 Daniel Mordzinski
Mi querido amigo, el gran fotógrafo argentino, Daniel Mordzinski cuyo trabajo han admirado a menudo ustedes en las páginas de este blog ha sufrido una pérdida irrecuperable. Veintisiete años de su trabajo fueron arrojados negligentemente a la basura por unos imbéciles. Yo quedé primero sorprendido al enterarme de tamaña estupidez y luego desolado al escucharlo contarme los detalles por teléfono. Me debato aún entre las mentadas de madre a los autores del desaguisado y la rabia y la impotencia ante lo irremediable. No se me ocurre, por el momento, qué otra cosa hacer aparte de denunciar el hecho y ponerme a su disposición, con todo el afecto fraternal que él conoce, para cualquier cosa que pueda ofrecérsele.
Copio más abajo la nota publicada en Facebook por nuestro mutuo amigo, Luis Sepúlveda, en la que narra con claridad lo sucedido y me uno a su petición y al dolor y a la bronca que lo embargan y que, estoy seguro, en estos momentos invade a todos los conocemos y queremos a Daniel.
Antonio Sarabia
Una petición a todas mis amigas y todos mis amigos
Amigas y amigos: Este es una petición que hago desde la ira, desde la bronca y el dolor, porque a uno de mis más queridos amigos, a mi hermano del alma Daniel Mordzinski, el gran fotógrafo de la literatura, le han hecho desaparecer veintisiete años de trabajo, ¡ 27 años! , el trabajo de toda una vida botado a la basura, y no es una metáfora, no: las manos de un cretino que seguían los órdenes de otros cretinos decidieron que el trabajo de Daniel Mordzisnky no merecía más destino que el desprecio y la basura.
 Antonio Sarabia y Luis Sepúlveda. Foto de Daniel Mordzinski
Durante más de diez años y en virtud de una alianza entre el periódico español EL PAIS y el francés LE MONDE, Daniel Mordzinsky utilizaba un despacho en el séptimo piso de la redacción parisina de LE MONDE para guardar y conservar su archivo de negativos y diapositivas. Eran miles de negativos y diapositivas, de originales conservados con el rigor que caracteriza a Daniel, y que sin más, sin ninguna contemplación fueron arrojados a la basura.
El pasado 7 de marzo, Miguel Mora, corresponsal de EL PAIS en Francia, llegó hasta el despacho de la séptima planta y se encontró con que lo habían vaciado totalmente, sin que mediara un aviso ni a él ni a Daniel. Simplemente habían sacado todo lo que ahí había y lo habían hecho desaparecer.
Tras horas de dramática búsqueda, de preguntas sin más respuestas que el cobarde bajar la cabeza y musitar “je suis desolé”, en un sótano encontraron el gran mueble archivador que el mismo Daniel había pintado de negro hace diez años, totalmente vacío.
En una demostración de cobardía y bajeza moral que manda al infierno toda la tradición de defensor de la libertad de expresión que caracterizó a LE MONDE, nadie ha querido responder quién y por qué se tomó la decsión de botar a la basura 27 años de trabajo de uno de los mayores fotógrafos del mundo.
Cuesta creer que en un periódico como LE MONDE trabaje gente a la que las palabras “Cortázar”, “Israel”, “Escritores latinoamericanos”, Escritores franceses”, “Escritores españoles”, “Escritores Portugueses”, “Semana Negra”, ” Festival de Saint Malo”, “Carreffour de Littèratures”, “Mercedes Sosa”, “Borges”, “Astor Piazzola” y un largo etcétara de nombres no le dijeran absolutamente nada, y simplemente tiraran a la basura ese tesoro fotográfico sin consultar a nadie.
Ese archivo de Daniel Mordzinski, esos 27 años de trabajo miserablemente perdidos, eran parte de la memoria social, cultural y literaria del siglo XX, eran parte de la cultura universal, eran parte del legado de un artista, de un fotógrafo cuya obra es reconocida como uno de los aportes fundamentales para el gran registro de la cultura contemporánea.
De toda la obra fotográfica de Daniel Mordzinsky, de mi amigo, de mi hermano compañero de aventuras en tantas partes del mundo, apenas se han salvado unos cientos de fotografías digitalizadas, que aparecen en sus últimos libros publicados, también en uno que firmamos juntos, “Últimas Noticias del Sur”, y que han sido vistas en las numerosas exposiciones que ha hecho en los últimos años. El resto desapareció, tragado por la ignorancia, la desidia y, lo que es más grave, por una demostración más de la falta de rigor, de ética, que está haciendo del periodismo una cloaca.
Escribo esto desde el dolor, desde la ira y la bronca, porque Daniel Mordzinski, es mi socio, mi amigo, mi compañero, mi hermano de aventuras dignas en el campo del periodismo y la literatura.
 Una de las raras fotos en las que Daniel aparece con algunos de sus amigos
Amigas, amigos, les pido encarecidamente que copien y reproducan esto en todos los lugares posibles, también en la página que LE MONDE tiene en facebook, en los periódicos y revistas a los que tengan acceso, y que manden firmas de apoyo a dmordzinski@free.fr
Tengo una imagen fija en la memoria, y es del año 1996, cuando en medio del viento eterno de La Patagonia, yo veía a mi socio, a mi amigo, a mi compañero, a mi hermano del alma, cargar sus cámaras metiendo sus manos en una bolsa negra, para tomar del tambor de película el material con que dejaría testimonio de la vida dura de las gentes del Sur del Mundo. Y esa imagen me dice que esto no quedará así, que LE MONDE tendrá que dar una respuesta y disculpa convincentes, porque 27 años de trabajo, porque el archivo de una parte importante de la historia contemporánea no puede ser arrojado, sin más, a la basura.
