre de sus antiguos amigos que vinieron a rendirle un postrer homenaje desde diversas partes del mundo. El toque surrealista, que Antonio no pod√≠a dejar de ofrecernos incluso en su muerte, lo da el nombre del cementerio, Los Placeres, y el que √©l lo hubiera hecho teatro de un episodio de su libro R√©quiem.

Lo que hablamos, discurrimos, re√≠mos y fantaseamos durante tantas caminatas, caf√©s, whiskies, salas de espera en el hospital, cenas, recorridos en auto y dem√°s es algo que a ning√ļn otro interesa, un tesoro que conservar√© conmigo hasta el fin. A m√≠, le dije una vez, el oficio de escritor estaba terminando por hartarme. √Čl me confes√≥ haber vivido lo mismo y me dio buenas razones para continuar. Lo hice. Poco antes de su muerte termin√© una novela que ten√≠a abandonada y le escrib√≠ un mensaje telef√≥nico a Z√© para que se lo contara a Antonio avis√°ndole tambi√©n que era una especie de secuela de otra novela m√≠a que √©l conoc√≠a y gustaba y que se la quer√≠a dedicar. Ella se lo susurr√≥ al o√≠do y me dice que tal vez hasta le haya visto sonre√≠r pero que a esas alturas ya no pod√≠a estar segura de nada.

Esto es lo que yo siento ahora: el a√Īo pasado conoc√≠ a un hombre honesto, generoso, valiente, sensible, dotado de un fino sentido de humor, con quien era un placer conversar durante horas enteras y que adem√°s era un escritor formidable. Apenas unos meses despu√©s, la muerte me ha arrebatado a un amigo de toda la vida.

Antonio Sarabia

Texto publicado en portugu√©s en el n√ļmero 1084 del Jornal de Letras Artes e Ideas el 18 de abril de 2012.

Fotos de Daniel Mordzinski.

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Hace ya muchos a√Īos, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorr√≠ las m√°rgenes del r√≠o San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pas√© bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descend√≠ hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la pen√≠nsula de la Gaspesia. Durante esas m√°gicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alej√© una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cord√≥n umbilical que me un√≠a con M√©xico en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que le√≠a y rele√≠a sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprend√≠ casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que le√≠.

Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, dir√© que el autor me pareci√≥ un ching√≥n. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los m√°s c√©lebres cap√≠tulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percib√≠ a Octavio Paz como un ching√≥n no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces s√≥lo le hab√≠a le√≠do chingoner√≠as. Es verdad que el mero ching√≥n es, en cierto modo, el macho cabr√≠o mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, m√°s pr√≥ximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiraci√≥n, alguien con quien desear√≠amos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el ching√≥n, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabr√≥n cuya √ļnica forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al pr√≥jimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultar√≠a un sondeo de opini√≥n en el que se preguntara p√ļblicamente, as√≠, con todas sus letras, qui√©nes de nuestros presidentes han sido unos chingones y qui√©nes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al pa√≠s fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¬Ņd√≥nde estar√≠a C√°rdenas, d√≥nde Salinas de Gortari?- s√≥lo me resta asentar que la oficiosa historia de M√©xico registra a Ju√°rez como un ching√≥n y a Porfirio D√≠az como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del cap√≠tulo citado, Paz hace una apolog√≠a de Cuauht√©moc, el tr√°gico h√©roe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. ‚ÄúEl joven abuelo‚ÄĚ era un ching√≥n mientras que Cort√©s, al est√°rselo chingando, quem√°ndole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.

Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es como la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.

A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.

Estas disquisiciones sobre la acepci√≥n de una palabra que ha hecho fluir r√≠os de tinta en las letras mexicanas pueden parecer m√°s bien fr√≠volas pero de la aclaraci√≥n de su justo significado, del c√≥mo y el por qu√© se empez√≥ a utilizar en M√©xico muchos a√Īos atr√°s, puede surgir tambi√©n una concepci√≥n un tanto diferente del papel desempe√Īado por el sexo femenino durante la Conquista.