Luis Sepúlveda
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Mi primera reacción al recibir la invitación de un periódico para escribir algo sobre la muerte de Antonio Tabucchi fue un rotundo “no”. ¿Por qué?, ¿para qué?, me dije. El fallecimiento de un amigo tan querido como Antonio es algo muy personal, un motivo de luto y aflicción íntima, nada que enviar a los diarios. Hasta raro se me hace llamarlo “Tabucchi”. Pero en el momento de meditar sobre eso Antonio me sonrió en la cabeza, con esa sonrisa suya tan llena de sobreentendidos y escribí aquel texto como hoy transcribo este. Porque pensé que también le complacería que yo dijera algo sobre él en este país que ambos, siendo los dos extranjeros, adoptamos como propio. Comprendo muy bien que esa manera literaria y absurda de encontrarnos de nuevo juntos aquí después de su muerte es imbécil, fantasiosa e inútil, pero es una manera al fin con esa pizca de surrealismo y ternura que a él le era tan propia. Todavía con la sonrisa de Antonio ondeando en el recuerdo me decido a teclear cualquier cosa en la Mac. Voy a echar cosas ahí dentro, sin reflexionarlas demasiado, a ver qué aparece después. Tal vez con ello el dolor mengüe un poco y de esta maraña de sentimientos encontrados resulte una cosa más o menos coherente y medianamente legible.
No será este un panegírico sobre su persona, ni una crítica enterada y sesuda sobre su trabajo literario. Para eso están sus propios libros: Sostiene Pereira, Réquiem, Dama de Porto Pim, Nocturno hindú y tantos otros. La obra de quien hasta hace muy poco era uno de los mayores escritores vivos. Yo no voy a hablar de ella, ni de su nacimiento en Pisa durante la guerra, ni de su amor por la lengua portuguesa, ni de su conocimiento erudito y apasionado de la poesía de Fernando Pessoa, motores ambos de su primer viaje a Lisboa, allá por los años sesentas, ni de su encuentro entonces y aquí con María José, su esposa, a quien llamamos Zé los amigos y a quien Antonio nombraba Zezinha cuando quería mostrarse afectuoso. Tampoco hablaré de sus apasionados alegatos en defensa de los menos favorecidos en esta sociedad europea cada vez más xenófoba, ni de su absoluto desprecio por Silvio Berlusconi. Esa tarea se la dejo a sus críticos y a sus biógrafos. Yo quisiera hablar aquí de otra cosa que no alcanzo todavía a definir. Me ciega la rabia impotente ante su muerte, la frustración ante una ausencia que ya nada puede compensar, la tristeza de las cosas que quedaron pendientes en nuestra reciente y a la vez tan antigua amistad.
Nos conocimos a principios de marzo del año pasado, en una cena organizada por una querida pareja de amigos colegas, Karla Suárez y José Manuel Fajardo. Entre un puñado de afinidades estéticas, filosóficas y literarias descubrimos con placer que, además, éramos vecinos. Nuestras casas, enclavadas en el corazón del centro histórico de Lisboa, están apenas a pocos minutos a pie una de otra. A él le comenzaban unos dolores recurrentes en la pierna derecha y los achacaba a la falta de ejercicio físico por lo que nos pusimos de acuerdo para salir a caminar juntos por las pintorescas callejuelas y plazas de nuestro vecindario, Príncipe Real, Bairro Alto y Chiado, con café y sabrosa plática incluida. No pasamos de hacerlo un par de veces. A él la pierna le impedía extender los paseos y no tardamos en circunscribirlos a tazas de café en los lugares más próximos y a una que otra ida al cine antes de que se fuera a pasar el fin del verano a Italia. Yo estaba invitado esos días a unas charlas en la universidad de Milán. Él me sugirió alcanzarlo después en su casa de toda la vida, cerca de Pisa, y yo preferí pasar unos días en Venecia con Lauren, mi mujer, pensando que ya habría tiempo para vernos con él en alguna mejor ocasión.
Al volver nos llamamos de nuevo. Nos invitó, a Lauren y a mí, junto con Karla y José Manuel en cuya cena nos habíamos conocido, a almorzar en su casa a orillas del mar. Los seis coincidimos entonces y después en calificar aquel día como “perfecto”. Antonio arrastraba cada vez más su pierna pero la comida, el humor y la conversación fueron insuperables. Antes de despedirnos fuimos a ver la puesta del sol a una playa cercana y ahí Antonio insistió aún en que compráramos un pollo asado para la cena en un sitio cualquiera y volviéramos a su casa a continuar con la fiesta. Yo, muy a mi pesar, me negué. Era el 15 de septiembre y quería apresurar mi regreso a Lisboa para asistir a los festejos de la Independencia en la embajada de México. Ya volveríamos en otra ocasión, le repetí agradecido, sin darme cuenta que reincidía en lo de Italia y que la vida, o más bien la muerte, nos negaría otra oportunidad.
Por cierto que entre nosotros el tratamiento de “tocayo” nunca se dio. Él me llamaba Antonio y yo a él igual. La confusión era para Zé y para Lauren quienes no hallaban qué hacer para dirigirse a cualquiera de los dos sin que ambos volteáramos al mismo tiempo al escuchar nuestro nombre. Cuando Lauren le respondía el teléfono se identificaba a sí mismo, como si su ronca voz de fumador empedernido y el retintín italiano en su español no fueran suficientes para reconocerlo, como “el viejo Antonio” aunque era apenas unos meses mayor que yo.
Como la pierna no mejoraba, cuando volvió de su casa en la playa me pidió que lo llevara a hacerse unos análisis al hospital. Cosas de rutina. Zé, que no quería causarme molestias, lo riñó por insistir en buscarme para esos menesteres pero la verdad es que a mí no me incomodaba. Antonio me había dicho ya, y se lo repitió entonces a Zé delante de mí, que tenía la impresión de que él y yo éramos amigos de toda la vida. Ya sea solo o con ella debo haberlo llevado al médico una buena docena de veces y entre radiografías, exámenes y visitas a uno u otro especialista llegamos en ocasiones a permanecer el día entero en el hospital. Cuando salíamos temprano me quedaba en su casa un rato más, a terminar con la charla y bebernos un whiskey. Si salíamos tarde nos íbamos a cenar con Zé y con Lauren al primer sitio que nos pasara por la cabeza.
A pesar de sus padecimientos Antonio mantenía el buen ánimo. Miraba las cosas a su alrededor con una permanente curiosidad y ese humor un tanto surrealista que se transparenta en sus obras. Un día vino a cenar a la casa y me trajo, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio, como una pequeña joya, el primer fruto de una mata de chiles que tenía plantada en su jardín pensando que yo, como mexicano, la apreciaría más que ningún otro. Esa noche escuchamos canciones rancheras y me pidió que le enviara por correo electrónico las letras de algunas que le maravillaron. Todavía escucho su risa al oír las primeras estrofas de El Abandonado:
Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre
Y por tener la desgracia de ser casado…
Recordaba con afecto y devoción a sus amigos y hablaba a menudo de ellos y de sus trabajos. Organizó una cena para que conociéramos algunos de los que viven en Lisboa y me prestó El té de Proust, los cuentos reunidos del rumano Norman Manea a quien quería y admiraba de una forma especial. Se sentía extremadamente orgulloso de un homenaje que le habían hecho los gitanos por abanderar sus derechos y de la vara de juez que le confirieron durante la ceremonia. Cuando cayó Berlusconi en Italia nos llamó para festejarlo con una improvisada cena en su casa en la que brindamos abundantemente a la salud de su país natal.
Le divertía el IPad que yo llevaba a la clínica para leer y distraerme mientras él entraba con el médico. Se lo mostró a Zé, como un niño un juguete, y le pidió uno igual como regalo de cumpleaños.
Los exámenes se sucedían y, de pronto, la pierna era el menor de sus males. Le empezó a resultar imposible bajar por su propio pie la escalera de su casa y ya no pude acompañarlo yo al médico como acostumbrábamos. Un servicio del hospital se encargaba de llevarlo y traerlo a los tratamientos. Dejamos de vernos con la frecuencia que solíamos. Aún así, mantuvimos el contacto por teléfono y pude verlo en su cuarto del hospital una vez antes de su operación. Todavía las cosas no parecían tan graves. Luego, unas semanas después, recibí un mensaje en mi teléfono móvil. Me pedía que pasara a visitarlo a su casa a las cinco y media de la tarde. Yo no leí su mensaje sino hasta las ocho de la noche. Le respondí a esa hora pidiéndole mil disculpas y me dio una nueva cita para el día siguiente a las seis.
Me partió el alma verlo tan delgado y disminuido en una silla de ruedas. Conversamos poco más de media hora. Cuando me di cuenta de que comenzaba a cansarse le dejé unas películas que le había llevado para que se distrajera y me incliné sobre la silla para darle un abrazo. Esa fue la última vez que lo vi.
El día del entierro me sentí raro, hasta un poco intruso, caminando en medio del cortejo fúnebre de sus antiguos amigos que vinieron a rendirle un postrer homenaje desde diversas partes del mundo. El toque surrealista, que Antonio no podía dejar de ofrecernos incluso en su muerte, lo da el nombre del cementerio, Los Placeres, y el que él lo hubiera hecho teatro de un episodio de su libro Réquiem.
Lo que hablamos, discurrimos, reímos y fantaseamos durante tantas caminatas, cafés, whiskies, salas de espera en el hospital, cenas, recorridos en auto y demás es algo que a ningún otro interesa, un tesoro que conservaré conmigo hasta el fin. A mí, le dije una vez, el oficio de escritor estaba terminando por hartarme. Él me confesó haber vivido lo mismo y me dio buenas razones para continuar. Lo hice. Poco antes de su muerte terminé una novela que tenía abandonada y le escribí un mensaje telefónico a Zé para que se lo contara a Antonio avisándole también que era una especie de secuela de otra novela mía que él conocía y gustaba y que se la quería dedicar. Ella se lo susurró al oído y me dice que tal vez hasta le haya visto sonreír pero que a esas alturas ya no podía estar segura de nada.