La percepci√≥n de la mujer ind√≠gena como un ser d√©bil e indefenso, una encarnaci√≥n de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Breta√Īa, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Cat√≥lica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuesti√≥n estriba entonces en averiguar si las compa√Īeras de los caballeros √°guilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coet√°neas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si as√≠ fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¬Ņqu√© tan v√°lido es equiparar la fascinaci√≥n y la seducci√≥n a la violaci√≥n y, sobre todo, el hacerla funcionar nada m√°s del hombre hacia la mujer sin mencionar que tambi√©n se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar m√°s de una batalla amorosa. Col√≥n se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras reci√©n descubiertas. Muchos de los marinos espa√Īoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a m√°s no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espl√©ndidas. Las Casas piensa que ‚Äúpod√≠an ser miradas y loadas en Espa√Īa por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran‚ÄĚ y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolom√© en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.

Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro am√≥ a la hermana de Atahualpa, do√Īa In√©s Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso P√©rez Maite decidi√≥ santificar su uni√≥n con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quer√≠a como esposa, e igual sucedi√≥ con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Mart√≠nez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se uni√≥ a Do√Īa Mar√≠a de Chacabuco.

En lo que respecta al car√°cter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompa√Īando a Francisco de Orellana en la infructuosa b√ļsqueda del m√≠tico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las m√°rgenes de un r√≠o inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedar√° para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de ind√≠genas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ah√≠ mismo, a cualquier var√≥n que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, val√≠a por el de diez guerreros indios.

M√°s cerca de nosotros, ac√° en Tlatelolco, las mujeres tambi√©n incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores espa√Īoles increp√°ndolos con frases oprobiosas y dici√©ndoles: ‚Äú¬ŅNom√°s est√°is ah√≠ parados?… ¬ŅNo os da verg√ľenza? ¬°No habr√° mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!…‚ÄĚ Y llegado el momento ponen el ejemplo coloc√°ndose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremang√°ndose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.

En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de M√©xico se puede percibir ese mismo esp√≠ritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonici√≥n: ‚ÄúSi tu marido fuere necio, s√© t√ļ discreta; si yerra en la administraci√≥n de la hacienda, advi√©rtele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, enc√°rgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.‚ÄĚ

No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista ten√≠a alg√ļn rol destacado en la econom√≠a o la pol√≠tica del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padec√≠an un destino harto com√ļn: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el ma√≠z y tejiendo. ‚ÄúEl panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece m√°s bien sombr√≠o, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro ‚ÄúLa Femme au temps des Conquistadores‚ÄĚ, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los espa√Īoles parece indicar que no es exagerado‚ÄĚ.

Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusi√≥n entre los espa√Īoles y las ind√≠genas, como si √©stas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrec√≠a la presencia de √©stos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de Garc√≠a Mer√°s, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.

Anayansi, la amante india de Vasco N√ļ√Īez de Balboa, una mujer a quien sus contempor√°neos no vacilan en calificar de bell√≠sima, salva la vida del conquistador poni√©ndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentar√≠a contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro N√ļ√Īez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervenci√≥n de alguna ind√≠gena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.

La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es do√Īa Marina, incontestable encarnaci√≥n de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cort√©s y se convirtiera en c√≥mplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los espa√Īoles, pero entre m√°s se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de v√≠ctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cort√©s comprendi√≥ pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfecci√≥n el maya y el n√°huatl. Ella hab√≠a sido adjudicada en un principio a Hern√°ndez de Portocarrero pero Cort√©s se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confi√°ndole una misi√≥n important√≠sima de la que jam√°s regresar√≠a. Acto seguido se apropia de do√Īa Marina introduci√©ndola en su intimidad y en su rec√°mara. Ella se convierte en ‚Äúsu lengua‚ÄĚ seg√ļn la propia expresi√≥n de Cort√©s y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de M√©xico habr√≠a resultado imposible.

Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiraci√≥n de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Crey√©ndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hip√≥critas frases diplom√°ticas que se escuchan a su alrededor. M√°s le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al o√≠do, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participaci√≥n. La matanza tendr√° lugar esa misma noche o, a m√°s tardar, al d√≠a siguiente. Do√Īa Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cort√©s de la conjura.

No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se constru√≠an en los territorios conquistados. Negarlo ser√≠a como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cu√°ntas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauht√©moc y sus capitanes demandan a Cort√©s la devoluci√≥n de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, √©ste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. ‚ÄúDioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal D√≠az del Castillo en el cap√≠tulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se quer√≠an volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan sol√≠citos que las hallaron, y hab√≠a muchas mujeres que no se quer√≠an ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escond√≠an, y otras dec√≠an que no quer√≠an volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya pre√Īadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cort√©s expresamente mand√≥ que las diesen‚ÄĚ.

As√≠, las m√°s encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se al√≠an con √©l, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sue√Īos. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza c√≥smica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.

Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo ind√≠gena. No lo es. Tampoco se trata de un intento m√°s en el in√ļtil empe√Īo emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta √©poca de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende m√°s a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violaci√≥n sino de una entrega.

Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.

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Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los √ļltimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, m√°s el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta p√°gina, pero vuelvo ahora con la intenci√≥n de mantenerla viva.
festiparola-1.jpg picture by antoniosarabiaNada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.
Sergio se ha distinguido, adem√°s de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida pol√≠tica de su pa√≠s. Encabez√≥ el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicarag√ľenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revoluci√≥n sandinista, Sergio ocup√≥ la direcci√≥n del Consejo Nacional de Educaci√≥n en el nuevo gobierno y, m√°s tarde, la vicepresidencia de la rep√ļblica.

cartelliberaapalabra.jpg picture by antoniosarabiaSu obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por Castigo Divino; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por Un Baile de Máscaras; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por Margarita está Linda la Mar.
En su más reciente novela, El Cielo Llora por Mí, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.
Con Sergio Ram√≠rez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los √ļltimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, particip√≥ con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos m√°s abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto. Lee el resto de esta entrada »

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Noela-Duarte.jpg picture by antoniosarabiaEl mi√©rcoles catorce de octubre estuve en Par√≠s invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparici√≥n en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el t√≠tulo en franc√©s), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos Jos√© Ovejero, Jos√© Manuel Fajardo y este servidor. En la celebraci√≥n estuvieron, desde luego, tambi√©n presentes los otros dos autores. Jos√© Ovejero ten√≠a una doble raz√≥n para estar feliz: adem√°s de Noela en Francia, acaba de aparecer en Espa√Īa, con el sello de Alfaguara, su m√°s reciente novela, La Comedia Salvaje, una estramb√≥tica, alucinante y dram√°tica farsa ambientada en la guerra civil espa√Īola que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la tr√°gica realidad inherente a todas las guerras. No resist√≠ la tentaci√≥n de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un cap√≠tulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envi√≥, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, Jos√©, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.

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as1bis.jpg picture by antoniosarabiaEste fin de semana estuve de vuelta en la regi√≥n de Colima, M√©xico, donde ocurre la trama de mi novela Los Convidados del Volc√°n. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme all√° con mi querido amigo el editor portugu√©s de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo le√≠do lo que yo he escrito sobre el sitio ard√≠a en deseos de conocerlo y, la segunda, refrescar mi propia memoria, empaparme una vez m√°s del hablado y los h√°bitos de las gentes, adem√°s de la textura, los aromas y colores del paisaje que les rodea antes de hundirme de lleno en el texto que tengo planeado y que se encuadra de nuevo en el pueblo de Guayac√°n, una m√°gica aldea imaginaria constru√≠da con el l√°piz y papel de la imaginaci√≥n en lo m√°s alto de la pendiente del volc√°n con el √ļnico objeto de convertirla en el espacio esc√©nico de aquella novela.
Comparto ahora con los lectores de Los Convidados algunas fotos de la jornada, tomadas por mi hermano √ďscar, cuya compa√Ī√≠a fue uno m√°s de los placeres del viaje, y a√Īado como estampas literarias dos fragmentos del texto de la novela original en la que se describen no s√≥lo los detalles de la flora y la fauna sino la magia en la que viven sumergidos los pobladores de la regi√≥n.