Esto es lo que yo siento ahora: el año pasado conocí a un hombre honesto, generoso, valiente, sensible, dotado de un fino sentido de humor, con quien era un placer conversar durante horas enteras y que además era un escritor formidable. Apenas unos meses después, la muerte me ha arrebatado a un amigo de toda la vida.
Antonio Sarabia
Texto publicado en portugués en el número 1084 del Jornal de Letras Artes e Ideas el 18 de abril de 2012.
Fotos de Daniel Mordzinski.
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Hace ya muchos años, tantos que la memoria vacila al reanimarlos, recorrí las márgenes del río San Lorenzo rumbo a su desembocadura. Partiendo de la isla de Montreal, donde estuve viviendo algunos meses, pasé bajo los macizos contrafuertes del castillo de Frontenac, en la altiva Quebec, y descendí hasta rodear el blanco asilo de gaviotas en que culmina la península de la Gaspesia. Durante esas mágicas jornadas del final de adolescencia en las que por primera vez me alejé una larga temporada de mi hogar y de mi idioma, mi hilo de Ariadna, verdadero cordón umbilical que me unía con México en ese otro laberinto de lenguas y costumbres, era un par de libros que guardaba celosamente en la mochila de viajero y que leía y releía sin cesar por el camino. Se trataba de dos obras capitales en las letras mexicanas: El Laberinto de la Soledad y Libertad Bajo Palabra. Las aprendí casi de memoria, al grado de detectar en las ediciones subsiguientes cualquier nimia diferencia con esos primeros ejemplares que leí.
Aquellas lecturas primordiales me dejaron una entusiasta certidumbre, robustecida por el tiempo y de las pocas que se mantienen intactas hasta hoy. Para expresarlo utilizando un sustantivo de aquel texto, diré que el autor me pareció un chingón. Pero ese mismo juvenil entusiasmo me opuso de entrada a ciertos conceptos planteados por Paz en uno de los más célebres capítulos del Laberinto de la Soledad: Los Hijos de la Malinche. Percibí a Octavio Paz como un chingón no porque chingara o hiciese chingaderas sino por todo lo contrario: hasta entonces sólo le había leído chingonerías. Es verdad que el mero chingón es, en cierto modo, el macho cabrío mayor, el que nos chinga a todos pero, en otro, más próximo al lenguaje cotidiano, es alguien que despierta nuestra admiración, alguien con quien desearíamos rozarnos porque no nos infunde pavor sino respeto. El que chinga no es el chingón, situado muy por encima de quienes le rodean, condescendiente dispensador de privilegios, sino el hijo de la chingada, el verdadero cabrón cuya única forma de alcanzar sus objetivos es prevaricando, jodiendo al prójimo. Como prueba no hay mas que imaginar lo divertido, y hasta aleccionador, que resultaría un sondeo de opinión en el que se preguntara públicamente, así, con todas sus letras, quiénes de nuestros presidentes han sido unos chingones y quiénes unos hijos de la chingada y si los que chingaron al país fueron los primeros o los segundos. En espera de que alguien se anime a semejante encuesta, y de que se me permitiera glosar tan promisorios resultados -¿dónde estaría Cárdenas, dónde Salinas de Gortari?- sólo me resta asentar que la oficiosa historia de México registra a Juárez como un chingón y a Porfirio Díaz como un hijo de la chingada. En uno de los pasajes del capítulo citado, Paz hace una apología de Cuauhtémoc, el trágico héroe con el que tanto se identifica el pueblo mexicano. Es cierto. “El joven abuelo” era un chingón mientras que Cortés, al estárselo chingando, quemándole los pies, no pasaba de ser un hijo de la chingada.
Corominas dice que chingar se usaba ya entre los gitanos con el sentido de fornicar, deshonrar a una mujer, y así fue como el verbo prosperó en México, junto con sus acepciones más amplias de agredir o burlar. No cabe duda que el chingado es el sujeto pasivo que sufre la acción del verbo chingar, pero reducir la chingada al simple contraparte femenino del chingado es un error, sino tanto de gramática, al menos de discernimiento en algunas sutilezas del habla popular. Decimos que alguien es como la chingada cuando nos estamos refiriendo no a una víctima propiciatoria e inerme, sino a un individuo despiadado, agresivo, de quien más vale desconfiar porque bien podría chingarnos.
A uno se lo lleva la chingada como se lo lleva el tren, arrastrado por una fuerza irresistible que no tiene nada de pasiva. Así, cuando la rabia nos impele enmedio de un carajo a enviar a un prójimo a ese espacio lejano, vago e indeterminado, del que nos habla Paz, no pensamos tal vez en el país gris, inmenso y vacío, poblado de cosas rotas y gastadas que él describe en El Laberinto de la Soledad sino en otro sitio más terrible y sombrío, contiguo del averno, el coso inescapable donde ronda la trituradora de huesos a la que invocamos con la maligna esperanza de que no deje ni uno sano a nuestro vilipendiado interlocutor. La chingada es, pues, una fuerza activa y destructora y, por eso, sus hijos no pueden ser más que los herederos de la mala leche de la madre: una sarta de cabrones.