PanormicaAs.jpg picture by antoniosarabia

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El s√°bado 22 de agosto a las once de la ma√Īana en el marco de la feria del libro de Bogot√°, Sala Jos√© Eustacio Rivera, la editorial Traves√≠as, en combinaci√≥n con el Ministerio de Cultura de la rep√ļblica de Colombia, presentar√° el poemario La Vocaci√≥n Suspendida de Lauren Mendinueta, ganador del Premio Internacional de Poes√≠a Mart√≠n Garc√≠a Ramos en 2007.
Mendinueta_6404_M-5.jpg picture by antoniosarabiaEl poemario ya vio la luz en Europa, publicado en 2008 por la editorial sevillana Point de Lunettes, y fue el libro m√°s vendido durante el Sal√≥n del Libro Iberoamericano de Gij√≥n ese mismo a√Īo. Ahora es una editorial colombiana, con el patrocinio del Ministerio de Cultura, la que se lanza a publicarlo en Am√©rica Latina. Desde Los Convidados felicito a Lauren por esta nueva edici√≥n de su hermoso poemario y a los editores de Traves√≠as cuya incipiente colecci√≥n Palabra de Poeta cuenta ya con autores de la talla de Aurelio Arturo, Homero Aridjis y Giorgios Seferis. Para celebrar el acontecimiento ofrezco a los lectores de Los Convidados el pr√≥logo del libro, redactado por William Ospina quien se encuentra hoy en Caracas, Venezuela, recibiendo el R√≥mulo Gallegos, y algunos poemas de La Vocaci√≥n Suspendida. Que los disfruten.

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Hace tiempo que no tengo noticias de Luis Gonz√°lez de Alba (Charcas, M√©xico, 1944). Lo record√© ayer que revisaba mi librero y di con un breve poemario suyo, El Sue√Īo y la Vigilia, que me envi√≥ el a√Īo pasado y que rele√≠ con gusto.
LuisGdeAlba1.jpg picture by antoniosarabiaNo s√© d√≥nde estar√° pasando Luis este verano, ¬Ņde vacaciones en su siempre a√Īorada Grecia? ¬ŅEn su casa de Guadalajara, en M√©xico? Su √ļltima colaboraci√≥n en Los Convidados se remonta a noviembre del 2007, cuando particip√≥ con unas traducciones suyas de Kavafis y Leivaditis. Hojeando su peque√Īo libro de poemas editado por Conaculta (no se r√≠an, por favor, amigos portugueses, ese es el nombre con el que se conoce en M√©xico al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), me dieron ganas de transcribir algunos y dedicar a Luis un nuevo post en este blog. Que vaya con un saludo lejano y un gran abrazo al culto amigo y escritor extraordinario. Hasta pronto.

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La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.
Osorio_6741.jpg picture by antoniosarabiaPromet√≠ entonces que esta semana, tambi√©n seleccionados por la propia autora, tendr√≠amos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porte√Īa Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompa√Ī√≥ sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos, nos dice en su carta. En diciembre del 2007 fue el de la secci√≥n internacional del Pi√Ļ libri pi√Ļ liberi, (M√°s libros, m√°s libres) un premio de c√≠rculos de lectura activos en bibliotecas que forman “un vero e proprio esercito di accaniti lettori”. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusi√≥n sobre los libros. Un d√≠a votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que “ganaron” porque triunf√≥ la novela que votaron ellos es emocionante. Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en esas urnas, fueran ellos tambi√©n el libro. Maravilloso.
Lezione2.jpg picture by antoniosarabiaPues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el p√ļblico sea el √ļnico, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.
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