Estas disquisiciones sobre la acepción de una palabra que ha hecho fluir ríos de tinta en las letras mexicanas pueden parecer más bien frívolas pero de la aclaración de su justo significado, del cómo y el por qué se empezó a utilizar en México muchos años atrás, puede surgir también una concepción un tanto diferente del papel desempeñado por el sexo femenino durante la Conquista.
La percepción de la mujer indígena como un ser débil e indefenso, una encarnación de la chingada, que nos propone Paz no carece de cierta nobleza victoriana. No concuerda, sin embargo, con lo que nos cuenta la historia de esos tiempos. En el viejo mundo, como lo prueban Ana de Beaujeu, Ana de Bretaña, Beatriz de Bobadilla y la misma Isabel la Católica, la mujer distaba buen trecho del desamparo. La cuestión estriba entonces en averiguar si las compañeras de los caballeros águilas y los caballeros tigres eran hembras tan esforzadas y aguerridas como sus coetáneas europeas. Si tanto monta monta tanto Isabel como Malintzin. Y si así fuera, e independientemente de su capacidad de maniobra ¿qué tan válido es equiparar la fascinación y la seducción a la violación y, sobre todo, el hacerla funcionar nada más del hombre hacia la mujer sin mencionar que también se da a la inversa? Como si las nativas del nuevo continente no tuvieran en sus atractivos naturales armas suficientes para ganar más de una batalla amorosa. Colón se expresa entusiasmado, en su diario de a bordo, de la belleza de las mujeres que va encontrando en las tierras recién descubiertas. Muchos de los marinos españoles, por su parte, a quienes los meses pasados en el mar sensibilizaron a más no poder a los encantos del cuerpo femenino, las encuentran espléndidas. Las Casas piensa que “podían ser miradas y loadas en España por de buena y egregia hermosura por todos los que las vieran” y otros, como el poeta Juan de Castellanos, coinciden con fray Bartolomé en que nada tienen que envidiar a las que quedaron en su patria.
Se dice que Pedro de Alvarado se negaba en un principio a dejar Cuba porque estaba enamorado de una nativa de la isla; que Francisco Pizarro amó a la hermana de Atahualpa, doña Inés Yupanqui, de quien tuvo dos hijos; que Alonso Pérez Maite decidió santificar su unión con su concubina mexicana ante la iglesia porque la quería como esposa, e igual sucedió con un sobrino de Santa Teresa de Avila, Don Francisco Martínez de Vergara y Ahumada quien, en Chile, se unió a Doña María de Chacabuco.
En lo que respecta al carácter y al valor de la mujer americana se pueden citar algunos ejemplos notables: el fraile Gaspar de Carbajal, acompañando a Francisco de Orellana en la infructuosa búsqueda del mítico Dorado, se topa a fines de junio de 1542, en las márgenes de un río inmenso cuyo nombre, Amazonas, quedará para la posteridad como memoria de ese encuentro, con un grupo de indígenas que les presentan violenta batalla. Estos son capitaneados por una docena de mujeres altas, de tez clara, armadas de arcos y flechas, que a pesar de su absoluta desnudez combaten con mayor denuedo que sus coligados masculinos y que no vacilan en ejecutar a golpes, ahí mismo, a cualquier varón que flaquee en el combate o haga intentos de abandonar la lucha. El arrojo de cada una de ellas, al decir de Carbajal quien resulta por cierto herido en la contienda, valía por el de diez guerreros indios.
Más cerca de nosotros, acá en Tlatelolco, las mujeres también incitan a sus hombres a enfrentar a los invasores españoles increpándolos con frases oprobiosas y diciéndoles: “¿Nomás estáis ahí parados?… ¿No os da vergüenza? ¡No habrá mujer que en tiempo alguno se pinte la cara para vosotros!…” Y llegado el momento ponen el ejemplo colocándose ellas mismas las insignias de la guerra, lanzando dardos y arremangándose los faldellines por arriba de las piernas para perseguir mejor a sus enemigos.
En las instrucciones de una madre a su hija, recopiladas por Don Francisco Javier Clavijero en su Historia Antigua de México se puede percibir ese mismo espíritu de callada altivez. Entre las recomendaciones a la mesura, al trabajo resignado y a la obediencia al esposo, se encuentra la siguiente admonición: “Si tu marido fuere necio, sé tú discreta; si yerra en la administración de la hacienda, adviértele los yerros para que los enmiende, pero si le reconoces inepto para manejarla, encárgate de ella y procura adelantarla cuidando mucho de las tierras y de la paga de los que en ellas trabajaren; mira que no se pierda cosa alguna por tu descuido.”
No se crea por esto que la mujer anterior a la conquista tenía algún rol destacado en la economía o la política del estado. Todo lo contrario. Las pipilzin y las macehuales padecían un destino harto común: las nobles confinadas en sus casas y las plebeyas gozando de una mayor libertad de movimiento pero ambas circunscritas a trabajar sin descanso en el hogar trayendo agua, alimentando el fuego, moliendo el maíz y tejiendo. “El panorama trazado por los conquistadores sobre las condiciones de vida de la mujer precolombina parece más bien sombrío, opinan Catherine Delamarre y Bertrand Sallard en su excelente libro “La Femme au temps des Conquistadores”, pero la facilidad con la que muchas de ellas tomaron el partido de los españoles parece indicar que no es exagerado”.
Por todas partes asoman reiterados testimonios de una colusión entre los españoles y las indígenas, como si éstas se hubiesen aferrado a la coyuntura que les ofrecía la presencia de éstos en tierra americana para emancipaciparse de sus tradicionales opresores masculinos. Para La Conquista de Las Indias, parodiando una frase de García Merás, pudo haber sido definitiva y suficiente la conquista de las indias.
Anayansi, la amante india de Vasco Núñez de Balboa, una mujer a quien sus contemporáneos no vacilan en calificar de bellísima, salva la vida del conquistador poniéndole al tanto de un complot organizado por su propia familia en el que se atentaría contra la vida de su amante. Algo parecido le sucede a Juan Salazar de Espinosa, en Paraguay, y muchos otros hombres como Alonso de Monroy, Pedro de Miranda, Alvaro Núñez Cabeza de Vaca y Juan Ortiz debieron la libertad, si no la vida, a la favorable intervención de alguna indígena mientras se encontraban indefensos, heridos o cautivos. En Chile, las indomables araucanas llegaron al extremo de combatir del lado de los invasores.
La mujer que tipifica mejor la actitud de la mujer americana es doña Marina, incontestable encarnación de la Chingada. Nadie tuvo que forzarle la mano para que se aliara a Cortés y se convirtiera en cómplice de sus proezas. El mismo Paz acepta que ella representa, como ninguna otra, a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles, pero entre más se analiza su caso menos se le puede asignar el papel de víctima. Cumple su cometido con un aplomo, un celo y una inteligencia en verdad admirables. Cortés comprendió pronto el valor de aquella joven obsequiada en Tabasco aunque tal vez proveniente de una familia de caciques de Colima, que dominaba a la perfección el maya y el náhuatl. Ella había sido adjudicada en un principio a Hernández de Portocarrero pero Cortés se las arregla para enviarlo pronto de regreso a la madre patria confiándole una misión importantísima de la que jamás regresaría. Acto seguido se apropia de doña Marina introduciéndola en su intimidad y en su recámara. Ella se convierte en “su lengua” según la propia expresión de Cortés y, en una de sus cartas al emperador, menciona, sin llamarla por su nombre, que sin ella la conquista de México habría resultado imposible.
Hay un suceso que la dibuja de cuerpo entero: en Cholula, su altivo porte, su desenvoltura e innegable belleza le ganan la admiración de una noble cholulteca que concibe la insensata esperanza de casarla con su hijo. Creyéndola cautiva de los conquistadores la previene en secreto de la mortal urdimbre que se entreteje bajo las hipócritas frases diplomáticas que se escuchan a su alrededor. Más le vale recoger sus haberes y joyas para venir a refugiarse en su casa, le dice al oído, porque los aztecas han sellado la suerte de los teules ordenando su exterminio. Su marido, uno de los capitanes de la plaza, ha recibido incluso ya un tambor de oro como adelanto por su participación. La matanza tendrá lugar esa misma noche o, a más tardar, al día siguiente. Doña Marina se finge halagada por las confidencias de la ingenua vieja, parece interesarse en sus proposiciones y consigue sonsacarle los detalles del complot. Cuando los conoce todos le pide que la espere, que va enseguida a recoger sus pertenencias para que puedan ponerse a salvo juntas, y se dirige directamente a prevenir a Cortés de la conjura.
No cabe duda de que miles de mujeres fueron violadas, esclavizadas, vendidas e intercambiadas, cuando no jugadas simplemente a los dados o a la baraja antes de ser marcadas con hierros candentes, como cabezas de ganado, y ocupar un lugar en los verdaderos harems que los conquistadores, a la manera de los moros que acababan de expulsar de Granada, se construían en los territorios conquistados. Negarlo sería como intentar cubrir el sol con un dedo. Lo que sorprende entonces es cuántas de ellas prefirieron unir su suerte a la de los vencedores en lugar de compartir el destino de los de su raza. Cuando Cuauhtémoc y sus capitanes demandan a Cortés la devolución de las mujeres nobles capturadas durante la guerra, éste les da permiso de registrar el campamento cristiano y de llevarse consigo a las que estuviesen de acuerdo en volver a sus hogares. “Dioles licencia para que las buscasen en todos tres reales, dice Bernal Díaz del Castillo en el capítulo ciento cincuenta y siete de su Verdadera Historia, y dio un mandato para que el soldado que las tuviese luego se las diesen, si las indias se querían volver de buena voluntad. Y andaban muchos principales en busca de ellas de casa en casa, y eran tan solícitos que las hallaron, y había muchas mujeres que no se querían ir con sus padres, ni madres, ni maridos, sino estarse con los soldados con quienes estaban, y otras se escondían, y otras decían que no querían volver a idolatrar; y aun algunas de ellas estaban ya preñadas, y de esta manera no llevaron sino tres, que Cortés expresamente mandó que las diesen”.
Así, las más encumbradas mujeres de la realeza azteca, a imagen de Malintzin, se alían con él, con el conquistador, comparten su lecho y duermen muy junto a sus sueños. De su formidable concubinato surge una nueva raza, una raza cósmica al decir de Vasconcelos. Nosotros, los actuales mexicanos. Sus hijos. Los hijos de la chingada.
Este ensayo puede parecer un manifiesto en favor del feminismo indígena. No lo es. Tampoco se trata de un intento más en el inútil empeño emprendido por el hombre postfreudiano de sustituir en su inconsciente a Edipo por Orestes. Comprendo que en esta época de nacionalismos a ultranza, en la que el hombre tiende más a ver lo que le separa y no lo que le une con sus semejantes, algunos puedan sentirse defraudados. La verdad es que los mexicanos en nada nos diferenciamos de la progenie de las otras naciones del mundo: no somos el producto de una violación sino de una entrega.
Los conquistadores podrán haber sido unos chingones, rajaron, abrieron, penetraron de gre o de fuerza en un vasto territorio desconocido violando la intimidad de las mujeres que lo habitaban pero, al admitirlas en su lecho terminaron siendo barridos, arrasados, por una tolvanera mayor: se los llevó la chingada.
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Antes que nada, pido disculpas a los lectores de Los Convidados por haber abandonado este blog durante los últimos meses. Las vicisitudes de una nueva novela, de la que apenas estoy terminando la primera de dos partes, más el ajetreo de otros trabajos por desgracia ya no tan ligados al quehacer literario me han mantenido lejos de esta página, pero vuelvo ahora con la intención de mantenerla viva.
Nada mejor que reabrir el gusto por la buena prosa con una colaboración de Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942), sin duda una de las figuras más destacadas de la nueva narrativa hispanoamericana.
Sergio se ha distinguido, además de por la excelencia de su trabajo literario, por su incansable actividad en la vida política de su país. Encabezó el grupo de los doce intelectuales y empresarios nicaragüenses que se unieron en 1977 para derrocar a Anastasio Somoza. Acto seguido, al triunfo de la revolución sandinista, Sergio ocupó la dirección del Consejo Nacional de Educación en el nuevo gobierno y, más tarde, la vicepresidencia de la república.
Su obra ha recibido numerosos premios literarios entre los que se cuentan, en 1988, el Hammet por Castigo Divino; el Laure Bataillon a la mejor novela extranjera, Francia 1998, por Un Baile de Máscaras; el Alfaguara 1998 y el José María Arguedas 2000 por Margarita está Linda la Mar.
En su más reciente novela, El Cielo Llora por Mí, Sergio Ramírez aborda, a través de una trama policiaca, temas tan actuales como la integración de los guerrilleros a la vida civil de un país y sus posteriores relaciones con el poder y el narcotráfico.
Con Sergio Ramírez hemos coincidido en un par de ocasiones durante los últimos meses. A principios de mayo fue en el Festival de la Palabra, de San Juan de Puerto Rico, y en el reciente junio en la III Bienal Internacional de escritores en Santiago de Compostela. En el primero Sergio tuvo a su cargo una de las charlas magistrales del evento y, en el segundo, participó con el texto que ha tenido la generosidad de ceder a Los Convidados y que ahora reproducimos más abajo. Gracias, Sergio, por tu deferencia. Hasta pronto. Lee el resto de esta entrada »
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El miércoles catorce de octubre estuve en París invitado al festejo organizado por la editorial Moisson Rouge con motivo de la aparición en Francia de Primeras Noticias de Noela Duarte (Dernieres nouvelles de Noela Duarte, es el título en francés), la novela que tuvimos la ocurrencia de escribir a seis manos José Ovejero, José Manuel Fajardo y este servidor. En la celebración estuvieron, desde luego, también presentes los otros dos autores. José Ovejero tenía una doble razón para estar feliz: además de Noela en Francia, acaba de aparecer en España, con el sello de Alfaguara, su más reciente novela, La Comedia Salvaje, una estrambótica, alucinante y dramática farsa ambientada en la guerra civil española que pone de manifiesto, con un humor acre y absurdo, la trágica realidad inherente a todas las guerras. No resistí la tentación de aprovechar el encuentro, y la vieja complicidad que nos une, para pedirle un capítulo del libro para Los Convidados. Este es el texto que me envió, con personaje mexicano incluido. Muchas gracias, José, espero que los lectores lo disfruten tanto como yo.
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Este fin de semana estuve de vuelta en la región de Colima, México, donde ocurre la trama de mi novela Los Convidados del Volcán. Tuve dos buenas razones para ir: la primera fue encontrarme allá con mi querido amigo el editor portugués de la Oficina do Livro, Marcelo Teixeira, quien habiendo leído lo que yo he escrito sobre el sitio ardía en deseos de conocerlo y, la segunda, refrescar mi propia memoria, empaparme una vez más del hablado y los hábitos de las gentes, además de la textura, los aromas y colores del paisaje que les rodea antes de hundirme de lleno en el texto que tengo planeado y que se encuadra de nuevo en el pueblo de Guayacán, una mágica aldea imaginaria construída con el lápiz y papel de la imaginación en lo más alto de la pendiente del volcán con el único objeto de convertirla en el espacio escénico de aquella novela.
Comparto ahora con los lectores de Los Convidados algunas fotos de la jornada, tomadas por mi hermano Óscar, cuya compañía fue uno más de los placeres del viaje, y añado como estampas literarias dos fragmentos del texto de la novela original en la que se describen no sólo los detalles de la flora y la fauna sino la magia en la que viven sumergidos los pobladores de la región.

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El sábado 22 de agosto a las once de la mañana en el marco de la feria del libro de Bogotá, Sala José Eustacio Rivera, la editorial Travesías, en combinación con el Ministerio de Cultura de la república de Colombia, presentará el poemario La Vocación Suspendida de Lauren Mendinueta, ganador del Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos en 2007.
El poemario ya vio la luz en Europa, publicado en 2008 por la editorial sevillana Point de Lunettes, y fue el libro más vendido durante el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón ese mismo año. Ahora es una editorial colombiana, con el patrocinio del Ministerio de Cultura, la que se lanza a publicarlo en América Latina. Desde Los Convidados felicito a Lauren por esta nueva edición de su hermoso poemario y a los editores de Travesías cuya incipiente colección Palabra de Poeta cuenta ya con autores de la talla de Aurelio Arturo, Homero Aridjis y Giorgios Seferis. Para celebrar el acontecimiento ofrezco a los lectores de Los Convidados el prólogo del libro, redactado por William Ospina quien se encuentra hoy en Caracas, Venezuela, recibiendo el Rómulo Gallegos, y algunos poemas de La Vocación Suspendida. Que los disfruten.
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Hace tiempo que no tengo noticias de Luis González de Alba (Charcas, México, 1944). Lo recordé ayer que revisaba mi librero y di con un breve poemario suyo, El Sueño y la Vigilia, que me envió el año pasado y que releí con gusto.
No sé dónde estará pasando Luis este verano, ¿de vacaciones en su siempre añorada Grecia? ¿En su casa de Guadalajara, en México? Su última colaboración en Los Convidados se remonta a noviembre del 2007, cuando participó con unas traducciones suyas de Kavafis y Leivaditis. Hojeando su pequeño libro de poemas editado por Conaculta (no se rían, por favor, amigos portugueses, ese es el nombre con el que se conoce en México al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), me dieron ganas de transcribir algunos y dedicar a Luis un nuevo post en este blog. Que vaya con un saludo lejano y un gran abrazo al culto amigo y escritor extraordinario. Hasta pronto.
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La semana pasada ofrecí a Los lectores de Los Convidados unos capítulos, seleccionados por el mismo Mempo Giardinelli, de la obra que le hizo acreedor al premio italiano Giuseppe Acerbi 2009 para la novela de viajes.
Prometí entonces que esta semana, también seleccionados por la propia autora, tendríamos fragmentos de la novela a la que los lectores italianos otorgaron el premio Giuseppe Acerbi 2009 a la literatura argentina. Se trata de Cielo de Tango, de la narradora porteña Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952) quien acompañó sus textos con unas palabras de agradecimiento a quienes le confirieron el premio: es el tercer reconocimiento que otorgan a mi obra los generosos lectores italianos, nos dice en su carta. En diciembre del 2007 fue el de la sección internacional del Più libri più liberi, (Más libros, más libres) un premio de círculos de lectura activos en bibliotecas que forman “un vero e proprio esercito di accaniti lettori”. Son lectores comunes, de bibliotecas, que llevan meses leyendo y releyendo, formando grupos de discusión sobre los libros. Un día votan, se hace un escrutinio en todas las bibliotecas y se comunica. Encontrarse con los entusiastas lectores que “ganaron” porque triunfó la novela que votaron ellos es emocionante. Como si los lectores y el autor estuvieran juntos en esas urnas, fueran ellos también el libro. Maravilloso.
Pues felicidades, Elsa, que haya muchos otros premios como ese en donde el público sea el único, definitivo e inapelable juez. Un abrazo.
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Hace unos días recibimos la noticia de que el premio literario Giuseppe Acerbi, de Mantua, Italia, que en este 2009 se dedicó a los autores argentinos traducidos al italiano, había sido otorgado a la obra Final de Novela en Patagonia de nuestro querido amigo, el escritor chaqueño Mempo Giardinelli (Resistencia, Argentina, 1947).
El Giuseppe Acerbi tiene un significado especial porque no es un premio al que puedan presentarse los autores. Lo otorga el público. Cada año, en febrero, la ciudad de Mantua solicita a un equipo académico la selección de cuatro títulos de la literatura de un país y el galardón es fruto de una original iniciativa de lectura comunitaria.
Mempo Giardinelli recibió la notificación oficial el 8 de julio, en la que se consignaba textualmente que su novela Finale di Romanzo in Patagonia, de la casa editora Guanda de Milán, “había suscitado un gran consenso tanto por el argumento como por el estilo narrativo”.
En Los Convidados nos apresuramos a preparar una entrada con la noticia y el tradicional fragmento de la novela ganadora cuando, apenas ayer, nos llegó una rectificación. Resulta que por error se envió el mismo comunicado tanto a Mempo Giardinelli como a Elsa Osorio, quien también era finalista con la novela Cielo de Tango, y durante un par de días nadie pudo entender qué pasaba. Finalmente llegó la aclaración de los organizadores: el Premio Acerbi de este año a la literatura argentina corresponde a la novela Cielo de tango (Lezione di tango), de Elsa Osorio, y el Premio Acerbi a la literatura de viajes 2009 corresponde a Final de novela en Patagonia (Finale di romanzo in Patagonia), de Mempo Giardinelli.
Pues felicidades a los dos, viejos amigos y colaboradores de Los Convidados. Como ya teníamos listo el post con el texto de Mempo lo ponemos a él. La próxima semana estará Elsa con algunas páginas escogidas de Cielo de Tango. Hasta entonces.
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